CAPÍTULO XLII

Salida de la cárcel. — Las excusas. — El corazón humano. — La

vuelta del griego. — La Iglesia romana. — La luz de la Escritura.

— El arzobispo de Toledo. — Una entrevista. — Piedras preciosas.

— Una resolución. — El lenguaje extranjero. — Despedida de

Benedicto. — La caza del tesoro en Compostela. — Realidad y

ficción.

Unas tres semanas estuve en la cárcel de Madrid, y, al cabo de ese

tiempo la dejé. Si yo hubiese sido orgulloso, o abrigado algún

rencor contra el partido que me encarceló, el modo como me devolvían

la libertad hubiera halagado grandemente esas malas pasiones. El

Gobierno, en un documento transmitido a sir Jorge, reconoció que me

habían detenido sin razón bastante, y que ninguna tacha quedaba sobre

mí de resultas de la prisión; se encargaba al propio tiempo de pagar

todos los gastos que la tramitación del asunto me originó.

Además, se mostró dispuesto a dejar cesante al individuo por cuyos

informes me detuvieron, es decir, el _corchete_ que me visitó en mi

hospedaje de la calle de Santiago y se comportó del modo descrito

en uno de los anteriores capítulos. Rehusé, empero, aprovecharme de

la condescendencia del Gobierno, más que nada porque me dijeron que

el individuo de marras tenía mujer e hijos, y si le dejaban cesante,

se quedarían en la miseria. Consideré, además, que en cuanto hizo y

dijo se limitó probablemente a obedecer órdenes secretas; le perdoné,

pues, sin reservas, y si en el momento presente no conserva su plaza,

la culpa, ciertamente, no es mía.

También rehusé aceptar indemnización por mis gastos, que fueron de

importancia. Es probable que muchas personas en mi caso hubiesen

procedido de muy diferente modo en este punto, y me guardo de

afirmar que en ello anduviese yo del todo discreto o acertado.

Pero me repugnaba recibir dinero de una gente como la que componía

el Gobierno de España, gente a quien, lo confieso, despreciaba yo

cordialmente, y no quería darle motivo para decir que el inglés a

quien habían apresado injustamente y sin proceso, accedía a recibir

dinero de sus manos. En una palabra, confieso mi debilidad: deseaba

yo que continuasen siendo deudores míos, y estaba seguro de que no

opondrían la más leve objeción a continuar siéndolo; se guardaron

su dinero y probablemente se rieron para su capote de mi falta de

sentido común.

La mayor pérdida que me ocasionó el encarcelamiento, y por la que

no podía ofrecerse ni recibirse indemnización, fué la muerte de

mi afectuoso y fiel Francisco, el vascongado, que por acompañarme

durante todo el tiempo que duró mi prisión, cogió el tifus o fiebre

carcelaria, que entonces hacía estragos en la cárcel de la Corte, y

murió a los pocos días de mi liberación. Murió ya entrada la noche.

A la mañana siguiente estaba yo en la cama reflexionando sobre esta

pérdida, y me preguntaba de qué nación sería mi servidor futuro,

cuando oí un ruido al parecer causado por una persona ocupada en

limpiar vigorosamente zapatos o botas, y a intervalos una voz

extraña y discordante que cantaba trozos de una canción en una

lengua desconocida; no sabiendo lo que aquello podría ser, toqué la

campanilla.

—¿Ha llamado usted, _mon maître_?—dijo Antonio asomándose a la puerta

con uno de los brazos profundamente sepultado en una bota.

—Sí, por cierto—contesté—; pero no me podía imaginar que fuese usted

quien respondiera a la llamada.

—_Mais pourquoi non, mon maître?_—exclamó Antonio—. ¿Quién va a

servirle a usted ahora sino yo? _N’est pas que le sieur François est

mort?_ En cuanto lo supe, me dije: voy a volver a mi puesto _chez mon

maître_, monsieur Georges.

—Supongo que estará usted sin colocación, y por eso ha venido.

—_Au contraire, mon maître_—replicó el griego. Acababa de ajustarme

en casa del duque de Frías, donde me daban al mes diez duros más que

su merced; pero al saber que se había usted quedado sin criado, fuí

sin pérdida de tiempo a decir al duque, aunque ya estaba muy entrada

la noche, que no me convenía servirle; y aquí estoy.

—Pues de esa manera, no le admito—dije yo—. Vuelva a casa del duque,

preséntele sus excusas por lo que ha hecho, y solicite su cese en

debida forma; entonces, si su gracia desea prescindir de usted, caso

bastante probable, le admitiré con mucho gusto a mi servicio.

