Término de nuestros trabajos rurales. — Alarma del clero. — Una
nueva tentativa. — Triunfo en Madrid. — Duende o alguacil. — El
bastón de mando. — El corregidor. — Una explicación. — El Papa en
Inglaterra. — La exposición del Evangelio. — Obras de Lutero.
Proseguimos la tarea de repartir las Escrituras, con éxito vario,
hasta mediados de marzo, en que resolví marcharme a Talavera para ver
si era posible hacer algo en esa ciudad y sus cercanías. Salí, por
tanto, en aquella dirección acompañado de Antonio y de Victoriano.
Al paso nos detuvimos en Navalcarnero, pueblo grande, a cinco leguas
al Oeste de Madrid, donde permanecí tres días, enviando a Victoriano
a las aldeas circunyacentes con pequeñas partidas de Testamentos. La
Providencia, que hasta entonces nos favoreció por modo tan notable
en nuestras expediciones rurales, nos retiró su apoyo, y nos redujo
a terminarlas de repente, porque en todos los lugares donde poníamos
a la venta los escritos sagrados eran en el acto embargados por
personas que, al parecer, estaban en acecho; eventos que me obligaron
a variar el propósito de ir a Talavera y a regresar sin dilación a
Madrid.
Supe posteriormente que, alarmado el alto clero por nuestra campaña
al otro lado de Madrid, presentó una queja en forma ante el Gobierno,
quien envió inmediatamente órdenes a los _alcaldes_ de los pueblos,
grandes y chicos, de Castilla la Nueva, para que secuestrasen los
Testamentos en cuanto salieran a la venta; pero amonestándoles, al
mismo tiempo, para que pusieran el mayor cuidado en no detener ni
maltratar a la persona o personas que intentasen venderlos. Una
puntual reseña de mi persona acompañaba a las órdenes, y se exhortaba
a las autoridades, lo mismo civiles que militares, a tener mucho
cuidado conmigo y con mis mañas y maquinaciones, porque, como el
documento decía, un día estaba yo en un sitio y a la mañana siguiente
en otro distante del primero veinte leguas.
Este golpe no me desalentó mucho ni realmente me cogió de sorpresa.
Resolví, con todo, variar de campo de acción y no exponer los libros
sagrados a un secuestro a cada paso que diera para difundirlos. En
mis últimas tentativas consagré mi atención exclusivamente a los
pueblos y a las ciudades pequeñas, en las que le era muy fácil al
Gobierno frustrar mis esfuerzos mediante circulares a las autoridades
locales, puestas así sobre aviso, y cuya vigilancia era imposible
burlar, pues cualquier novedad ocurrida en un pueblo pequeño se
esparce sin tardanza. El caso sería muy distinto tratándose de la
muchedumbre de la capital, donde podía continuar mis trabajos con
relativo secreto. Formé el plan de abandonar los distritos rurales y
ofrecer en Madrid el sagrado libro de casa en casa al mismo reducido
precio que en los campos. Sin dilación llevé a efecto mi plan.
Como tenía muchos conocimientos en el pueblo bajo, escogí ocho
personas inteligentes para que cooperasen en mi tarea; cinco de ellas
eran mujeres. A todos los proveí de Testamentos y los repartí por
todos los barrios de Madrid. El resultado de sus esfuerzos superó mis
esperanzas. Menos de quince días después de volver de Navalcarnero
se habían vendido en las calles y avenidas de Madrid cerca de
seiscientos ejemplares de la vida y palabras del Nazareno; hecho que
se me permitirá mencionar con júbilo y con el regocijo conveniente en
el Señor.
