CAPÍTULO XLVIII

Proyecto de viaje. — Una escena sangrienta. — El fraile. —

Sevilla. — Bellezas de Sevilla. — Naranjos y flores. — Murillo. —

El Angel de la guarda. — Dionysius. — Mis coadyuvantes. — Demanda

de Biblias.

A mediados de abril llevaba ya vendidos tantos Testamentos como,

a mi parecer, podían colocarse en Madrid; retiré, pues, mi gente,

porque temía saturar el mercado, y desacreditar el libro haciéndolo

demasiado común. Me quedaba sólo un millar de ejemplares de la

edición que saqué dos años antes; en cuanto a la Biblia, todos los

ejemplares se habían vendido; la demanda era mucha todavía, pero no

me fué posible atenderla.

Resolví marcharme a Sevilla y llevar los ejemplares del Testamento

que me quedaban, porque allí se había hecho muy poca propaganda.

Pronto estuvieron terminados mis preparativos. Los caminos estaban

entonces peligrosísimos, razón por la que pensé incorporarme a un

convoy próximo a partir para Andalucía. Pero dos días antes de

ponerse en camino, comprendí que el número de personas dispuestas

como yo a utilizar el convoy sería probablemente muy grande; pensé en

la lentitud de ese modo de viajar, y recordando además los insultos

que los paisanos tenían que soportar con frecuencia de los soldados

y subalternos, resolví aventurarme a hacer el viaje en el coche

correo. Llevé a cabo mi determinación. Antonio, a quien conservé

a mi servicio, y los dos caballos, se fueron con el convoy, y yo

salí pocos días después con el correo. Hicimos todo el viaje sin

el menor accidente: una vez más me acompañó mi prodigiosa buena

suerte. Con razón la llamo prodigiosa, pues iba recorriendo la

madriguera de un león; toda la Mancha, con excepción de unos pocos

lugares fortificados, estaba una vez más en manos de Palillos y de

sus forajidos, quienes, cuando lo tenían a bien, detenían el correo,

quemaban el coche y las cartas, asesinaban a la mezquina escolta,

y si por casualidad iba algún viajero, se lo llevaban al monte,

poniéndole luego en la alternativa de rescatarse por un precio enorme

o de pegarle cuatro tiros en la cabeza, como dicen los españoles.

La parte alta de Andalucía caía rápidamente en tan mala situación

como la Mancha. La última vez que había pasado el correo, seis

ladrones a caballo le atacaron en el desfiladero del Rumblar; la

escolta se componía de otros tantos soldados; pero los ladrones se

lanzaron de súbito al galope desde detrás de una _venta_ solitaria,

los cogieron de sorpresa, porque los cascos de los caballos no

hacían ruido en el suelo arenoso, y los arrojaron al suelo. Los

soldados, menos dos que se escaparon por entre las peñas, fueron

desarmados en el acto y atados a los olivos. Allí los escarnecieron

y atormentaron los ladrones, o más bien asesinos, porque a la media

hora los fusilaron; al cabo le volaron la cabeza de un trabucazo.

