CAPÍTULO XLIV

Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva

expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en

la cárcel. — Liberación de López.

El buen éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo

me incitó prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné

encaminarme a La Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos

de aquella provincia. López, que ya había prestado tan importantes

servicios en La Sagra, nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte

en la nueva expedición. Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde

esperaba obtener algunas noticias útiles para regular nuestros

movimientos ulteriores; Aranjuez está a corta distancia de la raya

de La Mancha, y lo cruza la carretera que lleva a esa provincia.

Partimos, pues, de Madrid, y en cada pueblo del camino vendimos de

treinta a cuarenta Testamentos, hasta llegar a Aranjuez, adonde

habíamos enviado por delante un buen repuesto de libros.

Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por

un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió,

en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio

modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los

reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí

pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de _señoras_ guapas y de

toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias:

«Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual

Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el

sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes

cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban

furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de

las guitarras en sus arboledas y jardines.

Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo no

dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los

habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna

oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos

ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las

personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más

bien se mofaban de ella y la ridiculizaban.

Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber:

la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha

atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían

su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los

poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus

hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer

en alta voz el Nuevo Testamento.

Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera

vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La

Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en

sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse

sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien

que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder

terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo

en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de

bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor.

Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas.

Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana, habíamos

enviado por delante a López con doscientos o trescientos Testamentos.

Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a través de agrestes

cerros, y por terreno quebrado y pendiente.

Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa de

ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle

profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar

a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del

valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el

puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un

hombre se destacó del hueco de la puerta.

Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que

anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante

del caballo, cerrando el camino, y dijo: _Schophon_, que en hebreo

significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los

judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme.

Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido

un lazo. El _corregidor_ de Toledo, en quien toda maldad tiene

cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al

rostro, ha ordenado a los _alcaldes_, _escribanos_ y _corchetes_ de

estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren,

y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A su

criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo, cuando

iba vendiendo libros por la calle, y ahora le esperan a usted en la

_posada_; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado

mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este

aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de

ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el _alcalde_

le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le

proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo.

No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que,

secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares.

Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de

la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían

terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua

del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda,

tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo

permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero

llevaban sendas escopetas. Eran _rateros_, o salteadores de caminos.

Hicimos alto y gritamos:

—¿Quién va?

—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante.

Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera imposible

errar.

Gritamos de nuevo:

—Si no pasáis ahora mismo a la derecha del camino, os pateamos con

los cascos de los caballos.

Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son

cobardes y a la menor señal de energía se someten.

Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota obscena:

—¿Tiramos?

Pero otro dijo:

—¡No, no! ¡Hay peligro!

Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana siguiente

temprano, y nos volvimos a Madrid.

Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos

y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera

vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo,

vendió veintisiete en menos de diez minutos.

A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho

menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al

volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo

la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me

dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones al

otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen, y será

difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás el enemigo

duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mucha buena simiente

en los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a

_Castilla la Vieja_.» Por consiguiente, el día después de mi regreso

despaché varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía

visitar, y envié por delante a López, con su burra bien cargada,

y orden de esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco

del acueducto de Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas

personas quisieran cooperar en la distribución de las Escrituras y

pareciesen útiles para el caso. Imposible hallar un colaborador más

valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía

muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro

lado de la sierra, y me aseguró que en sus casas nos recibirían

siempre muy bien. Partió con grandes bríos, exclamando:

—Tenga buen ánimo, _don Jorge_; antes de que volvamos habremos

vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo

los frailes! ¡Abajo la superstición! _¡Viva Inglaterra! ¡Viva el

Evangelio!_

A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por

el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este

del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera

que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala

reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Acababa

de ponerse el sol cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un

espeso y sombrío pinar que cubre enteramente las montañas por la

parte de Castilla la Vieja. La bajada no tardó en hacerse tan rápida

y pendiente, que de buen grado nos apeamos de los caballos y los

obligamos a ir delante. Cada vez nos hundíamos más en el bosque; los

pájaros nocturnos empezaron a graznar, y millones de grillos dejaban

oír su penetrante chirrido encima, debajo y alrededor nuestro.

A veces percibíamos a cierta distancia, entre los árboles, unas

llamaradas como de inmensas hogueras.

—Son los carboneros, _mon maître_—dijo Antonio—. No debemos

acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y

robado a muchos viajeros en estas horribles soledades.

Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún

estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a

la redonda.

—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, _mon maître_—dijo

Antonio.

Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin,

a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la

izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha,

en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche.

Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez. Ambos

sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el

primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la

población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina

hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La

Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los

de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza

inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las

calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de

los soportales.

Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia.

Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al

acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor parte

del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la ciudad.

Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí

noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del

mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos

hombres vendiendo libros.

Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse en

camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados de

Testamentos. Al anochecer llegué a Abades, y encontré a López, con

dos campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo,

donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en

las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo

Abades; pero dos de los tres _curas_ del pueblo se lo estorbaron: con

horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con

la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona

que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada.

El tercer _cura_, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir

al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran

unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la

ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían

al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la

misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana

siguiente, los dos _curas_ facciosos se me metieron en casa; pero en

cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de

ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en

la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy

poco.

No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana; baste

decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente, logré,

con la ayuda de Dios, vender de quinientos a seiscientos Testamentos

en los pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en

torno de Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se

conocían ya en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que

se había enviado al _alcalde_ orden de secuestrar cuantos libros

hallase en mi poder. Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche,

levanté el campo con mi gente, llevándonos más de trescientos

Testamentos, porque habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes,

nueva provisión de ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana

siguiente llegamos a Labajos, pueblo situado en la carretera de

Madrid a Valladolid. No vendimos libros en aquel lugar, limitándonos

a abastecer desde él de la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos;

también vendimos libros por los caminos.

No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto,

cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería,

hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja,

arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los

horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz.

En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De

pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales por

su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado; al cabo

supe que estaba preso en Villalos[15], pueblo distante tres leguas

de allí. Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en

una comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William

Hervey, a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir

Jorge Villiers, ya conde de Clarendon.

[15] Velayos.

«Labajos (provincia de Segovia),

23 de agosto de 1838.

Señor: Con su venia me permito llamar su atención sobre

los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un

dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de

Villalos, provincia de Avila, por orden del _cura_ del pueblo. El

crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento.

Estaba yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la

división del cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las

inmediaciones. El día 22 monté a caballo y fuí a Villalos,

distante tres leguas. A mi llegada encontré que López había sido

trasladado desde la cárcel a una casa particular. Había llegado

una orden del _corregidor_ de Avila mandando poner en libertad a

López y retener tan sólo los libros que se hallaran en su poder.

Sin embargo, en abierta oposición a esa orden (de la que le envío

copia), el _alcalde_ de Villalos, por instigación del _cura_, no

permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con dirección a

Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron a entender

que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se proponían

denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran. Teniendo

en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como cristiano

y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas manos,

y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, aunque

inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. Al

salir del pueblo grité: _¡Viva Isabel segunda!_

Como creo que el _cura_ de Villalos es capaz de cualquier

infamia, ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud

al Gobierno español una copia del anterior relato.

Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso

servidor de V.E.

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 18 / 35 题