Un hostelero jovial. — Los aspirantes a la gloria. — Un retrato.
— Los _Hamales_. — Una excursión. — Labriego y soldado. — Las
excavaciones. — Un tirón de la ropa. — Judas y su padre. —
Peregrinación de Judas. — La barba frondosa. — Los falsos moros.
— Judas y el hijo del Rey. — Vejez prematura.
Quizás fuera imposible escoger lugar más apropiado para observar con
toda holgura a Gibraltar y sus moradores que aquel en que me hallé
a eso de las diez de la mañana siguiente. Sentado en un banquillo
frente por frente del mostrador, pegado a la puerta, en el zaguán
de la hostería donde me hallaba alojado temporalmente, abarcaba
con la vista la plaza de la Bolsa y cuanto en ella entraba, y con
sólo alzar los ojos, contemplaba a placer la estupenda montaña que
se yergue sobre la ciudad hasta unos mil pies de altura. Observaba
también a cuantas personas entraban en la casa o salían de ella, muy
concurrida, por hallarse situada en el punto más frecuentado de la
principal arteria de la ciudad. Harta ocupación tenían mis ojos, no
menos que mis oídos. Junto a mí estaba en pie mi excelente amigo
Griffiths, el jovial hostelero, de quien diré algunas palabras,
aprovechando la oportunidad presente, si bien ha sido ya descrito
con frecuencia y por plumas mucho mejores. Figúrense los que no le
conozcan, un hombre de unos cincuenta años, lo menos de seis pies
de alto, de unas diez arrobas de peso, de semblante muy fresco,
facciones regulares y ojos vivos y sagaces, pero al mismo tiempo
expresivos de un buen natural. Lleva pantalones blancos, levita
blanca, sombrero blanco; todo en él es blanco, excepto sus cuidadas
patillas y su rubicunda faz. Debajo del brazo lleva un látigo, con
que se aumenta prodigiosamente lo que para nosotros hay de familiar
en su aspecto, más parecido al de un caballero que tiene una posada
en el camino de New-market, «simplemente por amor de los viajeros y
del dinero que llevan consigo», que al de un natural del Peñón. Sin
embargo, él mismo se confesará lagarto del Peñón, y apenas les cabrá
a ustedes duda de ello cuando además del inglés vernáculo e impuro
que habla, le oigan expresarse en español o, si es necesario, incluso
en genovés, y no es juego de niños hablar este idioma, que nunca he
podido dominar. Es muy entendido en caballos, y cuando la ocasión
llega, le vende un «bocado de casta» a cualquier aficionado joven,
aunque no se niega tampoco a tratar con viejos; porque entre todos
esos judíos de Fez, flacos, catarrosos, lívidos, de ojos de lince,
no hay ninguno capaz de engañarlo en un trato ni de estafarle una
sola de las cincuenta mil libras esterlinas que posee; pero téngase
presente que es hombre franco y liberal con quienes se portan con él
honradamente, y sépase también que si es usted un caballero cumplido
le prestará dinero, si lo necesita; bien entendido que, si se lo
niega, es que hay algo en su conducta de usted que no es del todo
correcto, porque Griffiths conoce «su mundo» y no se deja tomar por
tonto.
Durante la hora escasa que estuve en el banco de la hostería del
Peñón se consumió en mi presencia una prodigiosa cantidad de cerveza.
