CAPÍTULO XL

Ofalia. — El juez. — Cárcel de la Corte. — El domingo en la

cárcel. — Vestimenta de los ladrones. — Padre e hijo. — Un

comportamiento característico. — El francés. — La ración

carcelaria. — El valle de las sombras. — Castellano puro. —

Balseiro. — La cueva. — La gloria del ladrón.

Ofalia comprendió en seguida que la prisión de un súbdito británico,

hecha en forma tan ilegal, traería probablemente consecuencias

graves. Si él en persona animó al _corregidor_ en su conducta

respecto de mí, es cosa imposible de decidir; probablemente, no lo

hizo; pero el corregidor era un funcionario de su elección, y de sus

actos eran hasta cierto punto responsables Ofalia y todo el Gobierno.

Sir Jorge había presentado ya una protesta muy enérgica, y había

llegado a decir en una nota oficial que desistiría de toda ulterior

comunicación con el Gobierno español mientras no se me dieran las

reparaciones amplias y completas a que tenía derecho por el atropello

sufrido. Ofalia respondió que iban a adoptarse inmediatamente las

disposiciones necesarias para mi excarcelación, y que mía sería la

culpa si después continuaba preso. Sin dilación ordenó a un _juez de

la primera instancia_ que fuese a tomarme declaración y me soltara,

amonestándome para que fuese más prudente en lo sucesivo. Pero mis

amigos de la Embajada me habían aconsejado lo que debía hacer en

aquel caso. Por consiguiente, cuando el _juez_, en la segunda noche

de mi encarcelamiento, se presentó en la prisión y me llamó a su

presencia, acudí, en efecto; pero al querer interrogarme, me negué en

redondo a contestar.

—No tiene usted derecho para interrogarme—le dije—. No quiero faltar

al respeto debido al Gobierno y a usted, _caballero juez_ pero me

han encarcelado ilegalmente. Un jurista tan competente como usted

no puede ignorar que, conforme a las leyes españolas, yo, por ser

extranjero, no puedo ser llevado a la cárcel bajo la inculpación que

se me ha hecho, sin comparecer previamente ante el capitán general de

esta real ciudad, cuyo deber es proteger a los extranjeros y ver si

no se han infringido en sus personas las leyes de la hospitalidad.

JUEZ.—Vaya, vaya, _Don Jorge_, ya veo adónde quiere ir a parar;

pero sea usted razonable: no le hablo como _juez_, sino como un

amigo que desea su bien y que siente profunda reverencia por la

nación británica. Todo este asunto es baladí; no niego que el jefe

político ha procedido con alguna ligereza por informes de una persona

quizás no muy digna de crédito; pero no se le han causado a usted

graves daños, y a una persona de mundo como usted una aventurilla de

este género más le sirve de diversión que de otra cosa. Sea usted

razonable, olvide lo ocurrido; ya sabe que lo propio de un cristiano,

y además su deber, es perdonar. Le aconsejo, _Don Jorge_, que salga

de la cárcel al momento; me atrevo a decir que ya está usted cansado

de ella. En este momento es usted libre de marcharse; váyase al punto

a su casa, y yo le prometo a usted que a nadie se le permitirá ir a

molestarle en lo sucesivo. Ya va siendo tarde, y las puertas de la

cárcel se cerrarán dentro de poco. _¡Vamos, Don Jorge, a la casa, a

la posada!_

YO.—Pero Pablo les dijo: «Nos han azotado públicamente sin oírnos en

juicio, siendo romanos, y nos han arrojado en la cárcel. ¿Y ahora

salen con soltarnos en secreto? No ha de ser así; sino que han de

venir y soltarnos ellos mismos»[11].

[11] Hechos de los Apóstoles, XVI, 37.

Luego le hice una reverencia al juez, que se encogió de hombros y

tomó un polvo de tabaco. Al salir del aposento me volví al _alcaide_,

que estaba de pie en la puerta, y le dije:

—Sepa usted que no saldré de esta cárcel hasta que haya recibido

plena satisfacción del atropello que sufro. Usted puede expulsarme,

si quiere; pero cualquier intento que usted haga lo resistiré con

todas mis fuerzas.

—Usía tiene razón—dijo en voz baja el alcaide, inclinándose.

