el desentendido como lo tiene por costumbre... Yo pensé que usted
fuese persona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya
lo ha visto usted, con la mayor atención y blandura; pero, hombre,
¿cómo ha de sufrir uno lo que usted hace sin saltar de cólera? ¿No
tiene usted vergüenza, siendo un sujeto decente y de obligaciones, de
ocuparse en fabricar enredos, de querer sacar de su casa con engaño y
violencia á una mujer honrada, de querer impedir un matrimonio en que
ella cifra todas sus dichas? ¡Eh! que eso es indigno.
D. ENRIQUE.--¿Y quién le ha dado á usted noticias tan agenas de
verdad, señor don Gregorio?
D. GREGORIO.--Volvemos otra vez á la misma canción. Rosita me las ha
dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su elección
es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan,
que si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su
desatino, y salgamos de tanto embrollo.
(_Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y al acabarse el acto
queda á media luz._)
D. ENRIQUE.--Cierto que si ella misma hubiese dicho esas expresiones,
no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado; pero...
D. GREGORIO.--¿Conque usted duda que sea verdad?
D. ENRIQUE.--¿Qué quiere usted, señor don Gregorio? Es tan duro esto
de persuadirse uno á que...
D. GREGORIO.--Venga usted conmigo.
(_Hasta el fin de la escena va y viene don Gregorio, unas veces hacia
su puerta, y otras á donde está don Enrique, para que le siga._)
D. ENRIQUE.--Porque al fin, como usted tiene tanto interés en que yo
me desespere y...
D. GREGORIO.--Venga usted, venga usted... ¡Rosa!
D. ENRIQUE.--No es decir esto que usted...
D. GREGORIO.--Nada. No hay que disputar. Si quiero que usted se
desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!
D. ENRIQUE.--¡Pensar que una dama ha de responder con tal aspereza á
quien no ha cometido otro delito que adorarla!
D. GREGORIO.--Usted lo verá. Ya sale.
ESCENA X.
DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.
D.ª ROSA.--¿Qué es esto?... (_Sorprendida al ver á don Enrique_).
¿Viene usted á interceder por él, á recomendármele para que sufra sus
visitas, para que corresponda agradecida á su insolente amor?
D. GREGORIO.--No, hija mía. Te quiero yo mucho para hacer tales
recomendaciones; pero este santo varón toma á juguete cuanto yo
le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro que tú no le
puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de
persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma se lo digas,
ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere entenderlo.
D.ª ROSA.--Pues ¿no le he manifestado á usted ya cuál es mi deseo,
que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo?
D. ENRIQUE.--Bastante ha sido para sorprenderme, señorita, cuanto el
vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la dificultad
que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la
suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe
maravillar á nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie
delante de mí.
D.ª ROSA.--Cuanto el señor le ha dicho á usted ha sido por instancias
mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á usted los
íntimos afectos de mi corazón.
D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?
D.ª ROSA.--Mi elección es tan honrada, tan justa, que no hallo motivo
alguno que pueda obligarme á disimularla. De dos personas que miro
presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira
una repugnancia que no puedo vencer. Pero...
D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?
D.ª ROSA.--Pero es tiempo ya de que se acaben las inquietudes que
padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es el
único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas
esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de
un suplicio más insoportable que la misma muerte.
D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?... Sí, monita, sí; yo cuidaré de cumplir
tus deseos.
D.ª ROSA.--No hay otro medio de que yo viva contenta.
(_Manifiesta en la expresión de sus palabras que las dirige á don
Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio._)
D. GREGORIO.--Dentro de muy poco lo estarás.
D.ª ROSA.--Bien advierto que no pertenece á mi estado el hablar con
tanta libertad...
D. GREGORIO.--No hay mal en eso.
D.ª ROSA.--Pero en mi situación bien puede disimularse, que use de
alguna franqueza con el que ya considero como esposo mío.
D. GREGORIO.--Sí, pobrecita mía... Sí, morenilla de mi alma.
D.ª ROSA.--Y que le pida encarecidamente, si no desprecia un amor tan
fino, que acelere las diligencias de unión.
D. GREGORIO.--Ven aquí, perlita; (_Abraza á doña Rosa; ella extiende
la mano izquierda, y don Enrique, que está detrás de don Gregorio,
se la besa afectuosamente, y se retira al instante_) consuelo mío,
ven aquí, que yo te prometo no dilatar tu dicha... Vamos, no te me
angusties; calla, que... Amigo (_Volviéndose muy satisfecho á hablar
á don Enrique_) ya lo ve usted. Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?