Delante del mostrador se agolpaban los oficiales, en demanda de
un refresco, asaz gustoso, cuando no necesario con un tiempo de
tan sofocante calor; algunos llegaban galopando hasta la puerta en
jacas berberiscas, que abundan mucho en Gibraltar. Todos parecían
muy amigos del hostelero, con quien discutían a veces los méritos
de tal o cual caballo, y cuyas burlas acogían invariablemente con
ilimitada aprobación. El aspecto y los modales de aquellos jóvenes,
porque, en efecto, en su mayor parte, eran muy jovencitos, me
parecieron interesantes y agradables en sumo grado. En verdad, creo
que los oficiales ingleses en general, por su buena presencia y por
la urbanidad de sus modales, se llevan la palma entre todos los de
igual clase en el mundo. Es verdad que los oficiales de la Guardia
real de Rusia, especialmente los de los tres hermosos regimientos
llamados _Priberjensky_, _Simeonsky_ y _Finlansky polks_, pueden, en
casi todos los puntos, entrar sin miedo en comparación con la flor
del ejército británico; pero es de recordar que la oficialidad de
esos regimientos la forman los más selectos individuos de la nobleza
eslavona, jóvenes escogidos expresamente por sus prendas personales y
por la superioridad de sus dotes intelectuales, mientras que, entre
los jóvenes y rubios anglo-sajones a la sazón reunidos junto a mí, no
había quizás uno solo de descendencia noble ni de nombre encumbrado
y soberbio, y lejos, por cierto, de haberlos escogido para halagar
el orgullo y aumentar la pompa de un déspota, habíanlos sacado
indistintamente de una masa de ardientes aspirantes a la gloria
militar, y enviádolos, en servicio de su país, a una colonia remota e
insalubre. No obstante, eran tales, que su país podía enorgullecerse
viéndolos tan sanos y bellos de rostro, pintados el valor en el
semblante y la inteligencia en sus ojos azules.
¿Quién se detiene ahora frente a la puerta, sin entrar, y hace una
pregunta al hostelero, que se acerca saludándole respetuoso? No es
hombre vulgar, o mucho engaña su aspecto. Va vestido con bastante
sencillez: sombrero español, de copa puntiaguda y anchas alas
sombrosas—el verdadero _sombrero_—, pantalones de cutí y chaquetilla
azul de húsar; pero ¡qué bien le sienta ese vestido a su dueño, uno
de los hombres de más noble apostura que he visto! Le contemplé
con insólito respeto y admiración, mientras bondadosamente sonreía
y bromeaba en buen español con un descarado pilluelo del Peñón,
empeñado en venderle un enorme _bogamante_ o langosta ordinaria, ya
en putrefacción, que llevaba en la mano.
Aquel hombre era de estatura casi gigantesca, y sobresalía cerca
de tres pulgadas por encima del corpulento hostelero; pero bien
conformado, como un atleta, y derecho como un pino de Dovrefeld.
Podía tener once lustros, y eso añadía cierta expresión de madura
dignidad a su rostro, que se dijera cincelado por un escultor griego;
sus cabellos eran aún negros como la pluma del cuervo de Noruega, y
negro también el bigote que se rizaba sobre su bien dibujado labio.
Con atavío griego, y en el campamento frente a Troya, le hubiera
tomado por Agamenón.
—Ese hombre ¿es un general?—dije a un individuo bajito, de extraña
catadura, que, sentado junto a mí, se empapaba en la lectura de un
periódico.
—Ese caballero—susurró con acento ceceoso—es el gobernador de
Gibraltar.
A cada lado de la puerta, por la parte de afuera, tendidos en el
suelo o apoyados indolentemente contra las paredes, había media
docena de hombres de aspecto bastante raro. La prenda principal de
su vestido era una especie de túnica azul, algo parecida a la blusa
que llevan los campesinos del Norte de Francia, pero menos larga;
llevábanla ceñida a la cintura por una correa y les caía hasta la
mitad de los muslos. Tenían las piernas desnudas, lo que me permitió
observar la anchura descomunal de sus pantorrillas. Tocábanse con
gorritos de lana negra. Al más atlético de todos, tipo de atezado
rostro, de unos cuarenta años, le pregunté quiénes eran.—_Hamales_—me
respondió.—Esta palabra es árabe y significa porteador; en efecto,
un instante después vi atravesar la plaza a un individuo semejante
tambaleándose bajo una inmensa carga, suficiente casi para romperle
el espinazo a un camello. Me dirigí otra vez a mi amigo el negro,
y preguntándole de dónde procedía, me respondió que era natural de
Mogador, en Berbería, pero había pasado la mayor parte de su vida en
Gibraltar. Añadió que era _capataz_ de los _hamales_ que estaban a
la puerta. Entonces le hablé en árabe de Oriente, aunque con pocas
esperanzas de hacerme entender, sobre todo por el mucho tiempo que
el hombre había estado fuera de su país. Me respondió, empero, muy
atinadamente, chispeantes los ojos de alegría y temblándole los
labios de ansia, aunque con facilidad se percibía que el árabe, o
más bien el marroquí, no era la lengua en que acostumbraba hablar
o pensar. Sus camaradas se agruparon en torno nuestro y escucharon
con avidez; a veces, cuando decíamos algo que merecía su aprobación,
exclamaban: _Wakhud rajil shereef hada, min beled del scharki_.
