Noche en el Guadalquivir. — La luz del Evangelio. — Bonanza. — La
playa de Sanlúcar. — Panorama andaluz. — Historia de una caja. —
_Cosas de los ingleses._ — Los dos gitanos. — El cochero. — El
gorro de dormir encarnado. — El vapor. — El idioma cristiano.
En la noche del 31 de julio salí de Sevilla para mi expedición a
bordo de uno de los vapores que navegaban por el Guadalquivir entre
Sevilla y Cádiz. Llevaba el propósito de detenerme en Sanlúcar para
recobrar la caja de Testamentos retenida allí en secuestro, mientras
llegaba la ocasión oportuna de sacarlos fuera del reino de España.
Destinaba yo esos Testamentos a ser repartidos entre los cristianos
que esperaba encontrar en las costas de Berbería. Sanlúcar dista
unas quince leguas de Sevilla, y se halla a la entrada de la bahía
de Cádiz, donde el Guadalquivir junta sus aguas amarillas con las
ondas saladas. El vapor desatracó del muelle a eso de las nueve y
media, entre el vocerío con que los de a bordo y los que se quedaban
en tierra se despedían de sus amigos. En ese tumulto me pareció
oír las voces de algunos amigos míos que me habían acompañado al
muelle, y al instante me puse a gritar con más fuerza que nadie. La
noche era muy obscura; tanto, que apenas distinguíamos los árboles
que pueblan el borde oriental del río hasta la primera revuelta.
Durante todo aquel día había reinado en Sevilla un _calmazo_; es
decir, un tiempo excesivamente bochornoso, sin el más leve soplo de
aire que lo animase. La noche fué también pesada y sofocante. Como
yo había hecho con frecuencia el viaje del Guadalquivir, remontando
y descendiendo el famoso río, no sentí la inquietud y curiosidad
que la gente experimenta al hallarse, sea con luz o a obscuras, en
paraje extraño, y como no conocía a ninguno de los pasajeros que
charlaban sobre cubierta, pensé que lo mejor sería retirarme a la
cámara y descansar un poco, a ser posible. La cámara estaba desierta
y regularmente fresca, con todas las ventanas de las dos bandas
abiertas para que corriese el aire. Tendido en un diván me dormí
pronto, y así estuve dos horas, hasta que las furiosas picaduras de
mil chinches me despertaron, obligándome a salir a cubierta, donde me
dormí otra vez arropado con mi abrigo. Me desperté al rayar el día;
estábamos a unas dos leguas de Sanlúcar. Me puse en pie y miré al
Oriente, observando los progresos graduales del amanecer: primero un
débil fulgor, luego unas bandas de claridad, después un arrebol, un
rayo brillante, y por fin el disco de oro de ese orbe que cada día
emerge del inmenso abismo; al instante, el vasto panorama fulguró
con claros resplandores; la tierra reía, chispeaban las aguas, los
pájaros trinaban, y los hombres levantábanse regocijados, porque era
un nuevo día, y el sol, en la misión que le dió su Creador, comenzaba
a difundir la luz y el contento, ahuyentando la pesadumbre y las
tinieblas.
Ved el sol matinal
cual inunda su claridad la tierra,
su camino triunfal
de vida y luz se llenan.
El Evangelio alumbra
con luz aun más divina,
saca a los pecadores de sus tumbas
y da a los ciegos vista.
