D. CARLOS (_acercándose á don Diego_.)--Disimule usted mi

atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido

contener.

D.ª IRENE.--¿Qué es lo que me sucede, Dios mío?... ¿Quién es

usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué escándalo!

D. DIEGO.--Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su hija de usted

está enamorada... Separarlos y matarlos, viene á ser lo mismo...

Carlos... No importa... Abraza á tu mujer.

(_Don Carlos va adonde está doña Francisca, se abrazan, y ambos se

arrodillan á los piés de don Diego._)

D.ª IRENE.--¿Conque su sobrino de usted?

D. DIEGO.--Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música,

y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi

vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?

D.ª FRANCISCA.--¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?

D. DIEGO.--Sí, prendas de mi alma... Sí.

(_Los hace levantar con expresiones de ternura._)

D.ª IRENE.--¿Y es posible que usted se determine á hacer un

sacrificio?...

D. DIEGO.--Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente

la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre...

¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el

esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y

débil.

D. CARLOS (_besándole las manos_.)--Si nuestro amor, si nuestro

agradecimiento pueden bastar á consolar á usted en tanta pérdida...

D.ª IRENE.--¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...

D. DIEGO.--Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras

usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la

cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto

resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud

padece; estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y

esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad

he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo

saben tarde!

D.ª IRENE.--En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se

gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero abrazarle...

(_Abrázanse don Carlos y doña Irene, doña Francisca se arrodilla y

la besa la mano._) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has

tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un

mirar de ojos muy hechicero.

RITA.--Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... Señorita,

un millón de besos.

(_Doña Francisca y Rita se besan, manifestando mucho contento._)

D.ª FRANCISCA.--¿Pero ves qué alegría tan grande?... Y tú, como me

quieres tanto... siempre, siempre serás mi amiga.

D. DIEGO.--Paquita hermosa, (_Abraza á doña Francisca._) recibe los

primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible

que amenazaba á mi vejez... Vosotros (_Asiendo de las manos á doña

Francisca y á don Carlos._) seréis la delicia de mi corazón; y el

primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquel... no hay remedio,

aquel es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos podré decir: á

mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si

son felices, yo he sido la causa.

D. CARLOS.--¡Bendita sea tanta bondad!

D. DIEGO.--Hijos, bendita sea la de Dios.

[Ilustración]

LA ESCUELA DE LOS MARIDOS

COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1812

PERSONAS

DON GREGORIO.

DON MANUEL.

DOÑA ROSA.

DOÑA LEONOR.

JULIANA.

DON ENRIQUE.

COSME.

UN COMISARIO.

UN ESCRIBANO.

UN LACAYO. }

UN CRIADO. } No hablan.

_La escena es en Madrid, en la plazuela de los Afligidos._

La primera casa á mano derecha inmediata al proscenio es la de

D. Gregorio, y la de en frente la de D. Manuel. Al fin de la

acera, junto al foro, está la de D. Enrique, y al otro lado la

del Comisario. Habrá salidas de calle practicables para salir y

entrar los personajes de la comedia.

_La acción empieza á las cinco de la tarde y acaba á las ocho de la

noche._

[Ilustración]

ACTO I.

ESCENA PRIMERA.

DON MANUEL, DON GREGORIO.

D. GREGORIO.--Y por último, señor don Manuel, aunque usted es en

efecto mi hermano mayor, yo no pienso seguir sus correcciones de

usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste, y nada más; y me va muy

lindamente con hacerlo así.

D. MANUEL.--Ya; pero das lugar á que todos se burlen, y...

D. GREGORIO.--¿Y quién se burla? Otros tan mentecatos como tú.

D. MANUEL.--Mil gracias por la atención, señor don Gregorio.

D. GREGORIO.--Y bien, ¿qué dicen esos graves censores? ¿Qué hallan en

mí que merezca su desaprobación?

D. MANUEL.--Desaprueban la rusticidad de tu carácter, esa aspereza

que te aparta del trato y los placeres honestos de la sociedad, esa

extravagancia que te hace tan ridículo en cuanto piensas y dices y

obras, y hasta en el modo de vestir te singulariza.

