la faltriquera papel y tintero, y escribe._)
D. SERAPIO.--Voy allá; pero...
D. ELEUTERIO.--Sí, sí, váyase usted; y si quieren más licor, que lo
suba el mozo.
D. SERAPIO.--Sí, siempre será bueno que lleven un par de frasquillos
más. Pipí.
PIPÍ.--¡Señor!
D. SERAPIO.--Palabra.
(_Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á irse por la puerta
del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos, y se va por la
misma parte._)
D. ANTONIO.--¿Cómo va, amigo don Pedro?
(_Don Antonio se sienta cerca de don Pedro._)
D. PEDRO.--¡Oh, señor don Antonio! No había reparado en usted. Va
bien.
D. ANTONIO.--¿Usted á estas horas por aquí? Se me hace extraño.
D. PEDRO.--En efecto lo es; pero he comido ahí cerca. Á fin de mesa
se armó una disputa entre dos literatos que apenas saben leer;
dijeron mil despropósitos, me fastidié, y me vine.
D. ANTONIO.--Pues; con ese genio tan raro que usted tiene, se ve
precisado á vivir como un ermitaño en medio de la corte.
D. PEDRO.--No por cierto. Yo soy el primero en los espectáculos, en
los paseos, en las diversiones públicas; alterno los placeres con
el estudio; tengo pocos, pero buenos amigos y á ellos debo los más
felices instantes de mi vida. Si en las concurrencias particulares
soy raro algunas veces, siento serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no
quiero mentir, ni puedo disimular; y creo que el decir la verdad
francamente es la prenda más digna de un hombre de bien.
D. ANTONIO.--Sí; pero cuando la verdad es dura á quien ha de oirla,
¿qué hace usted?
D. PEDRO.--Callo.
D. ANTONIO.--¿Y si el silencio de usted le hace sospechoso?
D. PEDRO.--Me voy.
D. ANTONIO.--No siempre puede uno dejar el puesto, y entonces...
D. PEDRO.--Entonces digo la verdad.
D. ANTONIO.--Aquí mismo he oído hablar muchas veces de usted. Todos
aprecian su talento, su instrucción y su probidad, pero no dejan de
extrañar la aspereza de su carácter.
D. PEDRO.--¿Y por qué? Porque no vengo á predicar al café; porque no
vierto por la noche lo que leí por la mañana; porque no disputo, ni
ostento erudición ridícula, como tres, ó cuatro, ó diez pedantes que
vienen aquí á perder el día, y á excitar la admiración de los tontos
y la risa de los hombres de juicio. ¿Por eso me llaman áspero y
extravagante? Poco me importa. Yo me hallo bien con la opinión que he
seguido hasta aquí, de que en un café jamás debe hablar en público el
que sea prudente.
D. ANTONIO.--Pues ¿qué debe hacer?
D. PEDRO.--Tomar café.
D. ANTONIO.--¡Viva! Pero hablando de otra cosa, ¿qué plan tiene usted
para esta tarde?
D. PEDRO.--Á la comedia.
D. ANTONIO.--¿Supongo que irá usted á ver la pieza nueva?
D. PEDRO.--Qué ¿han mudado? Ya no voy.
D. ANTONIO.--Pero, ¿por qué? Vea usted sus rarezas.
(_Pipí sale por la puerta del foro con salvilla, copas y frasquillos,
que dejará sobre el mostrador._)
D. PEDRO.--¿Y usted me pregunta por qué? ¿Hay más que ver la lista
de las comedias nuevas que se representan cada año, para inferir los
motivos que tendré de no ver la de esta tarde?
D. ELEUTERIO.--¡Hola! Parece que hablan de mi función.
(_Escuchando la conversación de don Antonio y don Pedro._)
D. ANTONIO.--De suerte, que ó es buena, ó es mala. Si es buena, se
admira y se aplaude; si por el contrario está llena de sandeces, se
ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...
D. PEDRO.--Tal vez me han dado impulsos de tirar al teatro el
sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. Á mí me irrita
lo que á usted le divierte. (_Guarda don Eleuterio papel y tintero;
se levanta, y se va acercando poco á poco, hasta ponerse en medio de
los dos._) Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria
para no equivocarse en materias de literatura; pero usted es el
protector nato de todas las ridiculeces. Al paso que conoce usted
y elogia las bellezas de una obra de mérito, no se detiene en dar
iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; y con una rociada de
pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al mayor idiota que es
un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá que se divierte; pero,
amigo...