Una de las calles más ricas es la calle de la Montera, donde residen
los principales comerciantes y tenderos de Madrid. Es, en efecto,
la calle del comercio, y por tal motivo, como por ser un lugar
favorito de los paseantes, corresponde a la muy famosa Nefsky de
San Petersburgo. Cada casa de esa calle recibió un Testamento, y lo
mismo puede decirse de la Puerta del Sol. Más: en algunas ocasiones,
cada habitante de la casa, hombres y niños, criados y criadas,
adquirió un ejemplar. Antonio, el griego, hizo maravillas en ese
barrio; es de justicia decir que, a no ser por su mediación, en
muchos casos no habría podido yo dar tan buena cuenta de la difusión
de la Biblia en España. Hubo un tiempo en que tenía yo la costumbre
de decir: «tenebroso Madrid», expresión que, gracias a Dios, era
ya de abandonar, porque sería poco justo seguir llamando tenebrosa
a una ciudad en la que estaban en circulación y en uso diario mil
trescientos Testamentos por lo menos.
Entonces utilicé una partida de Biblias que me habían mandado en
rama desde Barcelona en los comienzos del año anterior. La demanda
de las Escrituras completas era grande; tanto, que no podíamos dar
abasto, y los libros se vendían más de prisa de lo que tardaban en
encuadernarlos los hombres empleados en esta tarea. Un pedido de
veintiocho ejemplares me lo pagaron por adelantado. Muchas de estas
Biblias fueron a parar a las mejores casas de Madrid. El marqués
de... tenía una familia numerosa; pero todos sus individuos, viejos
y jóvenes, poseían una Biblia y un Testamento, por recomendación,
cosa rara, del capellán de la casa. Uno de mis agentes más celosos
en la propaganda de la Biblia fué un eclesiástico. Nunca salía a la
calle sin un ejemplar debajo del manteo, y a la primera persona que
le parecía poder comprarlo se lo ofrecía. Otro colaborador excelente
fué un noble de Navarra, ya anciano, riquísimo, que continuamente
adquiría ejemplares por su cuenta para mandarlos, según me dijeron, a
su provincia natal y repartirlos entre sus amigos y los pobres.
Cierta noche me retiré a descansar algo más pronto que de costumbre,
sintiéndome ligeramente indispuesto. Dormí con profundo sueño unas
horas, y de pronto me desperté al sentir abrirse la puerta del
cuartito en que descansaba. Me incorporé, y vi entrar en el cuarto
a María Díaz con una luz en la mano. Observé que sus facciones,
notables por su calma y placidez habituales, parecían un tanto
alteradas.
—¿Qué hora es—pregunté—y qué pasa?
—_Señor_—respondió cerrando la puerta y acercándose a la cama—, es
cerca de media noche; pero acaba de llegar un policía que quiere
verle a usted. Le he dicho que era imposible, porque estaba usted en
la cama, y me ha contestado, después de estornudar en mi misma cara,
que le vería a usted aunque estuviese de cuerpo presente. Tiene todo
el aire de un duende y me ha asustado. Ya sabe usted que yo no soy
miedosa, _don Jorge_; pero confieso que cada vez que veo a uno de
esos malvados polizontes me faltan los ánimos; los conozco demasiado
bien y sé de lo que son capaces.
—¡Bah!—dije yo—. No tenga usted miedo; que entre; no le temo, sea
_alguacil_ o duende. Pero quédese usted a la puerta para ser testigo
de lo que ocurra, porque es muy probable que venga a molestarme a
esta hora intempestiva buscando la ocasión de dar malos informes de
mí a sus jefes, como hizo aquel otro individuo la vez pasada.
La patrona salió del aposento, y oí que decía una o dos palabras
a alguien en el pasillo; sonó luego un estruendoso estornudo, y
un instante después apareció en la puerta una figura rara. Era un
hombre muy viejo, de largos cabellos blancos, que se escapaban por
debajo de las alas de un sombrero extremadamente picudo. Iba muy
encorvado y avanzaba con lentitud. No pude verle bien la cara, que,
por hallarse la patrona detrás de él con la luz, quedaba en profunda
sombra. Observé, sin embargo, que sus ojos chispeaban como los de
un hurón. Se acercó a los pies de la cama, en la que aún permanecía
yo preguntándome lo que tan extraña visita pudiera significar; allí
se detuvo, mirándome durante un minuto por lo menos, sin proferir
una sílaba. De pronto adelantó una mano seca y rugosa, que hasta
entonces tuvo oculta bajo la capa, y me apuntó al rostro con una
especie de bastoncillo con remate de metal, como si fuese a empezar
un exorcismo. Pareció que iba a hablar; pero las palabras, si quiso
decir alguna, fueron ahogadas al nacer por un estornudo que de pronto
se le escapó, tan violento, que la patrona se echó para atrás,
exclamando: «_¡Ave María purísima!_», y a poco deja caer la luz con
el susto.