D. GREGORIO.--En eso tienen razón, y conozco lo mal que hago en

no seguir puntualmente lo que manda la moda; en no proponerme por

modelo á los mocitos evaporados, casquivanos y pisaverdes. Si así lo

hiciera, estoy bien seguro de que mi hermano mayor me lo aplaudiría;

porque, gracias á Dios, le veo acomodarse puntualmente á cuantas

locuras adoptan los otros.

D. MANUEL.--¡Es raro empeño el que has tomado de recordarme tan

á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que te llevo dos años de

ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú cuarenta y tres; pero

aunque los míos fuesen muchos más, ¿sería esta una razón para que

me culparas el ser tratable con las gentes, el tener buen humor, el

gustar de vestirme con decencia, andar limpio, y?... Pues qué, ¿la

vejez nos condena por ventura á aborrecerlo todo, á no pensar en otra

cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir á la deformidad que traen

los años consigo un desaliño voluntario, una sordidez que repugne

á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal humor y un ceño que nadie

pueda sufrir? Yo te aseguro que si no mudas de sistema, la pobre

Rosita será poco feliz con un marido tan impertinente como tú, y que

el matrimonio que la previenes será tal vez un origen de disgustos y

de recíproco aborrecimiento, que...

D. GREGORIO.--La pobre Rosita vivirá más dichosa conmigo, que su

hermanita la pobre Leonor, destinada á ser esposa de un caballero

de tus prendas y de tu mérito. Cada uno procede y discurre como le

parece, señor hermano... Las dos son huérfanas; su padre, amigo

nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la educación de

entrambas; y previno que si andando el tiempo queríamos casarnos

con ellas, desde luégo aprobaba y bendecía esta unión; y en caso

de no verificarse, esperaba que las buscaríamos una colocación

proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á la mucha amistad

que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la autoridad de

tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y yo

de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía

como me ha dado la gana, ¿estamos?

D. MANUEL.--Sí; pero me parece á mí...

D. GREGORIO.--Lo que á mí me parece es que usted no ha sabido educar

la suya; pero repito que cada cual puede hacer en esto lo que más le

agrade. Tú consientes que la tuya sea despejada y libre y pizpireta;

séalo en buen hora. Permites que tenga criadas, y se deje servir

como una señorita: lindamente. La das ensanches para pasearse por

el lugar, ir á visitas, y oir las dulzuras de tanto enamorado

zascandil: muy bien hecho. Pero yo pretendo que la mía viva á mi

gusto, y no al suyo; que se ponga un juboncito de estameña; que no

me gaste zapaticos de color sino los días en que repican recio; que

se esté quietecita en casa, como conviene á una doncella virtuosa;

que acuda á todo; que barra, que limpie, y cuando haya concluído

estas ocupaciones, me remiende la ropa y haga calceta. Esto es lo

que quiero; y que nunca oiga las tiernas quejas de los mozalbetes

antojadizos; que no hable con nadie, ni con el gato, sin tener

escucha; que no salga de casa jamás sin llevar escolta... La carne es

frágil, señor mío; yo veo los trabajos que pasan otros, y puesto que

ha de ser mi mujer, quiero asegurarme de su conducta, y no exponerme

á aumentar el número de los maridos zanguangos.

ESCENA II.

DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (_Las tres salen con mantilla y

basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas á la puerta._)

DON GREGORIO, DON MANUEL.

D.ª LEONOR.--No te dé cuidado. Si te riñe, yo me encargo de

responderle.

JULIANA.--¡Siempre metida en un cuarto, sin ver la calle, ni poder

hablar con persona humana! ¡Qué fastidio!

D.ª LEONOR.--Mucha lástima tengo de ti.

D.ª ROSA.--Milagro es que no me haya dejado debajo de llave, ó me

haya llevado consigo, que aún es peor.

JULIANA.--Le echaría yo más alto que...

D. GREGORIO.--¡Oiga! ¿Y adónde van ustedes, niñas?

D.ª LEONOR.--La he dicho á Rosita que se venga conmigo para que se

esparza un poco. Saldremos por aquí por la puerta de San Bernardino,

y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de

acompañarnos...

