Marineros genoveses. — La cueva de San Miguel. — Un abismo
tenebroso. — Un joven americano. — El propietario de esclavos. —
El brujo. — Un incrédulo.
Durante toda la noche el viento sopló con fuerza; pero como era
Levante, no tuve temor de verme obligado a permanecer más tiempo en
Gibraltar por ese motivo. Fuí a bordo muy temprano y encontré a la
tripulación en la tarea de levar el ancla y en otros preparativos de
marcha. Dijéronme que probablemente saldríamos dentro de una hora.
Transcurrió ese tiempo, empero, y aún permanecíamos donde estábamos,
y el capitán continuaba en tierra. Formábamos parte de una reducida
flotilla de barcas genovesas, cuyas tripulaciones, en sus momentos de
ocio, parecían no tener mejor modo de diversión que cambiar palabras
injuriosas; un furioso tiroteo de ese género empezó a la sazón, en el
cual se distinguió especialmente el piloto de nuestro barco; era un
genovés sesentón, canoso. Aunque no hablo su «patois» entendí mucho
de lo que decían. Era por demás desvergonzado, y como gritaban tanto,
de la violencia de sus ademanes y lo descompuesto de sus facciones se
hubiese deducido que se trataba de enconados enemigos. No eran tal,
sin embargo, sino excelentes amigos a toda hora, y seguramente, en el
fondo, sujetos de buena índole. ¡Oh miserias de la naturaleza humana!
¿Cuándo aprenderá el hombre a ser verdaderamente cristiano?
En general tengo en mucha estima a los genoveses; cierto que son
groseros y viciosos; pero también caballerescos y valientes, y lo han
sido siempre, y sólo he recibido de ellos pruebas de hospitalidad y
de bondad.
Transcurridas otras dos horas, el secretario judío llegó y dijo
algo al anciano piloto, que refunfuñó mucho; después se me acercó,
y, quitándose el sombrero, me hizo saber que ya no saldríamos aquel
día, y al mismo tiempo dijo que era una vergüenza desperdiciar un
viento tan hermoso, que podía llevarnos a Tánger en tres horas.
«Paciencia»—dije, y me volví a tierra.
Fuí dando un paseo hacia la cueva de San Miguel en compañía del
muchacho judío que ya he mencionado.
El camino no sigue la misma dirección que el de las excavaciones;
éstas miran a España, mientras la cueva se abre de cara al Africa. Se
encuentra cerca de la cúspide del monte, a muchos cientos de yardas
sobre el mar. Pasamos por los paseos públicos, donde hay hermosos
árboles, y también por junto a muchas casitas, agradablemente
colocadas entre jardines y ocupadas por los oficiales de la
guarnición. Es erróneo suponer que Gibraltar es meramente una roca
desnuda y estéril; no carece de lugares amenos, como los ya mentados,
frescos, vivificantes, cubiertos de brillante follaje verde.
El sendero no tardó en hacerse escarpado, y dejamos a nuestra espalda
las moradas del hombre. El viento de la noche anterior había cesado
por completo, y no se movía ni un soplo de aire; el sol del mediodía
brillaba en todo su esplendor, y las rocas por donde trepábamos se
mojaban no pocas veces con las gotas del sudor que llovía de nuestras
sienes; al cabo llegamos a la caverna.
La boca es una hendidura abierta en el flanco del monte, como de
doce pies de alto y otros tantos de ancho; dentro hay una bajada
muy rápida y pendiente, como de cincuenta yardas, yendo a terminar
la caverna en un abismo que lleva a profundidades desconocidas. Lo
más notable de la caverna es una columna natural, que se alza como
tronco de enorme roble, cual si estuviese puesto allí para sostener
el techo; se halla a corta distancia de la entrada, y da a la parte
visible de la cueva cierto aspecto bravío y raro, que de otro modo
no tendría. El piso es resbaladizo en extremo, pues las continuas
filtraciones del techo lo han saturado, y son necesarias no pocas
precauciones para andar por él. Es muy peligroso entrar allí sin un
guía buen conocedor del lugar, porque, además del negro abismo que
hay al final, se abren aquí y allí otras cavidades nunca sondeadas,
y el osado que cae en ellas se hace pedazos. Digan los hombres lo
que se les antoje a propósito de esta cueva, una cosa hay que la
cueva misma parece decir a cuantos a ella se aproximan; a saber: que
la mano del hombre no ha trabajado allí nunca. Hay muchas cavernas
de formación natural, tan viejas como la tierra en que vivimos, que
muestran, no obstante, señales de haber sido utilizadas por el hombre
y de haber estado más o menos sujetas a su acción transformadora. No
así la cueva de Gibraltar; pues, si se juzga por su aspecto, no hay
la más leve razón para suponer que haya servido de otra cosa que de
nido de aves nocturnas, reptiles y animales de rapiña. Algunos han
dicho que la cueva fué usada en los tiempos del paganismo como templo
del dios Hércules, quien, según la tradición antigua, levantó la
singular masa de rocas llamada ahora Gibraltar, y la montaña que hay
enfrente, en las costas de Africa, como dos columnas que anunciasen a
los tiempos venideros que había estado allí sin pasar más adelante.
