«Teniendo hambre la raposa y el lobo, se llegaron hazia los arrabales

de una aldea, por ver si hallarian alguna cosa a mal recado, y toparon

con un asno bien gordo y lucido, que estava paciendo en un prado; pero

temiendose que por estar tan cerca de poblado corrian peligro si alli

esecutavan en él su designio, acordaron de ver si con buenas razones

podrian apartarle de alli, por donde acercando a él la raposa, le habló

de esta suerte: «Borriquillo, borriquillo, que norabuena esteys, y os

haga buen provecho la yervecica; bien pensays vos que no os conozco,

sabed pues que no he tenido yo en esta vida mayor amiga que vuestra

madre. Oh, qué honradaza era: no havia entre las dos pan partido. Agora

venimos de parte de un tio vuestro, que detras de aquel monte tiene

su morada, en unas praderias que no las hay en el mundo tales: alli

podreys dezir que hay buena yerba, que aqui todo es miseria. El nos ha

embiado para que os notifiquemos cómo casa una hija, y quiere que os

halleys vos en las bodas. Por esta cuesta arriba podemos ir juntos;

que yo sé un atajo por donde acortaremos gran rato de camino». El

asno, aunque tosco y boçal, era por estremo malicioso; y en viéndolos

imaginó hazerles alguna burla; por esto no huyó, sino que se estuvo

quedo y sosegado, sin mostrar tenerles miedo. Pero quando huvo oido

a la raposa, aunque tuvo todo lo que dezia por mentira, mostró mucho

contento, y començó a quexarse de su amo, diziendo cómo dias havia le

huviera dexado, si no que le devia su soldada; y para no pagarle,

de dia en dia le traia en palabras, y que finalmente solo havia

podido alcançar dél que le hiziese una obligacion de pagarle dentro

de cierto tiempo, que pues no podia por entonces cobrar, a lo menos

queria informarse de un letrado, si era bastante aquella escritura,

la qual tenia en la uña del pie, para tener segura su deuda. Bolviose

la raposa entonces al lobo (que ya ella se temió de algun temporal)

y le preguntó si sus letras podian suplir en semejante menester.

Pero él no entendiéndola de grosero, muerto porque le tuviesen por

letrado, respondió muy hinchado que havia estudiado Leyes en Salamanca,

y rebuelto muchas vezes a Bartulo y Bartuloto y aun á Galeno, y se

preciava de ser muy buen jurista y sofistico, y estava tan platico en

los negocios, y tan al cabo de todo, que no daria ventaja en la plaça

a otro ninguno que mejores sangrias hiziese; por el tanto amostrase la

escritura, y se pusiese en sus manos, que le ofrecia ser su avogado

para quando huviese de cobrar el dinero, y hazer que le pagasen tambien

las costas, y que le empeñava sobre ello su palabra; que tuviese buena

esperança. Levantó el asno entonces el pie, diziendole que leyese. Y

quando el lobo estava mas divertido en buscar la escritura, le asentó

con entrambos piés un par de coces en el caxco, que por poco le hiziera

saltar los sesos. En fin, el golpe fue tal, que perdido del todo

el sentido, cayó el triste lobo en el suelo como muerto. La raposa

entonces dándose una palmada en la frente, dixo assi: «Oh! cómo es

verdadero aquel refran antiguo, que tan grandes asnos hay con letras

como sin letras». Y en diziendo esto, echó a huir cada qual por su

cabo, ella para la montaña y el asno para el aldea».

Compárese esta linda adaptación con el texto castellano del siglo XV,

mandado traducir por el Infante de Aragón D. Enrique (Fábula 1.ª entre

las _extravagantes_ del «_Isopo_»), y se comprenderá lo que habían

adelantado la lengua y el arte de la narración durante un siglo. Con no

menos originalidad de detalle, picante y donosa, están tratadas otras

fábulas de la misma colección, donde ya estaban interpoladas, además

de las esópicas, algunas de las que Mey sacó de Aviano, v. gr.: la _de

fure et parvo_: «del mozo llorante y del ladrón». Un muchacho engaña á

un ladrón, haciéndole creer que se le ha caído una jarra de plata en un

pozo. El ladrón, vencido de la codicia, se arroja al pozo, despojándose

antes de sus vestidos, que el muchacho le roba, dejándole burlado. En

la colección de Mey tiene el número 5.º y esta moraleja:

Al que engañado á todo el mundo ofende,

Quien menos piensa, alguna vez le vende.

De las fábulas de animales es fácil el tránsito á otros apólogos no

menos sencillos, y por lo general de la misma procedencia clásica, en

que intervienen, principal ó exclusivamente, personajes racionales, por

ejemplo: «La Enferma de los ojos y el Médico»,[216] El avariento[217],

«El padre y los hijos», todas ellas de origen esópico. Baste como

muestra el último:

«Un labrador, estando ya para morir, hizo llamar delante sí a sus

hijos; a los quales habló desta suerte: «Pues se sirve Dios de que en

esta dolencia tenga mi vida fin, quiero, hijos mios, revelaros lo que

hasta aora os he tenido encubierto, y es que tengo enterrado en la viña

un tesoro de grandissimo valor. Es menester que pongays diligencia

en cavarla, si quereys hallarle», y sin declararles más partió desta

vida. Los hijos, despues de haver concluido con el entierro del padre,

fueron a la viña, y por espacio de muchos dias nunca entendieron sino

en cavarla, quando en una, quando en otra parte, pero jamás hallaron

lo que no havia en ella: bien es verdad que por haberla cavado tanto,

dió sin comparacion más fruto aquel año que solia dar antes en muchos.

Viendo entonces el hermano mayor quánto se habian aprovechado, dixo a

los otros: «Verdaderamente aora entiendo por la esperiencia, hermanos,

que el tesoro de la viña de nuestro padre es nuestro trabajo.

En esta vida la mejor herencia

Es aplicar trabajo y diligencia»[218].

Las relaciones novelísticas de Sebastián Mey con las colecciones de

la Edad Media no son tan fáciles de establecer como las que tiene con

Esopo y Aviano. De D. Juan Manuel no parece haber imitado más que un

cuento, el del molinero, su hijo y el asno. Con _Calila y Dimna_ tiene

comunes dos: _El Amigo Desleal_, que es el apólogo «de los mures que

comieron fierro»[219], y _El Mentiroso burlado_; pero ni uno ni otro

proceden de la primitiva versión castellana derivada del árabe, ni del

_Exemplario contra los engaños y peligros del mundo_, traducido del

_Directorium vitae humanae_ de Juan de Capua, sino de alguna de las

imitaciones italianas, probablemente de la de Firenzuola: _Discorsi

degli animali_, de quien toma literalmente alguna frase[220]. Por ser

tan raro el texto de Mey le reproduzco aquí, para que se compare con el

italiano, que puede consultarse fácilmente en ediciones modernas:

Fábula XXVIII. _El hombre verdadero y el mentiroso_:

«Ivan caminando dos compañeros, entrambos de una tierra y conocidos:

el uno de ellos hombre amigo de verdad y sin doblez alguna, y el otro

mentiroso y fingido. Acaeció, pues, que a un mismo tiempo viendo en

el suelo un talegoncico, fueron entrambos a echarle mano, y hallaron

que estava lleno de doblones y de reales de a ocho. Quando estuvieron

cerca de la ciudad donde bivian, dixo el hombre de bien: “Partamos

este dinero, para que pueda cada uno hazer de su parte lo que le

diere gusto”. El otro, que era bellaco, le respondio: “Por ventura si

nos viesen con tanto dinero, seria dar alguna sospecha, y aun quiça

nos porniamos en peligro de que nos le robasen, porque no falta en

la ciudad quien tiene cuenta con las bolsas agenas. Pareceme que

seria lo mejor tomar alguna pequeña quantia por agora, y enterrar

lo demas en lugar secreto, y quando se nos ofreciere despues haver

menester dineros, vernemos entramos juntos a sacarlos, y con esto

nos quitaremos por aora de inconvenientes”. El hombre bueno, o si se

sufre llamarle bovo, pues no cayó en la malicia ni engaño del otro,

pretendiendo que su intencion era buena, facilmente vino en ello,

y tomando entonces alguna quantidad cada uno dellos, enterraron lo

demas a la raiz de un arbol que alli juntico estava, habiendo tenido

mucha cuenta con que ninguno los mirase; y muy contentos y alegres

se bolvieron de alli a sus casas. Pero el engañoso compañero venido

el siguiente dia, puso en ejecucion su pensamiento, y bolviendo

secretamente al sobredicho lugar, sin que persona del mundo tuviese

aliento dello, quando el otro estava más descuydado, se llevó el

talegoncico con todo el dinero a su casa. Pocos dias despues el buen

hombre y simple con el vellaco y malicioso, le dixo: “Paréceme que ya

será hora que saquemos de alli y repartamos aquellos dineros, porque

yo he comprado una viña, y tengo de pagarla, y tambien he de acudir

a otros menesteres que se me ofrecen». El otro le respondio: «Yo

ando tambien en compra de una heredad, y havia salido con intento de

buscaros por esta ocasion”. “No ha sido poca ventura toparnos (replicó

el compañero), para poder luego, ir juntos”, como tenian concertado.

“Que vamos en buen hora” (dixo el otro), y sin gastar más razones

se pusieron en camino. Llegados al arbol donde le avian enterrado,

por bien que cavaron alrededor, como no tuvo remedio de hallarle, no

haviendo señal de dinero; el mal hombre que le havia robado, començó a

hazer ademanes y gestos de loco, y grandes estremos y quexas diciendo:

“No hay el dia de hoy fe ni verdad en los hombres: el que pensays

que os es mas amigo, esse os venderá mejor. De quién podremos fiar

hoy en el mundo? ah traydor, vellaco, esto me teniades guardado?

quién ha podido robar este dinero sino tu? ninguno havia que supiese

dél”. Aquel simplezillo que tenia más razon de poderse quexar y de

dolerse, por verse despedido en un punto de toda su esperanza, por el

contrario se vio necesitado a dar satisfacion y desculparse, y con

grandes juramentos protestava que no sabia en el robo arte ni parte,

aunque le aprovechaba poco, porque mostrandose más indignado el otro y

dando mayores bozes dezia: “No pienses que te saldras sin pagarlo: la

justicia, la justicia lo ha de saber, y darte el castigo que merece tu

maldad”. Replicando el otro que estava inocente de semejante delito,

se fueron gritando y riñendo delante el juez, el qual tras haver

los dos altercado en su presencia grande rato, preguntó si estava

presente alguno quando escondian el dinero? Aquel tacaño, mostrando más

confiança que si fuera un santo, al momento respondio: “Señor, sí, un

testigo havia que no sabe mentir, el qual es el mismo arbol entre cuyas

raizes el dinero estava enterrado. Este por voluntad de Dios dirá toda

la verdad como ha pasado, para que se vea la falsedad deste hombre,

y sea la justicia ensalçada”. El juez entonces (que quiera que lo

moviese) ordenó de hallarse las partes en el dicho lugar el siguiente

dia, para determinar alli la causa, y asi por un ministro les hizo

mandato so graves penas, que hirviesen de comparecer y presentarse,

dando primero, como lo hicieron, buena seguridad. Pareciole muy a su

proposito esta deliberacion del juez al malhechor, pretendiendo que

cierto embuste que iva tramando, ternia por semejante via efeto. Por

donde bolviendose a su casa, y llamando a su padre, le dixo assi:

“Padre muy amado, un secreto quiero descubriros, que os he tenido hasta

agora encubierto, por parecerme que assi con venia hazerse... Haveys

de saber que yo propio he robado el tesoro que demando a mi compañero

por justicia, para poder sustentaros a vos y a mi familia con más

comodidad. Dense a Dios las gracias y a mi buena industria, que ya

está el negocio en punto que solo con ayudar vos un poquito, será sin

réplica ninguna nuestro». Y contóles todo lo que havia passado, y lo

que havia provehido el juez, a lo qual añadió: «Lo que al presente os

ruego, es que vays esta noche a esconderos en el hueco de aquel arbol:

porque facilmente podreys entrar por la parte de arriba, y estar dentro

muy a placer, sin que puedan veros, porque el arbol es grueso y lo

tengo yo muy bien notado. Y quando el juez interrogare, disimulando

entonces vos la boz que parezca de algun espiritu, respondereys de

la manera que conviene”. El mal viejo que havia criado a su hijo tal

qual era él, se convencio de presto de sus razones, y sin temerse

de peligro alguno, aquella noche se escondio dentro el árbol. Vino

alli el juez el dia siguiente con los dos litigantes, y otros muchos

que le acompañavan, y habiendo debatido buen rato sobre el negocio,

al cabo preguntó en alta voz quién habia robado el tesoro. El ruin

viejo, en tono extraordinario y con boz horrible, dixo que aquel buen

hombre. Fue cosa esta que causó al juez y a los presentes increible

admiracion, y estuvieron suspensos un rato sin hablar, al cabo del qual

dixo el juez: “Bendito sea el Señor, que con milagro tan manifiesto ha

querido mostrar quanta fuerça tiene la verdad. Para que desto quede

perpetua memoria, como es razon, quiero de todo punto apurarlo. Porque

me acuerdo que antiguamente havia Nimfas en los arboles, verdad sea

que nunca yo habia dado credito a cosas semejantes, sino que lo tenia

todo por patrañas y fabulas de poetas. Mas agora no sé qué dezirme,

haviendo aqui en presencia de tantos testigos oido hablar a este arbol.

En estremo me holgaria saber si es Nimfa o espiritu, y ver qué talle

tiene, y si es de aquella hermosura encarecida por los poetas. Pues

caso que fuese una cosa destas, poco mal podriamos nosotros hazerle por

ninguna via”. Dicho esto mandó amontonar al pie del arbol leños secos

que havia por alli hartos, y ponerles fuego. ¿Quién podrá declarar quál

se paró el pobre viejo, quando començó el tronco a calentarse, y el

humo a ahogarle? Sólo sé dezir que se puso entonces con bozes muy altas

a gritar: “Misericordia, misericordia; que me abraso, que me ahogo, que

me quemo”. Lo qual visto por el juez, y que no havia sido el milagro

por virtud Divina, ni por haber Nimfa en el arbol, haziendole sacar de

alli medio ahogado, y castigandole a él y a su hijo, segun merecian,

mandó que le truxesssen alli todo el dinero, y entregósele al buen

hombre, que tan injustamente havian ellos infamado. Assi quedó premiada

la verdad y la mentira castigada.

La verdad finalmente prevalece,

Y la mentira con su autor perece».

Aunque el cuento en _Calila y Dimna_[221] no sea tan seco y esquemático

como otros muchos, lo es bastante para que no lamentemos el aliño con

que Firenzuola y Mey remediaron su aridez, haciendo correr por él la

savia de un fácil y gracioso diálogo. Y no me parece que la versión del

segundo, aunque inspirada por la del primero, sea inferior á ella, á

pesar de la amena y exquisita elegancia del monje de Vallumbrosa.

