Diego, se va Simón por la del foro._)
SIMÓN.--Voy allá.
D. DIEGO.--Mucho se madruga, doña Paquita.
D.ª FRANCISCA.--Sí, señor.
D. DIEGO.--¿Ha llamado ya doña Irene?
D.ª FRANCISCA.--No, señor... Mejor es que vayas allá, por si ha
despertado y se quiere vestir.
(_Rita se va al cuarto de doña Irene._)
ESCENA VIII.
DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA.
D. DIEGO.--¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
D.ª FRANCISCA.--No, señor. ¿Y usted?
D. DIEGO.--Tampoco.
D.ª FRANCISCA.--Ha hecho demasiado calor.
D. DIEGO.--¿Está usted desazonada?
D.ª FRANCISCA.--Alguna cosa.
D. DIEGO.--¿Qué siente usted?
(_Siéntase junto á doña Francisca._)
D.ª FRANCISCA.--No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada.
D. DIEGO.--Algo será; porque la veo á usted muy abatida, llorosa,
inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero
tanto?
D.ª FRANCISCA.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa
usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?
D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé.
D. DIEGO.--¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga
con él su corazón?
D.ª FRANCISCA.--Porque eso mismo me obliga á callar.
D. DIEGO.--Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su
pesadumbre de usted.
D.ª FRANCISCA.--No, señor; usted en nada me ha ofendido... No es de
usted de quien yo me debo quejar.
D. DIEGO.--Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (_Acércase
más._) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulación. Dígame
usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este
casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen á usted
entera libertad para la elección, no se casaría conmigo?
D.ª FRANCISCA.--Ni con otro.
D. DIEGO.--¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo,
que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?
D.ª FRANCISCA.--No, señor; no, señor.
D. DIEGO.--Mírelo usted bien.
D.ª FRANCISCA.--¿No le digo á usted que no?
D. DIEGO.--¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal
inclinación al retiro en que se ha criado, que prefiera la
austeridad del convento á una vida más?...
D.ª FRANCISCA.--Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así.
D. DIEGO.--No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que
acabo de oir resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla
inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no
tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la
estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie
me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ese? ¿De dónde nace esa
tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de
usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son estas las señales de
quererme exclusivamente á mí, de casarse gustosa conmigo dentro de
pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor?
(_Vase iluminando lentamente el teatro, suponiéndose que viene la luz
del día._)
D.ª FRANCISCA.--Y ¿qué motivos le he dado á usted para tales
desconfianzas?
D. DIEGO.--¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si
apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue
aprobándola, y llega el caso de...
D.ª FRANCISCA.--Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.
D. DIEGO.--¿Y después, Paquita?
D.ª FRANCISCA.--Después... y mientras me dure la vida seré mujer de
bien.
D. DIEGO.--Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera
como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame
usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted
mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su
dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para
emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla
dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.
D.ª FRANCISCA.--¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.
D. DIEGO.--¿Por qué?
D.ª FRANCISCA.--Nunca diré por qué.
D. DIEGO.--Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!... cuando
usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.
D.ª FRANCISCA.--Si usted lo ignora, señor don Diego, por Dios no
finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.
D. DIEGO.--Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa
aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos á Madrid, y
dentro de ocho días será usted mi mujer.
D.ª FRANCISCA.--Y daré gusto á mi madre.
D. DIEGO.--Y vivirá usted infeliz.
D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé.
D. DIEGO.--He aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se
llama criar bien á una niña: enseñarla á que desmienta y oculte las
pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan
honestas luégo que las ven instruídas en el arte de callar y mentir.
Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de
tener influencia alguna en sus inclinaciones, ó en que su voluntad ha
de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite,
menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal
que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten á
pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen
de tantos escándalos, ya están bien criadas; y se llama excelente
educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio
de un esclavo.
D.ª FRANCISCA.--Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de
nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el
motivo de mi aflicción es mucho más grande.
D. DIEGO.--Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted se
anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de
decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.
D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío!
D. DIEGO.--Sí, Paquita; conviene mucho que usted vuelva un poco
sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que
no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación
las pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡qué agitación! ¡qué
lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así... con cierta
serenidad y... eh?
D.ª FRANCISCA.--Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi
madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he de volver los ojos?
¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?
D. DIEGO.--Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo
la abandonase... ¡criatura! en la situación dolorosa en que la veo?