Nos detuvimos frente a Bonanza, que es, hablando propiamente, el
puerto de Sanlúcar, aunque dista de este pueblo media legua. Llámase
Bonanza en razón de su buen surgidero, al abrigo de las borrascas del
Océano. Consiste en varios edificios espaciosos, blancos, casi todos
almacenes del Gobierno, y lo habitan carabineros, aduaneros y unos
pocos pescadores. Un bote vino a recoger los pasajeros para Sanlúcar
y trajo a bordo media docena de personas que iban a Cádiz; yo me fuí
con aquéllos. Un joven español, de talla diminuta, me hizo en francés
algunas preguntas acerca de lo que me parecían el paisaje y el clima
de Andalucía. Díjele que los admiraba mucho, lo que, evidentemente,
le causó gran placer. El botero llegó entonces pidiendo dos _reales_
por llevarme a la costa; no llevaba yo dinero suelto, y le ofrecí
un duro para que cambiase. Dijo que le era imposible; le pregunté
qué haríamos, y groseramente me contestó que no lo sabía, pero que
no estaba para perder tiempo y quería cobrar en el acto. El joven
español, al observar mi apuro, sacó dos _reales_ y pagó al hombre. Le
di las gracias de todo corazón por tal rasgo de cortesía, y muy de
veras se lo agradecí, pues hay pocas situaciones tan desagradables
como encontrarse en un grupo de gente que no tiene cambio, y verse
acosado al mismo tiempo para el pago. Una persona algo depravada me
decía una vez que es preferible carecer de dinero en absoluto, pues
en tal caso ya sabe uno lo que ha de hacer. Más tarde encontré en
Cádiz al joven español y le pagué, dándole gracias otra vez.
Cerca del desembarcadero esperaban unos cuantos cabriolés, dispuestos
a llevarnos a Sanlúcar. Tomé uno, y echamos a andar lentamente por
la playa. El sitio es famoso en las novelas antiguas españolas, del
género llamado picaresco, o sea las consagradas a las aventuras
de pícaros notorios; el modelo de todas, así como de las del mismo
género en cualquier otro idioma, es _Lazarillo de Tormes_. El
propio Cervantes inmortalizó esta playa en la más divertida de sus
novelas cortas, _La ilustre fregona_. En una palabra, la playa de
Sanlúcar era en los tiempos antiguos, si no en los modernos, punto
de cita de rufianes, _contrabandistas_ y vagabundos de toda laya,
que allí anidaban en míseras chozas, hoy desaparecidas. El mismo
Sanlúcar siempre fué notado por la inclinación de sus habitantes—los
peores de Andalucía—al robo. Aquel ventero del _Quijote_, tan
pícaro, perfeccionó su educación en Sanlúcar. Todos estos recuerdos
se agolpaban en mi espíritu según íbamos recorriendo la playa,
dorada por el sol de Andalucía, que todo lo hermosea. Llegamos
al fin a ponernos próximamente frente a Sanlúcar, que se alza a
cierta distancia de la ribera. Allí se nos ofreció un espectáculo
muy animado: una multitud de mujeres, vistiéndose o desnudándose,
pululaba en la orilla, mientras (calculando con prudencia) centenares
de ellas jugaban y retozaban en el agua. Algunas estaban tendidas
cuan largas eran al borde mismo de la playa, en un lecho de arena
y pedrezuelas, dejando que las minúsculas olas les pasaran sobre
el cuerpo; otras nadaban valientemente mar adentro. Había una
confusa batahola de gritos, chillidos y agudas risas femeninas;
oíase también algunas canciones, cuyo asunto es fácil de adivinar,
pues estábamos en la soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni
de qué hablar o cantar sus ojinegras hijas más que de _amor, amor_,
que entonces resonaba en la tierra y en las aguas? Prosiguiendo
a lo largo de la playa, vimos también una multitud de hombres
bañándose; no pasamos junto a ellos, pues torcimos a la izquierda
y remontamos un paseo o avenida que conduce a Sanlúcar, como de un
cuarto de milla de longitud. La vista desde allí era, en verdad,
magnífica: ante nosotros yacía la ciudad, en la falda y en la cúspide
de una colina de regular altura, extendiéndose de Este a Oeste; la
población me pareció bastante grande; supe después que contaba lo
menos veinte mil habitantes. Varios inmensos edificios y murallas la
dominaban, de tanta grandeza que difícilmente puede describirse con
palabras; pero lo principal era un castillo antiguo, situado hacia
la izquierda. Las casas eran blancas del todo, y hubieran brillado
esplendorosas de haber estado más alto el sol, pero en hora tan
temprana yacían en relativa sombra. El _tout ensemble_ era oriental
y morisco en extremo; de hecho, Sanlúcar fué antaño una famosa
fortaleza de los moros, y después de Almería, la plaza comercial
más frecuentada de España. En estas partes de Andalucía todo tiene
un carácter enteramente oriental. Ved los cielos, tan despejados
y de azul tan brillante como el de la India; el candente sol, que
en un momento curte las más blancas mejillas, y llena el aire de
llameantes ráfagas; y ved el paisaje y los productos vegetales. A
cada lado del paseo por donde íbamos había una hilera de esa mata
o árbol, no sé cómo llamarlo, que en español se conoce por _pita_
y en marroquí por _gursean_. Alcanza aquí desarrollo casi tan
majestuoso como en la costa de Africa. Del cogollo de verdes hojas,
que en todas direcciones brotan desde la raíz, se alza un tallo tan
alto, ¿necesitaré decirlo?, como una palmera; ¿y necesitaré decir
que las hojas, de extraordinario espesor en la base, son en el cabo
más agudas que la punta de una lanza, y que infligirían una herida
terrible a cualquier animal que por inadvertencia se arrojase contra
ellas?
