Don José Clavijo y Fajardo, en su obra periódica intitulada _El

Pensador_, censuró el desarreglo de las comedias que entonces

se representaban; y esto dió motivo á que el mencionado Moratín

publicase en el año de 1762 algunos discursos críticos en que

probó, que los autos de Calderón (tan aplaudidos del vulgo de todas

clases) no debían tolerarse en una nación ilustrada y católica. No

pudo desentenderse el gobierno de la eficacia de sus razones, y

desde entonces quedó limpia la escena española de composiciones tan

absurdas[5].

[5] Los autos sacramentales se prohibieron por real cédula de 11

de junio de 1765.

Pocos años después obtuvo permiso el marqués de Grimaldi, ministro

de Estado, para abrir teatros en los Sitios, y allí se representaron

tragedias y comedias traducidas, en que se vió, juntamente con el

mérito de las composiciones, la propiedad de la escena y de los

trajes, y una declamación, si no excelente, libre á lo menos de los

vicios extravagantes que eran peculiares en los actores de Madrid y

de las provincias.

El gran conde de Aranda, presidente de Castilla, empleó al mismo

tiempo la acreditada habilidad de los hermanos Velázquez en pintar

decoraciones para los teatros del Príncipe y de la Cruz; aumentó

y mejoró la orquesta, estableció una policía interior y exterior

que mantuviese el orden y decencia en el concurso, y reprimió la

turbulenta parcialidad de los apasionados de ambas compañías, entre

los cuales un herrero de la calle de Alcalá, llamado _Tusa_, era el

alborotador más obstinado y loco. Favoreció también con su trato

y amistad á los escritores más distinguidos de aquella época, y

les exhortaba á componer piezas dramáticas, cuya representación

eficazmente promovía, á pesar de la repugnancia de los cómicos, poco

dispuestos á recibir lo que no fuese irregular y absurdo.

Entonces se repitieron en Madrid las traducciones que se habían

hecho para los Sitios, y además se escribieron algunas tragedias

originales. Tales fueron _Hormesinda_, de Moratín, más laudable por

algunas situaciones interesantes, por las buenas imitaciones de

Virgilio, por su lenguaje y versificación, que por el artificio de su

fábula; _Guzmán el Bueno_, del mismo autor, en que hay un carácter

bien sostenido, afectos heróicos, pintura de costumbres, violencia

repugnante en la unidad de lugar, y no suficiente corrección de

estilo; _Don Sancho García_, de don José Cadahalso, arreglada y

débil, con rimas pareadas á imitación de los franceses, cuya cadencia

simétrica es en extremo desagradable á nuestros oídos; _Raquel_,

de don Vicente García de la Huerta, que siguiendo el mismo plan de

_La Judía de Toledo_, de don Juan Bautista Diamante, no acertó á

regularizarle, sin añadirle graves defectos; hay en ella un carácter

sobresaliente; los demás, ó por falta de conveniencia dramática ó

por inconscientes, han merecido la desaprobación de los críticos;

en los pensamientos se descubren á veces resabios de mal gusto; el

lenguaje es bueno, la versificación sonora. _Numancia destruída_ es

de don Ignacio López de Ayala, donde la mala elección del argumento,

los amores episódicos que la entorpecen y debilitan, la unidad del

lugar que produce inverosimilitud continua, se compensan con un

estilo animado y robusto, con la pintura enérgica de Roma usurpadora,

y el feroz heroísmo patriótico de Numancia con el efecto teatral que

produce siempre su representación. _Munuza_, de don Gaspar Melchor de

Jovellanos; _Jahel_, de don Juan López Sedano; _Progne y Filomena_,

de don Tomás Sebastián y Latre, y otras de inferior mérito que se

compusieron entonces, fueron ensayos plausibles de lo que hubiera

podido adelantarse en este género, si sus autores hubieran merecido

al gobierno más decidida protección.

En la comedia nada se hizo, por más que el público, y los que

habitualmente componían para el teatro, vieron indicado en las piezas

traducidas que se representaban cuál era el camino que debía seguirse

para obtener el acierto en este difícil género de la dramática.

