La prohibición. — El Evangelio, perseguido. — Inculpación de
brujería. — Ofalia.
A mediados de Enero, mis enemigos me dieron una carga, prohibiéndome,
de modo terminante, en virtud de orden dictada por el gobernador de
Madrid, que siguiera vendiendo Testamentos. No me cogió de susto la
medida, porque desde algún tiempo antes esperaba yo algo parecido,
en razón de las ideas políticas profesadas por los ministros. Fuí,
sin dilación, a visitar a Sir George Villiers, informándole de lo
sucedido. Me prometió hacer cuanto pudiese para obtener la revocación
de la orden. Por desgracia, no tenía entonces gran influencia,
porque se había opuesto con todas sus fuerzas al advenimiento del
Ministerio moderado, y al nombramiento de Ofalia para la presidencia
del Gabinete. Sin embargo, no perdí ni un momento la confianza en el
Todopoderoso, en cuyo servicio estaba yo ocupado.
Antes de ese tropiezo las cosas marchaban muy bien. La demanda de
Testamentos aumentaba por modo considerable; tanto, que el clero se
alarmó, y ese paso fué la consecuencia. Pero habían primero intentado
dar otro, muy propio suyo: pretendieron dominarme por el miedo. Uno
de los rufianes de Madrid, llamados _Manolos_, me salió al paso una
noche en una calle obscura, y me dijo que si continuaba vendiendo mis
«libros judíos», me «enhebraría un cuchillo en el corazón»; yo le
contesté que se fuese a su casa, rezase unas oraciones, y dijera a
los que le enviaban que me daban mucha lástima; con lo cual se fué,
soltando un juramento. Pocos días más tarde recibí orden de enviar
dos ejemplares del Testamento a las oficinas del gobernador, y así lo
hice; menos de veinticuatro horas después llegó un _alguacil_ a la
tienda, y me notificó la prohibición de seguir vendiendo la obra.
Una circunstancia me regocijó. Por raro que parezca, las autoridades
no tomaron medida alguna para cerrarme el _despacho_, y la
prohibición sólo se refería a la venta del Nuevo Testamento; como
faltaba poco para que el Evangelio de San Lucas, en caló y en
vascuence, estuviese listo para la venta, esperé sostener las cosas,
aunque en menor escala, hasta que vinieran mejores tiempos.
Me aconsejaron que borrase del escaparate de la tienda las palabras
«_Despacho_ de la Sociedad Bíblica británica y extranjera». Me
negué a ello. El letrero había llamado mucho la atención, como yo
me proponía. Si hubiera intentado llevar este asunto bajo cuerda,
apenas habría llegado a vender en Madrid, hasta la fecha de que voy
hablando, treinta ejemplares, en lugar de casi trescientos que tenía
vendidos. Quien no me conozca se inclinará a llamarme temerario;
pero estoy muy lejos de serlo, y nunca adopto un camino aventurado
mientras me quede abierto alguno que no lo sea. Sin embargo, yo no
soy hombre que se asuste del peligro, cuando veo que no hay más
remedio que arrostrarlo para conseguir un propósito.
Los libreros se negaban a vender mi libro; me vi compelido a
establecer por mi cuenta una tienda. En Madrid cada tienda tiene
su nombre. ¿Cuál podía yo dar a la mía, sino el verdadero? No me
avergonzaba de mi causa ni de mi bandera. La enarbolé, y luché a su
sombra, no sin buen éxito.
Entretanto, el partido clerical en Madrid no perdonaba esfuerzo para
difamarme. En una publicación suya, llamada _El amigo de la religión
cristiana_, apareció un ataque estúpido, pero furioso, contra mí,
al cual traté con el desprecio merecido. No satisfechos con eso,
intentaron concitar al pueblo en contra mía, diciendo que yo era
brujo, compañero de gitanos y hechiceras; y así me llamaban sus
agentes cuando me encontraban en la calle. No tengo por qué negar
que yo era amigo de gitanos y de adivinos. ¿Iba a avergonzarme de su
compañía, cuando mi Maestro se trataba con publicanos y ladrones? Con
frecuencia recibía visitas de gitanos: los adoctrinaba, y les leía
trozos del Evangelio en su propia lengua; cuando estaban hambrientos
y extenuados les daba de comer y de beber. Esto pudo tenerse por
brujería en España, pero abrigo la esperanza de que en Inglaterra
lo apreciarán de otro modo; y si hubiese yo perecido por entonces,
creo que no hubiera faltado alguien dispuesto a reconocer que mi
vida no había sido por completo inútil (siempre como instrumento del
Altísimo), ya que logré traducir uno de los más valiosos libros de
Dios a la lengua de sus criaturas más degradadas.
