Aranjuez. — Una advertencia. — Aventura nocturna. — Nueva
expedición. — Segovia. — Abades. — Curas facciosos. — López, en
la cárcel. — Liberación de López.
El buen éxito que coronó nuestros esfuerzos en La Sagra de Toledo
me incitó prontamente a acometer una nueva empresa. Determiné
encaminarme a La Mancha, y distribuir la Palabra por los pueblos
de aquella provincia. López, que ya había prestado tan importantes
servicios en La Sagra, nos acompañó a Madrid, y ansiaba tomar parte
en la nueva expedición. Resolví ir por de pronto a Aranjuez, donde
esperaba obtener algunas noticias útiles para regular nuestros
movimientos ulteriores; Aranjuez está a corta distancia de la raya
de La Mancha, y lo cruza la carretera que lleva a esa provincia.
Partimos, pues, de Madrid, y en cada pueblo del camino vendimos de
treinta a cuarenta Testamentos, hasta llegar a Aranjuez, adonde
habíamos enviado por delante un buen repuesto de libros.
Ameno sitio es Aranjuez, aunque abandonado. Allí el Tajo fluye por
un delicioso valle, quizás el más fértil de España; y allí surgió,
en días mejores para ese país, una pequeña ciudad, con un palacio
modesto, pero muy lindo, sombreado por árboles enormes, donde los
reyes venían a explayarse olvidando los cuidados del trono. Allí
pasó sus últimos días Fernando VII, rodeado de _señoras_ guapas y de
toreros andaluces; pero, como dice Schiller en una de sus tragedias:
«Los hermosos días de Aranjuez ya se acabaron.» Cuando el sensual
Fernando rindió su cuenta postrera, la realeza huyó de allí, y el
sitio decayó pronto. Ya no se agolpan en palacio los intrigantes
cortesanos; su vasto circo, donde antaño los toros manchegos bramaban
furiosos en la lucha, está cerrado; y ya no se oye el leve puntear de
las guitarras en sus arboledas y jardines.
Tres días estuve en Aranjuez, durante los que Antonio, López y yo no
dejamos en la ciudad ninguna casa por visitar. Hallamos entre los
habitantes gran miseria y mucha ignorancia; tropezamos con alguna
oposición; sin embargo, plugo al Todopoderoso permitirnos vender unos
ochenta Testamentos, comprados todos por la gente más pobre; las
personas acomodadas no pusieron atención en la Palabra de Dios, y más
bien se mofaban de ella y la ridiculizaban.
Una circunstancia me agradó y contentó en gran manera, a saber:
la prueba ocular de que los libros vendidos se leían, y con mucha
atención, por los compradores, y que otras varias personas recibían
su benéfico influjo. En las calles de Aranjuez, y debajo de los
poderosos cedros y gigantescos álamos y plátanos que forman sus
hermosos bosques, vi con frecuencia grupos de individuos oyendo leer
en alta voz el Nuevo Testamento.
Es probable que, de permanecer más tiempo en Aranjuez, hubiera
vendido muchos más de aquellos Divinos Libros; pero ansiaba ganar La
Mancha y sus arenosas planicies, y esconderme por una temporada en
sus apartados pueblos, para huír de la tormenta que sentía cernerse
sobre mí. Una vez más allá de Ocaña, ciudad fronteriza, sabía yo bien
que nada tendría que temer de las autoridades españolas, cuyo poder
terminaba allí; el resto de La Mancha hallábase casi por completo
en manos de los carlistas, y recorrido por pequeñas partidas de
bandidos, de quien esperaba librarme con la protección del Señor.
Partí, pues, para Ocaña, distante de Aranjuez tres leguas.
Antonio y yo salimos a las seis de la tarde; muy de mañana, habíamos
enviado por delante a López con doscientos o trescientos Testamentos.
Dejamos la carretera, y caminamos por un atajo a través de agrestes
cerros, y por terreno quebrado y pendiente.
Como íbamos bien montados, llegamos frente a Ocaña cuando acababa de
ponerse el sol; el pueblo se alza en un cerro escarpado; un valle
profundo se abría entre el pueblo y nosotros; bajamos, hasta llegar
a un puentecillo por el que se cruza un riachuelo en el fondo del
valle, a muy corta distancia de una especie de arrabal. Cruzamos el
puente, y al pasar junto a una casa abandonada, a mano izquierda, un
hombre se destacó del hueco de la puerta.