Después de sufrir una prisión cuya injusticia reconocían mis propios

enemigos, era razonable esperar de sus manos un trato más liberal

que el que hasta allí me habían dispensado. Mi única ambición era

por entonces conseguir tolerancia para la venta del Evangelio en

aquel infortunado y perturbado reino; para lograr ese fin no sólo

hubiera consentido en sufrir, uno tras otro, veinte encarcelamientos

como el pasado, sino que hubiera sacrificado gustoso la vida misma.

Pronto advertí, sin embargo, que probablemente no iba a ganar nada

con mi encarcelación; al contrario, desde que se concluyó el asunto,

fuí objeto de la aversión personal del Gobierno, lo que tal vez no

sucedía antes; las concesiones que se vieron obligados a hacer para

evitar una ruptura con Inglaterra humillaron su orgullo y vanidad.

Mostráronse dispuestos a saciar su aversión, contrariando mis planes

todo lo posible. Tuve una entrevista con Ofalia acerca del asunto que

embargaba mi ánimo; le encontré desabrido y áspero. «Lo que más le

conviene a usted es permanecer tranquilo—me dijo—. ¡Cuidado! Ya ha

puesto usted una vez toda la _corte_ en confusión; cuidado, repito.

Otra vez puede que no se escape usted tan fácilmente.»

—Quizás no—repliqué—y quizás ni lo deseo siquiera; es cosa agradable

padecer por la causa del Evangelio. Ahora me tomaré la libertad de

preguntar si, en el caso de ponerme a propagar la Palabra de Dios, me

lo impedirán.

—Naturalmente—exclamó Ofalia—; la Iglesia lo prohibe.

—Pues, con todo, voy a intentarlo—exclamé.

—¿Sabe usted lo que dice?—preguntó Ofalia, arqueando las cejas y

abriendo la boca.

—Sí, continué—; voy a hacer la prueba en todos los pueblos de España

donde me sea posible entrar.

Durante mi permanencia en España, la oposición más recia que encontré

fué la del clero; por instigación suya el Gobierno adoptaba las

medidas convenientes para impedir la amplia difusión del libro

sagrado por el país. No interrumpiré el curso de mi narración con

reflexiones acerca de la situación de una Iglesia que, si bien

pretende fundarse en la Escritura, arrebataría la luz de la Escritura

a toda la Humanidad, si pudiese. Pero Roma sabe perfectamente que

no es una Iglesia cristiana, y como no tiene deseo de serlo, obra

cuerdamente quitando a sus secuaces de delante de los ojos las

páginas que podrían revelarles las verdades del Cristianismo. Sus

agentes y validos en España esforzábanse cuanto podían por anular mis

humildes trabajos y difamar la obra que yo andaba esparciendo. Todo

el clero ignorante y fanático (la gran mayoría) era opuesto a ella,

y cuantos ansiaban estar a bien con la corte de Roma vociferaban su

oposición. Había, empero, una parte del clero, pequeña a la verdad,

bien dispuesta en favor de la circulación del Evangelio, aunque en

modo alguno inclinada a hacer el menor sacrificio individual por tal

fin; éstos eran los que profesaban el liberalismo, que se supone

implica una disposición a adoptar cuantas reformas, así en lo civil

como en lo eclesiástico, parezcan conducentes al bien del país. No

pocos clérigos españoles eran partidarios de ese principio, o al

menos se declaraban tales; algunos, por conveniencia propia sin

duda, con la esperanza de aprovechar el espíritu de los tiempos

para su medro personal; otros, hay que esperarlo, por convicción,

por puro amor a las ideas. Entre éstos se encontraban, por la época

a que me refiero, varios obispos. Pero es digno de nota que ninguno

de ellos debía su puesto al Papa, que los desautorizaba, sino a la

Reina Gobernadora, cabeza visible del liberalismo en España. No es de

extrañar, por tanto, que hombres colocados en tales circunstancias se

sintiesen dispuestos a apoyar cualquier medida o plan favorables al

progreso del liberalismo, más bien que a contrariarlos; y no hay duda

que la circulación de la Escritura era una medida de ese género. Con

todo, su buena voluntad, suponiendo que la tuvieran, fué para mí poco

valiosa, porque nunca dieron un paso decisivo ni alzaron sus voces

para denunciar de modo positiva y resuelto la conducta de quienes

pretendían privar al mundo de la luz de la Escritura. En cierta

ocasión creí que iba a conseguir, por su medio, algo importante para

la causa del Evangelio en España; pero me desengañé pronto, y me

convencí de que descansar en lo que quisieran hacer era tanto como

apoyar la mano en una caña, que, sin sostenerme, me desgarraría la

carne. Algunos de ellos me enviaron mensajes expresando la estimación

en que me tenían y asegurándome cuán cara a su corazón era la causa

del Evangelio. Recibí incluso un aviso insinuándome que mi visita no

sería desagradable al arzobispo de Toledo, Primado de España.