Don Ramón de la Cruz fué el único de quien puede decirse que se

acercó en aquel tiempo á conocer la índole de la buena comedia;

porque dedicándose particularmente á la composición de piezas en

un acto, llamadas _sainetes_, supo sustituir en ellas, al desaliño

y rudeza villanesca de nuestros antiguos entremeses, la imitación

exacta y graciosa de las modernas costumbres del pueblo. Perdió de

vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado á sus pequeñas

fábulas; prestó al vicio (y aun á los delitos) un colorido tan

halagüeño, que hizo aparecer como donaires y travesuras aquellas

acciones que desaprueban el pudor y la virtud, y castigan con

severidad las leyes. Nunca supo inventar una combinación dramática

de justa grandeza, un interés bien sostenido, un nudo, un desenlace

natural; sus figuras nunca forman un grupo dispuesto con arte; pero

examinadas separadamente, casi todas están imitadas de la naturaleza

con admirable fidelidad. Esta prenda, que no es común, unida á la de

un diálogo animado, gracioso y fácil (más que correcto), dió á sus

obrillas cómicas todo el aplauso que efectivamente merecían[6].

[6] La crítica moderna ha concedido á D. Ramón de la Cruz mayor

atención y más francos elogios, particularmente como autor de los

inimitables _sainetes_, que gozan hoy de fama universal.

Cesó en su presidencia el conde de Aranda, en su ministerio el

marqués de Grimaldi, y los teatros de los Sitios se cerraron; los de

Madrid siguieron mezclando con su antiguo caudal las traducciones que

habían adquirido; y enriqueciéndose cada día con nuevos disparates,

solía suceder que cuando en la Cruz se representaba el _Misántropo_

ó la _Atalía_, en el Príncipe palmoteaba el vulgo á Ildefonso Coque

haciendo _El Negro más prodigioso_, ó _El Mágico africano_. Nunca

se había visto más monstruosa confusión de vejeces y novedades, de

aciertos y locuras. Las musas de Lope, Montalván, Calderón, Moreto,

Rojas, Solís, Zamora y Cañizares; las de Bazo, Regnard, Laviano,

Corneille, Moncin, Metastasio, Cuadrado, Molière, Valladares, Racine,

Concha, Goldoni, Nifo y Voltaire, todas alternaban en discorde unión;

y de estos contrarios elementos se componía el repertorio de ambos

teatros.

Así han seguido, y así continuarán hasta que entre los medios que

pide su reforma, se acuerde la autoridad del primero que debe

adoptarse, eligiendo el caudal de las piezas que han de darse al

público en los teatros de todo el reino, sin omitir el requisito de

hacer que se obedezca irrevocablemente lo que determine.

_El Delincuente honrado_, tragicomedia escrita por don Gaspar de

Jovellanos hacia el año de 1770, corrió manuscrita con estimación; y

aunque demasiado distante del carácter de la buena comedia, se admiró

en ella la expresión de los afectos, el buen lenguaje y la excelente

prosa de su diálogo. Impresa en Barcelona sin anuencia del autor,

no se vió representada en los teatros públicos hasta mucho tiempo

después.

En el dicho año de 1770, al cumplir los diez y ocho de su edad,

publicó don Tomás de Iriarte bajo el anagrama de don Tirso Imarieta,

la comedia intitulada _Hacer que hacemos_, la cual desagradó á los

inteligentes por su falta de interés y de caracteres; los cómicos,

al leerla, creyeron con mucha razón que no podría sostenerse en el

teatro.

La villa de Madrid, que celebró con regocijos públicos el nacimiento

de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra, hizo representar

en el año de 1784 dos piezas dramáticas, que apenas vistas

desaparecieron para siempre de nuestra escena. _Los Menestrales_,

comedia de don Cándido María Trigueros, erudito, moralista,

poligloto, anticuario, economista, botánico, orador, poeta lírico,

épico, didáctico, trágico y cómico; obra escrita á pesar de Apolo,

mereció las zumbas de Iriarte, y la desaprobación del público. _Las

bodas de Camacho_, comedia pastoral de don Juan Meléndez Valdés,

llena de excelentes imitaciones de Longo, Anacreonte, Virgilio,

Tasso, y Gesner, escrita en suaves versos, con pura dicción

castellana, presentó mal unidos en una fábula desanimada y lenta

personajes, caracteres y estilos que no se pueden aproximar, sin que

la armonía general de la composición se destruya. Las ideas y afectos

eróticos de Basilio y Quiteria, la expresión florida y elegante en

que los hizo hablar el autor, se avienen mal con los raptos enfáticos

del ingenioso hidalgo: figura exagerada y grotesca, á quien sólo la

demencia hace verosímil, y que siempre pierde, cuando otra pluma que

la de Benengeli se atreve á repetirla. Las avecillas, las flores, los

céfiros, las descripciones bucólicas (que nos acuerdan la imaginaria

existencia del siglo de oro) no se ajustan con la locuacidad popular

de Sancho, sus refranes, sus malicias, su hambre escuderil, que

despierta la vista de los dulces zaques, el olor de las ollas de

Camacho y el de los pollos guisados, los cabritos y los cochinillos.