Lo que voy a decir parecerá incomprensible; téngase presente que
anda en ello un pueblo harto singular. El hombre se plantó delante
del caballo, cerrando el camino, y dijo: _Schophon_, que en hebreo
significa conejo. Sabía yo que esta palabra era una contraseña de los
judíos, y pregunté al hombre si tenía alguna cosa que advertirme.
Dijo así: «No debe usted entrar en esta ciudad, porque le han tendido
un lazo. El _corregidor_ de Toledo, en quien toda maldad tiene
cabida, por agradar a los sacerdotes de María, a quienes escupo al
rostro, ha ordenado a los _alcaldes_, _escribanos_ y _corchetes_ de
estas partes que le echen a usted mano dondequiera que le encuentren,
y le manden a Toledo con sus libros y con cuanto le pertenezca. A su
criado le prendieron esta mañana en la parte alta del pueblo, cuando
iba vendiendo libros por la calle, y ahora le esperan a usted en la
_posada_; pero como yo le conocía a usted por lo que me han contado
mis hermanos, he estado esperándole aquí unas horas para darle este
aviso, y que su caballo vuelva el rabo a sus enemigos y se burle de
ellos con un relincho. No tema usted por su criado; el _alcalde_
le conoce y le pondrá en libertad; pero usted huya, y que Dios le
proteja». Dicho esto, se fué corriendo hacia el pueblo.
No vacilé un momento en seguir su consejo, sabiendo bien que,
secuestrados los libros, ya nada podía hacer en aquellos lugares.
Retrocedimos en dirección de Aranjuez. Los caballos, a pesar de
la naturaleza del terreno, corrían a todo galope; pero no habían
terminado nuestras aventuras. A mitad de camino, y a una media legua
del pueblo de Ontígola, vimos cerca de nosotros, a mano izquierda,
tres hombres sobre un montículo. Hasta donde la obscuridad lo
permitía, nos pareció distinguir que estaban al descubierto, pero
llevaban sendas escopetas. Eran _rateros_, o salteadores de caminos.
Hicimos alto y gritamos:
—¿Quién va?
—¡Qué les importa a ustedes!—respondieron—. Sigan adelante.
Su designio era hacernos fuego desde un sitio en que fuera imposible
errar.
Gritamos de nuevo:
—Si no pasáis ahora mismo a la derecha del camino, os pateamos con
los cascos de los caballos.
Vacilaron, y al fin obedecieron, porque todos los asesinos son
cobardes y a la menor señal de energía se someten.
Cuando pasábamos al galope, gritó uno, con una palabrota obscena:
—¿Tiramos?
Pero otro dijo:
—¡No, no! ¡Hay peligro!
Llegamos a Aranjuez, donde se nos reunió López a la mañana siguiente
temprano, y nos volvimos a Madrid.
Pena me da decir que en Ocaña secuestraron doscientos Testamentos
y, sellados, los enviaron a Toledo. López me contó que los hubiera
vendido todos en dos horas: tan grande era la demanda. Así y todo,
vendió veintisiete en menos de diez minutos.
