Los dos Evangelios. — El alguacil. — La orden de prisión. — María
la buena. — El arresto. — Me envían a la cárcel. — Reflexiones.
— El recibimiento. — La celda en la cárcel. — Demanda de
desagravios.
Al cabo, la traducción del Evangelio de San Lucas al gitano estuvo
lista. Deposité cierto número de ejemplares en el _despacho_ y
anuncié su venta. El Evangelio en vascuence, impreso también por
entonces, fué igualmente anunciado. Hubo poca demanda de esta obra.
No así del San Lucas en gitano, y con facilidad hubiera podido vender
toda la edición en menos de quince días. Sin embargo, mucho antes de
transcurrir este plazo el clero se puso sobre las armas.
«¡Brujería!»—dijo un obispo.
«Aquí hay más de lo que a primera vista parece»—exclamó el segundo.
«Va a convertir a toda España valiéndose del lenguaje gitano»—gritó
un tercero.
Y luego surgió el coro habitual en esos casos:
«_¡Qué infamia! ¡Qué picardía!_»
Al fin, después de andar en bureo entre sí, corrieron a su
instrumento el _corregidor_, o _jefe político_, como se le llama
ahora, de Madrid. He olvidado el nombre de este personaje, a quien
no conocí personalmente. Juzgando por sus acciones y por lo que
se decía de él, puedo asegurar que era una criatura estúpida,
testarudo, y además grosero, un _mélange_ de _borrico_, mula y lobo.
Como profesaba inveterada antipatía a todos los extranjeros, prestó
oídos benévolos a la queja de mis acusadores, y sin tardanza dió
orden de secuestrar todos los ejemplares del Evangelio en gitano que
hubiese en el despacho[8]. La consecuencia fué que un nutrido cuerpo
de _alguaciles_ dirigió sus pasos a la calle del Príncipe, y se
apoderaron de unos treinta ejemplares del libro perseguido y de otros
tantos del San Lucas en vascuence. Con tales despojos, los satélites
volvieron en triunfo a la _jefatura política_, donde se repartieron
entre sí los ejemplares del Evangelio en gitano, vendiéndolos después
casi todos a buen precio, porque el libro era muy buscado, y así se
convirtieron sin quererlo en agentes de una Sociedad herética. Pero
cada cual debe vivir de su trabajo—dice esa gente—y no pierde ocasión
de hacer buenas sus palabras, vendiendo lo mejor que puede cualquier
botín que cae en sus manos.
[8] El 14 de enero de 1838 el jefe político, don Francisco de
Gamboa, ordenó el secuestro.
Como nadie se ocupaba del Evangelio en vascuence, fué guardado sin
tropiezo, con otras capturas invendibles, en los almacenes de la
jefatura.
Ya estaban secuestrados los Evangelios en gitano, al menos los que
tenía en el _despacho_ expuestos para la venta. Pero el _corregidor_
y sus amigos pensaron que aún podía conseguirse mucho más mediante
una pequeña combinación. Todos los días se presentaban en la tienda
algunos ganchos de la policía, bajo disfraces diferentes, preguntando
con gran interés por los «libros gitanos» y ofreciendo pagar los
ejemplares a buen precio. Pero se fueron con las manos vacías. Mi
gallego estaba sobre aviso, y a todo el que preguntaba le decía
que por el momento no se vendían libros de ninguna clase en el
establecimiento. Y así era la verdad, pues le había dado orden de no
vender más, bajo ningún pretexto.
A pesar de mi conducta franca, no me creyeron. El _corregidor_ y
sus aliados no podían convencerse de que, bajo cuerda, y por medios
misteriosos, no vendía yo diariamente cientos de aquellos libros
gitanos que iban a revolucionar el país y a destruir el poder del
obispo de Roma. Trazaron, pues, un plan, mediante el cual esperaban
colocarme en tal situación, que no pudiese en algún tiempo trabajar
activamente en la difusión de las Escrituras, ya estuviesen en gitano
o en otro idioma cualquiera.
El 1.º de mayo (1838), por la mañana, si no recuerdo mal, un
individuo desconocido se presentó en mi cuarto cuando me disponía a
tomar el desayuno. Era un tipo de innoble catadura, de mediana talla,
con todos los estigmas de la picardía en el semblante. La huéspeda
le introdujo en mi aposento y se retiró. No me agradó la llegada del
visitante; pero, afectando cortesía, le rogué que se sentara y le
pregunté el objeto de su visita.
