El muelle. — Los dos moros. — Djmah de Tánger. — La casa de Dios.
— El cónsul británico. — Espectáculo curioso. — La casa mora. —
Juana Correa. — Ave María.
Bogamos, pues, hacia el muelle, y desembarcamos. El muelle no
consiste actualmente más que en un inmenso rimero de grandes piedras
sueltas, que corre como unas quinientas yardas bahía adentro: son
parte de las ruinas de un magnífico espigón que los ingleses, último
pueblo extranjero que ocupó a Tánger, destruyeron al evacuar la
plaza. Los moros no han intentado nunca repararlo: en las mareas
altas, el mar rompe contra él furioso. Fué tarea difícil abrirme
camino entre las resbaladizas piedras, y dos o tres veces me hubiera
caído a no ser por la buena voluntad de los marineros genoveses. Al
fin alcanzamos la playa, y nos encaminábamos hacia la puerta de la
ciudad, cuando dos moros vinieron a nosotros. Casi nos asustamos al
ver al primero: era un bárbaro corpulento y viejo, con aborrascada
barba blanca, turbante, _haik_ y calzones sucios, desnudas las
piernas e inmensos y aplastados pies, cuyos talones sobresalían lo
menos un par de pulgadas por detrás de sus viejas y negras babuchas.
—Este es el capitán del puerto—dijo uno de los genoveses—. Trátele
con respeto.
Me quité, pues, el sombrero y exclamé:
—_Sba alkheir a sidi._
—¿Sois ingleses?—vociferó el horroroso y gigantesco vejestorio.
—Ingleses, señor—— adelantándome le tendí la mano, que casi aplastó
con su tremenda zarpa. Entonces el otro moro me habló en una jerga
compuesta de inglés, español y árabe. También era un personaje raro;
pero muy diferente de su compañero, que le llevaba, por lo poco, la
cabeza, y menos completo de un ojo, pues el globo de visión izquierdo
teníalo cerrado, y era, como los españoles dicen, _tuerto_; pero
excedía con mucho al otro en la limpieza del turbante, _haik_ y
calzones. De lo que farfulló colegí que era el _mahasni_ o soldado
del cónsul inglés; que el cónsul, sabedor de mi llegada, le había
enviado para acompañarme a su casa. Me propuso que le siguiese, y así
lo hice, acompañándonos el viejo capitán del puerto hasta la entrada
de la ciudad, donde dió media vuelta y se metió en un edificio que,
a mi parecer, sería la aduana, por los fardos y cajas de toda índole
apilados delante. Traspusimos la puerta de la ciudad y remontamos
una pendiente tortuosa. A nuestra izquierda había una batería llena
de cañones, apuntando al mar, y a nuestra derecha un recio muro,
tallado en parte en la misma montaña: un poco más arriba llegamos a
un sitio abierto, donde se alza la mezquita que ya he mencionado. Al
contemplar la torre, me dije: «Seguramente tenemos aquí una hermana
menor de la Giralda de Sevilla.»
Ignoro si alguien ha notado ya el parecido entre ambos edificios, y
quizás habrá algunos que nieguen tal semejanza, sobre todo si, al
formar opinión, se dejan influir mucho por el tamaño y el color: la
Giralda es de color rojo, o más bien bermellón, mientras que en el
Djmah de Tánger predomina el verde por estar hecha de ladrillos de
ese color; pero entre ellos, con ciertos intervalos, hay colocados
otros de un leve tinte rojo, de suerte que la torre presenta una
bella variedad de tonos. Respecto al tamaño, comparado con la
gigantesca maga sevillana, el Djmah tangerino parecería lo que un
arbolillo nuevo al lado de un cedro del Líbano, cuyo tronco ha
resistido las tormentas de quinientos años. Pues con todo eso, afirmo
que, en otros respectos, ambas torres son una y la misma, y que en
ambas se manifiestan el mismo espíritu, igual designio; su forma es
igual, y tienen en sus muros las mismas señales, incluso aquellos
misteriosos arcos grabados en los ladrillos, emblema de no sé qué.