Sir Jorge, al enterarse de esto, me escribió una carta alabando mi

resolución de permanecer por el pronto en la cárcel, y rogándome que

le dijese qué cosas podrían enviarme de la Embajada para aliviar un

poco mi situación.

Voy a dejar por un momento mis asuntos personales, y contaré algunas

cosas relativas a la cárcel de Madrid y a sus huéspedes.

La _Cárcel de la Corte_, donde yo estaba, aunque es la principal

prisión de Madrid, no dice nada, ciertamente, en favor de la capital

de España. No he tenido ocasión de averiguar si fué construída

precisamente para el destino que hoy tiene[12]; lo probable es

que no, porque la práctica de levantar edificios adecuados para

encarcelar a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últimos

años. En todos los países ha sido costumbre convertir en prisiones

los castillos, conventos y palacios abandonados, práctica todavía

en vigor en la mayor parte del continente, sobre todo en España e

Italia, y a la cual se debe en buena parte la inseguridad de las

prisiones, y la miseria, suciedad e insalubridad que generalmente

reinan en ellas.

[12] El edificio llamado _Cárcel de Corte_, en la Plaza de

Provincia, construído para prisión en 1644, comprendía lo que

es hoy el ministerio de Estado, más un anejo a su espalda, que

llegaba hasta la calle de la Concepción Jerónima.

No me propongo describir detenidamente la cárcel de Madrid: verdad

que sería casi imposible describir un edificio tan irregular y

destartalado. Lo más característico son los dos patios, el uno detrás

del otro, destinados al recreo y aireación de la masa principal de

presos. Tres _calabozos_ abovedados ocupan tres lados del patio,

debajo justamente de las galerías de que antes hablé. Esos calabozos

tienen capacidad para ciento o ciento cincuenta presos cada uno, y

en ellos quedan encerrados por la noche con cerrojos y barras; pero

durante el día pueden vagar por los patios a su antojo. El segundo

patio era mucho más grande que el primero; pero sólo contenía dos

calabozos, horriblemente inmundos y repugnantes; en este segundo

patio se encierra a los ladrones de ínfima categoría. Uno de los

calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; le llaman la

_gallinería_, y en él encerraban todas las noches la carne joven

del presidio: chicuelos infelices de siete a quince años de edad,

casi todos en la mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes

de estos calabozos era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se

interpusiese nada, salvo a veces una _manta_ o un delgado jergón;

pero este último lujo era rarísimo.

Además de los _calabozos_ que daban a los patios, había otros en

diversos sitios de la cárcel; algunos completamente en tinieblas,

destinados a recibir a quienes parecía conveniente tratar con

especial rigor. Había también un departamento para mujeres. A la

galería principal daban varios aposentos pequeños, donde residían

los presos por deudas o por delitos políticos. Por último, había una

pequeña capilla, donde los reos de muerte pasan los tres últimos días

de su existencia, en compañía de sus directores espirituales.

No se me olvidará fácilmente el primer domingo que pasé en la cárcel.

El domingo es día de gala en la cárcel, al menos en la de Madrid, y

en ese día santo toda la ladronería de la cárcel exhibe sus galas y

primores. No hay en el mundo gente más vanidosa que los ladrones,

en general, ni más amiga de figurar y de llamar la atención de los

camaradas por su apariencia fastuosa. En tiempos pasados, el célebre

Sheppard se recreaba vistiendo un traje de terciopelo de Génova, y

cuando se presentaba en público, llevaba generalmente al costado una

espada con guarnición de plata. Vaux y Hayward, héroes más modernos,

eran los hombres mejor vestidos en el _pavé_ de Londres. Muchos

bandidos italianos se engalanan con esplendidez, y hasta los ladrones

gitanos sienten los encantos del vestir ricamente; sólo el gorro de

Haram Pasha, jefe de la partida de gitanos caníbales que infestó a

Hungría a fines del siglo pasado, llevaba adornos de oro y joyas

evaluados en cuatro mil guilders. ¡Vean los frívolos y vanidosos cuán

bien se armonizan el crimen y la vanidad! Los ladrones españoles son

tan amigos de este género de ostentación como sus hermanos de otras

tierras, y tanto en la cárcel como fuera de ella, su mayor contento

es lucir su profusión de ropa blanca, ya recostados al sol, ya

paseándose gentilmente de aquí para allá.

