CAPÍTULO XLI

María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de Antonio. — Antonio

en funciones. — Una escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación

por España. — Los cuatro Evangelios.

—Sepamos—dije a María Díaz tres mañanas después de mi

encarcelamiento—. ¿Qué dice en Madrid la gente a propósito de este

suceso?

—No sé lo que la gente, en general, dirá; probablemente no le

importará esto gran cosa. La verdad, son ya cosa tan corriente las

prisiones, que el público parece que las mira con indiferencia; pero

los curas andan muy revueltos, y confiesan la imprudencia que han

cometido al hacer que su amigo el _corregidor_ le prenda a usted.

—¿Cómo es eso? ¿Temen que castiguen a su amigo?

—No tal, _señor_—replicó María—Eso les importaría poco, aunque el

corregidor se la haya buscado buena por servirlos; esa gente no tiene

afectos, y no se les daría un ardite que colgasen a todos sus amigos,

quedando ellos en salvo. Pero dicen que han procedido de ligero al

meterle a usted en la cárcel, porque al hacer eso le han dado a usted

ocasión de poner en práctica un plan antiguo. «Ese individuo es un

_bribón_—dicen—. Se ha hecho amigo de los presos, y le han enseñado

su lengua, que ya hablaba casi tan bien como si hubiera nacido en la

cárcel. En cuanto le pongan en libertad publicará un Evangelio para

que lo lean los ladrones, y será mucho más peligroso que el Evangelio

en gitano, porque los gitanos son pocos, pero los ladrones...! ¡Ay

de nosotros! ¡Todos vamos a ser luteranizados! ¡Qué infamia, qué

picardía! Todo esto ha sido una treta suya. Siempre ha tenido ganas

de ir a la cárcel _el bribonazo_; en mal hora le hemos metido en

ella. España no estará segura hasta que le ahorquen; hay que mandarle

al quinto infierno, y allí tendrá tiempo de traducir sus fatales

Evangelios al lenguaje de los demonios.»

—No le he dicho al _alcaide_ arriba de tres palabras acerca de la

jerga de las cárceles.

—¿Tres palabras? _Don Jorge_, ¿qué no se puede hacer con esas tres

palabras? De poco le ha servido a usted vivir entre nosotros si

cree que necesitamos más de tres palabras para armar un embrollo.

Esas tres palabras acerca del lenguaje de los ladrones bastan para

que por todo Madrid se diga que anda entremezclado con ellos, que

ha aprendido su lenguaje y ha escrito un libro que va a trastornar

a España, a abrir a los ingleses las puertas de Cádiz, entregar a

Mendizábal toda la plata y las joyas de las iglesias, y a Don Martín

Lutero, el palacio arzobispal de Toledo.

Al caer la tarde de un día bastante melancólico, y hallándome sentado

en el aposento que el _alcaide_ me había destinado, oí un golpe en la

puerta. «¿Quién es?», pregunté. «_C’est moi, mon maître_», gritó una

voz muy conocida, y al instante entró Antonio Buchini, vestido como

la vez primera que le presenté al lector, es decir, con un excelente

sobretodo francés, ya un poco ajado, chaqueta y pantalones, y en una

mano, un sombrero pequeñito, y en la otra, un bastón largo y delgado.

—_Bon jour, mon maître_—dijo el griego. Echando una mirada en torno,

continuó:—Me alegro de verle a usted bien instalado. Si no recuerdo

mal, _mon maître_, en sitios peores que éste hemos dormido durante

nuestros viajes por Galicia y Castilla.

—Tiene usted mucha razón, Antonio—repliqué—. Aquí estoy muy

cómodamente. Le agradezco la bondad de haber venido a visitar a su

antiguo amo, sobre todo ahora, que está pasando trabajos. Supongo que

por venir aquí, no irá usted a enojar a su dueño actual; ya debe de

estar cerca la hora de comer. ¿Cómo ha abandonado usted la cocina?

—¿A qué amo se refiere usted, _mon maître_?—preguntó Antonio.

—¡De quién voy a hablar! Del Conde... por cuyo servicio me dejó

usted, tentado del ofrecimiento de cuatro duros al mes sobre los que

yo le daba.

—Su merced me hace recordar un asunto que ya tenía olvidado por

completo. Al presente no tengo otro amo que usted, _monsieur

Georges_, porque siempre le considero a usted como tal, aunque no

goce de la felicidad de acompañarle.

—¿Entonces se marchó usted de casa del Conde a los tres días de

entrar, según costumbre?

