CAPÍTULO LV

El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. — La casa de Dios.

— El cónsul británico. — Espectáculo curioso. — La casa mora. —

Juana Correa. — Ave María.

Bogamos, pues, hacia el muelle, y desembarcamos. El muelle no

consiste actualmente más que en un inmenso rimero de grandes piedras

sueltas, que corre como unas quinientas yardas bahía adentro: son

parte de las ruinas de un magnífico espigón que los ingleses, último

pueblo extranjero que ocupó a Tánger, destruyeron al evacuar la

plaza. Los moros no han intentado nunca repararlo: en las mareas

altas, el mar rompe contra él furioso. Fué tarea difícil abrirme

camino entre las resbaladizas piedras, y dos o tres veces me hubiera

caído a no ser por la buena voluntad de los marineros genoveses. Al

fin alcanzamos la playa, y nos encaminábamos hacia la puerta de la

ciudad, cuando dos moros vinieron a nosotros. Casi nos asustamos al

ver al primero: era un bárbaro corpulento y viejo, con aborrascada

barba blanca, turbante, _haik_ y calzones sucios, desnudas las

piernas e inmensos y aplastados pies, cuyos talones sobresalían lo

menos un par de pulgadas por detrás de sus viejas y negras babuchas.

—Este es el capitán del puerto—dijo uno de los genoveses—. Trátele

con respeto.

Me quité, pues, el sombrero y exclamé:

—_Sba alkheir a sidi._

—¿Sois ingleses?—vociferó el horroroso y gigantesco vejestorio.

—Ingleses, señor—— adelantándome le tendí la mano, que casi aplastó

con su tremenda zarpa. Entonces el otro moro me habló en una jerga

compuesta de inglés, español y árabe. También era un personaje raro;

pero muy diferente de su compañero, que le llevaba, por lo poco, la

cabeza, y menos completo de un ojo, pues el globo de visión izquierdo

teníalo cerrado, y era, como los españoles dicen, _tuerto_; pero

excedía con mucho al otro en la limpieza del turbante, _haik_ y

calzones. De lo que farfulló colegí que era el _mahasni_ o soldado

del cónsul inglés; que el cónsul, sabedor de mi llegada, le había

enviado para acompañarme a su casa. Me propuso que le siguiese, y así

lo hice, acompañándonos el viejo capitán del puerto hasta la entrada

de la ciudad, donde dió media vuelta y se metió en un edificio que,

a mi parecer, sería la aduana, por los fardos y cajas de toda índole

apilados delante. Traspusimos la puerta de la ciudad y remontamos

una pendiente tortuosa. A nuestra izquierda había una batería llena

de cañones, apuntando al mar, y a nuestra derecha un recio muro,

tallado en parte en la misma montaña: un poco más arriba llegamos a

un sitio abierto, donde se alza la mezquita que ya he mencionado. Al

contemplar la torre, me dije: «Seguramente tenemos aquí una hermana

menor de la Giralda de Sevilla.»

Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios, y

quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al

formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la

Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el

Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de

ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados

otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una

bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la

gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un

arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha

resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo

que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en

ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma es

igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso aquellos

misteriosos arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué.

Sin violencia puede decirse que los dos monumentos están entre sí en

la misma relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda

es una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador

del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído

nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y

hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta

la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de

seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos

rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con

amplitud una investigación laboriosa.

Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un momento

y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular pavimentado

con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados, sendas

galerías con arcos o _piazzas_, y en el centro una fuente, donde

varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca del

objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la iglesia

pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme en los

ojos.

—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una casa

de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de Dios debe

ser: cuatro muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde

se espeja su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No

grabarás tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos;

a una piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida,

Reina de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de

días, y del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro

conoce al Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que

yo.»

Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y una

temerosa voz exclamaba a lo lejos: _Kapul Udbagh_.

Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba

por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un

prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y

distinguí versículos del Corán; era una escuela.

Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues

el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a

buscar refugio en las olas.

Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo, apenas

empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de su ley,

y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal libro;

mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu ley

contiene, ni deseas saberlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu

ley propia? Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente:

dice que será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de

memoria todo el libro de su ley.

Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda,

construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de

un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales

feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal

ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a

la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza

y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su

excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía

ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero

súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien

instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó

después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y

sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto

número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre

los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que

procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos

luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba

en compañía de un hombre de letras instruidísimo, sobre todo en

los clásicos griegos y latinos; también conocía a fondo el imperio

berberisco y el carácter moro.

Tras de media hora de conversación, en extremo agradable e

instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi

alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me

había recibido, y el cónsul le dijo en inglés:

—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda mahonesa,

y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su regalo; si

lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo de ella y

aumentará mi inclinación a favorecerla.

Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento

preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa

del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera

de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza

del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor

de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas

a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida

en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de

mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la

línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de

azúcar, jabón, manteca y otros artículos varios. Dentro de cada

caja, frente al mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba

un ser humano con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en

la cabeza, y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla,

aunque me parece que algunos prescindían por completo de ellos.

Empuñaban sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta,

agitándolos sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros

el millón de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban

de posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había

pilas de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin

cesar: _Shrit hinai, shrit hinai_[33]. Tales son los tenderos de

Tánger, tales sus tiendas.

[33] Compre aquí, compre aquí.

En medio del _soc_, sobre las piedras, había pirámides de melones

y _sandías_, y también banastas llenas de otras clases de frutas,

expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el

suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas,

los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada

puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo

menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban

por completo el rostro, mientras el tronco aparecía envuelto en una

manta, de la que a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran

mujeres moras, todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar

por las ojeadas que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban

las alas de los sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por

pisarles el pan. Todo el _soc_ estaba lleno de gente y abundaban los

gritos, bullicios y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía

muy temprano, brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que

escena tan animada rara vez la habría visto nunca.

Cruzando el _soc_, entramos en una angosta calle con el mismo género

de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o

estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía

echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando

una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta

de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada,

que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos

en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas

moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella

casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en

torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado,

una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del

cual consistía en un terrado con vistas al patio; por encima de

sus bajos muros se descubría un panorama del mar y gran parte de la

ciudad. Lo restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada

para mí, y que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada

extremo del cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la

habitación, con el pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres

sillas concluían el mobiliario.

Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al pronto

puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al terrado

donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de cuarenta y

cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos habrían

sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás las penas,

habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes, pero aún era

negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para mí: si es

verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y apacible.

En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis semanas

que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia, si

antes hubiese dudado de ella.

No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más

afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y

así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen

natural, aunque algo nubladas por la melancolía.

Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un falucho

que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al morir,

hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el mayor de

los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con graves

dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos desde la

muerte de su marido; pero que la Providencia le había suscitado unos

pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul británico; que, además

de alquilar habitaciones a viajeros tales como yo, amasaba pan, muy

estimado por los moros, y tenía sociedad con un genovés viejo para

la venta de licores. Añadió que este último vivía en una de las

habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de gran saber,

pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo llevándose un

dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular las rarezas

de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para disponer,

según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que me había

acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado, fuése.

Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del

minúsculo _wustuddur_; el trato era excelente: te, pescado frito,

huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía

un mozo judío, alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba

Hayim Ben Attar, y que era natural de Fez, de donde sus padres le

habían llevado siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la

mayor parte de su vida principalmente al servicio de Juana Correa,

asistiendo a los que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la

comida, hallábame sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación

opuesta a la en que me había desayunado varios suspiros, seguidos de

muchos lamentos; luego vino un _Ave María, gratiâ plena, ora pro me_,

y finalmente una voz como un graznido cantó:

Gentem auferte perfidam

Credentium de finibus,

Ut Christo laudes debitas

Persolvamus alacriter.

—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que está rezando a

su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la noche antes se

ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto una imagen de

_María Buckra_[34], delante de la que suele poner un cirio encendido,

y por ella no me permite nunca entrar en la habitación. Una vez me

sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde entonces,

cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el bolsillo al

marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le

han traído a vivir entre nosotros.

[34] La Virgen María.

—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar

las curiosidades del país.

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 31 / 35 题