Se reanuda la obra de propaganda. — Aventura en Cobeña. — El
poder del clero. — Autoridades rurales. — Fuente la Higuera. — El
contratiempo de Victoriano. — La cárcel del pueblo. — La cuerda.
— Un recado de Antonio. — Antonio, en misa.
En el capítulo anterior he dicho que inmediatamente después de llegar
a Madrid, comencé a disponerlo todo para inaugurar las operaciones
en los contornos de la capital; y no tardé en acometer efectivamente
mis trabajos. Un triunfo considerable coronó mis débiles esfuerzos en
pro de la buena causa, por lo que ahora, transcurridos algunos años,
todavía al volver la vista atrás doy gracias al Omnipotente.
En menos de una quincena recorrimos todos los pueblos que hay dentro
de un radio de cuatro leguas al Este de Madrid, y vendimos cerca de
doscientos Testamentos. Esos pueblos son casi todos muy pequeños;
algunos no tienen arriba de una docena de casas, o más bien chozas
miserables. Dejé a Antonio, mi griego, en Madrid, encargado de
nuestros asuntos, y yo salí con Victoriano, el lugareño de Villaseca,
en la dirección ya mencionada. Pero nos separamos pronto, echando por
caminos diferentes.
El primer pueblo en que intenté alguna cosa fué Cobeña, a tres leguas
de Madrid. Iba yo vestido como los campesinos de las cercanías de
Segovia, en Castilla la Vieja, a saber, en la cabeza una especie de
capacete de piel o _montera_, y el chaquetón y los calzones del mismo
material. Esto me daba el aspecto de un hombre entre los sesenta y
los setenta años; delante de mí llevaba un _borrico_, con un saco
lleno de Testamentos atravesado en el lomo. En las afueras del pueblo
encontré a una mujer joven, de muy gentil parecer, que llevaba un
niño de la mano. A punto de cruzarme con ella, dirigiéndole la
habitual salutación de _¡Vaya usted con Dios!_, la mujer se detuvo,
y, tras de mirarme un momento, dijo:
—¡Tío!, ¿qué lleva usted en el _borrico_? ¿Es jabón?
—¡Sí!—repliqué—. ¡Jabón para limpiar las almas!
Me preguntó qué daba a entender con eso, y le dije que llevaba, para
vender, libros muy buenos y baratos. Pidió ver uno, y, manifestando
un ejemplar que llevaba en el bolsillo, se lo entregué. Al instante
comenzó a leerlo en voz alta, y así estuvo lo menos diez minutos,
exclamando de vez en cuando: «_¡Qué lectura tan bonita, qué lectura
tan linda!_» Por último, como le dije que iba de prisa y no podía
aguardar más tiempo, exclamó: «¡Es verdad, es verdad!», y me preguntó
el precio del libro. «Sólo tres reales», contesté. A esto repuso que,
con ser tan poco lo que yo pedía, era más de lo que tenía proporción
de dar, pues en aquellas partes había muy poco o ningún dinero. Dije
que lo sentía, pero que me era imposible vender los libros a menos
precio, y, tomando el que le había dado, me despedí y la dejé. Pero
no había andado treinta varas cuando el niño echó a correr detrás de
mí, gritando, casi sin aliento: «¡Párate, tío!, ¡el libro, el libro!»
Me dió alcance, pagó los tres _reales_ en monedas de cobre, y,
apoderándose del Testamento, volvió corriendo hacia la que debía de
ser su hermana, blandiendo el libro sobre su cabeza con gran júbilo.
En llegando al pueblo, dirigí mis pasos a una casa en torno de cuya
puerta vi reunida alguna gente, mujeres en su mayoría. Desempaqueté
los libros, y, picada al instante su curiosidad, no tardaron en tener
cada una un ejemplar en la mano, y muchas leían en voz alta; pero
aunque esperé casi una hora, sólo pude vender un ejemplar, quejándose
todos amargamente de lo malos que estaban los tiempos y de la casi
total carencia de dinero, aunque, a la vez, reconocían que los libros
eran de maravillosa baratura y, al parecer, muy buenos y cristianos.
Ya iba a recoger la mercancía y a marcharme, cuando de pronto se
presentó el cura del pueblo. Examinó los libros un buen rato con
gran atención, me preguntó el precio de cada ejemplar, y, al saber
que era sólo tres _reales_, replicó que la encuadernación valía más,
y mucho temía que no los hubiese robado, por lo que quizás su deber
era enviarme a la cárcel por sospechoso; pero añadió que los libros
eran buenos libros, comoquiera que los hubiese adquirido, y acabó
comprando dos ejemplares. La pobre gente, en cuanto oyó al cura
alabar los libros, entró en vivos deseos de adquirirlos, y corrió de
aquí para allá en busca de dinero, de modo que se vendieron de veinte
a treinta ejemplares casi en un instante. Esta aventura no sólo es un
ejemplo del influjo que en España aún conserva el clero en el ánimo
del pueblo; pero demuestra que ese influjo no siempre se ejerce en
pro del mantenimiento de la ignorancia y de la superstición.