Ropa blanca como la nieve: tal es el rasgo principal de la vanidad

de los ladrones de España. No llevan chaqueta encima de la camisa,

cuyas mangas son anchas y flotantes; sólo usan un chaleco de seda

verde o azul, con muchos botones de plata, que son más de adorno que

de uso, pues rara vez los abrochan. Llevan, además, calzones anchos,

un poco a la manera turca; rodeada a la cintura una _faja_ carmesí,

y anudado en torno de la cabeza un pañuelo de vivos colores, de

los telares de Barcelona; zapatos finos y medias de seda completan

el arreo del ladrón. Este vestido es bastante pintoresco, y muy

apropiado al tiempo soleado y brillante de la Península; pero hay

en él una chispa de afeminamiento, que cuadra mal con el arriesgado

oficio de ladrón. No se crea, sin embargo, que cualquier ladrón puede

permitirse semejante lujo: hay varias categorías de ladrones, algunos

bastante pobres, que apenas tienen un harapo para cubrirse. Quizás

en la cárcel de Madrid, tan poblada, no hubiera más de veinte que

aparecieran vestidos en la forma que he tratado de describir; eran

_gente de reputación_, ladrones encumbrados, casi todos jóvenes, que

si bien no tenían dinero propio, los sostenían en la posición sus

_majas_ y _amigas_, mujeres de cierta clase que traban amistad con

los ladrones y cuya mayor gloria y deleite consiste en satisfacer

la vanidad de sus amigos con los gajes de su propia vergüenza y

envilecimiento. Estas mujeres proveen a sus _cortejos_ de ropa nívea,

lavada quizás por sus propias manos en las aguas del Manzanares, para

la parada del domingo, momento en que ellas, vestidas _a la maja_,

aparecen en las galerías altas y miran con ojos de admiración a los

ladrones pavoneándose en el patio.

Entre esta gente de la ropa nívea, dos tipos llamaron especialmente

mi atención: eran padre e hijo. El primero, de unos treinta años,

de atlética estatura, era ladrón nocturno, famoso por su habilidad

en el oficio. Hallábase preso por una muerte atroz, perpetrada, a

favor de una noche silenciosa, en una casa de Carabanchel, donde

tuvo por único cómplice a su hijo, un niño de menos de siete años de

edad. «La manzana—como dice Dauer—no ha caído lejos del árbol.» El

retoño era en un todo un traslado de su padre, aunque en miniatura.

Llevaba también las mangas de seda, el chaleco con botones de plata y

el pañuelo rodeado a la cabeza, como los ladrones, y, cosa bastante

ridícula, un enorme cuchillo manchego en la _faja_ carmesí. Con

toda evidencia, era el orgullo del rufián de su padre, que atendía

con todos los cuidados imaginables a aquella cría de la horca; le

columpiaba en sus rodillas, y a veces se quitaba el cigarro de

sus labios bigotudos para ponérselo en la boca al pequeñuelo. El

chico era el favorito del patio, porque su padre era uno de los

_valientes_ de la cárcel, y los que temían sus proezas y deseaban

serle agradables estaban siempre mimando a su hijo. ¡Qué enigma es

este mundo! ¡Qué obscuras y misteriosas las fuentes de lo que llaman

crimen y virtud! Si aquel desventurado niño es, con el tiempo, un

asesino como su padre, ¿podría culpársele por ello? Arrullado por

ladrones, ya vestido de ladrón, hijo de un ladrón cuya historia fué

quizás igual a ésta, ¿es justo...?

¡Oh hombre! ¡Hombre! No intentes penetrar en el misterio del bien y

del mal morales; reconoce que eres un gusano, arrójate al suelo y

murmura con los labios pegados al polvo: ¡Jesús! ¡Jesús!

Lo que más me sorprendió fué el buen comportamiento de los presos;

lo llamo bueno después de considerar bien todas las cosas y de

compararlo con el de la generalidad de los presos en otros países.