Quiso Meléndez acomodar en un drama los diálogos de _El Aminta_ con

los del _Quijote_, y resultó una obra de quínola, insoportable en los

teatros públicos, y muy inferior á lo que hicieron en tan opuestos

géneros el Tasso y Cervantes.

No sin mucha dificultad consiguió el mencionado Iriarte dar á la

escena en el año de 1788 la comedia de _El Señorito mimado_, la

cual muy bien representada por la compañía de Martínez, obtuvo los

aplausos del público, en atención á su objeto moral, su plan, los

caracteres, y la facilidad y pureza de su versificación y estilo.

Tal vez mereció la censura de los que notaron en ella falta de

movimiento dramático, de ligereza y alegría cómica; pero fácilmente

se disimularon estos defectos, en gracia de las muchas cualidades que

la hicieron estimable en la representación y en la lectura. Si ha de

citarse la primera comedia original que se ha visto en los teatros de

España, escrita según las reglas más esenciales que han dictado la

filosofía y la buena crítica, esta es.

Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía compuesta por

aquel tiempo la comedia de _El Viejo y la Niña_, luchando con los

obstáculos que á cada paso dilataban su publicación, meditaba la

difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que

mantenían nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y

extravagancia. No bastaban para esto la erudición y la censura; se

necesitaban repetidos ejemplos: convenía escribir piezas dramáticas

según el arte: no era ya soportable contemporizar con las libertades

de Lope, ni con las marañas de Calderón. Uno y otro habían producido

imitadores sin número, que por espacio de dos siglos conservaron la

escena española en el último grado de corrupción. No era lícito que

un hombre de buenos estudios se ocupase en añadir nuevas autoridades

al error. No debía ya paliarse el mal; era menester extinguirle.

Consideró Moratín que la comedia debe reunir las dos cualidades

de utilidad y deleite, persuadido de que sería culpable el poeta

dramático que no se propusiera otro fin en sus composiciones que el

de entretener dos horas al pueblo sin enseñarle nada, reduciendo

todo el interés de una pieza de teatro al que puede producir una

sinfonía, y que teniendo en su mano los medios que ofrece el arte

para conmover y persuadir, renunciase á la eficacia de todos ellos,

y se negara voluntariamente á cuánto puede y debe esperarse de tales

obras en beneficio de la ilustración y la moral. «Los autores de las

comedias, dijo Nasarre, conociendo la utilidad de ellas, se deben

revestir de una autoridad pública para instruir á sus conciudadanos;

persuadiéndose de que la patria les confía tácitamente el oficio

de filósofos y de censores de la multitud ignorante, corrompida ó

ridícula. Los preceptos de la filosofía puestos en los libros son

áridos y casi muertos, y mueven flacamente el ánimo; pero presentados

en los espectáculos animados, le conmueven vivamente. El filósofo

austero se desdeña de ganar los corazones; el tono dominante de

sus máximas ofende ó cansa. El cómico excita alternativamente mil

pasiones en el alma; hácelas servir de introductores de la filosofía;

sus lecciones nada tienen que no sea agradable, y están muy apartadas

del sobrecejo magistral que hace aborrecible la enseñanza y aumenta

la natural indocilidad de los hombres».

Sentado el principio de que toda composición cómica debe proponerse

un objeto de enseñanza desempeñado con los atractivos del placer,

concibió Moratín que la comedia podía definirse así: «Imitación en

diálogo (escrito en prosa ó verso) de un suceso ocurrido en un lugar

y en pocas horas entre personas particulares, por medio del cual, y

de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en

ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad, y recomendadas

por consiguiente la verdad y la virtud».

_Imitación_, no copia, porque el poeta observador de la naturaleza,

escoge en ella lo que únicamente conviene á su propósito, lo

distribuye, lo embellece, y de muchas partes verdaderas compone un

todo que es mera ficción; verisímil, pero no cierto; semejante al

original, pero idéntico nunca. Copiadas por un taquígrafo cuantas

palabras se digan durante un año, en la familia más abundante de

personajes ridículos, no resultará de su copia una comedia. En esta,

como en las demás artes de imitación, la naturaleza presenta los

originales; el artífice los elige, los hermosea y los combina.

Hoc amet, hoc spernat promissi carminis auctor;

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . et quæ

Desperat tractata nitescere posse, relinquit.

_En diálogo_; porque á diferencia de los demás géneros de la poesía,

en que el autor siente, imagina, reflexiona, describe ó refiere,

en la dramática que produce poemas activos, se oculta del todo, y

pone en la escena figuras que obrando en razón de sus pasiones,

opiniones é intereses, hacen creíble al espectador (hasta donde la

ilusión alcanza) que está sucediendo cuánto allí se le presenta.