D. MANUEL.--Sí por cierto: vamos allá.

D.ª LEONOR.--Y mire usted: yo me quedo á merendar en casa de doña

Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á ésta por

allá, que ya no sé qué decirla; conque, si usted quiere, irá conmigo

esta tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y

al anochecer estamos de vuelta.

D. GREGORIO.--Usted (_Á doña Leonor, á Juliana, á don Manuel y á doña

Rosa, según lo indica el diálogo_) puede irse adonde guste, usted

puede ir con ella... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo

tiene á bien; y usted á casa.

D. MANUEL.--Pero hermano, déjalas que se diviertan, y que...

D. GREGORIO.--Á más ver.

(_Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse con ella en

su casa._)

D. MANUEL.--La juventud necesita...

D. GREGORIO.--La juventud es loca, y la vejez es loca también muchas

veces.

D. MANUEL.--Pero ¿hay algún inconveniente en que se vaya con su

hermana?

D. GREGORIO.--No, ninguno; pero conmigo está mucho mejor.

D. MANUEL.--Considera que...

D. GREGORIO.--Considero que debe hacer lo que yo la mande... y

considero que me interesa mucho su conducta.

D. MANUEL.--Pero ¿piensas tú que me será indiferente á mí la de su

hermana?

JULIANA (_aparte_).--¡Tuerto maldito!

D.ª ROSA.--No creo que tiene usted motivo ninguno para...

D. GREGORIO.--Usted calle, señorita, que ya la explicaré yo á usted

si es bien hecho querer salir de casa sin que yo se lo proponga, y la

lleve, y la traiga, y la cuide.

D.ª LEONOR.--Pero ¿qué quiere usted decir con eso?

D. GREGORIO.--Señora doña Leonor, con usted no va nada. Usted es una

doncella muy prudente. No hablo con usted.

D.ª LEONOR.--Pero ¿piensa usted que mi hermana estará mal en mi

compañía?

D. GREGORIO.--¡Oh, qué apurar! (_Suelta el brazo de doña Rosa y se

acerca adonde están los demás._) No estará muy bien, no, señora; y

hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y

el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá.

D.ª LEONOR.--Mire usted, señor don Gregorio, usando con usted de la

misma franqueza, le digo que yo no sé cómo ella tomará semejantes

procedimientos; pero bien adivino el efecto que haría en mí una

desconfianza tan injusta. Mi hermana es; pero dejaría de tener mi

sangre, si fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y

esa opresión en que usted la tiene.

JULIANA.--Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa insufrible.

¡Encerrar de esa manera á las mujeres! ¡Pues qué!, ¿estamos entre

turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso

son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro honor debe ser cosa bien

quebradiza, si tanto afán se necesita para conservarle! Y qué,

¿piensa usted que todas esas precauciones pueden estorbarnos el hacer

nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted; y al hombre más

ladino le volvemos tarumba cuando se nos pone en la cabeza burlarle

y confundirle. Ese encerramiento y esos centinelas son ilusiones de

locos, y lo más seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á

grandísimo peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo,

y el que tanto se afana en cuidar de él, no hace otra cosa que

despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, que si me tocara en

suerte un marido tan caviloso como usted y tan desconfiado, por el

nombre que tengo que me las había de pagar.

D. GREGORIO.--Mira la buena enseñanza que das á tu familia, ¿ves? ¿Y

lo sufres con tanta paciencia?

D. MANUEL.--En lo que ha dicho no hallo motivos de enfadarme, sino de

reir; y bien considerado no la falta razón. Su sexo necesita un poco

de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para

contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni

á la vigilancia más suspicaz, ni á las celosías, ni á los cerrojos.

Bien poco estimable sería una mujer, si sólo fuese honesta por

necesidad y no por elección. En vano queremos dirigir su conducta, si

antes de todo no procuramos merecer su confianza y su cariño. Yo te

aseguro que, á pesar de todas las precauciones imaginables, siempre

temería que peligrase mi honor en manos de una persona á quien sólo

faltase la ocasión de ofenderme, si por otra parte la sobraban los

deseos.