D. ANTONIO.--Sí, señor, que me divierto. Y por otra parte, ¿no sería
cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos á ciertos
hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es
posible persuadirles?...
D. ELEUTERIO.--No, pues... Con permiso de ustedes. La función de esta
tarde es muy bonita, seguramente; bien puede usted ir á verla, que
yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.
D. ANTONIO.--¿Es este el autor?
(_Don Antonio se levanta, y después de la pregunta que hace á Pipí,
vuelve á hablar con don Eleuterio_.)
PIPÍ.--El mismo.
D. ANTONIO.--¿Y de quién es? ¿Se sabe?
D. ELEUTERIO.--Señor, es de un sujeto bien nacido, muy aplicado,
de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el
pobrecillo no tiene protección.
D. PEDRO.--Si es esta la primera pieza que da al teatro, aún no puede
quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un gobierno
ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan á una nación los
progresos de la literatura, no dejará sin premio á cualquiera hombre
de talento que sobresalga en un género tan difícil.
D. ELEUTERIO.--Todo eso va bien; pero lo cierto es que el sujeto
tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los
cómicos (si la comedia gusta), y muchas gracias.
DON ANTONIO.--¿Quince? Pues yo creí que eran veinte y cinco.
D. ELEUTERIO.--No, señor; ahora en tiempo de calor no se da más. Si
fuera por el invierno, entonces...
D. ANTONIO.--¡Calle! ¿Conque en empezando á helar valen más las
comedias? Lo mismo sucede con los besugos.
(_Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces le dirige la palabra
y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le contesta ni le mira.
Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó siguiéndole; lo cual
formará juego de teatro._)
D. ELEUTERIO.--Pues mire usted, aun con ser tan poco lo que dan,
el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas
las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias.
Unos favorecen á éste, otros á aquél, y es menester una tecla para
mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya!
Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura despachar
su género, entran los empeños, las gratificaciones, las rebajas...
Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas alforjas
llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, dramas,
melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae allí?
Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da
cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién ha de
poder competir con un hombre que trabaja tan barato?
D. ANTONIO.--Es verdad, amigo. Ese estudiante gallego hará malísima
obra á los autores de la corte.
D. ELEUTERIO.--Malísima. Ya ve usted cómo están los comestibles.
D. ANTONIO.--Cierto.
D. ELEUTERIO.--Lo que cuesta un mal vestido que uno se haga.
D. ANTONIO.--En efecto.
D. ELEUTERIO.--El cuarto.
D. ANTONIO.--¡Oh! sí, el cuarto. Los caseros son crueles.
D. ELEUTERIO.--Y si hay familia...
D. ANTONIO.--No hay duda; si hay familia es cosa terrible.
D. ELEUTERIO.--Vaya usted á competir con el otro tuno, que con seis
cuartos de callos y medio pan tiene el gasto hecho.
D. ANTONIO.--¿Y qué remedio? Ahí no hay más sino arrimar el hombro
al trabajo, escribir buenas piezas, darlas muy baratas, que se
presenten, que aturdan al público, y ver si se puede dar con el
gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es excelente, y para mí
tengo que...
D. ELEUTERIO.--¿La ha leído usted?
D. ANTONIO.--No por cierto.
D. PEDRO.--¿La han impreso?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor. ¿Pues no se había de imprimir?
D. PEDRO.--Mal hecho. Mientras no sufra el examen del público en el
teatro, está muy expuesta; y sobre todo, es demasiada confianza en un
autor novel.
D. ANTONIO.--¡Qué! No, señor. Si le digo á usted que es cosa muy
buena. ¿Y dónde se vende?
D. ELEUTERIO.--Se vende en los puestos del _Diario_, en la librería
de Pérez, en la de Izquierdo, en la de Gil, en la de Zurita, y en el
puesto de los cobradores á la entrada del coliseo. Se vende también
en la tienda de vinos de la calle del Pez, en la del herbolario de la
calle Ancha, en la jabonería de la calle del Lobo, en la...