Baste observar que en la caverna no hay nada que permita adoptar
tal opinión, ni siquiera una plataforma sobre la que pudiese haber
estado el ara, mientras un angosto sendero pasa por delante, que
conduce a la cúspide del monte. Como no he penetrado en sus senos,
no tengo la pretensión de describirlos. Numerosas personas, movidas
por la curiosidad, se han aventurado en sus inmensas profundidades
con la esperanza de descubrir su término, y lo cierto es que apenas
transcurre una semana sin que se hagan intentos análogos por los
oficiales o por los soldados de la guarnición; pero todos hasta hoy
han resultado estériles. No se ha alcanzado término alguno, ni se ha
descubierto nada que compense el trabajo y los pavorosos peligros
corridos; los precipicios suceden a los precipicios, y los abismos a
los abismos en sucesión aparentemente inacabable, con unos salientes
de vez en cuando que permiten a los intrépidos exploradores reposar
y fijar las escalas de cuerda para descender más hondo. Pero lo que
más confunde y desazona es observar que esos abismos no se abren
sólo delante del observador, sino detrás y a cada lado; pegada a la
entrada de la caverna, a la derecha, hay una sima casi tan tenebrosa
y amenazadora como la del extremo inferior, y quizás contiene
también otras tantas simas y hórridas cavernas, ramificándose en
todas direcciones. De lo que he oído he sacado la opinión de que
el interior de la montaña de Gibraltar es como un panal, y apenas
me cabe duda de que si la tajaran aparecería llena de abismos tan
infernales como las galerías de la cueva de San Miguel. Muchas vidas
valiosas se pierden todos los años en tan horribles lugares; pocas
semanas antes de mi visita dos sargentos, hermanos, perecieron en
la sima del lado derecho de la caverna por haber resbalado a un
precipicio cuando estaban a gran profundidad.
El cuerpo de uno de aquellos hombres temerarios aún está pudriéndose
en las entrañas del monte, devorado por los ciegos y asquerosos
gusanos; al otro le sacaron. Inmediatamente después de tan horrible
accidente, pusieron una puerta en la boca de la caverna para impedir
que la gente, y sobre todo los imprudentes soldados, se abandonasen
a tan extravagante curiosidad. Pero la cerradura no tardó en
ser forzada, y en la época de mi visita la puerta se balanceaba
perezosamente sobre sus goznes.
Al dejar aquellos lugares pensaba yo que acaso fué semejante a
esa la cueva de Horeb, donde vivía Elías, cuando oyó una voz, al
principio débil, y después un viento grande y poderoso que cuarteaba
las montañas y pulverizaba las rocas delante del Señor, cueva a cuya
puerta salió y se paró, con el rostro envuelto en el manto, cuando
oyó la voz que decía junto a él «¿Qué haces aquí, Elías?»
—¿Y qué estoy haciendo yo aquí?—me preguntaba a mí mismo cuando,
contrariado por la detención del viaje, bajaba hacia la ciudad.
Aquella tarde comí en compañía de un americano joven, natural de
Carolina del Sur; ya le había visto frecuentemente, porque estaba
alojado en la fonda desde algún tiempo antes de mi llegada a
Gibraltar. Su porte era muy notable: bajo de estatura, en extremo
débil de conformación, facciones pálidas, pero muy correctas; poseía
una cabeza magnífica, de negro cabello crespo, y un par de patillas
del mismo color, las más soberbias que hasta entonces había visto.
Llevaba sombrero blanco, de anchas alas y copa excepcionalmente baja,
y vestía un ligero sobretodo de tela amarilla, y amplios calzones
de indiana. En una palabra, su exterior era verdaderamente raro y
particular. Al regresar de mi excursión a la cueva, me encontré con
que también él acababa de bajar del monte, cuyas maravillas había
estado explorando desde muy temprano.
Uno del Peñón le preguntó si le gustaban las excavaciones. «¿Si me
gustan?—respondió—. Lo mismo podría usted preguntar a una persona
que acabase de ver las cataratas del Niágara, si le gustaban mucho;
gustar no es la palabra, señor.»
El calor era sofocante, como casi invariablemente ocurre en
Gibraltar, donde rara vez sopla un poco de aire, abrigado como está
de todos los vientos. Eso indujo a otro individuo a preguntarle si no
encontraba excesivo el calor.
—¿Calor?—replicó—; de ningún modo. El tiempo más hermoso para recoger
algodón que se puede desear. No lo tenemos mejor en Carolina del Sur,
señor.
