Villaseca. — Una casa morisca. — La puchera. — Un cónclave de
rústicos. — Ceremoniosa urbanidad. — La Flor de España. — El
puente de Azeca. — El castillo en ruinas. — Nos echamos al campo.
— Demanda de Testamentos. — El labrador viejo. — El cura y el
herrero. — La baratura de los Testamentos.
Llegué a Villaseca uno de los días de más furioso calor en que
he desafiado los rayos del sol. La temperatura debió de llegar a
cien grados a la sombra; la atmósfera parecía una ardiente llama.
En un lugar que dicen Leganés, a seis leguas de Madrid, y como a
mitad de camino entre la capital y Toledo, nos apartamos de la
carretera, dirigiéndonos al Este. Cabalgamos por lo que en España
llaman llanuras, que en cualquier otro país del mundo parecería
terreno quebrado y desigual. Las mieses de trigo y cebada habían ya
desaparecido; quedaban aquí y allá, como últimos vestigios, algunos
haces que los labradores se ocupaban en recoger para acarrearlos a
sus pueblos.
Difícil me sería decir que fuese bello aquel paisaje, de absoluta
desnudez, sin árboles ni verdor. No le faltaban, empero, pretensiones
de magnificencia y grandeza, como no le faltan a ningún paraje de
España. Los objetos más llamativos eran dos enormes cerros calcáreos,
o más bien uno rajado en dos, que se erguía a gran altura; la cima
del más próximo se coronaba con las ruinas del antiguo castillo de
Villaluenga. A eso de la una de la tarde llegamos a Villaseca.
Era un pueblo grande, de unos setecientos habitantes, rodeado de un
muro de tierra. En el centro está la _plaza_, uno de cuyos lados
lo ocupa lo que llaman un palacio, tosco edificio cuadrangular, de
dos pisos, perteneciente a alguna familia noble, los señores de las
tierras del contorno. Estaba vacío; ocupábalo tan sólo una especie de
administrador, que encerraba en sus salones el grano que en pago de
las rentas recibía de los arrendatarios y _villanos_ que labraban el
término.
El pueblo dista como un cuarto de legua de la orilla del Tajo, que
aun allí, en el corazón de España, es un hermoso río, no navegable,
sin embargo, a causa de los bancos de arena que en muchos sitios
emergen a modo de isletas, cubiertas de árboles y maleza. La aldea
saca del río toda su provisión de agua, por carecer de ella, al menos
potable, dentro de sus muros; todos los manantiales son salobres,
y de esto le vendrá probablemente el nombre de Villaseca. Dícese
que sus habitantes son de origen moro; y es la verdad que aquí se
observan ciertas costumbres que robustecen mucho ese supuesto. Entre
otras, hay una muy curiosa: se reputa infamante para una mujer de
Villaseca atravesar la plaza, o ser vista en ella, aunque no vacilan
en mostrarse en las calles y callejas.
Existe una hostilidad profundamente arraigada entre los habitantes de
este lugar y los de un pueblo inmediato llamado Bargas; rara vez se
hablan cuando se encuentran, y nunca se casan entre sí. Una tradición
vaga pretende que los naturales de este último pueblo son cristianos
viejos, y es harto probable que los del vecino fuesen originariamente
de muy otra sangre; los de Villaseca tienen la tez muy morena,
mientras los moradores de Bargas son rubios y blancos. Así, en pleno
siglo XIX, se conserva en España la antigua enemistad de moros y
cristianos.
Empapados en sudor, que nos corría a chorros por la frente, llegamos
a la puerta de Juan López, el marido de María Díaz. Sabedor de que
iríamos a visitarle, ya nos esperaba, y nos acogió cordialmente en su
vivienda que, como una casa mora auténtica, tenía un solo piso. Era
muy espaciosa, no obstante, con patio y establo. Todos los aposentos
eran deliciosamente frescos. El pavimento, de ladrillo o piedra; las
angostas ventanas, enrejadas y sin cristal, apenas dejaban pasar un
rayo de sol.
