CAPÍTULO XLV

Regreso a España. — Sevilla. — Un perseguidor encarnizado. — La

profetisa manchega. — El sueño de Antonio.

El 31 de diciembre de 1838 llegué a España por tercera vez. Estuve

en Cádiz un par de días, y fuí a Sevilla, desde donde pensaba

trasladarme a Madrid por la posta. Detúveme allí una quincena gozando

del clima delicioso de aquel paraíso terrenal y de las embalsamadas

brisas del invierno andaluz, como ya hice dos años atrás. Antes de

marcharme de Sevilla visité al librero, mi corresponsal, quien me

dijo que de los cien ejemplares del Testamento dejados a su cargo, el

Gobierno había embargado setenta y siete el verano anterior, que se

hallaban en poder del gobernador eclesiástico. Resolví, pues, visitar

también a este funcionario, con la mira de hacer averiguaciones

respecto de mis bienes.

Vivía en una vasta casa en la _Pajaría_, o mercado de la paja.

Era muy viejo, entre los setenta y los ochenta años, y, como la

generalidad de cuantos visten hábitos sacerdotales en Sevilla,

furioso perseguidor papista. Me figuro que le costaría trabajo

creer a sus oídos cuando sus dos sobrinos-nietos, guapos chicos,

pelinegros, que estaban jugando en el patio, fueron a decirle que un

inglés deseaba hablarle, pues probablemente era yo el primer hereje

que se aventuraba en su vivienda. Hallábase en una sala abovedada,

sentado en un gran sillón, con dos secretarios de siniestra catadura,

también en hábitos clericales, ocupados en escribir en una mesa

delante de él. Me trajo con fuerza a la memoria la imagen del torvo

y viejo inquisidor que persuadió a Felipe II para que matase a su

propio hijo como enemigo de la Iglesia.

Se levantó al verme entrar, y me contempló con semblante ensombrecido

por la sospecha y la contrariedad. Al cabo se dignó señalarme un

sofá y empecé a darle cuenta de mi asunto. Mucho se agitó al oírme

hablar de los Testamentos; pero en cuanto mencioné a la Sociedad

Bíblica, y le dije quién era yo, no pudo contenerse más tiempo: con

lengua balbuciente, y los ojos chispeantes como ascuas, empezó a

ultrajarnos a la Sociedad y a mí, diciendo que eran execrables los

fines de la primera, y que en lo tocante a mí, se sorprendía de que,

habiéndome ya una vez alojado en la cárcel de Madrid, me hubiesen

permitido salir de ella; añadió que era oprobioso para el Gobierno

permitir que una persona de mi condición vagase en libertad por un

país inocente y pacífico para corromper a las almas ignorantes y

confiadas. Lejos de dejarme desconcertar por su proceder brutal, le

repliqué con toda la cortesía posible, y le aseguré que en aquel caso

no tenía razón para alarmarse, pues el solo motivo de reclamar los

libros era el deseo de aprovechar una oportunidad que entonces se

me presentaba para enviarlos fuera del país, como, en efecto, tenía

orden oficial de hacerlo. Pero con nada se calmó, y me hizo saber que

no devolvería los libros en ningún caso, salvo por orden terminante

del Gobierno. Como el asunto no tenía importancia, juzgué lo más

cuerdo no insistir, y prudente retirarme antes de que me invitara a

hacerlo. Hasta la calle me siguieron su sobrina y sus nietos, que

durante toda la conversación habían estado escuchando en la puerta de

la sala sin perder palabra.

Al pasar por la Mancha nos detuvimos cuatro horas en Manzanares,

pueblo grande. Hallábame en la plaza de conversación con un cura,

cuando un ser harapiento y espantable se presentó: era una muchacha

de unos diez y ocho o diez y nueve años, completamente ciega; una

telilla blanca le cubría los ojos, grandes, parados. Su tez era tan

amarillenta como la de una mulata. Al pronto creí que sería gitana,

y hablándole en _gitano_ inquirí si era de la casta. Me entendió;

pero, moviendo la cabeza, me dijo que era algo mejor que _gitana_,

y sabía hablar una lengua superior también a la jerga de los

hechiceros, y empezó a hacerme preguntas en un latín extremadamente

bueno. Mucho me sorprendí, como era natural; apelando a todo el

latín que sabía, la llamé «profetisa manchega», le expresé mi

admiración por su mucha sabiduría, y le rogué que me explicase cómo

la había adquirido. Debo hacer notar aquí que al momento nos rodeó la

multitud, y aunque no entendía ni palabra de nuestro diálogo, rompía

en aplausos a cada frase de la muchacha, enorgulleciéndose de poseer

una profetisa capaz de contestar al inglés.