Poco puedo decir de este personaje, cuya historia desconozco por

completo. A la muerte de Fernando era, creo yo, obispo de Mallorca,

pequeña e insignificante sede, de muy pobres rentas, que quizás

cambió gustoso por otra más rica. Es probable, sin embargo, que

de mostrarse fiel servidor del Papa, y, por ende, partidario de

los legitimistas, hubiera ocupado hasta el día de su muerte la

silla episcopal de Mallorca; pero pasaba por liberal, y la Reina

Gobernadora tuvo a bien concederle la dignidad de arzobispo de

Toledo, haciéndole así cabeza de la Iglesia en España. Cierto que

el Papa se negó a ratificar la designación, razón por la que todos

los buenos católicos estaban obligados a seguir considerándole como

obispo de Mallorca y no como Primado de España. Pero el obispo

cobraba las rentas de la sede toledana, débil sombra de lo que fueron

antaño, pero muy importantes aún, y vivía en el palacio del Primado,

en Madrid, de suerte que si no era arzobispo _de jure_ era lo que

para muchos valía más: arzobispo _de facto_.

Sabedor de la amistad personal del arzobispo con Ofalia, quien, según

decían, le consideraba mucho, resolví hacerle una visita, y así una

mañana me encaminé al palacio en que vivía. Sin dificultad obtuve

audiencia: un lacayo, asturiano a lo que creo, a quien hallé sentado

en un banco de piedra del portal, me condujo a su presencia. Cuando

entré, el arzobispo estaba solo, sentado detrás de una mesa, en un

vasto aposento, especie de sala de estrados. Vestía con sencillez:

sotana negra y birrete de seda; pero en un dedo llevaba una amatista

soberbia, resplandeciente, de brillo deslumbrador. Se incorporó un

momento, al acercarme, y con la mano me indicó una silla. Podía tener

sesenta años; era muy alto, pero se encorvaba bastante, por debilidad

sin duda; y la tez pálida de sus facciones demacradas denotaba su

mala salud. Cuando de nuevo se sentó inclinó la cabeza, como si

contemplase la mesa que tenía delante.

—Supongo que V.E. sabrá quién soy—dije al cabo, rompiendo el

silencio.

El arzobispo inclinó la cabeza hacia el hombro izquierdo, con

expresión algo equívoca, pero no dijo nada.

—Yo soy el que los _Manolos_ de Madrid llaman _Don Jorgito el

Inglés_. Acabo de salir de la cárcel, donde me encerraron por

propagar el Evangelio del Señor en este reino de España.

El arzobispo repitió el mismo movimiento equívoco de la cabeza, pero

aún no dijo nada.

—He sabido que V.E. deseaba verme, y por esa razón he venido a

hacerle esta visita.

—Yo no le he llamado a usted—dijo el arzobispo, alzando de súbito la

cabeza, y con ojos de espanto.

—Quizás no; pero me habían dado a entender que mi presencia sería

grata; como al parecer no es así, me iré.

—Puesto que ha venido usted, me alegro mucho de verle.

—Y yo celebro mucho oírle—dije yo, volviendo a sentarme—. Ya que

estoy aquí, podemos hablar de un asunto de la mayor importancia: la

difusión de la Escritura. ¿Conoce V.E. algún medio para alcanzar un

fin tan deseable?

—No—dijo el arzobispo débilmente.

—¿No cree V.E. que el conocimiento de la Escritura produciría

inestimables beneficios a estos reinos?

—No lo sé.

—¿Hay probabilidades de convencer al Gobierno para que consienta su

circulación?

—¿Cómo voy a saberlo?—y el arzobispo se me quedó mirando a la cara.