Tienen en ocasiones sus estallidos de alegría salvaje, sus riñas,

que habitualmente ventilan en el segundo patio cuchillo en mano; el

resultado suele ser con frecuencia una muerte, o algún desgarrón

espantoso en la cara o en el abdomen; pero, en general, su conducta

era infinitamente superior a lo que podía esperarse de los huéspedes

de tal lugar. Sin embargo, no era el resultado de la coacción, ni de

vigilancia alguna especial que se ejerciese sobre ellos, pues quizás

en ninguna parte del mundo están los presos tan abandonados a sí

mismos y en tan extremado descuido como en España: las autoridades

no se preocupan más que de impedir su fuga; no prestan la más mínima

atención a su conducta moral, ni consagran un solo pensamiento

a su salud, comodidad o mejoramiento mental mientras los tienen

encerrados. Con todo, en esta cárcel de Madrid, y puede decirse que

en las prisiones españolas en general, pues he sido huésped de más

de una, los oídos del visitante no se sienten nunca lastimados con

las horrendas blasfemias y obscenidades que se oyen en las cárceles

de otros países, especialmente en las de la civilizada Francia;

ni ofendidos sus ojos e insultado personalmente, como lo sería de

seguro en Bicêtre al querer mirar al patio desde las galerías, y

eso que en la cárcel de Madrid se hallaban tipos de lo más perdido

de España, rufianes que tenían a su cargo atrocidades y crueldades

espeluznantes. Pero la gravedad y la calma son los caracteres

que predominan en los españoles; y hasta el ladrón, salvo en los

instantes en que está entregado a sus faenas (y entonces no le hay

más sanguinario, más despiadado ni más rapaz y ansioso de botín),

puede ser hombre cortés y afable, que gusta de conducirse con

templanza y decoro.

Felizmente para mí, quizás, mi conocimiento con los rufianes de

España comenzó y acabó en las ciudades por donde anduve y en las

prisiones en que fuí arrojado por la causa del Evangelio, y, a pesar

de mis frecuentes viajes, nunca me los encontré en los caminos ni en

_despoblado_.

El preso de peor genio en toda la cárcel, y también probablemente

el más notable, era un francés como de sesenta años, de estatura

regular, pero delgado, como casi todos sus compatriotas. La hechura

del cráneo delataba, para un frenólogo, la vileza del sujeto; sus

facciones tenían muy dañada expresión. No llevaba sombrero, y sus

vestidos, aunque parecían casi nuevos, eran de lo más ordinario.

Por lo general manteníase apartado de los demás, y se pasaba horas

enteras de pie recostado en las paredes, con los brazos caídos,

mirando con ojos de mal humor a cuantos pasaban por delante. No

figuraba entre los _valientes_ de profesión de la cárcel: su edad

no le permitía ya asumir tan eminente calidad; pero todos los demás

presos parecían tratarle con cierto temor: quizás temían su lengua,

pues, en ocasiones, empleábala en verter maldiciones horrendas sobre

los que incurrían en su desagrado. Hablaba a la perfección en buen

español y, con gran sorpresa mía, en excelente vascuence, y en esta

lengua conversaba con Francisco, quien, asomándose a la ventana de

mi cuarto, bromeaba con los presos del patio, que le tenían en gran

aprecio.

Un día, estando en el _patio_, donde por permiso del _alcaide_ podía

entrar cuando quería, me acerqué al francés, que estaba, como de

costumbre, recostado en la pared, y le ofrecí un cigarro. Yo no

fumo, pero no debe uno mezclarse con las clases bajas de España sin

llevar un cigarro que ofrecer llegado el caso. El hombre me miró con

ferocidad un instante, y, al parecer, iba a rechazar mi obsequio con

una horrible maldición quizás. Repetí el ofrecimiento, sin embargo,

llevándome la mano al corazón, y en el acto sus torvas facciones

se dilataron, y con un gesto genuinamente francés, y una profunda

cortesía, aceptó el cigarro, exclamando:

—_Ah, monsieur, pardon, mais c’est faire trop d’honneur à un pauvre

diable comme moi._

—Nada de eso—repliqué—. Los dos estamos presos en tierra extranjera

y, por tanto, debemos protegernos mutuamente. Supongo que siempre que

necesite su ayuda de usted en la cárcel podré contar con ella.