D. PEDRO.--¿Se acabará esta tarde esa relación?
D. ELEUTERIO.--Como el señor preguntaba...
D. PEDRO.--Pero no preguntaba tanto. ¡Si no hay paciencia!
D. ANTONIO.--Pues la he de comprar, no tiene remedio.
PIPÍ.--Si yo tuviera dos reales. ¡Voto va!
D. ELEUTERIO.--Véala usted aquí.
(_Saca una comedia impresa, y se la da á don Antonio._)
D. ANTONIO.--¡Oiga! es esta. Á ver. Y ha puesto su nombre. Bien, así
me gusta; con eso la posteridad no se andará dando de calabazadas por
averiguar la gracia del autor. (_Lee don Antonio._) POR DON ELEUTERIO
CRISPÍN DE ANDORRA... «Salen el emperador Leopoldo, el rey de Polonia
y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y
magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y
dice el emperador:
Ya sabéis, vasallos míos,
que habrá dos meses y medio
que el turco puso á Viena
con sus tropas el asedio,
y que para resistirle
unimos nuestros denuedos,
dando nuestros nobles bríos,
en repetidos encuentros,
las pruebas más relevantes
de nuestros invictos pechos.»
¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro!
«Bien conozco que la falta
del necesario alimento
ha sido tal, que rendidos
de la hambre á los esfuerzos,
hemos comido ratones,
sapos y sucios insectos.»
D. ELEUTERIO.--¿Qué tal? ¿No le parece á usted bien?
(_Hablando á don Pedro_.)
D. PEDRO.--¡Eh! á mí, qué...
D. ELEUTERIO.--Me alegro que le guste á usted. Pero no; donde hay un
paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele usted...
ahí... por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre.
D. ANTONIO.--¿Muerta?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, muerta.
D. ANTONIO.--¡Qué situación tan cómica! Y estas exclamaciones que
hace aquí, ¿contra quién son?
D. ELEUTERIO.--Contra el visir, que la tuvo seis días sin comer,
porque ella no quería ser su concubina.
D. ANTONIO.--¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería un bruto.
D. ELEUTERIO.--Sí, señor.
D. ANTONIO.--Hombre arrebatado, ¿eh?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor.
D. ANTONIO.--Lascivo como un mico, feote de cara; ¿es verdad?
D. ELEUTERIO.--Cierto.
D. ANTONIO.--Alto, moreno, un poco bizco, grandes bigotes.
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, sí. Lo mismo me le he figurado yo.
D. ANTONIO.--¡Enorme animal! Pues no, la dama no se muerde la lengua.
¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro.
D. PEDRO.--No, por Dios; no lo lea usted.
D. ELEUTERIO.--Es que es uno de los pedazos más terribles de la
comedia.
D. PEDRO.--Con todo eso.
D. ELEUTERIO.--Lleno de fuego.
D. PEDRO.--Ya.
D. ELEUTERIO.--Buena versificación.
D. PEDRO.--No importa.
D. ELEUTERIO.--Que alborotará en el teatro, si la dama lo esfuerza.
D. PEDRO.--Hombre, si he dicho ya que...
D. ANTONIO.--Pero á lo menos, el final del acto segundo es menester
oirle.
(_Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á don Eleuterio._)
_Emperador._ Y en tanto que mis recelos...
_Visir._ Y mientras mis esperanzas...
_Senescal._ Y hasta que mis enemigos...
_Emperador._ Averiguo.
_Visir._ Logre.
_Senescal._ Caigan.
_Emperador._ Rencores, dadme favor.
_Visir._ No me dejes, tolerancia.
_Senescal._ Denuedo, asiste á mi brazo.
_Todos._ Para que admire la patria
el más generoso ardid
y la más tremenda hazaña.
D. PEDRO.--Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto disparate.
(_Se levanta impaciente, en ademán de irse._)
D. ELEUTERIO.--¿Disparates los llama usted?
D. PEDRO.--¿Pues no?
(_Don Antonio observa á don Eleuterio y á don Pedro y se ríe de
entrambos._)
D. ELEUTERIO.--¡Vaya, que es también demasiado! ¡Disparates! ¡Pues
no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que han leído
la comedia! Cierto que me ha chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra
cosa en el teatro todos los días, y siempre gusta, y siempre lo
aplauden á rabiar.