D. GREGORIO.--Todo eso que dices no vale nada.

(_Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo apartada. Don

Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve á

retirarse._)

D. MANUEL.--Será lo que tú quieras... Pero insisto en que es menester

instruir á la juventud con la risa en los labios, reprender sus

defectos con grandísima dulzura, y hacerla que ame la virtud, no que

á su nombre se atemorice. Estas máximas he seguido en la educación de

Leonor. Nunca he mirado como delito sus desahogos inocentes, nunca

me he negado á complacer aquellas inclinaciones que son propias

de la primera edad; y te aseguro que hasta ahora no me ha dado

motivos de arrepentirme. La he permitido que vaya á concurrencias,

á diversiones, que baile, que frecuente los teatros; porque en mi

opinión (suponiendo siempre los buenos principios) no hay cosa que

más contribuya á rectificar el juicio de los jóvenes. Y á la verdad,

si hemos de vivir en el mundo, la escuela del mundo instruye mejor

que los libros más doctos. Su padre dispuso que fuera mi mujer; pero

estoy bien lejos de tiranizarla: para ninguna cosa la daré mayor

libertad que para esta resolución, porque no debo olvidarme de la

diferencia que hay entre sus años y los míos. Más quiero verla agena,

que poseerla á costa de la menor repugnancia suya.

D. GREGORIO.--¡Qué blandura, qué suavidad! Todo es miel y almíbar...

Pero permítame usted que le diga, señor hermano, que cuando se ha

concedido en los primeros años demasiada holgura á una niña, es

muy difícil ó acaso imposible el sujetarla después, y que se verá

usted sumamente embrollado cuando su pupila sea ya su mujer y por

consecuencia tenga que mudar de vida y costumbres.

D. MANUEL.--Y ¿por qué ha de hacerse esa mudanza?

D. GREGORIO.--¿Por qué?

D. MANUEL.--Sí.

D. GREGORIO.--No sé. Si usted no lo alcanza, yo no lo sé tampoco.

D. MANUEL.--¿Pues hay algo en eso contra la estimación?

D. GREGORIO.--¡Calle! ¿Conque si usted se casa con ella, la dejará

vivir en la misma santa libertad que ha tenido hasta ahora?

D. MANUEL.--¿Y por qué no?

D. GREGORIO.--¿Y consentirá que gaste blondas y cintas y flores y

abaniquitos de anteojo y?...

D. MANUEL.--Sin duda.

D. GREGORIO.--¿Y que vaya al Prado y á la comedia con otras

cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el río, y?...

D. MANUEL.--Cuando ella quiera.

D. GREGORIO.--¿Y tendrá usted conversación en casa, chocolate,

lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas?

D. MANUEL.--Preciso.

D. GREGORIO.--¿Y la señorita oirá las impertinencias de tanto galán

amartelado?

D. MANUEL.--Si no es sorda.

D. GREGORIO.--¿Y usted callará á todo, y lo verá con ánimo tranquilo?

D. MANUEL.--Pues ya se supone.

D. GREGORIO.--Quítate de ahí, que eres un loco... Vaya usted adentro,

niña; usted no debe asistir á pláticas tan indecentes.

(_Hace entrar en su casa á doña Rosa apresuradamente, cierra la

puerta, y se pasea colérico por el teatro._)

ESCENA III.

DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.

D. MANUEL.--Ya te lo he dicho. La que sea mi esposa vivirá conmigo

en libertad honesta, la trataré bien, haré estimación de ella, y

probablemente corresponderá como debe á este amor y á esta confianza.

D. GREGORIO.--¡Oh! qué gusto he de tener cuando la tal esposa le...

D. MANUEL.--¿Qué?... Vamos, acaba de decirlo.

D. GREGORIO.--¡Qué gusto ha de ser para mí!

D. MANUEL.--Yo ignoro cuál será mi suerte; pero creo que si no te

sucede á ti el chasco pesado que me pronosticas, no será ciertamente

por no haber hecho de tu parte cuantas diligencias son necesarias

para que suceda.

D. GREGORIO.--Sí, ríe, búrlate. Ya llegará la mía, y veremos entonces

cuál de los dos tiene más gana de reir.