—_Ah, monsieur_—exclamó el francés transportado—, _vous avez bien

raison; il faut que les étrangers se donnent la main dans ce... pays

de barbares_. _Tenez_—añadió en voz baja—si tiene usted algún plan

para escaparse, y necesita de mí, cuente con un brazo y un cuchillo

a su servicio; puede usted fiarse de mí: no espere tanto de ninguna

de esas _sacrées gens d’ici_—. Al decir esto echó una rabiosa mirada

sobre sus compañeros de cárcel.

—No me parece usted muy amigo de España ni de los españoles—dije yo—.

Deduzco que han cometido con usted alguna injusticia. ¿Por qué está

usted en la cárcel?

—_Pour rien du tout, c’est à dire pour une bagatelle_; pero ¿qué

puede esperarse de estos animales? ¿No le han encarcelado a usted,

según he oído, por brujería y gitanismo?

—¿Quizás le han traído aquí por sus opiniones?

—_Ah mon Dieu, non; je ne suis pas homme à semblable betise._ Yo no

tengo opiniones. _Je faisois... mais ce n’importe; je me trouve ici,

où je crève de faim._

—Siento ver a un buen hombre en situación tan calamitosa—dije yo—.

¿No tiene usted para vivir algo más que la ración de la cárcel? ¿No

tiene usted amigos?

—¿Amigos en este país? Se burla usted de mí. ¡Aquí no encuentra uno

amigos, a menos que los compre! ¡Reviento de hambre! Desde que entré

aquí he ido vendiendo mi ropa, hasta quedarme desnudo, para comer,

porque la ración de la cárcel no basta para el sustento, y aún nos

roba la mitad el _Batu_, como llaman al bárbaro del gobernador. Les

_haillons_ que ahora me cubren me los han dado unas señoras devotas

que algunas veces nos visitan. Los vendería si valiesen algo. No

tengo un _sou_, y por falta de unos cuantos duros me ahorcarán dentro

de un mes si no logro escaparme, aunque, como ya le dije antes, no

he hecho nada: una simple bagatela; pero en España no hay peores

crímenes que la pobreza y la miseria.

—Le he oído a usted hablar en vascuence. ¿Es usted de la Vizcaya

francesa?

—Soy de Bordeaux, _monsieur_; pero he vivido mucho tiempo en las

Landas y en Vizcaya, _travaillant à mon metier_. Leo en sus ojos

que desea usted conocer mi historia; no se la cuento; no contiene

nada de particular. Vea usted, ya me he fumado el cigarro; deme

usted otro, y un duro de añadidura, si me hace el favor, _nous

sommes crevés ici de faim_. A un español no le diría tanto; pero

sus compatriotas de usted me inspiran respeto; los conozco bien; he

tropezado con ellos en Maida y en el otro sitio[13].

[13] Quizás Waterlóo. (Nota de Borrow.)

¡Nada de particular en su historia! Mucho me engaño, o un solo

capítulo de su vida, de haberse escrito, hubiera contenido más

peripecias maravillosas que cincuenta volúmenes de aventuras por

tierra y mar de las que más arriesgadas parezcan. Había sido soldado.

¡Qué de cosas no podría contar aquel hombre de marchas y retiradas,

de batallas perdidas y ganadas, de ciudades saqueadas, conventos

allanados! Quizás había visto las llamas de Moscou subir hasta las

nubes, y «había medido sus fuerzas con las de la Naturaleza en el

desierto invernal», asaltado por las borrascas de nieve y mordido

por el tremendo frío de Rusia. ¿Y qué podía significar con lo de

ejercer su oficio en Vizcaya y en las Landas, sino que había sido

ladrón en esas regiones agrestes, la segunda de las cuales es, por

los robos y crímenes que en ella se cometen, la peor reputada de todo

el territorio francés? ¿Nada de particular en su historia? Entonces,

¿qué historia tendrá algo que valga la pena de ser contado?

Di al preso el cigarro y el duro. Se los guardó, y dejando caer

nuevamente los brazos, y recostándose en la pared, pareció hundirse

poco a poco en uno de sus ensimismamientos. Le miré a la cara y le

hablé; pero no pareció oírme ni verme. Su espíritu erraba quizás en

el pavoroso valle de la sombra, hasta el que se abren camino a veces,

durante su vida, los hijos de la tierra; pavoroso lugar donde no hay

agua, ni mora la esperanza, ni vive más que el gusano imperecedero

del remordimiento. Ese valle es un facsímil del infierno, y quien

penetra en él sufre aquí en la tierra temporalmente lo que las almas

de los condenados han de sufrir a través de las edades sin fin.

