extravíos que nacen de la índole y particular disposición de los
hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la
educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias,
feroces, inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y
de las falsas máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares
ó religiosas ó políticas, del espíritu de corporación, de clase ó
paisanaje, de la costumbre, de la pereza, del orgullo, del ejemplo,
del interés personal; de un conjunto de circunstancias, de afectos y
de opiniones que producen efectivamente vicios y desórdenes capaces
de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y causar
perjudiciales consecuencias al interés privado y al público.
_Recomendadas por consiguiente la verdad y virtud_ en la fábula
cómica, mediante la censura de los vicios del entendimiento y del
corazón, desempeñará el poeta el objeto de utilidad general que debió
proponerse. Enseña la verdad, cuando apoyada su doctrina en los
conocimientos de la física, en el exacto raciocinio de la filosofía,
que preside á las ciencias, en los sucesos que eterniza la historia,
en la crítica y buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica
los errores adquiridos en la enseñanza de malos estudios, ó en el
ejemplo de personas preocupadas ó estúpidas; y el pueblo, á quien
habitualmente rodea espesa nube de ignorancia, halla en el teatro la
única escuela abierta para él, donde se le desengaña sin castigarle,
y se le ilustra cuando se le divierte.
En la comedia se recomienda la virtud haciéndola amable, como
efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas
ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos
laudable, los determinan á proceder en las varias combinaciones de
la vida según los principios de la justicia, de la prudencia, de la
humanidad y del honor lo piden. Cuantos vicios risibles infestan
la sociedad, otros tantos descubre la comedia para inducirnos
á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda las
obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para
evitar los peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por
una conducta irreprensible la estimación y el amor de los buenos,
para hallar en el testimonio de nuestra conciencia el más poderoso
consuelo, la más segura protección contra los accidentes de la
fortuna ó la injusticia de los hombres.
Tales fueron los principios generales que Moratín creyó convenir al
teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba sobre sí
el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á
conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta
él solo para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no
los aprende el poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de
instrucción, la naturaleza se los da. Expliquen los que hayan llegado
á saberlo, cuál sea la causa de que en unos individuos sí, y en otros
no, se hallen facultades tan diferentes, que hacen imposible á éstos
lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la persuasión de que
efectivamente reside en determinados sujetos una peculiar aptitud
mental, que les hace percibir lo que para otros muchos, dotados á lo
que parece de la misma disposición orgánica, permanece ignorado y
oculto. Este sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de
dársele) es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores
en las artes de imitación. Á él se deben la _Venus_ de Médicis y el
_Apolo_ de Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire;
por él Molière halló el verdadero carácter de la comedia; por él
Rossini en sus inesperadas combinaciones armónicas añade á la música
nuevos encantos. Si esta facultad creadora existió en Moratín para
dar á sus composiciones dramáticas aquella facilidad difícil, aquella
fuerza de expresión, aquel espíritu de vida, aquella constante
apariencia de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la
posteridad justa sabrá decidirlo.
En el éxito que tuvieron sus obras cómicas, representadas y leídas,
vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió en ellas el
ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura el
acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como
todas las demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin
cuyo conocimiento los mejores ingenios se precipitan y se malogran.
Quiso imitar el atrevimiento laudable de Corneille y de Molière, que
haciéndose superiores á las ideas comunes de su siglo, crearon la
tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los errores vulgares;
no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su nación
modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo
camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos,
merece á lo menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en
España buenos estudios; cuando el teatro merezca la atención del
gobierno; cuando se propague el amor á las letras en razón del premio
y el honor que logren; cuando cese de ser delito el saber, entonces
(y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante reforma que
él empezó.
Quiso también desmentir de una manera victoriosa las equivocaciones
en que han incurrido no pocos extranjeros que han escrito acerca de
nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter nacional las causas
de su corrupción, acumulando errores sobre este supuesto, copiándose
unos á otros, y obstinándose en decidir magistralmente sobre el
mérito científico de una nación, sin conocer la historia de su
literatura, sus costumbres ni su lengua, sin querer preguntar jamás
lo que ignoran á los únicos que les pudieran instruir.
