CAPÍTULO XLVII

Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una

nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El

bastón de mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en

Inglaterra. — La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero.

Proseguimos la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario,

hasta mediados de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver

si era posible hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por

tanto, en aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano.

Al paso nos detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas

al Oeste de Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano

a las aldeas circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La

Providencia, que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable

en nuestras expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo

a terminarlas de repente, porque en todos los lugares donde poníamos

a la venta los escritos sagrados eran en el acto embargados por

personas que, al parecer, estaban en acecho; eventos que me obligaron

a variar el propósito de ir a Talavera y a regresar sin dilación a

Madrid.

Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra campaña

al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante el Gobierno,

quien envió inmediatamente órdenes a los _alcaldes_ de los pueblos,

grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que secuestrasen los

Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero amonestándoles, al

mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado en no detener ni

maltratar a la persona o personas que intentasen venderlos. Una

puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes, y se exhortaba

a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a tener mucho

cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque, como el

documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana siguiente

en otro distante del primero veinte leguas.

Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de sorpresa.

Resolví, con todo, variar de campo de acción y no exponer los libros

sagrados a un secuestro a cada paso que diera para difundirlos. En

mis últimas tentativas consagré mi atención exclusivamente a los

pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le era muy fácil al

Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades

locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible

burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se

esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la

muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con

relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y

ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido

precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan.

Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho

personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas

eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por

todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis

esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero

se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de

seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que

se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en

el Señor.

Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde residen

los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es, en efecto,

la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser un lugar

favorito de los paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de

San Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo

mismo puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones,

cada habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas,

adquirió un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese

barrio; es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en

muchos casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión

de la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre

de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era

ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa

a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil

trescientos Testamentos por lo menos.

Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en

rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda

de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar

abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en

encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de

veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas

Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués

de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos

y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por recomendación,

cosa rara, del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos

en la propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la

calle sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que

le parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente

fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente

adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a

su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres.

Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de costumbre,

sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo sueño unas

horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la puerta del

cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar en el cuarto

a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus facciones,

notables por su calma y placidez habituales, parecían un tanto

alteradas.

—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa?

—_Señor_—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—, es

cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere

verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en

la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara,

que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo

el aire de un duende y me ha asustado. Ya sabe usted que yo no soy

miedosa, _don Jorge_; pero confieso que cada vez que veo a uno de

esos malvados polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado

bien y sé de lo que son capaces.

—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea

_alguacil_ o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo

de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a

esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de

mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada.

La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras

a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y

un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un

hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por

debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy

encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que,

por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda

sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de

un hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía

yo preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí

se detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir

una sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta

entonces tuvo oculta bajo la capa, y me apuntó al rostro con una

especie de bastoncillo con remate de metal, como si fuese a empezar

un exorcismo. Pareció que iba a hablar; pero las palabras, si quiso

decir alguna, fueron ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto

se le escapó, tan violento, que la patrona se echó para atrás,

exclamando: «_¡Ave María purísima!_», y a poco deja caer la luz con

el susto.

—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si

tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos.

No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso.

—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que

me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno

y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho

de mi señor el _corregidor_ de esta villa de Madrid, para que con

la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien

decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que

sus delitos, leves o enormes, merezcan. _Tenez, compère_—añadió en

perverso francés—, _voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous

dire_.

En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la

cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto

y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida.

Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas

del _corregidor_. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya

cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino

otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En

aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la

mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía

considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di

mi nombre me llevaron a presencia del _corregidor_, personaje de unos

cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando

entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino

hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse

los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme

temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia

madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las

patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo:

—_Escuchad_: tengo que hacerle a usted una pregunta.

—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a tomarme

la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para que a un

hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media noche unos

_duendes_ con el requerimiento de presentarse en una oficina pública

como si fuese un delincuente?

—No dice usted la verdad—exclamó el _corregidor_—. La persona que fué

a requerirle a usted no es un _duende_, sino uno de los empleados más

antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media

noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y

como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos

diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que

usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad.

—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo mismo

que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las doce

menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero lo

parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa,

como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de

muecas horribles, de estornudos y aspavientos.

EL CORREGIDOR.—Es usted un... ¡No sé lo que iba a decir! ¿Ignora

usted que puedo mandarle a la cárcel?

YO.—Tiene usted veinte _alguaciles_ que acudirán a la primera

señal, y, por tanto, es claro que puede usted prenderme, como hizo

su antecesor, que casi perdió el puesto por eso; pero usted sabe

perfectamente que no tiene derecho para hacerlo, porque no estoy

bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán general. Si he

obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha curiosidad de

saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa. En cuanto a

lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con mi pleno

consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra en

Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el

vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la

cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se

puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que

mucho corretea encuentra hueso».

EL CORREGIDOR.—Ese lenguaje no es propio de un caballero. ¿Olvida

usted dónde está y con quién habla? ¿Es este un lugar adecuado para

hablar de gitanos y de ladrones?

YO.—No conozco, a la verdad, otro más a propósito, no siendo la

cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y ansío saber para qué me

han llamado, si por delitos leves o enormes, como decía el emisario.

Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado _corregidor_ las

noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja de

Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada por las

autoridades locales, y después de retenerla allí unos días la

devolvieron a Madrid consignada al _corregidor_. Estando la caja en

las mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció,

y en el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi

almacén después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al

suceso, que no me habló de él. Pero el pobre _corregidor_ estaba

convencido de que todo ello era una profunda maquinación para robarle

y burlarnos de él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética,

y pateaba el suelo, exclamando:

—_¡Qué picardía! ¡Qué infamia!_

—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y de

imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado.

Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que

se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones

convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la

caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran

en el acto, aunque era mía propia.

—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que se

pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener

disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una

partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros.

Me miró un instante como si dudase de mi sinceridad, y luego,

tirándose otra vez de las patillas, me atacó en otro terreno:

—_Pero ¡qué infamia, qué picardía!_ Venir a España a cambiar la

religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen a

Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido allí?

—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban

hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los

cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora

quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y

se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren

volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos;

el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se

reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las

ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma.

Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los libros,

el _corregidor_ se dió por satisfecho y repentinamente se mostró por

demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que dejaba por

completo a mi resolución lo de devolver los libros o no.

—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi

opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países

la tolerancia religiosa plena, y dejar que cada sistema religioso

perezca o se sostenga según sus propios méritos.

Tales fueron las últimas palabras del _corregidor_ de Madrid, que no

sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se

fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y

me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó

terminado.

Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma

religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos

hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con

dificultad los hubiese creído.

El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de

Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio

los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de

sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en

Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz. Creo

modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las expensas

causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el Evangelio en

España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto que a mí me

recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos pasados.

Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese obligado

a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría sin murmurar,

lleno el corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a

mí, vaso inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que

durante dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del

interior de España.

Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino, me

cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos permitió

llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una edición

copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el centro mismo

de España, a despecho de la oposición y del clamor furibundo de un

clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz; y germinaba

el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o temprano

llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos frutos de

bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido en aquellas

partes de España era el de Martín Lutero, a quien en general se le

consideraba como un demonio, primo hermano de Belial y Beelzebub,

que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y predicado

blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular, se hablaba

de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas señales de

respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano, personas que

con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los escritos

del gran doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún

vivo.

No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres

relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de

Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia,

con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor

fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco.

El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar

los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio

en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con

traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con

tino.

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 23 / 35 题