Yo también le miré a él; había en su rostro tal expresión de

desvalimiento, que casi era chochez. «¡Válgame Dios!—pensé—. ¿A

quién he venido yo a contar estas cosas? ¡Pobre hombre! No sirves

para representar el papel de Martín Lutero, y en España menos que en

otra parte. Me maravilla que tus amigos te hayan nombrado arzobispo

de Toledo. Quizás pensaron que no harías provecho ni daño, y te

escogieron, como escogen a veces en mi país a los primados, en razón

de tu incapacidad. No pareces muy contento en este empleo, ni tu

sitial debe de ser muy cómodo. Más a gusto estabas cuando eras el

pobre obispo de Mallorca; entonces podías saborear la _puchera_ sin

miedo de que te la sazonaran con sublimado. No temías entonces que

te ahogaran en el lecho. La _siesta_ es cosa agradable, cuando no

está uno expuesto a verla interrumpida por un súbito espanto. Me

sorprenderá si no estás ya envenenado»—continué casi en voz alta,

según estaba mirándole al semblante, que a mi parecer se cubría de

palidez mortal.

—¿Qué decía usted, _don Jorge?_—preguntó el arzobispo.

—Que V.E. lleva un brillante magnífico—dije yo.

—¿Le gustan a usted los brillantes, _don Jorge_?—dijo el arzobispo,

cuyas facciones se animaron—. _¡Vaya!_ ¡También a mí! ¡Son muy

bonitos! ¿Entiende usted de brillantes?

—Sí entiendo—respondí—, y no he visto nunca otro mejor que ése, salvo

uno, perteneciente a un conocido mío, un khan de Tartaria. Pero no

lo llevaba en el dedo; poníaselo al caballo en el frontal, donde

brillaba como una estrella. Llamábalo _Daoud Scharr_, que significa

«luz de guerra».

—_¡Vaya!_—dijo el arzobispo—. ¡Qué curioso! Me alegro de que le

gusten a usted los brillantes, _don Jorge_. Al hablar de caballos

me ha hecho usted recordar que le he visto con frecuencia a caballo.

_¡Vaya!_ Qué modo de montar. Es peligroso encontrársele a usted en el

camino.

—¿V.E. es aficionado a la equitación?

—De ninguna manera, _don Jorge_. No me gustan los caballos. En la

Iglesia no es costumbre montar a caballo; preferimos las mulas: son

animales más tranquilos. Los caballos me dan miedo: ¡cocean de un

modo!

—La coz del caballo mata—dije yo—si da en un sitio vital. Pero

no opino como V.E. acerca de las mulas; un buen _jinete_ puede

sostenerse a caballo, por resabiado que el animal esté; pero las

mulas, _¡vaya!_, cuando una mula falsa _tira por detrás_, no creo

que ni el propio Padre de la Iglesia se sostenga en la silla ni un

momento, por muy buen bocado que lleve.

Al marcharme, le dije:—¿Qué puedo esperar acerca del Evangelio?

—_No sé_—dijo el arzobispo inclinando de nuevo la cabeza hacia el

hombro derecho, mientras sus facciones reasumían la expresión de

vaciedad.

Así terminó mi entrevista con el arzobispo de Toledo.

—Me parece—dije a María Díaz al volver a casa—, me parece, _Mariquita

mía_, que si el Evangelio, para ser tolerado en España, ha de esperar

a que los obispos y arzobispos liberales acudan resueltamente en su

ayuda, va a tener que aguardar mucho tiempo.

—Soy del mismo parecer, señor—respondió María—. ¡Bonito sería tener

que esperar a que esa gente haga un esfuerzo en favor de usted!

_¡Ca!_ Risa me da pensarlo. ¿Cómo ha tenido usted la candidez de

figurarse que les importa algo el Evangelio? _¡Vaya!_, son verdaderos

curas; en los ofrecimientos que le han hecho a usted sólo les movía

su propio interés. El Santo Padre no quiere reconocerlos, y les

gustaría asustarle un poco para obligarle a transigir; pero como los

reconociera, ya vería usted luego si le admitían en sus palacios o

tenían algún trato con usted. «¡Fuera ese prójimo!—dirían—. _¡Vaya!_

¿No es luterano? ¿No es enemigo de la Iglesia? _¡A la horca, a la

horca!_» Conozco a esa familia mejor que usted, _don Jorge_.

—Es inútil aguardar más—dije yo—. Pero en Madrid nada puedo hacer.

No se puede vender la obra en el _despacho_, y acabo de saber que

todos los ejemplares dejados para la venta en las librerías de las

diversas poblaciones que he visitado los ha secuestrado el Gobierno.

