Otra vez a bordo. — Un rostro sorprendente. — El Haji. — Nos
damos a la vela. — Los dos judíos. — Un barco americano. —
Tánger. — Adun Oulem. — La riña. — Lo prohibido.
El jueves 8 de agosto me encontré de nuevo a bordo de la barca
genovesa, a hora tan temprana como el día anterior. No obstante,
después de aguardar dos o tres horas sin que se hiciese ningún
preparativo de marcha, me disponía ya a volver otra vez a tierra;
pero el viejo piloto genovés me aconsejó que me quedara, asegurándome
que, sin duda alguna, íbamos a partir en seguida, pues toda la
carga estaba a bordo y no teníamos ya por qué detenernos. Estaba
descansando en la camareta, cuando oí chocar un bote contra el
costado de nuestro barco, y alguna gente subir a bordo. Al instante
apareció en la abertura un rostro singular, feroz. Estaba yo medio
dormido, y al pronto creí que soñaba, pues aquella faz más parecía
de gato montés o de ogro que de ser humano; su larga barba casi me
rozaba la cara, hallándome tendido en una especie de hamaca. Pero
al incorporarme sobresaltado, reconocí la insólita catadura del
judío a quien había visto en compañía de Judah Lib. También él me
reconoció, y, moviendo la cabeza, plegó sus desmedidas facciones en
una sonrisa. Me levanté y subí a cubierta, y allí le hallé junto con
otro judío, joven, vestido a lo berberisco. Acababan de llegar en el
bote. Pregunté a mi amigo el de la barba quién era, de dónde venía
y adónde iba. Respondió, en portugués corrompido, que regresaba de
Lisboa, adonde había ido a sus negocios, a Mogador, su ciudad natal.
Me miró luego al rostro y sonrió, y sacando del bolsillo un libro
en caracteres hebraicos, se puso a leerlo; viéndolo, un marinero
español de a bordo dijo, que con tales barba y libro tenía que ser un
_sabio_. Su compañero era de Mequinez, y sólo hablaba arábigo.
Una barcaza se aproximaba, cuya popa aparecía llena de moros;
serían unos doce, y la mayor parte eran evidentemente personas de
calidad, pues iban vestidos con toda la pompa y galanura del Oriente:
turbantes de nívea blancura, _jabadores_ de seda verde o tela
escarlata, y _bedeyas_ adornadas con galones de oro. Algunos eran
tipos en extremo arrogantes, y dos de ellos, jóvenes, de sorprendente
hermosura, y lejos de mostrar, como es general entre moros,
semblante negruzco o moreno, su tez era delicada, sonrosada y blanca.
El personaje principal, a quien los demás trataban con mucho respeto,
era hombre de talla atlética, de unos cuarenta años. Llevaba túnica
de algodón blanco acolchado, y _kandrisa_ blanca, y liado con gracia
al cuerpo, envolviéndole la parte alta de la cabeza, el _haik_, o
capa de flanela blanca, tenida siempre en mucha estima por los moros,
desde las épocas más remotas de su historia. Iba desnudo de piernas,
y los pies protegidos tan sólo del suelo por babuchas amarillas. No
ostentaba más gala que un largo zarcillo de oro, del que pendía una
perla, evidentemente de gran valor. Una hermosa barba negra, como de
un pie de larga, se esparcía por su musculoso tórax. Sus facciones
eran correctas, excepto los ojos, un poco pequeños; su expresión,
empero, era torcida; su mirar, duro; la malignidad y la mala índole
se pintaban en cada rasgo de su semblante, donde no parecía haber
brillado jamás una sonrisa. El marinero español de quien ya he tenido
ocasión de hablar me dijo por lo bajo que era un _santurrón_, y que
regresaba del viaje a la Meca; añadió que era un mercader de inmensa
riqueza. Pronto vimos que los otros moros le habían acompañado a
bordo solamente por amistosa cortesía, pues uno tras otro fueron
despidiéndose de él, con excepción de dos negros, sus acompañantes.
