El Mahasni. — Sin Samani. — El Bazar. — Santos moros. — ¡Mira la
ayana! — La higuera chumba. — Sepulturas judías. — La mansión
de los esqueletos. — El mozo de cuadra. — Los caballos de los
musulmanes. — Dar-dwag.
Hallábame en la plaza del mercado, contemplando una escena muy
parecida a la que ya he descrito, cuando se me acercó un moro y trató
de proferir unas pocas palabras en español. Era un viejo alto, de
facciones enjutas, pero un poco extrañas, y habría podido llamársele
bien parecido a no faltarle un ojo, deformidad muy común en el país.
Llevaba envuelto el cuerpo en un inmenso _haik_. Al ver que yo
entendía el marroquí, rompió a hablar con inmensa volubilidad, y no
tardé en saber que era _mahasni_. Ponderó largamente las bellezas
de Tánger, de donde era natural, según dijo, y al cabo exclamó:
«Ven conmigo, sultán mío, y te enseñaré muchas cosas que alegren
tus ojos y llenen tu corazón de claridad; fuera una vergüenza para
mí, que tengo la ventaja de ser hijo de Tánger, permitir que un
extranjero, llegado de una isla del gran mar, como dices tú que
vienes, con propósito de ver esta bendita tierra, se estuviese aquí
en el _soc_ sin nadie que le guíe. ¡Por Alá, no será así! Hagan sitio
a mi sultán, hagan sitio a mi señor», prosiguió, abriéndose camino a
empellones a través de una turba de hombres y chicos reunida en torno
nuestro; «a su alteza le place venir conmigo; por aquí, mi señor,
por aquí»; y emprendió el camino colina arriba, andando con tremendo
compás, y hablando aún más de prisa.
—Esta calle—dijo—es el Siarrin, y no hay en Tánger otra que se le
parezca; observa qué ancha es, casi como la mitad del mismo _soc_;
aquí están las tiendas de los mercaderes más importantes, donde se
vende toda clase de artículos preciosos. Observa a esos dos hombres:
son argelinos, y buenos musulmanes; huyeron de Zair[35] cuando lo
conquistaron los nazarenos, no por fuerza de armas, no por su valor,
como ya puedes suponer, sino con oro; los nazarenos sólo conquistan
con oro. El moro es bueno, el moro es fuerte, ¿quién tan bueno ni
tan fuerte como él?; pero no pelea con oro, y por eso perdió a
Zair. Repara en esos dos hombres sentados en los bancos junto a
esos porches: son _makhasniah_, cofrades míos. Mira la blancura de
sus _haiks_, la blancura de sus turbantes. ¡Oh, si pudieras ver sus
espadas en día de guerra, qué brillo, qué brillo el suyo! Ahora no
llevan espadas. ¿Para qué llevarlas? ¿No está la tierra en paz? ¿Ves
a ese de la tienda de enfrente? Es el Pachá de Tánger, el Hamed Sin
Samani, sotapachá de Tánger; el primer pachá, mi señor, está de
viaje; que Alá le otorgue un feliz regreso. Sí; ese es Hamed; ahí
está en su _hanutz_[36] como si no fuera nada más que un comerciante;
sin embargo, la vida y la muerte están en su mano. Ahí distribuye
justicia, al mismo tiempo que vende esencia de rosa y cochinilla,
pólvora de cañón y azufre; pero estos últimos los vende por cuenta
de Abderrahmán, el sultán, mi señor, pues nadie puede vender en esta
tierra pólvora y azufre en polvo más que el sultán. Si deseas comprar
_attar del mar_, si deseas comprar esencia de rosas, debes ir al
_hanutz_ de Sin Samani, pues sólo allí la encontrarás pura; no te la
venderá cualquier moro, sino sólo Hamed. ¡Que Alá le bendiga! Mis
hermanos los _makhasniah_ esperan sus órdenes, porque dondequiera
que el Pachá se instala, hay sala de justicia. Mira, ahora estamos
enfrente del bazar; más abajo de esa puerta que ves, está el patio
del bazar; ¿qué no encontrarás en el bazar? Sedas de Fez, ahí las
tienes; y si deseas _sibat_, si deseas babuchas para los pies,
búscalas ahí, donde también se venden cosas muy curiosas que vienen
de las ciudades de los nazarenos. En esas casas grandes a nuestra
izquierda, viven los cónsules nazarenos; ya has visto muchas así en
tu tierra; por tanto, ¿para qué pararse a mirarlas? ¿No te admira
esta calle del Siarrin? Cuanto entra o sale de Tánger por el lado de
tierra, pasa por esta calle. ¡Oh, las riquezas que por ella pasan!