Habían preparado una _puchera_ contando con nuestra llegada; el
calor no me quitó el apetito, y no pasó mucho tiempo sin que hiciese
cabal justicia al manjar típico de España. Mientras yo comía, López
punteaba en la guitarra, cantando a veces trozos de canciones
andaluzas. Era un tipo pequeño, de rostro alegre, muy activo, a
quien había visto yo con frecuencia en Madrid; buena muestra del
_labrador_ español. Aunque no tenía, ni con mucho, la inteligencia ni
los recursos de María Díaz, su mujer, no por eso carecía de natural
despejo ni entendimiento. Era, además, honrado y desinteresado, y
prestó buenos servicios a la causa del Evangelio, como se verá ahora.
Acabada la comida, López me habló así:—_Señor don Jorge_, su llegada
a este pueblo ha causado ya sensación, sobre todo, por ser los
tiempos de guerra y alborotos, y vivir cada cual temeroso del vecino;
aquí estamos pegados a los confines del país faccioso, porque,
como usted bien sabe, la mayor parte de la Mancha está en poder de
_carlinos_ y de ladrones, y algunas partidas se asoman a menudo por
la otra orilla del río. En razón de esto, el _alcalde_ del pueblo y
otros vecinos pudientes y graves desean ver y hablar a su merced, y
examinar su pasaporte.
—Bien está—exclamé—. Vamos a visitar a esos dignos señores.
En diciendo esto, condújome a través de la _plaza_ a casa del
_alcalde_, donde hallamos al rústico dignatario sentado entre
puertas, gozando de la refrigerante frescura de una corriente de
aire. Era hombre viejo, como de sesenta años, sin nada notable en
su continente ni en sus facciones plácidas, en las que se reflejaba
su buen natural. Estaban con él otras personas, entre ellas el
barbero del pueblo, alto, de enorme corpulencia, alavés por su cuna,
nacido en Vitoria. También estaba allí un individuo cuya faz tenía
un pronunciado tinte rojizo, con la nariz bastante torcida: era el
herrero del lugar, y le llamaban _El Tuerto_, por la circunstancia de
no tener más que un ojo. Hice una profunda reverencia al concurso, y
manifestando mi pasaporte, hablé así:
—Graves señores y caballeros de esta ciudad de Villaseca, como yo
soy un extranjero de quien no es posible que sepan cosa alguna, me
he creído obligado a presentarme ante vosotros y a deciros quién
soy. Sabed, pues, que soy inglés de limpia sangre y buena familia,
que viajo por estos países para diversión y provecho propios, y
también para los de otras personas. Ahora he venido a Villaseca,
donde me propongo estar algún tiempo, dedicado a lo que me parezca
conveniente: unas veces pasearé a caballo por esos campos, otras
me bañaré en las aguas del río, cosa buena, según dicen, en tiempo
de calor. Suplico, por tanto, que durante mi estancia en esta
capital sus gobernantes me concedan la protección y el amparo que
habitualmente dispensan a los que llevan vida pacífica y bien
ordenada, y están dispuestos a ser dóciles y obedientes a las
costumbres y leyes de la república.
—Habla bien—dijo el _alcalde_ mirando en torno.
—Sí, habla bien—dijo el corpulento alavés—. No hay que negarlo.
—Nunca he oído hablar mejor—exclamó el herrero, levantándose del
taburete en que se hallaba sentado—. _¡Vaya!_ Es hombre recio y de
buen color, como yo. Me agrada; tengo yo un caballo que le irá muy
bien, un caballo que es la flor de España, con ocho dedos sobre la
marca.
Entonces, con nueva inclinación de cabeza, presenté el pasaporte al
_alcalde_, quien con un ligero movimiento de la mano pareció que se
negaba a recibirlo, y al mismo tiempo decía:—No es necesario.