Entonces los ladrones quemaron el coche, pegando fuego a las cartas

con la mecha de encender los cigarros. Al correo le salvó la vida uno

de la cuadrilla, que había sido en otro tiempo postillón suyo; pero

le robaron, dejándole desnudo. El infeliz, al pasar de nuevo por el

lugar de la carnicería, lloraba, y, aunque español, maldecía a España

y a los españoles, diciendo que pensaba irse muy pronto a Morería,

confesar a Mahoma y seguir la ley de los moros, porque cualesquiera

país y religión eran mejores que los suyos. Nos indicó el árbol

donde había muerto el cabo; a pesar de lo mucho que había llovido,

el suelo estaba todo alrededor saturado de sangre; un perro roía un

pedazo del cráneo de aquel desventurado. Hizo con nosotros todo el

viaje desde Madrid a Sevilla un fraile misionero que iba a las islas

Filipinas, _para conquistar_, tales eran sus palabras, supongo que

quería decir para predicar a los indios. Durante el viaje entero dió

muestras de un miedo abyecto; tan impresionado iba, que se puso a la

muerte y tuvimos que detenernos dos veces en el camino y tenderlo

entre los verdes trigos. Decía que si los facciosos le echaban mano,

era clérigo muerto, pues tras de hacerle decir una misa, le volarían

con pólvora. Había sido, según me dijo, profesor de Filosofía en un

convento de Madrid, me parece que el de Santo Tomás, antes de que

los suprimieran; pero estaba en la mayor ignorancia respecto de las

Escrituras, confundiéndolas con las obras de Virgilio.

Paramos en Manzanares, como de costumbre; era la mañana de un

domingo, y la plaza estaba llena de gente. Me reconocieron al

momento, y veinte pares de piernas salieron corriendo en el acto

en busca de la profetisa, que no tardó en presentarse en la casa

donde habíamos entrado a almorzar. Nos saludamos con gran efusión,

y luego, en su latín, fué dándome cuenta de todo lo sucedido en el

pueblo desde mi última visita, y oí las atrocidades cometidas por

los facciosos en las cercanías. La convidé a almorzar y la presenté

al fraile, a quien se dirigió en estos términos: _Anne Domine

Reverendissime facis adhuc sacrificium?_ El fraile no la entendió, y,

encendido en cólera, la anatematizó por bruja y la mandó marcharse.

La ciega no se desconcertó, y se puso a cantar en versos castellanos

improvisados las alabanzas de los frailes y de los conventos. Al

marcharnos le di una _peseta_, con lo que rompió en llanto y me

suplicó que no dejase de escribir si llegaba en salvo a Sevilla.

Llegamos a Sevilla sin novedad, y me despedí del fraile, diciéndole

que esperaba encontrarle de nuevo en Filipinas. Como pensaba quedarme

en Sevilla unos meses, decidí alquilar una casa, para vivir con más

independencia y economía que en la _posada_. No tardé en encontrar

una que por todos conceptos me convenía. Estaba en la plazuela de

la Pila Seca, barrio apartado, en las inmediaciones de la catedral,

y a corta distancia de la Puerta de Jerez. Pocos días después llegó

Antonio con los caballos y me instalé en mi casa.

Una vez más me encontraba en la hermosa Sevilla, con tiempo y

comodidad bastantes para gozar de sus encantos y de sus deliciosos

alrededores. Por desgracia, al tiempo que llegué y durante la

quincena siguiente el cielo de Andalucía, tan radiante de ordinario,

se cubrió de negras nubes que descargaron chaparrones tremendos,

tales como muy pocos sevillanos recordaban haberlos visto nunca.

El temporal causó no pocos daños en la campiña, y el Guadalquivir,

que durante la estación lluviosa es un río muy rápido e impetuoso, se

salió de madre y amenazó con una inundación. Es verdad que a ratos

escampaba, y el sol, manifestándose en su tabernáculo de nubes,

animaba todas las cosas con sus rayos de oro e incitaba a la mariposa

a salir de su madeja, y al lagarto, de la cavidad del árbol; yo me

aprovechaba sin falta de esas claras para dar un rápido paseo.

¡Oh, cuán placentero es, sobre todo al venir la primavera, vagar por

las márgenes del Guadalquivir! No lejos de la ciudad, río abajo,

hay un parque llamado _Las Delicias_. Fórmanlo árboles de varias

especies, pero los álamos y olivos predominan. Largos senderos

umbríos lo atraviesan. Ese parque es el paseo favorito de los

sevillanos; en él se congrega en ocasiones cuanta belleza y bizarría

encierra la ciudad. Allí las ojinegras damas andaluzas se pasean con

el gracioso prendido de las _mantillas_ de encaje; allí los jinetes

andaluces galopan en sus corceles de sangre mora, de luenga cola

y espesa crin. Cuando el sol se pone, el panorama que ofrece la

ciudad, mirada desde ese sitio, es de inefable hermosura. A lo lejos

se yergue la corpulenta Torre del Oro, empleada ahora como aduana,

principal defensa de la ciudad en tiempo de los moros. Se alza al

borde del río, como gigante centinela, y es el primer edificio que

atrae la mirada del viajero cuando remonta el río hacia Sevilla.