Sebastián Mey, aun en los raros casos en que traduce fielmente algún

original conocido, procura darle color local, introduciendo nombres

españoles de personas y lugares. Tal acontece en el cuento 53, «La

Prueba de bien querer», que es una paráfrasis amplificada de la facecia

116 de Poggio «De viro quae suae uxori mortuum se ostendit»[222]. En el

cuento latino la escena pasa en Montevarchio, y el protagonista es un

cierto hortelano, «hortulanus quidam». Mey castellaniza la anécdota en

estos graciosos términos:

«Anton Gonçalez Gallego era hombre que se bivia muy a plazer en la

villa de Torrejon; tenia una mujeraça de mediano talle, y de una

condicionaça muy buena, de manera que aunque él era un poquito reñidor,

ella siempre le abonançava, porque no le entrava a ella el enojo de los

dientes adentro; y assi eran presto apaziguados. Acaeció que bolviendo

él un dia de labrar, halló que la mujer havia ido al rio a lavar los

paños, por donde se recostó sobre un poyo, esperando a que viniese, y

como ella tardase, començó a divertir en pensamientos, y entre otros le

acudió en quanta paz bivia con su muger, y dezia en su imaginativa: «La

causa está en ella, y en el amor que me tiene, porque hartas ocasiones

le doy yo con mi reñir, pero quiéreme tanto que todo lo disimula con

muy gran cordura a trueco de tenerme contento. Pues si yo me muriese,

qué haria ella? Creo que se moriria de tristeza. ¡O quién se hallase

alli para ver los estremos que haria, y las palabras lastimeras que

echaria de aquella su boca! pues en verdad que lo he de provar, y

asegurarme dello por la vista». Sintiendo en esto que la muger venia,

se tendia en el suelo como un muerto. Ella entró, y mirandole de cerca,

y provando a levantarle, como él no hazia movimiento, y le vio sin

resuello, creyó verdaderamente que era muerto, pero venia con hambre

y no sabia resolverse en si comeria primero o lloraria la muerte del

marido. En fin, constreñida de la mucha gana que traia, determinó comer

primero. Y poniendo sobre las brasas parte de un recuesto de tocino

que tenia alli colgado, se le comió en dos palabras sin bever por no

se detener tanto. Despues tomó un jarro, y comenzó a baxar por la

escalera, con intencion de ir a la bodega por vino; mas he aqui donde

llega de improviso una vezina a buscar lumbre. Ella que la sintio,

dexa de presto el jarro, y como que huviese espirado entonces el

marido, comienza a mover gran llanto y a lamentar su muerte. Todo el

barrio acudió a los gritos, hombres y mugeres; y espantados de muerte

tan repentina (porque estava él tendido con los ojos cerrados, y sin

resollar de manera que parecia verdaderamente muerto), consolavanla lo

mejor que podian. Finalmente quando a él le parecio que se havia ya

satisfecho de lo que tanto deseava ver, y que huvo tomado un poco de

gusto con aquel alboroto; quando más la muger lamentava diciendo: «Ay

marido mio de mi coraçon, desdichado ha sido el dia y la hora en que

pierdo yo todo mi bien, pero yo soy la desdichada, faltandome quien

solia ser mi amparo; ya no terné quien se duela de mí, y me consuele

en mis trabajos y fatigas; qué haré yo sin vos agora, desventurada de

mí?» El entonces, abriendo supitamente los ojos, respondio: «Ay muger

mia de mis entrañas, qué haveys de hazer? sino que pues haveys comido,

baxeys a bever a la bodega». Entonces todos los que estavan presentes,

trocando la tristeza en regocijo, dispararon en reir: y más despues

quando el marido les contó el intento de la burla, y como le havia

salido.

Tal se penso de veras ser amado,

Y burlando quedó desengañado».

En las _Facecias_ de Poggio se halla también (con el número 60 «De eo

qui uxorem in flumine peremptam quaerebat») la sabida anécdota que Mey

volvió á contar con el título de _La mujer ahogada y su marido_ (fábula

XVIII). Pero no es seguro que la tomase de allí, siendo tantos los

libros que la contienen. Aun sin salir de nuestra literatura, podía

encontrarla en el Arcipreste de Talavera, en el _Sobremesa_ de Timoneda

y en otros varios autores. Tanto la versión de Timoneda, como la de

Poggio, son secas y esquemáticas; no así la de Mey, que amplificando

galanamente, según su costumbre, traslada el cuento «á la orilla de

Henares» y con cuatro rasgos de vida española saca de la abstracción

del apólogo las figurillas vivas de Marina Gil, «lavandera de los

estudiantes y muy hábil en su oficio»; del buen Pero Alonso, su marido,

y de su compadre Anton Royz.

El mismo procedimiento usa en otros cuentos, que parecerían

indígenas, por el sabor del terruño que tienen, si no supiésemos

que son adaptaciones de otros italianos. Así el de «El Dotor y

el Capitan» (fáb. X), que según ha descubierto el Sr. Milton A.

Buchanan, es la misma historia de «Il capitano Piero da Nepi» y «M.

Paolo dell'Ottanaio», inserta en el _Diporto de' viandanti_ de

Cristoforo Zabata[223], obrilla análoga, aun en el título, al _Alivio

de Caminantes_ de Timoneda; pero que no le sirvió de modelo, sino

al revés, puesto que es posterior en bastantes años. Es, en cambio,

anterior á Mey, y no puede dudarse de la imitación, aunque muy

disimulada.

«Llegaron juntos a comer a una venta el Dotor Calderon, famoso en

Medicina, y el Capitan Olmedo. Tuvieron a la mesa perdizes, y comian

en un plato. Pero el Capitan en columbrando las pechugas y los mejores

bocados, torciendo a su proposito la platica, y tomando lo mejor,

dezia: «Con este bocado me ahogue, señor Dotor, si no le digo verdad».

Disimuló el Dotor dos o tres vezes, pero a la quarta, pareciendole

algo pesada la burla, al tiempo que alargava el Capitan la mano,

diziendo «con este bocado me ahogue», sin dexarle acabar de dezir,

cogió con la una mano el plato y con la otra el bocado a que tirava el

Capitan, diziendole: «No jure, señor Capitan, no jure, que sin jurar

le creo. Y si de aqui adelante quisiere jurar, sea que le derribe el

primer arcabuzazo que los enemigos tiraren, porque es juramento más

conveniente a un capitan y soldado viejo como vuesamerced». Desta

manera le enseñó al Capitan a tener el término debido.

Alguna vez suele quedar burlado

El que con otros es desvergonzado».

Un ejemplo de adaptación italiana mucho más directa, en algunos

puntos casi literal y donde no se cambian ni el lugar de la escena

ni el nombre de los personajes, tenemos en la fábula LV _El médico y

su mujer_, cuya fuente inmediata, descubierta igualmente por el Sr.

Buchanan, es la _novela_ 2.ª de la cuarta _jornada_ de Sansovino[224],

la cual á su vez procede de las _Cento novelle antiche_ (núm. 46), y

debe de ser de origen provenzal, puesto que parece encontrarse una

alusión á ella en estos versos del trovador Pedro Cardenal:

Tals cuja aver filh de s' esposa

Que no i a re plus que cel de Tolosa[225].

El cuento es algo libre y de picante sabor, pero precisamente por ser

el único de su género en el _Fabulario_, creo que no debo omitirle,

persuadido de que el donaire con que está contado le hará pasar sin

ceño de los eruditos, únicos para quienes se imprimen libros como éste.

«Huvo en Tolosa un medico de mucha fama llamado Antonio de Gervas,

hombre rico y poderoso en aquellos tiempos. Este deseando mucho tener

hijos, casó con una sobrina del Governador de aquella ciudad[226],

y celebradas las bodas con grande fiesta y aparato, segun convenia

a personas de tanta honrra, se llevó la novia a su casa con mucho

regocijo, y no pasaron dos meses que la señora su muger parió una hija.

Visto esto por el Medico, no hizo sentimiento, ni mostró darse por

ello pena; antes viendo a la muger afligida, la consolava, trabajando

por persuadirle con muchos argumentos fundados en la ciencia de su

arte, que aquella mochacha segun razon podia ser suya, y con amoroso

semblante y buenas palabras hizo de manera que la muger se sosegó,

honrrandola él mucho en todo el tiempo del parto y proveyendola en

abundancia de todo quanto era necesario para su salud. Pero despues

que la muger convaleció, y se levantó de la cama, le dixo el Medico

un dia: «Señora, yo os he honrrado y servido desde que estays conmigo

quanto me ha sido posible. Por amor de mí os suplico que os bolvays

a casa de vuestro padre, y os esteys alli de aqui adelante, que yo

miraré por vuestra hija y la haré criar con mucha honrra». Oido esto

por la muger, quedó como fuera de sí; pero tomando esfuerço, començó

a dolerse de su desventura, y a dezir que no era honesto, ni parecia

bien que la echase de aquella manera fuera de casa. Mas no queriendo

el Medico, por bien que ella hizo y dixo, mudar de parecer, vinieron a

terminos las cosas que huvo de mezclarse el Governador entendiendo que

el Medico en todo caso queria divorcio con la sobrina, y assi embió

por él. Venido el Medico, y hecho el devido acatamiento, el governador

(que era hombre de mucha autoridad) le habló largamente sobre el

negocio, diciendole que en los casos que tocan a la honrra, conviene

mirar mucho a los inconvenientes que se pueden seguir, y es menester

que se tenga mucha cuenta con que no tenga que dezir la gente, porque

la honrra es cosa muy delicada y la mancha que cae una vez sobre ella

por maravilla despues hay remedio de poder quitarla. Tentó juntamente

de amedrentarle con algunas amenazas. Pero quando huvo hablado a su

plazer, le respondió el Medico: «Señor, yo me casé con vuestra sobrina

creyendo que mi hacienda bastaria para sustentar a mi familia, y mi

_presupuesto_ era que cada año havia de tener un hijo no más, pero

haviendo parido mi muger a cabo de dos meses, no estoy yo tan abastado,

si cada dos meses ha de tener el suyo, que pueda criarlos, ni darles de

comer; y para vos no seria honrra ninguna que viniese a pobreza vuestro

linage. Y assi os pido por merced, que la deys a hombre que sea más

rico que yo, para que pariendo tan amenudo, pueda criar y dexar ricos

todos sus hijos, y a vos no os venga desonrra por ello». El Governador,

que era discreto y sagaz, oyendo esto, quedó confuso, y replicóle que

tenia razon en lo que dezia, y con esto le despidió.

La hazienda que entre pocos es riqueza,

Repartida entre muchos es pobreza».

No en todos los casos parece tan obvio el origen literario del cuento,

por ser muy vulgar la anécdota y no presentar en el texto de Mey ningún

rasgo que arguya parentesco directo con otras versiones. Tal sucede con

la fábula LVI _El convidado acudido_, que figura, aunque con distintos

accesorios, en el cuadernillo manuscrito de los _Cuentos de Garibay_ y

en la _Floresta Española_[227]. Cotejando la versión de Mey que pongo

á continuación con la de Santa Cruz, que va por nota, se palpará la

diferencia entre el estilo conciso y agudo del toledano y la manera más

pintoresca, verbosa y festiva del impresor de Valencia.

«Francisco Quintañon vezino de Bilbao, combidó, segun acostumbrava cada

año, el dia del Santo de su nombre, en el qual havia nacido, a algunos

amigos. Los quales truxeron al combite a Luis Loçano, estudiante,

hombre gracioso, bien entrañado, y que si le llamavan a un combite, no

dezia de no, y por caer aquel año en Viernes el combite, hubo de ser

de pescado. A lo qual proveyó el Quintañon en abundancia y muy bueno.

Sentados a la mesa, dieron a cada uno su porcion de vesugos, congrios

y otros pescados tales. Sólo a Loçano le dieron sardinas, y no sé qué

pescadillos menudos, por ventura por no haver sido de los llamados,

sino que le havian traido. Como él vio aquella menudencia en su plato,

en lugar de comer como hazian los otros, tomava cada pescadillo, y

llegavasele al oido, y bolviale despues al plato. Reparando en aquello

los combidados, y preguntandole por qué hazia aquéllo? respondio:

«Havrá seys años, que pasando un hermano mio a Flandes, y muriendo

en el viaje, echaron su cuerpo en el mar; y nunca he podido saber

dónde vino a parar, y si tuvo su cuerpo sepultura o no, y por eso se

lo preguntava a estos pececillos, si por dicha lo sabian. Todos me

responden en conformidad que no saben tal, porque en ese tiempo no

havian ellos aun nacido: que se lo pregunte a esos otros pescados

mayores que hay en la mesa, porque sin duda me daran relacion». Los

combidados lo echaron en risa, entendiendo la causa porque lo dezia;

y Quintañon, echando a los moços la culpa que lo havrian hecho por

descuydo, mandó traerle un plato de lo mejor que havia.

Si en un combite fueres encogido,

Serás tambien sin duda mal servido».

Otra anécdota mucho más conocida que la anterior es la de _El truhan

y el asno_. En el estudio del Sr. Buchanan pueden verse útiles

indicaciones bibliográficas sobre las transmigraciones de esta

_facecia_, que se repite en el Esopo de Waldis, en el libro alemán

_Til Eulenspiegel_, en los Cuentos de Buenaventura Des Periers y en

otras muchas partes. Entre nosotros anda en la tradición oral, pero

no conozco texto literario anterior al de Mey, que es muy donoso por

cierto.

«Delante del Duque de Bayona tomava el ayo un dia licion a los pages,

entre los quales havia uno de tan duro ingenio, que no podian entrarle

las letras en la cabeça. De lo qual se quexava el ayo, diziendo que

havia seys meses que le enseñava y no sabia aun deletrear. Hallandose

un truhan presente dixo: «Pues a un asno enseñaré yo en seys meses

a leer». Oyendolo el Duque, le dixo: «Pues yo te apostaré que no lo

enseñas ni en doze». Porfiando él que sí, dixo el Duque: «Pues sabes

cómo te va? que me has de dar en un año un asno que sepa leer, so pena

que si no lo hazes, has de recebir quatrocientos açotes publicamente

del verdugo, y si lo hazes y ganas, te haya yo de dar quatro mil

ducados; por eso mira en lo que te has puesto por parlar». Pesole al

truhan de haber hablado; pero en fin vista la deliberacion del Duque,

procuró despavilar el ingenio, y ver si tenia remedio de librarse

del castigo. Mercó primeramente un asnillo pequeño muy luzio y bien

tratado, y pusole delante un librazo; mas por bien que le bramava a las

orejas A. b. c. no havia remedio más que si lo dixera a una piedra, por

donde viendo que esto era por demas, imaginó de hazer otra cosa. Puesto

sobre una mesa el dicho libro delante del asno, echavale unos quantos

granos de cevada sobre una de las hojas y otros tantos sobre la otra

hoja siguiente, y sobre la tercera tambien. Despues de haverse comido

el asno los granos de la hoja primera, tenia el truhan con la mano la

hoja buen rato, y despues dexavale que con el hozico se bolviese; y

a la otra hoja hazia lo mismo. Poco a poco habituó al asno a que sin

echarle cevada hiziese tambien aquello. Y quando le tuvo bien impuesto

(que fue antes del año) avisó al Duque cómo ya su asno sabia leer: que

le señalase dia en que por sus ojos viese la prueva. Aunque lo tuvo el

Duque por imposible, y que saldria con algun donayre, con todo eso le

señaló dia, venido el qual, fue traido el asno a palacio, y en medio de

una quadra muy entoldada, haviendo acudido muchisima gente, pusieron

sobre una mesa un grandisimo libro: el qual començó el asno a cartear

de la manera que havia acostumbrado, estando un rato de la una hoja a

la otra mirando el libro. Y desta manera se entretuvo un grande rato.