—A las tres horas, _mon maître_—repuso Antonio—. Pero yo le diré a

usted en qué circunstancias. A poco de separarme de usted, fuí a

casa de _monsieur le Comte_; entré en la cocina y miré en torno. No

puedo decir que me descontentase lo que vi: la cocina era cómoda

y espaciosa, todo estaba limpio y en orden; los criados parecían

amables y corteses; sin embargo, no sé cómo fué, pero se apoderó

de mí la idea de que la casa no me convenía en modo alguno y que

no estaría en ella mucho tiempo; colgué de un clavo la mochila, y,

sentándome en la mesa de la cocina, empecé a cantar una canción

griega, como hago siempre que estoy disgustado. Rodeáronme los

criados, haciéndome preguntas; pero yo no les contesté, y continué

cantando hasta que se acercó la hora de preparar la comida; entonces

salté al suelo de pronto y los eché de la cocina a todos, diciéndoles

que nada tenían que hacer allí en tal ocasión. Al momento entré en

funciones. Hice un esfuerzo, _mon maître_, y me puse a preparar

una comida que me hubiese hecho honor; había convidados aquel día

y determiné, por tanto, demostrar a mi amo que la capacidad de su

cocinero griego era insuperable. _Eh bien, mon maître_, todo marchaba

bastante bien, y casi me encontraba ya a gusto en mi nuevo empleo,

cuando se precipitó en la cocina _le fils de la maison_, mi señorito,

un chiquillo de unos trece años, bastante feo. Llevaba en la mano una

rebanada de pan, y, después de un breve reconocimiento, la sepultó

en una cacerola donde se guisaban unas perdices. Ya sabe usted, _mon

maître_, que soy muy delicado en ciertas cuestiones, porque no soy

español, sino griego, y tengo principios de honor. Sin vacilar un

momento, cogí a mi señorito por los hombros, y empujándole hacia

la puerta, le despedí como merecía. Con gritos clamorosos subió

corriendo al piso alto. Yo continué en mi trabajo, pero no habían

pasado tres minutos cuando oí un pavoroso estrépito en lo alto de la

escalera, _on faisoit un horrible tintamarre_, y de vez en cuando

oía juramentos y maldiciones. Al instante la puerta se abrió con

violencia, y en impetuosa carrera echaron escaleras abajo el Conde,

mi señor, su mujer, mi señorito, seguidos de una regular bandada de

mujeres y de _filles de chambre_. A todos los llevaba gran delantera

el Conde, mi señor, con una espada desnuda en la mano y gritando:

«¿Dónde está el malvado que ha deshonrado a mi hijo? ¿Dónde está,

que lo mato ahora mismo?» Yo no sé cómo ocurrió, _mon maître_, pero,

cabalmente, en aquel momento volqué una gran fuente de _garbanzos_

destinados a la _puchera_ del día siguiente. Estaban crudos, y tan

duros como piedras; los derramé por el suelo, y la mayor parte de

ellos fué a parar junto a la entrada. _Eh bien, mon maître_, un

instante después entró el Conde de un brinco, echando chispas por

los ojos, y con una espada en la mano, como ya he dicho. «_Tenez,

gueux enragé_», me gritó, tirándome una furiosa estocada; pero no

había acabado de decir esas palabras, cuando resbaló, y cayó hacia

adelante todo lo largo que era, y la espada se le escapó de la mano

_comme une flêche_. ¡Si hubiese usted oído el alboroto que se armó!

Hubo una confusión terrible: el Conde yacía en el suelo, al parecer,

aturdido por el golpe. Yo no hice caso, y continué trabajando con

afán. Al fin le levantaron, y con sus cuidados recobró el sentido;

estaba muy pálido y agitado. Pidió la espada; todas las miradas se

clavaron en mí, y adiviné que se preparaba un ataque general. De

súbito, retiré del fuego una gran _casserole_, donde se freían unos

huevos, y la mantuve a la distancia que permitía la longitud del

brazo, examinándola con afectada atención, mientras avanzaba el pie

derecho y echaba atrás el izquierdo cuanto podía. Todos se estuvieron

quietos, figurándose que iba a hacer una operación importante, y así

fué, en efecto, porque adelanté de pronto la pierna izquierda, y con

un rápido _coup de pied_, lancé la _casserole_ y su contenido por

encima de mi cabeza con tal fuerza, que fueron volando a estamparse

en una pared bastante detrás de mí. Esto lo hice para significar que

el trato quedaba roto y que sacudía el polvo de mis zapatos; arrojé

sobre el Conde la mirada peculiar de los cocineros scirotas cuando se

sienten insultados, y, dilatando mi boca por ambos lados hasta cerca

de las orejas, descolgué la mochila y me fuí, cantando al marcharme

la canción del antiguo Demos, quien, moribundo, pedía la comida y

agua para lavarse las manos:

Ὁ ἥλιος ἐβασίλευε, κι᾽ ὁ Δῆμος διατάζει.

Σύρτε, παιδιά μου, ᾽σ τὸ νερὸν ψωμὶ νὰ φάτ᾽ ἀπόψε.

De esta manera, _mon maître_, salí de casa del Conde.

YO.—¡Excelente manera de portarse! Por confesión propia, veo que su

conducta no ha podido ser peor. Si no fuera por las muchas pruebas de

valor y fidelidad que me dió usted estando a mi servicio, desde este

momento no volveríamos a vernos más.