Por último, les enseñé el «shekel» que invariablemente llevo en
el bolsillo, y pregunté al _capataz_ si había visto nunca aquella
moneda. Estuvo un buen rato examinando el incensario y el ramo de
oliva, con señales evidentes de no saber lo que era; al fin, se le
ocurrió examinar los caracteres que por ambos lados rodean la moneda,
y lanzando un grito exclamó dirigiéndose a los otros _hamales_:
«Hermanos, hermanos, éstas son las letras de Salomón. Esta plata está
bendita. Besemos la moneda.» Púsola sobre su cabeza, la apretó contra
sus labios y, por último, la besó con entusiasmo; lo mismo hicieron
sucesivamente sus hermanos. Luego, recuperando la moneda, me la
devolvió, con una profunda reverencia. Después supe por Griffiths que
durante el resto del día el individuo aquél se negó a trabajar, y no
hizo más que sonreír, reír y hablar solo.
—Permítame usted ofrecerle un aperitivo, señor—dijo aquel tipo
raro antes mencionado: era un hombre corpulento, muy pequeño, con
las piernas extremadamente cortas. Vestía una grasienta casaca de
color de tabaco, calzón blanco, bastante sucio, y medias más sucias
todavía. Llevaba un sombrero de copa alta, cuyas alas tendían a
levantarse por delante y por detrás de la cabeza. Había yo observado
que durante mi conversación con los _hamales_, aquel hombre alzaba
repetidas veces los ojos del periódico que leía, y al exhibir la
moneda sonrió de un modo significativo y la examinó cuando estaba en
manos del _capataz_.
—Permítame usted que le ofrezca un aperitivo—dijo—. Ya sospechaba que
era usted de los nuestros, antes de oírle hablar con los _hamales_.
Señor, me llena de alegría ver a un caballero tan bien portado como
usted, que no tiene a menos hablar con sus hermanos pobres. Así lo
hago yo también no pocas veces, y que Dios borre mi nombre, que
es Salomón, si alguna vez los desprecio. No tengo pretensiones de
saber mucho árabe, pero le entendí a usted bastante bien y me gustó
en extremo lo que dijo. Debe usted de estar muy fuerte en _shillam
eidri_; pero me dejó usted parado cuando le preguntó al _hamál_ si
había leído la _Torah_; por supuesto, querría usted decir con los
_meforshim_; siendo tan pobre, no le creo bastante _becoresh_ para
leer la _Torah_ sin comentarios. Usted dirá si acierto: me parece que
usted ha de ser un judío de Salamanca; he oído que aún quedan por
allí algunas de nuestras familias antiguas. Y en Tudela, no lejos
de Salamanca, a lo que creo, ¿verdad? Un pariente mío vivió allí en
otros tiempos: era gran viajero, como usted, señor; recorrió todo el
mundo en busca de judíos, y estuvo hasta en la cima del Sinaí. ¿Puedo
hacer algo por usted en Gibraltar? ¿Algún encargo? Lo haré tan bien
y más de prisa que nadie. Me llamo Salomón. Soy bastante conocido en
Gibraltar, y en Crooked Friars, y en la Neuen Stein Steg de Hamburgo.
Pero sáqueme de una duda: creo que le he visto a usted otra vez en
la feria de Brema. ¿Habla usted alemán? Por supuesto, sí lo habla.
Permítame que le ofrezca unos aperitivos. Quisiera que por ser para
usted fuesen _mayin hayim_; no lo dude, señor, quisiera que fuesen
aguas vivas. Y ahora dígame su opinión acerca de este asunto (añadió
bajando la voz y golpeando el periódico). ¿No le parece a usted muy
fuerte cosa que un _Yudken_ haga traición a otro? Cuando pongo un
secretito en _beyad peluni_[24]—¿me entiende usted?—; cuando entrego
un pobre secreto mío a la custodia de un individuo, y ese individuo
es judío, _Yudken_, no quiero, ni espero, verme engañado. En una
palabra, ¿qué piensa usted de este robo de polvo de oro, y qué le
harán a esa infortunada gente que, según veo, está convicta?