El Duque dixo entonces al truhan: «Cómo lee tu asno? tú has perdido».

«Antes he ganado (respondio el truhan) porque todo el mundo vee como

lee. Y yo emprendí de enseñarle a leer solamente y no de hablar. Yo

he cumplido ya con mi obligacion, y lo protesto assi, requiriendo y

llamando por testigos a todos los que estan presentes, para que me

hagan fe de aquesto. Si hallare vuestra Excelencia quien le enseñe a

hablar, entonces podrá oirle claramente leer, y si acaso huviere quien

tal emprenda, seguramente puede ofrecerle vuestra Excelencia doze mil

ducados, porque si sale con ello, los merecerá muy bien por su trabajo

y habilidad». A todos les pareció que dezia bien el truhan, y el mismo

Duque teniendose por convencido, mandó darle los quatro mil ducados que

le havian ofrecido.

Como tengas paciencia y perseveres,

Saldras con cualquier cosa que emprendieres».

Algunos cuentecillos de Mey, como otros de Timoneda, son explicación ó

comentario de algún dicho proverbial. Esta frase, por ejemplo, _Parece

á lo del raton que no sabe sino un agujero_, se comprueba con los dos

ejemplos del pintor de retablos que no sabía hacer más efigie que la de

San Antonio, y con ella, ó con dos del mismo Santo, pensaba satisfacer

á quien le pedía la de San Cristóbal; y el del músico que no sabía

cantar más letrilla que la de «La mañana de San Juan--al punto que

alboreaba»[228].

El color local da frescura é interés á las más triviales anécdotas del

_Fabulario_. Mey huye siempre de lo abstracto y de lo impersonal. Así,

el pintor de retablos no es un pintor cualquiera, sino «Mase Rodrigo

pintor que vivia en Toledo cabe la puerta de Visagra», y el cantor es

«Juan Pie de Palo, privado de la vista corporal». Una curiosa alusión

al héroe del libro de Cervantes realza la fábula XX, cuadrito muy

agradable, en que la vanidad del hidalgo y la torpeza de su criado

producen el mismo efecto cómico que las astucias de Caleb, el viejo

servidor del hidalgo arruinado, en la novela de Walter-Scott _The Bride

of Lammermoor_.

«Luis Campuzo, de tierra de la Mancha, _y pariente de D. Quijote,

aunque blasonara de hidalgo de secutoria_, no acompañavan el poder y

hazienda a la magnanima grandeça que en su coraçon reynava; mas si

con las obras no podia, con las palabras procurava de abultar las

cosas, de manera que fuesen al mundo manifiestas y tuviesen que hablar

dél. Era amigo de comer de bueno, aunque no de combidar a nadie; y

para que dello tambien se tuviesse noticia, hijos y mujer ayudavan a

pregonarlo, diziendole quando estava en conversacion con otros hidalgos

que las gallinas o perdices estaban ya asadas, que entrase a cenar.

Quando hijos y mujer se olvidavan, él tenia cuidado de preguntarlo

en presencia de ellos a un criado: que como de ordinario los mudava,

no podia tenerlos habituados a su condicion y humor. Haviendo pues

asentado Arguixo con él, segun acostumbraba con otros, le preguntó á

vozes en presencia de sus amigos: “Qué tenemos para cenar, hermano

Arguixo?” El otro sin malicia ninguna respondio: “Señor, una perdiz”,

y bolviendo el otro dia con semejante demanda, quando le dixo: “Qué

hay esta noche de cenar?” el otro respondio: “Señor, un palomino”.

Por donde haviendole reñido el amo y dado una manezica sobre que no

se sabia honrar ni hazer tener, concluyó con enseñarle de qué manera

havia de responderle de alli adelante, diziendole: “Mirad, quando de

aqui adelante os interrogare yo sobre el cenar, haveys de responder

por el numero plural, aunque no haya sino una cosa; como si hay una

perdiz, direys: perdizes, perdizes; si un pollo: pollos, pollos;

si un palomino: palominos, palominos, y assi de todo lo demás”. Ni

al criado se le olvidó la licion, ni dexó él passar la ocasion de

executarla, porque venida la tarde, antes que la junta de los hidalgos

se deshiziese, queriendose honrrar como solia, en presencia dellos,

a bozes preguntó: “¿Qué hay que cenar esta noche, Arguixo?” “Vacas,

señor, vacas”, respondio él: de que rieron los hidalgos; pero el amo

indignado, bolviendose al moço, dixo: “Este vellaco es tan grosero,

que no entiende aun que no hay regla sin excepcion”. “¿Qué culpa tengo

yo, replicó él, si vos no me enseñastes más Gramatica?” Y haviendole

despedido el amo sobre el caso, fue causa que se vino a divulgar el

chiste de sus grandezas.

Quien más se entera de lo que conviene,

Sin pensarlo a quedar burlado viene».

Con la misma candorosa malicia están sazonados otros cuentos, en que

ya no puedo detenerme, como el de _El mentiroso burlado_[229], el de

_Los labradores codiciosos_[230], el de _El cura de Torrejon_[231]

y sobre todo el de _La porfía de los recien casados_[232], que con

gusto reimprimiría á no habérseme adelantado Mr. Buchanan. Es el

mejor _specimen_ que puede darse del gracejo picaresco y de la viveza

expresiva y familiar de su prosa, dotes que hubieran hecho de Mey un

excelente novelista satírico de la escuela del autor de _El Lazarillo_,

si no hubiese encerrado constantemente su actividad en un cauce tan

estrecho como el de la fábula y el proverbio moral. Su intención

pedagógica no podía ser más honrada y cristiana, y bien lo prueba el

piadoso _ejemplo_[233] con que su libro termina; pero es lástima que

no hubiese tenido más ambición en cuanto á la extensión y forma de sus

narraciones y al desarrollo de la psicología de sus personajes.

Dos veces ensayó, sin embargo, la novela italiana; pero en el género

de amores y aventuras, que era el menos adecuado á las condiciones de

su ingenio observador y festivo. La primera de estas dos narraciones

relativamente largas, _El Emperador y su hijo_[234], tiene alguna

remota analogía con la anécdota clásica de Antíoco y Selenco, y en

ciertos detalles recuerda también la novela de Bandello que dió

argumento para el asombroso drama de Lope _El castigo sin venganza_,

pero va por distinto rumbo y es mucho más complicada. El anciano

Emperador de Trapisonda concierta casarse con Florisena, hija del rey

de Natolia, enamorado de su beldad por un retrato que había visto de

ella. El rey de Natolia, á trueco de tener yerno tan poderoso, no

repara en la desproporción de edad, puesto que él pasaba de los sesenta

y ella no llegaba á los veinte. El Emperador envía á desposarse en

nombre suyo y á traer la novia á su hijo Arminto, gentil mozo en la

flor de su edad, del cual se enamora locamente la princesa, llegando á

declararle su pasión por señas inequívocas y finalmente requiriéndole

de amores. Él, aunque prendado de su hermosura, rechaza con horror

la idea de hacer tal ofensa á su padre, y huye desde entonces cuanto

puede del trato y conversación con la princesa. Frenética ella escribe

al Emperador, quejándose del desvío y rustiqueza de su hijo, y el

Emperador le ordena ser obediente y respetuoso con su madrastra;

pero los deseos de la mala mujer siguen estrellándose en la virtuosa

resistencia del joven. Emprenden finalmente su viaje á la corte, y en

el camino la princesa logra, mediante una estratagema, atraer al joven

una noche á su aposento, y rechazada otra vez por él, sale diciendo á

voces que la había deshonrado. Conducidos á la presencia del Emperador,

el príncipe nada quiere decir en defensa propia, y cuando estaba á

punto de ser condenado á muerte, la Emperatriz reclama el privilegio

de dar la sentencia, haciendo jurar solemnemente al Emperador que

pasará por lo que ella ordene. «Felisena entonces dixo: «La verdad es

que mi padre no me dió deste casamiento más razon de que me casava

con el Emperador de Trapisonda, sin dezirme de qué edad era, ni otras

circunstancias; y en viendo yo al Principe crei que él era mi marido, y

le cobré voluntad y amor de muger y no de madre: ni mi edad ni la suya

lo requieren, y desde aquella hora nunca he parado hasta que al cabo

le forzé a cumplir mi voluntad, de manera que yo le hice a él fuerça y

no él a mí: yo me desposé con él, y siempre con intencion de que era

verdadero esposo y no prestado. Siendo pues ya muger del hijo, no puedo

en manera ninguna serlo del padre, pero quando no huviera nada desto,

supuesto que ha de ser el casamiento voluntario y libre, y no forçoso,

digo que a mi señor el Emperador le serviré yo de rodillas como hija

y nuera, pero no como muger. Si es otra su voluntad, yo me bolveré a

casa del Rey mi padre, y biuda esperaré á lo que Dios querrá disponer

de mí». Los sabios del Consejo y todos los que estaban presentes

interceden con el Emperador para que cumpla su juramento y renuncie á

la mano de la princesa en favor de su hijo. Hay en este cuento, como

queda dicho y de su simple exposición se infiere, algunos detalles

comunes con el de Parisina, tal como le trataron Bandello y Lope; pero

el desenlace no es trágico, sino alegre y placentero, aunque no lo

fuese para el burlado Emperador de Trapisonda. Esto sin contar con la

inocencia del príncipe y otros rasgos que hacen enteramente diversas

ambas historias. También la de Mey es de corte italiano, aunque no

puedo determinar ahora de cuál de los _novellieri_ está tomada ni Mr.

Buchanan lo ha averiguado tampoco.

En cambio, se debe á este erudito investigador el haber determinado

con toda precisión la fuente de otra historia de Mey, _El caballero

leal a su señor_ (fáb. XLIX), que es un arreglo ó adaptación de la

quincuagésima y última de Masuccio Salernitano[235], con ligeras

variantes, entre ellas el nombre de Pero López de Ayala cambiado en

Rodrigo y el de su hijo _Aries_ ó Arias en Fadrique. El cuento parece

de origen español, como otros de Masuccio, el cual lo da por caso

auténtico, aprendido de un noble ultramontano[236]; los afectos de

honra y lealtad que en él dominan son idénticos á los que campean en

nuestras comedias heroicas, aunque fuera del título ninguna semejanza

se encuentra entre la comedia de Lope _El Leal Criado_ y este cuento

de Mey, que pongo aquí por última muestra de su estilo en un género

enteramente diverso de los anteriores:

«Muchos años ha que en la ciudad de Toledo huvo un cavallero llamado

Rodrigo Lopez, tenido por hombre de mucha honrra y de buena hazienda.

Tenia éste dos hijas, y un hijo sólo llamado Fadrique, moço virtuoso

y muy gentil hombre; pero preciavase de valiente, y pegavasele de

aqui algun resabio de altivez. Platicando éste y haziendo camarada

con otros cavalleros de su edad, acaeció que una noche se halló en

una quistion con otros a causa de uno de sus compañeros: en la qual

como los contrarios fuesen mayor número, y esto fuese para él causa

de indignacion, y con ella le creciese el denuedo, tuvose de manera

que mató a uno dellos. Y porque el muerto era de muy principal linage,

temiendo de la justicia, determinó de ausentarse y buscar por el mundo

su ventura. Lo qual comunicó con su padre, y le pidió licencia, y su

bendicion. El padre se la dio con lagrimas, y le aconsejó cómo se havia

de regir, y juntamente le proveyó de dineros y de criados, y le dio

dos cavallos. En aquel tiempo tenia el rey de Francia guerra contra

Inglaterra, por lo cual determinado de servirle, fue al campo del Rey,

y como su ventura quiso, asentó por hombre de armas con el Conde de

Armiñac, que era general del exército y pariente del Rey. Viniendo

despues las ocasiones, se començó a señalar, y a dar muestras de su

valor, haziendo maravillosas proezas assi en las batallas de campaña

como en las baterias de castillos y ciudades, de manera que assi entre

los Franceses como entre los enemigos no se hablava sino de sus hazañas

y valentia. Esto fue causa de ganarse la voluntad y gracia del General,

y de que le hiziese grandisimos favores; y como siempre le alabava, y

encarecia sus hechos en presencia del Rey, pagado el Rey de su valor le

quiso para su servicio; y le hizo su Gentilhombre, y cavallero mejor

del Campo, señalandole plaça de grandisima ventaja, y era el primero

del Consejo de Guerra; y en fin hazia tanto caso dél, que le parecia

que sin su Fadrique no se podia dar efeto a cosa de importancia.