—Oh, de ningún modo—exclamó el barbero.
—Los vecinos de Villaseca—observó el herrero—saben portarse como
gente seria. Vergüenza les daría abrigar sospecha alguna contra un
caballero tan cortés y bien hablado.
Pero yo sabía que su negativa no significaba nada, por ser tan sólo
una parte del ceremonial de su urbanidad; presenté por segunda vez el
pasaporte y lo tomaron con avidez; en un momento, todos los presentes
clavaron en él los ojos con intensa curiosidad. Lo examinaron de
arriba abajo, lo volvieron y revolvieron, y aunque no es probable que
ninguno de los presentes entendiese palabra de él, por estar escrito
en francés, produjo, sin embargo, universal contento; cuando el
_alcalde_, doblándolo con cuidado, me lo devolvió, todos observaron
que no habían visto en su vida otro pasaporte mejor, o que hablase de
su portador en términos más elogiosos.
¿Quién ha escrito que «La mofa de Cervantes ahuyentó de España
el heroísmo»? No lo sé[14]; el autor de esa línea apenas merece
recordación. La tentación de emborronar papel es tan violenta en
nuestros días, que muchos se ponen a escribir de pueblos y países
de los que no saben nada, o menos que nada. _¡Vaya!_ El haber visto
una corrida de toros en Madrid o en Sevilla, o gastado un puñado de
onzas en una _posada_ en cualquiera de esos dos puntos, regida acaso
por un genovés o un francés, no da competencia para escribir acerca
de una gente como los españoles, ni para decir al mundo cómo piensan,
cómo hablan y cómo proceden. ¡Ahuyentar con burlas el espíritu
caballeresco de España! Cuando todas las probabilidades son de que la
gran masa de la nación española habla, piensa y vive exactamente como
sus antepasados hace seis siglos.
[14] Alude a Byron. Borrow, citando de memoria, escribe:
«Cervantes sneered Spain’s chivalry away.» El pasaje de Byron es:
Cervantes smiled Spain’s chivalry away;
A single laugh demolish’d the right arm
Of his own country;—seldom since that day
Has Spain had heroes.
_Don Juan_; XIII, 11.
Por la tarde, el herrero, o como le llamaban en el pueblo, _El
Herrador_, se presentó a caballo ante la puerta de López.
—_Vamos, don Jorge_—exclamó—. Venga conmigo si su merced está
dispuesto a montar. Voy a bañar el caballo en el Tajo, por el puente
de Azeca.
Al instante ensillé mi _jaca cordobesa_, y juntos salimos del pueblo,
dirigiéndonos a través de la llanura hacia el río.
—¿Ha visto usted alguna vez un caballo como el mío, _don
Jorge_?—preguntó—. ¿Verdad que es una _alhaja_?
El caballo era, en efecto, un animal de gran estampa, garboso, de
diez y seis palmas de alzada cuando menos, ancho de pechos, pero muy
fino y limpio de remos. Engallaba soberbiamente el cuello y erguía
la cabeza como un cisne. De pelo alazán claro, tenía las crines y
la cola casi negros. Al expresarle mi admiración, el _herrador_
se animó, y apretando con las rodillas los flancos del caballo y
soltándole las riendas, se lanzó por el campo en prodigiosa carrera,
al mismo tiempo que profería el antiguo grito español: _¡Cierra!_ En
vano quise competir con él.
—Le llamo «flor de España»—dijo el _herrador_ al reunirse conmigo—.
Cómprelo usted, _don Jorge_, lo doy en tres mil _reales_. No lo
vendería ni por el doble; pero los ladrones carlistas le han echado
el ojo y temo que el día menos pensado crucen el río y se metan en
Villaseca para apoderarse de mi caballo, la «flor de España».