—Vengo de parte de su excelencia el jefe político de
Madrid—respondió—y mi objeto es decirle a usted que su excelencia
conoce perfectamente sus manejos, y cuando quiera puede demostrar que
sigue usted vendiendo en secreto los malditos libros cuya venta se le
ha prohibido a usted.
—¿De verdad? Pues que lo haga sin tardanza. ¿Qué necesidad tiene de
avisarme?
—Puede que crea usted—continuó el hombre—que su señoría no tiene
testigos; pues los tiene, sépalo usted, y muchos, y muy respetables
además.
—No lo dudo—repliqué—. Dada la apariencia respetable de usted, será
usted uno de ellos. Pero me está usted haciendo perder tiempo;
márchese, pues, y diga a quien le haya enviado que no tengo una idea
muy alta de su talento.
—Me iré cuando quiera—replicó el otro.—¿Sabe usted con quién
está hablando? ¿Sabe usted que si me parece conveniente puedo
registrarle a usted el cuarto, hasta debajo de la cama? ¿Qué tenemos
aquí?—continuó; y empezó a hurgar con el bastón un rimero de papeles
que había encima de una silla—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Son también
papeles de los gitanos?
En el acto resolví no tolerar por más tiempo su proceder, y,
agarrando al hombre por un brazo, le saqué del cuarto, y sin soltarle
le conduje escaleras abajo desde el tercer piso, en que yo vivía,
hasta la calle, mirándole fijamente a la cara durante todo el tiempo.
El individuo se había dejado el _sombrero_ encima de la mesa, y se lo
envié con la patrona, que se lo entregó en propia mano cuando aún se
estaba en la calle el hombre mirando con ojos pasmados a mi balcón.
—Le han tendido a usted una _trampa_, _don Jorge_—dijo María Díaz
cuando subió de la calle—. Ese _corchete_ no traía más intención
que la de provocarle a usted. De cada palabra que usted le ha dicho
hará un mundo, como acostumbra esa gente; al darle el sombrero ha
dicho que antes de veinticuatro horas habrá usted visto por dentro la
cárcel de Madrid.
En efecto, en el curso de la mañana supe que se había dictado contra
mí orden de arresto[9]. La perspectiva de un encarcelamiento no
me atemorizó gran cosa; las aventuras de mi vida y mis inveterados
hábitos de vagabundo me habían ya familiarizado con situaciones de
todo género, hasta el punto de encontrarme tan a gusto en una prisión
como en las doradas salas de un palacio, y aún más, porque en aquel
lugar siempre puedo aumentar mi provisión de informaciones útiles,
mientras que en el último el aburrimiento se apodera de mí con
frecuencia. Había yo, además, pensado algún tiempo atrás hacer una
visita a la cárcel, en parte con la esperanza de poder decir algunas
palabras de instrucción cristiana a los criminales, y en parte con
la mira de hacer ciertas investigaciones acerca del lenguaje de los
ladrones en España, asunto que había excitado en gran manera mi
curiosidad; y hasta hice algunas gestiones para conseguir que me
dejasen entrar en la _Cárcel de la Corte_, pero encontré el asunto
rodeado de dificultades, como hubiese dicho mi amigo Ofalia. Casi me
alegré, pues, de la oportunidad que iba a presentárseme para ingresar
en la cárcel, no en calidad de visitante, sino como mártir, como
víctima de mi celo por la santa causa de la religión.
[9] Por el gobernador don Diego de Entena, sucesor de Gamboa. La
prisión se decretaba: 1.º, por insultos al alguacil; 2.º, por
repartir un libro impreso en Gibraltar. Era el Lucas en gitano
(sin licencia de impresión), pero que todos sabían impreso en
Madrid (Knapp).
Resolví, sin embargo, chasquear a mis enemigos por aquel día cuando
menos, y burlar la amenaza del _alguacil_ de que me prenderían antes
de veinticuatro horas. Con este propósito me instalé para lo restante
del día en una famosa fonda francesa de la calle del Caballero de
Gracia[10] que, por ser uno de los lugares más concurridos y más
elegantes de Madrid, pensé, naturalmente, que sería el último adonde
al corregidor se le ocurriría buscarme.
[10] En la fonda de Genieys (Knapp).
A eso de las diez de la noche, María Díaz, a quien yo había dicho el
lugar de mi refugio, llegó acompañada de su hijo, Juan López.
—_Oh, señor_—dijo María al verme—, ya están buscándole a usted; el
_alcalde_ del _barrio_, con una gran _comitiva_ de _alguaciles_ y
gente así, acaba de presentarse en casa con la orden de arrestarle a
usted, dictada por el _corregidor_. Han registrado toda la casa, y al
no encontrarle se han enfadado mucho. ¡Ay de mí! ¿Qué va a ocurrir si
le encuentran?