Pero venido el ivierno retiró el Rey su Campo, y con la flor de sus

cavalleros, llevando entre ellos a Fadrique, se bolvió a Paris. Llegado

alli, por dar plazer al pueblo y por las Vitorias alcançadas quiso

hazer una fiesta: a la qual mandó que combidasen a los varones más

señalados, y a las mas principales damas del reyno. Entre las damas que

acudieron a esta fiesta, que fueron en gran número, vino una hija del

Conde de Armiñac, a maravilla hermosa. Dado pues principio a la fiesta

con general contento de todos, y señalandose mucho en ella Fadrique en

los torneos, y en los otros exercicios de Cavalleria, la hija del Conde

puso los ojos en él, y por lo que habia oido de sus proezas, como por

lo que con sus ojos vio, vino a quedar dél muy enamorada; y con mirarle

muy a menudo, y con otros ademanes le manifestó su amor, de manera que

Fadrique se dio acato dello; pero siendo de su inclinacion virtuoso, y

acordandose de los beneficios que havia recevido del Conde su padre,

hizo como quien no lo entendia, y passavalo en disimulacion. Pero la

donzella que le ama va de coraçón, estava por esto medio desesperada, y

hazia estremos de loca. Y con esta turbacion le pasó por el pensamiento

escrivirle una carta; y poniendolo en efeto, le pintó en ella su

aficion y pena con tanto encarecimiento y con tan lastimeras razones,

que bastara a ablandar el coraçón de una fiera; y llamando un criado de

quien fiava, y encargandole el secreto, le mandó que llevase a Fadrique

aquella carta. El criado receloso de que no fuese alguna cosa que

perjudicase a la honrra della, y temiendo del daño que a él se le podia

seguir, en lugar de llevar a Fadrique la carta, se la llevó al Conde su

señor. El qual leida la carta, y visto el intento de su hija, pensó de

poder dar con la cabeça por las paredes; imaginava si la mataria, o si

la cerraria en una prision para toda su vida; pero reportado un poco,

hizo deliberacion de provar a Fadrique, y ver cómo lo tomava. Y con

este presupuesto bolvió a cerrar la carta, y mandó al criado que muy

cautelosamente se la diese a Fadrique de parte de su hija, y cobrase

respuesta dél. El criado se la llevó, y Fadrique entendido cúya era,

la recibió algo mustiamente; su respuesta era en suma, que le suplicava

se quitase aquella locura de la cabeça; que la desigualdad era entre

los dos tanta, que no podian juntarse por via legitima, siendo él un

pobre cavallero; ella hija de señor tan principal, y que a qualquier

desgracia y trabajo, aunque fuese perder la vida, se sugetaria él

primero que ni en obra ni en pensamiento imaginase de ofender al Conde

su señor, de quien tantas mercedes havia recebido; que si no podia

vencer del todo su deseo, le moderase alomenos, y no diese de sí qué

dezir; que la fortuna con el tiempo lo podia remediar, entibiandosele

a ella o mudandosele como convenia la voluntad; o dandole a él tanta

ventura, que por sus servicios haziendole nuevas mercedes el Rey le

subiese a mayor grado: que entonces podria ser que viniese bien su

padre, y en tal caso seria para él merced grandisima; pero que sin su

consentimiento ni por el presente ni jamas tuviese esperança de lo que

pretendia dél. Esto contenia su respuesta. Y despues de haver cerrado

muy bien la carta, se la dio al criado para que la llevase a su señora.

Él se la llevó al Conde, como él propio se lo havia ordenado. El Conde

la leyó; y fue parte aquella carta no solo para que se le mitigasse el

enojo contra la hija, pero para que con nueva deliberacion se fuese

luego al Rey, y le contase todo quanto havia pasado, hasta mostrarle

las cartas, y le manifestase lo que havia determinado de hazer. Oido

el Rey todo esto, no se maravilló de la donzella, antes la desculpó,

sabiendo quanta fuerça tiene naturaleza en semejantes casos: pero

quedó atonito de la modestia y constancia del cavallero, y de aqui se

le dobló la voluntad y aficion que le tenia. Y discurriendo con el

Conde sobre la orden que se havia de tener, le mandó que pusiese por

obra, y diese cumplimiento a lo que havia deliberado: que en lo que a

su parte tocava, él le ofrecia de hazerlo como pertenecia a su Real

persona, y assi lo cumplió. Con esto mandaron llamar a Fadrique, y el

Conde muy alegre en presencia del Rey le dio a su hija por mujer. Y el

dia siguiente haviendo el Rey llamado a su palacio a los Grandes que

havia en Corte, los hizo desposar. Quién podria contar el contento que

la dama recibió, viendo que le davan por marido aquel por quien havia

estado tan apasionada, y sin esperanza de alcançarle? Fadrique quedó

tambien muy contento. Las fiestas que se hizieron a sus bodas fueron

muy grandes, y ellos bivieron con mucha paz y quietud acompañados sus

largos años.

Si a tu señor guardares lealtad,

Confia que ternás prosperidad».

La extraordinaria rareza del libro y la variedad é importancia de su

contenido nos han hecho dilatar tanto en las noticias y extractos

del _Fabularlo_, del cual dió una idea harto inexacta Puibusque, uno

de los pocos escritores que le mencionan; puesto que ni las fábulas

están «literalmente traducidas de Fedro» (cuyos apólogos, no impresos

hasta 1596 y de uso poco frecuente en las escuelas de España antes

del siglo XVIII, no es seguro que Sebastián Mey conociese), sino que

están libremente imitadas de Esopo y Aviano; ni mucho menos constan

«de versos fáciles y puros», pues no hay más versos en toda la obra

que los dísticos con que termina cada uno de los capítulos. De los

cuentos, sí, juzgó rectamente Puibusque: «son ingeniosos y entretenidos

(dice), exhalan un fuerte olor del terruño y no carecen de intención

filosófica»[237].

Notable contraste ofrece con la tendencia moral y didáctica del

_Fabulario_ otro libro muy popular á principios del siglo XVII, y

tejido de cuentos en su mayor parte. Su autor, Gaspar Lucas Hidalgo,

vecino de la villa de Madrid, de quien no tenemos más noticia que

su nombre, le tituló _Diálogos de apacible entretenimiento_, y no

llevaba otro propósito que hacer una obra de puro pasatiempo, tan

amena y regocijada y de tan descompuesta y franca alegría como un

sarao de Carnestolendas, que por contraste picante colocó en la más

grave y austera de las ciudades castellanas, en Burgos. Dos honrados

matrimonios y un truhán de oficio llamado Castañeda son los únicos

interlocutores de estos tres diálogos, que se desarrollan en las tres

noches de Antruejo, y que serían sabrosísimos por la gracia y ligereza

de su estilo si la sal fuese menos espesa y el chiste un poco más

culto. Pero las opiniones sobre el decoro del lenguaje y la calidad

de las sales cómicas cambian tanto según los tiempos, que el censor

Tomás Gracián Dantisco, al aprobar este libro en 1603, no temió decir

que «emendado como va el original, no tiene cosa que ofenda; antes por

su buen estilo, curiosidades y donayres permitidos para pasatiempo

y recreacion, se podrá dar al autor el privilegio y licencia que

suplica». No sabemos lo que se enmendaría, pero en el texto impreso

quedaron verdaderas enormidades, que indican la manga ancha del censor.

No porque haya ningún cuento positivamente torpe y obsceno, como sucede

á menudo en las colecciones italianas, sino por lo desvergonzadísimo

de la expresión en muchos de ellos, y sobre todo por las inmundicias

_escatológicas_ en que el autor se complace con especial fruición.

Su libro es de los más sucios y groseros que existen en castellano;

pero lo es con gracia, con verdadera gracia, que recuerda el _Buscón_,

de Quevedo, siquiera sea en los peores capítulos, más bien que la

sistemática y desaliñada procacidad del _Quijote_ de Avellaneda. Á

un paladar delicado no puede menos de repugnar semejante literatura,

que en grandes ingenios, como el de nuestro D. Francisco ó el de

Rabelais, sólo se tolera episódicamente, y al cual no dejó de pagar

tributo Molière en sus farsas satíricas contra los médicos. Si por el

tono de los coloquios de Gaspar Lucas Hidalgo hubiéramos de juzgar de

lo que era la conversación de la clase media de su tiempo, á la cual

pertenecen los personajes que pone en escena, formaríamos singular idea

de la cultura de aquellas damas, calificadas de honestísimas, que en

su casa autorizaban tales saraos y recitaban en ellos tales cuentos y

chascarrillos. Y sin embargo, la conclusión sería precipitada, porque

aquella sociedad de tan libres formas era en el fondo más morigerada

que la nuestra, y reservando la gravedad para las cosas graves, no

temía llegar hasta los últimos límites de la expansión en materia de

burlas y donaires.

Por de pronto, los _Diálogos de apacible entretenimiento_ no

escandalizaron á nadie. Desde 1605 á 1618 se hicieron á lo menos ocho

ediciones[238], y si más tarde los llevó la Inquisición á su Índice,

fue de seguro por la irreverencia, verdaderamente intolerable aun

suponiéndola exenta de mfuecia, con que en ellos se trata de cosas

y personas eclesiásticas, por los cuentos de predicadores, por la

parodia del rezo de las viejas, por las aplicaciones bajas y profanas

de algunos textos de la Sagrada Escritura, por las indecentes burlas

del sacristán y el cura de Ribilla y otros pasajes análogos. Aunque

Gaspar Lucas Hidalgo escribía en los primeros años del siglo XVII,

se ve que su gusto se había formado con los escritores más libres y

desenfadados del tiempo del Emperador, tales como el médico Villalobos

y el humanista autor del «Crótalon».

En cambio no creo que hubiese frecuentado mucho la lectura de las

novelas italianas, como da á entender Ticknor. El cuadro de sus

_Diálogos_, es decir, la reunión de algunas personas en día de fiesta

para divertirse juntas y contar historias, es ciertamente italiano,

pero las costumbres que describe son de todo punto castizas y el

libro no contiene verdaderas novelas, sino cuentecillos muy breves,

ocurrencias chistosas y varios papeles de donaire y curiosidad,

intercalados más ó menos oportunamente.

Son, pues, los _Diálogos de apacible entretenimiento_ una especie de

miscelánea ó floresta cómica; pero como predominan extraordinariamente

los cuentos, aquí y no en otra parte debe hacerse mención de ella.

Escribiendo con el único fin de hacer reir, ni siquiera aspiró Gaspar

Lucas Hidalgo al lauro de la originalidad. Algunos de los capítulos más

extensos de su obrita estaban escritos ya, aunque no exactamente en la

misma forma. «La invención y letras» con que los roperos de Salamanca

recibieron á los Reyes D. Felipe III y Doña Margarita cuando visitaron

aquella ciudad en junio de 1600 pertenece al género de las relaciones

que solían imprimirse sueltas. El papel de los _gallos_, ó sea vejamen

universitario en el grado de un Padre Maestro Cornejo, de la Orden

Carmelitana, celebrado en aquellas insignes escuelas con asistencia

de dichos Reyes, es seguramente auténtico y puede darse como tipo de

estos desenfados claustrales que solían ser pesadísimas bromas para

el graduando, obligado á soportar á pie firme los vituperios y burlas

de sus compañeros, como aguantaba el triunfador romano los cánticos

insolentes de los soldados que rodeaban su carro[239]. De otro vejamen

ó _actus gallicus_ que todavía se conserva[240] está arrancado este

chistoso cuento (Diálogo 1.º, cap. I): «Yo me acuerdo que estando

en un grado de maestro en Teología de la Universidad de Salamanca,

uno de aquellos maestros, como es costumbre, iba galleando á cierto

personaje, algo tosco en su talle y aun en sus razones, y hablando con

los circunstantes dijo desta suerte: «Sepan vuesas mercedes que el

señor Fulano tenía, siendo mozo, una imagen de cuando Cristo entraba

en Jerusalem sobre el jumento, y cada día, de rodillas delante desta

imagen, decía esta oración:

¡Oh, asno que á Dios lleváis,

Ojalá yo fuera vos!

Suplícoos, Señor, me hagáis

Como ese asno en que vais.

Y dicen que le oyó Dios».

La «Historia fantástica» (Diálogo 3.º, cap. IV) es imitación de la

_Carta Monstruo Satírico_, publicada por Mussafia conforme á un

manuscrito de la Biblioteca Imperial de Viena[241], y se reduce á una

insulsa combinación de palabras de doble sentido. El _monstruo_ tenía

alma de cántaro, cabeza de proceso, un ojo de puente y otro de aguja;

la una mano de papel y la otra de almirez, etc. Este juguete de mal

gusto tuvo varias imitaciones, entre ellas la novela de _El caballero

invisible_, compuesta en equívocos burlescos, que suele andar con las

cinco novelas de _las vocales_ y es digna de alternar con ellas.

El capítulo tan libre como donoso que trata «de las excelencias de

las bubas» (discurso 3.º), es en el fondo la misma cosa que cierta

«Paradoja en loor de las bubas, y que es razon que todos las procuren

y estimen», escrita en 1569 por autor anónimo, que algunos creen ser

Cristóbal Mosquera de Figueroa[242]. Es cierto que Gaspar Lucas Hidalgo

la mejoró mucho, suprimiendo digresiones que sólo interesan á la

historia de la medicina, y dando más viveza y animación al conjunto,

pero el plan y los argumentos de ambas obrillas son casi los mismos.

Á esta literatura _médico-humorística_ y al gran maestro de ella,

Francisco de Villalobos, debía de ser muy aficionado el maleante autor

de los _Diálogos de apacible entretenimiento_, puesto que le imita

á menudo; y el cuento desvergonzadísimo de las ayudas administradas

al comendador Rute, de Ecija, por la dueña Benavides (Diálogo 2.º,

capítulo III), viene á ser una repetición, por todo extremo inferior,

de la grotesca escena que pasó entre el doctor Villalobos y el Conde

de Benavente, y que aquel físico entreverado de juglar perpetuó, para

solaz del Duque de Alba, en el libro de sus _Problemas_. Aquel diálogo

bufonesco, que puede considerarse como una especie de entremés ó farsa,

agradó tanto á los contemporáneos, á pesar de lo poco limpio del

asunto, en que entonces se reparaba menos, que los varones más graves

se hicieron lenguas en su alabanza. El arzobispo de Santiago, D. Alonso

de Fonseca, escribía al autor: «Pocos dias ha que el señor don Gomez me

mostró un diálogo vuestro, en que muy claramente vi que nuestra lengua

castellana excede á todas las otras en la gracia y dulzura de la buena

conversacion de los hombres, porque en pocas palabras comprehendistes

tantas diferencias de donaires, tan sabrosos motes, tantas delicias,

tantas flores, tan agradables demandas y respuestas, tan sabias

locuras, tantas locas veras, que son para dar alegría al más triste

hombre del mundo». La popularidad del diálogo de Villalobos continuaba

en el siglo XVII, y si hemos de creer lo que se dice en un antiguo

inventario, el mismo Velázquez empleó sus pinceles en representar tan

sucia historia[243].

Entre los innumerables cuentecillos, no todos de ayudas y purgas

afortunadamente, que Gaspar Lucas Hidalgo recogió en su librejo, hay

algunos que se encuentran también en otros autores, como el que sirve

de tema al conocido soneto:

Dentro de un santo templo un hombre honrado...

que Sedano atribuyó á D. Diego de Mendoza, y que en alguna copia

antigua he visto á nombre de Fr. Melchor de la Serna, monje benedictino

de San Vicente de Salamanca, autor de las obras de burlas más

desvergonzadas que se conocen en nuestro Parnaso. Uno se encuentra

también en _El Buscón_, de Quevedo (capítulo segundo), no impreso hasta

1626, pero que, á juzgar por sus alusiones, debía de estar escrito

muchos años antes, en 1607 lo más tarde. No creo, sin embargo, que

Hidalgo le tomase de Quevedo ni Quevedo de Hidalgo. El cuento de éste

es como sigue: «Otro efeto de palabras mal entendidas me acuerdo que

sucedió á unos muchachos de este barrio que dieron en perseguir á un

hombre llamado Ponce Manrique, llamándole Poncio Pilato por las calles;

el cual, como se fuera á quejar al maestro en cuya escuela andaban los

muchachos, el maestro los azotó muy bien, mandándoles que no dijesen

más desde ahí adelante Poncio Pilato, sino Ponce Manrique. Á tiempo que

ya los querían soltar de la escuela, comenzaron á decir en voz alta la

dotrina christiana, y cuando llegaban á decir: Y padeció so el poder

de Poncio Pilato, dijeron: «Y padeció so el poder de Ponce Manrique»

(Diálogo 3.º, cap. IV).