La perspectiva, los trajes, el aparato escénico, las actitudes,

el movimiento, el gesto, la voz de las personas, todo contribuye

eficazmente á completar este engaño delicioso, resulta necesaria del

esfuerzo de muchas artes.

_En prosa ó verso._ La tragedia pinta á los hombres, no como son en

realidad, sino como la imaginación supone que pudieron ó debieron

ser; por eso busca sus originales en naciones y siglos remotos. Este

recurso, que la es indispensable, la facilita el poder dar á sus

acciones y personajes todo el interés, toda la sublimidad, toda la

belleza ideal que pide aquel género dramático; y como en ella todo

ha de ser grande, heróico y patético en grado eminente, mal podría

conseguirlo, si careciese de los encantos del estilo sublime, y de la

pompa y armonía de la versificación.

La comedia pinta á los hombres como son, imita las costumbres

nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes

de la vida doméstica; y de estos acaecimientos, de estos individuos y

de estos privados intereses forma una fábula verisímil, instructiva

y agradable. No huye, como la tragedia, el cotejo de sus imitaciones

con los originales que tuvo presentes; al contrario, le provoca y le

exige, puesto que de la semejanza que las da resultan sus mayores

aciertos. Imitando pues tan de cerca á la naturaleza, no es de

admirar que hablen en prosa los personajes cómicos; pero no se crea

que esto puede añadir facilidades á la composición. _Difficile est

propriè communia dicere._ No es fácil hablar en prosa como hablaron

Melibea y Areusa, el Lazarillo, el pícaro Guzmán, Monipodio, Dorotea,

la Trifaldi, Teresa y Sancho. No es fácil embellecer sin exageración

el diálogo familiar, cuando se han de expresar en él ideas y pasiones

comunes; ni variarle, acomodándole á las diferentes personas que

se introducen, ni evitar que degenere en trivial é insípido por

acercarle demasiado á la verdad que imita.

Estos mismos obstáculos hay que vencer si la comedia se escribe en

verso. Ni las quintillas, ni las décimas, ni las estrofas líricas,

ni el soneto, ni los endecasílabos pueden convenirla; sólo el romance

octosílabo y las redondillas se acercan á la sencillez que debe

caracterizarla, y aun mucho más el primero que las segundas. La

facilidad, la energía, la pureza del lenguaje, la templada armonía

que debe resultar de la elección de las palabras, de la dimensión

variada de los periodos, de la contraposición de las terminaciones

asonantes, todo será necesario para llevar á su perfección este

género de poesía, que parece que no lo es. Ni espere acertar el que

no haya debido á la naturaleza una organización feliz, al estudio y

al trato social un extenso conocimiento de nuestra bellísima lengua,

enriquecido con la continua lección de nuestros mejores dramáticos

antiguos, los cuales, á vueltas de su incorrección y sus defectos,

nos ofrecen los únicos modelos que deben imitarse, cuando la buena

crítica sabe elegirlos.

_Un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas._ Boileau en su

excelente Poética redujo á dos versos los tres preceptos de unidad:

Una acción sola, en un lugar y un día,

conserve hasta su fin lleno el teatro.

Esto mismo recomendaba el autor del _Quijote_ setenta años antes

que el poeta francés; los buenos literatos españoles coetáneos de

Cervantes tenían ya conocimiento de estas reglas. Lope las citó,

juntamente con otras muchas, manifestando, que si no las seguía, no

era ciertamente porque las ignorase: pues no sólo habló de ellas el

Pinciano en su _Filosofía antigua poética_, impresa en 1596, sino que

Bartolomé de Torres Naharro (ciento y veinte años antes que naciera

Boileau) las había practicado en alguna de sus comedias.

El Pinciano dijo, hablando á este propósito, en la citada obra: «Toda

la acción se finja ser hecha dentro de tres días... cuánto menos el

plazo fuere, tendrá más de perfección... Y de aquí puede colegirse

cuáles son los poemas do nace un niño, y crece, y tiene barbas, y se

casa, y tiene hijos y nietos; lo cual en la fábula épica, aunque no

tiene término, es ridículo; ¿qué será en las activas, que le tienen

tan breve?... Aquella fábula será más artificiosa, que más deleitare

y más enseñare con más simplicidad... En vano se aplican muchos modos

para una acción... Si una sola basta para enseñar y deleitar en un

poema, ¿para qué se aplicarán muchas?»