(_Asiéndola de las manos._)
D.ª FRANCISCA.--¿De veras?
D. DIEGO.--Mal conoce usted mi corazón.
D.ª FRANCISCA.--Bien le conozco.
(_Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y ambos se levantan._)
D. DIEGO.--¿Qué hace usted, niña?
D.ª FRANCISCA.--Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad una
mujer tan ingrata para con usted!... No, ingrata no, infeliz... ¡Ay,
qué infeliz soy, señor don Diego!
D. DIEGO.--Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la
tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé yo?... una equivocación
mía, y no otra cosa... Pero usted, inocente, usted no ha tenido la
culpa.
D.ª FRANCISCA.--Vamos... ¿No viene usted?
D. DIEGO.--Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por allá.
D.ª FRANCISCA.--Vaya usted presto.
(_Encaminándose al cuarto de doña Irene, vuelve y se despide de don
Diego besándole las manos._)
D. DIEGO.--Sí, presto iré.
ESCENA IX.
SIMÓN, DON DIEGO.
SIMÓN.--Ahí están, señor.
D. DIEGO.--¿Qué dices?
SIMÓN.--Cuando yo salía de la puerta, los ví á lo lejos, que iban
ya de camino. Empecé á dar voces y hacer señas con el pañuelo; se
detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted
mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera
hasta que le avisara yo, por si acaso había gente aquí, y usted no
quería que le viesen.
D. DIEGO.--¿Y qué dijo cuando le diste el recado?
SIMÓN.--Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya digo, ni una sola
palabra... Á mí me ha dado compasión el verle así tan...
D. DIEGO.--No me empieces ya á interceder por él.
SIMÓN.--¿Yo, señor?
D. DIEGO.--Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!... Es un pícaro.
SIMÓN.--Como yo no sé lo que ha hecho.
D. DIEGO.--Es un bribón, que me ha de quitar la vida... Ya te he
dicho que no quiero intercesores.
SIMÓN.--Bien está, señor.
(_Vase por la puerta del foro. Don Diego se sienta, manifestando
inquietud y enojo._)
D. DIEGO.--Dile que suba.
ESCENA X.
DON CARLOS, DON DIEGO.
D. DIEGO.--Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En dónde has
estado desde que no nos vemos?
D. CARLOS.--En el mesón de afuera.
D. DIEGO.--¿Y no has salido de allí en toda la noche, eh?
D. CARLOS.--Sí, señor, entré en la ciudad y...
D. DIEGO.--¿Á qué?... Siéntese usted.
D. CARLOS.--Tenía precisión de hablar con un sujeto... (_Siéntase._)
D. DIEGO.--¡Precisión!
D. CARLOS.--Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible
volverme á Zaragoza sin estar primero con él.
D. DIEGO.--Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero
venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo...
¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener...
Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasión, no había
necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar á nadie.
(_Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don Carlos luégo que le
reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse._)
D. CARLOS.--Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué
no me permite seguir mi camino, y se evitaría una contestación de la
cual ni usted ni yo quedaremos contentos?
D. DIEGO.--Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto, y quiere
que usted se lo diga.
D. CARLOS.--¿Para qué saber más?
D. DIEGO.--Porque yo lo quiero, y lo mando. ¡Oiga!
D. CARLOS.--Bien está.
D. DIEGO.--Siéntate ahí... (_Siéntase don Carlos._) ¿En dónde has
conocido á esta niña?... ¿Qué amor es éste? ¿Qué circunstancias han
ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la
viste?
D. CARLOS.--Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á
Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa
de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo
aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al
siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas
hallé á doña Paquita, á quien la señora había sacado aquel día del
convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella,
que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible,
de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella,
de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras
cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir
que me llamaba don Félix de Toledo. Yo sostuve esta ficción, porque
desde luégo concebí la idea de permanecer algún tiempo en aquella
ciudad, evitando que llegase á noticia de usted. Observé que doña
Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche
nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome
preferido á todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos.
En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...
D. DIEGO.--Prosigue.
D. CARLOS.--Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda y pobre,
pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los
proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía; y él,
sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las más ingeniosas
para que ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa
de campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venía de
noche... Logré que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y con
las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una
pasión que mientras viva me hará infeliz.
D. DIEGO.--Vaya... Vamos, sigue adelante.
D. CARLOS.--Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de
travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le
ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos...
