D. ENRIQUE.--¿Y qué he de hacer yo, si la casa está cerrada siempre

como un castillo; si no hay dentro de ella criado ni criada alguna de

quien poder valerme; si nunca sale por esa puerta sin ir acompañada

de su feroz alcaide?

COSME.--¿De suerte, que ella todavía no sabe que usted la quiere?

D. ENRIQUE.--No sé qué decirte. Bien me ha visto que la sigo á todas

partes, y que me recato de que su tutor repare en mí. Cuando la lleva

á misa á San Marcos, allí estoy yo; si alguna vez se va á pasear

con ella hacia la Florida, al cementerio ó al camino de Maudes,

siempre la he seguido á lo lejos. Cuando he podido acercarme, bien he

procurado que lea en mis ojos lo que padece mi corazón; pero ¿quién

sabe si ella ha comprendido este idioma, y si agradece mi amor, ó le

desestima?

COSME.--Á la fe que el tal lenguaje es un poco oscuro, si no le

acompañan las palabras ó las letras.

D. ENRIQUE.--No sé qué hacer para salir de esta inquietud, y

averiguar si me ha entendido y conoce lo que la quiero... Discurre tú

algún arbitrio...

COSME.--Sí, discurramos.

D. ENRIQUE.--Á ver si se puede...

COSME.--Ya lo entiendo; pero aquí no estamos bien. Á casa.

D. ENRIQUE.--Pues ¿qué importa que?...

COSME.--No ve usted que si el amigo estuviese ahí detrás de las

persianas avizorándonos con el ojo que le sobra... No, no, á casa...

Y despacito, como que...

D. ENRIQUE.--Sí, dices bien.

(_Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa de don Enrique._)

ACTO II.

ESCENA PRIMERA.

DON MANUEL.

(_Sale don Manuel por una de las calles, llega á su casa, tira de la

campanilla, después de una breve pausa se abre la puerta, entra, y

queda cerrada como antes._)

D. MANUEL.--Abre.

ESCENA II.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (_salen los dos de casa de don Gregorio_).

D. GREGORIO.--Bien, vete que ya sé la casa, y aun por las señas que

me das también caigo en quien es el sujeto.

(_Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve después._)

D.ª ROSA.--¡Oh! ¡Favorezca la suerte los ardides que me inspira un

inocente amor!

D. GREGORIO.--¿No dices que has oído que se llama don Enrique?

D.ª ROSA.--Sí, don Enrique.

D. GREGORIO.--Pues bien, tranquilízate. Vete adentro y déjame, que yo

estaré con ese aturdido y le diré lo que hace al caso.

(_Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre tanto doña Rosa se

entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la de don Enrique._)

D.ª ROSA.--Para una doncella demasiado atrevimiento es este... Pero

¿qué persona de juicio se negará á disculparme, si considera el

injusto rigor que padezco?

D. GREGORIO.--No perdamos tiempo... ¡Ah de casa!... Gente de paz...

Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me viniese haciendo

tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto insensato no

le...

ESCENA III.

COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.

D. GREGORIO.--¡Qué bruto de!... (_Al salir Cosme da un gran tropezón

con don Gregorio._) ¡No ve usted qué modo de salir!... ¡Por poco no

me hace desnucar el bárbaro!

(_Mientras don Gregorio busca y limpia el sombrero que ha caído

por el suelo, sale don Enrique, y durante la escena le trata con

afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente á don

Gregorio._)

D. ENRIQUE.--Caballero, siento mucho que...

D. GREGORIO.--¡Ah! precisamente es usted el que busco.

D. ENRIQUE.--¿Á mí, señor?

D. GREGORIO.--Sí por cierto... ¿No se llama usted don Enrique?

D. ENRIQUE.--Para servir á usted.

D. GREGORIO.--Para servir á Dios... Pues, señor, si usted lo permite,

yo tengo que hablarle.

D. ENRIQUE.--¿Será tanta mi felicidad, que pueda complacerle á usted

en algo?

D. GREGORIO.--No; al contrario, yo soy el que trato de hacerle á

usted un obsequio, y por eso me he tomado la libertad de venir á

buscarle.

D. ENRIQUE.--¿Y usted venía á mi casa con ese intento?

D. GREGORIO.--Sí, señor... ¿Y qué hay en eso de particular?

D. ENRIQUE.--¿Pues no quiere usted que me admire, y que envanecido

con el honor de que?...