D. ENRIQUE.--Bien está, señora; usted se ha explicado bastante, y yo
la juro por quien soy, que dentro de poco se verá libre de un hombre
que no ha tenido la fortuna de agradarla.
D.ª ROSA.--No puede usted hacerme favor más grande, porque su vista
es intolerable para mí. Tal es el horror, el tedio que me causa,
que...
D. GREGORIO.--Vaya, vamos, que eso es demasiado.
D.ª ROSA.--¿Le ofendo á usted en decir esto?
D. GREGORIO.--No por cierto... ¡Válgame Dios! No es eso, sino que
también da lástima verle sopetear de esa manera... Una aversión tan
excesiva...
D.ª ROSA.--Por mucha que le manifieste, mayor se la tengo.
D. ENRIQUE.--Usted quedará servida, señora doña Rosa. Dentro de dos
ó tres días, á más tardar, desaparecerá de sus ojos de usted una
persona que tanto la ofende.
D.ª ROSA.--Vaya usted con Dios, y cumpla su palabra.
D. GREGORIO.--Señor vecino, yo lo siento de veras, y no quisiera
haberle dado á usted este mal rato; pero...
D. ENRIQUE.--No, no crea usted que yo lleve el menor resentimiento;
al contrario, conozco que la señorita procede con mucha prudencia,
atendido el mérito de entrambos. Á mí me toca sólo callar, y cumplir
cuanto antes me sea posible lo que acabo de prometerla. Señor don
Gregorio, me repito á la disposición de usted.
D. GREGORIO.--Vaya usted con Dios.
D. ENRIQUE.--Vamos pronto de aquí, Cosme, que reviento de risa.
(_Retirándose hacia su casa, entran en ella los dos, y se cierra la
puerta._)
ESCENA XI.
DON GREGORIO, DOÑA ROSA.
D. GREGORIO.--De veras te digo, que este hombre me da compasión.
D.ª ROSA.--Ande usted, que no merece tanta como usted piensa.
D. GREGORIO.--Por lo demás, hija mía, es mucho lo que me lisonjea tu
amor, y quiero darle toda la recompensa que merece. Seis ú ocho días
son demasiado término para tu impaciencia. Mañana mismo quedaremos
casados, y...
D.ª ROSA (_turbada_).--¿Mañana?
D. GREGORIO.--Sin falta ninguna... Ya veo á lo que te obliga el
pudor, pobrecilla; y haces como que repugnas lo que estás deseando.
¿Te parece que no lo conozco?
D.ª ROSA.--Pero...
D. GREGORIO.--Sí, amiguita, mañana serás mi mujer. Ahora mismo voy
antes que oscurezca aquí á casa de don Simplicio el escribano, para
que esté avisado y no haya dilación. Adios, hechicera.
(_Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa entra en su casa y
cierra._)
D.ª ROSA.--¡Infeliz de mí! ¿Qué haré para evitar este golpe?
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
DOÑA ROSA, DON GREGORIO.
(_La escena es de noche. Doña Rosa sale de su casa, manifestando el
estado de incertidumbre y agitación que denota el diálogo._)
D.ª ROSA.--No hay otro medio... Si me detengo un instante, vuelve,
pierdo la ocasión de mi libertad, y mañana... No... primero morir.
Declarándoselo todo á mi hermana y á don Manuel, pidiéndoles amparo,
consejo... Es imposible que me abandonen. Desde su casa avisaré á
mi amante, y él dispondrá cuanto fuere menester, sin que mi decoro
padezca... (_Don Gregorio sale por una calle á tiempo que doña Rosa
se encamina á casa de su hermana; se detiene, y al conocerle duda
lo que ha de hacer._) Vamos, pero... Gente viene... Y es él...
¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido!
D. GREGORIO.--¿Quién está ahí, eh? ¡Calle! ¡Rosita! ¿Pues cómo? ¿Qué
novedad es esta?
D.ª ROSA.--¿Qué le diré?
D. GREGORIO.--¿Qué haces aquí, niña?
D.ª ROSA.--Usted lo extrañará.
(_Indica en la expresión de sus palabras que va previniendo la
ficción con que trata de disculparse._)
D. GREGORIO.--¿Pues no he de extrañarlo? ¿Qué ha sucedido? Habla.
D.ª ROSA.--Estoy tan confusa y...