La _posada_ donde paramos está a la entrada de Sanlúcar. Daba frente,
con algunas casas más, al paseo por donde habíamos ido. Como aún
era muy temprano, me fuí a descansar unas horas, y después visité
al vicecónsul británico, Mr. Phillipi, quien ya me conocía de
nombre, pues me había recomendado a él, por carta, un pariente suyo
de Sevilla. Mr. Phillipi estaba en su escritorio, y me recibió con
gran amabilidad y cortesía. Le expliqué el motivo de mi visita a
Sanlúcar, y solicité su ayuda para rescatar los libros depositados
en la Aduana y poder sacarlos del reino, pues bien conocía yo las
dificultades que encuentran cuantos han de tratar algún asunto con
las autoridades españolas. El vicecónsul me aseguró que tendría gran
placer en serme útil, y, en consecuencia, envió conmigo a la Aduana a
su primer oficial, persona muy conocida y respetada en Sanlúcar.
Lo mejor será contar aquí de una vez lo relativo a esos libros, para
no entorpecer más adelante la narración. Consistían en un cajón de
Testamentos en español y una caja pequeña de Evangelios de San Lucas,
en el lenguaje de los _gitanos_ españoles. Los retiré de la Aduana
de Sanlúcar, con una guía para la de Cádiz. En Cádiz estuve ocupado
dos días, y otros tantos una persona que tomé a mi servicio, en
cumplir todos los requisitos y procurarme los papeles necesarios. El
gasto fué grande, pues a cada paso me pedían dinero, si bien yo no
hacía más que cumplir sencillamente la orden del Gobierno español de
sacar de España los libros prohibidos. Esta farsa no concluyó hasta
mi llegada a Gibraltar, donde pagué un duro al cónsul español por
certificar al dorso de la guía, antes de devolverla a Cádiz, como
era mi obligación, que los libros habían llegado a aquella plaza. No
vió los libros, es cierto, ni preguntó por ellos; pero se guardó el
dinero, objeto único, por lo visto, de sus ansias.
En la Aduana de Sanlúcar me hicieron dos o tres preguntas respecto de
los libros contenidos en las cajas; y eso me dió ocasión de hablar
del Nuevo Testamento y de la Sociedad Bíblica. Mis palabras llamaron
la atención, y al instante todos los oficiales y dependientes de la
casa, grandes y chicos, desde el administrador hasta el portero,
se congregaron en torno mío. Como hubo que abrir las cajas para
inspeccionar su contenido, salimos todos al patio, y allí, tomando
en la mano un Testamento, reanudé mi discurso. No sé a punto fijo lo
que dije; pues al recapacitar de qué modo se perseguía la palabra de
Dios en tan desventurado reino, me emocioné mucho y me dejé llevar
de mis sentimientos. Mis palabras causaron impresión, evidentemente;
con gran asombro mío, cada uno de los presentes me pidió un ejemplar.
