estaba ya ahora de... Y usted de cada vez más guapo... ¿Conque usted
irá á ver al tío, eh?
CALAMOCHA.--Tú habrás venido con algún encargo del amo.
SIMÓN.--¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya!
CALAMOCHA.--¿Alguna cobranza tal vez, eh?
D. CARLOS.--Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de hacienda en
Ajalvir... ¿No has venido á eso?
SIMÓN.--¡Y qué buena maula le ha salido el tal administrador!
Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la campiña...
¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?
D. CARLOS.--Pues... Figúrate tú.
SIMÓN.--¿Ó va usted allá?
D. CARLOS.--¿Adónde?
SIMÓN.--Á Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?
CALAMOCHA.--Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no
habíamos de haber andado más de cuatro leguas?
SIMÓN.--¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro
meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.
CALAMOCHA (_aparte separándose de Simón._)--¡Maldito seas tú, y tu
camino, y la bribona que te dió papilla!
D. CARLOS.--Pero aún no me has dicho si mi tío está en Madrid ó en
Alcalá, ni á qué has venido, ni...
SIMÓN.--Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á usted...
Conque... Pues el amo me dijo...
ESCENA XI.
DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.
D. DIEGO (_desde adentro._)--No, no es menester: si hay luz aquí.
Buenas noches, Rita.
(_Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo del teatro._)
D. CARLOS.--¡Mi tío!
D. DIEGO.--¡Simón!
(_Sale don Diego del cuarto de doña Irene encaminándose al suyo;
repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón le alumbra, y vuelve á
dejar la luz sobre la mesa._)
SIMÓN.--Aquí estoy, señor.
D. CARLOS.--¡Todo se ha perdido!
D. DIEGO.--Vamos... Pero... ¿quién es?
SIMÓN.--Un amigo de usted, señor.
D. CARLOS.--Yo estoy muerto.
D. DIEGO.--¿Cómo un amigo?... ¿Qué? Acerca esa luz.
D. CARLOS.--¡Tío!
(_En ademán de besarle la mano á don Diego, que le aparta de sí con
enojo._)
D. DIEGO.--Quítate de ahí.
D. CARLOS.--¡Señor!
D. DIEGO.--Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí?
D. CARLOS.--Si usted se altera y...
D. DIEGO.--¿Qué haces aquí?
D. CARLOS.--Mi desgracia me ha traído.
D. DIEGO.--¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero...
(_Acercándose á don Carlos._) ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido
alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?
CALAMOCHA.--Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y...
D. DIEGO.--Á ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de
Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo
has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida
á tu pobre tío.
D. CARLOS.--No, señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y
prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.
D. DIEGO.--Pues, ¿á qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún
disgusto con tus jefes? Sácame de esta inquietud, Carlos... Hijo mío,
sácame de este afán.
CALAMOCHA.--Si todo ello no es más que...
D. DIEGO.--Ya he dicho que calles... Ven acá. (_Asiendo de una mano á
don Carlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en
voz baja._) Dime qué ha sido.
D. CARLOS.--Una ligereza, una falta de sumisión á usted. Venir á
Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy,
considerando la pesadumbre que le he dado al verme.
D. DIEGO.--¿Y qué otra cosa hay?
D. CARLOS.--Nada más, señor.
D. DIEGO.--Pues ¿qué desgracia era aquella de que me hablaste?
D. CARLOS.--Ninguna. La de hallarle á usted en este paraje... y
haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid,
estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle
visto.
D. DIEGO.--¿No hay más?
D. CARLOS.--No, señor.
D. DIEGO.--Míralo bien.
D. CARLOS.--No, señor... Á eso venía. No hay nada más.
D. DIEGO.--Pero no me digas tú á mí... Si es imposible que estas
escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial
se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?...
Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, adios, disciplina
militar... Vamos... eso no puede ser.
D. CARLOS.--Considere usted, tío, que estamos en tiempo de paz; que
en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras
plazas, en que no se permite descanso á la guarnición... Y en fin,
puede usted creer que este viaje supone la aprobación y la licencia
de mis superiores; que yo también miro por mi estimación, y que
cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta.
D. DIEGO.--Un oficial siempre hace falta á sus soldados. El rey le
tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplo de
subordinación, de valor, de virtud.
D. CARLOS.--Bien está; pero ya he dicho los motivos...
D. DIEGO.--Todos estos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la
gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle
cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con
sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (_Alza la voz, y se
pasea inquieto._) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no
se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse
inmediatamente.
D. CARLOS.--Señor, si...
D. DIEGO.--No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de
dormir aquí.
