sino en casa de un caballerito, del cual se ha enamorado
rematadamente; y sola y de noche, y burlándose de ti, ha ido á buscar
mejor compañía... ¿Lo entiendes ahora?
D. MANUEL.--¿Dices que Leonor?...
D. GREGORIO.--Sí, señor, la misma...
D. MANUEL.--Vaya, déjate de chanzas, y no me...
D. GREGORIO.--¡Sí, que el niño es chancero!... ¡Se dará tal
estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y vuelvo á repetírselo, que
la Leonorcita se ha ido esta noche á casa de su galán, y está con él,
y lo he visto yo, y se quieren mucho, y hace más de un año que se
tienen dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus filosofías.
¿Lo entiendes?
D. MANUEL.--Pero es una cosa tan agena de verisimilitud...
D. GREGORIO.--¡Dale!... Vamos, aunque lo vea por sus ojos no se lo
harán creer... ¡Cómo me repudre la sangre!... Amigo, dígote que los
años sirven de muy poco cuando no hay esto, esto. (_Señalándose con
el dedo en la frente._)
D. MANUEL.--Ello es que tú te persuades á que...
D. GREGORIO.--Figúrate si me habré persuadido... Pero mira, no
gastemos prosa... ven y lo verás, y en viéndolo, espero y confío que
te persuadirás también. Vamos.
(_Se encamina á casa de don Enrique, y después vuelve._)
D. MANUEL.--¡Haber cometido tal exceso, cuando siempre la he tratado
con la mayor benignidad, cuando la he prometido mil veces no
violentar, no contradecir sus inclinaciones!
D. GREGORIO.--Ya temía yo que no había de ser creído, y que
perderíamos el tiempo en altercaciones inútiles. Por eso, y porque me
pareció conveniente restaurar el honor de esa mujer, siquiera por lo
que me interesa su pobrecita hermana, he dispuesto que el comisario
del cuartel vaya allá, y vea de arreglarlo, de manera que evitando
escándalos, se concluya, si se puede, con un matrimonio.
D. MANUEL.--¿Eso hay?
D. GREGORIO.--¡Toma! Ya están allá el comisario y un escribano
que venía con él... Digo, á no ser que usted halle en sus libros
algún texto oportuno para volver á recibir en su casa á la inocente
criatura, disimularla este pequeño desliz, y casarse con ella... ¿Eh?
D. MANUEL.--¿Yo? No lo creas. No cabe en mí tanta debilidad, ni soy
capaz de aspirar á poseer un corazón que ya tiene otro dueño. Pero á
pesar de cuanto dices, todavía no me puedo reducir á...
D. GREGORIO.--¡Qué terco es!... Ven conmigo, y acabemos esta disputa
impertinente.
(_Se encamina con su hermano hacia casa de don Enrique, y al llegar
cerca salen de ella el comisario y el criado. El teatro se ilumina
como en la escena tercera._)
ESCENA V.
EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO, DON MANUEL.
COMISARIO.--Aquí, señores, no hay necesidad de ninguna violencia.
Los dos se quieren, son libres, de igual calidad... No hay otra cosa
que hacer sino depositar inmediatamente á la señorita en una casa
honesta, y desposarlos mañana... Las leyes protegen este matrimonio y
le autorizan.
D. GREGORIO.--¿Qué te parece?
D. MANUEL (_reprimiéndose_).--¿Qué me ha de parecer?... Que se casen.
D. GREGORIO.--Pues, señor, que se casen.
COMISARIO.--Diré á usted, señor don Manuel. Yo he propuesto á la
novia que tuviese á bien de honrar mi casa, en donde asistida de mi
mujer y de mis hijas, estaría, si no con las comodidades que merece,
á lo menos con la que pueden proporcionarla mis cortas facultades;
pero no ha querido admitir este obsequio, y dice que si usted permite
que vaya á la suya, la prefiere á otra cualquiera. Es cierto que esta
elección es la mejor; pero he querido avisarle á usted para saber si
gusta de ello, ó tiene alguna dificultad.
D. MANUEL.--Ninguna... Que venga. Yo me encargo del depósito.
COMISARIO.--Volveré con ella muy pronto.