[24] En manos de alguno. _Peluni_ es fulano en árabe. (Nota de
Burke.)
Aquel mismo día me puse a buscar los medios de trasladarme a Tánger,
pues aunque Gibraltar ofrece sumo interés al viajero observador, no
quería prolongar mi estancia en un lugar donde ningún asunto especial
me retenía. Por la tarde fué a verme un judío, natural de Berbería,
y me dijo que era secretario del patrón de una barca genovesa que
hacía el viaje entre Tánger y Gibraltar. Afirmó que el barco partiría
sin falta a la tarde siguiente para Tánger, y ajusté con él mi
pasaje. Dijo que como el viento soplaba de Levante, la travesía sería
muy rápida. Deseoso de aprovechar del mejor modo posible el corto
tiempo que esperaba permanecer aún en Gibraltar, resolví visitar las
excavaciones, que nunca había visto, al día siguiente por la mañana,
para lo cual pedí y obtuve con facilidad el permiso necesario.
A eso de las seis de la mañana del martes partí para esta expedición
acompañado de un muchacho judío, de rostro inteligente, que con su
hermano desempeñaba en la hostería el oficio de _valet de place_.
La mañana era obscura y brumosa, pero hacía algo de calor. Subimos
una calle en pendiente, y siguiendo en dirección al Este no tardamos
en llegar a las proximidades de lo que generalmente se conoce con el
nombre de Castillo Moro, vasta torre, tan maltratada por las balas
de cañón disparadas contra ella en el famoso asedio, que al presente
es poco más que una ruina. Centenares de boquetes redondos se ven
en sus muros, donde aún están incrustadas, a lo que se dice, las
balas. Allí, en una especie de choza, se unió a nosotros un sargento
de artillería, que iba a servirnos de guía. Después de saludarnos
nos llevó a una enorme roca, donde abrió la puerta de entrada a un
pasadizo abovedado y obscuro, que corría por debajo del peñasco, y
al salir del corredor nos encontramos en un escarpado sendero, o más
bien escalera, con muros a cada lado. Subimos muy despacio, porque
en tal lugar de nada hubiese servido apresurarse, como no fuese para
quedarnos sin aliento en un minuto. El soldado, perfecto conocedor
del terreno, avanzaba con paso uniforme, puestos los ojos en el suelo.
Miraba yo tanto a ese hombre como el insólito lugar donde a la sazón
nos hallábamos, y que a cada momento era más sorprendente. El guía
era un hermoso ejemplar del labrador transformado en soldado; el
Cuerpo a que pertenecía está compuesto, casi enteramente, de esa
clase. Hele ahí, con su mesurado andar, alto, fuerte, colorado,
de pelo castaño, inglés hasta la coronilla; contempladle en su
marcha, silencioso, grave y cortés: un soldado inglés auténtico.
Aprecio la obstinación del escocés; me gustan la osadía y el ímpetu
del irlandés; admiro todas las diversas razas que constituyen la
población de las Islas Británicas; pero he de decir que, en general,
los mejor dotados para desempeñar el duro oficio de soldado son los
hijos del campo de la vieja Inglaterra, tan fuertes, tan fríos;
pero, al propio tiempo, animados por tanto fuego oculto. Recórrase
la historia de Inglaterra, y se pondrá de manifiesto lo que son
capaces de hacer tales hombres; aun en los remotos y obscuros tiempos
de la batalla de Hastings, contra todas las desventajas posibles,
debilitados por un conflicto reciente y terrible, sin disciplina,
comparativamente hablando, e inferiores en armamento, estuvieron
a punto de vencer a la caballería normanda. Trazad sus hazañas
en Francia, dos veces subyugada; y seguidlos hasta España, donde
vibrando las ballestas y empuñando el hacha de armas, dejaron tras
sí un nombre glorioso en Inglés Mendi, nombre que ha de durar hasta
que el fuego consuma los montes cántabros. Y en los tiempos modernos,
seguid las hazañas de esos bravos por todo el mundo, especialmente
en Francia y España, y admiradlos, como yo admiré a aquel hombre,
tan grave, tan silencioso, tan marcial, que iba enseñándome las
maravillas de una montaña fortaleza enclavada en tierra extranjera,
arrancada por sus compatriotas más de un siglo antes a una nación
poderosa y altiva, y de la que era él a la sazón eficaz y fiel
guardián.