CALAMOCHA.--Es que los caballos no están ahora para correr... ni
pueden moverse.
D. DIEGO.--Pues con ellos (_Á Calamocha._) y con las maletas al mesón
de afuera. Usted (_Á don Carlos._) no ha de dormir aquí... Vamos (_Á
Calamocha._) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto
que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (_Á
Simón._) ¿Qué dinero tienes ahí?
SIMÓN.--Tendré unas cuatro ó seis onzas.
(_Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da á don Diego._)
D. DIEGO.--Dámelas acá. Vamos, ¿qué haces?... (_Á Calamocha._) ¿No he
dicho que ha de ser al instante? Volando. Y tú (_Á Simón._) vé con
él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.
(_Los dos criados entran en el cuarto de don Carlos._)
ESCENA XII.
DON DIEGO, DON CARLOS.
D. DIEGO.--Tome usted... (_Le da el dinero._) Con eso hay bastante
para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo
que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un
desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso,
ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido
siempre; y en obrando tú según corresponde, seré tu amigo como lo he
sido hasta aquí.
D. CARLOS.--Ya lo sé.
D. DIEGO.--Pues bien: ahora obedece lo que te mando.
D. CARLOS.--Lo haré sin falta.
D. DIEGO.--Al mesón de afuera. (_Á los dos criados, que salen con los
trastos del cuarto de don Carlos y se van por la puerta del foro._)
Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan... Y
no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad...
cuidado. Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de
saber á la hora que sales. ¿Lo entiendes?
D. CARLOS.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Mira, que lo has de hacer.
D. CARLOS.--Sí, señor, haré lo que usted manda.
D. DIEGO.--Muy bien... Adios... Todo te lo perdono... Vete con
Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á Zaragoza: no te parezca
que estoy ignorante de lo que hiciste la vez pasada.
D. CARLOS.--¿Pues qué hice yo?
D. DIEGO.--Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué más
quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.
D. CARLOS.--Quede usted con Dios.
(_Hace que se va, y vuelve._)
D. DIEGO.--¿Sin besar la mano á su tío, eh?
D. CARLOS.--No me atreví.
(_Besa la mano á don Diego, y se abrazan._)
D. DIEGO.--Y dame un abrazo, por si no nos volvemos á ver.
D. CARLOS.--¿Qué dice usted? No lo permita Dios.
D. DIEGO.--¿Quién sabe, hijo mío? ¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta
algo?
D. CARLOS.--No, señor, ahora no.
D. DIEGO.--Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como
cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo escribiré al señor
Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo lo
gastas... ¿Juegas?
D. CARLOS.--No, señor, en mi vida.
D. DIEGO.--Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te acalores:
jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?
D. CARLOS.--No, señor. Porque usted me quiere mucho, me llena de
beneficios, y yo le pago mal.
D. DIEGO.--No se hable ya de lo pasado... Adios...
D. CARLOS.--¿Queda usted enojado conmigo?
D. DIEGO.--No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se
acabó... No me dés que sentir. (_Poniéndole ambas manos sobre los
hombros._) Portarse como hombre de bien.
D. CARLOS.--No lo dude usted.
D. DIEGO.--Como oficial de honor.
D. CARLOS.--Así lo prometo.
D. DIEGO.--Adios, Carlos. (_Abrazándose._)
D. CARLOS (_aparte, al irse por la puerta del foro_).--¡Y la dejo!...
¡Y la pierdo para siempre!
ESCENA XIII.
DON DIEGO.
D. DIEGO.--Demasiado bien se ha compuesto... Luégo lo sabrá,
enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo, que... Después de
hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como
una malva es.
(_Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á su cuarto. El teatro
queda solo y oscuro por un breve espacio._)
ESCENA XIV.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
(_Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una luz, y la pone
encima de la mesa._)
RITA.--Mucho silencio hay por aquí.
D.ª FRANCISCA.--Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.
RITA.--Precisamente.
D.ª FRANCISCA.--¡Un camino tan largo!
RITA.--¡Á lo que obliga el amor, señorita!
D.ª FRANCISCA.--Sí, bien puedes decirlo: amor... Y yo ¿qué no hiciera
por él?
RITA.--Y deje usted, que no ha de ser este el último milagro. Cuando
lleguemos á Madrid, entonces será ella. El pobre don Diego ¡qué
chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan
bueno, que cierto da lástima...
D.ª FRANCISCA.--Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre
despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretensión, ni yo
tendría que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita.
Don Félix ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su
mano, me considero la más dichosa de las mujeres.
RITA.--¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya
se ve, si con estos amores tengo yo también la cabeza... Voy por él.