No estará de más hacer notar aquí que, pasado un mes, mi amigo el
_herrador_, no pudiendo hallar un buen comprador para su corcel,
entró en tratos con los susodichos bandoleros, y acabó vendiéndoselo
a su cabecilla, no por los tres mil _reales_ que pedía, sino a
cambio de una punta de ganado, robada probablemente en las llanuras
manchegas. Por ese trato, caso de alta traición, ni más ni menos,
le metieron en la cárcel de Toledo; pero no debió de estar allí
mucho tiempo, porque en una breve visita que hice a Villaseca en la
primavera del siguiente año me lo encontré de _alcalde_ de aquella
«república».
Llegamos al puente de Azeca, situado como a media legua de Villaseca;
junto a él hay un gran molino, sobre una presa que corta el río.
Apeándose del corcel, el _herrador_ le quitó la silla, le hizo entrar
en la represa y lo llevó, guiándolo con una cuerda, a un sitio dado,
donde el agua le llegaba a la mitad del cuello; una vez allí, ató la
cuerda a un poste hincado en la orilla y dejó al caballo metido en
el río. Me pareció lo mejor seguir su ejemplo: pedí una cuerda en el
molino, y metí mi caballo en el agua.
—Esto les refresca la sangre, _don Jorge_—dijo el _herrador_—. Que se
estén así una hora; mientras, iremos por ahí nosotros a entretenernos.
Cerca del puente, en la orilla donde estábamos nosotros, había una
especie de cuerpo de guardia, y en él tres carabineros que cobraban
el pontazgo. Trabamos conversación con ellos.
—Este puesto, tan inmediato al campo faccioso—dije a uno de los
carabineros, que resultó ser catalán—será muy peligroso. Con
seguridad que a una partida de _carlinos_ o de bandoleros no le
costaría gran trabajo atravesar el puente y hacerles prisioneros a
todos ustedes.
—Eso puede ocurrir en cualquier momento, caballero—contestó el
catalán—. Pero todos estamos en manos de Dios, y hasta ahora nos ha
protegido, y quizás siga protegiéndonos. Es verdad que el otro día,
un compañero nuestro de los cuatro que estábamos aquí cayó en manos
de la _canaille_. Se le ocurrió ir a la otra orilla con el fusil, a
ver si mataba algo en el soto, y de pronto, tres o cuatro facciosos
cayeron sobre él y le dieron una muerte horrible. ¡Hay que tener
paciencia! Todos hemos de morir. Puede ser que mañana me degüellen
esos _malvados_, pero eso no me quitará el sueño esta noche.
Caballero, yo soy de Barcelona, y allí he visto a los marinos de su
nación; esta tierra no es tan buena como Barcelona. _¡Paciencia!_
Caballero, si desea un vaso de agua, entre en nuestra casa. Tenemos
agua fresca, porque enterramos el cántaro en un hoyo abierto en el
suelo; está fría, como le digo; pero el agua de Castilla no es como
la de Cataluña.
La luna había salido cuando tomamos los caballos para volver al
pueblo; los rayos del bello luminar rebrillaban alegremente en las
impetuosas aguas del Tajo, plateaban la planicie por donde íbamos,
y bañaban en ondas de claridad las escarpadas vertientes del cerro
calcáreo de Villaluenga y las ruinas antiguas que coronan su cumbre.
—¿Por qué llaman a ese sitio el Castillo de Villaluenga?—pregunté.
—Porque al otro lado del cerro hay un pueblo de ese nombre, _Don
Jorge_—respondió el _herrador_—. Ese castillo es un lugar muy raro,
_¡vaya!_ Algunos dicen que lo edificaron los moros en tiempos
antiguos; otros, que los cristianos al sitiar, por vez primera, a
Toledo. Ahora está deshabitado, salvo por los conejos, que se crían
en abundancia entre la hierba frondosa y en las ruinas, y por las
águilas y buitres que anidan en lo alto de las torres. A veces voy
por allí con la escopeta a matar un conejo. En los días despejados
se ve desde las murallas Madrid y Toledo. No diré que me agrade el
sitio: lo encuentro demasiado triste y melancólico. El cerro es todo
de greda y muy penoso de subir. Oí decir a mi abuela que una vez
cuando era chica salió de ese cerro una nube de humo y se vieron
llamas, talmente como si hubiera ahí un volcán, y quizás lo haya,
_Don Jorge_.