Observé que los negros, cuando los moros les tendían la mano al
marcharse, se esforzaban invariablemente por llevársela a los labios,
esfuerzo que siempre se frustraba, pues los moros, en cada caso, por
un movimiento rápido y gracioso, retiraban la mano presa en la del
negro y la oprimían contra su corazón; que era tanto como decir:
«aunque negro y esclavo eres musulmán, y, por serlo, eres nuestro
hermano; Alá no hace distinciones». El botero se acercó entonces
al _haji_, pidiendo su paga, y le dijo que había ido tres veces a
bordo por su servicio, a llevarle el equipaje. La suma que pidió le
pareció exorbitante al _haji_, quien, olvidándose de su condición
de santo y de recién venido de la Meca, fumaba atrozmente, y en mal
español le llamó ladrón al botero. El improperio que más irrita a
un español (el botero lo era) es ése; y apenas aquel prójimo se oyó
tratar así, cuando, chispeantes de furor sus ojos, asestó el puño a
la nariz del _haji_, y pagó el vocablo injurioso lo menos con otros
diez tan malos o peores. Quizás habría pasado a actos de violencia,
si no le hubieran arrancado de allí a la fuerza los otros moros, que
se le llevaron aparte, y supongo que le dirían o le darían algo para
calmarle, pues no tardó en volver al bote y regresó con todos ellos
a tierra. El capitán llegó entonces con su secretario judío, y se
dieron las órdenes para hacerse a la vela. Poco después de las doce
zarpábamos de la bahía de Gibraltar. El viento soplaba favorable,
pero durante cierto tiempo no avanzamos mucho, pues casi yacíamos
en calma a sotavento del Peñón; poco a poco, no obstante, nuestra
marcha fué haciéndose más rápida, y pasada como una hora corríamos
velozmente hacia Tarifa.
El secretario judío permanecía en el timón, y en realidad resultó ser
la persona que mandaba el barco, y quien daba las órdenes necesarias,
ejecutadas bajo la superintendencia del viejo piloto genovés. Hice
algunas preguntas al _haji_, pero me miró de soslayo con sus adustos
ojos, hizo un mohín con los labios, y siguió en silencio; era como
decir: «No me hables; soy más santo que tú». Sus negros fueron mucho
más comunicativos. Uno era viejo y feísimo; el otro, de unos veinte
años, era tan bien parecido como puede serlo un negro. De puro color
de ébano, tenía las facciones en extremo bien formadas y delicadas,
con excepción de los labios, demasiado gruesos. La forma de sus
ojos era muy particular: oblongos más que redondos, como los de las
figuras egipcias. Tenía aire pensativo, meditabundo. Era, en todo,
distinto de su compañero, incluso en el color (aunque ambos eran
negros) y descendía, sin duda, de alguna raza superior poco conocida.
Sentado al pie del mástil, contemplando el mar, hallábase, a juicio
mío, fuera de su sitio natural; mejor hubiera parecido en los
arenales sin límites, al pie de una palmera, y habría podido pasar
entonces por un _Jin_[29]. Le pregunté de dónde procedía; díjome que
era natural de Fez, pero que no había conocido nunca a sus padres;
se crió en la casa de su amo actual, a quien había seguido en la
mayor parte de sus viajes, y acompañádole tres veces a la Meca. Le
pregunté si le gustaba ser esclavo. A eso me respondió que ya no lo
era, pues en razón de sus fieles servicios le habían dado libertad
tiempo atrás, así como a su compañero. Muchas más cosas me habría
dicho, pero el _haji_ le llamó, y le entretuvo en otras ocupaciones,
probablemente para impedir que yo le contaminase.
[29] Genio.
Esquivado por los musulmanes, recurrí a los judíos, quienes en modo
alguno se mostraron remisos en cultivar la familiaridad. El sabio
barbudo me contó su historia, en muchos puntos semejante a la de
Judah Lib, pues, según parece, dos o tres años antes había salido
de Mogador en busca de su hijo, que se había fugado a Portugal.