Vendí unos cuantos dentro de la misma Aduana. Lo que más llamaba
la atención era el Evangelio en gitano, y lo examinaron con mucho
detenimiento, entre sonrisas y exclamaciones de sorpresa, diciendo
de vez en cuando: _Cosas de los ingleses_. Uno de los presentes
me preguntó si sabía hablar el lenguaje _gitano_. Respondí que no
sólo hablarlo, pero escribirlo, y en el acto hice un discurso de
unos cinco minutos en la lengua de los gitanos, y apenas concluí,
todos aplaudieron y exclamaron: _¡Cosas de Inglaterra! ¡Cosas de
los ingleses!_ Vendí algunos ejemplares del Evangelio en gitano,
y terminado el asunto que me llevó a la Aduana, me despedí de mis
nuevos amigos y me fuí con mis libros.
Volví a casa de Mr. Phillipi, quien, al conocer mi intención de
proseguir el viaje a Cádiz en el vapor de la mañana siguiente, que
tocaría en Bonanza a las cuatro, envió a este pueblo mis cajas y
mi ligero equipaje, aconsejándome que fuese yo también a dormir
allí para poder embarcar en hora tan temprana. Me presentó después
a su mujer, que era inglesa, y a su hija, muchacha de unos diez y
ocho años, amable y linda, a quien ya había visto en Sevilla; había
allí de visita otros tres o cuatro señores, que habían ido desde
Sevilla a tomar baños de mar. La señora de la casa y yo cambiamos
unas pocas palabras en inglés, y luego empezamos todos a charlar en
español, único idioma que, al parecer, entendían o apreciaban los
demás presentes; en verdad, sería poco razonable esperar que los
españoles hablen un idioma distinto del suyo, pues tan armonioso
y flexible como es (mucho más, a mi juicio, que ningún otro), se
antoja, en ocasiones, del todo insuficiente para expresar los
arranques impetuosos de su exuberante imaginación. Dos horas volaron
rápidamente en coloquios, interrumpidos de vez en cuando por la
música y el canto, hasta que me despedí de tan deleitosa compañía, y
me fuí a curiosear por la ciudad.
Era ya más de medio día, y el calor en extremo fuerte; apenas vi
alma viviente por las calles; las piedras del pavimento me quemaban
los pies a través de las suelas de las botas. Crucé la plaza de la
Constitución, que nada de particular ofrece a los ojos del viajero,
y remonté la colina para ver el castillo desde más cerca. Es un
edificio de piedra, fuerte y pesado, con cubos, y en regular estado
de conservación, a pesar de hallarse abandonado.
Me cansé de mirar, y ya desandaba el camino, cuando me abordaron
dos gitanos, que se habían enterado de mi llegada. Cambiamos unas
palabras en _gitano_, pero conocían muy mal el dialecto y eran
incapaces de sostener una conversación en él. Clamaban por un
_gabicote_, o libro en lengua gitana. Se lo negué, diciendo que no
sacarían de él provecho alguno; pero en vista de que sabían leer,
les prometí sendos Testamentos en español. Con desdén rechazaron
la oferta, diciendo que no se curaban de nada escrito en la lengua
de los _Busné_ o gentiles. Insistieron en su demanda, a la que por
fin me sometí, no pudiendo resistir sus importunaciones; así que me
acompañaron a la posada y recibieron lo que con tanto ardor deseaban.
Por la tarde me visitó Mr. Phillipi; me dijo que por encargo suyo
un cabriolé iría a buscarme a la posada al ser las once para
llevarme a Bonanza, y allí, un individuo, dueño de una tabernucha,
a quien de antemano se habían remitido mis cajas y otros bártulos,
me alojaría por aquella noche, si bien tendría probablemente que
dormir en el suelo. Fuímos después de paseo a la playa, donde había
muchos bañistas, todos varones. Algunos eran muy buenos nadadores,
en particular dos, que se habían metido muy adentro en el abra del
Guadalquivir, una milla cuando menos. Al decirme que eran frailes, me
pregunté asombrado en qué época de su vida habrían podido adquirir
tanta destreza en la natación. Supuse que no sería en los tiempos
en que, conforme a sus votos, sólo podían vivir para la oración, el
ayuno y las mortificaciones. La natación es un ejercicio muy bueno,
pero en manera alguna encaminado a la mortificación de la carne
ni del espíritu. Al anochecer volvimos a la ciudad, y mi amigo se
despidió de mí con mucho cariño. Me retiré después a mi aposento, y
pasé unas horas en meditación.