(_Encaminándose al cuarto de doña Irene._)
D.ª FRANCISCA.--¿Á qué vas?
RITA.--El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.
D.ª FRANCISCA.--Sí, tráele, no empiece á rezar como anoche... Allí
quedó junto á la ventana... Y vé con cuidado, no despierte mamá.
RITA.--Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá
abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número 7,
cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito portón,
que rechina que...
D.ª FRANCISCA.--Te puedes llevar la luz.
RITA.--No es menester, que ya sé dónde está.
(_Vase al cuarto de doña Irene._)
ESCENA XV.
SIMÓN (_sale por la puerta del foro_), DOÑA FRANCISCA.
D.ª FRANCISCA.--Yo pensé que estaban ustedes acostados.
SIMÓN.--El amo ya habrá hecho esa diligencia, pero yo todavía no sé
en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que tengo.
D.ª FRANCISCA.--¿Qué gente nueva ha llegado ahora?
SIMÓN.--Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido.
D.ª FRANCISCA.--¿Los arrieros?
SIMÓN.--No, señora. Un oficial y un criado suyo, que parece que se
van á Zaragoza.
D.ª FRANCISCA.--¿Quiénes dice usted que son?
SIMÓN.--Un teniente coronel y su asistente.
D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí?
SIMÓN.--Sí, señora, ahí en ese cuarto.
D.ª FRANCISCA.--No los he visto.
SIMÓN.--Parece que llegaron esta tarde y... Á la cuenta habrán
despachado ya la comisión que traían... Conque se han ido... Buenas
noches, señorita.
(_Vase al cuarto de don Diego._)
ESCENA XVI.
RITA, DOÑA FRANCISCA.
D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo
sostenerme... ¡Desdichada! (_Siéntase en una silla inmediata á la
mesa._)
RITA.--Señorita, yo vengo muerta.
(_Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa; abre la puerta
del cuarto de don Carlos, y vuelve._)
D.ª FRANCISCA.--¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también?
RITA.--Deje usted, que todavía no creo lo que he visto... Aquí no hay
nadie... ni maletas, ni ropa, ni... Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo
misma los he visto salir.
D.ª FRANCISCA.--¿Y eran ellos?
RITA.--Sí, señora. Los dos.
D.ª FRANCISCA.--Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?
RITA.--Si no los he perdido de vista hasta que salieron por puerta de
Mártires... Como está un paso de aquí.
D.ª FRANCISCA.--¿Y es ese el camino de Aragón?
RITA.--Ese es.
D.ª FRANCISCA.--¡Indigno!... ¡Hombre indigno!
RITA.--¡Señorita!
D.ª FRANCISCA.--¿En qué te ha ofendido esta infeliz?
RITA.--Yo estoy temblando toda... Pero... Si es incomprensible... Si
no alcanzo á descubrir qué motivos ha podido haber para esta novedad.
D.ª FRANCISCA.--¿Pues no le quise más que á mi vida?... ¿No me ha
visto loca de amor?
RITA.--No sé qué decir al considerar una acción tan infame.
D.ª FRANCISCA.--¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca,
ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para
abandonarme así!
(_Levántase, y Rita la sostiene._)
RITA.--Pensar que su venida fué con otro designio no me parece
natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo
debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que
habrá tenido miedo de su competidor.
D.ª FRANCISCA.--Te cansas en vano... Dí que es un pérfido, dí que es
un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.
RITA.--Vamos de aquí, que puede venir alguien, y...
D.ª FRANCISCA.--Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y en qué situación
me deja!... Pero ¿ves qué malvado?
RITA.--Sí, señora, ya lo conozco.
D.ª FRANCISCA.--¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo...
¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño
este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?
(_Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto de doña Francisca._)
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
DON DIEGO, SIMÓN.
(_Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero con vela apagada, y
la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el banco. Sale don Diego
de su cuarto acabándose de poner la bata._)
D. DIEGO.--Aquí, á lo menos, ya que no duerma no me derretiré...
Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo ronca éste!... Guardémosle
el sueño hasta que venga el día, que ya poco puede tardar... (_Simón
despierta, y al oir á don Diego se incorpora, y se levanta._) ¿Qué es
eso? Mira no te caigas, hombre.
SIMÓN.--Qué ¿estaba usted ahí, señor?
D. DIEGO.--Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede parar.
SIMÓN.--Pues yo, á Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he
dormido como un emperador.
D. DIEGO.--¡Mala comparación!... Dí que has dormido como un pobre
hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni
remordimientos.
SIMÓN.--En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?