Llegamos al borde del estupendo precipicio que se alza abrupto
sobre el istmo llamado zona neutral y hace una vista pavorosa y
fatídica por la parte de España, e inmediatamente entramos en las
excavaciones. Consisten en galerías talladas en la roca viva, a unos
doce pies de distancia del borde exterior, detrás del cual recorren
toda la anchura de la montaña por aquel lado. En esas galerías, a
cortas distancias, hay boquetes abiertos por la mano del hombre,
donde está el cañón, sobre un limpio basamento de pedrezuelas de
pedernal, ligeramente elevado, cada uno con su pirámide de balas a un
lado, y al otro una caja donde se guardan los útiles que el artillero
necesita para ejercer su oficio. Cada cosa estaba en su sitio, en
hermosísimo orden inglés, todo dispuesto para desbaratar y dominar en
pocos momentos a toda hueste, por numerosa y soberbia que sea, que
por el lado de tierra aparezca marchando en son de guerra contra esa
singular fortaleza.
El sitio es poco variado, ya que una gruta se parece a otra, y un
cañón a otro. Los cañones no eran de gran calibre, por cierto; aquí
no se necesitan, pues un guijarro disparado desde tan gran altura
bastaría para dar la muerte. Sin embargo, al descender a una profunda
cueva, observé en una cavidad de importancia excepcional dos enormes
carronadas, asestadas con notable malicia y picardía contra una roca
en pendiente, que acaso, pero no sin dificultad tremenda, podía ser
escalada. El simple rebufo de aquellos gruesos cañones bastaba para
barrer a un millar de hombres. ¡Qué impresión de miedo y horror se ha
de despertar en el pecho del enemigo cuando esta montaña hueca, en
días de asedio, emite llamas, humo y truenos por un millar de bocas;
horror igual al que siente el campesino de las inmediaciones cuando
Mongibello[25] expele por todos sus orificios llamaradas sulfúreas!
[25] Nombre popular del Etna.
Al salir de las excavaciones visitamos algunas baterías. Pregunté al
sargento si, tanto él como sus compañeros, estaban diestros en el
uso de los cañones. Replicó que los cañones eran para ellos lo que
la escopeta para el cazador, que los manejaban con igual facilidad,
y, a su parecer, los apuntaban con mayor precisión, pues rara vez,
o nunca, marraban un blanco al alcance del tiro. El hombre aquél no
hablaba si no se le preguntaba, y sus respuestas estaban llenas de
buen sentido, y en general bien dichas. Terminada la excursión, que
duró lo menos dos horas, le hice un pequeño regalo y me despedí con
un cordial apretón de manos.
Por la tarde me preparaba para ir a bordo del barco destinado a
Tánger, confiando en lo que el judío secretario me había dicho
respecto de su salida. Pero habiéndole encontrado por casualidad
en la calle, me dijo que hasta la mañana siguiente no saldría,
aconsejándome al mismo tiempo que estuviese a bordo desde muy
temprano. Entonces vagué por las calles hasta que fué haciéndose de
noche, y al sentirme cansado me disponía a enderezar mis pasos hacia
la posada, cuando sentí que me tiraban suavemente de la ropa. Estaba
entre un golpe de gente reunida en torno de unos soldados irlandeses
que disputaban, y no hice caso; pero me dieron otro tirón más fuerte
que el anterior, y oí que me hablaban en un idioma que tenía medio
olvidado, y que casi no esperaba volver a oír jamás. Miré en torno
y vi junto a mí un individuo alto que me miraba a la cara, de hito
en hito, con ojos escrutadores y ansiosos. Tocábase con el _kauk_,
o gorro de pieles de Jerusalén; pendiente de los hombros, y casi
arrastrando por tierra, llevaba un ancho manto azul; mientras una
_kandrisa_, o calzones turcos, envolvían sus remos inferiores. Le
escudriñé con tanta atención como él me miraba a mí. Al pronto sus
facciones me parecieron totalmente desconocidas, y ya iba a exclamar:
«No le conozco a usted», cuando uno o dos rasgos me hirieron, y
grité, no sin cierta vacilación: «De seguro es Judas Lib.»
Hallábame en un vapor en el Báltico, el año 1834, si no me equivoco.