—¿Vive usted en Carolina del Sur? Supongo, señor, que no será usted
propietario de esclavos—dijo aquel judío gordo y pequeño con levita
de color de tabaco, que en otra ocasión me había invitado a tomar un
aperitivo—; es cosa terrible esclavizar a unos pobres hombres, tan
sólo por el hecho de ser negros; ¿no le parece a usted, señor?
—¿Que si me parece? No, señor; no opino así. Me glorío de ser
propietario de esclavos: tengo cuatrocientos negros nigerianos
en mi hacienda, cerca de Charleston, y por las mañanas, antes
de desayunarme, azoto a media docena, por vía de ejercicio. Los
nigerianos están para ser azotados; a veces intentan escaparse:
suelto los sabuesos en su rastro, y los cogen en un abrir y cerrar de
ojos; antes tenían la costumbre de ahorcarse, porque los nigerianos
pensaban que era el camino más seguro para volver a su país y
librarse de mí; no tardé en poner término a eso: les dije que si se
ahorcaba alguno más, yo me ahorcaría también, para no separarme de
ellos, y azotarlos en su país natal diez veces más que en el mío.
¿Qué opina usted de esto, amigo?
Era fácil comprender que había más chanza que malicia en aquel
excéntrico y exiguo sujeto, pues sus grandes ojos grises chispeaban
de buen humor mientras profería tales atrocidades. Era dadivoso en
extremo; y a una irlandesa sórdida, viuda de un soldado, que entró
con una banasta llena de cajitas y baratijas hechas de pedazos de
roca de Gibraltar, le compró la mayor parte de lo que llevaba,
dándole por cada artículo el precio, nada desdeñable, que le pidió.
Me había mirado diferentes veces, y al cabo le vi inclinarse y
murmurar algo al oído del judío, quien replicó a media voz, aunque
con mucha viveza: «¡Oh, no, señor! Está usted muy equivocado,
señor; no es americano, señor; de Salamanca, señor; ese caballero
es un español de Salamanca». El criado, al fin, nos dijo que había
puesto la mesa, y que acaso nos agradaría comer juntos: al instante
asentimos. En aquel nuevo conocido hallé, por diversos motivos, un
agradabilísimo compañero; no tardó en contarme su historia. Era
plantador y, por lo que daba a entender, propietario muy reciente.
Era condueño de un gran barco que comerciaba entre Charleston y
Gibraltar, y como la fiebre amarilla acababa de estallar en aquella
ciudad, decidió hacer un viaje (el primero) a Europa en su barco;
pues, según decía, todos los estados de la Unión los tenía ya
visitados, y visto todo cuanto en ellos hay digno de verse. Me
describió, de un modo tan original como ingenuo, sus impresiones al
pasar frente a Tarifa, la primera ciudad murada que veía. Le conté
la historia de esa ciudad, que oyó con gran atención. Diversos
intentos hizo para saber de mí quién era yo, pero los eludí, por
más que parecía plenamente convencido de mi condición de americano;
entre otras cosas, me preguntó si mi padre no había sido cónsul en
Sevilla. Lo que, no obstante, le confundía mucho era mi conocimiento
del marroquí y del gaelico, que me había oído hablar respectivamente
con los _hamales_ y la irlandesa, la cual le había dicho, según
me declaró el americano, que yo era brujo. Por último, tocó el
tema de la religión, y habló con gran desprecio de la revelación,
declarándose deísta; tenía vehementes deseos de conocer mis
opiniones; pero le esquivé de nuevo, contentándome con preguntarle
si había leído la Biblia. Dijo que no, pero que conocía muy bien los
escritos de Volney y Mirabeau. No respondí, y entonces añadió que no
era su costumbre, ni mucho menos, plantear tales cuestiones, y que
a muy pocas personas les hubiese hablado con tanta franqueza; pero
que yo le había interesado mucho, aunque nuestro conocimiento fuese
tan reciente. Repuse que difícilmente habría hablado en Boston de
la misma manera que acababa de hablarme a mí, y que bien se conocía
que no era de Nueva Inglaterra. «Le aseguro a usted—dijo—que tampoco
se me hubiese ocurrido hablar así en Charleston, pues, con tal
conversación, no hubiese tardado en tener que hablar para mí solo.»
Si hubiese conocido yo menos deístas de los que mi fortuna me ha
hecho conocer, quizás hubiera intentado convencer a aquel joven de lo
erróneo de las ideas que había adoptado; pero yo conocía todo lo que
se habría apresurado a replicar, y como el creyente no tiene en tales
materias argumentos carnales que dirigir a la razón carnal, pensé que
era lo mejor evitar discusiones que seguramente no podían dar fruto
de provecho. La fe es libre don de Dios, y no creo que haya habido
aún ningún incrédulo convertido mediante polémicas de sobremesa.
Aquella fué la última tarde que pasé en Gibraltar.