Se hizo de noche; dieron las diez, las once; el cabriolé se detuvo
a la puerta. Monté, y echamos paseo abajo y luego a lo largo de
la playa, desierta. Las olas resonaban tristemente; todo parecía
cambiado desde por la mañana. Hasta me pareció que las pisadas de
los caballos sonaban de distinto modo al avanzar al trote corto por
la arena compacta y húmeda. Pero el cochero no estaba triste, ni
mucho menos, ni con ganas de permanecer callado mucho tiempo: no
tardó en empezar a hacerme una infinidad de preguntas respecto de mi
procedencia y de mi destino. Le respondí lo que me pareció oportuno,
y, en cambio, le pregunté si no le daba miedo pasar con el coche a
tales horas por un sitio de tan mala fama como aquella playa. Oído
esto, miró en torno, y al no ver a nadie, soltó una exclamación
burlona, y dijo que un hombre con tales patillas como las suyas
no se asustaba de todos los ladrones de la playa juntos, y que ni
doce hombres de Sanlúcar se atreverían a dar el alto a un viajero
sabiendo que iba bajo su protección. Era un buen ejemplar de andaluz
fanfarrón. A poco percibimos el débil fulgor de una o dos luces
delante de nosotros: eran las de unas lanchas y otros barquichuelos
embarrancados en la arena, debajo y muy cerca de Bonanza; entre los
barcos percibí la obscura silueta de dos o tres hombres. Estábamos
al final del viaje y nos detuvimos ante la puerta de la casa donde
había de albergarme por aquella noche. Se apeó el cochero y llamó
fuerte un buen rato, hasta que un hombre, como de sesenta años, de
extraordinaria corpulencia, abrió la puerta; llevaba en la mano una
luz mortecina, e iba vestido con una camisa de rayas, sucia, y gorro
de dormir encarnado. Sin proferir palabra nos dejó entrar en una
pieza muy vasta, con piso de tierra. A un lado, cerca de la puerta,
se alzaba una especie de mostrador; detrás, un par de barriles, y en
anaqueles, contra la pared, frascos de diversos tamaños. Había un
olor muy fuerte a vino y licores. Arreglé la cuenta con el cochero
y le di una propina; luego me pidió para echar un trago a mi salud.
Díjele que pidiera lo que quisiese, y pidió una copa de aguardiente,
que el amo de la casa, plantado detrás del mostrador, le sirvió sin
pronunciar palabra. El cochero se la echó al coleto de un trago, pero
hizo una porción de muecas después de beberla, y, tosiendo, dijo
que sin duda alguna el aguardiente era bueno, porque le abrasaba el
gaznate de un modo terrible. Luego me abrazó, salió de la casa y,
montando en el cabriolé, fuése.
El viejo del gorro colorado se acercó entonces muy despacio a la
puerta, echó el cerrojo y la atrancó; después, empujó dos bancos
y los juntó, señalándomelos con el gesto, como para notificarme
que allí tenía la cama; sopló la luz y se retiró al fondo de la
habitación, donde le oí tumbarse con muchos suspiros y resoplidos.
No quedó más luz que la de una cazuelilla de barro puesta en el
suelo, llena de agua y aceite, donde flotaba un pedacito de cartón
con un pábilo encendido en el centro: esta lámpara tan sencilla se
llama _mariposa_. Puse mi saco de noche sobre el banco, a modo de
almohada, y me eché; me hubiese dormido en el acto, a no ser porque
el del gorro colorado empezó a roncar de modo pavoroso; esto me hizo
recordar que aún no me había encomendado a mi Amigo y Redentor: hice,
pues, mis oraciones, y luego me sumí en el descanso.