D. GREGORIO.--Dejémonos ahora de honores y de envanecimientos...

Vamos al caso.

D. ENRIQUE.--Pero tómese usted la molestia de pasar adelante.

D. GREGORIO.--No hay para qué.

D. ENRIQUE.--Sí, sí, usted me hará este favor.

D. GREGORIO.--No por cierto. Aquí estoy muy bien.

D. ENRIQUE.--¡Oh! No es cortesía permitir que usted...

D. GREGORIO.--Pues yo le digo á usted que no quiero moverme.

D. ENRIQUE.--Será lo que usted guste. Cosme, volando, baja un

taburete para el vecino.

(_Cosme se encamina á la puerta de su casa para buscar el taburete;

después se detiene dudando lo que ha de hacer._)

D. GREGORIO.--Pero si de pié le puedo decir á usted lo que...

D. ENRIQUE.--¿De pié? ¡Oh! no se trate de eso.

D. GREGORIO.--¡Vaya que el hombre me mortifica en forma!

COSME.--¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de hacer?

D. GREGORIO.--No le traiga usted.

D. ENRIQUE.--Pero sería una desatención indisculpable...

D. GREGORIO.--Hombre, más desatención es no querer oir á quien tiene

que hablar con usted.

D. ENRIQUE.--Ya oigo.

(_Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero; pero al ver que

don Gregorio le tiene aún en la mano, queda descubierto, le hace

insinuaciones de que se le ponga primero. Don Gregorio se impacienta,

y al fin se le ponen los dos._)

D. GREGORIO.--Así me gusta... Por Dios, dejémonos de ceremonias, que

ya me... ¿Quiere usted oirme?

D. ENRIQUE.--Sí por cierto, con muchísimo gusto.

D. GREGORIO.--Dígame usted... ¿sabe usted que yo soy tutor de una

joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las persianas

verdes, y se llama doña Rosita?

D. ENRIQUE.--Sí, señor.

D. GREGORIO.--Pues bien; si usted lo sabe, no hay para qué

decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me

interesa mucho su persona, aún más que por el pupilaje, por estar

destinada al honor de ser mi mujer?

D. ENRIQUE (_con sorpresa y sentimiento._)--No sabía eso.

D. GREGORIO.--Pues yo se lo digo á usted. Y además le digo, que si

usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz.

D. ENRIQUE.--¿Quién?... ¿Yo, señor?

D. GREGORIO.--Sí, usted. No andemos ahora con disimulos.

D. ENRIQUE.--Pero ¿quién le ha dicho á usted que yo esté enamorado de

esa señorita?

D. GREGORIO.--Personas á quienes se puede dar entera fe y crédito.

D. ENRIQUE.--Pero repito que...

D. GREGORIO.--¡Dale!... Ella misma.

D. ENRIQUE.--¿Ella?

(_Se admira y manifiesta particular interés en saber lo restante._)

D. GREGORIO.--Ella. ¿No le parece á usted que basta? Como es una

muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más tierna,

acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además

que le advierta á usted, que ha entendido muy bien lo que usted

quiere decirla con sus miradas, desde que ha dado en la flor de

seguirla los pasos; que no ignora sus deseos de usted; pero que

esta conducta la ofende, y que es inútil que usted se obstine en

manifestarla una pasión tan repugnante al cariño que á mí me profesa.

D. ENRIQUE.--¿Y dice usted que es ella misma la que le ha

encargado?...

D. GREGORIO.--Sí, señor, ella misma, la que me hace venir á darle á

usted este consejo saludable, y á decirle, que habiendo penetrado

desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera dado este aviso

mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar

tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro

recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa usted

que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que si

tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá sus

miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra cosa

que advertir á usted.

(_Se aparta de ellos adelantándose hacia el proscenio._)

D. ENRIQUE.--Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto?

COSME.--Que no le debe dar á usted pesadumbre, que alguna maraña hay

oculta, y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted la que le

envía ese recado.

D. GREGORIO.--Se ve que le ha hecho efecto.

D. ENRIQUE.--¿Conque tú crees también que hay algún artificio?

COSME.--Sí... Pero vamos de aquí, porque está observándonos.

(_Los dos se entran en la casa de don Enrique. Don Gregorio, después

de haberlos observado, se pasea por el teatro._)

ESCENA IV.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA.