En la otra margen, frente a la Torre, se halla el hermoso convento

de agustinos, gala del barrio de Triana, y entre ambos edificios

fluye el Guadalquivir, en cuyas ondas se mecen las naves de Cataluña

y Valencia. Más lejos se ve el puente de barcas que atraviesa el

cauce. El principal objeto del panorama es, con todo, la Torre del

Oro, donde los rayos del sol poniente parecen concentrarse como en

un foco, de modo que semeja fabricada de oro puro, y es probable que

a tal circunstancia deba su nombre. Yerto, yerto debe de estar el

corazón que permanezca insensible ante ese paisaje mágico, al que

apenas podría hacer justicia el pincel de Claudio mismo. ¡Cuántas

veces he vertido lágrimas de arrobamiento al contemplarlo, y

escuchado a los mirlos y ruiseñores modular en la arboleda sus cantos

melodiosos, y respirado las brisas cargadas con el aroma de los

naranjales de Sevilla!

«Kennst du das Land wo die Citronen blühen?»

El interior de Sevilla no corresponde en casi nada al exterior. Las

calles son angostas, mal pavimentadas, llenas de suciedad y mendigos.

Las casas, construídas casi todas conforme el patrón moro, tienen en

el centro un _patio_ cuadrangular, donde una fuente de mármol surte

de continuo agua cristalina. En la estación del calor, los patios se

cubren con un toldo, bajo el cual pasa la familia la mayor parte del

día.

Muchas casas, y sobre todo las de los ricos, tienen en el patio

arbustos, naranjos, toda clase de flores, y a veces una pajarera

pequeña, de suerte que no es concebible mayor delicia que la de

tenderse allí a la sombra, oyendo el canto de los pájaros y el rumor

de la fuente.

Nada tan interesante para el viajero que vaga por Sevilla como

atisbar los patios desde la calle, a través de las verjas. Muchas

veces me paraba a contemplarlos, y otras tantas lamentaba que mi

destino no me permitiera vivir en tal edén el resto de mis días.

Ya he hablado en otra ocasión de la catedral de Sevilla; pero con

brevedad y a la ligera. Es quizás la catedral más suntuosa de España,

y aunque de estructura no tan regular como las de Toledo y Burgos, es

mucho más digna de admiración considerada en conjunto. No es posible

recorrer sus largas naves y alzar la vista a la techumbre, sostenida

por columnas colosales y decorada con suntuosidad, sin sentirse

sobrecogido de sagrado pavor y de profundo asombro. Cierto que el

interior, como el de la generalidad de las catedrales españolas, es

un poco obscuro y triste; pero nada pierde con eso; al contrario,

aumenta la grandiosidad del efecto. Nuestra Señora de París es un

edificio hermoso; pero a quien ha visto las catedrales españolas,

y en particular la de Sevilla, se le antoja casi mezquino y sin

importancia, y más parecido a una casa consistorial que a un templo

del Eterno. La catedral de París está desprovista en absoluto de la

solemne obscuridad y sombría pompa, tan intensas en la de Sevilla,

con lo que le falta el requisito más importante de una catedral.