Fácil sería, si la materia lo mereciese, registrar las _florestas_

españolas y las colecciones de _facecias_ italianas, para investigar

los paradigmas que seguramente tendrán algunos de los cuentecillos de

Hidalgo. Pero me parece que casi todos proceden, no de los libros,

sino de la tradición oral, recogida por él principalmente en Burgos,

donde acaso habría nacido, y donde es verosímil que escribiese su

libro, puesto que todas las alusiones son á la capital de Castilla la

Vieja y ninguna á Madrid, de la cual se dice vecino. Suelen todos los

autores de cuentos citar con especial predilección á un personaje real

ó ficticio, pero de seguro tradicional, á quien atribuyen los dichos

más picantes y felices. El _famoso decidor_ á quien continuamente alega

Gaspar Lucas Hidalgo es «Colmenares, un tabernero muy rico que hubo en

esta ciudad, de lindo humor y dichos agudos».

De una y otra cosa era rico el autor de los diálogos, y aun tenía

ciertas puntas de poeta. El romance en que el truhán Castañeda describe

la algazara y bullicio de las Carnestolendas recuerda aquella viveza

como de azogue que tiene el _baile de la chacona_ cantado por Cervantes

en un romance análogo.

Los que con tanta ligereza suelen notar de pesados nuestros antiguos

libros de entretenimiento, no pondrán semejante tacha á estos

_Diálogos_, que si de algo pecan es de ligeros en demasía. El autor,

creyendo sin duda que el frío de tres noches de febrero en Burgos no

podía combatirse sino con estimulantes enérgicos, abusó del vino añejo

de la taberna de Colmenares, y espolvoreó sus platos de Antruejo con

acre mostaza. Pero el recio paladar de los lectores de entonces no hizo

melindre alguno á tal banquete, y la idea del libro gustó tanto, que á

imitación suya se escribieron otros con más decoro y mejor traza, pero

con menos llaneza y con gracia más rebuscada, como _Tiempo de Regocijo

y Carnestolendas de Madrid_, de D. Alonso del Castillo Solórzano

(1627); _Carnestolendas de Zaragoza en sus tres días_, por el Maestro

Antolínez de Piedrabuena (1661), y _Carnestolendas de Cádiz_, por D.

Alonso Chirino Bermúdez (1639).

Así como en Gaspar Lucas Hidalgo comienza el género de los _Saraos

de Carnestolendas_, así en el libro del navarro Antonio de Eslava,

natural de Sangüesa, aparece por primera vez el cuadro novelesco de

las _Noches de Invierno_, que iba á ser no menos abundante en la

literatura del siglo XVII[244]. Por lo demás, á esto se reduce la

semejanza entre ambos autores, no menos lejanos entre sí por el estilo

que por la materia de sus relatos. Hidalgo es un modelo en la narración

festiva, aunque sea trivial, baladí y no pocas veces inmundo lo que

cuenta. Eslava, cuyos argumentos suelen ser interesantes, es uno de los

autores más toscos y desaliñados que pueden encontrarse en una época

en que casi todo el mundo escribía bien, unos por estudio, otros por

instinto. Tienen, sin embargo, las _Noches de invierno_ gran curiosidad

bibliográfica, ya por el remoto origen de algunas de sus fábulas, ya

por la extraordinaria fortuna que alguna de ellas, original al parecer,

ha tenido en el orbe literario, prestando elementos á una de las

creaciones de Shakespeare.

Todo en el libro de Eslava anuncia su filiación italiana; nadie diría

que fue compuesto en Navarra. La escena se abre en el muelle de

Venecia: háblase ante todo de la pérdida de un navío procedente de

la isla de Candía y del incendio de un galeón de Pompeyo Colonna en

Messina. Los cuatro ancianos que entretienen las noches de invierno

asando castañas, bebiendo vino de malvasía y contando aventuras

portentosas, se llaman Silvio, Albanio, Torcato y Fabricio. Ninguna de

las historias es de asunto español, y las dos que trae pertenecientes

al ciclo carolingio tampoco están tomadas de textos franceses, sino de

una compilación italiana bien conocida y popular, _I Reali di Francia_.

El capítulo X, «do se cuenta el nacimiento de Carlo Magno, Rey de

Francia», es una curiosa versión del tema novelesco de _Berta de los

grandes pies_, es decir, de la sustitución fraudulenta de una esposa á

otra, cuento de _folk-lore_ universal, puesto que se ha recogido una

variante de él hasta entre los zulús del África Meridional[245]. Como

todas las leyendas de su clase, ésta ha sido objeto de interpretaciones

míticas. Gaston París quiere ver en ella un símbolo de la esposa del

sol, cautiva ó desconocida durante el invierno, pero que recobra sus

derechos y majestad en la primavera[246]. Sea de esto lo que fuere,

la Edad Media convirtió el mito en leyenda épica y le enlazó, aunque

tardíamente, con el gran ciclo de Carlo Magno, suponiendo que Berta,

madre del Emperador, suplantada durante cierto tiempo por una sierva

que fue madre de dos bastardos, había sido reconocida al fin por su

esposo Pipino, á consecuencia de un defecto de conformación que tenía

en los dedos de los pies. Esta leyenda no tiene de histórico más que

el nombre de la heroína, y sin recurrir al ya desacreditado mito

solar, nos inclinamos á creer con León Gautier[247] que es una de las

muchas variedades del tipo de la esposa inocente, calumniada y por fin

rehabilitada, que tanto abunda en los cuentos populares, y al cual

pertenecen las aventuras de la reina Sibila y de santa Genoveva de

Brabante.

En una memoria admirable, á pesar del tiempo que ha transcurrido

desde 1833, estudió comparativamente Fernando Wolf[248] las leyendas

relativas á la madre de Carlomagno, sin olvidar el texto de Eslava.

Los eruditos posteriores han acrecentado el catálogo de las versiones,

haciéndolas llegar al número de trece, pero sustancialmente no

modifican las conclusiones de aquel excelente trabajo. No hay texto

en prosa anterior al de la Crónica de Saintonge, que es de principios

del siglo XIII. Los poemas más antiguos que la consignan son uno

franco-itálico de principios del mismo siglo (_Berta de li gran pié_),

que forma parte de una compilación manuscrita de la biblioteca de San

Marcos de Venecia, adaptación ó refundición de otro poema francés

perdido, y el mucho más célebre de Adenet li Roi, _Roman de Berte aus

grans piés_, compuesto por los años de 1275 y que tuvo la suerte no muy

merecida de ser la primera canción de gesta francesa que lograse los

honores de la imprenta[249].

Con este relato del trovero Adenet ó Adenès se conforma en sustancia

el de nuestra _Gran Conquista de Ultramar_, mandada traducir por D.

Sancho IV el Bravo sobre un texto francés que seguramente estaba en

prosa, pero que reproducía el argumento de varios poemas y narraciones

caballerescas de diversos ciclos. Las variantes de detalle indican que

esta narración era distinta de la de Adenet, y acaso más antigua y

distinta asimismo de la versión italiana. No es del caso transcribir

tan prolija historia, pero conviene dar alguna idea para que se compare

esta versión todavía tan poética con la infelicísima rapsodia de Eslava.

La leyenda de Berta, como todas las restantes, ha penetrado en la _Gran

Conquista de Ultramar_ por vía genealógica. En el capítulo XLIII del

libro II se dice, hablando de uno de los cruzados: «Aquel hombre era

muy hidalgo é venía del linaje de Mayugot, de París, el que asó el

pavon con Carlos Maynete, e dio en el rostro a uno de sus hermanos de

aquellos que eran hijos de la sierva que fuera hija del ama de Berta,

que tomara por mujer Pipino, el rey de Francia».

Suponen los textos franceses que los padres de Berta, Flores y

Blancaflor, eran reyes de Hungría. La _Conquista de Ultramar_ los trae

á España y los hace reyes de Almería. La narración está muy abreviada

en lo que toca al casamiento del rey Pipino y á las astucias de la

sierva, que era hija del ama de Berta. «Por ende el ama, su madre,

hizo prender á Berta en lugar de su hija, diciendo que quisiera matar

a su señora, e hizola condenar a muerte; asi que el ama mesma la dio a

dos escuderos que la fuesen a matar a una floresta do el rey cazaba;

e mandóles que trajiesen el corazon della; e ellos, con gran lástima

que della hobieron, non la quisieron matar; mas ataronla a un arbol en

camisa, e en cabello, e dejaronla estar asi, e sacaron el corazon á un

can que traian e levaronlo al ama traidora en lugar de su fija; e desta

manera creyo el ama que era muerta su señora, e que quedaba su hija por

reina de la tierra».

Después de este seco resumen, la narración se anima, y la influencia,

aunque remota, del texto poético se siente al referir las aventuras de

Berta en el bosque.

«Mas nuestro Señor Dios non quiso que tan gran traicion como esta

fuese mucho adelante, é como son sus juicios fuertes ó maravillosos

de conoscer á los hombres, buscó manera extraña porque este mal se

desficiese; é quiso así, que aquella noche mesma que los escuderos

levaron á Berta al monte é la ataron al árbol, así como de suso vistes,

que el montanero del rey Pepino, que guardaba aquel monte, posaba cerca

de aquel lugar do la infanta Berta estaba atada, é cuando oyó las

grandes voces que daba, como aquella que estaba en punto de muerte,

que era en el mes de enero, ó que no tenia otra cosa vestida sino la

camisa, é sin esto, que estaba atada muy fuertemente al árbol, fué

corriendo hácia aquella parte; é cuando la vió espantóse, creyendo que

era fantasma ó otra cosa mala; pero cuando la oyó nombrar á nuestro

Señor é á Santa María, entendió que era mujer cuitada, é llegóse á ella

é preguntóle qué cosa era ó qué había. É ella respúsole que era mujer

mezquina, é que estaba en aquel martirio por sus pecados; é él díxole

que no la desataría fasta que le contase todo su fecho por que estaba

así; é ella contógelo todo; é él entonce hobo muy gran piedad della, é

desatóla luego, é levóla á aquellas casas del Rey en que él moraba, que

eran en aquella montaña, é mandó á su mujer é á dos hijas muy hermosas,

que eran de la edad della, que le hiciesen mucha honra ó mucho placer,

ó mandóles que dixesen que era su hija, é vestióla como á ellas, é

castigó á las mozas que nunca la llamasen sino hermana. É aconteció

así, que después bien de tres años fué el rey Pepino á cazar aquella

montaña. É después que hobo corrido monte, fué á aquellas sus casas, é

dióle aquel su hombre muy bien de comer de muchos manjares. É ante que

quitasen los manteles, hizo á su mujer é aquellas tres doncellas, que

él llamaba hijas, que le levasen fruta; é ellas supiéronlo hacer tan

apuestamente, que el Rey fué muy contento. É paróles mientes, é violas

muy hermosas á todas tres, mas parescióle mejor Berta que las otras;

ca en aquella sazon la más hermosa mujer era que hobiese en ninguna

parte del mundo. É cuando la hobo así parado mientes un gran rato,

hizo llamar al montanero, é preguntóle si eran todas tres sus hijas,

é él dixo que sí. É cuando fué la noche, él fué á dormir á vna cámara

apartada de sus caballeros, é mandó á aquel montanero que le trajese

aquella su hija, é él hízolo así. É Pepino hóbola esa noche é empreñóla

de un hijo, é aquel fué Cárlos Maynete el Bueno. É el rey Pepino,

cuando se hobo de ir, dióle de sus dones, é hizo mucha mesura á aquella

dueña, que creía que era hija del montanero, é mandó á su padre que

gela guardase muy bien, pero en manera que fuese muy secreto».

Prosigue narrando la _Crónica de Ultramar_ cómo Blancaflor, madre de

la verdadera Berta, descubrió la superchería del ama y de su hija,

sirviendo de último signo de reconocimiento el pequeño defecto de

los pies, que en _La Gran Conquista_ está más especificado que en el

poema de Adenet. «É Berta no habia otra fealdad sino los dos dedos que

había en los piés de medio, que eran cerrados[250]. É por ende, cuando

Blancaflor trabó dellos, vió ciertamente que no era aquella su hija, é

con gran pesar que hobo, tornóse así como mujer fuera de seso, é tomóla

por los cabellos, é sacóla de la cama fuera, é comenzóla de herir muy

de recio á azotes é á puñadas, diciendo á grandes voces: «¡Ay Flores,

mi señor, qué buena hija habernos perdido, é qué gran traicion nos ha

hecho el rey Pepino é la su corte, que teníamos por las más leales

cosas del mundo; así que á la su verdad enviamos nuestra hija, é agora

hánnosla muerta, é la sierva, hija de su ama, metieron en su lugar!».

Confesada por el ama la traición, y querellándose acerbamente

Blancaflor de la muerte de su hija, el Rey hace buscar á los escuderos

que habían sido encargados del crimen, y por ellos y por el _montanero_

viene á descubrirse la verdad del caso y la existencia de la verdadera

Berta, que de su ayuntamiento con el Rey tenía ya un hijo de seis años,

el futuro Carlo Magno. En el poema de Adenès, la aventura amorosa de

Pipino es posterior al descubrimiento del fraude, y efecto de este

mismo descubrimiento, siendo ésta la principal diferencia entre ambos

textos. El traductor castellano sólo puso de su cosecha la donación que

Blancaflor hizo á su nieto Carlos «del reino de Córdoba é de Almería

é toda la otra tierra que había nombre España». Pero esta donación

no llegó á tener cumplimiento porque «luego hobo desacuerdo entre

los de la tierra, de manera que non la pudieron defender; é con este

desacuerdo que hobo entre ellos, ganáronla los reyes moros, que eran

del linaje de Abenhumaya».[251]

La historia de Berta se presenta muy ampliada y enriquecida con

accesorios novelescos en la gran compilación italiana _I Reali di

Francia_, cuyo autor Andrea da Barberino, nacido en 1370, vivía aún en

1431[252]. El sexto libro de esta obra tan popular todavía en Italia

como lo es entre nosotros la traducción del _Fierabrás_ (vulgarmente

llamada _Historia de Carlomagno_), trata en diez y siete capítulos de

las aventuras de Berta y del nacimiento de Carlos. Pío Rajna supone

que el autor conocía el poema de Adenet, pero las diferencias son de

bastante bulto y Gastón París se inclinaba á negarlo. Los nombres

no son ni los de Adenet ni los del compilador franco-itálico del

manuscrito de Venecia. Los motivos de las aventuras son diferentes

también, y algunos rasgos parecen de grande antigüedad, como el

de la concepción de Carlos Magno en un carro, lo cual antes de él

se había dicho de Carlos Martel (_Iste fuit in carro natus_) y es

acaso expresión simbólica de un nacimiento ilegítimo[253]. En lo

que convienen _I Reali_ y el manuscrito de Venecia es en la idea

genealógica de emparentar á la pérfida sierva con los traidores

de la casa de Maganza. Estas invenciones cíclicas sirvieron á los

compiladores de decadencia para establecer cierto lazo ficticio entre

sus interminables fábulas. La de Berta, en tiempo de Adenet, corría

todavía aislada, pues no hay rastro en él de semejante parentesco.