D. GREGORIO.--Anda, pobre hombre, anda, que no esperabas tú semejante

visita... Ya se ve, una niña virtuosa como ella es, con la educación

que ha tenido... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por muy

ofendida.

(_Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes de hablar solo, doña

Rosa abre su puerta y habla sin haberle visto; él por último se

encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa._)

D.ª ROSA.--Yo me determino. Tal vez en la sorpresa que debe causarle

no habrá entendido mi intención... ¡Oh! es menester, si ha de

acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas.

D. GREGORIO.--Vamos á verla y á contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas

aquí?... Ya despaché mi comisión.

D.ª ROSA.--Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo?

D. GREGORIO.--Que ha surtido el efecto deseado, y el hombre queda que

no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el desentendido;

pero luégo que le aseguré que tú propia me enviabas, se confundió, no

acertaba con las palabras, y no me parece que te volverá á molestar.

D.ª ROSA.--¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese bribón nos ha de dar

alguna pesadumbre.

D. GREGORIO.--Pero ¿en qué fundas ese temor, hija mía?

D.ª ROSA.--Apenas había usted salido, me fuí á la pieza del jardín

á tomar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la tapia

cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le

reñí desde el balcón diciéndole que se fuese de allí, pero él se reía

y no dejaba de tirar. Como los cantos llegaban demasiado cerca, quise

meterme adentro, temerosa de que no me rompiese la cabeza con alguno.

Pues cuando iba á cerrar la ventana, viene uno por el aire, que me

pasó muy cerca de este hombro, y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo

que fuese un pedazo de yeso, acércome á cogerle, y... ¿qué le parece

á usted que era?

D. GREGORIO.--¿Qué sé yo? Algún mendrugo seco, ó algún troncho, ú

así...

D.ª ROSA.--No, señor. Era este envoltorio de papel.

(_Saca de la faltriquera un papel envuelto, y según lo indica el

diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don Gregorio la caja y la

carta._)

D. GREGORIO.--¡Calle!

D.ª ROSA.--Y dentro esta caja de oro.

D. GREGORIO.--¡Oiga!

D.ª ROSA.--Y dentro esta carta dobladita como usted la ve, con su

sobrescrito, y su sello de lacre verde, y...

D. GREGORIO.--¡Picardía como ella!... ¿Y el muchacho?

D.ª ROSA.--El muchacho desapareció al instante... Mire usted, el

corazón le tengo tan oprimido, que...

D. GREGORIO.--Bien te lo creo.

D.ª ROSA.--Pero es obligación mía devolver inmediatamente la caja y

la carta á ese diablo de ese hombre; bien que para esto era menester

que alguno se encargase de... Porque atreverme yo á que usted mismo...

D. GREGORIO.--Al contrario, bobilla: de esa manera me darás una

prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza que en esto me haces. Yo,

yo me encargo de muy buena gana de ser el portador.

D.ª ROSA.--Pues tome usted.

(_Le da la caja, la carta y el papel en que estaba todo envuelto. Don

Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán de ir á abrir la carta;

doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le detiene._)

D. GREGORIO.--_Á mi señora doña Rosa Jiménez._--_Enrique de

Cárdenas._ ¡Temerario, seductor! Veamos lo que te escribe, y...

D.ª ROSA.--¡Ay! No por cierto: no la abra usted.

D. GREGORIO.--¿Y qué importa?

D.ª ROSA.--¿Quiere usted que él se persuada á que yo he tenido la

ligereza de abrirla? Una doncella debe guardarse de leer jamás los

billetes que un hombre la envíe; porque la curiosidad que en esto

descubre, dará á sospechar que interiormente no la disgusta que la

escriban amores. No, señor, no. Yo creo que se le debe entregar la

carta cerrada como está, y sin dilación ninguna, para que vea el alto

desprecio que hago de él, que pierda toda esperanza, y no vuelva

nunca á intentar locura semejante.

D. GREGORIO.--Tiene muchísima razón. (_Se aparta hacia un lado, y

vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la carta dentro de la

caja, la envuelve curiosamente y se la guarda._) Rosita, tu prudencia

y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones han producido en tu

alma inocente sazonados frutos, y cada vez te considero más digna de

ser mi esposa.

D.ª ROSA.--Pero si usted tiene gusto de leerla...

D. GREGORIO.--No, nada de eso.

D.ª ROSA.--Léala usted si quiere, como no la oiga yo.