Cuando hablan del teatro español exageran su irregularidad, el
espíritu caballeresco que le domina, los caracteres fantásticos,
el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen
sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental,
ditirámbico, erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante,
hinchado, tenebroso, _ampullas et sexquipedalia verba_. Tal es la
pintura que hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su
mucha ignorancia, han atribuído y atribuyen á los españoles que hoy
viven el mismo depravado gusto que reinaba dos siglos há. Nos echan
en cara nuestra decidida inclinación á los autos sacramentales, y
el placer con que vemos imitados en acción dramática los misterios
de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se
representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos
citan una comedia de _San Amaro_, cuya acción dura doscientos años, y
un auto que acaba con el _Ite missa est_: y no añaden que no hay un
solo español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la
representación de tal comedia ni de tal auto.
¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus antiguas
moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico
de Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de
M. Jourdain en Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá
de Trufaldin, la materia copiosa y laudable de Lucinda, las
disposiciones de Argante y las jeringas de Pourceaugnac? ¿Qué dirían,
si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati, de Metastasio,
de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de los
voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de
su nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de
_Arlequín tragado por la ballena_, _Arlequín que nace de un huevo_,
_El príncipe Taer convertido en piedra_, ó _La Dama serpiente_,
piezas no ignoradas, como la de _San Amaro_, no sepultadas en el
polvo de las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas
frecuentemente en las principales ciudades de Italia, en donde los
que hoy viven han podido verlas no pocas veces?
Pero no sólo dan por supuesto que la escena española permanece en un
extravagante desarreglo, sino que se adelantan á negarnos hasta la
posibilidad de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto las
acciones de personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme
con el carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad
que la comedia nunca tuvo cabida en España.--Ningún español ha podido
sujetar su talento á la unidad de lugar. No quieren los españoles
salir del teatro conmovidos de ningún afecto de desprecio, de odio
ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una representación
su natural indiferencia.--Como la galantería de los españoles ha
sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto
sabor de África, de que no han participado las demás naciones.»
Esto dice el abate Cuadrio en su _Historia poética_. «La mezcla de
bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular
agrada extremadamente á los españoles.» Esta observación es del P.
Caymo, autor de la obra intitulada _El vago italiano_. «La verdadera
comedia no ha sido conocida nunca de los españoles, que no saben
reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas vulgares sino
acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate
Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos
de Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará
este aprecio mientras sus fábulas tengan una relación general con
las costumbres.--Si en España no se aplican á pintar los caracteres
y ridiculeces de la sociedad, que tanto nos agradan en Molière,
consiste en que de algunos siglos á esta parte la sociedad no ha
dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La Harpe
en el año de 1797.
¿Para qué citar más? El público español, aplaudiendo las comedias de
Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En España se llama
comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto
dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es
el de ver copiados en el teatro los originales que se encuentran á
cada paso en el trato común. El desarreglo no es nacional, no lo
ha sido nunca en ninguna parte, á no suponer que exista una nación
de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación de la
verdad. El desarreglo es meramente accidental y transeúnte en todas
partes, con más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las
comedias antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar
con tanto desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi
desconocido. Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no
parecerse ya los españoles que hoy viven á los que existieron dos
siglos há, las comedias escritas en aquel tiempo han decaído de la
estimación que tuvieron, y desaparecerán del todo á proporción del
número de piezas modernas que vaya adquiriendo el teatro. El público
español, que tiene por muy nacionales las comedias de Moratín, ha
visto en ellas la pintura fiel de nuestros usos y costumbres, de
nuestros actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha sabido
sujetar su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas
á las temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto
que no hay en sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco
y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular. Ha visto
que en su representación se apasionan los espectadores, lloran ó
ríen, según el autor quiso que lo hiciesen, y que no les es posible
conservar aquella inmovilidad de estatuas con que el bueno del abate
Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las citadas piezas
la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los primores
que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya
percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano,
oriental ni francés.
Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruídos en sus primeros
estudios, sin conocimiento de la antigua literatura, ignorantes de
su propio idioma, negándose al estudio de nuestros versificadores
y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron hallar en
las obras extranjeras toda la instrucción que necesitaban para
satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse poetas, y
alteraron la sintáxis y propiedad de su lengua, creyéndola pobre,
porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron á la
frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas é
inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las
dieron la que tienen en otros idiomas; inventaron á su placer, sin
necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada significan,
formando un lenguaje oscuro y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de
galicismos y de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores,
y el daño se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany:
«Estos bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza
con la de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque
no la hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben
buscar? ¿Y dónde la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y
cómo los han de leer, si los desprecian? Y no teniendo hecho caudal
de su inagotable tesoro, ¿cómo han de tener á mano las voces de que
necesitan?»
Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte de componer;
falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras,
apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó
absurdas, desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos,
y constante error de creer sencillo lo que es trivial, gracioso
lo que es pueril, sublime lo gigantesco, enérgico lo tenebroso y
enigmático. Á esto añadieron una afectación intolerable de ternura,
de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio
pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de
sensibilidad que de doctrina.
Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten extravíos de
igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á
la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la
solicitan: nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta
lírico; pero compuso algunas obras en este género para desahogo
de su imaginación y sus afectos, ó para corresponder agradecido á
los que estimaban en algo las producciones de su pluma. Siguió en
este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y moderna
literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los
errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por
la ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que
contribuyó eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia
á que se hallaba del acierto, ni fué tan grande su amor propio que le
hiciese olvidar cuán difícil es adquirir en el Parnaso dos coronas.
LA COMEDIA NUEVA
COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792
PERSONAS
DON ELEUTERIO.
DOÑA AGUSTINA.
DOÑA MARIQUITA.
DON HERMÓGENES.
DON PEDRO.
DON ANTONIO.
DON SERAPIO.
PIPÍ.
_La escena es en un café de Madrid, inmediato á un teatro._
El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador
de café; en el foro una puerta con escalera á la habitación
principal, y otra puerta á un lado que da paso á la calle.
_La acción empieza á las cuatro de la tarde y acaba á las seis._
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON ANTONIO, PIPÍ.
(_Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí paseándose._)
D. ANTONIO.--Parece que se hunde el techo. Pipí.
PIPÍ.--Señor.
D. ANTONIO.--¿Qué gente hay arriba, que anda tal estrépito? ¿Son
locos?
PIPÍ.--No, señor; poetas.
D. ANTONIO.--¿Cómo poetas?
PIPÍ.--Sí señor: ¡así lo fuera yo! ¡No es cosa! Y han tenido una gran
comida. Burdeos, pajarete, marrasquino; ¡uh!
D. ANTONIO.--¿Y con qué motivo se hace esa francachela?
PIPÍ.--Yo no sé; pero supongo que será en celebridad de la comedia
nueva que se representa esta tarde, escrita por uno de ellos.
D. ANTONIO.--¿Conque han hecho una comedia? ¡Haya picarillos!
PIPÍ.--Pues qué, ¿no lo sabía usted?
D. ANTONIO.--No por cierto.
PIPÍ.--Pues ahí está el anuncio en el _Diario_.
D. ANTONIO.--En efecto, aquí está (_Leyendo en el Diario que está
sobre la mesa_): COMEDIA NUEVA INTITULADA EL GRAN CERCO DE VIENA.
¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el
diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta
ridículo!
PIPÍ.--Pues mire usted, la verdad, yo me alegrara de saber hacer,
así, alguna cosa...
D. ANTONIO.--¿Cómo?
PIPÍ.--Así, de versos... ¡Me gustan tanto los versos!
D. ANTONIO.--¡Oh! los buenos versos son muy estimables; pero hoy día
son tan pocos los que saben hacerlos, tan pocos, tan pocos...