Los cuadros que adornan la mayoría de las capillas son de los mejores

de la escuela española; entre ellos destacan muchas de las obras

maestras de Murillo, hijo de Sevilla. De todos los cuadros de este

hombre extraordinario, el que más impresión me ha hecho siempre es

uno de los menos famosos. Aludo al _Angel de la Guarda_, cuadrito

colocado al fondo de la iglesia, mirando a la nave principal. El

ángel, empuñando con la diestra una espada flamígera, guía al niño,

que es, a juicio mío, la creación más prodigiosa de Murillo. La

figura es como de un niño de cinco años, y la expresión del rostro,

completamente infantil; pero su andar es el de un conquistador, el

de un Dios, el del Creador del Universo, y el globo terrenal parece

temblar bajo tanta majestad.

Al culto de la catedral asisten muchos fieles, en especial cuando

hay sermón. Los sermones son improvisados; hay algunos muy

edificantes, fieles a las Escrituras. He oído muchos con gusto,

aunque me sorprendía bastante observar que cuando los predicadores

citaban la Biblia, tomaban las citas, casi invariablemente, de los

libros apócrifos. Ante los principales altares no faltan, por lo

general, fieles, en su mayoría mujeres, animados muchos de ellos de

ardentísima devoción.

Antes de salir de Madrid me había forjado la ilusión de encontrar

pocas dificultades para la difusión del Evangelio en Andalucía, al

menos por cierto tiempo, ya que el campo de operaciones era nuevo,

y mi persona y mis propósitos, menos conocidos y temidos que en

Castilla la Nueva. Pero resultó que el Gobierno de Madrid había

cumplido su amenaza y enviado por toda España la orden de secuestrar

los libros dondequiera que se hallasen. Los Testamentos llegados

de Madrid embargáronlos en la aduana, adonde se llevan todas las

mercancías, aunque procedan del interior, para la exacción de un

impuesto. Gracias a los manejos de Antonio recuperé una de las cajas,

mientras la otra fué enviada a Sanlúcar, para expedirla fuera del

reino tan pronto como se me presentara oportunidad de hacerlo.

No me dejé desanimar por este ligero _contretemps_, aunque sentí

de corazón la pérdida de los libros embargados, pues ya no podría

repartirlos por aquella región, donde hacían tanta falta; pero me

consolé pensando que aún me quedaban unos cientos de ejemplares, cuya

distribución podía dar, placiendo a Dios, muy santos frutos.

Tardé algún tiempo en empezar los trabajos, porque me hallaba en

terreno desconocido y no sabía qué camino tomar. No contaba con

más ayuda que la del pobre Antonio, tan ignorante del lugar como

yo. La Providencia, empero, no tardó en enviarme un colaborador,

en forma bastante singular. Estaba yo en el patio de la Posada de

la Reina, adonde solía ir a comer algunas veces, cuando entró un

hombre de talla gigantesca, vestido de un modo extraño. Excitada mi

curiosidad, pregunté al posadero quién era el desconocido. Díjome

que un extranjero, griego a su parecer, que había vivido mucho

tiempo en Sevilla. Oído esto, me fuí a él y le abordé en griego,

pues aunque lo hablo muy mal, puedo darme a entender en ese idioma.

Me contestó en la misma lengua, y halagado por el interés que un

extranjero como yo demostraba por su nación, no tardó en contarme

su propia historia. Llamábase, según me dijo, Dionysius, natural de

Cefalonia; educado para hacerse de iglesia, abandonó esa carrera, mal

avenida con su temperamento, para seguir la profesión de navegante,

por la que había sentido temprana inclinación. Tras muchas aventuras

y alternativas de la fortuna, naufragó en las costas de España, y

avergonzándose de volver pobre a su país, se quedó en la Península,

y residió principalmente en Sevilla, donde ahora sostenía un modesto

comercio de libros. Era de la religión griega, y muy apegado a

ella; y en descubriendo luego que yo era protestante, manifestó su

aborrecimiento sin límites por el sistema papista, y aun por sus

secuaces en general, a quienes llamaba latinos, achacándoles la ruina

de Grecia, vendida por ellos al Turco.