Sin violencia puede decirse que los dos monumentos están entre sí en
la misma relación que los antiguos moros con los modernos. La Giralda
es una maravilla del mundo, y el antiguo moro fué casi conquistador
del mundo. Al moderno moro apenas se le conoce, y ¿quién ha oído
nunca hablar de la torre de Tánger? Pero examinadla atentamente, y
hallaréis en ella mucho, muchísimo que admirar; y si se os presenta
la oportunidad de observar con detención a los moros modernos, de
seguro descubriréis en sus personas y en sus acciones, junto a muchos
rasgos grotescos, incultos y bárbaros, no pocos que compensarán con
amplitud una investigación laboriosa.
Al pasar por delante de la mezquita, me detuve a la puerta un momento
y miré al interior; no vi más que un patio cuadrangular pavimentado
con baldosas de colores, a cielo abierto. En los lados, sendas
galerías con arcos o _piazzas_, y en el centro una fuente, donde
varios moros cumplían sus abluciones. Miré en torno, en busca del
objeto abominable, y no lo hallé. El pecado habitual de la iglesia
pseudo-cristiana no estaba allí en cada rincón para herirme en los
ojos.
—Venid acá, papistas—dije—y tomad esta lección: aquí hay una casa
de Dios, en lo exterior al menos, tal como una casa de Dios debe
ser: cuatro muros, una fuente, y encima el eterno firmamento, donde
se espeja su gloria. ¿Qué casas edificáis al Dios que ha dicho: «No
grabarás tu imagen»? Insensato, tus muros están poblados de ídolos;
a una piedra le llamas tu Padre, y a un pedazo de madera carcomida,
Reina de los Cielos. Insensato, no conoces siquiera al Anciano de
días, y del mismo moro tienes algo que aprender. Al menos, el moro
conoce al Anciano de días, que ha dicho: «No tendrás más dioses que
yo.»
Cuando decía estas palabras, oí un grito como rugido de león, y una
temerosa voz exclamaba a lo lejos: _Kapul Udbagh_.
Volvimos luego hacia la izquierda por un pasadizo que atravesaba
por debajo de la torre, y apenas habíamos dado unos pasos, oí un
prodigioso tumulto de voces infantiles; escuché un instante y
distinguí versículos del Corán; era una escuela.
Otra lección para ti, papista. Te llamas cristiano, pero persigues
el libro de Cristo. Le acosas hasta la orilla del mar, obligándole a
buscar refugio en las olas.
Insensato, aprende esa lección del moro, que enseña a su hijo, apenas
empieza a hablar, los pasajes más importantes del libro de su ley,
y se tiene por sabio o necio según está o no versado en tal libro;
mientras que tú, esclavo ciego, no sabes lo que el libro de tu ley
contiene, ni deseas saberlo; pero ¿acaso no te han de juzgar por tu
ley propia? Traficante en ídolos, aprende del moro a ser consecuente:
dice que será juzgado según su ley, y, por tanto, estima y sabe de
memoria todo el libro de su ley.
Llegamos a casa del cónsul inglés, grande y espaciosa vivienda,
construída según el gusto inglés. El soldado me llevó a través de
un patio hasta un amplio vestíbulo, colgado con pieles de animales
feroces de toda especie, desde el majestuoso león hasta el chacal
ladrador. Allí me recibió un criado judío, y me condujo al punto a
la biblioteca, donde estaba el cónsul. Me recibió con suma llaneza
y sincero afecto, y me dijo que habiendo recibido una carta de su
excelente amigo Mr. B., en la que me recomendaba vivamente, tenía
ya tomado para mí alojamiento en casa de una mujer española, pero
súbdito británico, donde me encontraría, a su parecer, todo lo bien
instalado que era posible en un lugar como Tánger. Me preguntó
después si tenía algún motivo especial para visitar esa ciudad, y
sin vacilación le dije que llevaba el propósito de repartir cierto
número de ejemplares del Nuevo Testamento en lengua española entre
los cristianos residentes en la localidad. Sonrió, y me recomendó que
procediese con extremada cautela, y así se lo prometí. Departimos
luego acerca de otros temas, y no tardé en descubrir que me hallaba
en compañía de un hombre de letras instruidísimo, sobre todo en
los clásicos griegos y latinos; también conocía a fondo el imperio
berberisco y el carácter moro.