(_Se entra con el criado en casa de don Enrique. El teatro queda
oscuro otra vez._)
D. GREGORIO.--No me queda otra cosa que ver... Pero ¿cuál es más
admirable, el descaro de la pindonga, ó la frescura de este insensato
que se presta á tenerla en su casa después de lo que ha hecho, que la
toma en depósito de manos de su amante para entregársela después tal
y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar cabeza más destornillada
que la suya... No puede ser.
D. MANUEL.--No lo entiendes, Gregorio... Mira, tú has hecho
intervenir en esto á un comisario para evitar los daños que pudieran
sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo por la misma razón;
para que su crédito no padezca; para que no se trasluzca lo que ha
sucedido entre la vecindad, que todo lo atisba y lo murmura; para que
mañana se casen, como si fuera yo mismo el que lo hubiese dispuesto;
para manifestar á Leonor que nunca he querido hacerme un tirano de su
libertad ni de sus afectos; para confundirla con mi modo de proceder
comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es posible que haya sido capaz
de tal ingratitud?
D. GREGORIO.--Calla, que... (_Salen por una calle doña Leonor,
Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo pasado ya por delante
de la puerta de don Enrique, al volverse don Gregorio las ve. Doña
Leonor al ver gente se detiene un poco. Se ilumina el teatro._) Sí...
Ahí la tienes. Pídela perdón.
D. MANUEL.--¡Yo! ¡Qué mal me conoces!
ESCENA VI.
DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.
D. MANUEL.--Leonor, no temas ningún exceso de cólera en mí, bien
sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy grande el sentimiento que me
ha causado ver que te hayas atrevido á una acción tan poco decorosa,
sabiendo tú que nunca he pensado sujetar tu albedrío, que no tienes
amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba recibir de
ti tan injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo sabré tolerar
en silencio el agravio que acabas de hacerme; y atento sólo á que tu
estimación no pierda en la lengua ponzoñosa del vulgo, te daré en mi
casa el auxilio que necesitas, y te entregaré yo mismo el esposo que
has querido elegir.
D.ª LEONOR.--Yo no entiendo, señor don Manuel, á qué se dirige ese
discurso... ¿Qué acción indecorosa? ¿qué agravio? ¿qué esposo es ese
de quien usted me habla?... Yo soy la misma que siempre he sido. Mi
respeto á su persona de usted, mi agradecimiento, y para decirlo de
una vez, mi amor, son inalterables... Mucho me ofende el que presuma
que he podido yo hacer ni pensar cosa ninguna impropia de una mujer
honesta, que estima en más que la vida su honor y su opinión.
D. MANUEL (_volviéndose á don Gregorio_).--¿Oyes lo que dice?
D. GREGORIO (_acercándose á doña Leonor_).--Ya se ve que lo oigo...
Conque Leonorcita... Ahorremos palabras... ¿De dónde vienes, hija?
D.ª LEONOR.--De casa de doña Beatriz.
D. GREGORIO.--¿Ahora vienes de allí, cordera?
D.ª LEONOR.--Ahora mismo... ¿No ve usted á Pepe, que nos ha venido á
acompañar?
D. GREGORIO.--¿Y no sales de casa de don Enrique?
D.ª LEONOR.--¿De quién? ¿De ese que vive aquí en?... ¡Eh! no por
cierto.
D. GREGORIO.--¿Y no habéis concertado vuestro casamiento á presencia
del comisario?
D.ª LEONOR.--Me hace reir... ¿Ves qué desatino, Juliana?
D. GREGORIO.--¿Y no estáis enamorados mucho tiempo há?
D.ª LEONOR.--Muchísimo tiempo... ¿Y qué más?
D. GREGORIO.--¿Y no estuviste en mi casa esta noche? ¿y no te
hicieron salir de allí? ¿y no te fuiste derechita á la de tu galán?
¿y no te ví yo?
D.ª LEONOR.--Esto pasa de chanza. Usted no sabe lo que se dice...
(_Asiendo del brazo á don Manuel se dirige hacia su casa._) Vamos á
casa, don Manuel, que ese hombre ha perdido el poco entendimiento que
tenía; vamos.