PIPÍ.--No, pues los de arriba bien se conoce que son del arte.
¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por aquella boca! Hasta las
mujeres.
D. ANTONIO.--¡Oiga! ¿también las señoras decían coplillas?
PIPÍ.--¡Vaya! Allí hay una doña Agustina, que es mujer del autor
de la comedia... ¡Qué! Si usted viera... Unas décimas componía de
repente... No es así la otra, que en toda la mesa no ha hecho más
que retozar con aquel don Hermógenes, y tirarle miguitas de pan al
peluquín.
D. ANTONIO.--¿Don Hermógenes está arriba? ¡Gran pedantón!
PIPÍ.--Pues con ese se estaba jugando; y cuando la decían:
«Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía la vergonzosa; y
por más que la estuvieron azuzando á ver si rompía, nada. Empezó
una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el
consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire
usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena...
D. ANTONIO.--Seguramente. ¿Y quién es ese que cantaba poco há, y daba
aquellos gritos tan descompasados?
PIPÍ.--¡Oh! ese es don Serapio.
D. ANTONIO.--Pero ¿qué es? ¿qué ocupación tiene?
PIPÍ.--Él es... mire usted; á él le llaman don Serapio.
D. ANTONIO.--¡Ah! sí. Ese es aquel bulle bulle que hace gestos á las
cómicas, y las tira dulces á la silla cuando pasan, y va todos los
días á saber quién dió cuchillada; y desde que se levanta hasta que
se acuesta no cesa de hablar de la temporada de verano, la chupa del
sobresaliente, y las partes de por medio.
PIPÍ.--Ese mismo. ¡Oh! ese es de los apasionados finos. Aquí se
viene todas las mañanas á desayunar; y arma unas disputas con los
peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo se va allá abajo, al barrio
de Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan de comedias, altercan,
ríen, fuman en los portales; don Serapio los introduce aquí y acullá
hasta que da la una; se despiden, y él se va á comer con el apuntador.
D. ANTONIO.--¿Y ese don Serapio es amigo del autor de la comedia?
PIPÍ.--¡Toma! Son uña y carne. Y él ha compuesto el casamiento de
doña Mariquita, la hermana del poeta, con don Hermógenes.
D. ANTONIO.--¿Qué me dices? ¿Don Hermógenes se casa?
PIPÍ.--¡Vaya si se casa! Como que parece que la boda no se ha hecho
ya porque el novio no tiene un cuarto ni el poeta tampoco; pero le
ha dicho que con el dinero que le dén por esta comedia, y lo que
ganará en la impresión, les pondrá la casa y pagará las deudas de don
Hermógenes, que parece son bastantes.
D. ANTONIO.--Sí serán. ¡Cáspita si serán! Pero, y si la comedia
apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué harán
entonces?
PIPÍ.--Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué! No, señor. Si dice don
Serapio que comedia mejor no se ha visto en tablas.
D. ANTONIO.--¡Ah! Pues si don Serapio lo dice, no hay que temer.
Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú si don Serapio y el
apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el zapato, y cuál comedia
es buena, y cuál deja de serlo.
PIPÍ.--Eso digo yo; pero á veces... Mire usted, no hay paciencia.
Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca. Vinieron ahí tres ó
cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de comedias; ¡vaya! yo no
me puedo acordar de lo que decían. Para ellos no había nada bueno:
ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música, ni teatro. ¿Qué sé
yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con el arte, el arte, la
moral, y... Deje usted: las... ¿Si me acordaré? Las... ¡Válgate Dios!
¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las reglas?
D. ANTONIO.--Hombre, difícil es explicártelo. Reglas son unas cosas
que usan allá los extranjeros, particularmente los franceses.
PIPÍ.--Pues, ya decía yo; esto no es cosa de mi tierra.
D. ANTONIO.--Sí tal: aquí también se gastan, y algunos han escrito
comedias con reglas; bien que no llegarán á media docena (por mucho
que se estire la cuenta), las que se han compuesto.