La magna obra de difundir la Escritura comenzó sin dilación en La
Sagra. A pesar del sofocante calor, recorrí a caballo todos aquellos
contornos. No fué corta fortuna que el calor me siente bien; en otro
caso no hubiera podido hacer nada en aquella estación, pues con
frecuencia hasta los _arrieros_ se caían de las mulas muertos de
insolación. Antonio me prestó excelente ayuda; despreciaba como yo el
calor, y sin temor a nada visitó varios pueblos con éxito notable.
«_Mon maître_—decía—tengo empeño en demostrarle que sirvo para
todo.» Pero quien nos hizo avergonzarnos de nuestros trabajos fué mi
huésped, Juan López, a quien el Señor quiso inclinar a favor de la
causa. «_Don Jorge_—dijo—, _yo quiero engancharme con usted_; soy
liberal, enemigo de la superstición; voy a echarme al campo, y, si es
preciso, le seguiré a usted al fin del mundo. _¡Viva Inglaterra, viva
el Evangelio!_» Así diciendo, puso un buen fardo de Testamentos en
las aguaderas, cargó con ellas a su rucia y gritó: _¡Arre, burra!_, y
se fué a más andar. Yo me senté a escribir mi diario.
Antes de concluir mi tarea oí a la _burra_ roznar en el corral;
suspendí la escritura, fuí allá y hallé de vuelta a mi huésped.
Había vendido toda la carga, veinte Testamentos, en el pueblo de
Bargas, distante una legua de Villaseca. Ocho pobres agosteros,
que se refrigeraban a la puerta de una taberna, compraron sendos
ejemplares, y el maestro de escuela adquirió los restantes para los
pequeñuelos que tenía a su cuidado, lamentándose al propio tiempo
de la dificultad con que tropezaba para adquirir libros religiosos,
a causa de su rareza y de su exorbitante precio. Muchas otras
personas deseaban también comprar Testamentos, pero López no pudo
suministrárselos; al marcharse le rogaron que no tardara en volver.
Bien sabía yo que estaba jugando una partida muy arriesgada, y que,
cuando menos lo pensase, podía verme preso, atado a la cola de una
mula y arrastrado a la cárcel de Toledo o de Madrid. Tal perspectiva
no me desanimaba lo más mínimo; antes bien, me incitaba a perseverar;
puedo decir, sin la más leve intención de engrandecerme, que en
aquella época ansiaba ofrecer mi vida en aras de la causa, y no me
hubiera importado que la bala de un forajido o una fiebre carcelaria
pusiesen fin a mi carrera. Nada me amedrentaba. Mi lema era: «camina
con la palabra de la verdad».
La noticia de la llegada del libro de vida corrió por los pueblos
de La Sagra de Toledo como una chispa en un reguero de pólvora,
y dondequiera que mi gente o yo encaminábamos nuestros pasos,
hallábamos a los habitantes dispuestos a recibir nuestra mercancía,
y donde no la mostrábamos, nos la pedían. Una noche, según estaba
bañándome y bañando el caballo en el Tajo, se reunió un grupo de
gente en la orilla y gritó: «Sal del agua, inglés, y danos libros;
traemos el dinero en la mano». La pobre gente extendía hacia mí las
manos, llenas de _cuartos_; pero, desgraciadamente, no tenía allí
Testamentos que darles. Sin embargo, Antonio, que no andaba lejos,
les enseñó uno, y al instante se lo arrancaron de las manos; luego
tuvieron los rústicos un altercado, disputándose la posesión del
libro. Era cosa frecuente que los pobres labriegos de aquellos
contornos, con deseos de adquirir Testamentos, pero sin dinero para
comprarlos, nos llevasen a casa, para cambiarlos por libros, varios
artículos de valor equivalente; por ejemplo, conejos, fruta y cebada;
y yo tenía por regla no desairarlos nunca, ya que nos llevaban cosas
útiles para nuestro consumo personal o para el de los caballos.