Lloviznaba, había mar gruesa, cuando observé que un joven, de unos
veintidós años, estaba recostado en melancólica actitud contra la
borda del barco. Por su rostro conocí que era de raza hebrea, no
obstante lo cual había en su aspecto algo muy singular, algo que
rara vez se encuentra en esa casta: un cierto aire de nobleza que
me interesó grandemente. Me acerqué a él, y a los pocos minutos
estábamos en animada conversación. Hablaba polaco y judeo-alemán,
indistintamente. La historia que me contó era extraordinaria en sumo
grado; pero rendí crédito a todas sus palabras, que salían de su boca
con tal acento de sinceridad que prevenía toda duda, y, sobre todo,
ningún motivo tenía para engañarme. Una idea, un objeto, le absorbía
enteramente.
—Mi padre—dijo con un modo de hablar que denotaba fuertemente su
raza—, natural de Galatia, era un judío de elevado rango, un sabio,
pues conocía el Zohar, y era también experto en medicina. Siendo yo
un niño de unos ocho años dejó Galatia, y tomando consigo a su mujer,
que era mi madre, y a mí, se puso en camino hacia Oriente, hasta
Jerusalén; allí se estableció de mercader, porque era versado en el
comercio y en las artes de ganar dinero. Los rabinos de Jerusalén le
respetaban mucho porque era polaco, y conocía mejor el Zohar y más
secretos que el más sabio de todos ellos. Hacía frecuentes viajes,
y estaba ausente unas semanas o unos meses; pero nunca más de seis
lunas. Mi padre me quería, y en los momentos de ocio me enseñó
parte de lo que sabía. Yo le ayudaba en el comercio; pero no me
llevó consigo en sus viajes. Teníamos una tienda en Jerusalén donde
vendíamos las mercancías de los nazarenos, y mi madre y yo, y hasta
una hermanita que había nacido poco después de nuestra llegada a
Jerusalén, ayudábamos a mi padre en su tráfico. Sucedió que en cierta
ocasión nos dijo que se iba de viaje, y nos abrazó y se despidió,
continuando nosotros en Jerusalén, después de su partida, al cuidado
de los negocios. Esperábamos su regreso; pero pasaron meses, hasta
seis, y no vino, y nos maravillamos; y pasaron más meses, otros seis,
y tampoco vino, ni nos llegaron noticias suyas, y nuestros corazones
se llenaron de tristeza y abatimiento. Cuando ya habían pasado dos
años le dije a mi madre: «Iré y buscaré a mi padre.» Y ella me dijo:
«Vé.» Dióme la bendición; besé a mi hermanita, y poniéndome en
camino llegué a Egipto, donde tuve nuevas de mi padre, pues alguien
me dijo que había estado allí y en qué tiempo, y que había pasado
después a tierra de turcos; de manera que proseguí también a tierra
de turcos, hasta Constantinopla. Y cuando llegué allá otra vez supe
de mi padre, pues era muy conocido entre los judíos, y me dijeron
el tiempo de su estancia allí, añadiendo que había especulado y
prosperado, y marchádose de Constantinopla; pero no sabían dónde.
Consideré el caso y me dije que quizás se hubiese ido al país de sus
padres, hasta la propia Galatia, a visitar a sus parientes; determiné
ir yo también allá, y allí fuí, y hallé a nuestros parientes, y me di
a conocer, y se alegraron mucho al verme; pero cuando les pregunté
por mi padre, movieron la cabeza y no supieron darme noticia alguna;
hubiera sido su gusto que me demorase con ellos, pero yo no quise,
porque el recuerdo de mi padre me trabajaba con fuerza y no podía
tener reposo. Partí, pues, para otras tierras; llegué a Rusia y me
interné mucho en este país, no menos que hasta Kazan, y a todos
cuantos topé, judíos, rusos o tártaros, les pregunté por mi padre;
pero ninguno le conocía ni había oído hablar de él. Volví sobre mis
pasos y aquí me ves; ahora me propongo recorrer Alemania y Francia,
más aún, el mundo entero, hasta que adquiera noticias de mi padre,
pues no puedo descansar hasta saber lo que ha sido de él; su imagen
arde en mi cerebro como fuego, igual que fuego del _jehinnim_[26].