Tras de media hora de conversación, en extremo agradable e
instructiva para mí, manifesté el deseo de marcharme a mi
alojamiento; tocó la campanilla, entró el mismo criado judío que me
había recibido, y el cónsul le dijo en inglés:
—Acompañe a este caballero a casa de Juana Correa, la viuda mahonesa,
y encárguele de mi parte que le cuide bien y atienda a su regalo; si
lo hace así, me confirmará en la buena opinión que tengo de ella y
aumentará mi inclinación a favorecerla.
Así, acompañado por el judío, enderecé mis pasos al alojamiento
preparado para mí. Tras de remontar la calle en que estaba la casa
del cónsul, entramos en una placita que se halla como a media ladera
de la colina. Díjome mi acompañante que aquello era el soc, o plaza
del mercado. Ofrecíase allí un espectáculo curioso. Todo alrededor
de la plaza había unas barracas de madera pequeñas, muy parecidas
a cajas grandes volcadas sobre un costado, con la tapa mantenida
en alto por una cuerda. Delante de cada caja había una especie de
mostrador, o más bien un largo mostrador corría frente a toda la
línea, sobre el cual yacían uvas, dátiles, pequeños barriles de
azúcar, jabón, manteca y otros artículos varios. Dentro de cada
caja, frente al mostrador, y a unos tres pies del suelo, se ocultaba
un ser humano con una manta sobre los hombros, un sucio turbante en
la cabeza, y calzones andrajosos, que les llegaban hasta la rodilla,
aunque me parece que algunos prescindían por completo de ellos.
Empuñaban sendos palos con un manojo de hojas de palma en la punta,
agitándolos sin cesar como abanico, a fin de espantar de sus géneros
el millón de moscas que, engendradas por el sol berberisco, trataban
de posarse en ellos. Detrás, y a cada lado de las casetas, había
pilas de mercancías de la misma clase. Los vendedores clamaban sin
cesar: _Shrit hinai, shrit hinai_[33]. Tales son los tenderos de
Tánger, tales sus tiendas.
[33] Compre aquí, compre aquí.
En medio del _soc_, sobre las piedras, había pirámides de melones
y _sandías_, y también banastas llenas de otras clases de frutas,
expuestas para la venta, en tanto las redondas hogazas yacían en el
suelo acá y allá, y a su lado, sentados sobre las piernas cruzadas,
los seres de más extraña apariencia que una imaginación descarriada
puede concebir, cubierta la cabeza con un enorme sombrero de paja, lo
menos de dos yardas de circunferencia, cuyas alas caídas ocultaban
por completo el rostro, mientras el tronco aparecía envuelto en una
manta, de la que a veces salían unos dedos y brazos descarnados. Eran
mujeres moras, todas, a lo que creo, viejas y feas, si he de juzgar
por las ojeadas que pude echar sobre sus semblantes cuando levantaban
las alas de los sombreros para mirarme al pasar, o maldecirme por
pisarles el pan. Todo el _soc_ estaba lleno de gente y abundaban los
gritos, bullicios y vociferaciones, y como el sol, aunque era todavía
muy temprano, brillaba con grandísimo esplendor, pensaba yo que
escena tan animada rara vez la habría visto nunca.
Cruzando el _soc_, entramos en una angosta calle con el mismo género
de cajas-tiendas a cada lado, algunas de las cuales, empero, o
estaban desocupadas o no habían abierto aún, pues la tapa permanecía
echada. Casi inmediatamente volvimos hacia la izquierda, remontando
una calle algo parecida, y al instante mi guía se entró por la puerta
de una casa baja, situada en la esquina de una callecita arbolada,
que era, según me dijo, la morada de Juana Correa. Pronto estuvimos
en el centro de la vivienda. Digo en el centro porque todas las casas
moras están construídas con un pequeño patio en medio. El de aquella
casa no tenía más de diez pies en cuadro. Abierto por arriba, en
torno estaban las habitaciones, por tres lados; en el cuarto lado,
una escalerilla que comunicaba con el piso superior, la mitad del
cual consistía en un terrado con vistas al patio; por encima de
sus bajos muros se descubría un panorama del mar y gran parte de la
ciudad. Lo restante del piso ocupábalo una vasta pieza, reservada
para mí, y que comunicaba con el terrado por dos puertas. En cada
extremo del cuarto había una cama, atravesada a lo ancho de la
habitación, con el pabellón pegado al techo. Una mesa y dos o tres
sillas concluían el mobiliario.