PIPÍ.--Pues ya se ve: mire usted, ¡reglas! No faltaba más. ¿Á que no
tiene reglas la comedia de hoy?
D. ANTONIO.--¡Oh! eso yo te lo fío: bien puedes apostar ciento
contra uno á que no las tiene.
PIPÍ.--Y las demás que van saliendo cada día tampoco las tendrán: ¿no
es verdad usted?
D. ANTONIO.--Tampoco. ¿Para qué? No faltaba otra cosa, sino que para
hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor.
PIPÍ.--Bien; me alegro. Dios quiera que pegue la de hoy, y luégo verá
usted cuántas escribe el bueno de don Eleuterio. Porque, lo que él
dice: si yo me pudiera ajustar con los cómicos á jornal, entonces...
¡ya se ve! mire usted si con un buen situado podía él...
D. ANTONIO.--Cierto. (_Ap._ ¡Qué simplicidad!)
PIPÍ.--Entonces escribiría. ¡Qué! todos los meses sacaría dos ó tres
comedias. Como es tan hábil...
D. ANTONIO.--¿Conque es muy hábil, eh?
PIPÍ.--¡Toma! Poquito le quiere el segundo barba; y si en él
consistiera, ya se hubieran echado las cuatro ó cinco comedias que
tiene escritas; pero no han querido los otros; y ya se ve, como
ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha gustado, ó así, andar ¡qué
diantres! Y luégo, como ellos saben lo que es bueno; y en fin, mire
usted si ellos... ¿No es verdad?
D. ANTONIO.--Pues ya.
PIPÍ.--Pero deje usted, que aunque es la primera que le representan,
me parece á mí que ha de dar golpe.
D. ANTONIO.--¿Conque es la primera?
PIPÍ.--La primera. ¡Si es mozo todavía! Yo me acuerdo... Habrá cuatro
ó cinco años que estaba de escribiente ahí, en esa lotería de la
esquina, y le iba muy ricamente; pero como después se hizo paje, y el
amo se le murió á lo mejor, y él se había casado de secreto con la
doncella, y tenían ya dos criaturas, y después le han nacido otras
dos ó tres; viéndose él así, sin oficio ni beneficio, ni pariente ni
habiente, ha cogido y se ha hecho poeta.
D. ANTONIO.--Y ha hecho muy bien.
PIPÍ.--¡Pues ya se ve! lo que él dice: si me sopla la musa, puedo
ganar un pedazo de pan para mantener aquellos angelitos, y así ir
trampeando hasta que Dios quiera abrir camino.
ESCENA II.
DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. PEDRO.--Café.
(_Don Pedro se sienta junto á una mesa distante de don Antonio: Pipí
le servirá el café._)
PIPÍ.--Al instante.
D. ANTONIO.--No me ha visto.
PIPÍ.--¿Con leche?
D. PEDRO.--No... Basta.
PIPÍ.--¿Quién es este?
(_Al retirarse después de haber servido el café á don Pedro._)
D. ANTONIO.--Este es don Pedro de Aguilar, hombre muy rico, generoso,
honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo, tan
serio, y tan duro, que le hace intratable á cuántos no son sus amigos.
PIPÍ.--Le veo venir aquí algunas veces, pero nunca habla, siempre
está de mal humor.
ESCENA III.
DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. SERAPIO.--¡Pero, hombre, dejarnos así!
(_Bajando la escalera, salen por la puerta del foro._)
D. ELEUTERIO.--Si se lo he dicho á usted ya. La tonadilla que han
puesto á mi función no vale nada, la van á silbar, y quiero concluir
esta mía para que la canten mañana.
D. SERAPIO.--¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están
hechas ni letra ni música?
D. ELEUTERIO.--Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura.
¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos de introducción, diciendo que
callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del
mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está
opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro equivoquillos,
etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la tempestad, el
canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál
ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un par de
gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.
D. SERAPIO.--¡El diantre es usted, hombre! todo se lo halla hecho.
D. ELEUTERIO.--Voy, voy á ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase
usted.