Mi decisión está tomada: montaré en mis caballos, que relinchan en

la cuadra, y me iré a recorrer en persona los pueblos y llanuras

de la polvorienta España. _Al campo, al campo._ «Camina, avanza

prósperamente y reina por medio de la verdad y de la mansedumbre

y de la justicia; tu diestra te conducirá a cosas maravillosas.»

Caminaré, pues, María.

—No puede hacer su merced cosa mejor, y permítame ahora decirle

que, por cada libro que pudiera usted vender en un _despacho_ en

la ciudad, venderá usted ciento en los pueblos con tal de darlos

baratos, porque en el campo hay poco dinero. _¡Vaya!_ ¿Sabré yo

lo que digo? ¿No soy también de pueblo, _villana_ de la Sagra? A

caballo, pues; los caballos no hacen más que relinchar en la cuadra,

como usted dice, y casi podía haber añadido que el _señor_ Antonio

relincha en la casa. Dice que no tiene nada que hacer, motivo por el

que está otra vez disgustado e inquieto. Todo lo encuentra mal, a mí

en primer término. Esta mañana le saludé, y, en lugar de contestarme,

torció la boca de un modo nunca visto en tierras de España.

—Se me ocurre una idea—dije yo—. Ha mentado usted la Sagra ¿Por qué

no comenzar mis trabajos por los pueblos de esa comarca?

—Muy bien pensado—replicó María—. La recolección termina ahora

por allí, y encontrará usted a la gente relativamente desocupada,

con vagar para acompañarle a usted y oírle. Si quiere seguir mi

consejo, debe usted establecerse en Villaseca en la casa que fué de

mis padres, donde al presente vive mi señor marido. Vaya usted a

Villaseca lo primero, y desde allí puede usted emprender excursiones

con el _señor_ Antonio. Quizás mi marido les acompañe; si es así, les

servirá de mucho. La gente en Villaseca es amable y cortés; cuando se

dirigen a un forastero le hablan a gritos y en gallego.

—¡En gallego!—exclamé.

—Todos saben unas cuantas palabras de gallego aprendidas de los que

bajan todos los años a segar, y como el gallego es la única lengua

extraña que conocen, la emplean por cortesía al dirigirse a un

extranjero. _¡Vaya!_ No es mal pueblo Villaseca, ni es mala gente; la

única persona de mala condición que allí hay es el reverendo señor

cura.

No fueron largos los preparativos de mi empresa. Envié por delante

con un _arriero_ un buen repuesto de Testamentos, y yo salí al

siguiente día. Pero antes de marcharme recibí la visita de Benedicto

Mol.

—Vengo a decirle a usted adiós, _lieber Herr_. Mañana me vuelvo a

Compostela.

—¿Con qué propósito?

—Para desenterrar el _Schatz_, _lieber Herr_. ¿Cuál otro podía

llevar? ¿Por qué he vivido hasta hoy, sino para al fin poder

desenterrar el _Schatz_?

—Pudiera usted haber vivido para algo mejor—exclamé—. Con todo, le

deseo buen éxito. ¿En qué funda usted sus esperanzas? ¿Le han dado

permiso para hacer excavaciones? Seguramente no se le habrán olvidado

a usted las penalidades que sufrió en Galicia.

—No se me han olvidado, _lieber Herr_, ni el viaje a Oviedo, ni las

siete bellotas, ni la lucha con la muerte en el _barranco_. Pero

tengo que cumplir mi destino. Ahora voy a Galicia a expensas del

Gobierno, como si perteneciera de nuevo a la Guardia suiza: voy en

coche de mulas, quiero decir, en _galera_. Tendré toda la ayuda

necesaria, y puedo cavar hasta el centro de la tierra si lo creo

conveniente. Además... pero no puedo decirle más, porque he jurado

sobre los cuatro _Evangelien_ guardar secreto.

—Bien, Benedicto, no tengo nada que decir, salvo desearle a usted que

triunfe en sus excavaciones.

—Gracias, _lieber Herr_; gracias. Ahora, adiós. ¡Triunfaré, triunfaré!

Aquí se quedó cortado, se estremeció, y, mirándome, con expresión

casi de loco en el semblante, exclamó:

—_¡Heiliger Gott!_ Me olvido de una cosa. Supongamos que al fin y a

la postre no encuentro el tesoro.

—Es muy sensato lo que usted dice; ¡lástima que hasta ahora no se le

haya ocurrido! Le aseguro a usted, amigo mío, que se ha metido en

una empresa desesperada. Verdad que puede usted encontrar un tesoro;

pero hay cien probabilidades contra una de que no lo encontrará.