ESCENA VII.
DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, EL COMISARIO, EL ESCRIBANO, COSME, UN CRIADO,
DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.
(_El criado saldrá con la linterna. La luz del teatro se duplica._)
D.ª ROSA.--¡Leonor!... ¡Hermana!...
(_Corriendo hacia doña Leonor la coge de las manos, y se las besa._)
D. GREGORIO.--¡Huf!...
(_Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de confusión._)
D.ª ROSA.--Yo espero de tu buen corazón que has de perdonarme el
atrevimiento con que me valí de tu nombre para conseguir el fin de
mis engaños. El ejemplo de tu mucha virtud hubiera debido contenerme;
pero, hermana mía, bien sabes qué diferente suerte hemos tenido las
dos.
D.ª LEONOR.--Todo lo conozco, Rosita... La elección que has hecho no
me parece desacertada; repruebo solamente los medios de que te has
valido... Mucha disculpa tienes, pero toda la necesitas.
D.ª ROSA.--Cuanto digas es cierto, pero... (_Volviéndose á don
Gregorio, que permanece absorto y sin movimiento._) usted ha sido la
causa de tanto error, usted... No me atrevería á presentarme ahora á
sus ojos, si no estuviese bien segura de que en todo lo que acabo de
hacer, aunque le disguste, le sirvo... La aversión que usted logró
inspirarme distaba mucho de aquella suave amistad que une las almas
para hacerlas felices... Tal vez usted me acusará de liviandad; pero
puede ser que mañana hubiera usted sido verdaderamente infeliz, si yo
fuese menos honesta.
D. ENRIQUE.--Dice bien, y usted debe agradecerla el honor que
conserva y la tranquilidad de que puede gozar en adelante.
D. MANUEL (_acercándose á don Gregorio_).--Esto pide resignación,
hermano... Tú has tenido la culpa, es necesario que te conformes.
D.ª LEONOR.--Y hará muy mal en no conformarse; porque ni hay otro
remedio á lo sucedido, ni hallará ninguno que le tenga lástima.
JULIANA.--Y conocerá que á las mujeres no se las encadena, ni se las
enjaula, ni se las enamora á fuerza de tratarlas mal. ¡Hombre más
tonto!
COSME (_hablando con Juliana_).--Y en verdad que se ha escapado como
en una tabla. Bien puede estar contento.
D. GREGORIO (_No dirige á nadie sus palabras, habla como si
estuviera solo, y va aumentándose sucesivamente la energía de su
expresión_).--No, yo no acabo de salir de la admiración en que
estoy... Una astucia tan infernal confunde mi entendimiento; ni es
posible que Satanás en persona sea capaz de mayor perfidia que la
de esa maldita mujer... Yo hubiera puesto por ella las manos en el
fuego, y... ¡Ah, desdichado del que á vista de lo que á mí me sucede
se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de malicias y picardías.
Sexo engañador, destinado á ser el tormento y la desesperación de los
hombres... Para siempre le detesto y le maldigo, y le doy al demonio,
si quiere llevársele.
(_Sacando la llave de su puerta, se encamina furioso hacia ella. Don
Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra en su casa, y cierra
por dentro._)
D. MANUEL.--No dice bien... Las mujeres, dirigidas por otros
principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el honor
del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y
mañana sin falta se celebrará la boda.
D.ª ROSA.--¿La mía no más?
D. MANUEL.--Si tu hermana me perdona una breve sospecha, con tanta
dificultad creída, no sería don Enrique el solo dichoso; yo también
pudiera serlo.
D.ª LEONOR.--Hoy es día de perdonar.
D.ª ROSA.--Sí, bien merece tu perdón y tu mano el que supo darte una
educación tan contraria á la que yo recibí.
D.ª LEONOR.--Con su prudencia y su bondad se hizo dueño de mi
corazón, y bien sabe que mientras yo viva es prenda suya.
D. MANUEL.--¡Querida Leonor!
(_Se abrazan don Manuel y doña Leonor._)
JULIANA.--¡Excelente lección para los maridos, si quieren estudiarla!
[Ilustración]
EL MÉDICO Á PALOS
COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1814
PERSONAS
DON JERÓNIMO.