En Villaseca había una escuela donde aprendían las primeras letras
cincuenta y siete niños. Una mañana, el maestro, alto de cuerpo y
flaco, de unos sesenta años, cubierta la cabeza con un puntiagudo
sombrero andaluz, y embozado, a pesar del tiempo tan caluroso, en
una larga capa, se presentó en mi casa, y después de tomar asiento,
me pidió que le enseñara uno de nuestros libros. Le entregué un
ejemplar y estuvo examinándolo casi una hora sin proferir palabra.
Al cabo lo dejó, dando un suspiro, y dijo que le contentaría mucho
comprar algunos ejemplares para su escuela, pero que su aspecto,
sobre todo la calidad del papel y la encuadernación, le hacían temer
que estuviesen fuera del alcance de los medios de los padres de sus
alumnos, casi desprovistos de dinero, por ser labradores pobres.
Entonces comenzó a censurar al Gobierno, que, decía, instalaba
escuelas sin proveerlas de los libros necesarios; añadió que en
su escuela sólo había dos libros para uso de todos sus alumnos, y
ésos contenían poco bueno. Le pregunté cuánto podría pedirse, en
su opinión, por los Testamentos. «Hablando con franqueza—dijo—,
_señor_ caballero, he pagado otras veces doce _reales_ por libros
muy inferiores al de usted; pero le aseguro que mis pobres alumnos
no pueden, en modo alguno, pagar ni la mitad de ese precio.» «Pues
yo le vendo a usted—repuse—todos los que quiera a tres _reales_ cada
uno. Ya sé que el país es pobre, y ni mis amigos ni yo, al procurar
al pueblo medios de instrucción espiritual, queremos disminuir su
ya escaso pan.» «_¡Bendito sea Dios!_»—replicó, y apenas podía dar
crédito a sus oídos. Al instante compró doce ejemplares, gastando en
eso, según me dijo, todo el dinero que poseía, excepto unos pocos
_cuartos_. La introducción de la palabra de Dios en las escuelas
rurales de España estaba empezada, y humildemente espero que, con el
tiempo, será ese uno de los sucesos que la Sociedad Bíblica podrá
con más razón recordar con júbilo y con acciones de gracias al
Todopoderoso.
Un labriego viejo está leyendo en el portal. Ochenta y cuatro años
han pasado sobre su cabeza, y está casi enteramente sordo; no
obstante, lee en alta voz el segundo capítulo de Mateo: tres días
antes encargó un Testamento, pero como no disponía del dinero no lo
ha pagado hasta este momento. Acaba de traerme treinta cuartos. Al
contemplar los cabellos plateados que coronan su semblante quemado
por el sol, vienen a mi memoria las palabras del cántico de Simeón:
«Ahora, Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu
promesa, porque mis ojos han visto tu salvación».
Durante mi estancia en Villaseca recibí de los buenos vecinos del
pueblo muchas pruebas de sencilla hospitalidad y honesta fineza. De
tal modo conquisté sus corazones por la «formalidad» de mi conducta
y de mis palabras, que tengo la firme creencia de que me hubieran
defendido a cuchilladas contra cualquier intento de reducirme a
prisión o de molestarme de cualquier otro modo. Quien desee conocer
al español genuino no debe buscarlo en los puertos ni en las grandes
ciudades, sino en los pueblos solitarios y apartados, como los de
La Sagra. Allí encontrará la gravedad en el porte y la caballeresca
disposición del ánimo que se dan como destruídas por la sátira
de Cervantes; y allí oirá, en la conversación de cada día, esas
expresiones grandiosas, que son objeto de mofa, como exageraciones
ridículas, al encontrarlas en los libros de caballerías.