D. GREGORIO.--Vamos, no me tengas en esta inquietud. ¿Qué ha sido?
D.ª ROSA.--¿Se enfadará usted si le digo?...
D. GREGORIO.--No me enfadaré. Dilo presto. Vamos.
D.ª ROSA.--Sí, precisamente se va usted á enojar, pero... Pues
tenemos una huéspeda.
D. GREGORIO.--¿Quién?
D.ª ROSA.--Mi hermana.
D. GREGORIO.--¿Cómo?
D.ª ROSA.--Sí, señor, en mi cuarto la dejo encerrada con llave para
que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á llamar á doña Ceferina, la
viuda del pintor, á fin de suplicarla que me hiciera el gusto de
venirse á dormir esta noche á casa, porque al cabo, estando ella
conmigo... como es una mujer de tanto juicio, y...
D. GREGORIO.--Pero ¿qué enredo es este, señor, que hasta ahora,
lléveme el diablo, si yo he podido entender cosa ninguna?... ¿Á qué
ha venido tu hermana?
D.ª ROSA.--Ha venido... Mire usted, le voy á revelar un secreto que
le va á dejar aturdido... Pero no se ha de enfadar usted, ¿no?
D. GREGORIO.--¡Dale!... ¿Lo quieres decir ó tratas de que me
desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana?
D.ª ROSA.--Yo se lo diré á usted... Mi hermana está enamorada de don
Enrique.
D. GREGORIO.--¿Ahora tenemos eso?
D.ª ROSA.--Sí, señor. Hace más de un año que se quieren, y cuasi
el mismo tiempo que se han dado palabra de matrimonio. Por esto
fué la mudanza desde la calle de Silva á la plazuela de Afligidos,
pretextando Leonor que quería vivir cerca de mi casa, no siendo otro
el motivo que el de parecerla muy acomodado este barrio desierto,
adonde también se mudó inmediatamente don Enrique, para tener más
ocasión de verle y hablarle, aprovechándose de la libertad que
siempre la ha dado el bueno de don Manuel.
D. GREGORIO.--Pero este don Enrique ó don demonio, ¿á cuántas quiere?
¡Si yo estoy lelo!
D.ª ROSA.--Yo le diré á usted. Continuaron estos amores hasta
que don Enrique, celoso de un don Antonio de Escobar, oficial de
la secretaría de Guerra, con quien la vió una tarde en el jardín
botánico, la envió un papel de despedida lleno de expresiones
amargas; y desde entonces no ha querido volverla á ver. Parecióle
conveniente además pagar con celos que él la diese, los que le había
causado el tal don Antonio; y desde entonces dió en seguirme adonde
quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar la casa, todo sin
duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de envidia. Yo, que
ignoraba esto, bien advertí las insinuaciones de don Enrique; pero
me propuse callar y despreciarle, hasta que informada esta tarde de
todo por lo que me dijo Leonor (la cual vino á hablarme muy sentida,
creyendo que yo fuese capaz de corresponder á ese trasto), resolví
decirle á usted lo que á mí me pasaba, omitiendo todo lo demás, para
que la estimación de mi hermana no padeciese... ¿Qué hubiera usted
hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo mismo?
D. GREGORIO.--Conque... Adelante.
D.ª ROSA.--Pues como yo la dijese á Leonor que inmediatamente
haría saber al dichoso don Enrique, por medio de usted, cuánto me
desagradaba su mal término, se desconsoló, lloró, me suplicó que no
lo hiciese; pero yo le aseguré que no desistiría de mi propósito.
Pensó llevarme á casa de doña Beatriz para estorbármelo; usted no
quiso que fuera con ella, y no parece sino que algún ángel le inspiró
á usted aquella repugnancia. Lo que ha pasado esta tarde con el tal
caballero bien lo sabe usted; pero falta decirle que así que usted
me dejó para ir á verse con el escribano, llegó mi hermana, la conté
cuánto había ocurrido, y... Vaya, no es posible ponderarle á usted la
aflicción que manifestó. Llamó á su criada, la habló en secreto, y
quedándose conmigo sola, me dijo en un tono de desesperación que me
hizo temblar, que la chica había ido á su casa á decir que esta noche
no iría, porque doña Beatriz se había puesto mala, y la había rogado
que se quedase con ella. Y que también iba encargada de avisar á don
Enrique, en nombre mío, de que á las doce en punto le esperaba yo en
el balcón de mi cuarto, que da al jardín. Con este engaño se propone
hablarle, y dar á sus celos cuantas satisfacciones quiera pedirla.