Estaba tan ocupado en examinar la casa de Juana Correa, que al pronto
puse poca atención en la señora misma. Pero vino luego al terrado
donde mi guía y yo permanecíamos. Era una mujer como de cuarenta y
cinco años, de facciones regulares, que en otros tiempos habrían
sido hermosas, pero en las que los años, y más aún quizás las penas,
habían hecho muchos estragos. Le faltaban dos dientes, pero aún era
negro su magnífico pelo. Mirando su rostro, dije para mí: si es
verdad la ciencia fisonómica, tú, ¡oh Juana!, eres buena y apacible.
En efecto: las finezas que de Juana recibí durante las seis semanas
que pasé bajo su techo, me hubieran convertido a esa ciencia, si
antes hubiese dudado de ella.
No creo que en ningún pecho humano haya latido nunca corazón más
afectuoso y ardiente que el de Juana Correa, la viuda mahonesa, y
así lo denotaban sus facciones, radiantes de benevolencia y buen
natural, aunque algo nubladas por la melancolía.
Díjome que había estado casada con un genovés, patrón de un falucho
que recorría la ruta entre Gibraltar y Tánger, quien, al morir,
hacía unos cuatro años, la dejó con cuatro de familia, el mayor de
los cuales era un mozo de trece; que había tropezado con graves
dificultades para proveer a su sustento y al de los suyos desde la
muerte de su marido; pero que la Providencia le había suscitado unos
pocos amigos excelentes, sobre todo el cónsul británico; que, además
de alquilar habitaciones a viajeros tales como yo, amasaba pan, muy
estimado por los moros, y tenía sociedad con un genovés viejo para
la venta de licores. Añadió que este último vivía en una de las
habitaciones bajas; que era hombre muy dispuesto y de gran saber,
pero que a veces le parecía algo tocado de aquí, dijo llevándose un
dedo a la frente, y esperaba que yo sabría disimular las rarezas
de su lenguaje o de su conducta. Entonces me dejó, para disponer,
según dijo, mi desayuno; y con esto, el criado judío que me había
acompañado desde casa del cónsul, viéndome ya instalado, fuése.
Pronto me senté a desayunar en una habitación a la izquierda del
minúsculo _wustuddur_; el trato era excelente: te, pescado frito,
huevos y uvas, sin olvidar el famoso pan de Juana Correa. Me servía
un mozo judío, alto, de unos veinte años; díjome que se llamaba
Hayim Ben Attar, y que era natural de Fez, de donde sus padres le
habían llevado siendo muy niño a Tánger, y aquí había pasado la
mayor parte de su vida principalmente al servicio de Juana Correa,
asistiendo a los que, como yo, se alojaban en la casa. Terminada la
comida, hallábame sentado en el patinillo, cuando oí en la habitación
opuesta a la en que me había desayunado varios suspiros, seguidos de
muchos lamentos; luego vino un _Ave María, gratiâ plena, ora pro me_,
y finalmente una voz como un graznido cantó:
Gentem auferte perfidam
Credentium de finibus,
Ut Christo laudes debitas
Persolvamus alacriter.
—Ese es el genovés viejo—susurró Hayim Ben Attar—que está rezando a
su Dios; lo hace con mucha devoción siempre que la noche antes se
ha ido a la cama un poco bebido. Tiene en el cuarto una imagen de
_María Buckra_[34], delante de la que suele poner un cirio encendido,
y por ella no me permite nunca entrar en la habitación. Una vez me
sorprendió contemplándola, y creí que me mataba; desde entonces,
cierra siempre el cuarto con llave, que se guarda en el bolsillo al
marcharse. Odia a los judíos y a los moros, y dice que sus pecados le
han traído a vivir entre nosotros.
[34] La Virgen María.
—No ponen cirios delante de las imágenes—dije yo, y salí a visitar
las curiosidades del país.