D.ª LEONOR.--Yo le aseguro del peligro con que usted le amenaza,

señor don Gregorio, y desprecio la infame sospecha que usted se

atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, si llega el caso de

que este matrimonio se verifique, que su honor no padezca, porque me

estimo á mí propia en mucho; pero si usted hubiera de ser mi marido,

en verdad que no me atrevería á decir otro tanto.

JULIANA.--Realmente es cargo de conciencia con los que nos tratan

bien, y hacen confianza de nosotras; pero con hombres como usted, pan

bendito.

D. GREGORIO.--Vaya enhoramala, habladora, desvergonzada, insolente.

D. MANUEL.--Tú tienes la culpa de que ella hable así... Vamos,

Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo me volveré á despachar el

correo.

D.ª LEONOR.--Pero ¿no irá usted por mí?

D. MANUEL.--¿Qué sé yo? Si no he ido al anochecer, el criado de doña

Beatriz puede acompañaros. Adios, Gregorio. Conque quedamos en que es

menester mudar de humor, y en que esto de encerrar á las mujeres es

mucho desatino. Soy criado de usted.

D. GREGORIO.--Yo no soy criado de usted. Vaya usted con Dios.

(_Don Manuel y las dos mujeres se van por una de las calles._)

ESCENA IV.

DON GREGORIO.

D. GREGORIO.--Dios los cría, y ellos se juntan... ¡Qué familia!

Un hombre maduro empeñado en vivir como un mancebito de primera

tijera; una solterita desenfadada y mujer de mundo; unos criados sin

vergüenza ni... No, la prudencia misma no bastaría á corregir los

desórdenes de semejante casa... Lo peor es que Rosita no aprenderá

cosa buena con estos ejemplos, y tal vez pudieran malograrse las

ideas de recogimiento y virtud que he sabido inspirarla... Pondremos

remedio... Muy buena es la plazuela de Afligidos, pero en Griñón

estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí volverá á divertirse con sus

lechugas y sus gallinitas.

ESCENA V.

DON ENRIQUE, COSME (_Salen los dos de la casa de don Enrique y

observan á don Gregorio, que estará distante._), DON GREGORIO.

COSME.--¿Es él?

D. ENRIQUE.--Sí, él es; el cruel tutor de la hermosa prisionera que

adoro.

D. GREGORIO.--Pero ¡no es cosa de aturdirse al ver la corrupción

actual de las costumbres!...

D. ENRIQUE.--Quisiera vencer mi repugnancia, hablar con él, y ver si

logro de alguna manera introducirme.

D. GREGORIO.--En vez de aquella severidad que caracterizaba la

honradez antigua (_Se acerca un poco don Enrique por el lado derecho

de don Gregorio, y le hace cortesía_), no vemos en nuestra juventud

sino excesos de inobediencia, libertinaje y...

D. ENRIQUE.--Pero ¿este hombre no ve?

COSME.--¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si este es el lado del ojo

huero. Vamos por el otro.

(_Hace que don Enrique pase por detrás de don Gregorio al lado

opuesto._)

D. GREGORIO.--No, no, no... Es preciso salir de aquí. Mi permanencia

en la corte no pudiera menos de... (_Estornuda y se suena._)

D. ENRIQUE.--No hay remedio; yo quiero introducirme con él.

D. GREGORIO.--¿Eh? (_Se vuelve hacia el lado derecho, y no viendo á

nadie, prosigue su discurso._) Pensé que hablaban... Á lo menos en un

lugar, bendito Dios, no se ven estas locuras de por aquí.

COSME.--Acérquese usted.

D. GREGORIO.--¿Quién va? (_Vuelve por el lado derecho; se rasca la

oreja, y al concluir una vuelta entera, repara en don Enrique, que le

hace cortesías con sombrero. Don Gregorio se aparta, y don Enrique se

le va acercando._) Las orejas me zumban... Allí todas las diversiones

de las muchachas se reducen á... ¿Es á mí?

COSME.--Ánimo.

D. GREGORIO.--Allí ninguno de estos barbilindos viene con sus... ¡Qué

diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el hombre es atento!

D. ENRIQUE.--Mucho sentiría, caballero, haberle distraído á usted de

sus meditaciones.

