La casa solitaria. — La Dehesa. — Juan Crisóstomo. — Manuel. — La
librería en Sevilla. — Dionisio y los curas. — Atenas y Roma. —
Proselitismo. — Embargo de Testamentos. — Salida de Sevilla.
Como ya he dicho, alquilé en Sevilla una casa vacía, con el propósito
de vivir en ella algunos meses. Ocupaba todo un lado de una plazuela
solitaria. Distribuída al modo andaluz, tan agradable, tenía un patio
pavimentado con pequeñas losas de mármol azules y blancas. En el
centro del patio había una fuente muy abundante en linfa cristalina,
y al caer desde una delgada columna al estanque octogonal, el agua
hacía un rumor que se oía desde todas las habitaciones. La casa era
vasta y espaciosa, de dos pisos, con piezas suficientes, por lo
menos, para diez veces el número de personas que en ella morábamos.
De ordinario pasaba el día en las habitaciones bajas, por ser muy
frescas. En una de ellas había una enorme pila de piedra, siempre
rebosante de agua de la fuente, en la que me sumergía todas las
mañanas. Tal fué la vivienda a que me retiré con Antonio y los
caballos, luego de proveerme de unos pocos utensilios caseros
indispensables.
Suerte mía fué poseer aquellos cuadrúpedos, ya que así tuve modo de
gozar en grandísima medida las bellezas de la campiña circundante.
Pocas cosas hay en la vida más deliciosas que un paseo a caballo,
en primavera o verano, por los alrededores de Sevilla. Mi excursión
favorita era en dirección de Jerez, por la vasta _Dehesa_, como la
llaman, que se extiende desde Sevilla hasta las puertas de aquella
ciudad, casi a cincuenta millas de distancia, sin un pueblo apenas
entremedias. El terreno es desigual y quebrado, en su mayor parte
cubierto de matorrales de la especie que llaman _carrasco_, entre
los que corre un camino de herradura, no fácil de discernir, trazado
principalmente por los _arrieros_, con sus largas recuas de mulas
y _borricos_. Allí, el aire embalsamado de la hermosa Andalucía se
respira en toda su pureza. Las flores y hierbas aromáticas que crecen
en abundancia, difunden en torno sus perfumes. Allí la tristeza y
la pesadumbre huyen del pecho como por magia, en tanto que los ojos
se extasían ante el panorama, iluminado por un sol esplendoroso,
sin igual, en cuya luz flotan las mariposas, pintadas de alegres
colores, y las _salamanquesas_, verdes y áureas, despatarradas en el
suelo, gozan del voluptuoso calor, o se lanzan a veces de un salto
velocísimo, con susto del viajero, a la madriguera más próxima, y
allí se le quedan mirando con sus ojillos agudos y brillantes. Es
imposible, repito, estar triste en tierras tales, y con razón los
antiguos griegos y romanos colocaron aquí sus Campos Elíseos. Son
bellísimas, aun en su desolación actual, porque la mano del hombre
no las cultiva desde el día funesto en que la expulsión de los moros
privó a Andalucía de los dos tercios, cuando menos, de su población.
Todas las tardes salía a caballo por la Dehesa, hasta perder de vista
las torres más altas de Sevilla. Entonces volvía, y, apretándole
las rodillas a _Sidi Habismilk_, mi caballo árabe, tomaba el veloz
animal, que jamás necesitó látigo ni espuela, el camino de Sevilla
con la rapidez de un torbellino, devorando la distancia en una
carrera loca; dejada atrás la Dehesa, se precipitaba por el paseo de
las Delicias, sombreado de olmos, y a poco el estruendo de sus cascos
resonaba bajo la bóveda del arco de la Puerta de Jerez; un momento
después, quedábase inmóvil como una piedra ante la puerta de mi casa
solitaria, en la silenciosa plazuela de la Pila Seca.