Mira qué larga hilera de camellos: veinte, treinta, una _cáfila_
completa que baja la calle. _Wullah!_[37] Conozco estos camellos,
conozco al conductor. Buenos días, ¡oh Sidi Hassim! ¿Cuántos días
habéis tardado desde Fez? Ahora hemos llegado a la muralla, vamos
a pasarla por esta puerta. Esta puerta se llama Bab del Faz; ahora
estamos en el Soc de Barra.
[35] Argel.
[36] Tienda.
[37] ¡Por Dios!
El Soc de Barra es un espacio abierto, fuera de la muralla de Tánger,
en su parte más elevada, sobre la falda de la colina. El terreno
es irregular y escarpado; pero hay algunos sitios regularmente
nivelados. En aquel sitio se celebra todos los jueves y lunes por
la mañana una especie de feria, en razón de lo cual es llamado Soc
de Barra o mercado de afuera. Aquí y allá, cerca del foso de la
ciudad, hay unas cavidades subterráneas, con pequeños orificios,
aproximadamente como el del cañón de una chimenea, cubiertos de
ordinario con una losa, o rellenos con paja. Son los graneros, donde
se guarda el trigo, la cebada y otros granos destinados a la venta. A
una mano hay dos o tres toscas chozas, o más bien cobertizos, debajo
de los cuales vigilan los guardianes del trigo. Es muy peligroso
pasar por aquella colina de noche, una vez cerradas las puertas de
la ciudad, pues a esa hora se da suelta a muchos perros, fieros y
grandes, que con toda seguridad derribarían y quizá destrozarían a
cualquier desconocido que se acercase por allí. A la mitad de la
subida de la colina, se ven cuatro muros blancos, que cierran un
espacio como de diez pies cuadrados, donde descansan los huesos de
Sidi Mokhfidh, famoso santo que murió hará unos quince años. Allí
termina el _soc_; lo restante del monte se llama El Kawar, o lugar
de las tumbas, porque es el sitio donde comúnmente se entierra; los
sitios donde reposan los muertos están cuidadosamente señalados por
unas pocas piedras que forman un circuito oblongo. Cerca de Mokhfidh
duerme Sidi Gali; pero el santo principal de Tánger yace enterrado
en lo alto del monte, en el centro de una breve explanada. Una
linda capilla o mezquita, con su cúpula, se alza allí en su honor,
adornada generalmente con banderas de varios colores. El nombre de
este santo es Mohammed _el Haji_, y en Tánger y sus cercanías se
tiene su memoria en la mayor veneración. Su muerte acaeció en los
comienzos de este siglo.
Estos detalles los recogí en aquel momento o en subsiguientes
ocasiones. En el lado norte del _soc_, cerrado por la ciudad, hay un
muro con una puerta.
—Ven—dijo el viejo _mahasni_ haciendo una indicación con la mano—,
ven y te enseñaré el jardín de un cónsul nazareno.
Crucé la puerta en su seguimiento, y me hallé en un espacioso
jardín, dispuesto al modo europeo, y plantado de limoneros, perales
y diversos géneros de arbustos olorosos. Era visible, no obstante,
que el principal orgullo del propietario eran las flores, de que
había muchos macizos. La casa de verano era muy buena; el arte había
agotado sus recursos para que allí no faltara nada.
Una cosa, empero, se echaba de menos, y su ausencia era singularmente
notable en un jardín en tal época del año: apenas se veía una hoja.
La plaga más espantosa de las que devastaron a Egipto, se cebaba
entonces en estas partes de Africa: la langosta hacía su obra, y en
ningún lugar con tanta furia como en el sitio donde yo me hallaba.