—Buen hombre—dije yo—, ¿qué significa esta ridícula aparición? Si
tiene usted algo que decirme, despache pronto y váyase a sus asuntos.
No me encuentro bueno y está usted privándome del descanso.
—En méritos de este bastón—dijo el viejo—y por la autoridad que
me confiere para decir y hacer lo que convenga, le mando, ordeno
y requiero para que mañana, a las once, comparezca en el despacho
de mi señor el _corregidor_ de esta villa de Madrid, para que con
la humildad y reverencia debidas oiga usted lo que tenga a bien
decirle, y, si fuese necesario, se someta a recibir los castigos que
sus delitos, leves o enormes, merezcan. _Tenez, compère_—añadió en
perverso francés—, _voilà mon affaire; voilà ce que je viens vous
dire_.
En diciendo esto, me miró un momento, inclinó por dos veces la
cabeza, metió de nuevo el bastón dentro de la capa y salió del cuarto
y de la casa, lanzando en el pasillo un estornudo de despedida.
Al día siguiente, a las once en punto, me presenté en las oficinas
del _corregidor_. Ya no ocupaba el cargo el mismo individuo en cuya
cólera incurrí en otra ocasión y que tuvo a bien encarcelarme, sino
otro distinto, creo que catalán, cuyo nombre también he olvidado. En
aquella época, los cargos se daban y se quitaban de la noche a la
mañana, y quien se sostenía en alguno de ellos siquiera un mes, podía
considerarse funcionario antiguo. No tuve que esperar; en cuanto di
mi nombre me llevaron a presencia del _corregidor_, personaje de unos
cincuenta años, de buen parecer, corpulento y bien vestido. Cuando
entré escribía en un bufete; pero casi al instante se levantó y vino
hacia mí. Me clavó los ojos en el rostro, y yo, sin cortarme, puse
los míos en el suyo. Quizás esperaba una actitud menos firme, y verme
temblar y rebajarme ante él; se juzgó, pues, desacatado en su propia
madriguera, y su levadura española antigua fermentó. Se tiró de las
patillas con furia, y dirigiéndome una mirada colérica dijo:
—_Escuchad_: tengo que hacerle a usted una pregunta.
—Antes de responder a las preguntas de vuecencia—dije—voy a tomarme
la libertad de dirigirle una: ¿Qué ley o qué razón hay para que a un
hombre pacífico y extranjero vayan a molestarle a media noche unos
_duendes_ con el requerimiento de presentarse en una oficina pública
como si fuese un delincuente?
—No dice usted la verdad—exclamó el _corregidor_—. La persona que fué
a requerirle a usted no es un _duende_, sino uno de los empleados más
antiguos y respetables de esta casa, y, lejos de enviarle a media
noche, faltaban por mi reloj veinticinco minutos para esa hora, y
como usted vive cerca de aquí, debió de llegar a su casa lo menos
diez minutos antes de media noche; de modo que no es exacto lo que
usted dice, ni guarda usted miramientos con la verdad.
—Esa diferencia no importa nada—repliqué—. A mí me molesta lo mismo
que me interrumpan el sueño a las doce de la noche que a las doce
menos diez. Respecto al emisario, podría no ser un duende, pero lo
parecía, y con seguridad se propuso asustar a la dueña de la casa,
como lo consiguió, hasta el punto de que casi se desmaya, a fuerza de
muecas horribles, de estornudos y aspavientos.