D. DIEGO.--Poco há que sonó el reloj de San Justo, y si no conté mal,
dió las tres.
SIMÓN.--¡Oh! pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante
echando chispas.
D. DIEGO.--Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió, y
espero que lo hará.
SIMÓN.--¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé! ¡qué triste!
D. DIEGO.--Ha sido preciso.
SIMÓN.--Ya lo conozco.
D. DIEGO.--¿No ves qué venida tan intempestiva?
SIMÓN.--Es verdad... Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber
un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte
él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza...
Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?
D. DIEGO.--¡No, qué! No, señor. Una cosa es que le haya hecho
volver... Ya ves en qué circunstancias nos cogía... Te aseguro que
cuando se fué me quedó un ansia en el corazón. (_Suenan á lo lejos
tres palmadas, y poco después se oye que puntean un instrumento._)
¿Qué ha sonado?
SIMÓN.--No sé... Gente que pasa por la calle. Serán labradores.
D. DIEGO.--Calla.
SIMÓN.--Vaya, música tenemos, según parece.
D. DIEGO.--Sí, como lo hagan bien.
SIMÓN.--¿Y quién será el amante infeliz que se viene á puntear á
estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores
con la moza de la posada, que parece un pico.
D. DIEGO.--Puede ser.
SIMÓN.--Ya empiezan, oigamos... (_Tocan una sonata desde adentro._)
Pues dígole á usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo.
D. DIEGO.--No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy bien que
afeite.
SIMÓN.--¿Quiere usted que nos asomemos un poco, á ver?...
D. DIEGO.--No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la importancia
que darán ellos á la tal música!... No gusto yo de incomodar á nadie.
(_Sale de su cuarto doña Francisca, y Rita con ella. Las dos se
encaminan á la ventana. Don Diego y Simón se retiran á un lado, y
observan._)
SIMÓN.--¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí á un ladito.
D. DIEGO.--¿Qué quieres?
SIMÓN.--Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele á faldas que
trasciende.
D. DIEGO.--¿Sí?... Retirémonos.
ESCENA II.
DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.
RITA.--Con tiento, señorita.
D.ª FRANCISCA.--Siguiendo la pared ¿no voy bien?
(_Vuelven á probar el instrumento._)
RITA.--Sí, señora... Pero vuelven á tocar... Silencio.
D.ª FRANCISCA.--No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.
RITA.--¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.
D.ª FRANCISCA.--Calla... (_Repiten desde adentro la sonata
anterior._) Sí, él es... ¡Dios mío!... (_Acércase Rita á la
ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música._) Vé,
responde... Albricias, corazón. Él es.
SIMÓN.--¿Ha oído usted?
D. DIEGO.--Sí.
SIMÓN.--¿Qué querrá decir esto?
D. DIEGO.--Calla.
D.ª FRANCISCA (_Se asoma á la ventana. Rita se queda detrás de ella.
Los puntos suspensivos indican las interrupciones más ó menos largas
que deben hacerse._)--Yo soy. Y ¿qué había de pensar viendo lo que
usted acababa de hacer?... ¿Qué fuga es esta?... Rita, (_Apartándose
de la ventana, y vuelve después._) amiga, por Dios, ten cuidado, y si
oyeres algún rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste
de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender...
¡Ay, don Félix! nunca le he visto á usted tan tímido... (_Tiran desde
adentro una carta que cae por la ventana al teatro. Doña Francisca
hace ademán de buscarla, y no hallándola vuelve á asomarse._) No,
no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo
hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme
muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita de
usted se lo manda... Y ¿cómo le parece á usted que estará el mío?...
No me cabe en el pecho... diga usted.
(_Simón se adelanta un poco, tropieza en la jaula y la deja caer._)
RITA.--Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.
D.ª FRANCISCA.--¡Infeliz de mí!... Guíame.
RITA.--Vamos... (_Al retirarse tropieza Rita con Simón. Las dos se
van apresuradamente al cuarto de doña Francisca._) ¡Ay!
D.ª FRANCISCA.--¡Muerta voy!
ESCENA III.
DON DIEGO, SIMÓN.
DON DIEGO.--¿Qué grito fué ese?
SIMÓN.--Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó conmigo.
D. DIEGO.--Acércate á esa ventana, y mira si hallas en el suelo un
papel... ¡Buenos estamos!
SIMÓN (_tentando por el suelo cerca de la ventana._)--No encuentro
nada, señor.
D. DIEGO.--Búscale bien, que por ahí ha de estar.
SIMÓN.--¿Le tiraron desde la calle?
D. DIEGO.--Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y diez y seis años, y
criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.