Son las ocho de la noche, y, de vuelta de la Dehesa, estoy en la
_sotea_ tomando el fresco. Juan Crisóstomo acaba de llegar del
trabajo. No le he hablado; pero oigo cómo, abajo en el patio, cuenta
a Antonio los progresos que ha hecho en los dos últimos días. Habla
un griego bárbaro, mechado con abundantes vocablos españoles;
colijo de sus palabras que ya ha vendido doce Testamentos entre sus
compañeros de trabajo. Oigo caer al suelo unas monedas de cobre, y
Antonio, que no tiene temple de verdadero cristiano, le reprocha que
no haya traído en plata el producto de la venta. Juan Crisóstomo pide
luego quince ejemplares más, porque la demanda aumenta, según dice,
y podrá sin dificultad venderlos en todo el día siguiente, mientras
atiende a sus ocupaciones. Antonio va en busca de los libros, y Juan
se queda solo junto a la fuente de mármol, cantando una canción
extraña, tal vez un himno de su amada iglesia griega. He ahí uno de
los ayudantes que el Señor me ha dado en mis trabajos evangélicos a
orillas del Guadalquivir.
Todo el tiempo que pasé en Sevilla viví muy retirado, gastando la
mayor parte del día en estudiar, o en ese semisoñoliento estado
de inactividad, resultado natural de los climas calurosos. El
carácter de la gente entre quien me hallaba no me inducía a buscar
su sociedad. Los andaluces de la clase alta son probablemente, en
términos generales, los seres más necios y vanos de la especie
humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en
el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene
igual en su bajeza, y su prodigalidad, en su avaricia. Las clases
bajas son un poquito mejores que las de posición elevada; verdad
es que no puede alabarse el nivel de su moralidad: son engañosos,
camorristas y vengativos; pero son en general más corteses y, con
toda seguridad, no más ignorantes.
A los andaluces, en general, los tienen en muy baja estimación
los demás españoles, y aun los de mejor posición tropiezan con
dificultades para ser admitidos en las tertulias respetables de
Madrid, donde si logran entrar, son invariablemente ridiculizados
por los gestos y ademanes absurdos en que se complacen, por su
inclinación a la jactancia, sus exageraciones, su curioso acento y la
manera incorrecta de pronunciar el castellano.
En una palabra: los andaluces, en todas las cualidades del carácter,
se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el país que
aquéllos habitan es superior en belleza y fertilidad a las demás
provincias de España.
Pero no vaya a creerse ni por un momento que mi intención es negar
que entre los andaluces haya individuos estimables y excelentes:
uno descubrí yo a quien sin vacilar proclamo como el carácter más
extraordinario que he conocido; pero no era un retoño de una familia
noble, ni «portador de suaves vestidos», ni personaje lustroso y
perfumado, ni uno de los _románticos_ que vagaban por las calles de
Sevilla adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras
que, en rizos exuberantes, les llegaban hasta los hombros, sino
uno de aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman
la hez del populacho; un hombre miserable, sin casa, sin dinero,
harapiento, destrozado. Aludo a Manuel, a quien no sé por qué oficio
nombrar: si vendedor de billetes de lotería, o auriga del carro de
los muertos, o poeta laureado en poesía gitana. Maravilla será que
aún estés vivo, amigo Manuel; tú, de condición natural tan noble,
honrado, de corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas todavía por
los patios de la bella _Safacoro_[17], o por la margen del _Len
Baro_[18], con la mirada perdida en el espacio y esforzándote por
recordar alguna copla de Luis Lobo medio olvidada? ¿O descansas ya,
fuera de la _Puerta de Jerez_, en el _Camposanto_, adonde en tiempo
de epidemia acostumbrabas llevar a tantos, así gitanos como gentiles,
en tu carro de tintineante campanilla? Muchas veces en las _réunions_
de los sabios y escritores de este país de tantas letras, harto de
sus alardes de pedantería y egotismo, he recordado gustoso nuestros
recitados de poesías gitanas en la casona de Pila Seca. Muchas veces,
asqueado ante las ostentosas profesiones de fe de los que pasean la
cruz en doradas carrozas, te he recordado a ti y tu fe tranquila,
sin pretensiones; tu paciencia en la miseria, tu fortaleza en la
adversidad. Y cuántas veces, al meditar en la muerte, que con rapidez
se aproxima, he deseado poder reunirme contigo otra vez, y que tus
manos ayuden a llevarme al campo de los muertos, allá en la soleada
planicie, ¡oh Manuel!