La versión de _I Reali_ fué la que adoptó, echándola á perder en su

maldita prosa, Antonio de Eslava, é introduciendo en ella algunas

variantes arbitrarias é infelices, que desfiguran y envilecen el

carácter de la heroína, y complican inútilmente el relato de sus

aventuras con circunstancias ociosas y ridículas. Pipino se casa en

terceras nupcias con Berta, siendo ya muy viejo y «casi impotente para

el acto de la generación.[254] Para buscar novia entre las doncellas

de cualquier linaje ó estado, abre en París una especie de certamen de

hermosura, señalando á cada dama mil escudos de oro «para el excesivo

gasto que hiciesen en venir á las fiestas y juntas reales que con este

motivo se celebran. «Allí tuviera harto que hazer el juyzio de Paris si

avia de juzgar quál era más hermosa... Y entre éstas vino la hija del

Conde de Melgaria, llamada Verta, la del gran pie, hermana de Dudon Rey

de Aquitania: llamávase assi, por respecto que tenía el un pie mayor

que el otro, en mucho estremo; mas dexada esta desproporcion aparte,

era la más hermosa y dispuesta criatura de todas las Damas».

Eslava describe prolijamente su traje y atavío, cometiendo los más

chistosos anacronismos é incongruencias. Baste decir que, entre

otras cosas, llevaba «por ayron y garzota un _cupidillo_ misturado

de olorosas pastillas, de tal suerte que despedía de sí un olor

suavísimo». El viejo Emperador, como era natural, se enamora de

ella en cuanto la vé, mas «ella estava algo picada de Dudon de Lis,

Almirante de Francia, mozo galan y dispuesto, que en las fiestas se

avia mostrado como valiente cavallero». Este mismo Dudon de Lis es el

que va en nombre del Emperador á pedir la novia, á desposarse con ella

por poderes y acompañarla á Francia. «En este camino se urdió y tramó

una de las más fraudulentas marañas que jamás habrán oydo, y fué que

la nueva Emperatriz traya consigo una donzella secretaria suya, hija

de la casa de Maganza, la qual en la edad y en el talle y hermosura le

parecía tanto que los Cortesanos de su Corte se engañaran muchas veces,

si no fuera el desengaño la diferencia de los costosísimos vestidos que

llevaba la Emperatriz; y esta se llamaba Fiameta, y era tan querida y

amada de la hermosa Verta, que con ella y con otra no comunicava sus

íntimos secretos».

Y aquí comienza la más absurda perversión que Eslava hizo en la

leyenda, pues es la misma Berta la que, enamorada de Dudon de Lis y

poco satisfecha con «el decrépito viejo» que la espera, sugiere á

su doncella la estratagema de que la suplante en el lecho nupcial,

haciéndose ella pasar por secretaria, para poder de este modo casarse

con el almirante[255]. Préstase á todo la falsa Fiameta (nombre de

Boccaccio muy inoportunamente sustituido al de _Elisetta_ que tiene

en _I Reali_ y _Aliste_ en el poema de Adenès); pero temerosa de que

el engaño llegue á descubrirse y ella deje de ser Emperatriz, se

decide á trabajar por cuenta propia y á deshacerse de Berta, después

de consumada la superchería. La orden de matarla, el abandono en el

bosque, la acogida que encuentra en la cabaña del montero del rey,

el descubrimiento de la falsa Berta por la madre de la verdadera,

la cacería del Rey y su aventura, amorosa, no difieren mucho de los

datos de la leyenda antigua, pero están torpemente viciados con la

grosera inverosimilitud de prestarse tan de buen grado la liviana Berta

á los deseos de aquel mismo viejo decrépito que tanto la repugnaba

antes[256]. El final de la historia concuerda enteramente con el texto

de _I Reali_, incluso la disparatadísima etimología que da al nombre

de Carlo Magno: «Y assi mandó á Lipulo el Emperador que antes que los

monteros cazadores llegasen á aquel asignado lugar, le hiziessen una

cama en el campo orillas del rio Magno, en un carro que allí estava,

por el excessivo calor que hazia, y por estar algo lexos del estruendo

y vozes de tanto tumulto de gente, ...y assi fué cubierto el carro de

muchas y frescas ramas, aviendo servido de acarrear piedra y leña.

En él se acostó el cansado Emperador, con su legítima mujer aunque

no conocida... Desta hermosa Berta nació Carlo Magno, sucesor del

Emperador Pipino su padre: llamóse assi porque fué engendrado (como

dicho tengo) en un carro, orillas del rio Magno, y assi se llamó Carro

Magno, aunque agora se llama Carlo Magno».

Esta rapsodia, que aun prescindiendo de lo adocenado de su estilo es

claro testimonio de la degeneración del sentido épico en los que ya

sin comprenderlas repetían las leyendas de la Edad Media, tuvo tan

escandalosa fortuna, que volviendo en el siglo XVIII á Francia, donde

estas narraciones estaban completamente olvidadas con haber tenido allí

su cuna, ocupó en 1777 las páginas de la _Bibliothèque Universelle

des Romans_, y á favor de esta célebre compilación, se difundió por

toda Europa, que entonces volvió á enterarse (¡y de qué manera!) de

los infortunios de la pobre Berta, tan calumniada por el refundidor

español. Pero como no hay mal que por bien no venga, acaso esta

caricatura sirvió para despertar la curiosidad de los investigadores,

y hacer que se remontasen á las fuentes primitivas de esta narración

poética.

Otro tanto aconteció con la historia «_del nacimiento de Roldán y sus

niñerías_», que llena el capítulo octavo de la «Segunda noche» de

Eslava, y cuya fuente indudable es también el libro de _I Reali_.

Los personajes de esta leyenda son carolingios, pero los primeros

textos en que aparece consignada no son franceses, sino franco-itálicos

y de época bastante tardía. Los italianos la reclaman por suya, y

quizá nosotros podamos alegar algún derecho preferente. Ante todo,

se ha de advertir que la más antigua poesía épica nada supo de estas

mocedades de Roldán. Siempre se le tuvo por hijo de una hermana de

Carlomagno, á quien unos llaman Gisela ó Gisla y otros Berta, pero

no había conformidad en cuanto al nombre del padre, que en unos

textos es el duque Milón de Angers y en otros el mismo Carlomagno,

á quien la bárbara y grosera fantasía de algunos juglares atribuyó

trato incestuoso con su propia hermana. Pero en ninguno de los

poemas franceses conocidos hasta ahora hay nada que se parezca á la

narración italiana de los amores de Milón y Berta y de la infancia de

_Orlandino_. Además la acción pasa en Italia y se enlaza con recuerdos

de localidades italianas.

Pero es el caso que esta historia de ilegitimidad de Roldán, nacido de

los amores del conde Milón de Angers ó de Anglante con Berta, hermana

de Carlomagno, es idéntica en el fondo á nuestra leyenda épica de

Bernardo del Carpio, nacido del furtivo enlace del conde de Saldaña

y de la infanta doña Jimena. La analogía se extiende también á las

empresas juveniles atribuidas á Roldán y á Bernardo. La relación entre

ambas ficciones poéticas es tan grande que no se le ocultó á Lope

de Vega, el cual trató dramáticamente ambos asuntos, repitiéndose

en algunas situaciones y estableciendo en su comedia _La Mocedad de

Roldán_ un paralelo en forma entre ambos héroes.

Reconocido el parentesco entre las dos historias, lo primero que se

ocurre (y así opinó Gastón París) es que la de Roldán habrá servido de

modelo á la de Bernardo. Pero es el caso que los datos cronológicos

no favorecen esta conjetura. El más antiguo texto de las _Enfances

Roland_ no se remonta más allá del siglo XIII, y para entonces nuestra

fábula de Bernardo, no sólo estaba enteramente formada, sino que

se había incorporado en la historia, admitiéndola los más severos

cronistas latinos, como don Lucas de Tuy y el arzobispo don Rodrigo;

andaba revuelta con hechos y nombres realmente históricos, y había

adquirido un carácter épico y nacional que nunca parece haber logrado

el tardío cuento italiano. Tres caminos pueden tomarse para explicar la

coincidencia. O se admite la hipótesis de un poema francés perdido que

contase los amores de Milón y Berta, hipótesis muy poco plausible, no

sólo por falta de pruebas, sino por la contradicción que este relato

envuelve con todos los poemas conocidos. O se supone la transmisión

de nuestra leyenda de Bernardo á Francia, y de Francia á Italia; caso

improbable, pero no imposible, puesto que también puede suponerse en

el _Maynete_ y hay que admitirla en el _Anseis de Cartago_ y acaso en

el _Hernaut de Belaunde_. O preferimos creer que estas _mocedades_ no

fueron al principio las de Bernardo ni las de Roldán, sino un lugar

común de novelística popular, un cuento que se aplicó á varios héroes

en diversos tiempos y países. La misma infancia de Ciro, tal como la

cuenta Herodoto, pertenece al mismo ciclo de ficciones, que no faltará

quien explique por el socorrido mito solar ú otro procedimiento análogo.

Todos los textos de las mocedades de Roldán fueron escritos en Italia,

como queda dicho. El más antiguo es el poema en decasílabos épicos,

compuesto en un francés italianizado, es decir, en la jerga mixta que

usaban los juglares bilingües del Norte de Italia. Forma parte del

mismo manuscrito de la biblioteca de San Marcos de Venecia en que

figuran _Berta_ y el _Karleto_. En este relato Milón es un senescal de

Carlomagno, y los perseguidos amantes se refugian en Lombardía, pasando

por los caminos todo género de penalidades: hambre, sed, asalto de

bandidos; hasta que Berta, desfallecida y con los pies ensangrentados,

se deja caer á la margen de una fuente, cerca de Imola, donde da á luz

á Roldán que, por su nacimiento, queda convertido en héroe italiano.

Milón, para sustentar á Berta y á su hijo, se hace leñador. Roldán

se cría en los bosques de Sutri y adquiere fuerzas hercúleas. Su

madre tiene en sueños la visión de su gloria futura. Pasa por Sutri

Carlomagno, volviendo triunfante de Roma, y entre los que acuden en

tropel á recibir al Emperador y su hueste llama la atención de Carlos

un niño muy robusto y hermoso, que venía por capitán de otros treinta.

El Emperador le acaricia, le da de comer, y el niño reserva una parte

de ración para sus padres. Esta ternura filial, unida al noble y fiero

aspecto del muchacho, que «tenía ojos de león, de dragón marino ó de

halcón», conmueve al viejo Namo, prudente consejero del Emperador, y

al Emperador mismo, quien manda seguir los pasos de Roldán hasta la

cueva en que vivían sus padres. El primer movimiento, al reconocer

á su hija y al seductor, es de terrible indignación, hasta el punto

de sacar el cuchillo contra ellos; pero Roldán, cachorro de león, se

precipita sobre su abuelo y le desarma, apretándole tan fuertemente la

mano que le hace saltar sangre de las uñas. Esta brutalidad encantadora

reconcilia á Carlos con su nieto, y le hace prorrumpir en estas

palabras: «será el halcón de la cristiandad». Todo se arregla del mejor

modo posible, y el juglar termina su narración con este gracioso rasgo:

«Mientras estas cosas pasaban, volvía los ojos el niño Roldán á una y

otra parte de la sala á ver si la mesa estaba ya puesta»[257].

En _I Reali di Francia_ encontramos más complicación de elementos

novelescos. Para seducir á Berta, Milón entra en palacio disfrazado de

mujer. El embarazo de Berta se descubre pronto, y Carlos la encierra

en una prisión, de donde su marido la saca, protegiendo la fuga el

consejero Namo. La aventura de los ladrones está suprimida en _I

Reali_. El itinerario no es enteramente el mismo. Falta el sueño

profético de la madre. En cambio, pertenecen á la novela en prosa, y

pueden creerse inventadas por su autor (si es que no las tomó de otro

poema desconocido), las peleas de los mozuelos de Sutri, en que Roldán

ensaya sus primeras armas, y la infeliz idea de hacer desaparecer á

Milón en busca de aventuras, desamparando á la seducida princesa con

el fruto de sus amores. Esta variante, imaginada, según parece, para

enlazar este asunto con el de la _Canción de Aspramonte_ y atribuir á

Milón grandes empresas en Oriente, persistió por desgracia en todos

los textos sucesivos, viciando por completo el relato y estropeando el

desenlace.

La prosa de los _Reali di Francia_ fué puesta en octavas reales por

un anónimo poeta florentino del siglo XV y por otro del XVI, que

apenas hizo más que refundir al anterior. Las juveniles hazañas de

Roldán dieron asunto á Ludovico Dolce para uno de los varios poemas

caballerescos que compuso á imitación del Ariosto: _Le prime imprese

del conte Orlando_ (1572); pero de los 25 cantos de que este poema

consta, sólo los cuatro primeros tienen que ver con la leyenda antigua,

siguiendo con bastante fidelidad el texto de _I Reali_[258]. El poema

de Dolce fué traducido en prosa castellana[259] por el regidor de

Valladolid Pero López Henriquez de Calatayud (1594). Y de este mismo

poema ó del texto en prosa tomó argumento Lope de Vega para _La Mocedad

de Roldán_[260], interesante y ameno poema dramático, que sería la

mejor de las obras compuestas sobre este argumento si no le arrebatase

la palma la noble y gentil balada de Luis Uhland _Der Klein Roland_.

Posteriores á la comedia de Lope, que ya estaba escrita en 1604,

son las _Noches de_ _Eslava_, cuyo relato, comparado con el de los

_Reali_, ofrece bastantes amplificaciones y detalles, debidos sin duda

al capricho del imitador y á su retórica perversa.

Enamorado Milón de Berta «con mucho secreto se vistió de hábito de

viuda, y lo pudo bien hazer, por ser muy mozo y sin barba, y con cierta

ocasión de unas guarniciones de oro, fué á palacio, al cuarto donde

ella estaba, y las guardias entendiendo ser muger, le dieron entrada...

y no solamente fué esto una vez, mas muchas, con el disfrazado

hábito de viuda, entraba á gozar de la belleza de Berta, engañando

á los vigilantes guardias, de tal suerte que la hermosa Berta de la

desenvuelta viuda quedó preñada». Indignación de Carlomagno; largo y

empalagoso discurso de Berta, solicitando perdón y misericordia «pues

se modera la culpa con no haber hecho cosa con Milón de Anglante que

no fuese consumación de matrimonio, y debaxo juramento y palabra

de esposo». La acongojada dama se acuerda muy oportunamente de la

clemencia de Nerva y Teodosio y de la crueldad de Calígula; pero

su hermano, que parece más dispuesto á imitar al último que á los

primeros, la contesta con otro razonamiento no menos erudito, en que

salen á relucir Agripina y el Emperador Claudio, la cortesana Tais y

el incendio de Persépolis, Lais de Corinto, Pasiphae, Semíramis y el

tirano Hermias, á quien cambia el sexo, convirtiéndole en _amiga_ de

Aristóteles. En vista de todo lo cual la condena á muerte, encerrándola

por de pronto en «el más alto alcázar de Palacio». Pero al tiempo que

«el dios Morfeo esparcía su vaporoso licor entre las gentes», fué Milón

de Anglante con ocultos amigos, y con largas y gruesas cuerdas apearon

del alto alcázar á Berta, y fueron huyendo solos los dos verdaderos

amantes... y en este ínterin, ya el claro lucero daba señales del

alba, y en la espaciosa plaza de París andaban solícitos los obreros

«haziendo el funesto cadahalso, adonde se habia de poner en execucion

la rigurosa sentencia».