SIMÓN.--Aquí está. (_Halla la carta, y se la da á don Diego._)
D. DIEGO.--Vete abajo, y enciende una luz... En la caballeriza ó
en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y vuelve con ella al
instante.
(_Vase Simón por la puerta del foro._)
ESCENA IV.
DON DIEGO.
D. DIEGO.--¿Y á quién debo culpar? (_Apoyándose en el respaldo de una
silla._) ¿Es ella la delincuente, ó su madre, ó sus tías, ó yo?...
¿Sobre quién, sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo
procuro, no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable á
mis ojos!... ¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades
me prometía!... ¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo celos!...
Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento; esta indignación,
estos deseos de venganza ¿de qué provienen? ¿Cómo he de llamarlos?
Otra vez parece que... (_Advirtiendo que suena ruido en la puerta del
cuarto de doña Francisca, se retira á un extremo del teatro._) Sí.
ESCENA V.
RITA, DON DIEGO, SIMÓN.
RITA.--Ya se han ido... (_Rita observa, escucha, asómase después á la
ventana, y busca la carta por el suelo._) ¡Válgame Dios!... El papel
estará muy bien escrito, pero el señor don Félix es un grandísimo
picarón... ¡Pobrecita de mi alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni
perros parecen por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido!...
¿Y este maldito papel?... Pues buena la hiciéramos si no pareciese...
¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y todo mentira.
SIMÓN.--Ya tenemos luz...
(_Sale con luz. Rita se sorprende._)
RITA.--¡Perdida soy!
D. DIEGO (_acercándose_.)--¡Rita! ¿Pues tú aquí?
RITA.--Sí, señor, porque...
D. DIEGO.--¿Qué buscas á estas horas?
RITA.--Buscaba... Yo le diré á usted... Porque oímos un ruido tan
grande...
SIMÓN.--¿Sí, eh?
RITA.--Cierto... Un ruido y... mire usted (_alza la jaula que está
en el suelo_), era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene
duda... ¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo está, vaya...
Algún gato habrá sido. Preciso.
SIMÓN.--Sí, algún gato.
RITA.--¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce que está todavía!
SIMÓN.--Y con mucha razón... ¿No te parece, si le hubiera pillado el
gato?...
RITA.--Se le hubiera comido.
(_Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared._)
SIMÓN.--Y sin pebre... ni plumas hubiera dejado.
D. DIEGO.--Tráeme esa luz.
RITA.--¡Ah! Deje usted, encenderemos esta (_Enciende la vela que está
sobre la mesa._) que ya lo que no se ha dormido...
D. DIEGO.--¿Y doña Paquita duerme?
RITA.--Sí, señor.
SIMÓN.--Pues mucho es que con el ruido del tordo...
D. DIEGO.--Vamos.
(_Don Diego se entra en su cuarto. Simón va con él llevándose una de
las luces._)
ESCENA VI.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
D.ª FRANCISCA.--¿Ha parecido el papel?
RITA.--No, señora.
D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí los dos cuando tú saliste?
RITA.--Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me
hallé de repente, como por máquina, entre él y su amo, sin poder
escapar, ni saber qué disculpa darles.
(_Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca de ventana._)
D.ª FRANCISCA.--Ellos eran sin duda... Aquí estarían cuando yo hablé
desde la ventana... ¿Y ese papel?
RITA.--Yo no lo encuentro, señorita.
D.ª FRANCISCA.--Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que
faltaba á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.
RITA.--Á lo menos por aquí...
D.ª FRANCISCA.--¡Yo estoy loca! (_Siéntase._)
RITA.--Sin haberse explicado este hombre, ni decir siquiera...
D.ª FRANCISCA.--Cuando iba á hacerlo me avisaste, y fué preciso
retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me habló, qué agitación
mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos
que le precisaban á volverse; que la había escrito para dejársela á
persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme
sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió
lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diría: pues
yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora defensor de
una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo...
Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mío,
perdón... perdón de haberle querido tanto!
RITA.--¡Ay, señorita! (_Mirando hacia el cuarto de don Diego._) que
parece que salen ya.
D.ª FRANCISCA.--No importa, déjame.
RITA.--Pero si don Diego la ve á usted de esa manera...
D.ª FRANCISCA.--Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y
piensas tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada
importa.
ESCENA VII.
DON DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA.
SIMÓN.--Voy enterado, no es menester más.
D. DIEGO.--Mira, y haz que ensillen inmediatamente al moro, mientras
tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas á caballo, y en una buena
carrera que dés, los alcanzas... ¿Las dos aquí, eh?... Conque vete,
no se pierda tiempo.