EL CORREGIDOR.—Es usted un... ¡No sé lo que iba a decir! ¿Ignora
usted que puedo mandarle a la cárcel?
YO.—Tiene usted veinte _alguaciles_ que acudirán a la primera
señal, y, por tanto, es claro que puede usted prenderme, como hizo
su antecesor, que casi perdió el puesto por eso; pero usted sabe
perfectamente que no tiene derecho para hacerlo, porque no estoy
bajo su jurisdicción, sino bajo la del capitán general. Si he
obedecido su requerimiento ha sido porque tengo mucha curiosidad de
saber lo que usted necesita de mí, y no por otra cosa. En cuanto a
lo de prenderme, permítame usted decirle que cuenta con mi pleno
consentimiento para ello; en la cárcel es donde se encuentra en
Madrid la gente más cortés; y como ahora estoy compilando el
vocabulario de los ladrones madrileños, tendré, si me llevan a la
cárcel, una excelente ocasión de completarlo. Hasta en la cárcel se
puede aprender mucho; porque, como dicen los gitanos, «perro que
mucho corretea encuentra hueso».
EL CORREGIDOR.—Ese lenguaje no es propio de un caballero. ¿Olvida
usted dónde está y con quién habla? ¿Es este un lugar adecuado para
hablar de gitanos y de ladrones?
YO.—No conozco, a la verdad, otro más a propósito, no siendo la
cárcel. Pero estamos perdiendo el tiempo, y ansío saber para qué me
han llamado, si por delitos leves o enormes, como decía el emisario.
Tardé bastante tiempo en arrancar al enojado _corregidor_ las
noticias pedidas; al fin las obtuve. Resultaba que una caja de
Testamentos enviada por mí a Navalcarnero fué embargada por las
autoridades locales, y después de retenerla allí unos días la
devolvieron a Madrid consignada al _corregidor_. Estando la caja en
las mensajerías, entró allí Antonio para otro asunto; la reconoció,
y en el acto la reclamó como de mi pertenencia, llevándosela a mi
almacén después de pagar el porte. Tan poca importancia dió al
suceso, que no me habló de él. Pero el pobre _corregidor_ estaba
convencido de que todo ello era una profunda maquinación para robarle
y burlarnos de él. Dejábase llevar de una excitación casi frenética,
y pateaba el suelo, exclamando:
—_¡Qué picardía! ¡Qué infamia!_
—Este es el antiguo sistema—pensé yo—de prejuzgar a las gentes y de
imputarles motivos y acciones con los que nunca han soñado.
Díjele con franqueza que ignoraba en absoluto el hecho por que
se sentía agraviado; pero que si practicadas las averiguaciones
convenientes resultaba que, en efecto, mi criado se había llevado la
caja del lugar adonde la habían expedido, yo haría que la devolvieran
en el acto, aunque era mía propia.
—Tengo un gran repuesto de Testamentos—dije—y puedo dejar que se
pierdan cincuenta o ciento. Soy hombre de paz y deseo no tener
disputas con las autoridades por causa de un cajón viejo y de una
partida de libros cuyo valor no llega por junto a cuarenta duros.
Me miró un instante como si dudase de mi sinceridad, y luego,
tirándose otra vez de las patillas, me atacó en otro terreno:
—_Pero ¡qué infamia, qué picardía!_ Venir a España a cambiar la
religión del país. ¿Qué diría usted si los españoles fuesen a
Inglaterra con propósito de quitar el luteranismo establecido allí?
—Serían muy bien recibidos—repliqué—, especialmente si intentaban
hacerlo por la difusión de la Biblia, el libro de todos los
cristianos, como los ingleses hacen en España. Pero vuecencia ignora
quizás que el Papa tiene campo libre y libre acción en Inglaterra, y
se le permite convertir todos los días a cuantos luteranos quieren
volverse a él. No puede, sin embargo, alabarse de grandes triunfos;
el pueblo ama demasiado la luz para abrazar las tinieblas, y se
reiría de la idea de cambiar las gracias del Evangelio por las
ceremonias y observancias supersticiosas de la Iglesia de Roma.