—No tema usted nada, buena María—dije yo—. Se le olvida a usted que
soy inglés; también se le olvida al _corregidor_. Préndame cuando
quiera, esté usted segura de que se daría por muy contento dejándome
escapar. Por ahora, sin embargo, le permitiremos seguir su camino;
parece que se ha vuelto loco.
Dormí en la fonda, y en la mañana del día siguiente acudí a la
embajada, donde tuve una entrevista con sir Jorge, a quien referí
detalladamente el suceso. Díjome que le costaba trabajo creer que
el _corregidor_ abrigase intenciones serias de prenderme: en primer
lugar, porque yo no había cometido delito alguno; y en segundo,
porque yo no estaba bajo la jurisdicción de aquel funcionario, sino
bajo la del capitán general, único que tenía atribuciones para
resolver en asuntos tocantes a los extranjeros, y ante quien debía yo
comparecer acompañado del cónsul de mi país.
—Sin embargo—añadió—, no se sabe hasta dónde son capaces de llegar
los jaques que ocupan el poder. Por tanto, si tiene usted algún
temor, le aconsejo que permanezca unos días en la embajada como
huésped mío, y aquí estará usted completamente a salvo.
Le aseguré que no tenía miedo alguno, porque estaba ya muy
acostumbrado a semejantes aventuras. Desde la habitación de sir Jorge
me dirigí a la del primer secretario, Mr. Southern, con quien entré
en conversación. Apenas llevaba allí un minuto, cuando Francisco,
mi criado, irrumpió en el cuarto casi sin aliento y agitadísimo,
exclamando en vascuence:
—_Niri jauna_, los _alguaciloac_ y los _corchetoac_ y los demás
_lapurrac_ están otra vez en casa. Parecen medio locos; y como no
le pueden encontrar a usted, están registrando los papeles, en la
creencia, supongo yo, de que está usted escondido entre ellos.
Míster Southern nos interrumpió, preguntando lo que aquello
significaba. Se lo conté, y añadí que me proponía volver en el acto a
mi casa.
—Pero entonces esos hombres acaso le arresten a usted—dijo Mr.
Southern—antes de que podamos intervenir nosotros.
—Tengo que afrontar ese riesgo—repliqué, y un momento después me fuí.
Pero, antes de llegar a la mitad de la calle de Alcalá, dos
individuos vinieron a mí, y, diciéndome que era su prisionero, me
mandaron seguirlos a la oficina del _corregidor_.
Eran dos _alguaciles_, quienes, sospechando que podría entrar en la
embajada o salir de ella, estaban en acecho por las inmediaciones.
Rápidamente me volví a Francisco y le dije en vascuence que fuese
otra vez a la embajada y contase al secretario lo que acababa de
suceder. El pobre muchacho salió como una exhalación, no sin volver a
medias el cuerpo de vez en cuando para amenazar con el puño y cubrir
de improperios en vascuence a los dos _lapurrac_, como llamaba a los
_alguaciles_.
Lleváronme a la _jefatura_, donde está el despacho del _corregidor_,
y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con el gesto a
tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno a cada
lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte personas
lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar por
su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su
mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran:
_alguaciles_, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de
su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a
pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según
recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un
corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos:
—Entiende los siete dialectos del gitano.
Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla,
dijo:
—_Es muy diestro_; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien como
si fuera de mi tierra.
Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado,
evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido
si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba
testimonio en la causa de la justicia.
Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que me
llamarían de un momento a otro a presencia del señor _corregidor_.
Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan
eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad
provecta—perteneciente, empero, al género _alguacil_—entró en el
aposento y avanzó derechamente hacia mí.
—Levántese—dijo.
Obedecí.
—¿Cómo es su nombre?—preguntó.
Se lo dije.
—Entonces—replicó mostrando un papel que tenía en la mano—, _señor_,
su excelencia el _corregidor_ manda que le llevemos a usted a la
cárcel sin tardanza.
Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme caer
al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me
limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la
orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente
a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos.
Supe más adelante que tan pronto como sir Jorge tuvo noticia de mi
arresto envió al secretario de la legación, Mr. Southern, a visitar
al corregidor, y estuvo haciendo antesala la mayor parte del tiempo
que yo permanecí en la jefatura. Al pedir audiencia al _corregidor_
se proponía darle sus quejas y señalarle los peligros a que se
exponía con el paso temerario que acababa de dar. El corregidor, muy
terco, se negó a recibirle, pensando quizás que avenirse a razones
redundaría en menoscabo de su dignidad; pero su conducta me favoreció
por modo eficacísimo, porque después de tal ejemplo de gratuita
insolencia nadie puso en duda la injusticia y el atropello de que me
había hecho víctima.