La seña era dar tres palmadas, á las cuales respondían con otras tres
desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos
todas las noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que
ya se dejan entender... Siempre fuí para ella don Félix de Toledo,
oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de honor.
Nunca la dije más, ni la hablé de mis esperanzas, ni la dí á entender
que casándose conmigo podría aspirar á mejor fortuna; porque ni me
convenía nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de
interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la
hallé más fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de
tres meses me detuve allí; pero al fin era necesario separarnos, y
una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal, y
me fuí ciego de amor adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas
consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí
pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que primero
perdería la vida que dar su mano á otro que á mí; me acordaba mis
juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí
precipitado al camino, llegué á Guadalajara, no la encontré, vine
aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué decírselo.
D. DIEGO.--¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?
D. CARLOS.--Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor, pasar
á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo
ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones,
ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición para verificar
un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra
felicidad.
D. DIEGO.--Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar muy de otra
manera.
D. CARLOS.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda
su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren
las promesas que á ti te hizo... ella misma, no há media hora, me ha
dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...
D. CARLOS.--Pero no el corazón. (_Levántase._)
D. DIEGO.--¿Qué dices?
D. CARLOS.--No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus
bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene á su
honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto
de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si
alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados
en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el
motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros,
que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo
ausente.
D. DIEGO.--¿Qué temeridad es esta?
(_Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia don Carlos, el cual
se va retirando._)
D. CARLOS.--Ya se lo dije á usted... Era imposible que yo hablase una
palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación...
Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido
disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y
mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me
niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.
D. DIEGO.--¿Conque en efecto te vas?
D. CARLOS.--Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.
D. DIEGO.--¿Por qué?
D. CARLOS.--Porque no me conviene verla en mi vida... Si las
voces que corren de una próxima guerra se llegaran á verificar...
entonces...
D. DIEGO.--¿Qué quieres decir?
(_Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir más adelante._)
D. CARLOS.--Nada... Que apetezco la guerra, porque soy soldado.
D. DIEGO.--¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón para
decírmelo?
D. CARLOS.--Alguien viene... (_Mirando con inquietud hacia el cuarto
de doña Irene, se desprende de don Diego, y hace ademán de irse por
la del foro. Don Diego va detrás de él y quiere impedírselo._) Tal
vez será ella... Quede usted con Dios.
D. DIEGO.--¿Adónde vas?... No, señor, no has de irte.
D. CARLOS.--Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada
nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles.
D. DIEGO.--Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto.
D. CARLOS.--Pero si...
D. DIEGO.--Haz lo que te mando.
(_Éntrase don Carlos en el cuarto de don Diego._)
ESCENA XI.
DOÑA IRENE, DON DIEGO.
D.ª IRENE.--Conque, señor don Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos
días... (_Apaga la luz que está sobre la mesa._) ¿Reza usted?
D. DIEGO (_paseándose con inquietud_).--Sí, para rezar estoy ahora.
D.ª IRENE.--Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y
que avisen al mayoral para que enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene
usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?
D. DIEGO.--Sí, no deja de haber novedades.
D.ª IRENE.--Pues qué... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya, vaya!... No
sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina,
me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan
sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años,
si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera
me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de
tamarindos, nada me ha servido; de manera que...
D. DIEGO.--Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de
conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen
esas muchachas?
D.ª IRENE.--Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre, para que
todo esté á la vela, y no haya detención.
D. DIEGO.--Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni
alborotarse (_Siéntanse los dos_) por nada de lo que yo diga; y
cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su
hija de usted está enamorada...
D.ª IRENE.--¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí, señor, que lo
está; y bastaba que yo lo dijese para que...
D. DIEGO.--¡Este vicio maldito de interrumpir á cada paso! Déjeme
usted hablar.
D.ª IRENE.--Bien, vamos, hable usted.
D. DIEGO.--Está enamorada; pero no está enamorada de mí.
D.ª IRENE.--¿Qué dice usted?
D. DIEGO.--Lo que usted oye.
D.ª IRENE.--Pero ¿quién le ha contado á usted esos disparates?
D. DIEGO.--Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado;
y cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es verdad...
Vaya, ¿qué llanto es ese?
D.ª IRENE (_llorando_).--¡Pobre de mí!
D. DIEGO.--¿Á qué viene eso?
D.ª IRENE.--¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre
viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí!
D. DIEGO.--Señora doña Irene...
D.ª IRENE.--Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de
esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos
al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si
vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera,
que tenía un genio como una serpiente...