[26] Infierno.
Tal era el individuo a quien a la sazón veía de nuevo, tras un lapso
de cinco años, en la calle de Gibraltar, entre las sombras del
crepúsculo.
—Sí—replicó—; soy Judá, apodado el _Lib_[27]. Tú no me conocías; pero
yo te conocí al punto. Te hubiese reconocido entre un millón, y no ha
pasado día, desde que nos conocimos, que no haya pensado en ti.
[27] Corazón.
Iba a responderle; pero me sacó de entre la multitud y me condujo a
una tienda donde, sentados en el suelo, seis o siete judíos cortaban
cuero; les dijo algo que no entendí, con lo que inclinaron la cabeza
y prosiguieron su tarea sin ocuparse de nosotros. Un individuo
singular nos había seguido hasta la puerta: era un hombre vestido con
traje europeo sumamente raído, pero con señales de haberlo cortado
un buen sastre. Podría tener cincuenta años; el rostro, muy ancho
y bronceado; las facciones, toscas, pero varoniles en extremo, y
aunque eran facciones de judío, no se reflejaba en ellas la astucia,
sino, al contrario, mucho candor y un natural excelente. Su talla era
superior a la estatura media, y tremendamente atlético; los brazos
y el tronco eran, a la letra, los de un Hércules aprisionado en un
sobretodo moderno; la parte inferior del rostro llevábala cubierta
por una frondosa barba que le llegaba a la mitad del pecho. Este
individuo permaneció en la puerta sin apartar los ojos de Judá ni de
mí.
La primera pregunta que le hice fué: ¿Ha tenido usted noticias de su
padre?—Sí tal—respondió—. Cuando nos separamos, proseguí mis viajes
por diversas tierras, y dondequiera que iba preguntaba por mi padre;
pero me respondían con un movimiento de cabeza, hasta que llegué a
tierra de Túnez; allí fuí a ver al rabino principal, y me dijo que
conocía muy bien a mi padre, y que había estado en el propio Túnez,
y me dijo en qué tiempo, y que desde allí se había ido a tierras de
Fez; me habló mucho de mi padre, de su saber, y mencionó el Zohar,
aquel obscuro libro que mi padre amaba tanto; y todavía me habló más
de las riquezas de mi padre y de sus especulaciones, en todas las
cuales parece que había prosperado. Partí, pues, y, metiéndome en
un barco, abordé la tierra de Berbería y llegué hasta Fez, y, una
vez allí, recogí muchas noticias de mi padre; pero eran noticias
peores quizás que la ignorancia. Porque los judíos me dijeron que
mi padre había estado allí y había especulado y prosperado, y que
desde allí se había ido a Tafilaltz, país natal del emperador, del
propio Muley Abderrahmán; y también allí había prosperado, y sus
riquezas en oro y plata eran muy grandes; y deseoso de ir a otra
ciudad no muy distante, contrató a ciertos moros, dos en número,
para que le acompañaran y le defendiesen a él y sus tesoros; y los
moros eran hombres muy fuertes, _makhasniah_, es decir, soldados,
e hicieron un pacto con mi padre y se estrecharon la mano derecha,
comprometiéndose, bajo juramento, a derramar su sangre en defensa de
la de mi padre. Alentado con esto, mi padre intrépidamente partió
en compañía de los moros, de aquellos dos falsos moros. Y cuando
llegaron a un lugar inhabitado, cayeron sobre mi padre y pudieron más
que él, y derramaron su sangre en el camino y le despojaron de cuanto
llevaba, de sus sedas y mercaderías, del oro y la plata ganados en
sus especulaciones, y se fueron a su aldea y allí se establecieron,
compraron casas y tierras, muy regocijados y triunfantes, y se hacían
un mérito de aquella muerte diciendo: «Hemos muerto a un infiel, a
un maldito judío»; estas cosas eran notorias en Fez. Y al oír tales
nuevas, mi corazón se entristeció, y lloré como un niño; pero el
fuego del _jehinnim_ dejó de arder en mi cerebro, porque ya sabía lo
que había sido de mi padre. Al cabo me alivié, y, discurriendo sobre
el caso, decía entre mí: «¿No sería cuerdo ir en busca del rey moro y
pedirle venganza por la muerte de mi padre, y que sus expoliadores
sean a su vez expoliados, y el tesoro, el propio tesoro de mi padre,
sea arrancado de sus manos y se me entregue a mí, que soy su hijo?»