A pesar del tropiezo de Ocaña no estábamos desanimados, ni mucho
menos, y sin perder tiempo empezamos a preparar otra expedición. Al
volver de Aranjuez a Madrid, mis ojos habían contemplado muy a menudo
la potente barrera de montañas que divide las dos Castillas, y me
dije: «¿Por qué no cruzar esas montañas y comenzar mis operaciones al
otro lado, en la propia Castilla la Vieja? Allí no me conocen, y será
difícil que hayan llegado noticias de mis trabajos. Quizás el enemigo
duerme, y antes que se despierte puedo sembrar mucha buena simiente
en los pueblos de los castellanos viejos. A Castilla, pues; a
_Castilla la Vieja_.» Por consiguiente, el día después de mi regreso
despaché varias cargas de libros a diferentes pueblos que me proponía
visitar, y envié por delante a López, con su burra bien cargada,
y orden de esperarme, en un día señalado, debajo de cierto arco
del acueducto de Segovia. También le di orden de ajustar a cuantas
personas quisieran cooperar en la distribución de las Escrituras y
pareciesen útiles para el caso. Imposible hallar un colaborador más
valioso que López para una expedición de ese género. No sólo conocía
muy bien el país, sino que tenía amigos, y hasta parientes, al otro
lado de la sierra, y me aseguró que en sus casas nos recibirían
siempre muy bien. Partió con grandes bríos, exclamando:
—Tenga buen ánimo, _don Jorge_; antes de que volvamos habremos
vendido hasta el último ejemplar de su librería evangélica. ¡Abajo
los frailes! ¡Abajo la superstición! _¡Viva Inglaterra! ¡Viva el
Evangelio!_
A los pocos días le seguí yo con Antonio. Subimos a la sierra por
el puerto que llaman de Peña Cerrada, a unas tres leguas al Este
del de Guadarrama. Es muy poco frecuentado, porque la carretera
que une ambas Castillas pasa por Guadarrama. Tiene además muy mala
reputación: todos dicen que se halla infestado de ladrones. Acababa
de ponerse el sol cuando llegamos a la cumbre, y entramos en un
espeso y sombrío pinar que cubre enteramente las montañas por la
parte de Castilla la Vieja. La bajada no tardó en hacerse tan rápida
y pendiente, que de buen grado nos apeamos de los caballos y los
obligamos a ir delante. Cada vez nos hundíamos más en el bosque; los
pájaros nocturnos empezaron a graznar, y millones de grillos dejaban
oír su penetrante chirrido encima, debajo y alrededor nuestro.
A veces percibíamos a cierta distancia, entre los árboles, unas
llamaradas como de inmensas hogueras.
—Son los carboneros, _mon maître_—dijo Antonio—. No debemos
acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y
robado a muchos viajeros en estas horribles soledades.
Era noche obscurísima cuando llegamos al pie de las montañas; aún
estábamos entre pinares y bosques, que se extendían muchas leguas a
la redonda.
—Difícil será que lleguemos a Segovia esta noche, _mon maître_—dijo
Antonio.
Así fué, en efecto, porque nos desorientamos, y al llegar, al fin,
a un sitio donde se bifurcaba el camino, en lugar de tomar el de la
izquierda, que nos hubiese llevado a Segovia, volvimos a la derecha,
en dirección de La Granja, adonde llegamos a media noche.
Encontramos en La Granja mayor desolación aún que en Aranjuez. Ambos
sitios han padecido mucho con la ausencia de los reyes; pero el
primero hasta un grado en extremo aterrador. Los nueve décimos de la
población han abandonado el lugar, residencia favorita de Cristina
hasta el último pronunciamiento. Tan grande es la soledad de La
Granja, que los jabalíes de los bosques vecinos, y especialmente los
de una montaña cónica, cubierta por un hermoso pinar, que se alza
inmediatamente detrás del palacio, llegan muy a menudo hasta las
calles y plazas, y dejan la huella de sus colmillos en los postes de
los soportales.
Estuvimos veinticuatro horas en La Granja y continuamos a Segovia.
Llegó el día que tenía señalado para reunirme con López. Fuí al
acueducto y me senté debajo del arco 107, donde esperé la mayor parte
del día; pero López no se presentó. Me levanté y volví a la ciudad.
Esperé dos días en Segovia en casa de un amigo; tampoco recibí
noticias de López. Al cabo, por una de las mayores casualidades del
mundo, oí a un lugareño que en las cercanías de Abades había unos
hombres vendiendo libros.
Abades dista de Segovia unas tres leguas, y hacia allá me puse en
camino, así que recibí la noticia, con tres pollinos cargados de
Testamentos. Al anochecer llegué a Abades, y encontré a López, con
dos campesinos que había contratado, en casa del barbero del pueblo,
donde me alojé también. Llevaba ya vendidos muchos Testamentos en
las cercanías, y había empezado a venderlos aquel día en el mismo
Abades; pero dos de los tres _curas_ del pueblo se lo estorbaron: con
horrendas maldiciones condenaban la obra, y amenazaban a López con
la muerte eterna por venderla, y lo mismo a cualquiera otra persona
que la comprase; López, aterrado, se contuvo en espera de mi llegada.