En otro pueblo, al mostrar el Testamento a una mujer, dijo que
compraría con gusto un ejemplar para un hijo que tenía en la escuela;
pero que antes necesitaba saber si el libro le serviría. Se fué, y a
poco volvió con el maestro, seguido de todos sus alumnos; entonces,
enseñándole al maestro el libro, la mujer le preguntó si era a
propósito para su hijo. El maestro la llamó necia por hacerle tal
pregunta, y dijo que conocía el libro muy bien, y que no lo había
igual en el mundo.
Al instante compró cinco ejemplares para sus alumnos, deplorando no
tener más dinero, «que a tenerlo—dijo—compraría toda la partida».
Oído esto, la mujer compró cuatro ejemplares: uno para su hijo, otro
para su «difunto marido», un tercero para sí, y el cuarto para su
hermano, a quien, según dijo, esperaba de Madrid aquella noche.
En esta forma proseguimos, aunque no siempre con el mismo éxito. En
algunas aldeas, la gente estaba tan pobre y necesitada, que carecía
literalmente de dinero; pero aun en tales casos nos las arreglábamos
para vender algunos ejemplares, a cambio de cebada y otras especies.
Al entrar en una aldehuela, Victoriano se vió detenido por el cura,
quien, enterado de lo que vendía, le intimó a marcharse en el acto,
ó de lo contrario le haría prender y escribiría a Madrid denunciando
sus idas y venidas. La excursión duró unos ocho días. En cuanto
volví, envié a Victoriano a Carabanchel, pueblo inmediato a Madrid,
el único que por la parte Oeste dejé de visitar el año anterior. En
una hora que estuvo allí, vendió veinte ejemplares, y se volvió a
Madrid luego, porque era de muy pocos ánimos y tuvo miedo de tropezar
con los ladrones que por las noches infestaban el camino.
Poco después de estos sucesos, ocurrió un incidente que quizás haga
sonreír al lector inglés; mas no deja de tener interés como muestra
de los sentimientos dominantes en algunos de los apartados pueblos de
España respecto de cuanto sea novedad o lo parezca, y de las acciones
singulares que a veces cometen las autoridades rurales y los curas,
sin el más leve temor de que les llame a cuentas; pues como viven
completamente aparte del resto del mundo, se tienen por personas de
insuperable importancia, y apenas sueñan que exista un poder superior
al suyo propio.
Estaba yo a punto de emprender una excursión a Guadalajara y los
pueblos de la Alcarria, distantes de Madrid unas siete leguas; en
realidad, sólo aguardaba para salir el regreso de Victoriano, a
quien había enviado con unos pocos Testamentos en aquella dirección
a manera de explorador, a fin de conocer por sus noticias la
disposición de ánimo de la gente respecto de la compra de libros, y
poder formar una opinión aproximada acerca del número de ejemplares
que necesitaría llevar conmigo. Pero estuve quince días sin recibir
noticias suyas, y al cabo, un campesino me trajo una carta, fechada
en la cárcel de Fuente la Higuera, pueblo a ocho leguas de Madrid,
en la _campiña_ de Alcalá: en esta carta me decía Victoriano que ya
llevaba ocho días preso, y que si yo no tenía medio de libertarle,
permanecería en la cárcel hasta que se muriese de hambre, lo cual
ocurriría, sin duda alguna, tan pronto como se le acabase el dinero.
De mis averiguaciones posteriores resultó que, pasada la ciudad de
Alcalá, empezó a vender libros con muy buen éxito. Todo su repuesto
consistía en sesenta y un Testamentos, y en el solo pueblo de
Arganza[16] vendió, sin la menor dificultad y sin interrupción,
veinticinco; los pobres labriegos le cubrían de bendiciones por
proveerles de libros tan buenos a tan bajo precio.
[16] ¿Daganzo?
Ya sólo le quedaban diez y ocho libros cuando tomó el camino de
Fuente la Higuera. Este pueblo le era bastante conocido por haberlo
visitado en otro tiempo cuando recorría aquellos términos vendiendo
_cacharras_. Sintió, pues, ciertas inquietudes en el camino, porque
el pueblo tuvo siempre mala fama. A la llegada, en cuanto dejó su
_caballejo_ en la _posada_, fué a ver al _alcalde_ y le pidió permiso
para vender los libros, permiso que aquel dignatario otorgó en el
acto. Entró luego en una casa y vendió un ejemplar, y lo mismo en
otra. Animado por el éxito entró en una tercera, al parecer la del
barbero del pueblo. Este personaje acababa de comer y estaba en el
zaguán sentado en un sillón de brazos cuando se presentó Victoriano.