D. PEDRO.--¿Y esto se representa en una nación culta?
D. ELEUTERIO.--¡Cuenta, que me ha dejado contento la expresión!
¡Disparates!
D. PEDRO.--¿Y esto se imprime, para que los extranjeros se burlen de
nosotros?
D. ELEUTERIO.--¡Llamar disparates á una especie de coro entre el
emperador, el visir y el senescal! Yo no sé qué quieren estas gentes.
Si hoy día no se puede escribir nada, nada que no se muerda y se
censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...
PIPÍ.--No haga usted caso.
D. ELEUTERIO (_Hablando con Pipí hasta el fin de la escena_).--Yo
no hago caso; pero me enfada que hablen así. Figúrate tú si la
conclusión puede ser más natural, ni más ingeniosa. El emperador
está lleno de miedo, por un papel que se ha encontrado en el suelo
sin firma ni sobrescrito, en que se trata de matarle. El visir está
rabiando por gozar de la hermosura de Margarita, hija del conde de
Strambangaum, que es el traidor...
PIPÍ.--¡Calle! ¡Hay traidor también! ¡Cómo me gustan á mi las
comedias en que hay traidor!
D. ELEUTERIO.--Pues, como digo, el visir está loco de amores por
ella; el senescal, que es hombre de bien si los hay, no las tiene
todas consigo, porque sabe que el conde anda tras de quitarle el
empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de
modo, que como cada uno de estos tres personajes está ocupado en su
asunto, habla de ello, y no hay cosa más natural.
(_Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la comedia._)
Y en tanto que mis recelos...
y mientras mis esperanzas...
y hasta que mis...
¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión llega usted!
(_Sale don Hermógenes por la puerta del foro._)
ESCENA IV.
DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. HERMÓGENES.--Buenas tardes, señores.
D. PEDRO.--Á la orden de usted.
D. ANTONIO.--Felicísimas, amigo don Hermógenes.
D. ELEUTERIO.--Digo, me parece que el señor don Hermógenes será
juez muy abonado (_D. Pedro se acerca á la mesa en que está el_
Diario; _lee para sí, y á veces presta atención á lo que hablan los
demás_) para decidir la cuestión que se trata: todo el mundo sabe
su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las
traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios, y sobre
todo, la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras agenas.
Pues yo quiero que nos diga...
D. HERMÓGENES.--Usted me confunde con elogios que no merezco, señor
don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á toda alabanza, por haber
llegado en su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de
usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su
delicado gusto en el arte rítmica, su...
D. ELEUTERIO.--Vaya, dejemos eso.
D. HERMÓGENES.--Su docilidad, su moderación...
D. ELEUTERIO.--Bien; pero aquí se trata solamente de saber si...
D. HERMÓGENES.--Estas prendas sí que merecen admiración y encomio.
D. ELEUTERIO.--Ya, eso sí; pero díganos usted lisa y llanamente si la
comedia que hoy se representa es disparatada ó no.
D. HERMÓGENES.--¿Disparatada? ¿Y quién ha prorumpido en un aserto
tan?...
D. ELEUTERIO.--Eso no hace al caso. Díganos usted lo que le parece y
nada más.
D. HERMÓGENES.--Sí diré; pero antes de todo conviene saber que el
poema dramático admite dos géneros de fábula. _Sunt autem fabulæ,
aliæ simplices, aliæ implexæ._ Es doctrina de Aristóteles. Pero lo
diré en griego para mayor claridad. _Eisi de ton mython oi men aploi
oi de peplegmenoi. Cai gar ai praxeis..._
D. ELEUTERIO.--Hombre; pero si...
D. ANTONIO (_Siéntase en una silla, haciendo esfuerzos para contener
la risa_).--Yo reviento.
D. HERMÓGENES.--_Cai gar ai praxeis on mimeseis oi..._
D. ELEUTERIO.--Pero...
D. HERMÓGENES.--_Mythoi eisin yparchousin._
D. ELEUTERIO.--Pero si no es eso lo que á usted se le pregunta.
D. HERMÓGENES.--Ya estoy en la cuestión. Bien que, para la mejor
inteligencia, convendría explicar lo que los críticos entienden por
prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia, agnición, ó
anagnórisis, partes necesarias á toda buena comedia, y que según
Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel, Castelvetro y Daniel Heinsio...