D. GREGORIO.--No, no, señor. Si estoy muy persuadido de lo que me has

dicho. Conviene llevarla así. Voy allá en un instante... Me llegaré

después aquí á la botica á encargar aquel ungüentillo para los

callos... Volveré á hacerte compañía, y leeremos un par de horas en

_Desiderio y Electo_... ¿Eh? Adios.

D.ª ROSA.--Venga usted pronto.

(_Se entra doña Rosa en su casa._)

ESCENA V.

DON GREGORIO, COSME.

D. GREGORIO.--El corazón me rebosa de alegría al ver una muchacha

de esta índole. Es un tesoro el que yo tengo en ella de modestia y

de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber si la pupila de mi docto hermano

sería capaz de proceder así. No, señor, las mujeres son lo que se

quiere que sean. (_Va á casa de don Enrique, y llama. Al salir Cosme,

desenvuelve el papel, le enseña la carta cerrada, se lo pone todo en

las manos, y se va por una calle._) Deo gracias.

COSME.--¿Quién es? ¡Oh! señor don...

D. GREGORIO.--Tome usted, dígale usted á su amo que no vuelva á

escribir más cartas á aquella señorita, ni á enviarla cajitas de oro,

porque está muy enfadada con él... Mire usted, cerrada viene. Dígale

usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha tenido, y lo

que puede esperar en adelante.

ESCENA VI.

DON ENRIQUE, COSME.

D. ENRIQUE.--¿Qué es eso? ¿Qué te ha dado ese bárbaro?

COSME.--Esta caja con esta carta, que dice que usted ha enviado á

doña Rosita...

(_Don Enrique le oye con admiración, abre la carta y la lee cuando lo

indica el diálogo._)

D. ENRIQUE.--¿Yo?

COSME.--La cual doña Rosita se ha irritado tanto, según él asegura,

de este atrevimiento, que se la vuelve á usted sin haberla querido

abrir... Lea usted pronto, y veremos si mi sospecha se verifica.

D. ENRIQUE.--«Esta carta le sorprenderá á usted sin duda. El designio

de escribírsela, y el modo con que la pongo en sus manos, parecerán

demasiado atrevidos; pero el estado en que me veo no me da lugar á

otras atenciones. La idea de que dentro de seis días he de casarme

con el hombre que más aborrezco, me determina á todo; y no queriendo

abandonarme á la desesperación, elijo el partido de implorar de usted

el favor que necesito para romper estas cadenas. Pero no crea que la

inclinación que le manifiesto sea únicamente procedida de mi suerte

infeliz; nace de mi propio albedrío. Las prendas estimables que veo

en usted, las noticias que he procurado adquirir de su estado, de su

conducta y de su calidad, aceleran y disculpan esta determinación...

En usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya; pues

sólo espero que me indique los designios de su amor, para que yo le

haga saber lo que tengo resuelto. Adios, y considere usted que el

tiempo vuela, y que dos corazones enamorados con media palabra deben

entenderse.»

COSME.--¿No le parece á usted, que la astucia es de lo más sutil

que puede imaginarse? ¿Sería creíble en una muchacha tan ingeniosa

travesura de amor?

D. ENRIQUE.--¡Esta mujer es adorable! Este rasgo de su talento y de

su pasión acrecen la que yo la tengo; (_Don Gregorio sale por una

de las calles, y se detiene. Después se acerca._) y unido todo á la

juventud, á las gracias y á la hermosura...

COSME.--Que viene el tuerto. Discurra usted lo que le ha de decir.

ESCENA VII.

DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME.

D. GREGORIO.--Allí se están amo y criado como dos peleles... Conque

dígame usted, caballerito, ¿volverá usted á enviar billetes amorosos

á quien no se los quiere leer? Usted pensaba encontrar una niña

alegre, amiga de cuchicheos y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya

ve usted el chasco que le ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese

de gastar la pólvora en salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo

juicio, á usted no le puede ver ni pintado; con que lo mejor es una

buena retirada, y llamar á otra puerta, que por esta no se puede

entrar.

D. ENRIQUE.--Es verdad, su mérito de usted es un obstáculo

invencible. Ya echo de ver que era una locura aspirar al cariño de

doña Rosita, teniéndole á usted por competidor.