Los _alguaciles_ me llevaron por la Plaza Mayor a la Cárcel de la
Corte, que así se llama. Al cruzar la plaza recordé que, en los
buenos tiempos pasados, la Inquisición de España acostumbraba a
celebrar allí sus solemnes _autos de fe_, y eché una mirada a los
balcones de la Casa de la Villa, desde donde presenció el último rey
de la dinastía austriaca el auto más solemne que se recuerda, y,
después de ver quemar por grupos de cuatro o de cinco unos treinta
herejes, hombres y mujeres, se enjugó el rostro, sudoroso por el
calor y ennegrecido por el humo, y tranquilamente preguntó: «_¿No hay
más?_»; ejemplar prueba de paciencia muy aplaudida por sus curas y
confesores, que, andando el tiempo, le envenenaron.
—Y aquí estoy yo—iba yo pensando—, que he hecho en contra del papismo
más que todos los pobres cristianos martirizados en esta maldita
plaza, enviado simplemente a la cárcel, de la que estoy seguro de
salir dentro de pocos días con buena opinión y aplauso. ¡Papa de
Roma! Creo que sigues siendo tan maligno como siempre; pero de
tan escaso poder, que da lástima. Te estás quedando paralítico,
_Batuschca_, y tu cayado se ha convertido en una muleta.
Llegamos a la cárcel, sita en una calle estrecha, no lejos de la
Plaza Mayor. Entramos en un pasadizo obscuro, a cuyo extremo había
una verja. Llamaron mis conductores, y un rostro feroz se dejó ver
a través de la verja; hubo un cambio de palabras, y a los pocos
momentos me encontré dentro de la cárcel de Madrid, en una especie
de corredor abierto a considerable altura sobre un patio, de donde
subía fuerte rumor de voces y, en ocasiones, gritos y clamores
salvajes. En el corredor, que servía como de oficina, había varias
personas, una de ellas sentada detrás de un pupitre; hacia ella
fueron los _alguaciles_, y, después de hablar un rato en voz baja,
pusieron en sus manos la orden de arresto. La leyó con atención, y,
levantándose después, se me acercó. ¡Qué tipo! Tendría unos cuarenta
años, y su estatura hubiera sido de unos seis pies y dos pulgadas
a no ir encorvado en forma que parecía una ese. Era más delgado
que un hilo; diríase que un soplo de aire bastaba para llevárselo.
Su rostro hubiera sido hermoso sin tan portentosa y extraordinaria
delgadez. Tenía la nariz aguileña; los dientes blancos como el
marfil; negros los ojos—¡oh, qué negrura!—, de muy extraña expresión;
atezada la piel, y el pelo de la cabeza como las plumas del cuervo.
Sus facciones dilatábanse de continuo por una sonrisa profunda y
tranquila, que con toda su tranquilidad era una sonrisa cruel, muy
propia del semblante de un Nerón. «_Mais en revanche personne n’étoit
plus honnête._»
—_Caballero_—dijo—, permítame usted que me presente yo mismo: soy
el _alcaide_ de esta cárcel. Veo por este papel que durante cierto
tiempo, muy corto, sin duda, tendré el honor de que me haga compañía
bajo este techo; espero que desechará usted de su ánimo todo temor.
Me encargan que le trate a usted con todo el respeto debido a la
ilustre nación a que pertenece y a que tiene derecho un caballero
de tan elevada condición. La verdad es que el encargo está de más,
pues por mi propio impulso hubiera tenido yo gran placer en colmarle
de atenciones y comodidades. _Caballero_, debe usted considerarse
aquí más como huésped que como preso. Puede usted correr toda la
casa a su antojo. Aquí encontrará usted cosas no del todo indignas
de la atención de un espíritu reflexivo. Le ruego que disponga de
los llaveros y empleados como de sus criados propios. Ahora voy a
tener el honor de llevarle a su habitación, la única que hay vacía.
La reservamos siempre para caballeros distinguidos. De nuevo me
congratulo de que las órdenes recibidas coincidan con mi inclinación
personal. No se le pondrá a usted cuenta ninguna, aunque el alquiler
diario de ese cuarto llega a veces a una onza de oro. Le ruego, pues,
que me siga, caballero, y me considere en todos tiempos y ocasiones
como su afectísimo y obediente servidor.