Creyó en efecto Moratín que si en la fábula cómica se amontonan

muchos episodios, ó no se la reduce á una acción única, la atención

se distrae, el objeto principal desaparece, los incidentes se

atropellan, las situaciones no se preparan, los caracteres no

se desenvuelven, los afectos no se motivan; todo es fatigosa

confusión. Un solo interés, una sola acción, un solo enredo, un solo

desenlace: eso pide, si ha de ser buena, toda composición teatral.

Las dos unidades de lugar y tiempo, muy esenciales á la perfección

dramática, deben acompañar á la de acción, que la es indispensable;

y si parece difícil la práctica de estas reglas, no por eso habrá

de inferirse que son absurdas ó imposibles. No se cite el ejemplo

de grandes poetas que las abandonaron, puesto que si las hubieran

seguido, sus aciertos serían mayores. Ni se alegue que si en la

representación de una pieza cómica ó trágica es necesario que exista

(para salvar las impropiedades que el arte no puede vencer) una

tácita convención de parte del auditorio, nada importa que esta

convención se dilate y aumente sin conocidos límites. Si tal doctrina

llegara á establecerse, presto caerían los que la siguieran en el

caos dramático de Shakspeare, y las representaciones del teatro se

reducirían á las mantas y los cordeles con que decoraba los suyos

Lope de Rueda. Existe en efecto la tácita convención; pero aplicable

solamente á disculpar los defectos que son inherentes al arte, no los

que voluntariamente comete el poeta. Ya se ha visto con repetidos

ejemplos que la observancia de las unidades de acción, tiempo y lugar

es posible y es conveniente: nada hay que decir en contrario, sino

que la ejecución es dificultosa; ¿y quién ha creído hasta ahora que

sea fácil escribir una excelente comedia?

Sujeta la fábula cómica á los preceptos que van indicados, hallará

comprobada el espectador en su origen, progreso y desenlace la verdad

moral é intelectual que el poeta ha querido recomendarle, si la

composición se dispone con tal inteligencia, que resulte conveniente,

verisímil y teatral. Para ser la fábula conveniente deberá existir

una inmediata conexión entre la máxima que se establece y el

suceso que ha de comprobarla. Para hacerla verisímil no basta que

sea posible; ha de componerse de circunstancias tan naturales, tan

fáciles de ocurrir, que á todos seduzca la ilusión de la semejanza.

Para hacerla teatral deberá ser la exposición breve, el progreso

continuo, el éxito dudoso, la solución (resulta necesaria de los

antecedentes) inopinada y rápida; pero no violenta, ni maravillosa ni

trivial.

_Entre personas particulares._ Como el poeta cómico se propone por

objeto la instrucción común, ofreciendo á vista del público pinturas

verisímiles de lo que sucede ordinariamente en la vida civil, para

apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir

en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de

sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza. Busque en la clase

media de la sociedad los argumentos, los personajes, los caracteres,

las pasiones y el estilo en que debe expresarlas. No usurpe á la

tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores

heróicos. No trate de pintar en privados individuos delitos atroces

que por fortuna no son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían

á la buena comedia, que censura riendo. No siga el gusto depravado

de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el

interés por medio de ficciones absurdas de lo que no ha sucedido

jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear

con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus

errores, su miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las

leyes protectoras y represivas verificarán la enmienda que pide tanta

corrupción; el poeta ni debe adularla, ni puede corregirla.

_La oportuna expresión de afectos y caracteres_ se hace tan

indispensable en la comedia, que sin ellos queda imperfectísima la

imitación, y si en todos los hombres existe una fisonomía y un genio

que los particulariza y los distingue, mal acierta á imitarlos el que

los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir y obrar

de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de

nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras

naciones, no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio, ni

con la abundancia de chistes epigramáticos, ni con la pureza del

lenguaje, ni con la cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de

los versos; si no hay oportuna expresión de afectos y caracteres,

todo es perdido. El arte de escogerlos y de combinarlos, y el de

preparar las situaciones para que naturalmente se desenvuelvan,

ofrece no pequeñas dificultades á un poeta cómico.

_Resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la

sociedad_ mediante la disposición de la fábula y la expresión de los

caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean ridículos,

pero todos no, porque sin esta contraposición no aparecería la

deformidad en toda su luz, ni existiría la necesaria degradación

en las figuras, que tocadas con diferente fuerza deben quedar

subalternas á la que se presenta como principal. Los defectos

meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser

objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como

medios auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de

corregir. Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la

irrisión pública, si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores

que pinta la comedia deben ser comunes, porque no siéndolo, ninguna

utilidad produciría su imitación. Una extravagancia, que rara vez se

verifique en algún individuo, no puede servir para enseñanza de la

multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta: «Erraste el

objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece del

vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.»

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