DOÑA PAULA.
LEANDRO.
ANDREA.
BARTOLO.
MARTINA.
GINÉS.
LUCAS.
La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos
siguientes una sala de casa particular, con puerta en el foro y
otras dos en los lados.
_La acción empieza á las once de la mañana, y se acaba á las cuatro
de la tarde._
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
BARTOLO, MARTINA.
BARTOLO.--¡Válgate Dios, y qué durillo está este tronco! El hacha se
mella toda, y él no se parte... (_Corta leña de un árbol inmediato al
foro: deja después el hacha arrimada al tronco, se adelanta hacia el
proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y eslabón, enciende un
cigarro y se pone á fumar._) ¡Mucho trabajo es éste!... Y como hoy
aprieta el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo más... Dejémoslo,
y será lo mejor, que ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá
bien un rato de descanso y un cigarrillo, que esta triste vida otro
la ha de heredar... Allí viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno?
MARTINA (_sale por el lado derecho del teatro_).--Holgazán, ¿qué
haces ahí sentado, fumando sin trabajar? ¿Sabes que tienes que
acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de
mediodía?
BARTOLO.--Anda, que si no es hoy, será mañana.
MARTINA.--Mira qué respuesta.
BARTOLO.--Perdóname, mujer. Estoy cansado, y me senté un rato á fumar
un cigarro.
MARTINA.--¡Y que yo aguante á un marido tan poltrón y desidioso!
Levántate y trabaja.
BARTOLO.--Poco á poco, mujer; si acabo de sentarme.
MARTINA.--Levántate.
BARTOLO.--Ahora no quiero, dulce esposa.
MARTINA.--¡Hombre sin vergüenza, sin atender á sus obligaciones!
¡Desdichada de mí!
BARTOLO.--¡Ay, qué trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca: que la
mejor es peor que un demonio.
MARTINA.--Miren qué hombre tan hábil, para traer autoridades de
Séneca.
BARTOLO.--¿Si soy hábil? Á ver, á ver, búscame un leñador que sepa lo
que yo, ni que haya servido seis años á un médico latino, ni que haya
estudiado el _quis vel qui, quæ, quod vel quid_, y más adelante, como
yo lo estudié.
MARTINA.--Mal haya la hora en que me casé contigo.
BARTOLO.--Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello.
MARTINA.--Haragán, borracho.
BARTOLO.--Esposa, vamos poco á poco.
MARTINA.--Yo te haré cumplir con tu obligación.
BARTOLO.--Mira, mujer, que me vas enfadando.
(_Se levanta desperezándose, encamínase hacia el foro, coge un palo
del suelo y vuelve._)
MARTINA.--¿Y qué cuidado se me da á mí, insolente?
BARTOLO.--Mira que te he de cascar, Martina.
MARTINA.--Cuba de vino.
BARTOLO.--Mira que te he de solfear las espaldas.
MARTINA.--Infame.
BARTOLO.--Mira que te he de romper la cabeza.
MARTINA.--¿Á mí? Bribón, tunante, canalla, ¿á mí?
BARTOLO (_dando de palos á Martina_).--¿Sí? Pues toma.
MARTINA.--¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!
BARTOLO.--Este es el único medio de que calles... Vaya, hagamos la
paz. Dame esa mano.
MARTINA.--¿Después de haberme puesto así?
BARTOLO.--¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.
MARTINA.--No quiero.
BARTOLO.--Vamos, hijita.
MARTINA.--No quiero, no.
BARTOLO.--Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar á mi
esposa... Vaya, ven, dame un abrazo.
(_Tira el palo á un lado, y la abraza._)
MARTINA.--¡Si reventaras!
BARTOLO.--Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija
mía. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos más ó menos
no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una
porción de raíces, haré una carguilla, y mañana con la burra la
llevaremos á Miraflores. (_Hace que se va y vuelve._) Oyes, y dentro
de poco hay feria en Buitrago: si voy allá, y tengo dinero, y me
acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha
con sus piedras azules.
(_Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante.