Todo estaba arrasado en torno. Los árboles, pelados y negruzcos
como en invierno. No había nada verde, salvo las frutas, sobre todo
las uvas, que en bravos racimos colgaban de las _parras_; porque la
langosta no toca los frutos mientras queda una hoja por devorar.
Conforme recorríamos los paseos, los horribles insectos, volando en
todas direcciones, tropezaban con nosotros, y perecían a centenares
bajo nuestros pies.
—Mira las _ayanas_—dijo el viejo _mahasni_—y óyelas comer. Poderosa
es la _ayana_, más poderosa que el sultán y que el cónsul. Todos
sus _makhasniah_ que el sultán enviase contra la _ayana_, y a mí
con ellos, la _ayana_ diría ¡ja, ja! Poderosa es la _ayana_. No se
asusta del cónsul. Hace pocas semanas el cónsul dijo: «Yo puedo más
que la _ayana_, y voy a extirparla del país.» Así, fué proclamando
por la ciudad: «Tangerinos, apresuraos a luchar contra la _ayana_,
destruidla en el huevo; sabed que a todo el que me traiga una libra
de huevos de _ayana_ le daré hasta cinco _reales_ de España; este año
no habrá _ayanas_.» Así, todo Tánger se precipitó a luchar contra la
_ayana_, y a recoger los huevos que la _ayana_ había dejado a incubar
debajo de la arena en las vertientes de los montes, y en los caminos,
y en el llano. Mi propio hijo, que tiene siete años, fué a combatir
la _ayana_, y él solo recogió cinco libras de huevos, huevos que la
_ayana_ había dejado bajo la arena, y se los llevó al cónsul, y el
cónsul pagó el precio. Centenares de personas llevaban huevos al
cónsul, quién más, quién menos, y el cónsul pagaba el precio, y en
menos de tres días la caja de caudales del cónsul se quedó exhausta.
Entonces exclamó: «Cesad, tangerinos; quizás hemos destruído la
_ayana_, quizás hemos acabado con ellas.» ¡Ja, ja! Mira alrededor, y
encima de ti, y debajo, y dime si el cónsul ha destruído la _ayana_.
¡Oh! ¡Es muy fuerte la _ayana_! Más que el cónsul, más fuerte que el
sultán y todos sus ejércitos.
No estará de más hacer notar que de allí a una semana todas las
langostas desaparecieron, nadie sabía cómo, y sólo quedaron unas
pocas rezagadas. A no ser por esa liberación providencial, los
campos y huertos de los alrededores de Tánger habrían quedado por
completo devastados. Los insectos eran de inmenso tamaño y de aspecto
repulsivo.
Pasamos después al otro lado del _soc_, donde están las chozas de
los guardianes. Allí se abre una especie de calleja que desciende
hasta la orilla del mar; es muy pendiente y escarpada, y parece una
rambla o barranco. Sus dos márgenes están cubiertas por el árbol que
produce el higo espinoso, llamado en marroquí _kermous del Ynde_.
En el aspecto de ese árbol o planta, pues no sé cómo llamarlo, hay
algo de grotesco y agreste. Su tronco, aunque a menudo alcanza el
grosor del cuerpo humano, no tiene copa, pues a muy corta distancia
del suelo se divide en muchas ramas retorcidas que se esparcen en
todas direcciones, y echan hojas verdes muy extrañas, con pulgada y
media de espesor, que si se parecen a algo es a las aletas anteriores
de una foca, y se componen de muchas fibras. El fruto, que se parece
un poco a la pera, tiene un áspero tegumento cubierto de menudas
espinas, que penetran instantáneamente en la mano que las toca y con
dificultad se extraen. No recuerdo haber visto nunca vegetación de
más vigorosa lozanía que la de aquellas higueras, ni, en conjunto, un
lugar más extraño.
—Sígueme—dijo el _mahasni_—y te enseñaré una cosa que te va a gustar.
Volvimos hacia la izquierda caminando por un angosto sendero, cuesta
arriba, hasta llegar a la cúspide de un cerrillo, separado por un
profundo foso de la muralla de Tánger. El terreno estaba densamente
cubierto por los arboles ya descritos, que esparcían sus singulares
ramas por la superficie, y cuyas gruesas hojas aplastábamos con los
pies al andar. Entre ellas descubrí gran número de piedras mohosas
tendidas horizontalmente, y con tosquedad grabados en ellas unos
caracteres extraños que me bajé a contemplar.