Carlomagno envía pregones á todas las ciudades, villas y lugares de

su reino, ofreciendo 100.000 escudos de oro á quien entregue á los

fugitivos. «Y como llegase á oídos del desdichado Milón de Anglante,

andaba con su amada Berta silvestre, incógnito y temeroso; caminando

por ásperos montes y profundos valles, pedregosos caminos y abrojosos

senderos; vadeando rápidos y presurosos ríos; durmiendo sobre duras

rayces de los toscos y silvestres árboles, teniendo por lecho sus

frondosas ramas; los que estaban acostumbrados á pasear y á dormir

en entoldados palacios, arropados de cebellinas ropas, comiendo

costosísimos y delicados manjares, ignorantes de la inclemencia de

los elementos... y assi padeciendo infinitos trabajos, salieron de

todo el Reyno de Francia y entraron en el de Italia... Mas sintiéndose

ella agravada de su preñez y con dolores del parto, se quedaron en el

campo, en una oscura cueva, lexos una milla de la ciudad de Sena en la

Toscana... Y á la mañana, al tiempo que el hijo de Latona restauraba

la robada color al mustio campo, salió de la cueva Milón de Anglante á

buscar por las campestres granjas algun mantenimiento, ropas y pañales

para poder cubrir la criatura». Durante esta ausencia de su marido,

Berta «parió con mucha facilidad un niño muy proporcionado y hermoso,

el cual, así como nació del vientre de su madre, fué rodando con el

cuerpo por la cueva, por estar algo cuesta abaxo». Por eso su padre,

que llegó dos horas después, le llamó _Rodando_ (sic), y «de allí fué

corrompido el nombre y lo llaman Orlando».

Hasta aquí las variantes son pocas, pero luego se lanza la fantasía

del autor con desenfrenado vuelo. Milón perece ahogado al cruzar un

río, y Eslava no nos perdona la lamentación de Berta, que se compara

sucesivamente con Dido abandonada por Eneas, con Cleopatra después

de la muerte de Marco Antonio, con Olimpia engañada por el infiel

Vireno. Hay que leer este trozo para comprender hasta qué punto la mala

retórica puede estropear las más bellas invenciones del genio popular.

Lo que sigue es todavía peor: el sueño profético de Berta pareció, sin

duda, al novelista, muy tímida cosa, y le sustituye con la aparición

de una espantable sierpe, que resulta ser una princesa encantada

hacía dos mil años por las malas artes del mágico Malagis, el cual

la había enseñado «el curso de los cielos móviles, y la influencia y

_constelacion_ de todas las estrellas, y por ellas los futuros sucesos

y la intrínseca virtud de las hierbas, y otra infinidad de secretos

naturales».

Contrastan estas ridículas invenciones con el fondo de la narración,

que en sustancia es la de los _Reali_, sin omitir los pormenores más

característicos, por ejemplo, la confección del vestido de Orlando con

paño de cuatro colores: «Y así un dia los mochachos de Sena, viéndolo

casi desnudo, incitados del mucho amor que le tenían, se concertaron

de vestirle entre todos, y para eso los de una parroquia ó quartel le

compraron un pedazo de paño negro, y los de las otras tres parroquias ó

quarteles otros tres pedazos de diferentes colores, y así le hizieron

un vestido largo de los cuatro colores, y en memoria desto se llamaba

Orlando del Quartel; y no se contentaba con sólo esto, antes más se

hacía dar cierta cantidad de moneda cada dia, que bastase á sustentar

á su madre, pues era tanto el amor y temor que le tenían, que hurtaban

los dineros los mochachos á sus padres para dárselos á trueque de

tenerlo de su bando».

La narración prosigue limpia é interesante en el lance capital de

la mesa de Carlomagno. «Estando, pues, en Sena, en su real palacio,

acudian á él á su tiempo muchos pobres por la limosna ordinaria de

los Reyes, y entre ellos el niño Orlando... el qual como un dia

llegase tarde... se subió á palacio, y con mucha disimulacion y

atrevimiento entró en el aposento donde el Emperador estaba comiendo,

y con lento paso se allegó á la mesa y asió de un plato de cierta

vianda, y se salió muy disimulado, como si nadie lo hubiera visto, y

así el Emperador gustó tanto de la osadía del mochacho, que mandó á

sus caballeros le dexasen ir y no se lo quitasen; y así fué con él

á su madre muy contento y pensando hacerla rica... El segundo dia,

engolosinado del primero, apenas se soltó de los brazos de su madre,

cuando fué luego á Sena y al palacio del Emperador y llegó á tiempo

que el Emperador estaba comiendo, y entrando en su aposento, nadie

le estorbó la entrada habiendo visto que el Emperador gustó dél la

primera vez, y fuese allegando poco á poco á su mesa, y el Emperador,

disimulando, quiso ver el ánimo del mochacho, y al tiempo que el

mochacho quiso asir de una rica fuente de oro, el Emperador echó una

grande voz, entendiéndole atemorizar con ella; mas el travieso de

Orlando, con ánimo increible le asió con una mano de la cana barba y

con la otra tomó la fuente, y dixo al Emperador con semblante airado:

«No bastan voces de Reyes á espantarme», y fuese, con la fuente, de

palacio; mandando el Emperador le siguiesen cuatro caballeros, sin

hacerle daño, hasta do parase, y supiesen quién era».

La escena del reconocimiento está dilatada con largas y pedantescas

oraciones, donde se cita á Tucídides y otros clásicos; todo lo cual

hace singular contraste con la brutalidad de Carlomagno, que da á su

hermana un _puntillazo_ y la derriba por el suelo, provocando así

la justa cólera de Orlando. Al fin de la novela vuelve el autor á

extraviarse, regalándonos la estrafalaria descripción de un encantado

palacio del Piamonte, donde residía cada seis meses, recobrando su

forma natural, la hermosísima doncella condenada por maligno nigromante

á pasar en forma de sierpe la otra mitad del año. ¿Quién no ve aquí

una reminiscencia de la _Melusina_ de Juan de Arras, traducida ya al

castellano en el siglo XV?[261].

Si las dos novelas de Antonio de Eslava que hasta ahora llevamos

examinadas despiertan la curiosidad del crítico como degenerada

expresión del ideal caballeresco ya fenecido, un género de interés

muy distinto se liga al capítulo 4.º de la _Primera noche_, en que

el doctor Garnett y otros eruditos ingleses modernos han creído ver

el germen del drama fantástico de Shakespeare _La Tempestad_, que

es como el testamento poético del gran dramaturgo[262]. Ya antiguos

comentadores, como Malone, habían insinuado la especie de una novela

española utilizada por Shakespeare en esta ocasión, pero seguramente

habían errado la pista fijándose en _Aurelio é Isabela_, ó sea en

la _Historia de Grisel y Mirabella_ de Juan de Flores, que ninguna

relación tiene con tal argumento. Más razonable ha sido buscarle en

la historia que Antonio de Eslava escribió de «la soberbia del Rey

Niciphoro y incendio de sus naves, y la Arte Magica del Rey Dardano».

Como esta fábula no ha entrado todavía en la común noticia, por ser tan

raro el libro que la contiene, procede dar aquí alguna idea de ella.

El Emperador de Grecia Nicéforo, hombre altivo, soberbio y arrogante,

exigió del Rey Dárdano de Bulgaria su vecino que le hiciese donación

de sus estados para uno de sus hijos. Dárdano, que sólo tenía una

hija llamada Serafina, se resistió á tal pretensión, á menos que

Nicéforo consintiese en la boda de su primogénito con esta princesa. El

arrogante Nicéforo no quiso avenirse á ello, é hizo cruda guerra al de

Bulgaria, despojándole de su reino por fuerza de armas. «Bien pudiera

el sabio Rey Dardano vencer á Niciphoro si quisiera usar del Arte

Magica, porque en aquella era no avia mayor nigromántico que él, sino

que tenía ofrecido al Altissimo de no aprovecharse della para ofensa de

Dios ni daño de tercero... Y assi viéndose fuera de su patria y reynos,

desamparado de sus exercitos, y de los cavalleros y nobles dél, y ageno

de sus inestimables riquezas, desterrado de los lisonjeros amigos, sin

auxilio ni favor de nadie, se ausentó con su amada hija...».

Retírase, pues, con ella á un espeso bosque, y después de hacer un

largo y filosófico razonamiento sobre la inconstancia y vanidad de

las cosas del mundo, la declara su propósito de apartarse del trato y

compañía de los hombres, fabricando con su arte mágica «un sumptuoso y

rico palacio, debaxo del hondo abismo del mar, adonde acabemos y demos

fin á esta caduca y corta vida, y adonde estemos con mayor quietud

y regalo que en la fertil tierra». Préstase de mejor ó peor grado

Serafina, con ser tan bella y moza, á lo que de ella exige su padre, el

cual confirma con tremendos juramentos «al eterno Caos» su resolución

de huir «de la humana contratacion de este mundo».

«Y andando en estas razones, llegaron á la orilla del mar, adonde

halló una bien compuesta barca, en la qual entraron, asiendo el viejo

rey los anchos remos, y rompiendo con ellos la violencia de sus olas,

se metió dentro del Adriático golfo, y estando en él, pasó la ligera

barca, sacudiendo á las aguas con una pequeña vara, por la qual virtud

abrió el mar sus senos á una parte y otra, haziendo con sus aguas dos

fuertes muros, por donde baxó la barca á los hondos suelos del mar,

tomando puerto en un admirable palacio, fabricado en aquellos hondos

abismos, tan excelente y sumptuoso quanto Rey ni Principe ha tenido en

este mundo». Hago gracia á mis lectores de la absurda descripción de

este palacio, pero lo que no puede ni debe omitirse es que la hermosa

Serafina era «con arte mágica servida de muchas Sirenas, Nereydes,

Driadas y Ninfas marinas, que con _suaves y divinas musicas_ suspendian

á los oyentes».

Así pasaron dos años, pero, á pesar de tantos cánticos, músicas y

regalos, algo echaba de menos la bella Serafina, y un día se atrevió á

confesárselo al rey Dárdano: «Si en todas las cosas hay, amado padre,

un efecto del amor natural, no es mucho, ni de admirar, que en esta

vuestra solitaria hija obre los mismos efectos el mismo amor. Por

algo deshonesta me tendreys con estas agudas razones, mas fuerçame a

dezirlas el verme sin esperança alguna de humana conversacion, metida

y encarcelada en estos hondos abismos; y assi os pido y suplico, ya

que permitís que muera y fenezca mi joventud en estos vuestros Magicos

Palacios, que me deys conforme a mi estado y edad un varon illustre por

marido». El viejo rey Dárdano, vencido de las eficaces razones de su

hija, promete casarla conforme á su dignidad y estado.

Entretanto había partido de esta vida el altivo emperador Nicéforo,

conquistador del reino de Bulgaria, dejando por sucesor á su hijo menor

Juliano, muy semejante á él en la aspereza y soberbia de su condición,

y desheredando al mayor, llamado Valentiniano, mozo de benigno carácter

y mansas costumbres. El cual, viéndose desposeído de los estados

paternos, fue á pedir auxilio al emperador de Constantinopla. «Y para

más disimular su intento, se partió solo, y arribó á un canal del mar

Adriático, á buscar embarcacion para proseguir su intento, y solamente

halló una ligera barca, que de un pesado viejo era regida y governada,

que le ofreció le pondria con mucha brevedad do pretendia».

«Y sabreys, señores, que el dicho barquero era el viejo Rey Dardano,

que quando tuvo al Principe Valentiniano dentro en el ancho golfo,

hirió con su pequeña _vara_ las saladas aguas, y luego se dividieron,

haziendo dos fuertes murallas, y descendió el espantado Principe al

Magico Palacio, el qual admirado de ver tan excelente fábrica quedó

muy contento de verse allí; y el Rey Dárdano le informó quién era,

y el respecto porque alli habitava, y luego que vido á la Infanta

Serafina, quedó tan preso de su amor, que tuvo á mucha dicha el aver

baxado aquellos hondos abismos del mar, y pidiola con muchos ruegos al

Rey su padre por su legítima esposa y mujer, que del viejo padre luego

le fue concedida su justa demanda, y con grande regocijo y alboroço,

se hicieron las Reales bodas por arte Mágica: pues vinieron á ellas

mágicamente muchos Principes y Reyes, con hermosissimas Damas, que

residian en todas las islas del mar Occeano».

Celebrándose estaban las mágicas bodas cuando estalló de pronto una

furiosa tempestad. «Començaron las olas del mar á ensoberbecerse,

incitadas de un furioso Nordueste: túrbase el cielo en un punto de muy

obscuras y gruesas nubes; pelean contrarios vientos, de tal suerte que

arranca y rompe los gruessos masteles, las carruchas y gruessas gumenas

rechinan, los governalles se pierden, al cielo suben las proas, las

popas baxan al centro, las jarcias todas se rompen, las nubes disparan

piedras, fuego, rayos y relampagos. Tragava las hambrientas olas la

mayor parte de los navios; la infinidad de rayos que cayeron abrasaron

los que restaron, excepto cuatro en los quales yva el nuevo Emperador

Juliano y su nueva esposa, y algunos Príncipes Griegos y Romanos, que

con éstos quiso el cielo mostrarse piadoso. Davan los navios sumergidos

del agua, y abrasados del fuego, en los hondos abismos del mar,

inquietando con su estruendo á los que estavan en el mágico palacio».

Entonces el rey Dárdano subió sobre las aguas «descubriéndose hasta

la cinta, mostrando una antigua y venerable persona, con sus canas

y largos cabellos, assi en la cabeça como en la barba, y vuelto á

las naves que avian quedado, adonde yvan el Emperador y Príncipes,

encendidos los ojos en rabiosa cólera», les increpó por su ambición y

soberbia que les llevaba á inquietar los senos del mar después de haber

fatigado y estragado la tierra, y anunció á Juliano que no sería muy

duradero su tiránico y usurpado imperio. «Y acabado que huvo el rey

Dardano de hazer su parlamento, se zambulló, sin aguardar respuesta, en

las amargas aguas del mar, quedando el Emperador Juliano de pechos en

la dorada popa de su nave, acompañado de la nueva Emperatriz su mujer,

y de algunos Príncipes que con él se avian embarcado».