D. DIEGO.--Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia.
D.ª IRENE.--Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia
del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera, hartó
de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos
padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra
un poste en los portales de Santa Cruz.
D. DIEGO.--Pero ¿es posible que no ha de atender usted á lo que voy á
decirla?
D.ª IRENE.--¡Ay! no, señor, que bien lo sé, que no tengo pelo de
tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la niña, y busca pretextos
para zafarse de la obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de mi
corazón!
D. DIEGO.--Señora doña Irene, hágame usted el gusto de oirme, de no
replicarme, de no decir despropósitos; y luégo que usted sepa lo que
hay, llore, y gima, y grite, y diga cuánto quiera... Pero entre tanto
no me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios.
D.ª IRENE.--Diga usted lo que le dé la gana.
D. DIEGO.--Que no volvamos otra vez á llorar y á...
D.ª IRENE.--No, señor, ya no lloro. (_Enjugándose las lágrimas con un
pañuelo._)
D. DIEGO.--Pues hace ya cosa de un año, poco más ó menos, que doña
Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han
escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y por
último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades
y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á
hacerla mayor... En este supuesto...
D.ª IRENE.--Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un chisme,
inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?
D. DIEGO.--Volvemos otra vez á lo mismo... No, señora, no es chisme.
Repito de nuevo que lo sé.
D.ª IRENE.--¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene
eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas encerrada en un
convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas
religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido
todavía del cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe
usted el genio que tiene Circuncisión... Pues bonita es ella para
haber disimulado á su sobrina el menor desliz.
D. DIEGO.--Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña Irene;
se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no
habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy
honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre
Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres,
y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La
muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado
tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija...
Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo
razón.
(_Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña Irene, sin leerle,
se levanta muy agitada, se acerca á la puerta de su cuarto y llama.
Levántase don Diego, y procura en vano contenerla._)
D.ª IRENE.--¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!... ¡Virgen del
Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!
D. DIEGO.--Pero ¿á qué es llamarlas?
D.ª IRENE.--Sí, señor, que quiero que venga, y que se desengañe la
pobrecita de quién es usted.
D. DIEGO.--Lo echó todo á rodar... Esto le sucede á quien se fía de
la prudencia de una mujer.
ESCENA XII.
DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.
RITA.--¡Señora!
D.ª FRANCISCA.--¿Me llamaba usted?
D.ª IRENE.--Sí, hija, sí; porque el señor don Diego nos trata de un
modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿Á quién
has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son estos?... Y tú,
picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes...
¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice?
(_Presentando el papel abierto á doña Francisca._)
RITA (_aparte á doña Francisca_).--Su letra es.
D.ª FRANCISCA.--¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple usted su
palabra?
D. DIEGO.--Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted
aquí... (_Asiendo de una mano á doña Francisca, la pone á su lado._)
No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me
ponga en términos de hacer un desatino... Déme usted ese papel...
(_Quitándola el papel de las manos á doña Irene._) Paquita, ya se
acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.
D.ª FRANCISCA.--Mientras viva me acordaré.
D. DIEGO.--Pues este es el papel que tiraron á la ventana... No hay
que asustarse, ya lo he dicho. (_Lee._) «Bien mío; si no consigo
hablar con usted, haré lo posible para que llegue á sus manos esta
carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que
yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé cómo no espiré de dolor.
Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fué preciso
obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don Félix... Don Diego es
mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz
amigo.--_Carlos de Urbina._»
D.ª IRENE.--¿Conque hay eso?
D.ª FRANCISCA.--¡Triste de mí!
D.ª IRENE.--¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima
picarona? Te has de acordar de mí.
(_Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica y en ademán de
querer maltratarla. Rita y don Diego procuran estorbarlo._)
D.ª FRANCISCA.--¡Madre!... Perdón.
D.ª IRENE.--No, señor, que la he de matar.
D. DIEGO.--¿Qué locura es esta?
D.ª IRENE.--He de matarla.
ESCENA XIII.
DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA.
D. CARLOS.--Eso no... (_Sale don Carlos del cuarto precipitadamente;
coge de un brazo á doña Francisca, se la lleva hacia el fondo del
teatro, y se pone delante de ella para defenderla. Doña Irene se
asusta y se retira._) Delante de mí nadie ha de ofenderla.
D.ª FRANCISCA.--¡Carlos!