D. GREGORIO.--En efecto.

D. ENRIQUE.--Pero la oportunidad de conocer á usted, que ahora se me

presenta, es para mí una fortuna, una satisfacción tan apetecible,

que no he podido resistir al deseo de saludarle...

D. GREGORIO.--Bien.

D. ENRIQUE.--Y de manifestarle á usted con la mayor sinceridad cuánto

celebraría poderme ocupar en servicio suyo.

D. GREGORIO.--Lo estimo.

D. ENRIQUE.--Tengo la dicha de ser vecino de usted, en lo cual debo

estar muy agradecido á mi suerte, que me proporciona...

D. GREGORIO.--Muy bien.

D. ENRIQUE.--¿Y sabe usted las noticias que hoy tenemos? En la corte

aseguran como cosa muy positiva...

D. GREGORIO.--¿Qué me importa?

D. ENRIQUE.--Ya; pero á veces tiene uno curiosidad de saber

novedades, y...

D. GREGORIO.--¡Eh!

D. ENRIQUE.--Realmente. (_Después de una larga pausa prosigue don

Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio le conteste; y viendo que

no lo hace, sigue hablando._) Madrid es un pueblo en que se disfrutan

más comodidades y diversiones que en otra parte... Las provincias

en comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella soledad, aquella

monotonía!... Y usted ¿en qué pasa el tiempo?

D. GREGORIO.--En mis negocios.

D. ENRIQUE.--Sí; pero el ánimo necesita descanso, y á las veces se

rinde por la demasiada aplicación á los asuntos graves... Y de noche,

antes de recogerse, ¿qué hace usted?

D. GREGORIO.--Lo que me da la gana.

D. ENRIQUE.--Muy bien dicho. La respuesta es exactísima, y desde

luégo se echa de ver su prudencia de usted en no querer hacer cosa

que no sea muy de su agrado. Cierto que... Yo, si usted no estuviese

muy ocupado, pasaría, así, algunas noches á su casa de usted, y...

D. GREGORIO.--Agur.

(_Atraviesa por entre los dos, se entra en su casa, y cierra._)

ESCENA VI.

DON ENRIQUE, COSME.

D. ENRIQUE.--¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves qué hombre este?

COSME.--Asperillo es de condición, y amargo de respuestas.

D. ENRIQUE.--¡Ah! ¡Yo me desespero!

COSME.--¿Y por qué?

D. ENRIQUE.--¿Eso me preguntas? Porque veo sin libertad á la prenda

que más estimo, en poder de ese bárbaro, de ese dragón vigilante, que

la guarda y la oprime.

COSME.--Auto en favor. Eso que á usted le apesadumbra debiera

hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted, señor don Enrique,

para que se tranquilice y se consuele, que una mujer, á quien celan

y guardan mucho, está ya medio conquistada; y que el mal humor de

los maridos y de los padres no hace otra cosa que adelantar las

pretensiones del galán. Yo no soy enamoradizo, ni entiendo de esos

filis; pero muchas veces oí decir á algunos de mis amos anteriores

(corsarios de profesión), que no había para ellos mayor gusto que

el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos, groseros,

regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos, coléricos, que

armados con la autoridad de maridos, á vista de los amantes de su

mujer, la martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede? Lo que es

natural, naturalísimo: que el tímido caballero, animándose al ver el

justo resentimiento de la señora por los ultrajes que ha padecido,

se lastima de su situación, la consuela, la acaricia, la arrulla;

y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se adelanta

camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le facilitará á

usted los medios de enamorar á la pupila.

D. ENRIQUE.--¿Qué facilidades me propones, cuando sabes que hace

ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito, por el cual

emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con dilaciones á

mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de mis amigos, de

las muchas distracciones que ofrece la corte; me vengo á vivir á este

barrio solitario para estar cerca de doña Rosita y tener ocasiones de

hablarla, y hasta ahora mi desdicha ha sido tan grande, que no lo he

podido conseguir.

COSME.--Dicen que amor es invencionero y astuto; pero no me parece

á mí que usted pone toda la diligencia que pide el caso, ni que

discurre arbitrios para...

Comedias escogidas · 第 12 / 17 段