D. GREGORIO.--¡Picarona! ¡enredadora! ¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú
qué le has dicho?
D.ª ROSA.--Amenazarla de que usted y don Manuel sabrán todo lo que
pasa, y que yo seré quien se lo diga para que pongan remedio en ello;
afearla su deshonesto proceder, instarla á que se fuera de mi casa
inmediatamente.
D. GREGORIO.--¿Y ella?
D.ª ROSA.--Ella me respondió que si no la sacan arrastrando de
los cabellos, que no se irá. Que en hablando con don Enrique, y
desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don Manuel, ni á todo el
mundo teme.
D. GREGORIO.--Mi hermano merece esto y mucho más... Pero ¿cómo he
de sufrir yo en mi casa tales picardías? No, señor. Yo le daré á
entender á esa desvergonzada, que si ha contado contigo para seguir
adelante en su desacuerdo, se ha equivocado mucho; y que yo no soy
hombre de los que se dejan llevar al pilón como el otro bárbaro. Yo
la diré lo que... Vamos.
(_Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le detiene._)
D.ª ROSA.--No, señor, por Dios, no éntre usted. Al fin es mi hermana.
Yo entraré sola, y la diré que es preciso que se vaya al instante, ó
á su casa ó á lo menos á la de doña Beatriz, si teme que don Manuel
extrañe ahora su vuelta.
(_Hace que se va hacia su casa, y vuelve._)
D. GREGORIO.--Muy bien; aquí espero á que salga.
D.ª ROSA.--Pero no se descubra usted, no la hable, no se acerque,
no la siga... Si le viese á usted, sería tanta su confusión y
sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere enmendar
este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre se va,
como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que es lo que
importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de molestarla.
D. GREGORIO.--¡Marta la piadosa!... ¡Cierto que merece ella toda esa
caridad!
D.ª ROSA.--Es mi hermana.
D. GREGORIO.--¡Y qué poco se parece á ti la dichosa hermana!...
Vamos, entra, y veremos si logras lo que te propones.
D.ª ROSA.--Yo creo que sí.
D. GREGORIO.--Mira que si se obstina en que ha de quedarse, subo allá
arriba y la saco á patadas.
D.ª ROSA.--No será menester. Voy allá... (_Hace que se va, y
vuelve._) Pero repito que no se descubra usted, ni la hostigue, ni...
D. GREGORIO.--Bien, sí, la dejaré que se vaya adonde quiera.
D.ª ROSA (_se encamina hacia su casa, y vuelve._)--¡Ah! Mire usted.
Así que ella salga, éntrese usted, y cierre bien su puerta... Yo
estoy tan desazonada, que me voy al instante á acostar.
D. GREGORIO.--Pero ¿qué sientes?
D.ª ROSA.--¿Qué sé yo? ¿Le parece á usted que estaré poco disgustada
con todo lo que ha sucedido?... Nada me duele; pero deseo descansar y
dormir... Conque... buenas noches.
D. GREGORIO.--Adios, Rosita... Pero mira que si no sale...
D.ª ROSA.--Yo le aseguro á usted que saldrá.
(_Éntrase dejando entornada la puerta. Don Gregorio se pasea por el
teatro mirando con frecuencia hacia su casa, impaciente del éxito._)
D. GREGORIO.--Y á todo esto, ¿en qué se ocupará ahora mi erudito
hermano? Estará poniendo escolios á algún tratado de educación...
¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de resultar otra cosa
de la independencia y la holgura en que siempre ha vivido?...
¡Mujeres! ¡qué mal os conoce el que no os encierra y os sujeta y os
enfrena y os cela y os guarda!... Pero no, señor... Mañana á las
diez desposorio, á las once comer, á las doce coche de colleras, y
á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo que la bribona de la
Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con estos embudos?
No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga! Parece que
baja ya la niña bien criada.
(_Se acerca más á un lado de la puerta de su casa, colocándose hacia
el proscenio, y escucha atentamente lo que dice desde adentro doña
Rosa, la cual finge que habla con su hermana._)
D.ª ROSA.--No te canses en quererme persuadir. Vete... Antes que todo
es mi estimación... Vete, Leonor, ya te lo he dicho... ¿Y qué importa
que me oigan? ¿Soy yo la culpada?... Vete. Acabemos, sal presto de
aquí.