Al repetirle la promesa de devolver en seguida la caja y los libros,
el _corregidor_ se dió por satisfecho y repentinamente se mostró por
demás condescendiente y amable: llegó hasta decirme que dejaba por
completo a mi resolución lo de devolver los libros o no.
—Antes de que se vaya usted—continuó—deseo decirle que, en mi
opinión particular, es sumamente recomendable en todos los países
la tolerancia religiosa plena, y dejar que cada sistema religioso
perezca o se sostenga según sus propios méritos.
Tales fueron las últimas palabras del _corregidor_ de Madrid, que no
sé si expresarían su opinión particular; pero que, ciertamente, se
fundaban en el buen sentido y la razón. Le saludé respetuosamente y
me fuí; cumplí mi promesa respecto de los libros, y el asunto quedó
terminado.
Por aquel tiempo llegué casi a creer que se iniciaba una reforma
religiosa en España; y, realmente, llegaron a mi noticia ciertos
hechos, que, si me los hubieran pronosticado un año antes, con
dificultad los hubiese creído.
El lector quedará sorprendido cuando sepa que en dos iglesias de
Madrid los respectivos curas explicaban regularmente el Evangelio
los domingos por la tarde a una veintena de chicos, provistos de
sendos ejemplares de la edición hecha por la Sociedad Bíblica en
Madrid en 1837. Las iglesias eran las de San Ginés y Santa Cruz. Creo
modestamente que este solo hecho pagaba con creces todas las expensas
causadas a la Sociedad por su empeño de introducir el Evangelio en
España; pero, sea de ello lo que fuere, es lo cierto que a mí me
recompensaba sobradamente todos los afanes y disgustos pasados.
Sentí entonces que, en cualquier momento en que me viese obligado
a abandonar mis trabajos en la Península, lo haría sin murmurar,
lleno el corazón de gratitud hacia el Señor por haberme permitido a
mí, vaso inútil, ver, cuando menos, germinar algo de la semilla que
durante dos años había estado arrojando sobre el pedregoso suelo del
interior de España.
Cuando pienso en las dificultades que obstruían nuestro camino, me
cuesta a veces trabajo creer todo lo que el Omnipotente nos permitió
llevar a cabo durante el año que acababa de pasar. Una edición
copiosa del Nuevo Testamento se había casi agotado en el centro mismo
de España, a despecho de la oposición y del clamor furibundo de un
clero bárbaro y de las órdenes de un Gobierno falaz; y germinaba
el espíritu de examen en materia religiosa, que tarde o temprano
llevaría, así lo esperaba yo fervientemente, abundantísimos frutos de
bendición. Hasta allí, el nombre más aborrecido y temido en aquellas
partes de España era el de Martín Lutero, a quien en general se le
consideraba como un demonio, primo hermano de Belial y Beelzebub,
que, bajo la apariencia de hombre, había escrito y predicado
blasfemias contra el Altísimo; pero ahora, cosa singular, se hablaba
de ese personaje, execrado en otro tiempo, con no pequeñas señales de
respeto. No pocas veces me visitaban, Biblia en mano, personas que
con tantas veras como simplicidad me preguntaban por los escritos
del gran doctor Martín, a quien, por cierto, algunos le creían aún
vivo.
No estará de más hacer notar aquí que de todos los nombres
relacionados con la Reforma, el único conocido en España es el de
Lutero; permítaseme añadir que a ningún escrito de controversia,
con excepción de los suyos, se le concedería probablemente la menor
fuerza ni autoridad, por grande que fuese su mérito intrínseco.
El género de opúsculos que comúnmente se escriben para declarar
los errores del papismo no producirá, por tanto, mucho beneficio
en España, al paso que podría conseguirse bastante provecho con
traducciones bien hechas de las obras de Lutero, seleccionadas con
tino.