—¿Eres bastante _talib_ para leer esos signos?—exclamó el viejo
moro—. Son letras de los malditos judíos; este es su _mearrah_,
como ellos lo llaman, y aquí entierran a sus muertos. Los insensatos
confían en Muza en lugar de creer en Mohammed; sus muertos arderán
perdurablemente en _jehinnim_. Mira, sultán mío, qué fértil es el
suelo del _mearrah_ de los judíos; mira qué _kermous_ se crían aquí.
Siendo yo chico venía muchas veces al _mearrah_ de los judíos a comer
_kermous_ cuando estaban maduros. A los chicos musulmanes de Tánger
les gustan los _kermous_ del _mearrah_ de los judíos; pero los judíos
no los cogen. Dicen que el agua de los manantiales que alimentan las
raíces de estos árboles pasa entre los cuerpos de sus muertos, y que
por ese motivo es una abominación comer esa fruta. Sea verdad o no,
lo cierto es que, aliméntense de lo que se quiera, buenos son los
_kermous_ que se crían en el _mearrah_ de los judíos.
Volvimos a la calleja por el mismo sendero que habíamos traído; según
bajábamos dijo el moro:
—Has de saber, sultán mío, que este sitio donde estamos, y que tanto
te gusta, se llama _Dar-sinah_[38]. Me preguntarás por qué lleva tal
nombre, pues no ves aquí ni casa ni ser humano, musulmán, nazareno
o judío, fuera de nosotros dos; yo te lo diré, sultán mío; ¿quién
mejor? Sabe, si no lo llevas a mal, que no siempre ha sido Tánger
lo que es ahora, ni ha ocupado el lugar que ahora ocupa. Estuvo allá
lejos (señalando hacia el Este), en aquellos cerros sobre la costa, y
aún se ve allí ruinas de casas, y el sitio se llama Tánger la Vieja.
De suerte que en tiempos antiguos, según tengo oído contar, este
_Dar-sinah_ era una calle, no hace al caso si dentro o fuera de los
muros, donde residía gente de todos los oficios: orífices, plateros,
herreros, hojalateros y artesanos de todas clases. Si deseabas
encargar una obra, no tenías más que ir al _Dar-sinah_ y al instante
encontrabas un maestro del oficio que buscabas. Dice mi sultán que
le gusta la vista de _Dar-sinah_ tal como hoy está; no sé por qué,
la verdad, sobre todo no estando maduros todavía los _kermous_, que
no se pueden comer. Si ahora le gusta _Dar-sinah_, ¿cómo le hubiera
gustado a mi sultán en otros tiempos, cuando esto estaba lleno de
oro y plata, de hierro y estaño, del estruendo de los martillos y de
maestros y gentes entendidas en sus oficios? Ahora llegamos al _Chali
del Bahar_[39]. Ten cuidado, mi sultán; andamos sobre huesos.
[38] Casas de oficios.
[39] La orilla del mar.
Habíamos salido del _Dar-sinah_ y teníamos delante la costa; en
un instante nos hallamos en medio de una multitud de huesos de
toda clase de animales, y aparentemente de todas fechas; algunos
blanqueados por el tiempo y la exposición al sol y al aire, mientras
otros conservaban aún carne fresca adherida; había allí esqueletos
enteros, caballos, asnos, y hasta los restos, menos conocidos, de
un camello. Perros flacos andaban allí atareados gruñendo, royendo,
desgarrando; en medio de ellos, sin intimidarse, avanzaba con
majestad el buitre, cebándose, ansioso, en los despojos, y hasta
disputándoselos a las bestias; mientras los cuervos revoloteaban
sobre ellos y graznaban ávidamente, o se posaban a veces sobre alguna
costilla enhiesta.