Un enemigo tenía yo en el pueblo: el cura.
—Ese individuo es un hereje y un pícaro—dijo un día en la tertulia—.
Nunca va a la iglesia y está envenenando el alma del pueblo con sus
libros luteranos. Hay que enviarlo a Toledo atado codo con codo, o a
lo menos echarle del pueblo.
—No haré nada de eso—dijo el _alcalde_, que pasaba por carlista—.
Si tiene sus opiniones, yo también tengo las mías. Se porta como es
debido, y no tengo para qué meterme en sus asuntos. Ha estado muy
fino con mi hija y le ha regalado un libro. _¡Que viva!_ Y si es o
no luterano, yo tengo oído que entre los luteranos hay hijos de tan
buenos padres como aquí. Me parece todo un _caballero_. Habla muy
bien.
—Eso no puede negarse—dijo el barbero.
—¿Hay quien hable «tan» bien como él?—exclamó el _herrador_—. ¿Ni
quien tenga más formalidad? _¡Vaya!_ Es un hombre que aprecia el
mérito de mi caballo, la flor de España, y me ha dicho que no lo hay
mejor en _Inglaterra_. Un hombre, además, que si tuviera que quedarse
en España, me asegura que compraría mi caballo, y me daría por él lo
que le pidiese. ¡Echar a un hombre así! Un hombre de mi sangre, rubio
como yo. ¿Quién se atrevería a echarlo de aquí, si yo, el tuerto, me
opongo?
Voy a contar una anécdota, relacionada con la circulación de las
Escrituras, que no deja de ser rara.
Ya he hablado del molino del puente de Azeca. Trabé amistad con el
arrendatario, conocido en el país por don Antero. Un día me llevó
aparte, y con gran asombro mío me preguntó si no querría venderle un
millar de Testamentos, al mismo precio que los daba a los lugareños,
mostrándose dispuesto a pagarlos al contado. Al decir esto, hundió
una mano en un bolsillo y extrajo un puñado de onzas. Le pregunté qué
motivo le impulsaba a una compra tan importante; dijo que tenía un
pariente en Toledo, y, deseando establecerlo, le había parecido lo
mejor alquilarle una tienda en la ciudad y que se dedicase a vender
Testamentos. Le contesté que no debía pensar en cosa semejante,
porque lo más probable era que secuestraran los libros al pretender
introducirlos en Toledo, dado lo muy opuestos que eran los curas y
canónigos a su difusión.
El hombre no se arredró. Díjome que su pariente podía viajar, lo
mismo que yo, y vender libros a los campesinos, con alguna ganancia.
Confieso que al principio estuve inclinado a aceptar su ofrecimiento,
pero al cabo rehusé, porque no quería exponer a un buen hombre al
riesgo de perder dinero y bienes, y acaso la libertad y la vida.
También era yo opuesto a vender los libros a precio más elevado,
sabiendo que los campesinos no podían pagarlo, y que en tal caso
perderían los libros mucha parte de la influencia de que gozaban; su
baratura producía impresión en el ánimo del pueblo, y casi la tenían
allí por milagrosa, como los judíos al maná que cayó del cielo
cuando perecían de hambre, o a la fuente que brotó súbitamente de la
dura roca para saciar su sed en el desierto.
Durante todo este tiempo, un labriego iba y venía continuamente
entre Villaseca y Madrid, llevando cargas de Testamentos en un
_borrico_. Proseguimos nuestros trabajos hasta que la mayor parte de
los pueblos de La Sagra estuvieron provistos de libros, sobre todo,
Bargas, Cobeja, Mocejón, Villaluenga, Villaseca y Yuncler. Supimos,
por último, que nuestras andanzas eran conocidas en Toledo, donde
producían gran alarma, y regresamos a Madrid.