Más de una vez durante la noche me despertaron los gatos, y creo
que también las ratas, al saltar sobre mi cuerpo. Al despertar la
última vez, me levanté y, acercándome a la mariposa, consulté el
reloj: eran las tres y media de la mañana. Abrí la puerta y salí a
mirar; entraron unos pescadores pidiendo el aguardiente; el viejo
se levantó en seguida a servirlos. Uno de aquellos hombres me dijo
que si pensaba marcharme en el vapor, debía mandar cuanto antes mis
equipajes al embarcadero, porque había sentido el ruido del barco
que venía río abajo. Expedí los bultos y pregunté al del gorro
colorado cuánto debía. _Un real_, respondió; tales fueron las dos
únicas palabras que oí de su boca; en verdad, era hombre apegado al
silencio, y acaso a la filosofía, poco cultivados en Andalucía. Me
fuí presuroso al embarcadero. Aún no había llegado el vapor, pero el
fragor de su marcha por el río oíase cada vez más cerca. La niebla
cubría la faz tenebrosa de las aguas, y sentí cierto pavor al oír
aproximarse al invisible monstruo rugiendo en el silencio de la
noche. Al fin estuvo a la vista, se adelantó revolviendo el agua, se
detuvo, y a poco me encontré a bordo. Era el _Península_, el mejor
barco del Guadalquivir.
¡Qué prodigiosa obra de la industria humana es el barco de vapor! Sin
embargo, ¿cómo llamarla prodigiosa si se toma en consideración su
historia? Han pasado más de quinientos años desde que surgió por vez
primera la idea de construirlo, y sólo a fines del siglo pasado se
logró por completo el intento, surcando las aguas de un río escocés
el primer vapor digno de tal nombre. Durante ese largo período de
tiempo, inteligencias perspicaces y hábiles manos se empleaban de
vez en vez en el intento de corregir aquellas imperfecciones de la
maquinaria que eran el único obstáculo que se oponía a que el barco
fuese su propio propulsor contra las olas y el viento. Esos intentos,
abandonados unos tras otros, perdida la esperanza, no fueron por
completo estériles: cada inventor dejaba tras de sí alguna nueva
mejora, fruto de sus trabajos, y sus continuadores la aprovechaban,
hasta que sólo faltó encontrar dos o tres ideas felices, y un
artilugio más perfecto. Llegaron los tiempos, y, por fin, ahora
surcan el mismo Atlántico arrogantes vapores. Mucho se ha ponderado,
en mi opinión con justicia, la utilidad del vapor para difundir
por doquiera la civilización. Cuando los primeros barcos de vapor
aparecieron en el Guadalquivir hará unos diez años, los sevillanos
corrieron a las orillas del río, gritando ¡brujería! ¡brujería!, idea
robustecida por el hecho de ser inglesa la Compañía, y de llevar los
barcos, construídos en Inglaterra, maquinistas ingleses, como todavía
los llevan; porque no se encontró ningún español capaz de entender
la maquinaria. Sin embargo, no tardaron en habituarse a los vapores,
que van generalmente abarrotados de pasajeros. Fanáticos y vanidosos
como son todavía, y apegados con pasión a sus costumbres antiguas,
los sevillanos saben que, en un caso al menos, puede venir algo bueno
de tierra extranjera, y de herejes por añadidura; sus prejuicios
inveterados han sufrido un rudo golpe, y es de esperar que éste sea
el alborear de su civilización.
Mientras surcábamos la bahía de Cádiz, iba yo reclinado en uno de
los bancos de la cubierta, cuando acertó a pasar el capitán en
compañía de otro hombre; se detuvieron cerca de mí, y oí al capitán
preguntarle al otro cuántas lenguas sabía hablar. «Una tan sólo»,
replicó. «Esa única—dijo el capitán—es, claro está, el cristiano»,
nombre que los españoles dan a su propio idioma, para contraponerlo a
todos los demás. «Ese individuo—continuó el capitán—que va echado en
el banco, habla también el cristiano, cuando le conviene; pero habla
además otros que no son el cristiano, ni mucho menos: sabe hablar
inglés, y le he oído charlotear _gitano_ con los de Triana; ahora va
a tierra de moros, y si fuese usted allí, le oiría hablar con ellos
en su jerigonza con tanta facilidad como en _cristiano_, y aún mejor,
porque él tampoco es cristiano. Le he tenido ya muchas veces a bordo,
pero el sujeto me gusta poco, porque lleva consigo una cosa nada
buena.» Tan digna persona me había estrechado la mano a mi llegada a
bordo, diciéndome lo mucho que le contentaba verme de nuevo.