María Díaz. — Reproches del clero. — Visita de Antonio. — Antonio
en funciones. — Una escena. — Benedicto Mol. — Su peregrinación
por España. — Los cuatro Evangelios.
—Sepamos—dije a María Díaz tres mañanas después de mi
encarcelamiento—. ¿Qué dice en Madrid la gente a propósito de este
suceso?
—No sé lo que la gente, en general, dirá; probablemente no le
importará esto gran cosa. La verdad, son ya cosa tan corriente las
prisiones, que el público parece que las mira con indiferencia; pero
los curas andan muy revueltos, y confiesan la imprudencia que han
cometido al hacer que su amigo el _corregidor_ le prenda a usted.
—¿Cómo es eso? ¿Temen que castiguen a su amigo?
—No tal, _señor_—replicó María—Eso les importaría poco, aunque el
corregidor se la haya buscado buena por servirlos; esa gente no tiene
afectos, y no se les daría un ardite que colgasen a todos sus amigos,
quedando ellos en salvo. Pero dicen que han procedido de ligero al
meterle a usted en la cárcel, porque al hacer eso le han dado a usted
ocasión de poner en práctica un plan antiguo. «Ese individuo es un
_bribón_—dicen—. Se ha hecho amigo de los presos, y le han enseñado
su lengua, que ya hablaba casi tan bien como si hubiera nacido en la
cárcel. En cuanto le pongan en libertad publicará un Evangelio para
que lo lean los ladrones, y será mucho más peligroso que el Evangelio
en gitano, porque los gitanos son pocos, pero los ladrones...! ¡Ay
de nosotros! ¡Todos vamos a ser luteranizados! ¡Qué infamia, qué
picardía! Todo esto ha sido una treta suya. Siempre ha tenido ganas
de ir a la cárcel _el bribonazo_; en mal hora le hemos metido en
ella. España no estará segura hasta que le ahorquen; hay que mandarle
al quinto infierno, y allí tendrá tiempo de traducir sus fatales
Evangelios al lenguaje de los demonios.»
—No le he dicho al _alcaide_ arriba de tres palabras acerca de la
jerga de las cárceles.
—¿Tres palabras? _Don Jorge_, ¿qué no se puede hacer con esas tres
palabras? De poco le ha servido a usted vivir entre nosotros si
cree que necesitamos más de tres palabras para armar un embrollo.
Esas tres palabras acerca del lenguaje de los ladrones bastan para
que por todo Madrid se diga que anda entremezclado con ellos, que
ha aprendido su lenguaje y ha escrito un libro que va a trastornar
a España, a abrir a los ingleses las puertas de Cádiz, entregar a
Mendizábal toda la plata y las joyas de las iglesias, y a Don Martín
Lutero, el palacio arzobispal de Toledo.
Al caer la tarde de un día bastante melancólico, y hallándome sentado
en el aposento que el _alcaide_ me había destinado, oí un golpe en la
puerta. «¿Quién es?», pregunté. «_C’est moi, mon maître_», gritó una
voz muy conocida, y al instante entró Antonio Buchini, vestido como
la vez primera que le presenté al lector, es decir, con un excelente
sobretodo francés, ya un poco ajado, chaqueta y pantalones, y en una
mano, un sombrero pequeñito, y en la otra, un bastón largo y delgado.
—_Bon jour, mon maître_—dijo el griego. Echando una mirada en torno,
continuó:—Me alegro de verle a usted bien instalado. Si no recuerdo
mal, _mon maître_, en sitios peores que éste hemos dormido durante
nuestros viajes por Galicia y Castilla.
—Tiene usted mucha razón, Antonio—repliqué—. Aquí estoy muy
cómodamente. Le agradezco la bondad de haber venido a visitar a su
antiguo amo, sobre todo ahora, que está pasando trabajos. Supongo que
por venir aquí, no irá usted a enojar a su dueño actual; ya debe de
estar cerca la hora de comer. ¿Cómo ha abandonado usted la cocina?
—¿A qué amo se refiere usted, _mon maître_?—preguntó Antonio.
—¡De quién voy a hablar! Del Conde... por cuyo servicio me dejó
usted, tentado del ofrecimiento de cuatro duros al mes sobre los que
yo le daba.
—Su merced me hace recordar un asunto que ya tenía olvidado por
completo. Al presente no tengo otro amo que usted, _monsieur
Georges_, porque siempre le considero a usted como tal, aunque no
goce de la felicidad de acompañarle.
—¿Entonces se marchó usted de casa del Conde a los tres días de
entrar, según costumbre?