Díjome que era ciega de nacimiento, y que un padre jesuíta,

compadecido de ella, le enseñó, de niña, la lengua sagrada, para

que ganase con más facilidad la atención y los corazones de los

cristianos. Pronto descubrí que el jesuíta le había enseñado algo

más que latín, pues al saber que yo era inglés, dijo que siempre

había profesado gran afecto a mi país, cuna en otro tiempo de santos

y de sabios, por ejemplo: Beda y Alcuino, Columbus y Tomás de

Cantorbery; pero, añadió, esos tiempos se acabaron con la reaparición

de Semíramis (Isabel). Su latín era excelente de veras, y cuando

yo, como un godo auténtico, hablé de Anglia y Terra Vandálica,

me corrigió diciéndome que en su lengua esos lugares se llamaban

Britannia y Terra Bética. Acabado el coloquio, la profetisa hizo una

colecta, y hasta los más pobres dieron algo.

Tras un viaje de cuatro días con sus noches, llegamos a Madrid sin

el menor tropiezo, aunque es de estricta justicia hacer notar, y

siempre con gratitud al Todopoderoso, que el correo siguiente fué

robado. Momentos después de la llegada, me ocurrió un caso singular.

Al entrar por el arco de la _posada_ llamada de La Reina, donde

pensaba alojarme, unos brazos me rodearon, y volviéndome con asombro,

reconocí a Antonio, mi criado griego. Estaba muy flaco, mal vestido;

los ojos parecían saltársele de las órbitas.

En cuanto estuvimos solos me contó que desde mi partida había pasado

muchas miserias y escaseces, sin poder hallar en todo el tiempo

amo a quien servir; tanto, que casi había llegado al borde de la

desesperación; pero la noche antes de mi llegada tuvo un sueño, y me

vió, montado en un caballo negro, llegar a la puerta de la _posada_:

por esa razón había estado esperándome allí la mayor parte del día.

No pretendo dar una opinión acerca de esta historia, que se sale de

los límites de mi filosofía, y me contentaré con decir que en Madrid

sólo dos personas conocían mi llegada a España. Con gusto le recibí

de nuevo a mi servicio, pues, no obstante sus defectos, me había sido

muy útil muchas veces en mis viajes y en mis trabajos bíblicos.

Tan pronto como me instalé en mi antiguo hospedaje, uno de mis

primeros cuidados fué visitar a Lord Clarendon. Díjome, entre otras

cosas, que había recibido una comunicación oficial del Gobierno,

participándole el embargo de los Testamentos en Ocaña, en las

circunstancias ya contadas por mí, y haciéndole saber que, a menos de

tomar disposiciones urgentes para llevárselos fuera del reino, serían

destruídos en Toledo, donde estaban depositados. Contesté que no me

preocupaba el asunto; y que si las autoridades de Toledo, civiles o

eclesiásticas, resolvían quemar los libros, mi único deseo era que

los entregasen a las llamas con toda la publicidad posible, porque

así no harían más que manifestar su diabólico rencor y hostilidad a

la Palabra de Dios.

Ansioso de reanudar mis trabajos, apenas llegué a Madrid escribí a

López el de Villaseca, para saber si se hallaba pronto a cooperar en

la tarea, como en otras ocasiones. Me contestó que estaba muy ocupado

en las faenas de la labranza; para llenar su puesto, empero, me envió

un labriego viejo, llamado Victoriano López, lejano pariente suyo.

¿Qué es un misionero en el corazón de España, sin caballo? Tal

consideración me indujo a comprar uno árabe, de mucha raza, traído

de Argel por un oficial de la legión francesa. El corcel, lo mejor

que, a juicio mío, ha producido jamás el desierto, se llamaba _Sidi

Habismilk_.

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 21 / 35 题