Era hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto truculento y
bárbaro. Tomó un Testamento que le ofrecía Victoriano y se puso a
examinarlo; pero en cuanto paró los ojos en la portada rompió a reír,
exclamando:
—_¡Ja, ja, don Jorge Borrow!_ ¡El hereje inglés! ¡Al fin damos con
él! ¡Loados sean la Virgen y los Santos! Hace tiempo que aquí estamos
esperándoles, y al fin han llegado.
Preguntó el precio del libro, y al saber que era tres _reales_ le
arrojó dos y salió corriendo de la casa con el Testamento en la mano.
Alarmado Victoriano, decidió marcharse del pueblo lo antes posible.
Volvió, pues, precipitadamente a la _posada_, pagó el pienso de su
caballo, entró en la cuadra, y echándole el aparejo a las costillas
se disponía a salir, cuando de pronto se presentaron el _alcalde_
del pueblo, el barbero y hasta doce hombres más, algunos armados con
escopetas. En el acto prendieron a Victoriano, embargáronle libros y
caballo, y con muchos denuestos llevaron al preso a la que llamaban
cárcel, cuarto reducido y húmedo, con una pequeña ventana enrejada,
donde le dejaron encerrado. A los tres cuartos de hora volvieron y
se lo llevaron a casa del cura, donde estaban reunidos en cónclave;
el cura, completamente ciego, presidía, y el sacristán oficiaba
de secretario. El barbero formuló su acusación contra el preso, a
saber: que le había sorprendido en el acto de vender una versión de
las Escrituras en lengua vulgar, y el cura interrogó a Victoriano,
preguntándole su nombre y lugar de residencia. Respondió que se
llamaba Victoriano López, y que era natural de Villaseca, en la Sagra
de Toledo. El cura le preguntó entonces qué religión profesaba,
y si era mahometano o francmasón; el preso contestó que católico
romano. Debe advertirse que Victoriano, aunque bastante listo, era
un pobre labrador de sesenta y cuatro años, y hasta aquel momento no
había oído hablar de mahometanos ni francmasones. El cura se enojó,
le llamó _tunante_, y dijo: «Ha vendido usted su alma a un hereje;
hace mucho tiempo que conocemos su conducta de usted y la de su amo.
Usted es el mismo López a quien rescató el año pasado de la cárcel de
Villalos, en la provincia de Avila. Deseo de todas veras que intente
hacer aquí la misma cosa.»
«¡Sí, sí!—exclamaron los demás del cónclave—: que se atreva a venir
y regará con su sangre esas piedras». Así estuvieron hablando cerca
de media hora. Al cabo, levantaron la sesión, llevando de nuevo a
Victoriano a su encierro.
Mientras estuvo preso vivió con regular comodidad, porque llevaba
algún dinero. Dos veces al día le enviaban la comida de la _posada_,
donde su caballo permanecía en secuestro. Una o dos veces pidió
permiso al _alcalde_, que le visitaba a diario mañana y noche
con su escolta armada, para comprar papel y pluma con el fin de
escribir a Madrid; pero le negaron en absoluto ese favor, y a todos
los habitantes del pueblo se les prohibió, bajo terribles penas,
proveerle de los medios de escribir ni llevar recado suyo más allá de
las cercas del lugar; debajo de la ventana de su encierro pusieron
dos chicos de plantón para estar a la mira de cuanto le llevasen.
Ocurrió un día que, teniendo Victoriano necesidad de una almohada,
envió a decir a la gente de la _posada_ que le mandasen las
_alforjas_. En ellas había por casualidad una cuerda que en España
llaman _soga_, con la que acostumbraba sujetarlas al lomo de la jaca.
Los chicos, al ver colgar de las _alforjas_ la punta de la cuerda,
corrieron a decírselo al _alcalde_.
Ya entrada la noche, el _alcalde_ visitó al prisionero, a la cabeza
de sus doce hombres, como de costumbre.
—_Buenas noches_—dijo el _alcalde_.
—_Buenas noches tenga usted_—contestó Victoriano.
—¿Para qué ha mandado usted buscar una _soga_ esta tarde?—preguntó
el funcionario.
—Yo no he mandado por la _soga_—respondió el preso—. Mandé por las
_alforjas_ para que me sirvan de almohada, y la cuerda estaba dentro
por casualidad.
—Es usted un bribón, embustero, mal intencionado—replicó el alcalde—.
Usted pretende ahorcarse para perdernos a todos, porque nos echarían
la culpa de su muerte. Deme la _soga_.—El mayor insulto que puede
hacerse a un español es acusarle de intentar suicidarse. El pobre
Victoriano, presa de violenta cólera, le disparó al _alcalde_ varios
nombres poco corteses, sacó la _soga_ de las alforjas y se la tiró a
la cabeza, diciéndole que se la llevase para emplearla en su propio
cuello.