—A las tres horas, _mon maître_—repuso Antonio—. Pero yo le diré a
usted en qué circunstancias. A poco de separarme de usted, fuí a
casa de _monsieur le Comte_; entré en la cocina y miré en torno. No
puedo decir que me descontentase lo que vi: la cocina era cómoda
y espaciosa, todo estaba limpio y en orden; los criados parecían
amables y corteses; sin embargo, no sé cómo fué, pero se apoderó
de mí la idea de que la casa no me convenía en modo alguno y que
no estaría en ella mucho tiempo; colgué de un clavo la mochila, y,
sentándome en la mesa de la cocina, empecé a cantar una canción
griega, como hago siempre que estoy disgustado. Rodeáronme los
criados, haciéndome preguntas; pero yo no les contesté, y continué
cantando hasta que se acercó la hora de preparar la comida; entonces
salté al suelo de pronto y los eché de la cocina a todos, diciéndoles
que nada tenían que hacer allí en tal ocasión. Al momento entré en
funciones. Hice un esfuerzo, _mon maître_, y me puse a preparar
una comida que me hubiese hecho honor; había convidados aquel día
y determiné, por tanto, demostrar a mi amo que la capacidad de su
cocinero griego era insuperable. _Eh bien, mon maître_, todo marchaba
bastante bien, y casi me encontraba ya a gusto en mi nuevo empleo,
cuando se precipitó en la cocina _le fils de la maison_, mi señorito,
un chiquillo de unos trece años, bastante feo. Llevaba en la mano una
rebanada de pan, y, después de un breve reconocimiento, la sepultó
en una cacerola donde se guisaban unas perdices. Ya sabe usted, _mon
maître_, que soy muy delicado en ciertas cuestiones, porque no soy
español, sino griego, y tengo principios de honor. Sin vacilar un
momento, cogí a mi señorito por los hombros, y empujándole hacia
la puerta, le despedí como merecía. Con gritos clamorosos subió
corriendo al piso alto. Yo continué en mi trabajo, pero no habían
pasado tres minutos cuando oí un pavoroso estrépito en lo alto de la
escalera, _on faisoit un horrible tintamarre_, y de vez en cuando
oía juramentos y maldiciones. Al instante la puerta se abrió con
violencia, y en impetuosa carrera echaron escaleras abajo el Conde,
mi señor, su mujer, mi señorito, seguidos de una regular bandada de
mujeres y de _filles de chambre_. A todos los llevaba gran delantera
el Conde, mi señor, con una espada desnuda en la mano y gritando:
«¿Dónde está el malvado que ha deshonrado a mi hijo? ¿Dónde está,
que lo mato ahora mismo?» Yo no sé cómo ocurrió, _mon maître_, pero,
cabalmente, en aquel momento volqué una gran fuente de _garbanzos_
destinados a la _puchera_ del día siguiente. Estaban crudos, y tan
duros como piedras; los derramé por el suelo, y la mayor parte de
ellos fué a parar junto a la entrada. _Eh bien, mon maître_, un
instante después entró el Conde de un brinco, echando chispas por
los ojos, y con una espada en la mano, como ya he dicho. «_Tenez,
gueux enragé_», me gritó, tirándome una furiosa estocada; pero no
había acabado de decir esas palabras, cuando resbaló, y cayó hacia
adelante todo lo largo que era, y la espada se le escapó de la mano
_comme une flêche_. ¡Si hubiese usted oído el alboroto que se armó!
Hubo una confusión terrible: el Conde yacía en el suelo, al parecer,
aturdido por el golpe. Yo no hice caso, y continué trabajando con
afán. Al fin le levantaron, y con sus cuidados recobró el sentido;
estaba muy pálido y agitado. Pidió la espada; todas las miradas se
clavaron en mí, y adiviné que se preparaba un ataque general. De
súbito, retiré del fuego una gran _casserole_, donde se freían unos
huevos, y la mantuve a la distancia que permitía la longitud del
brazo, examinándola con afectada atención, mientras avanzaba el pie
derecho y echaba atrás el izquierdo cuanto podía. Todos se estuvieron
quietos, figurándose que iba a hacer una operación importante, y así
fué, en efecto, porque adelanté de pronto la pierna izquierda, y con
un rápido _coup de pied_, lancé la _casserole_ y su contenido por
encima de mi cabeza con tal fuerza, que fueron volando a estamparse
en una pared bastante detrás de mí. Esto lo hice para significar que
el trato quedaba roto y que sacudía el polvo de mis zapatos; arrojé
sobre el Conde la mirada peculiar de los cocineros scirotas cuando se
sienten insultados, y, dilatando mi boca por ambos lados hasta cerca
de las orejas, descolgué la mochila y me fuí, cantando al marcharme
la canción del antiguo Demos, quien, moribundo, pedía la comida y
agua para lavarse las manos:
Ὁ ἥλιος ἐβασίλευε, κι᾽ ὁ Δῆμος διατάζει.
Σύρτε, παιδιά μου, ᾽σ τὸ νερὸν ψωμὶ νὰ φάτ᾽ ἀπόψε.
De esta manera, _mon maître_, salí de casa del Conde.
YO.—¡Excelente manera de portarse! Por confesión propia, veo que su
conducta no ha podido ser peor. Si no fuera por las muchas pruebas de
valor y fidelidad que me dió usted estando a mi servicio, desde este
momento no volveríamos a vernos más.