—Mira—dijo el _mahasni_—el _kawar_ de los animales. Mi sultán ha
visto el _kawar_ de los musulmanes y el _mearrah_ de los judíos, y
aquí ve el _kawar_ de los animales. Todos los animales que mueren
en Tánger por mano de Dios—caballo, perro o camello—se traen a este
sitio, y aquí se pudren o los devoran las aves del cielo y los
animales fieros que merodean en el _chali_. Ven, sultán mío; no es
bueno detenerse en este lugar.
Nos disponíamos a marcharnos cuando oímos un galope por el
_Dar-sinah_, y al momento un caballo y un jinete se precipitaron a
toda velocidad de la boca de la calleja y aparecieron en la playa;
el caballero, cuando nos vió, refrenó con trabajo el corcel y
vino a nosotros. El caballo era pequeño, pero bonito: alazán, con
crines y cola largas; si le hubiesen tenido con los ojos vendados,
quizás se le hubiera confundido con una _jaca_ cordobesa; era ancho
de pechos, redondo de grupa, tan corpulento y lustroso como los
caballos de esa raza; pero bastaba mirarle a los ojos para salir
al instante del error; sus inquietas pupilas despedían impetuoso e
indómito fuego, y lejos de mostrar la docilidad de aquel noble y leal
animal, manoteaba a veces furiosamente, y apenas si el duro freno
y un brazo recio bastaban para impedir que emprendiese de nuevo su
precipitada carrera. El jinete era un joven de unos diez y ocho años,
vestido a la europea, con una gorra de _montero_ en la cabeza; era
de constitución atlética, pero con extremidades en exceso largas,
pues tal como iba a caballo, sin estribos ni silla, los pies casi le
llegaban al suelo; su tez era casi tan morena como la de un mulato,
y hermosas sus facciones, sobre todo los ojos, pero llenos de una
expresión audaz y perversa, y había en su boca una desagradable mueca
sensual. Dirigió algunas palabras al _mahasni_, a quien parecía
conocer mucho, preguntándole quién era yo. El viejo respondió:
—Oh, judío: mi sultán entiende nuestra lengua; lo mejor será que te
dirijas a él.
Entonces el joven me habló en árabe; pero casi al momento abandonó
esa lengua y pasó a hablar en regular francés.
—Supongo que será usted francés—dijo con mucha familiaridad—. ¿Estará
usted mucho tiempo en Tánger?
Oída mi respuesta, continuó:
—Siendo usted inglés, tendrá, sin duda, afición a los caballos;
por tanto, cuando desee dar un paseo yo le acompañaré a usted y le
procuraré caballos. Me llamo Ephraim Fragey; soy mozo de cuadra
del cónsul napolitano, que se jacta de poseer los mejores caballos
de Tánger; montará usted el que más le guste. ¿Le gustaría a usted
probar este pequeño _aoud_?[40]
[40] Según Borrow, un caballo padre.
Le di las gracias; pero rehusé su oferta por el momento, y le
pregunté cómo había adquirido el idioma francés, y por qué, siendo
judío, no vestía como sus hermanos.
—Estoy al servicio de un cónsul—dijo—, y mi amo obtuvo permiso para
que pudiera vestirme de este modo; y en cuanto a hablar el francés,
he estado en Marsella y en Nápoles en un viaje que hice a esta última
ciudad para llevar unos caballos regalo del sultán. Además del
francés hablo el italiano.
Entonces se apeó, y teniendo el caballo firmemente por la brida con
una mano, empezó a desnudarse, y, habiéndolo hecho, montó de nuevo y
se metió a caballo en el agua. La piel de su cuerpo era de color muy
semejante a la de una rana o de un sapo; pero su forma era la de un
joven titán. El caballo entró en el agua de muy mala gana, y a corta
distancia de la orilla empezó a luchar con el jinete, a quien tiró
dos veces; pero el mozo, agarrado a la brida, retuvo al animal. Como
todos sus esfuerzos resultaban inútiles para llevarlo más adentro,
se puso a lavarlo vigorosamente con sus propias manos, y después,
guiándolo a tierra, se vistió y fuése por el camino que había traído.
—Los caballos de los musulmanes son buenos—dijo mi amigo el viejo—.