[17] Nombre gitano de Sevilla.
[18] Idem íd. del Guadalquivir.
Mi visitante más asiduo era Dionisio, que por raro caso dejaba de
ir a verme alguna tarde: el pobre hombre iba en busca de simpatía y
conversación. Es difícil concebir situación más desamparada y aislada
que la de aquel griego en Sevilla, sin un amigo apenas, pendiente,
para subsistir, de la mísera pitanza que podía producirle la venta de
unos pocos libros, ofrecidos en su mayoría de puerta en puerta.
—¿Qué pudo inducirle a usted en un principio a dedicarse a vender
libros en Sevilla?—le pregunté cuando, cierta tarde calurosa, llegó,
sofocado y cansado, con un paquete de libros atado con una correa.
DIONISIO.—A falta de empleo mejor, _Kyrie_, adopté este oficio, que
está muy despreciado y no da para vivir. Cuántas veces he lamentado
que no me enseñasen a zapatero, o no haber aprendido, de mozo,
cualquier oficio manual útil; ahora lo hubiese seguido muy contento.
Eso me hubiera procurado, al menos, el respeto de mis semejantes,
pues me necesitarían; mientras que ahora todos me huyen y me miran
con desprecio. Vendo una mercancía que aquí no le importa a nadie.
¡Libros en Sevilla, donde nadie lee, como no sean novelas nuevas,
traducidas del francés, y obscenidades! ¡Libros! ¡Ojalá fuese gitano,
que entonces, vendiendo burros, sería al menos independiente y más
respetado que ahora!
YO.—¿En qué género de libros comercia usted principalmente?
DIONISIO.—En el menos adecuado al mercado de Sevilla, _Kyrie_: en
libros de valor substancial, fundamentales; muchos en griego viejo,
adquiridos por mí al disolverse los conventos, cuando los fondos
de sus bibliotecas, arrojados a los patios, se vendían a tanto la
_arroba_. Al principio creí hacer fortuna, y, en realidad, con esos
libros la hubiera hecho en cualquier otra parte; pero aquí he llegado
a ofrecer por medio duro un Elzevir, en vano. Si no fuera por los
forasteros, que me compran algo, me moriría de hambre.
YO.—Pero en Sevilla hay una gran catedral con muchos curas y
canónigos; de seguro irán a verle a usted algunos para comprar obras
clásicas y libros de literatura eclesiástica.
DIONISIO.—Si cree usted eso, _Kyrie_, conoce usted mal a los
eclesiásticos de Sevilla. Yo trato a muchos y puedo asegurarle
que es difícil encontrar una caterva de gentes con más declarada
aversión a los trabajos intelectuales de toda especie. No leen más
que periódicos, y los toman sólo por la esperanza de saber que su
amigo don Carlos está ya reinstalado en Madrid; pero prefieren
el chocolate y los bizcochos y dormir la siesta antes de comer a
toda la filosofía de Platón y a la elocuencia de Tulio. Algunas
veces van a mi casa, pero sólo para matar una hora de aburrimiento
charlando de cosas sin sustancia. Una vez fueron a verme tres de
ellos con la esperanza de convertirme a la superstición latina.
«_Signor Donatio_ (así me llamaban), ¿cómo usted, persona tan
libre de prejuicios, y con ciertas pretensiones de saber, sigue
aferrado a una religión tan absurda? Tras de residir tantos años
en una tierra civilizada, como esta de España, harto tiempo es ya
de que abandone usted su culto medio pagano e ingrese en el seno
de la Iglesia. Siga nuestro consejo y no le irá mal.» «Gracias,
señores—repliqué—, por el interés que mi felicidad les inspira; yo
no me niego a razones: discutamos el asunto. ¿Cuáles son los puntos
de mi religión que a ustedes les parecen mal? Porque claro es que
ustedes conocerán perfectamente nuestros dogmas y ceremonias.» «Nada
sabemos de su religión de usted, _signor Donatio_, salvo que es muy
absurda, y, por tanto, está usted obligado, ya que es hombre bien
instruído y sin prejuicios, a renunciar a ella.» «Pero, señores,
si no conocen ustedes mi religión, ¿cómo la llaman absurda? No es
propio de personas imparciales despreciar lo que se desconoce.»