D. GREGORIO.--Ya se ve, que era una locura.

D. ENRIQUE.--¡Oh! yo le aseguro á usted que si hubiese llegado á

presumir que usted era ya dueño de aquel corazón, nunca hubiera

tenido la temeridad de disputársele.

D. GREGORIO.--Yo lo creo.

D. ENRIQUE.--Acabó mi esperanza, y renuncio á una felicidad que,

estando usted de por medio, no es para mí.

D. GREGORIO.--En lo cual hace usted muy bien.

D. ENRIQUE.--Y aun es tal mi desdicha, que no me permite ni el triste

consuelo de la queja; porque al considerar las prendas que le adornan

á usted, ¿cómo he de atreverme á culpar la elección de doña Rosa, que

las conoce y las estima?

D. GREGORIO.--Usted dice bien.

D. ENRIQUE.--No haya más. Esta ventura no era para mí: desisto de

un empeño tan imposible... Pero si algo merece con usted un amante

infeliz, (_Don Enrique dará particular expresión á estas razones y á

las que dice más adelante, deseoso de que don Gregorio las perciba

bien, y acierte á repetirlas._) de cuya aflicción es usted la causa,

yo le suplico solamente que asegure en mi nombre á doña Rosita, que

el amor que de tres meses á esta parte la estoy manifestando es el

más puro, el más honesto, y que nunca me ha pasado por la imaginación

idea ninguna de la cual su delicadeza y su pudor deban ofenderse.

D. GREGORIO.--Sí, bien está: se lo diré.

D. ENRIQUE.--Que como era tan voluntaria esta elección en mí, no

tenía otro intento que el de ser su esposo, ni hubiera abandonado

esta solicitud, si el cariño que á usted le tiene no me opusiera un

obstáculo tan insuperable.

D. GREGORIO.--Bien, se lo diré lo mismo que usted me lo dice.

D. ENRIQUE.--Sí, pero que no piense que yo pueda olvidarme jamás

de su hermosura. Mi destino es amarla mientras me dure la vida, y

si no fuese el justo respeto que me inspira su mérito de usted, no

habría en el mundo ninguna otra consideración que fuese bastante á

detenerme.

D. GREGORIO.--Usted habla y procede en eso como hombre de buena

razón... Voy al instante á decirla cuanto usted me encarga... (_Hace

que se va, vuelve._) Pero créame usted, don Enrique: es menester

distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión se apague y se

olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de circunstancias:

conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es el talento?...

Conque... ¡Eh! Adios.

(_Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don Enrique y Cosme se

van, y entran en la suya._)

D. ENRIQUE.--¡Qué necio es!

ESCENA VIII.

DON GREGORIO _llama á su puerta, y sale_ DOÑA ROSA.

D. GREGORIO.--Es increíble la turbación que ha manifestado el hombre,

al ver su billete devuelto y cerrado como él le envió... Asunto

concluído. Pierde toda esperanza, y sólo me ha rogado con el mayor

encarecimiento que te diga, que su amor es honestísimo, que no pensó

que te ofendieras de verte amada, que su elección es libre, que

aspiraba á poseerte por medio del matrimonio; pero que sabiendo ya el

amor que me tienes, sería un temerario en seguir adelante... ¿Qué se

yo cuánto me dijo?... Que nunca te olvidará; que su destino le obliga

á morir amándote... Vamos, hipérboles de un hombre apasionado...

pero que reconoce mi mérito y cede, y no volverá á darnos la menor

molestia... No. Es cierto que él me ha hablado con mucha cortesía y

mucho juicio, eso sí... Compasión me daba el oirle... Conque, y tú,

¿qué dices á esto?

D.ª ROSA.--Que no puedo sufrir que usted hable de esa manera de un

hombre á quien aborrezco de todo corazón, y que si usted me quisiera

tanto como dice, participaría del enojo que me causan sus procederes

atrevidos.

D. GREGORIO.--Pero él, Rosita, no sabía que tú estuvieras tan

apasionada de mí, y considerando las honestas intenciones de su amor,

no merece que se le...

D.ª ROSA.--¿Y le parece á usted honesta intención la de querer robar

á las doncellas? ¿Es hombre de honor el que concibe tal proyecto, y

aspira á casarse conmigo por fuerza, sacándome de su casa de usted,

como si fuera posible que yo sobreviviese á un atentado semejante?