D. ELEUTERIO.--Bien, todo eso es admirable; pero...
D. PEDRO.--Este hombre es loco.
D. HERMÓGENES.--Si consideramos el origen del teatro, hallaremos que
los megareos, los sículos y los atenienses...
D. ELEUTERIO.--Don Hermógenes, por amor de Dios, si no...
D. HERMÓGENES.--Véanse los dramas griegos, y hallaremos que Anaxipo,
Anaxándrides, Eúpolis, Antíphanes, Philípides, Cratino, Crates,
Epicrates, Menecrates y Pherecrates...
D. ELEUTERIO.--Si le he dicho á usted que...
D. HERMÓGENES.--Y los más celebérrimos dramaturgos de la edad
pretérita, todos, todos convinieron _nemine discrepante_ en que la
prótasis debe preceder á la catástrofe necesariamente. Es así que la
comedia del _Cerco de Viena_...
D. PEDRO.--Adios, señores.
(_Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se levanta y procura
detenerle._)
D. ANTONIO.--¿Se va usted, don Pedro?
D. PEDRO.--¿Pues quién, sino usted, tendrá frescura para oir eso?
D. ANTONIO.--Pero si el amigo don Hermógenes nos va á probar con la
autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos
de ser un desatino...
D. HERMÓGENES.--Ese es mi intento: probar que es un acéfalo
incipiente cualquiera que haya dicho que la tal comedia contiene
irregularidades absurdas; y yo aseguro que delante de mí ninguno se
hubiera atrevido á propalar tal aserción.
D. PEDRO.--Pues yo delante de usted la propalo, y le digo, que por
lo que el señor ha leído de ella, y por ser usted el que la abona,
infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre
sin principios ni talento, y que usted es un erudito á la violeta,
presumido y fastidioso hasta no más. Adios, señores.
(_Hace que se va, y vuelve._)
D. ELEUTERIO.--(_Señalando á don Antonio._) Pues á este caballero le
ha parecido muy bien lo que ha visto de ella.
D. PEDRO.--Á ese caballero le ha parecido muy mal; pero es hombre
de buen humor, y gusta de divertirse. Á mí me lastima en verdad la
suerte de estos escritores, que entontecen al vulgo con obras tan
desatinadas y monstruosas, dictadas más que por el ingenio por la
necesidad ó la presunción. Yo no conozco al autor de esa comedia, ni
sé quién es; pero si ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle
en caridad que se deje de escribir tales desvaríos; que aún está á
tiempo, puesto que es la primera obra que publica; que no le engañe
el mal ejemplo de los que deliran á destajo; que siga otra carrera,
en que por medio de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades
y asistir á su familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro
español tiene de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de
mamarrachos; que lo que necesita es una reforma fundamental en todas
sus partes; y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios
que tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste
para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren
escribir.
D. HERMÓGENES.--Bien dice Séneca en su epístola diez y ocho, que...
D. PEDRO.--Séneca dice en todas sus epístolas, que usted es un
pedantón ridículo, á quien yo no puedo aguantar. Adios, señores.
ESCENA V.
DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, PIPÍ.
D. HERMÓGENES.--¿Yo pedantón? (_Encarándose hacia la puerta por donde
se fué don Pedro. Don Eleuterio se pasea inquieto por el teatro._)
¿Yo, que he compuesto siete prolusiones greco-latinas sobre los
puntos más delicados del derecho?
D. ELEUTERIO.--¿Lo que él entenderá de comedias, cuando dice que la
conclusión del segundo acto es mala?
D. HERMÓGENES.--Él será el pedantón.
D. ELEUTERIO.--¿Hablar así de una pieza que ha de durar lo menos
quince días? Y si empieza á llover...
D. HERMÓGENES.--Yo estoy graduado en leyes, y soy opositor á
cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz.
D. ANTONIO.--Nadie pone duda en el mérito de usted, señor don
Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse.
D. ELEUTERIO.--Pues la comedia ha de gustar, mal que le pese.
D. ANTONIO.--Sí, señor, gustará. Voy á ver si le alcanzo; y _velis
nolis_, he de hacer que la vea para castigarle.
D. ELEUTERIO.--Buen pensamiento; sí, vaya usted.
D. ANTONIO.--En mi vida he visto locos más locos.
ESCENA VI.
DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.
D. ELEUTERIO.--¡Llamar detestable á la comedia! ¡Vaya, que estos
hombres gastan un lenguaje que da gozo oirle!
D. HERMÓGENES.--_Aquila non capit muscas_, don Eleuterio. Quiero
decir, que no haga usted caso. Á la sombra del mérito crece la
envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve usted si yo sé algo...
D. ELEUTERIO.--¡Oh!
D. HERMÓGENES.--Digo, me parece que (sin vanidad) pocos habrá que...
D. ELEUTERIO.--Ninguno. Vamos; tan completo como usted, ninguno.
D. HERMÓGENES.--Que reunan el ingenio á la erudición, la aplicación
al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado á reunirlos. ¿Eh?
D. ELEUTERIO.--Vaya, de eso no hay que hablar: es más claro que el
sol que nos alumbra.
D. HERMÓGENES.--Pues bien. Á pesar de eso, hay quien me llama
pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos,
me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta ó cincuenta
personas.
D. ELEUTERIO.--¡Picardía! Y usted ¿qué hizo?
D. HERMÓGENES.--Lo que debe hacer un gran filósofo: callé, tomé un
polvo, y me fuí á oir una misa á la Soledad.
D. ELEUTERIO.--Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba?
D. HERMÓGENES.--Esto lo digo para que usted se anime, y le aseguro
que los aplausos que... Pero, dígame usted: ¿ni siquiera una onza de
oro le han querido adelantar á usted á cuenta de los quince doblones
de la comedia?
D. ELEUTERIO.--Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las dificultades que
ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos quedado en
que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta ó no.
D. HERMÓGENES.--¡Oh, corvas almas! ¡Y precisamente en la ocasión más
crítica para mí! Bien dice Tito Livio, que cuando...
D. ELEUTERIO.--Pues ¿qué hay de nuevo?
D. HERMÓGENES.--Ese bruto de mi casero... El hombre más ignorante
que conozco. Por año y medio que le debo de alquileres me pierde el
respeto, me amenaza...
D. ELEUTERIO.--No hay que afligirse. Mañana ó esotro es regular que
me dén el dinero: pagaremos á ese bribón; y si tiene usted algún pico
en la hostería, también se...
D. HERMÓGENES.--Sí, aún hay un piquillo; cosa corta.
D. ELEUTERIO.--Pues bien: con la impresión lo menos ganaré cuatro mil
reales.
D. HERMÓGENES.--Lo menos. Se vende toda seguramente.
(_Vase Pipí por la puerta del foro._)
D. ELEUTERIO.--Pues con ese dinero saldremos de apuros; se adornará
el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún otro chisme. Se casa
usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada, hacendosilla y muy
mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente. Yo iré dando las
otras cuatro comedias, que, pegando la de hoy, las recibirán los
cómicos con palio. Pillo la moneda, las imprimo, se venden; entre
tanto ya tendré algunas hechas, y otras en el telar. Vaya, no hay
que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy á mañana: una
intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es que el
ministro le estima á usted: ¿no es verdad?
D. HERMÓGENES.--Tres visitas le hago cada día.
D. ELEUTERIO.--Sí, apretarle, apretarle. Subamos arriba, que las
mujeres ya estarán...
D. HERMÓGENES.--Diez y siete memoriales le he entregado la semana
última.
D. ELEUTERIO.--¿Y qué dice?
D. HERMÓGENES.--En uno de ellos puse por lema aquel celebérrimo dicho
del poeta: _Pallida mors æquo pulsat pede pauperum tabernas regumque
turres_.
D. ELEUTERIO.--¿Y qué dijo cuando leyó eso de las tabernas?
D. HERMÓGENES.--Que bien; que ya está enterado de mi solicitud.
D. ELEUTERIO.--¡Pues no le digo á usted! Vamos, eso está conseguido.
D. HERMÓGENES.--Mucho lo deseo, para que á este consorcio apetecido
acompañe el episodio de tener que comer, puesto que _sine Cerere
et Bacho friget Venus_. Y entonces, ¡oh! entonces... Con un buen
empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna otra cosa me queda que
apetecer sino que el cielo me conceda numerosa y masculina sucesión.
(_Vanse por la puerta del foro._)
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON
ELEUTERIO.