«Pero, _signor Donatio_, la religión de usted no es la Católica,
Apostólica, Romana, ¿verdad?» «Podría serlo, señores, juzgando por
lo que ustedes saben de ella; para que se enteren, les diré que no;
mi religión es la Apostólica Griega. No la llamo católica por ser
absurdo llamar católico a lo que no está admitido universalmente.»
«Pero, _signor Donatio_, ello mismo lo dice: ¿qué va a entender de
religión una cuadrilla de griegos bárbaros e ignorantes? Si niegan la
autoridad de Roma, ¿dónde van a buscar ideas religiosas razonables?
¿De dónde les va a venir el Evangelio?» «¿El Evangelio? Señores,
permítanme que les enseñe un libro: aquí está. ¿Qué opinan ustedes?»
«_Signor Donatio_, ¿qué significa esto? ¿Qué son esos diabólicos
caracteres? ¿Son moriscos? ¿Quién es capaz de entenderlos?» «Supongo
que siendo ustedes sacerdotes de la Iglesia romana sabrán algo de
latín; pues si examinan la portada del libro leerán en la lengua
de su Iglesia: Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, en
su original griego», del cual la Vulgata es una mera traducción,
y no muy correcta por cierto. Respecto a la barbarie de Grecia,
ignoran ustedes, al parecer, que hubo una ciudad, llamada Atenas,
famosísima, siglos antes de que a la primera choza de Roma le
pusieran su techo de bálago y de que los vagabundos que primero la
poblaron se hubieran escapado de manos de la justicia.» «_Signor
Donatio_, es usted un hereje ignorante y, además, un insolente.
¡Qué desatinos son esos!...» Pero no quiero cansarle los oídos,
_Kyrie_, con los absurdos que los pobres _papas_[19] latinos me
dispararon; su estribillo era: ¡qué disparates son esos!, muy
aplicable, por cierto, a lo que ellos decían. Viendo que no podían
conmigo en la controversia religiosa, denigraron a mi país con
rabia: «España es mejor país que Grecia»—dijo uno. «Antes de venir
a España no había usted probado el pan»—exclamó otro. «Y bien poco
desde entonces»—pensaba yo. «Nunca había usted visto una ciudad como
Sevilla»—añadió el tercero. Pero entonces comenzó lo más divertido de
la comedia; mis visitantes eran naturales de tres puntos diferentes:
uno era de Sevilla, otro de Utrera, y el tercero de Miguelturra,
pueblo miserable de la Mancha. Al oír mentar a Sevilla, empezaron
los otros dos a cantar las alabanzas de sus cunas respectivas;
surgieron las comparaciones, y el resultado fué una disputa
violenta. Rociáronse de ultrajes; mientras, yo me mantuve apartado,
encogiéndome de hombros, y decía _tipotas_[20]. Al fin, cuando se
marchaban, dije: «¿Quién hubiese creído, señores, que la polémica de
las iglesias latina y griega estaba tan estrechamente relacionada con
los méritos comparativos de Sevilla, Utrera y Miguelturra?»
[19] En griego, sacerdotes.
[20] Nada.
YO.—¿Hay aquí gran espíritu de proselitismo? ¿Qué clase de gente se
convierte?