D. GREGORIO.--¡Oiga! Conque...

D.ª ROSA.--Sí, señor, ese pícaro trata de obtenerme por medio de un

rapto... Yo no sé quién le da noticia de los secretos de esta casa,

ni quién le ha dicho que usted pensaba casarse conmigo dentro de seis

ú ocho días á más tardar; lo cierto es que él quiere anticiparse,

aprovechar una ocasión en que sepa que me he quedado sola, y

robarme... ¡Tiemblo de horror!

D. GREGORIO.--Vamos, que todo eso no es más que hablar y...

D.ª ROSA.--Sí, ¡como hay tanto que fiar de su honradez y su

moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le disculpa?

D. GREGORIO.--No por cierto; si él ha dicho eso, realmente procede

mal, y el chasco sería muy pesado... Pero ¿quién te ha venido á

contar á ti esas?...

D.ª ROSA.--Ahora mismo acabo de saberlo.

D. GREGORIO.--¿Ahora?

D.ª ROSA.--Sí, señor, después que usted le volvió la carta.

D. GREGORIO.--Pero, chica, si no hice más que llegarme ahí á casa de

don Froilán el boticario, hablé dos palabras con el mancebo, me volví

al instante, y...

D.ª ROSA.--Pues en ese tiempo ha sido. Luégo que cerré me puse á

dar unas sopas á los gatitos, oigo llamar, y creyendo que fuese

usted, bajé tan alegre... Mi fortuna estuvo en que no abrí. Pregunto

quién es, y por la cerradura oigo una voz desconocida que me dijo:

Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder de ese bruto,

que se quiere casar con usted en esta semana próxima. No tiene usted

que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es imposible que

usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva usted prevenida,

que de un instante á otro cuando su tutor la deje sola, vendrá

á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una casa de

satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito por la

escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba algún

accidente.

D. GREGORIO.--Ese era el bribón del lacayo.

D.ª ROSA.--Á la cuenta.

D. GREGORIO.--Pero se ve que ese hombre es loco.

D.ª ROSA.--No tanto como á usted le parece. Mire usted si sabe

disimular el traidor, y fingir delante de usted para engañarle con

buenas palabras, mientras en su interior está meditando picardías...

Harto desdichada soy yo por cierto, si á pesar del conato que pongo

en conservar mi decoro y honestidad, he de verme expuesta á las

tropelías de un hombre capaz de atreverse á las acciones más infames.

D. GREGORIO.--Vaya, vamos, no temas nada, que...

D.ª ROSA.--No; esto pide una buena resolución. Es menester que usted

le hable con mucha firmeza, que le confunda, que le haga temblar. No

hay otro medio de librarme de él, ni de obligarle á que desista de

una persecución tan obstinada.

D. GREGORIO.--Bien; pero no te desconsueles así, mujercita mía; no,

que yo le buscaré y le diré cuatro cosas bien dichas.

D.ª ROSA.--Dígale usted, si se empeña en negarlo, que yo he sido la

que le he dado á usted esta noticia; que son vanos sus propósitos;

que por más que lo intente no me sorprenderá; y en fin, que no pierda

el tiempo en suspiros inútiles, puesto que por su conducto de usted

le hago saber mi determinación, y que si no quiere ser causa de

alguna desgracia irremediable, no espere á que se le diga una cosa

dos veces.

D. GREGORIO.--¡Oh! Yo le diré cuanto sea necesario.

D.ª ROSA.--Pero de manera que comprenda bien que soy yo la que se lo

dice.

D. GREGORIO.--No, no le quedará duda; yo te lo aseguro.

D.ª ROSA.--Pues bien. Mire usted que le aguardo con impaciencia;

despáchese usted á venir. Cuando no le veo á usted, aunque sea por

muy poco tiempo, me pongo triste.

D. GREGORIO.--Sí, éntrate, que al instante vuelvo, palomita, vida

mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué ojos! ¡Eh! Adios... (_Doña Rosa se

entra su casa y cierra._) En el mundo no hay hombre más venturoso

que yo; no puede haberle... (_Da una vuelta por la escena lleno de

inquietud y alegría; después llama á la puerta de don Enrique._)

Digo, señor, caballero galanteador, ¿podrá usted oirme dos palabras?

ESCENA IX.

DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.

D. ENRIQUE.--¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae á usted á mis

puertas?

D. GREGORIO.--Sus extravagancias de usted.

D. ENRIQUE.--¿Cómo así?

Comedias escogidas · 第 13 / 17 段