¿Qué será de usted en tal caso? Le tomarán por un impostor, y las

consecuencias serán horribles. Recuerde quién es usted y entre qué

gentes está. Los españoles son crédulos; pero cuando una vez llegan

a sospechar que los han engañado, y sobre todo que se han reído de

ellos, su sed de venganza no conoce límites. No crea usted que su

inocencia le servirá de algo. Yo estoy convencido de que no es usted

un impostor, pero ellos no lo creerán jamás. Todavía no es tarde.

Devuelva usted esas ropas tan buenas y ese elegante bastón a quien se

lo haya dado. Póngase un traje viejo, empuñe el tosco palo, y véngase

conmigo a la Sagra para ayudarme a difundir el insigne Evangelio

entre los lugareños de la ribera del Tajo.

Benedicto meditó un momento, y luego, sacudiendo la cabeza, gritó:

—¡No! ¡No! Tengo que cumplir mi destino. El _Schatz_ no está aún

desenterrado. Así lo dijo la voz en el _barranco_. Mañana, a

Compostela. Lo encontraré: el _Schatz_ está allí aún; «tiene» que

estar.

Salió y no le volví a ver más. Pero después oí contar de él cosas

extraordinarias. Resultó que el Gobierno dió oídos a la fábula de

Benedicto, y se dejó impresionar de tal modo por sus exageradas

descripciones del tesoro oculto, que llegó a creer en la posibilidad

de desenterrar en Santiago, con poco trabajo y poco gasto, oro

y diamantes de sobra para enriquecerse y para extinguir la deuda

nacional de España. El suizo volvió a Compostela «como un duque»,

para usar sus mismas palabras. El asunto, mantenido al comienzo

en profundo secreto, se divulgó con rapidez. Se acordó dar a una

exploración que podía tener tan importantes consecuencias toda la

publicidad y el aparato posibles. Acercábase una fiesta muy solemne,

y pareció lo más acertado que la busca comenzase en tal día. El día

llegó. Todas las campanas de Compostela repicaban. El pueblo en masa

se lanzó a la calle; un millar de soldados formaba en la plaza; la

expectación llegó al grado sumo. Una solemne comitiva se dirigió a

la iglesia de San Roque; a su cabeza iban el capitán general y el

suizo, que blandía un mágico bastón; pegada a ellos iba la _meiga_,

la bruja gallega que primeramente guió al buscador del tesoro;

numerosos albañiles cerraban la marcha, llevando las herramientas

necesarias para la excavación. La comitiva entra en la iglesia, la

cruza con paso solemne, y llega a una galería abovedada. El suizo

mira en torno. «Cavad aquí»—dijo de pronto—. «Sí, cavad aquí»—dijo la

_meiga_. Los albañiles trabajan, horadan el piso, espárcese un olor

horrible y fétido...

Para qué más; no se halló tesoro alguno, y mis advertencias al

desgraciado suizo resultaron demasiado proféticas. Sin tardanza le

prendieron, arrojándole en la hórrida prisión de Santiago, seguido de

las maldiciones de millares de personas, que con gusto le hubieran

despedazado.

El asunto no terminó ahí. Los enemigos políticos del Gobierno no

dejaron escapar una ocasión tan favorable para asestarle los dardos

del ridículo. Los _moderados_ fueron censurados en las Cortes por su

avaricia y su credulidad, mientras en alas de la Prensa liberal se

esparcía por toda España la historia del tesoro escondido en Santiago.

—Después de todo, eso ha sido una _trampa_ de _don Jorge_—dijo un

enemigo mío—. Ese prójimo se encuentra siempre enredado en la mitad

de las _picardías_ que se cometen en España.

Ansioso por saber la suerte que había corrido el suizo, escribí a

mi antiguo amigo de Compostela, Rey Romero. En su respuesta decía:

«Vi al suizo en la cárcel, desde donde me mandó llamar, implorando

mi socorro en nombre de la amistad que tengo con usted. Pero ¿cómo

favorecerle? Se lo llevaron de Santiago en seguida, no se adónde.

Dicen que ha desaparecido por el camino.»

La verdad es a veces más sorprendente que la fábula. ¿En qué novela

se encontrará nada más insensato, grotesco y triste que la historia

fácilmente comprobable de Benedicto Mol, el buscador del tesoro de

Santiago?

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 16 / 35 题