Martina se queda retirada á un lado hablando entre sí._)
MARTINA.--Anda, que tú me las pagarás... Verdad es que una mujer
siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es
un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él
sintiera más, aunque á mí no me agradase tanto.
ESCENA II.
MARTINA, GINÉS, LUCAS.
(_Salen por la izquierda._)
LUCAS.--Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión... Y no sé
yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo.
GINÉS.--¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer á nuestro
amo; además, que la salud de su hija á todos nos interesa... Es una
señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo se lo merece.
LUCAS.--Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido á
visitarla no hayan descubierto su enfermedad.
GINÉS.--Su enfermedad bien á la vista está; el remedio es el que
necesitamos.
MARTINA (_aparte_).--¡Que no pueda yo imaginar alguna invención para
vengarme!
LUCAS.--Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como
no hayamos equivocado la senda...
MARTINA.--(_Aparte, hasta que repara en los dos y les hace la
cortesía._ Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme
los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) Pero, señores,
perdonen ustedes, que no los había visto, porque estaba distraída.
LUCAS.--¿Vamos bien por aquí á Miraflores?
MARTINA.--Sí, señor. (_Señalando adentro por el lado derecho._) ¿Ve
usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues todo derecho.
GINÉS.--¿No hay allí un famoso médico, que ha sido médico de una
vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas
las enfermedades las cura en griego?
MARTINA.--¡Ay! sí, señor. Curaba en griego; pero hace dos días que
se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo de tierra.
GINÉS.--¿Qué dice usted?
MARTINA.--Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes á buscar?
LUCAS.--Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo
junto al río.
MARTINA.--¡Ah! sí. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues qué
tiene?
LUCAS.--¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido
á perder el habla.
MARTINA.--¡Qué lástima! Pues... (_Aparte, con expresión de
complacencia._ ¡Ay, qué idea me ocurre!) Pues mire usted, aquí
tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos
males desesperados.
GINÉS.--¿De veras?
MARTINA.--Sí, señor.
LUCAS.--¿Y en dónde le podemos encontrar?
MARTINA.--Cortando leña en ese monte.
GINÉS.--Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
MARTINA.--No, señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido
como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no
quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dió.
GINÉS.--Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres
hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia.
MARTINA.--La manía de este hombre es la más particular que se ha
visto. No confesará su capacidad á menos que no le muelan el cuerpo á
palos; y así les aviso á ustedes que si no lo hacen, no conseguirán
su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno
un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le
necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido
bien.
GINÉS.--¡Qué extraña locura!
LUCAS.--¿Habráse visto hombre más original?
GINÉS.--¿Y cómo se llama?
MARTINA.--Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un
hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules,
nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.
LUCAS.--No se me despintará, no.
GINÉS.--¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?
MARTINA.--¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos
meses que murió en Lozoya una pobre mujer, ya iban á enterrarla, y
quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por
donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó á la difunta, sacó una
redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y
la muerta se levantó tan alegre cantando el _frondoso_.
GINÉS.--¿Es posible?
MARTINA.--Como que yo lo ví. Mire usted, aún no hace tres semanas
que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se
le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta.
Pues, señor, llamaron á don Bartolo; él no quería ir allá, pero
mediante una buena paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento
que llevaba en un pucherete, y con una pluma le fué untando, untando
al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se puso en pié, y se
fué corriendo á jugar á la rayuela con los otros chicos.
LUCAS.--Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos á
buscarle.
MARTINA.--Pero sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de
los garrotazos.
GINÉS.--Ya, ya estamos en eso.
MARTINA.--Allí debajo de aquel árbol hallarán ustedes cuantas estacas
necesiten.
LUCAS.--¿Sí? Voy por un par de ellas.
(_Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hacia el foro y coge
otro, vuelve, y se le da á Ginés._)
GINÉS.--¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio!
MARTINA.--Y si no, todo será inútil. (_Hace que se va, y vuelve._)
¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque corre
como un gamo; y si les coge á ustedes la delantera, no le vuelven á
ver en su vida. (_Mirando hacia dentro á la parte del foro._) Pero me
parece que viene. Sí, aquel es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no
quiere hacer bondad, menudito en él. Adios, señores.
ESCENA III.
GINÉS, LUCAS.