En el acto se me ocurrió que aquel individuo podía prestarme

excelente ayuda en la obra que me había llevado a Sevilla, o sea

la propagación del Evangelio eterno; por tanto, tras algo más de

conversación, en la que mostró una instrucción muy sólida, me

franqueé con él. Adoptó mis planes con mucho calor, y en adelante no

tuve motivo para lamentar mi confianza, pues el griego repartió gran

copia de Nuevos Testamentos, y aún acertó a enviar cierto número de

ejemplares a dos ciudades pequeñas a alguna distancia de Sevilla.

También me ayudó en la propagación del Evangelio un profesor de

música, ya viejo, muy etiquetero y estirado, pero con excelentes

cualidades. Este venerable individuo me trajo, no más que a los tres

días de conocernos, el precio de seis Testamentos y de un Evangelio

en gitano, vendidos por él soportando el candente sol andaluz. ¿Qué

motivo le impulsaba? Uno muy cristiano. Decía que sus infortunados

compatriotas, entregados a la sazón a la matanza y al saqueo

recíprocos, se corregirían probablemente leyendo el Evangelio, sin

que en ningún caso pudiera seguírseles de su lectura daño alguno.

Añadía que si muchos hombres han reformado su vida merced a las

Escrituras, nadie se ha vuelto todavía ladrón o asesino por leerlas.

Pero mi agente más extraordinario fué uno que en ocasiones empleé

para repartir el Evangelio entre las clases bajas. Si llego a tener

mayor cantidad de libros a mi disposición, hubiera podido sacar gran

partido de los servicios de aquel individuo; pero como el repuesto

disminuía con rapidez y no tenía esperanzas de renovarlo, me mostraba

casi avaro de los pocos libros que me quedaban. El agente era un

albañil griego, llamado Juan Crisóstomo, que me presentó Dionisio.

Nacido en Morea, llevaba más de veinticinco años en España, de suerte

que había casi olvidado su lengua natal. Con todo, tenía tal apego a

su patria, que cuanto no fuese griego le parecía malo y en extremo

bárbaro. Carecía de toda instrucción; pero su fuerza de carácter y

cierta ruda elocuencia que poseía le granjearon tan gran ascendiente

en el ánimo de las clases trabajadoras de Sevilla, que aceptaban

casi todo lo que les decía, no obstante chocar a cada paso con sus

prejuicios. De tal modo, que, a pesar de su condición de extranjero,

hubiera podido ser en cualquier momento el Masaniello de Sevilla. No

he conocido criatura más honrada, y pronto comprendí que, empleándolo

a mi servicio, no obstante sus rarezas, podía tener plena seguridad

de que sus actos no desdecirían del libro que vendía.

Continuamente estaban pidiéndome Biblias, que no podíamos servir.

Los Testamentos gozaban, en comparación, de poca estima. Por este

tiempo descubrí un hecho que me hubiera sido muy útil conocer tres

años antes; pero viviendo se aprende. Me refiero a la inconveniencia

de imprimir Testamentos, y _sólo_ Testamentos, para los países

católicos. La razón es clara: el católico, sin hábito de leer la

Escritura, encuentra mil cosas ininteligibles en el Nuevo Testamento,

cuyo fundamento es el Antiguo. «La Escritura da testimonio de mí»,

podría decirse con razón en este punto. Se me dirá que en Inglaterra

hay gran demanda de Nuevos Testamentos, impresos por separado, y

prestan infinita utilidad; pero Inglaterra, gracias sean dadas al

Señor, no es un país papista; y de que un labrador inglés pueda leer

el Testamento con buen fruto no se sigue que los campesinos españoles

e italianos gocen de igual ventaja, porque encontrarán muchas cosas

obscuras, que no lo son para aquél, versado en la historia bíblica

desde la niñez. Confieso, no obstante, que en mi campaña del verano

anterior no hubiera podido hacer con la Biblia lo que la Providencia

me permitió realizar con los Testamentos, porque la primera es

demasiado voluminosa para andar con ella por el campo.

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 24 / 35 题