CAPÍTULO LIII

Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — Un abismo

tenebroso. — Un joven americano. — El propietario de esclavos. —

El brujo. — Un incrédulo.

Durante toda la noche el viento sopló con fuerza; pero como era

Levante, no tuve temor de verme obligado a permanecer más tiempo en

Gibraltar por ese motivo. Fuí a bordo muy temprano y encontré a la

tripulación en la tarea de levar el ancla y en otros preparativos de

marcha. Dijéronme que probablemente saldríamos dentro de una hora.

Transcurrió ese tiempo, empero, y aún permanecíamos donde estábamos,

y el capitán continuaba en tierra. Formábamos parte de una reducida

flotilla de barcas genovesas, cuyas tripulaciones, en sus momentos de

ocio, parecían no tener mejor modo de diversión que cambiar palabras

injuriosas; un furioso tiroteo de ese género empezó a la sazón, en el

cual se distinguió especialmente el piloto de nuestro barco; era un

genovés sesentón, canoso. Aunque no hablo su «patois» entendí mucho

de lo que decían. Era por demás desvergonzado, y como gritaban tanto,

de la violencia de sus ademanes y lo descompuesto de sus facciones se

hubiese deducido que se trataba de enconados enemigos. No eran tal,

sin embargo, sino excelentes amigos a toda hora, y seguramente, en el

fondo, sujetos de buena índole. ¡Oh miserias de la naturaleza humana!

¿Cuándo aprenderá el hombre a ser verdaderamente cristiano?

En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son

groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han

sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y

de bondad.

Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo

algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó,

y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel

día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un

viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas.

«Paciencia»—dije, y me volví a tierra.

Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del

muchacho judío que ya he mencionado.

El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones;

éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa. Se

encuentra cerca de la cúspide del monte, a muchos cientos de yardas

sobre el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos

árboles, y también por junto a muchas casitas, agradablemente

colocadas entre jardines y ocupadas por los oficiales de la

guarnición. Es erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca

desnuda y estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados,

frescos, vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde.

El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra espalda

las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había cesado

por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol del mediodía

brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde trepábamos se

mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que llovía de nuestras

sienes; al cabo llegamos a la caverna.

La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de

doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada

muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar

la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas. Lo

más notable de la caverna es una columna natural, que se alza como

tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para sostener

el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a la parte

visible de la cueva cierto aspecto bravío y raro, que de otro modo

no tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas

filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas

precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un

guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que

hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas,

y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo

que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la

cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que

la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas

de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que

muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre

y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora. No

así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no hay

la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que de

nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos han

dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como templo

del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó la

singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña que hay

enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que anunciasen a

los tiempos venideros que había estado allí sin pasar más adelante.

Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar

tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber

estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que

conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos,

no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas

por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades

con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas

transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los

oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy

han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha

descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros

corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a

los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes

de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar

y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que

más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren

sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la

entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa

y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene

también otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en

todas direcciones. De lo que he oído he sacado la opinión de que

el interior de la montaña de Gibraltar es como un panal, y apenas

me cabe duda de que si la tajaran aparecería llena de abismos tan

infernales como las galerías de la cueva de San Miguel. Muchas vidas

valiosas se pierden todos los años en tan horribles lugares; pocas

semanas antes de mi visita dos sargentos, hermanos, perecieron en

la sima del lado derecho de la caverna por haber resbalado a un

precipicio cuando estaban a gran profundidad.

El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está pudriéndose

en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y asquerosos

gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de tan horrible

accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna para impedir

que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se abandonasen

a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó en

ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba

perezosamente sobre sus goznes.

Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a

esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al

principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba

las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya

puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando

oyó la voz que decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?»

—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando,

contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad.

Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural de

Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque estaba

alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a

Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo

débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía

una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas

del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto.

Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja,

y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones

de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y

particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con

que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había

estado explorando desde muy temprano.

Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si me

gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona

que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho;

gustar no es la palabra, señor.»

El calor era sofocante, como casi invariablemente ocurre en

Gibraltar, donde rara vez sopla un poco de aire, abrigado como está

de todos los vientos. Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no

encontraba excesivo el calor.

—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para recoger

algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina del Sur,

señor.

—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será usted

propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con levita

de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado a tomar un

aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres hombres, tan

sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted, señor?

—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser

propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos

en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes

de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los

nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse:

suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar de

ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los nigerianos

pensaban que era el camino más seguro para volver a su país y

librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije que si se

ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para no separarme de

ellos, y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío.

¿Qué opina usted de esto, amigo?

Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel

excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban

de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en

extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró

con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de

roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba,

dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió.

Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y

murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque

con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado,

señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero

es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había

puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante

asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un

agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era

plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente.

Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y

Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella

ciudad, decidió hacer un viaje (el primero) a Europa en su barco;

pues, según decía, todos los estados de la Unión los tenía ya

visitados, y visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me

describió, de un modo tan original como ingenuo, sus impresiones al

pasar frente a Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté

la historia de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos

intentos hizo para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por

más que parecía plenamente convencido de mi condición de americano;

entre otras cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en

Sevilla. Lo que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento

del marroquí y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente

con los _hamales_ y la irlandesa, la cual le había dicho, según

me declaró el americano, que yo era brujo. Por último, tocó el

tema de la religión, y habló con gran desprecio de la revelación,

declarándose deísta; tenía vehementes deseos de conocer mis

opiniones; pero le esquivé de nuevo, contentándome con preguntarle

si había leído la Biblia. Dijo que no, pero que conocía muy bien los

escritos de Volney y Mirabeau. No respondí, y entonces añadió que no

era su costumbre, ni mucho menos, plantear tales cuestiones, y que

a muy pocas personas les hubiese hablado con tanta franqueza; pero

que yo le había interesado mucho, aunque nuestro conocimiento fuese

tan reciente. Repuse que difícilmente habría hablado en Boston de

la misma manera que acababa de hablarme a mí, y que bien se conocía

que no era de Nueva Inglaterra. «Le aseguro a usted—dijo—que tampoco

se me hubiese ocurrido hablar así en Charleston, pues, con tal

conversación, no hubiese tardado en tener que hablar para mí solo.»

Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha

hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo

erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que

se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales

materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que

era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto

de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido

aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa.

Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar.

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 29 / 35 题