LUCAS.--Fortuna ha sido haber hallado á esta mujer. Pero ¿no ves qué
traza de médico aquella?
(_Los dos miran hacia el foro._)
GINÉS.--Ya lo veo... Mira, retirémonos uno á un lado y otro á otro,
para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor
cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?
LUCAS.--Sí.
GINÉS.--Y sólo en el caso de que absolutamente sea preciso...
LUCAS.--Bien... Entonces me haces una seña, y le ponemos como nuevo.
GINÉS.--Pues apartémonos, que ya llega.
(_Ocúltanse á los dos lados del teatro._)
ESCENA IV.
GINÉS, LUCAS, BARTOLO.
(_Bartolo sale del monte con un hacha y las alforjas al hombro,
cantando; siéntase en el suelo en medio del teatro, y saca de las
alforjas una bota_).
BARTOLO.
En el alcázar de Venus,
junto al Dios de los planetas,
en la gran Constantinopla,
allá en la casa de Meca,
donde el gran sultán bajá,
imperio de tantas fuerzas,
aquel Alcorán que todos
le pagan tributo en perlas;
rey de setenta y tres reyes,
de siete imperios... (_Bebe._)
De siete imperios cabeza;
este tal tiene una hija,
que es del imperio heredera.
(_Vuelve á beber, va á poner la bota al lado por donde sale Lucas,
el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesía. Bartolo,
sospechando que es para quitarle la bota, va á ponerla al otro lado
á tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que Lucas. Bartolo pone la
bota entre las piernas, y la tapa con las alforjas._)
Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé la
bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso la
guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa
buena.
GINÉS.--¿Es usted un caballero que se llama el señor don Bartolo?
BARTOLO.--¿Y qué?
GINÉS.--¿Que si se llama usted don Bartolo?
BARTOLO.--No, y sí, conforme lo que ustedes quieran.
GINÉS.--Queremos hacerle á usted cuantos obsequios sean posibles.
BARTOLO.--Si así es, yo me llamo don Bartolo.
(_Quítase el sombrero y le deja á un lado._)
LUCAS.--Pues con toda cortesía...
GINÉS.--Y con la mayor reverencia...
LUCAS.--Con todo cariño, suavidad y dulzura...
GINÉS.--Y con todo respeto, y con la veneración más humilde...
BARTOLO (_aparte_).--Parecen arlequines, que todo se les vuelve
cortesías y movimientos.
GINÉS.--Pues, señor, venimos á implorar su auxilio de usted para una
cosa muy importante.
BARTOLO.--¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa
de mí, haré lo que pueda.
GINÉS.--Favor que usted nos hace... Pero cúbrase usted, que el sol le
incomodará.
LUCAS.--Vaya, señor, cúbrase usted.
BARTOLO.--Vaya, señores, ya estoy cubierto... (_Pónese el sombrero, y
los otros también._) ¿Y ahora?
GINÉS.--No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres
eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos
hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su...
BARTOLO.--Es verdad, como que soy el hombre que se conoce para cortar
leña.
LUCAS.--Señor...
BARTOLO.--Si ha de ser de encina, no la daré menos de á dos reales la
carga.
GINÉS.--Ahora no tratamos de eso.
BARTOLO.--La de pino la daré más barata. La de raíces, mire usted...
GINÉS.--¡Oh! señor, eso es burlarse.
LUCAS.--Suplico á usted que hable de otro modo.
BARTOLO.--Hombre, yo no sé otra manera de hablar. Pues me parece que
bien claro me explico.
GINÉS.--¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en ejercicios tan
groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, ¿no ha de
comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?
BARTOLO.--¿Quién, yo?
GINÉS.--Usted, no hay que negarlo.
BARTOLO.--Usted será el médico y toda su generación, que yo en mi
vida lo he sido. (_Ap._ Borrachos están.)
LUCAS.--¿Para qué es excusarse? Nosotros lo sabemos, y se acabó.
BARTOLO.--Pero, en suma, ¿quién soy yo?
GINÉS.--¿Quién? Un gran médico.
BARTOLO.--¡Qué disparate! (_Ap._ ¿No digo que están bebidos?)