¿Dónde los encontrarás iguales? Son capaces de bajar al galope por
una montaña pedregosa sin caer ni tropezar; pero has de ser precavido
con los caballos de los musulmanes y tratarlos con bondad, porque
los caballos de los musulmanes son orgullosos, y no les gusta ser
esclavos. De potros, al montarlos por primera vez, no los maltrates
la boca con el freno, pues si tal haces, de seguro te matarán; tarde
o temprano perecerás bajo sus cascos. Buenos son nuestros caballos y
buenos nuestros jinetes; sí por cierto; excelentes son los musulmanes
montando a caballo. ¿Quién hay que se les parezca? Una vez vi yo
a un jinete franco competir con un musulmán en esta playa, y a lo
primero el franco sacó mucha ventaja y pasó al musulmán; pero la
carrera era larga, muy larga, y el caballo del franco, que era franco
también, jadeaba; pero el caballo del musulmán no jadeaba, porque
era también musulmán, y al cabo el jinete musulmán lanzó un grito y
el caballo se lanzó adelante y alcanzó al caballo franco, y entonces
el jinete musulmán se puso cabeza abajo sobre la silla, que en verdad
estos ojos lo vieron, y cabeza abajo sobre la silla iba al pasar al
jinete franco, y gritaba ¡ja, ja! cuando pasaba al jinete franco, y
el caballo musulmán gritaba ¡ja, ja! al pasar al corcel franco, y el
franco perdió por mucha distancia. Buenos son los francos, buenos sus
caballos; pero mejores son los musulmanes y mejores los caballos de
los musulmanes.
Dirigimos después nuestros pasos hacia la ciudad; pero no por el
sendero que habíamos traído; volviendo hacia la izquierda, por bajo
de la colina del _mearrah_, y a lo largo de la playa, no tardamos
en llegar a un camino toscamente empedrado, de áspera subida, que
costeaba los muros de la ciudad hasta llegar a una puerta, delante de
la cual, a un lado, había algunos hoyos pequeños, como tumbas, llenos
de agua o cal.
—Este es el Dar-dwag[41]—dijo el _mohasni_—; esta es la casa de la
corteza, y a esta casa se traen las pieles; todas las que se preparan
para usarlas en Tánger se traen a esta casa, y aquí las curten con
cal, corteza y hierbas. En este Dar-dwag hay ciento cuarenta fosas;
yo mismo las he contado; y había más, que ya no existen, porque esto
es muy antiguo. Estas fosas las alquila, no una ni dos personas, sino
mucha gente, y todo el que se pone en lista puede arrendar una de las
fosas y curtir las pieles que necesite; pero el propietario de todo
es un hombre solo, llamado Cado Ableque. Y ahora, sultán mío, que has
visto la casa de la corteza, no te enseñaré nada más por hoy, porque
hoy es _Youm al jumal_,[42] y las puertas van a cerrarse dentro de
un momento, mientras los musulmanes cumplen sus devociones. De modo
que acompañaré a mi sultán a su alojamiento, y allí le dejaré por el
momento.
[41] La tenería.
[42] Viernes.
Traspusimos, por consiguiente, una puerta, y, remontando una calle,
nos encontramos ante la mezquita junto a la que yo había estado por
la mañana; y uno o dos minutos más tarde estábamos a la puerta de
Juana Correa. Entonces le ofrecí a mi guía una moneda de plata en
pago de sus servicios; pero, irguiéndose, exclamó:
—No tomaré la plata de mi sultán, porque considero que no he hecho
nada que lo merezca. Aún no hemos visitado todas las maravillas de
esta bendita ciudad. En un día futuro llevaré a mi sultán al palacio
del gobernador, y a otros sitios que mi sultán se alegrará de ver;
y cuando hayamos visto todo lo que se puede ver, y mi sultán esté
contento de mí, si alguna vez me ve en el _soc_ una mañana con la
canasta en la mano, y no ve nada en la canasta, entonces mi sultán
estará en libertad, como amigo, para poner en mi canasta unas uvas,
o pan, o pescado, o carne en mi canasta. Eso no lo rehusaré de mi
sultán cuando haya hecho por él más de lo que hasta ahora he hecho.
Pero la plata de mi sultán no la tomaré ahora ni nunca.
Luego me hizo un gracioso saludo con la mano, y fuése.