DIONISIO.—Le diré a usted, _Kyrie_: la generalidad de los conversos
se compone de protestantes alemanes o ingleses, aventureros, que
vienen a establecerse aquí, y al cabo del tiempo se casan con
españolas, para lo cual es necesario el previo ingreso en la
Iglesia latina. Unos pocos son judíos vagabundos de Gibraltar o de
Tánger, delincuentes huídos a España, y que renuncian a su fe para
no morir de inanición. Pero a tan ilustre gente hay que pagarla, y
los curas se encargan de buscarles _padrinos_, generalmente entre
las devotas ricas sometidas a su influencia, que tienen a gloria y
por acto meritorio cooperar en la reconquista de almas perdidas
para la Iglesia. El neófito se deja convencer mediante la promesa
de una _peseta_ diaria, que los padrinos pagan de ordinario durante
el primer año; pero rara vez más tiempo. Hace unos cuarenta años,
sin embargo, lograron una conversión más notable. En Marruecos se
encendió una guerra civil por las opuestas pretensiones de dos
hermanos al Trono. Vencido uno de ellos, huyó a España, implorando
la protección de Carlos IV. Pronto le dedicaron los curas atención
especial, que no anduvieron tardos en convertirle, y consiguieron que
el rey le señalase una pensión de un duro diario. De allí a pocos
años murió en Sevilla hecho un vago, despreciado de todos. Dejó un
hijo, hoy notario, muy devoto exteriormente. Pero es el hipócrita y
_picarón_ más grande que existe. Quisiera que le viera usted la cara,
_Kyrie_: es la de Judas Iscariote. Tal sería también, creo yo, la
opinión de usted, que es fisonomista. Vive en la puerta inmediata a
la mía, y a pesar de su religiosidad ostentosa, le dejan vivir en la
mayor pobreza.
Y nada más por ahora acerca de Dionisio.
A mediados de julio, nuestros trabajos en Sevilla llegaron a término
por la muy eficaz razón de que ya no tenía más Testamentos que
vender; desde mi llegada se habían puesto en circulación algo más de
doscientos.
Unos diez días antes de esa fecha me visitaron varios _alguaciles_
acompañados de una especie de alcalde de barrio, y se apoderaron de
unos pocos Testamentos y Evangelios en gitano que por casualidad
encontraron esparcidos por el suelo. La visita no me desagradó, ni
mucho menos, porque era prueba satisfactoria del efecto de nuestros
trabajos en Sevilla.
No puedo por menos de referir aquí un sucedido: Uno o dos días
después del secuestro fuí a casa del alcalde de barrio con motivo de
mi pasaporte, y le encontré echado en la cama, por ser la hora de
_siesta_, leyendo con atención uno de los Testamentos que se llevó
de mi casa, todos los cuales, si hubiera obedecido las órdenes que
tenía, debió haber depositado en el Gobierno civil. Tan absorto
estaba en la lectura, que al pronto no se dió cuenta de mi llegada;
cuando la advirtió, saltó de la cama muy confuso y guardó el libro
en su bufete; yo, sonriendo, le dije que se tranquilizara, pues me
alegraba verle ocupado en cosa de tan gran provecho. Ya más sereno,
manifestó que había leído casi todo el libro, sin hallar nada malo en
él; por el contrario, todo le parecía digno de loa. Añadió que los
curas debían de estar _endemoniados_ para perseguirlo con tal saña.
Hicieron el embargo en domingo, y me encontraron leyendo la liturgia.
Uno de los _alguaciles_ hizo notar al marcharse el diferente modo
que protestantes y católicos tenían de guardar las fiestas: los
primeros, en sus casas leyendo buenos libros; los segundos, en los
toros, mirando cómo las fieras arrancan las entrañas ensangrentadas a
los pobres caballos. La plaza de toros de Sevilla es la más hermosa
de España, y todos los domingos (único día en que se abre) se llena
invariablemente de una multitud entusiasta.
Comencé ya los preparativos para ausentarme de Sevilla por unos meses
con destino a la costa de Berbería. Antonio, que no quiso salir de
España, donde estaban su mujer y sus hijos, se volvió a Madrid muy
contento con una buena gratificación que le di. Como me proponía
volver aún a Sevilla, dejé la casa y los caballos al cuidado de un
amigo de confianza, y me marché. En los capítulos siguientes se verán
las razones que tuve para visitar Berbería.