Al decir esto, se quitó el sombrero y me hizo una profunda reverencia.
Tal fué el discurso del _alcaide_ de la cárcel de Madrid, discurso
pronunciado en puro y sonoro castellano, con mucho reposo, gravedad
y casi dignidad; discurso que hubiera hecho honor a un magnate de
ilustre cuna, a monsieur Bassompierre recibiendo en la Bastilla a un
príncipe italiano, o al gobernador de la Torre de Londres recibiendo
a un duque inglés acusado de alta traición. Pues bien: ¿quién era
este _alcaide_? Uno de los mayores tunantes de España. Un individuo
que más de una vez, por su rapacidad y avaricia, y por mermar las
miserables raciones de los presos, había provocado insurrecciones en
el patio, sofocadas en sangre con ayuda de la fuerza militar; un tipo
de baja extracción, que cinco años antes era tambor en una partida
de voluntarios realistas. Pero España es el país de los caracteres
extraordinarios.
Seguí al _alcaide_ hasta el final del corredor, donde había una
verja muy espesa, y a cada lado de ella estaba sentado un llavero,
tipos de horrenda catadura. Se abrió la verja, y, volviendo a
la derecha, seguimos por otro corredor, donde había mucha gente
paseándose: presos políticos, según supe más tarde. Al final del
corredor, que abarcaba toda la longitud del _patio_, entramos en
otro; la primer habitación que encontramos era la que me habían
destinado. El aposento, espacioso y alto de techo, estaba en absoluto
desprovisto de muebles, con excepción de una cuba de madera,
destinada a contener mi ración diaria de agua.
—_Caballero_—dijo el _alcaide_—, como usted ve, el cuarto está
desamueblado. Ya son las tres de la _tarde_; por tanto, le aconsejo
a usted que, sin descuidarse, envíe a buscar a su posada una cama y
las demás cosas que pueda necesitar; el _llavero_ le hará a usted la
cama. _Caballero_, adiós, hasta otra vista.
Seguí su consejo, y escribí con lápiz una nota a María Díaz,
enviándosela por el _llavero_; hecho esto, me senté en la cuba, y caí
en una especie de ensueño que me duró mucho tiempo.
Al cerrar la noche llegó María Díaz, acompañada de dos mozos de
cordel y de Francisco, todos cargados. Encendieron una lámpara,
echaron lumbre en el brasero, y la melancolía de la cárcel se disipó
hasta cierto punto.
Cuando tuve silla donde sentarme, me levanté de la cuba y me puse a
despachar algunos manjares que mi buena patrona no se había olvidado
de traerme. De pronto, Mr. Southern entró. Se echó a reír de buena
gana al verme ocupado en la forma que he dicho.
—Borrow—me dijo—, es usted hombre muy a propósito para correr mundo,
porque todo lo toma usted con frialdad y como la cosa más natural.
Pero lo que más me sorprende en usted es el gran número de amigos que
tiene; no le falta a usted en la cárcel gente que se afane por su
bienestar. Hasta su criado es amigo de usted, en lugar de ser, como
en general ocurre, su peor enemigo. Ese vascongado es una criatura
muy noble. No olvidaré nunca cómo habló de usted cuando llegó
corriendo a la Embajada a llevar la noticia de su arresto. Tanto a
sir Jorge como a mí, nos interesó mucho; si alguna vez desea usted
separarse de él, avíseme, para tomarlo a mi servicio. Pero hablemos
de otra cosa.
Entonces me contó que sir Jorge había ya enviado a Ofalia una nota
oficial pidiendo reparaciones por el caprichoso ultraje cometido en
la persona de un súbdito británico.
—Estará usted en la cárcel esta noche—dijo—; pero tenga la seguridad
de que mañana, si lo desea, puede salir de aquí en triunfo.
—De ningún modo lo deseo—repliqué—. Me han metido en la cárcel por
hacer su capricho, y yo me propongo permanecer en ella por hacer el
mío.
—Si el tedio de la cárcel no puede más que usted—dijo Mr. Southern—,
creo que esa resolución es la más conveniente; el Gobierno se
ha comprometido de mala manera en este asunto, y, hablando con
franqueza, no lo sentimos, ni mucho menos. Esos señores nos han
tratado más de una vez con excesiva desconsideración, y ahora se
nos presenta, si continúa usted firme, una excelente oportunidad
de humillar su insolencia. Voy al instante a decir a sir Jorge la
resolución de usted, y mañana temprano tendrá usted noticias nuestras.
Con esto se despidió de mí; me acosté, y no tardé en dormirme en la
cárcel de Madrid.