El tercer _cura_, sin embargo, se esforzó cuanto pudo en persuadir
al pueblo que adquiriese Testamentos, diciendo que sus colegas eran
unos hipócritas, unos malos pastores, que, por mantenerlos en la
ignorancia de la palabra y de la voluntad de Cristo, los conducían
al infierno. Oídas estas noticias, me encaminé a la plaza, y la
misma noche logré vender más de treinta Testamentos. A la mañana
siguiente, los dos _curas_ facciosos se me metieron en casa; pero en
cuanto me levanté para hacerles cara se retiraron y no supe más de
ellos, excepto que me anatematizaron más de una vez públicamente en
la iglesia; como no me resultó daño alguno, el suceso me preocupó muy
poco.
No referiré con detalles los eventos de la siguiente semana; baste
decir que, distribuídas mis fuerzas del modo más conveniente, logré,
con la ayuda de Dios, vender de quinientos a seiscientos Testamentos
en los pueblos enclavados dentro de un radio de siete leguas en
torno de Abades. Al cabo de ese tiempo, supe que mis trabajos se
conocían ya en Segovia, a cuya provincia pertenece Abades, y que
se había enviado al _alcalde_ orden de secuestrar cuantos libros
hallase en mi poder. Sabido esto, y aunque ya era entrada la noche,
levanté el campo con mi gente, llevándonos más de trescientos
Testamentos, porque habíamos recibido de Madrid, pocas horas antes,
nueva provisión de ellos. Pasamos la noche al raso, y a la mañana
siguiente llegamos a Labajos, pueblo situado en la carretera de
Madrid a Valladolid. No vendimos libros en aquel lugar, limitándonos
a abastecer desde él de la Palabra de Dios a los pueblos inmediatos;
también vendimos libros por los caminos.
No llevábamos en Labajos una semana, trabajando con mucho fruto,
cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería,
hizo su atrevida incursión por la parte Sur de Castilla la Vieja,
arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los
horrores que se siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz.
En medio de escenas tan terribles continuábamos nuestra tarea. De
pronto, López estuvo tres días perdido, y pasé angustias mortales por
su causa, imaginándome que los carlistas le habían fusilado; al cabo
supe que estaba preso en Villalos[15], pueblo distante tres leguas
de allí. Los pasos que di para librarlo se encuentran detallados en
una comunicación que juzgué de mi deber transmitir a lord William
Hervey, a la sazón ministro británico en Madrid en reemplazo de sir
Jorge Villiers, ya conde de Clarendon.
[15] Velayos.
«Labajos (provincia de Segovia),
23 de agosto de 1838.
Señor: Con su venia me permito llamar su atención sobre
los siguientes hechos: El día 21 del corriente supe que un
dependiente mío, llamado Juan López, estaba preso en la cárcel de
Villalos, provincia de Avila, por orden del _cura_ del pueblo. El
crimen de que se le acusaba era la venta del Nuevo Testamento.
Estaba yo a la sazón en Labajos, provincia de Segovia, y la
división del cabecilla faccioso Balmaseda andaba por las
inmediaciones. El día 22 monté a caballo y fuí a Villalos,
distante tres leguas. A mi llegada encontré que López había sido
trasladado desde la cárcel a una casa particular. Había llegado
una orden del _corregidor_ de Avila mandando poner en libertad a
López y retener tan sólo los libros que se hallaran en su poder.
Sin embargo, en abierta oposición a esa orden (de la que le envío
copia), el _alcalde_ de Villalos, por instigación del _cura_, no
permitió al dicho López marcharse del pueblo, ni con dirección a
Avila, ni a otro sitio cualquiera. A López le dieron a entender
que, como se esperaba la llegada de los facciosos, se proponían
denunciarle a ellos como liberal para que lo fusilaran. Teniendo
en cuenta estas circunstancias creí de mi deber, como cristiano
y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas manos,
y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, aunque
inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. Al
salir del pueblo grité: _¡Viva Isabel segunda!_
Como creo que el _cura_ de Villalos es capaz de cualquier
infamia, ruego humildemente a V.E. que haga llegar con prontitud
al Gobierno español una copia del anterior relato.
Tengo el honor de ser, como siempre, señor, el más sumiso
servidor de V.E.