En aquel tiempo el rey de los moros no estaba en Fez, estaba ausente
en sus guerras; y, levantándome, le seguí hasta Arbat[28], que es
puerto de mar, y cuando allí llegué no le encontré; pero su hijo sí
estaba, y dijéronme que hablar al hijo era como hablar al rey, al
propio Muley Abderrahmán; fuí, pues, a ver al hijo del rey, y me eché
a sus plantas y elevé mi voz, y le dije lo que tenía que decirle,
y me miró benignamente y dijo: «En verdad tu historia es lastimosa
y me entristece; y eso que pides yo lo otorgo, y la muerte de tu
padre será vengada y sus expoliadores expoliados; te escribiré una
carta de mi puño para el pachá, el propio pachá de Tafilaltz, y le
ordenaré que averigüe el caso, y esa carta tú mismo la llevarás para
entregársela.» Y al oír esas palabras, mi corazón se moría de miedo
dentro del pecho, y contesté: «No tal, señor; bien está que escribas
una carta al pachá, al propio pachá de Tafilaltz; pero esa carta yo
no la tomaré, ni iré a Tafilaltz, pues apenas llegase, y conocido
mi mandado, los moros se levantarían contra mí y me darían muerte,
o pública o secretamente, porque ¿no eran moros los asesinos de mi
padre? ¿Y soy yo algo más que un judío, aunque judío polaco?» Y con
rostro benigno, dijo: «En verdad, hablas cuerdamente; escribiré esa
carta, pero no la llevarás tú, la mandaré por otras manos; por tanto,
tranquiliza tu corazón y no dudes que, si la historia es cierta, la
muerte de tu padre será vengada, y el tesoro o su equivalente se
recobrará y te será entregado; dime, pues, ahora: ¿dónde piensas
vivir hasta entonces?» Y yo le dije: «Señor, iré al país de Suz, y
allí esperaré.» Y replicó: «Sea, y no tardarás en saber de mí.» Me
levanté, pues, y salí, y me fuí al país de Suz hasta Swirah, que
los nazarenos llaman Mogador, y allí, con turbado corazón, esperé
noticias del hijo del rey moro; pero las noticias no llegaron, y
nunca más desde tal día he vuelto a saber de él, y ya hace tres
años que estuve en su presencia. Y me establecí en Mogador, y me
casé con una dueña, de nuestra raza, y escribí a mi madre al propio
Jerusalén y me envió dinero, y con eso me dediqué al comercio, igual
que mi padre había hecho, y trafiqué; pero no tuve suerte en mis
especulaciones, y en poco tiempo lo perdí todo. Y ahora he venido
a Gibraltar a negociar por cuenta de otro, un mercader de Mogador;
pero no me gusta el empleo; me ha engañado; voy a volver, y en cuanto
consiga otra vez verme en presencia del hijo del rey moro, pediré
que el tesoro de mi padre sea arrancado a sus expoliadores y se me
entregue a mí, su hijo.»
[28] Rabat.
Escuché con mucha atención el singular relato de aquél hombre
singular, y cuando concluyó permanecí un rato largo sin proferir
palabra. Al cabo me preguntó qué me había llevado a Gibraltar.
Le dije que estaba allí simplemente de paso, camino de Tánger,
para donde esperaba salir embarcado a la mañana siguiente. A esto
observó que dentro de una o dos semanas contaba encontrarse allí
también y esperaba que nos veríamos, pues aún tenía mucho más que
decirme. «Acaso—añadió—pueda usted darme un consejo provechoso,
porque es usted una persona de experiencia, versada en los usos de
muchas naciones; y cuando le veo a usted el rostro, parece que el
cielo se abre para mí, porque creo ver el rostro de un amigo, el
de un hermano.» Entonces se despidió de mí, y se fué; aquel hombre
raro, tan bien barbado, que durante nuestra conversación aguardó
pacientemente en la puerta, le siguió. Noté que su expresión era
mucho menos violenta que en nuestro anterior encuentro; pero, al
propio tiempo, más melancólica, y tenía las facciones arrugadas como
las de un viejo, aunque no había pasado aún de la primera juventud.