D. GREGORIO.--En efecto, la echa de casa... (_Sale doña Rosa de
su cuarto con basquiña y mantilla semejantes á las que sacó doña
Leonor en el primer acto. Luégo que se aparta un poco, cierra don
Gregorio su puerta y guarda la llave._) ¿Y adónde irá la doncellita
menesterosa?... Ganas me dan de... Pero no, cerremos primero.
ESCENA II.
DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO.
(_Los dos primeros salen de su casa._)
D. ENRIQUE.--¿Dijiste al ama que no me espere?
COSME.--Sí, señor.
D. ENRIQUE.--Pues cierra y vamos, que aunque sepa atropellar por
todo, he de hablarla esta noche.
(_Cierra Cosme la puerta con llave._)
COSME.--¡Noche toledana!
D. ENRIQUE.--Y á pesar de quien procura estorbarlo, ella y yo seremos
felices.
(_Doña Rosa, después de haberse alejado un poco hacia el fondo del
teatro, vuelve encaminándose á casa de don Manuel; don Gregorio se
adelanta igualmente y la observa. Ella se detiene._)
D.ª ROSA.--Él se acerca á la puerta de don Manuel. ¿Qué haré?... Ya
no es posible... (_Se retira llena de confusión hacia el fondo del
teatro. Don Enrique se adelanta, la reconoce y la detiene._) ¡Infeliz
de mí!
D. ENRIQUE.--¿Quién es?
D.ª ROSA.--Yo.
D. ENRIQUE.--¿Doña Rosita?
D.ª ROSA.--Yo soy.
D. ENRIQUE.--Á mi casa.
D.ª ROSA.--Pero ¿qué seguridad tendré en ella?
D. ENRIQUE.--La que debe usted esperar de un hombre de honor.
D.ª ROSA.--Yo iba á la de mi hermana; pero él me observa, no puedo
llegar sin que me reconozca, y...
D. ENRIQUE.--Está usted conmigo... Pasará usted la noche en compañía
de mi ama, mujer anciana y virtuosa... Mañana daré parte á un juez; y
á él, á don Manuel, á su tutor de usted, y á todo el mundo, les diré
que es usted mi esposa, y que estoy pronto si es necesario á exponer
la vida para defenderla... Abre, Cosme. Venga usted.
(_Cosme abre la puerta de la casa de don Enrique._)
D.ª ROSA.--Allí está.
D. ENRIQUE.--Bien, que esté donde quiera. Poco importa.
D.ª ROSA.--Allí, allí.
D. ENRIQUE.--Sí, ya le distingo... No hay que temer, quieto se
está... ¡Y qué bien hace en estarse quieto!... Adentro.
(_Asiéndole de la mano se entra con ella en su casa, y Cosme
detrás._)
D. GREGORIO.--Pues, señor, se marchó á casa del galán. No puede
llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo siento al ver tan
solemnemente burlado á este hermano que Dios me dió, necio por
naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo sabe!... Vamos
á darle la infausta noticia... (_Se encamina á casa de don Manuel;
después se detiene._) No, el asunto es serio, y si el tiempo se
pierde, si yo no pongo la mano en esto, puede suceder un trabajo...
Al fin es hija de un amigo mío... Sí, mejor es... Allí pienso que ha
de vivir el comisario...
(_Va á casa del comisario, y llama._)
ESCENA III.
UN COMISARIO, UN ESCRIBANO, UN CRIADO, DON GREGORIO.
(_Salen los tres primeros por una de las calles. El criado con
linterna. La escena se ilumina un poco._)
COMISARIO.--¿Quién anda ahí?
D. GREGORIO.--¡Ah! ¿No es usted el señor comisario del cuartel?
COMISARIO.--Servidor de usted.
D. GREGORIO.--Pues, señor... Oiga usted aparte... (_Se aparta con el
comisario á poca distancia de los demás._) Su presencia de usted es
absolutamente necesaria para evitar un escándalo que va á suceder...
¿Conoce usted á una señorita que se llama doña Leonor, que vive en
aquella casa de enfrente?
COMISARIO.--Sí, de vista la conozco, y al caballero que la tiene
consigo... Y me parece que ha de ser un don Manuel de Velasco.
D. GREGORIO.--Hermano mío.
COMISARIO.--¡Oiga! ¿Es usted su hermano?
D. GREGORIO.--Para servir á usted.
COMISARIO.--Para hacerme favor.
D. GREGORIO.--Pues el caso es que esta niña, hija de padres muy
honrados y virtuosos, perdida de amores por un mancebito andaluz que
vive aquí en este cuarto principal...