Pero al llegar el padre a Lisboa, averiguó que pocos días antes el
fugitivo se había embarcado para el Brasil. Al contrario de Judah, en
busca de su padre, se cansó de su demanda y la abandonó. El judío de
Mequinez, más joven, se animó y alegró en extremo al darse cuenta
de que yo entendía su lengua, y me hizo reír con su humorística
descripción de la vida cristiana, tal como la había observado en
Gibraltar, donde acababa de residir cerca de un mes. Me habló después
de Mequinez, un _Jennut_, o paraíso, según decía, comparado con el
cual, Gibraltar era una pocilga. Tan grande, tan universal es el amor
a la tierra nativa. Pronto me dí cuenta de que ambos judíos me creían
de su raza, y el joven, mucho más expansivo que el otro, me calificó
de tal, y habló de la infamia de negar mi propia sangre. Poco antes
de llegar frente a Tarifa, el hambre se apoderó de todos nosotros.
El _haji_ y sus negros manifestaron su repuesto y se regalaron con
pollos asados; los judíos comieron uvas y pan, y yo, pan y queso,
en tanto que la tripulación preparaba un plato de boquerones.
Dos marineros acudieron solícitos con una buena ración y me la
ofrecieron con afecto fraternal; no vacilé en aceptar su obsequio,
y los boquerones me parecieron deliciosos. Como me hallaba sentado
entre los judíos, les ofrecí algunos, pero volvieron el rostro con
repugnancia, exclamando: _Haloof_[30]. Pero, al propio tiempo, me
estrecharon la mano y, sin que yo se lo brindase, tomaron un pedacito
de mi pan. Tenía yo una botella de coñac, que había llevado como
prevención contra el mareo, y también se la ofrecí; pero rehusaron
otra vez, y exclamaron: _Haram_[31]. Yo no dije nada.
[30] ¡Qué porquería!
[31] Prohibido.
Estábamos entonces junto al faro de Tarifa, y, poniendo la proa al
Oeste, hicimos rumbo en derechura hacia la costa de Africa. El viento
había refrescado mucho, y como soplaba casi de popa, corríamos con
tremenda velocidad, amenazándonos las grandes velas latinas con
sepultarnos a cada momento bajo las olas que la corriente contraria
levantaba frente a nosotros. En esta veloz carrera, pasamos pegados
a la popa de un barco grande con bandera americana; iba a tomar el
Estrecho y avanzaba lentamente contra el levante impetuoso. Al pasar
junto a él vimos la popa llena de gente que nos observaba: la verdad
es que debíamos de ofrecer un espectáculo singular a los pasajeros
que, como mi joven amigo el americano de Gibraltar, vinieran al Viejo
Mundo por vez primera. En el timón iba el judío; todo él envuelto
en una gabardina, cuya capucha, echada sobre la cabeza, le daba
casi el aspecto de un aparecido con su mortaja; en tanto que, sobre
cubierta, mezclados con europeos, todos, menos yo, pintorescamente
vestidos, iban los moros con sus turbantes, flotando suelto al viento
el _haik_ del _haji_. Fugaz tuvo que ser, empero, la visión que de
nosotros alcanzaron, puesto que nos cruzamos con la velocidad de un
caballo de carreras, y a eso de una hora más tarde, sólo distábamos
una milla del promontorio en que se asienta el castillo de Alminar,
extremo límite oriental de la bahía de Tánger. Allí el viento cayó, y
avanzamos de nuevo con lentitud.
Hacía ya mucho tiempo que Tánger estaba a la vista. Poco después de
empezar a alejarnos de Tarifa, le habíamos columbrado en la lejanía,
semejante a una paloma blanca empollando en su nido. El sol se
ocultaba detrás de la ciudad cuando echamos el ancla en la bahía,
entre media docena de barcas y faluchos, del porte de la nuestra,
únicos barcos que vimos. Tánger se hallaba ante nosotros, pintoresca
ciudad que ocupa las vertientes y la cima de dos colinas, una de las
cuales, brava y escarpada, se mete en el mar allí donde la costa
forma de pronto una abrupta revuelta. Amenazadores parecen sus
almenados muros, encaramados en la cúspide de empinadas rocas, cuya
base lavan las ondas del mar, o surgiendo de la angosta playa que
separa la colina del Océano.