ANTONIO.—_Mais qu’est ce que vous voudriez, mon maître?_ ¿No soy
griego, y hombre de honor y muy susceptible? ¿Quiere usted que los
cocineros de Scira y de Stambul se sometan en España a que los
insulten los hijos de los condes, precipitándose en el templo con
rebanadas de pan? _Non, non, mon maître_, usted es demasiado noble
y, sobre todo, demasiado justo para pedir eso. Pero hablemos de otra
cosa. _Mon maître_, no he venido solo: en el corredor espera una
persona que ansía verle a usted.
YO.—¿Quién es?
ANTONIO.—Uno a quien ya se ha encontrado usted, _mon maître_, en
sitios muy extraños y diversos.
YO.—Pero ¿de quién se trata?
ANTONIO.—De uno a quien le aguarda un fin desusado, «porque así está
escrito». El suizo más extraordinario que hay, el de Santiago: _der
Schatz Gräber_.
YO.—¿Benedicto Mol?
—_Yaw, mein lieber Herr_—dijo Benedicto, abriendo del todo la puerta,
que estaba entornada—. Soy yo. Me he encontrado en la calle a _Herr
Anton_, y al oír que estaba usted aquí, he venido a visitarle.
YO.—Pero ¿qué rareza es ésta, y cómo es que le veo a usted otra vez
en Madrid? Yo creía que ya estaba usted en su país.
BENEDICTO.—No tema, _lieber Herr_; allá he de volver a su debido
tiempo, pero no a pie, sino en coche de mulas. El _Schatz_ se está
todavía en su escondite, esperando que lo desentierren; ahora tengo
mejores esperanzas que nunca; muchos amigos, mucho dinero. ¿Ha
reparado usted cómo voy vestido, _lieber Herr_?
En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta y
los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con un
sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino
nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que
llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú,
rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente
tallada en peltre.
—Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición
fructífera—exclamé.
—Más bien parece—interrumpió Antonio—uno que ha dejado de trabajar
por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena.
Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le vi
por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje
a Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta
este último punto, pero invirtiendo mucho tiempo en el camino,
debilitado por el hambre y las privaciones. En Santander me perdió
el rastro. Ya se le había agotado el pequeño socorro que yo le dí.
Pensó entonces irse a Francia, pero no se atrevió a aventurarse
en las provincias Vascongadas, donde ardía la guerra, para no
caer en manos de los carlistas, que hubieran podido fusilarle por
espía. Como nadie le socorría en Santander, se fué pidiendo limosna
por los caminos, hasta que se encontró en Aragón, no podía decir
exactamente dónde. «Mis calamidades eran tantas—dijo Benedicto—que
estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh, qué horror, vagar por los
agrestes montes y las vastas planicies de España, sin dinero y sin
esperanza! Algunas veces, encontrándome entre peñas y _barrancos_,
quizás sin haber probado alimento desde la salida hasta la puesta
del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el palo hacia el cielo,
y, blandiéndolo, gritaba: _Lieber Herr Gott, ach lieber Herr Gott_,
ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas en socorrerme estoy
perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando deliraba de ese
modo, me pareció oír una voz—más, estoy seguro de haberla oído—que
sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy fuerte, gritando:
«_Der Schatz, der Schatz_, no hay que desenterrarlo todavía; a
Madrid, a Madrid. El camino del _Schatz_ pasa por Madrid.» De
nuevo la idea del _Schatz_ se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo
feliz que sería si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más
errar por hórridas montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté,
con sorpresa, que mi cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas
energías; anduve a buen paso, y no tardé en salir al camino real;
mendigué, y proseguí como mejor pude hasta llegar a Madrid.
—¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid?—pregunté—. ¿Ha
encontrado usted el tesoro en las calles?
De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que me
sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado
siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos. Por
lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones, parecía que
al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas que le trataron
con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por puro desinterés,
sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan mucho de mí—dijo
el suizo—. Después de todo, acaso hubiera sido más ventajoso sacar
el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese sido posible.» No sabía
o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos amigos, salvo que tenían
muchísima influencia. Dijo algo acerca de la Reina Cristina, y de
un juramento que había prestado ante un obispo, sobre un crucifijo
y los cuatro _Evangelien_. Pensé que había perdido la cabeza, y
dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo: «_Lieber
Herr_, dispénseme usted si no le he hablado con entera franqueza,
debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no me
pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra
acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez, en mi
país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un caldero
de cobre que contenía un _Schatz_. Al cogerlo por el asa, no hizo
más que exclamar, en su entusiasmo: “¡Ya lo tengo!”, y eso bastó:
desprendióse la caldera y se hundió, quedándose el hombre con el asa
en la mano: eso fué cuanto ganó con tantos trabajos. Adiós, _lieber
Herr_; dentro de poco me mandarán a Santiago para desenterrar el
_Schatz_, pero vendré a verle a usted antes de marcharme. ¡Adiós!»