Cumplióse á poco tiempo el vaticinio, muriendo el emperador apenas

había llegado á la ciudad de Delcia donde tenía su corte. El rey

Dárdano, sabedor de la catástrofe por sus artes mágicas, deshace su

encantado palacio, se embarca con su yerno y su hija y los pone en

quieta y pacífica posesión del imperio de Constantinopla. Pero para no

quebrantar su juramento de no habitar nunca en tierra, manda labrar en

el puerto un palacio de madera flotante sobre cinco navios, y en él

pasa sus últimos años.

Las semejanzas de este argumento con el de _The Tempest_ son tan

obvias que parece difícil dejar de admitir una imitación directa. El

rey Dárdano es Próspero, su hija Serafina es Miranda, Valentiniano

es Fernando. Lo mismo el rey de Bulgaria que el duque de Milán han

sido desposeídos de sus estados por la deslealtad y la ambición. Uno

y otro son doctos en las artes mágicas, y disponen de los elementos

á su albedrío. El encantado y submarino palacio del uno difiere poco

de la isla también encantada del otro, poblada de espíritus aéreos y

resonante de música divina. La vara es el símbolo del mágico poder con

que Dárdano lo mismo que Próspero obra sus maravillas. Valentiniano es

el esposo que Dárdano destina para su hija y que atrae á su palacio á

bordo del mágico esquife, como Próspero atrae á su isla á Fernando por

medio de la tempestad para someterle á las duras pruebas que le hacen

digno de la mano de Miranda.

Éste es sin duda el esquema de la obra shakespiriana, pero ¡cuán lejos

está de la obra misma! Todo lo que tiene de profundo y simbólico,

todo lo que tiene de musical y etéreo, es creación propia del genio

de Shakespeare, que nunca se mostró tan admirablemente lírico

como en esta prodigiosa fantasía, la cual, por su misma vaguedad,

sumerge el espíritu en inefable arrobamiento. Ninguna de las sutiles

interpretaciones que de ella se han dado puede agotar su riquísimo

contenido poético. Ariel, el genio de la poesía, sonoro y luminoso,

emancipado por fin de la servidumbre utilitaria; Caliban, el monstruo

terrible y grotesco, ya se le considere como símbolo de la plebe, ya de

la bestia humana en estado salvaje, que no es humanidad primitiva sino

humanidad degenerada; Gonzalo, el dulce utopista; Miranda, graciosa

encarnación del más ingenuo y virginal amor; Próspero, el gran educador

de sí propio y de los demás, el nigromante sereno y benévolo, irónico

y dulce, artífice de su destino y de los ajenos, harto conocedor de

la vida para no estimarla en más de lo que vale, harto generoso para

derramar el bien sobre amigos y enemigos, antes de romper la vara de

sus prestigios y consagrarse á la meditación de la muerte: toda esta

galería de criaturas inmortales, que no dejan de parecer muy vivas

aunque estén como veladas entre los vapores de un sueño, claro es que

no las encontró Shakespeare ni en la pobre rapsodia de Eslava, ni en

la relación del descubrimiento de las islas Bermudas, ni en el pasaje

de Montaigne sobre la vida salvaje, ni en las demás fuentes que se han

indicado, entre las cuales no debemos omitir el _Espejo de Príncipes

y Caballeros_, más comúnmente llamado _El Caballero del Febo_, en que

recientemente se ha fijado un erudito norteamericano[263].

Pero de todos estos orígenes, el más probable hasta ahora, y también

el más importante, son las _Noches de Invierno_, puesto que contienen,

aunque sólo en germen, datos que son fundamentales en la acción de la

pieza. Á los eruditos ingleses toca explicar cómo un libro no de mucha

fama publicado en España en 1609 pudo llegar tan pronto á conocimiento

de Shakespeare, puesto que _La Tempestad_ fué representada lo más tarde

en 1613. Traducción inglesa no se conoce que yo sepa, pero cada día va

pareciendo más verosímil que Shakespeare tenía conocimiento de nuestra

lengua. Ni la _Diana_ de Jorge de Montemayor estaba publicada en inglés

cuando se representaron _Los dos hidalgos de Verona_, ni lo estaban los

libros de Feliciano de Silva cuando apareció el disfrazado pastor D.

Florisel en el _Cuento de Invierno_[264].

No creo necesario detenerme en las restantes novelas de Eslava, que

son por todo extremo inferiores á las citadas. Muy ingeniosa sería, si

estuviese mejor contada, la de la _Fuente del desengaño_, cuyas aguas

tenían la virtud de retratar la persona ó cosa más amada de quien en

ellas se miraba. Y no son únicamente los interesantes enamorados de

la fábula los que se ven sujetos á tal percance, sino el mismo Rey, á

cuyo lado se ve una hechicera feísima, que con sus artes diabólicas le

tenía sorbido el seso, y los mismos jueces que allí ven descubiertas

sus secretas imperfecciones. «Al lado de uno que viudo era, una rolliza

moza de cántaro, que parecía que con él quería agotar la fuente, en

venganza de su afrenta; y al lado de otros muchíssimos libros abiertos

en quienes tenia puesta toda su afición; y al lado de otros tres

talegos abiertos, llenos de doblones, como aquel que tenia puesto su

amor y pensamiento en ellos, y que muchas vezes juzgava por el dinero

injustamente: de suerte que hallándose cada uno culpado, se rieron unos

de otros, dándose entre ellos muchos y discretos motes y vexámenes».

Esta fuente nada tiene que ver con el ingenioso pero no sobrenatural

modo de que se vale el pastor Charino de la _Arcadia_ de Sannazaro para

hacer la declaración amorosa á su zagala; tema de novelística popular

que también encontramos en el _Heptameron_ de la reina de Navarra,

donde la declaración se hace por medio de un espejo. En cambio el

cuento de Eslava está enlazado con otra serie de ficciones, en que ya

por una copa, ya por un espejo mágico, ya por un manto encantado, se

prueba la virtud femenina ó se descubren ocultos deslices.

Los demás capítulos de las _Noches de invierno_ apenas merecen citarse.

Un esclavo cristiano, que «con doce trompas de fuego sulphureo y de

alquitrán» hace volar todas las galeras turcas; una nuera que para

vengarse de su suegro le da á comer en una empanada los restos de su

nieto; dos hermanos que sin conocerse lidian en público palenque; una

princesa falsamente acusada, víctima de los mismos ardides que la reina

Sevilla, son los héroes de estas mal concertadas rapsodias que apenas

pueden calificarse de originales, puesto que están compaginadas con

reminiscencias de todas partes. La historia del rey Clodomiro, por

ejemplo, no es más que una variante, echada á perder, de la hermosa

leyenda del Emperador Joviniano (cap. LIX del _Gesta Romanorum_),

sustituido por su ángel custodio, que toma su figura y sus vestiduras

regias mientras él anda por el mundo haciendo penitencia de su soberbia

y tiranía. En Eslava, toda la poesía mística de la leyenda desaparece,

pues no es un ángel quien hace la transformación, sino un viejo y

ridículo nigromante.

Además de las novelas contiene el libro, de todas suertes curiosísimo,

del poeta de Sangüesa varias digresiones históricas y morales, una

apología del sexo femenino y una fábula alegórica del nacimiento de la

reina Telus de Tartaria, que dice traducida de lengua flamenca, citando

como autor de ella á Juan de Vespure, de quien no tengo la menor

noticia.

Tal es, salvo omisión involuntaria[265], el pobre caudal de la novela

corta durante más de una centuria; y ciertamente que maravilla tal

esterilidad si se compara con la pujanza y lozanía que iba á mostrar

este género durante todo el siglo XVII, llegando á ser uno de los

más ricos del arte nacional. No faltan elementos indígenas en las

colecciones que quedan reseñadas, pero lo que en ellas predomina es

el gusto italiano. Y aun pudieran multiplicarse las pruebas de esta

imitación, mostrando cómo se infiltra y penetra hasta en las obras de

temple más castizo y que son sin duda emanación genuina del ingenio

peninsular. Así, el capítulo del buldero, uno de los más atrevidos

del _Lazarillo de Tormes_, tiene su germen en un cuento de Masuccio

Salernitano[266]. Así, las novelas románticas intercaladas en el

_Guzmán de Alfarache_, la de _Dorido y Clorinia_, la de _Bonifacio y

Dorotea_, la de _Don Luis de Castro_ y _Don Rodrigo de Montalvo_, están

enteramente en la manera de los _novellieri italianos_, y la última de

ellas procede también de Masuccio[267]. Así, la _Diana_ de Jorge de

Montemayor, que en su fondo debe más al bucolismo galaico-portugués que

á la _Arcadia_ de Sannazaro, se engalana con la historia de los amores

de D. Félix y Felismena, imitada de Bandello[268].

Novelas del mismo corte y origen se encuentran por incidencia en otros

libros, cuya materia principal no es novelesca, especialmente en

los manuales de cortesía y buena crianza, imitados ó traducidos del

italiano. Prescindiendo por ahora del _Cortesano_ de Boscán, que es

pura traducción, aunque admirable, y que tendrá más adecuado lugar en

otro capítulo de la presente historia, donde estudiaremos los diálogos

que pintan aspectos varios de la vida social, no podemos omitir la

ingeniosa refundición que del _Galateo_ de Messer Giovanni Della Casa

hizo Lucas Gracián Dantisco en su _Galateo Español_ (1599), libro de

los más populares, como lo acreditan sus numerosas ediciones[269]. El

autor nos ofrece á un tiempo la teoría y la práctica _de las novelas y

cuentos_, dándonos curioso _specimen_ de la conversación de su época.

«Allende de las cosas dichas, procure el gentil hombre que se pone

á contar algun cuento ó fábula, que sea tal que no tenga palabras

desonestas, ni cosas suzias, ni tan puercas que puedan causar asco

á quien le oye, pues se pueden dezir por rodeos y términos limpios

y honestos, sin nombrar claramente cosas semejantes; especialmente

si en el auditorio hubiesse mugeres, porque alli se deve tener más

tiento, y ser la maraña del tal cuento clara, y con tal artificio

que vaya cevando el gusto hasta que con el remate y paradero de la

novela queden satisfechos sin duda. Y tales pueden ser las novelas y

cuentos que allende del entretenimiento y gusto, saquen dellas buenos

exemplos y moralidades; como hazian los antiguos fabuladores, que tan

artificiosamente hablaron (como leemos en sus obras), y á su imitacion

deve procurar el que cuenta las fábulas y consejas, o otro cualquier

razonamiento, de yr hablando sin repetir muchas vezes una misma

palabra sin necesidad (que es lo que llaman bordon) y mientras pudiere

no confundir los oyentes, ni trabajalles la memoria, excusando toda

escuridad, especialmente de muchos nombres»[270].

Como muestra del modo de contar que tenía por más apacible, trae la

ingeniosa _Novela del gran Soldán con los amores de la linda Axa y el

Príncipe de Nápoles_. Esta novela es seguramente de origen italiano,

y en Castilla había pasado ya al teatro, según nos informa Gracián

Dantisco. «Y pues en todas los cosas deste tratado procuramos traer

comparaciones y exemplos al proposito, en este que se nos ofrece

pondremos un cuento del cual, por aver parecido bien á unos discretos

cómicos, se hizo una hermosa tragicomedia»[271].

Lucas Gracián Dantisco, que no es un mero traductor, sino que procura

acomodar el _Galateo_ toscano á las costumbres españolas, nos da

suficiente testimonio de que el ejercicio de novelar alternativamente

varias personas en saraos y tertulias era ya cosa corriente en su

tiempo. «Deve tambien el que acaba de contar qualquiera cuento o novela

como ésta, aunque sepa muchas, y le oygan de buena gana, dar lugar á

que _cada qual diga la suya_, y no enviciarse tanto en esto que le

tengan por pesado o importuno; no combidando siempre a dezillas, pues

principalmente sirven para henchir con ellas el tiempo ocioso»[272].

Hemos seguido paso á paso esta incipiente literatura, sin desdeñar

lo más menudo de ella, aun exponiéndonos al dictado de _micrófilo_,

para que se comprenda qué prodigio fueron las _Novelas Ejemplares_ de

Cervantes, surgiendo de improviso como sol de verdad y de poesía entre

tanta confusión y tanta niebla. La novela caballeresca, la novela

pastoril, la novela dramática, la novela picaresca, habían nacido

perfectas y adultas en el _Amadís_, en la _Diana_, en la _Celestina_,

en el _Lazarillo de Tormes_, sus primeros y nunca superados tipos. Pero

la novela corta, el género de que simultáneamente fueron precursores

D. Juan Manuel y Boccaccio, no había producido en nuestra literatura

del siglo XVI narración alguna que pueda entrar en competencia con la

más endeble de las novelas de Cervantes: con el embrollo romántico de

_Las dos doncellas_, ó con el empalagoso _Amante Liberal_, que no deja

de llevar, sin embargo, la garra del león, no tanto en el apóstrofe

retórico á las ruinas de la desdichada Nicosia como en la primorosa

miniatura de aquel «mancebo galan, atildado, de blancas manos y rizos

cabellos, de voz meliflua y amorosas palabras, y finalmente todo hecho

de ámbar y de alfeñique, guarnecido de telas y adornado de brocados.

¡Y qué abismos hay que salvar desde estas imperfectas obras hasta el

encanto de _La Gitanilla_, poética idealización de la vida nómada, ó la

sentenciosa agudeza de _El Licenciado Vidriera_, ó el brío picaresco de

_La Ilustre Fregona_, ó el interés dramático de _La Señora Cornelia_

y de _La Fuerza de la Sangre_, ó la picante malicia de _El Casamiento

Engañoso_, ó la profunda ironía y la sal lucianesca del _Coloquio de

los Perros_, ó la plenitud ardiente de vida que redime y ennoblece

para el arte las truhanescas escenas de _Rinconete y Cortadillo_!

Obras de regia estirpe son las novelas de Cervantes, y con razón dijo

Federico Schlegel que quien no gustase de ellas y no las encontrase

divinas jamás podría entender ni apreciar debidamente el _Quijote_. Una

autoridad literaria más grande que la suya y que ninguna otra de los

tiempos modernos, Goëthe, escribiendo á Schiller en 17 de diciembre

de 1795, precisamente cuando más ocupado andaba en la composición de

_Wilhelm Meister_, las había ensalzado como un verdadero tesoro de

deleite y de enseñanza, regocijándose de encontrar practicados en el

autor español los mismos principios de arte que á él le guiaban en

sus propias creaciones, con ser éstas tan laboriosas y aquéllas tan

espontáneas. ¡Divina espontaneidad la del genio que al forjarse su

propia estética adivina y columbra la estética del porvenir![273].

Orígenes de la novela, Tomo II · 第 33 / 605 题