Allí hay dos o tres órdenes de baterías, armadas con gruesos cañones,
que dominan la bahía; encima se ven los terrados de la ciudad, que se
alzan escalonados, como peldaños para gigantes. Todo es blanco, de
perfecta blancura, de suerte que el conjunto parece tallado en un
inmenso bloque de yeso; bien es verdad que aquí y allí emergen de la
blancura altos árboles verdes: acaso pertenezcan a jardines moros, y
tal vez ahora estarán reclinadas a su sombra muchas Leilas ojinegras,
hermanas de las huríes. Frente por frente a nosotros se levanta una
gran torre o alminar, no blanca, sino pintada curiosamente; pertenece
a la mezquita principal de Tánger; sobre ella ondeaba una bandera
negra, por ser la fiesta de Ashor. Una hermosa playa de blanca arena
bordea la bahía desde la ciudad hasta el promontorio del Alminar. Al
Este se alzan portentosas colinas y montañas: son el Gebel Muza y su
cadena; y aquel su compañero que se levanta a lo lejos es el pico de
Tetuán; las brumas grises de la tarde envuelven sus flancos. Tal era
Tánger, tales sus cercanías, como se me aparecieron al contemplarlas
desde la barca genovesa.
Arriaron un bote del barco, y el capitán, que traía a su cargo el
correo de Gibraltar, el secretario judío, y el _haji_, con sus
acompañantes negros, se fueron a tierra. Yo hubiera querido ir con
ellos, pero me dijeron que no podría desembarcar aquella noche, pues
antes de que examinasen mi pasaporte y mi patente de sanidad se
cerrarían las puertas de la ciudad; así es que permanecí a bordo con
la tripulación y los dos judíos. Los marineros prepararon su cena,
que consistía simplemente en una ensalada de _tomates_, habiéndose
consumido las demás provisiones. El genovés viejo me trajo una
ración, excusándose al propio tiempo por la frugalidad de la comida.
Acepté agradecido, y le dije que un millón de hombres mejores que yo
tenían peor cena. Nunca he comido con mejor apetito. Al entrar la
noche, los judíos cantaron himnos hebreos, y cuando concluyeron me
preguntaron por qué permanecía en silencio; alcé la voz y canté _Adun
Oulem_[32].
[32] Señor del mundo.
Las tinieblas envolvían ya por completo tierra y mar; ningún ruido
se oía, salvo, de vez en cuando, el lejano ladrido de un perro en la
costa, o alguna quejumbrosa canción genovesa, que se alzaba de una
barca próxima. La ciudad parecía sepultada en lobreguez y silencio;
ni siquiera la luz de una bujía se columbraba. Pero volviendo la
vista a España, percibimos un fuego magnífico, que al parecer
envolvía la vertiente y la cima de una de las montañas más altas al
Norte de Tarifa. El incendio arrancaba destellos rojizos a las aguas
del Estrecho. O las leñas del monte ardían, o los _carboneros_ se
aplicaban a sus sombrías faenas. Los judíos se quejaron de cansancio,
y el más joven, desatando una colchoneta, la tendió sobre cubierta
y trató de descansar. El sabio bajó a la camareta; pero apenas
había tenido tiempo de echarse cuando el viejo piloto, lanzándose en
pos de él, bajó también y le sacó fuera por los talones, porque la
cámara estaba muy poco profunda, y no había más que bajar dos o tres
peldaños. Hecho eso, le dirigió muchos improperios, y le amenazó con
el pie, mientras permanecía tendido sobre cubierta. «¿Cree usted—le
dijo—que un perro judío como usted, y que paga como un perro judío,
va a dormir en la cámara? Desengáñese, bestia: en la cámara no duerme
esta noche nadie más que este _caballero_ cristiano.» El sabio, sin
replicar, se alzó de sobre cubierta y se acarició la barba, en tanto
el viejo genovés proseguía su filípica. Si el judío hubiese sido dado
a ello, habría podido estrangular a su insultador en un momento, o
espachurrarlo entre sus membrudos brazos, pues no recuerdo haber
visto jamás un individuo tan fuerte y musculoso; pero, evidentemente,
era tardo en encolerizarse, y muy paciente. No se le escapó ni una
palabra de resentimiento, y sus facciones conservaron su habitual
expresión de benigna placidez.