El francés fué ahorcado un mes más tarde. La bagatela por que estaba

preso eran varios robos y asesinatos cometidos mediante una singular

estratagema. De concierto con otros dos, alquiló una vasta casa en

un barrio poco frecuentado, y a ella mandaba que le enviasen géneros

de valor que compraba en los comercios para pagarlos en el momento

de la entrega, y los que iban a entregar pagaban su credulidad

con la pérdida del género y de la vida. Dos o tres cayeron en el

lazo. Tuve vivos deseos de hablar privadamente con aquel hombre tan

arrojado, y, por tanto, rogué al _alcaide_ que le permitiera comer

conmigo en mi cuarto; a esto, el gobernador, a quien me tomaré la

libertad de llamar monsieur Bassompierre, por habérseme olvidado su

verdadero nombre, se quitó el sombrero, y con sus habituales sonrisa

y reverencias me replicó en el más puro castellano:

—Caballero inglés, y creo que puedo añadir, amigo mío: perdóneme

usted, pero me es del todo imposible acceder a su petición, fundada,

no lo dudo, en los más admirables sentimientos de filosofía. A otro

cualquiera de estos caballeros que están bajo mi custodia se le

permitirá, cuando usted lo desee, acompañarle en su cuarto. Incluso

llegaré a mandar que le quiten los grillos al que haya de ir con

usted, si tuviese grillos puestos, a fin de que pueda participar en

la comida de usted con la comodidad y holgura convenientes; pero con

el caballero de que se trata no puedo consentirlo: es el peor de toda

esta familia, y seguramente en la habitación de usted o en la galería

armaría una _función_ para intentar fugarse. Caballero, _me pesa_;

pero no puedo acceder a lo que pide. Si se tratase de otro caballero

cualquiera, lo haría con mucho gusto; el mismo Balseiro, a pesar de

lo que de él se cuenta, sabe conducirse como es debido; en su modo de

proceder hay siempre algo de formalidad y cortesía; si usted quiere,

caballero, irá a disfrutar de su hospitalidad.

Ya he hablado de Balseiro en la primera parte de esta narración.

Hallábase ahora encerrado en el piso más alto de la cárcel, en un

calabozo muy seguro, con otros malhechores. Había sido condenado, en

unión de un Pepe Candelas, ladrón de no corta fama, por un audacísimo

robo cometido, en pleno día, nada menos que en la persona de la

modista de la reina, una francesa, a quien ataron en una tienda,

robándole dinero y géneros por valor de cinco a seis mil duros.

Candelas había ya expiado su crimen en el patíbulo; pero Balseiro,

que era, en opinión común, el peor de los dos bandidos, había logrado

salvar la vida a fuerza de dinero, un aliado con que su compañero

no contaba; le conmutaron la pena de muerte, a que fué sentenciado,

por la de veinte años de cadena en el _presidio_ de Málaga. Visité

al héroe y conversé con él un rato a través de la reja del calabozo.

Me reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en

la disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en _gitano_

cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par.

Al decirle que sentía verle en tal situación, me replicó que el

asunto no tenía importancia, porque dentro de seis semanas le

llevarían al _presidio_, y una vez allí, con ayuda de unas onzas bien

distribuídas entre sus guardianes, se escaparía cuando quisiera.

—Pero ¿adónde vas a ir?—le pregunté.

—¿No puedo irme a tierra de moros—replicó Balseiro—, o con los

ingleses al campo de Gibraltar, o, si lo prefiero, no puedo volver

a este _foro_ y vivir como hasta aquí, _choring_ a los _gachós_?

¿Qué me cuesta esconderme? Madrid es grande, y Balseiro tiene muchos

amigos, especialmente entre los _lumias_—añadió con una sonrisa.

Le hablé de su malhadado cómplice Candelas, y su rostro tomó una

expresión horrible.

—Supongo que estará en los infiernos—exclamó el ladrón.