Al fin, los dueños de la _posada_ se apiadaron del preso,
percatándose de que le maltrataban sin motivo; resolvieron, pues,
darle ocasión de informar a sus amigos de lo que le sucedía, y le
mandaron plumas y tintero dentro de un pan, y un pedazo de papel
diciendo que este último era para cigarros.
Victoriano escribió la carta; pero surgió la dificultad de enviarla a
su destino, porque nadie del pueblo quería llevarla a ningún precio.
Aquella buena gente convenció a un soldado cumplido, de otro pueblo,
que por ventura estaba en Fuente la Higuera en busca de trabajo,
para que se encargase de llevar la carta, asegurándole que le
pagarían bien. El hombre, aprovechando una ocasión, recibió la carta
de Victoriano por la ventana, anduvo toda la noche sin parar y me la
entregó sin contratiempo en Madrid.
Así quedé libre de la ansiedad en que estaba y sin ningún temor
acerca de la conclusión del asunto. Al instante fuí a ver a un amigo,
con grandes posesiones en las cercanías de Guadalajara, provincia
a que pertenece Fuente la Higuera, quien me dió cartas para el
gobernador civil de Guadalajara y para las principales autoridades;
estas cartas se las entregué a Antonio, que solicitó encargarse
del cometido de libertar al preso. Se encaminó lo primero a Fuente
la Higuera, donde, encontrándose en casa del _alcalde_, le dijo
resueltamente a lo que iba. El _alcalde_, creyendo que yo estaría
para llegar con un ejército inglés a fin de rescatar al preso, se
alarmó mucho, y al instante envió a su mujer a convocar la escolta;
pero al asegurarle Antonio que no había propósito de emplear la
violencia, se tranquilizó algo. A poco, Antonio fué citado ante el
cónclave y su ciego y sacerdotal presidente. Al principio quisieron
asustarle alzando mucho la voz, y hablando de la necesidad de matar a
todos los extranjeros, y en especial al aborrecido _don Jorge_ y sus
dependientes. Pero Antonio, que no era hombre para dejarse intimidar
tan fácilmente, se burló de sus amenazas, y, enseñándoles las cartas
que llevaba para las autoridades de Guadalajara, dijo que pensaba ir
allá a la mañana siguiente y denunciar su conducta ilegal; añadió
que era súbdito turco, y que si se atrevían a cometer con él la más
leve desconsideración escribiría a la Sublime Puerta, junto a la que
los más poderosos reyes del mundo son pobres gusanos, y no dejaría
de vengar los agravios hechos a su hijo, dondequiera que estuviese,
en forma demasiado terrible para mencionada. Luego se volvió a la
_posada_. El cónclave quedó deliberando a solas, y resolvió enviar
el prisionero a Guadalajara al otro día, poniéndolo en manos del
gobernador civil.
No obstante, para conservar una apariencia de autoridad, pusieron
dos hombres armados a la puerta de la _posada_ donde vivía Antonio,
como si también estuviese preso. Los hombres, cada vez que el reloj
daba la hora, exclamaban: «_¡Ave María!_ ¡Mueran los herejes!» Por la
mañana temprano, el _alcalde_ se presentó en la _posada_; pero antes
de entrar dirigió desde la puerta un discurso a la gente que había en
la calle, diciendo entre otras cosas: «Hermanos, estos individuos han
venido a robarnos nuestra religión.» Entró luego en el aposento de
Antonio, y tras de saludarle con gran cortesía le invitó a ir con él
a la iglesia a oír la misa mayor, que estaba para empezar. A esto,
Antonio, aunque ciertamente no era un traga-misas, se levantó y fué
con él, y permaneció dos horas, según me contó luego, de rodillas
en las frías losas, muy a disgusto; los fieles no le quitaron ojo
durante todo el tiempo.
Después de la misa almorzó y se fué a Guadalajara. Victoriano
había salido ya con escolta. En llegando, presentó las cartas a
las personas a quien iban dirigidas. Al gobernador civil le dió un
ataque de risa al oír de labios de Antonio el relato de lo sucedido.
Victoriano fué puesto en libertad, y los libros, retenidos bajo
secuestro en Guadalajara; el gobernador declaró, no obstante, que
si bien su deber era retenerlos por el momento, me los enviarían en
cuanto yo quisiese reclamarlos; añadió que haría lo posible para
castigar severamente a las autoridades de Fuente la Higuera, porque
en todo aquel caso habían procedido en forma tiránica y cruelísima,
excediéndose de sus atribuciones. Así terminó el asunto; uno de esos
menudos incidentes que alternan en la vida del misionero en España.