Entonces le aseguré al piloto que el judío podía compartir la cámara
conmigo sin la más leve objeción por mi parte, y que, al contrario,
más bien lo deseaba, pues había sitio de sobra para ambos.
—Dispense usted, señor caballero—replicó el genovés—; pero le
juro que no permitiré tal cosa: usted es joven y no conoce a esta
_canaille_ como yo la conozco, que llevo veinte años yendo y viniendo
entre estas costas. Si esa bestia tiene frío, que duerma en el
sollado, como yo y los demás; pero en la cámara no entra.
Conociendo que era testarudo, me retiré, y a los pocos minutos caí en
profundo sueño, que duró hasta el alba. Cierto que dos o tres veces
me pareció que se peleaban cerca de mí; pero estaba tan abrumado de
cansancio, tan borracho de sueño, que no pude despertarme lo bastante
para enterarme de lo que sucedía. El hecho fué que, en el transcurso
de la noche, el sabio, hallándose incómodo al aire libre, junto a
su compañero, intentó por tres veces meterse en la cámara, y otras
tantas le arrojó de ella su incansable enemigo, que, sospechando sus
intenciones, no le quitó ojo en toda la noche.
A eso de las cinco me levanté; el radiante sol brillaba esplendoroso
sobre la ciudad, la bahía y la montaña; la tripulación ya estaba
ocupada sobre cubierta en reparar una vela desgarrada por el
viento el día anterior. Los judíos, sentados en la popa con aire
desconsolado, se quejaban mucho del frío que habían sufrido en aquel
lugar abierto. Sobre el ojo izquierdo del sabio vi una cortadura
ensangrentada, que, según me dijo, le había hecho el viejo genovés
después de sacarle de la cámara por última vez. Entonces manifesté
mi botella de coñac, rogando que la tripulación participase en ella,
como leve correspondencia a su hospitalidad. Me dieron las gracias,
y la botella fué circulando; al cabo llegó a manos del viejo piloto,
quien, tras de mirar un instante al sabio, se la llevó a los labios,
donde la mantuvo mucho más tiempo que ninguno de sus compañeros;
después me la devolvió, haciéndome una profunda reverencia. El
sabio preguntó entonces qué contenía la botella. Le dije que coñac,
o _aguardiente_, y al oírlo, rogó, no sin cierta ansia, que le
permitiese beber un trago.
—¿Cómo es eso?—dije yo—. Ayer me dijo usted que era una cosa
prohibida, una abominación.
—Ayer—respondió—no sabía que fuese aguardiente; creí que era vino,
que es, ciertamente, una abominación, cosa prohibida.
—¿Está prohibido en la _Torah_?—pregunté—. ¿Está prohibido por la ley
de Dios?
—No lo sé—replicó—; lo que sé es que los sabios lo han prohibido.
—Sabios como usted—exclamé con calor—; sabios como usted, de barba
larga y entendimiento corto. Permitido está el uso de ambas bebidas;
pero más peligro se esconde en esta botella que en una cuba de vino.
Bien dijo mi Señor el Nazareno: «Vosotros apartáis un mosquito y os
tragáis un camello»; pero, puesto que tiene usted frío y tirita, tome
la botella y reanímese con un traguito de su contenido.
Se la acercó a los labios, y no encontró ni gota. El viejo genovés
reía con sorna.
—_Bestia_—dijo—, le conocí en los ojos que deseaba beber un trago,
y me dije: aunque me ahogue, no dejaré que un caballero cristiano
malgaste ni gota del _aguardiente_ en ese judío, ¡mal rayo caiga
sobre su cabeza!
»Ahora, señor caballero—continuó—, puede usted bajar a tierra; esos
dos marineros le llevarán al muelle y transportarán su equipaje
adonde tenga por conveniente; la Virgen le bendiga por donde vaya.