La amistad del inicuo nunca es de larga duración. Los dos héroes

regañaron, a lo que parece, en la cárcel, acusándole Candelas al otro

de haber procedido con mala fe y haberse apropiado indebidamente,

para su disfrute personal, el _corpus delicti_ en varios robos

cometidos en compañía.

No puedo resistir al deseo de contar las aventuras ulteriores de

Balseiro.

Poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro, con poca paciencia

para esperar a que el _presidio_ le ofreciese la ocasión de recobrar

la libertad, agujereó el techo de la cárcel, y en compañía de

otros penados se fugó. Volvió al instante a sus primeros hábitos,

cometiendo muchos robos atrevidos dentro de Madrid y en los

alrededores. Voy a referir el último, al que puedo llamar su crimen

maestro, singular ejemplo de maldad. Los robos callejeros y el escalo

no le satisfacían, y resolvió dar un gran golpe con el que esperaba

ganar dinero suficiente para irse a vivir con lujo y esplendor a

cualquier país extranjero.

Había cierto intendente de la Casa Real, llamado Gabiria, vasco de

nacimiento y dueño de inmensas riquezas, que tenía dos hijos, dos

guapos chicos de doce a catorce años de edad, a quienes yo había

visto a menudo y hasta hablado con ellos en mis correrías por la

orilla del Manzanares, su paseo favorito. Los dos muchachos estaban

educándose, en aquel tiempo, en cierto colegio de Madrid. Balseiro,

conocedor del cariño que su padre les tenía, determinó servirse de él

en provecho de su rapacidad. Trazó un plan, que consistía ni más ni

menos que en secuestrar a los chicos y no devolverlos sino mediante

un rescate enorme. El plan fué ejecutado en parte: dos cómplices

de Balseiro, bien vestidos, llamaron a la puerta del colegio

donde estaban los chicos, y valiéndose de una carta falsificada,

que dieron como escrita por el padre, arrancaron al director del

colegio el permiso para llevarse a los chicos a pasar un día de

campo. A unas cinco leguas de Madrid, Balseiro tenía una cueva, en

un lugar solitario y agreste, entre El Escorial y un pueblo llamado

Torrelodones; allí llevaron a los muchachos, donde quedaron bajo la

custodia de los dos cómplices; Balseiro permaneció en Madrid con

objeto de entrar en negociaciones con el padre. Pero éste, hombre de

notable resolución, en lugar de acceder a las peticiones del bandido

formuladas por carta, adoptó sin perder tiempo medidas muy enérgicas

para recobrar sus hijos.

Envióse gente a pie y a caballo a recorrer la comarca, y antes de una

semana descubrieron a los muchachos cerca de la cueva, abandonados

por sus guardianes, que cogieron miedo al enterarse de la resolución

con que los buscaban; no tardaron en detenerlos, sin embargo, y los

muchachos reconocieron a sus secuestradores.

Balseiro comprendió que Madrid se ponía inhabitable para él, y quiso

escaparse, no sé si a la tierra del moro o al Campo de Gibraltar;

pero reconocido en un pueblo cercano a Madrid, fué preso, y sin

tardanza llevado a la capital, donde a poco perdió la vida en el

patíbulo con sus dos cómplices; Gabiria y sus hijos presenciaron la

horrible escena a sus anchas, subidos en un carruaje.

Tal fin tuvo Balseiro, de quien no hubiera hablado tanto a no ser por

lo del _gitano_ cerrado. ¡Pobre desventurado! Conquistó el género de

inmortalidad a que aspiran tantos ladrones españoles, mientras lucen

su nívea ropa blanca pavoneándose en el _patio_. El rapto de los

hijos de Gabiria le convirtió de golpe en ídolo de toda la cofradía.

Un ladrón famoso, con quien más adelante estuve yo encarcelado en

Sevilla, pronunció su elogio en esta forma:

—Balseiro era un hombre muy cabal y muy buena persona. Hacía cabeza

de nuestro gremio, _Don Jorge_; ya no volveremos a verle. ¡Lástima

que no pudiera sacar el _parné_ y escaparse a tierra de moros, _Don

Jorge_!

La Biblia en España, Tomo III (de 3) O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península · 第 14 / 35 题