Entré en negociaciones con el Gobierno para obtener el permiso de
vender en Madrid el Nuevo Testamento, y anular la prohibición.
Encontré oposición muy grande, que no pude vencer. Varios obispos
ultrapapistas, residentes por entonces en Madrid, habían denunciado
la Biblia, a la Sociedad Bíblica y a mí. Pero no obstante sus
concertados y poderosos esfuerzos, no pudieron conseguir su propósito
principal, o sea mi expulsión de Madrid y de España. El conde Ofalia,
aunque toleró ser instrumento, hasta cierto punto, de aquellas
gentes, no dejó que le empujaran tan lejos. No encuentro palabras
bastante enérgicas para hacer justicia al celo y al interés que en
todo este asunto desplegó Sir Jorge Villiers en pro de la causa
del Testamento. Celebró varias entrevistas con Ofalia sobre esta
cuestión, y en ellas le significó su juicio acerca de la injusticia y
tiranía con que en aquel caso había sido tratado su compatriota.
Tales quejas hicieron impresión en Ofalia, y más de una vez prometió
hacer cuanto pudiese para complacer a Sir Jorge; pero luego los
obispos le asediaban, y, poniendo en juego sus temores políticos,
ya que no los religiosos, le impedían proceder en el asunto con
justicia y honradez. Por indicación de Sir Jorge Villiers, tracé
una breve memoria explicando lo que es la Sociedad Bíblica y sus
propósitos, en especial los tocantes a España; Sir Jorge entregó
personalmente esa memoria al conde. No cansaré al lector insertándola
aquí, contentándome con observar que no intenté adular ni halagar, y
me expresé con franqueza y honradez, como debe hacer un cristiano.
Ofalia, al leer mi escrito, exclamó: «¡Lástima que esta Sociedad sea
protestante, y que no sean católicos todos sus miembros!»
Pocos días después me envió un recado con un amigo, pidiéndome, cosa
que me asombró, un ejemplar del Evangelio en gitano. Permítaseme
decir aquí que la fama de este libro, aunque no publicado todavía,
se había esparcido por Madrid como fuego por reguero de pólvora, y
todo el mundo ansiaba tener un ejemplar; varios grandes de España
me enviaron recado con la misma pretensión, pero no les atendí. Al
instante resolví aprovechar la coyuntura que me ofrecía el conde
de Ofalia y me dispuse a visitarle en persona. Mandé encuadernar
lujosamente un ejemplar del Evangelio, y, encaminándome a Palacio,
obtuve audiencia en el acto. Era un hombre diminuto, mustio,
entre los cincuenta y los sesenta años de edad, con dientes y
pelo postizos, pero de muy corteses maneras. Me recibió con gran
afabilidad y me dió las gracias por el regalo; pero cuando le hablé
del Nuevo Testamento, me dijo que el asunto estaba rodeado de
dificultades, y que la gran masa del clero se había puesto en mi
contra; me exhortó a que tuviera paciencia y calma, y en tal caso
dijo que trataría de buscar el modo de complacerme. Entre otras
cosas, me dijo que los obispos odiaban a un sectario más que a un
ateo. Contesté que, como los antiguos fariseos, se cuidaban más del
oro del templo que del templo mismo. Durante toda la entrevista dió
evidentes señales de un gran temor, y continuamente miraba detrás y
alrededor de sí, como si temiera que alguien le escuchase; esto me
hizo recordar el dicho de un amigo, según el cual, si hay algo de
verdad en la metempsícosis, el alma del conde de Ofalia debió de
pertenecer originariamente a un ratón. Nos separamos en muy amistosos
términos, y me fuí maravillado del extraño azar que ha hecho de un
pobre hombre como éste el primer ministro de un país como España.