ANTONIO.—_Mais qu’est ce que vous voudriez, mon maître?_ ¿No soy

griego, y hombre de honor y muy susceptible? ¿Quiere usted que los

cocineros de Scira y de Stambul se sometan en España a que los

insulten los hijos de los condes, precipitándose en el templo con

rebanadas de pan? _Non, non, mon maître_, usted es demasiado noble

y, sobre todo, demasiado justo para pedir eso. Pero hablemos de otra

cosa. _Mon maître_, no he venido solo: en el corredor espera una

persona que ansía verle a usted.

YO.—¿Quién es?

ANTONIO.—Uno a quien ya se ha encontrado usted, _mon maître_, en

sitios muy extraños y diversos.

YO.—Pero ¿de quién se trata?

ANTONIO.—De uno a quien le aguarda un fin desusado, «porque así está

escrito». El suizo más extraordinario que hay, el de Santiago: _der

Schatz Gräber_.

YO.—¿Benedicto Mol?

—_Yaw, mein lieber Herr_—dijo Benedicto, abriendo del todo la puerta,

que estaba entornada—. Soy yo. Me he encontrado en la calle a _Herr

Anton_, y al oír que estaba usted aquí, he venido a visitarle.

YO.—Pero ¿qué rareza es ésta, y cómo es que le veo a usted otra vez

en Madrid? Yo creía que ya estaba usted en su país.

BENEDICTO.—No tema, _lieber Herr_; allá he de volver a su debido

tiempo, pero no a pie, sino en coche de mulas. El _Schatz_ se está

todavía en su escondite, esperando que lo desentierren; ahora tengo

mejores esperanzas que nunca; muchos amigos, mucho dinero. ¿Ha

reparado usted cómo voy vestido, _lieber Herr_?

En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta y

los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con un

sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino

nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que

llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú,

rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente

tallada en peltre.

—Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición

fructífera—exclamé.

—Más bien parece—interrumpió Antonio—uno que ha dejado de trabajar

por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena.

Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le vi

por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje

a Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta

este último punto, pero invirtiendo mucho tiempo en el camino,

debilitado por el hambre y las privaciones. En Santander me perdió

el rastro. Ya se le había agotado el pequeño socorro que yo le dí.

Pensó entonces irse a Francia, pero no se atrevió a aventurarse

en las provincias Vascongadas, donde ardía la guerra, para no

caer en manos de los carlistas, que hubieran podido fusilarle por

espía. Como nadie le socorría en Santander, se fué pidiendo limosna

por los caminos, hasta que se encontró en Aragón, no podía decir

exactamente dónde. «Mis calamidades eran tantas—dijo Benedicto—que

estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh, qué horror, vagar por los

agrestes montes y las vastas planicies de España, sin dinero y sin

esperanza! Algunas veces, encontrándome entre peñas y _barrancos_,

quizás sin haber probado alimento desde la salida hasta la puesta

del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el palo hacia el cielo,

y, blandiéndolo, gritaba: _Lieber Herr Gott, ach lieber Herr Gott_,

ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas en socorrerme estoy

perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando deliraba de ese

modo, me pareció oír una voz—más, estoy seguro de haberla oído—que

sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy fuerte, gritando:

«_Der Schatz, der Schatz_, no hay que desenterrarlo todavía; a

Madrid, a Madrid. El camino del _Schatz_ pasa por Madrid.» De

nuevo la idea del _Schatz_ se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo

feliz que sería si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más

errar por hórridas montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté,

con sorpresa, que mi cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas

energías; anduve a buen paso, y no tardé en salir al camino real;

mendigué, y proseguí como mejor pude hasta llegar a Madrid.

—¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid?—pregunté—. ¿Ha

encontrado usted el tesoro en las calles?

De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que me

sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado

siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos. Por

lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones, parecía que

al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas que le trataron

con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por puro desinterés,

sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan mucho de mí—dijo

el suizo—. Después de todo, acaso hubiera sido más ventajoso sacar

el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese sido posible.» No sabía

o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos amigos, salvo que tenían

muchísima influencia. Dijo algo acerca de la Reina Cristina, y de

un juramento que había prestado ante un obispo, sobre un crucifijo

y los cuatro _Evangelien_. Pensé que había perdido la cabeza, y

dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo: «_Lieber

Herr_, dispénseme usted si no le he hablado con entera franqueza,

debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no me

pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra

acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez, en mi

país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un caldero

de cobre que contenía un _Schatz_. Al cogerlo por el asa, no hizo

más que exclamar, en su entusiasmo: “¡Ya lo tengo!”, y eso bastó:

desprendióse la caldera y se hundió, quedándose el hombre con el asa

en la mano: eso fué cuanto ganó con tantos trabajos. Adiós, _lieber

Herr_; dentro de poco me mandarán a Santiago para desenterrar el

_Schatz_, pero vendré a verle a usted antes de marcharme. ¡Adiós!»

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 15 / 35 题