COMISARIO.--¡Calle! Don Enrique de Cárdenas; le conozco mucho.
D. GREGORIO.--Pues bien. Ha cometido el desacierto de abandonar su
casa, venirse á la de su amante... Vamos, ya usted conoce lo que
puede resultar de aquí.
COMISARIO.--Sí... En efecto.
D. GREGORIO.--Ello hay de por medio no sé qué papel de matrimonio;
pero no ignora usted de lo que sirven esos papeles cuando cesa el
motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me explico?
COMISARIO.--Perfectamente... ¿Y ella está adentro?
D. GREGORIO.--Ahora mismo acaba de entrar... Conque, señor comisario,
se trata de salvar el decoro de una doncella, de impedir que el tal
caballero... Ya ve usted.
COMISARIO.--Sí, sí, es cosa urgente. Vamos... Por fortuna tenemos
aquí al señor, que en esta ocasión nos puede ser muy útil... (_Alza
un poco la voz volviéndose hacia el escribano que está detrás, el
cual se acerca á ellos muy oficioso._) Es escribano...
ESCRIBANO.--Escribano real.
D. GREGORIO.--Ya.
ESCRIBANO.--Y antiguo.
D. GREGORIO.--Mejor.
ESCRIBANO.--Mucha práctica de tribunales.
D. GREGORIO.--Bueno.
ESCRIBANO.--Conocido en testamentarías, subastas, inventarios,
despojos, secuestros y...
D. GREGORIO.--No, ahí no hallará usted cosa en que poder...
ESCRIBANO.--Y muy hombre de bien.
D. GREGORIO.--Por supuesto.
ESCRIBANO.--Es que...
COMISARIO.--Vamos, don Lázaro, que esto pide mucha diligencia.
D. GREGORIO.--Yo aquí espero.
COMISARIO.--Muy bien.
(_Llama el criado á la puerta de don Enrique, se abre, y entran los
tres. La escena vuelve á quedar oscura._)
ESCENA IV.
DON GREGORIO, DON MANUEL.
D. GREGORIO.--Veamos si está en casa este inalterable filósofo, y le
contaremos la amarga historia... (_Llama en casa de don Manuel, abren
la puerta, se supone que habla con algún criado, queda la puerta
entornada, y don Gregorio se pasea esperando á su hermano._) ¿Está?
Que baje inmediatamente, que le espero aquí para un asunto de mucha
importancia... ¡Bendito Dios! ¡En lo que han parado tantas máximas
sublimes, tantas eruditas disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya
si... majadero más completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor
hermano!
(_Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se detiene inmediato á
ella._)
D. MANUEL.--Pero ¿qué extravagancia es esta? ¿Por qué no subes?
D. GREGORIO.--Porque tengo que hablarte, y no me puedo separar de
aquí.
D. MANUEL (_adelantándose hacia donde está don
Gregorio._)--Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece?
D. GREGORIO.--Vengo á darte muy buenas noticias.
D. MANUEL.--¿De qué?
D. GREGORIO.--Sí, te vas á regocijar mucho con ellas... Dime: mi
señora doña Leonor ¿en dónde está?
D. MANUEL.--¿Pues no lo sabes? En casa de su amiga doña Beatriz. Allí
quedó esta tarde, yo me vine porque tenía una porción de cartas que
escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un instante á otro...
Pero ¿á qué viene esa pregunta?
D. GREGORIO.--¡Eh! Así, por hablar algo...
D. MANUEL.--Pero ¿qué quieres decirme?
D. GREGORIO.--Nada... Que tú la has educado filosóficamente,
persuadido (y con mucha razón) de que las mujeres necesitan un poco
de libertad, que no es conveniente reprenderlas ni oprimirlas, que no
son los candados ni los cerrojos los que aseguran su virtud, sino la
indulgencia, la blandura y... en fin, prestarse á todo lo que ellas
quieren... ¡Ya se ve! Leonor, enseñada por esta cartilla, ha sabido
corresponder como era de esperar á las lecciones de su maestro.
D. MANUEL.--Te aseguro que no comprendo á qué propósito puede venir
nada de cuanto dices.
D. GREGORIO.--Anda, necio, que bien merecido está lo que te sucede, y
es muy justo que recibas el premio de tu ridícula presunción... Llegó
el caso de que se vea prácticamente lo que ha producido en las dos
hermanas la educación que las hemos dado. La una huye de los amantes;
y la otra, como una mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los
persigue.
D. MANUEL.--Si no me declaras el misterio, dígote que...