Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo el camino más

breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos y

las garruchas, publicó la comedia de _El Mágico de Salerno Pedro

Vayalarde_, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos

y los apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras

cuatro comedias que escribió con el mismo título, amontonó cuantos

disparates le pidieron y algunos más. Compuso después un auto y

varias comedias de santos, todo por el mismo gusto, adquiriendo

general estimación entre las mujeres, los beatos y los muchachos.

Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo de su Majestad,

heredó de su padre (de quien se ha hecho mención anteriormente) la

inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas comedias que

se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó

á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son

inferiores á las de su padre.

Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de

Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en

las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las

antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta

con una particular habilidad que manifestó para saber introducir

en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor

estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún

interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la

tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen

lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y

altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático,

chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha

facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que

mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó _ramplones

y malditos_. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el

teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba

entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde

el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué

capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna

su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la

que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada

edad, poco antes del año de 1750.

Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas las que

escribió se imprimieron, puede inferirse que el número de ellas fué

muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de figurón, de enredo

amoroso, historiales, mitológicas, de santos, de valentías, de magia;

no hubo argumento que él no aplicase al teatro. Si se consideran

únicamente aquellas en que más se acercó á la buena comedia, no

es posible disimular que en las de figurón excedió los límites

de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló muchas gracias y

situaciones verdaderamente cómicas con infinitas chocarrerías, y á

cada paso adoptó los recursos de una farsa grosera. En las que se

propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y

personajes históricos (como en las de _El Rey Enrique el Enfermo_;

_Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer_; _El Picarillo

en España_, y otras de este género), la composición de la fábula

no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad

que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas

de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que

imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina.

Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas

que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y

precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto

escribió para el teatro. Véase _El Sacrificio de Ifigenia_, y se

hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor,

estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos,

baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la

diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto

delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes

monstruosas é inconexas. Agamenón dice _que el monte dividido en

dos puntas da al mar abrazos de arena_, y que la armada surta en el

puerto es una _ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y

cristal_; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con

donaire de callejuela _Lola_, criada de Ifigenia, y _Pellejo_, lacayo

de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte)

_para mostrar las comedias según el estilo francés_. También se

atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada _No hay

con la patria venganza, y Temístocles en Persia_. Allí hay majestades

y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los

serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible

gracioso llamado _Tulipán_, y un hijo de Temístocles que canta

seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una

academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde

cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros.

Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas

en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y

el clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino

con veneno _denodado bruto y púrpura confeccionada_[2]. Todo esto

prueba demasiado que el buen Cañizares escribía sin conocimiento de

los preceptos poéticos: su abundante vena le adquirió por espacio

de medio siglo una celebridad popular de aquellas que duran en la

tiniebla del error, y que luégo se disminuyen ó desaparecen á la luz

de mejores doctrinas.

[2] Acerca de esta frase, Hartzenbusch cree que el texto

está viciado. Véanse sus apuntes sobre el teatro moderno

español,--artículo 3.º--_Revista de España, de Indias y del

extranjero._--Diciembre 1845.

Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746. La

acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar la

paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión

flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la

dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba

á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves

inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María

Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él:

celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente

en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el

mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin

hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien

distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en

su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América

debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos

males con una administración regular, y era de creer que libre ya

la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría

nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la

riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así sucedió.

Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el

palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela

de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que

continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos

Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir

de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía

de Felipe V; pero la reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello

se quedó en la corte con el título de criado familiar de S. M.

_Farinello_ (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) _es el

último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación.

Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los

inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado

al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á

Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino

á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad

en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole

como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en

aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda

la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es

general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez

no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla

en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina.

Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que

le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por

su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad

sobresaliente, que á la de sus méritos personales._

Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato suyo

pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor de

Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año

1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio

de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de

personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono,

la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su

modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los

obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían

asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales

de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les

recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo

convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto

trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á los

piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la torpe

adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su mediación y

su amistad. Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía,

y jamás quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del

gobierno. Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer

sus deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en

las resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en

Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid.

La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta

moderación.

Á este hombre extraordinario se encargó la dirección del teatro del

Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas italianas, igualmente

que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por el verano

en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del Tajo, las

iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante la

jornada; en suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su

inteligencia y á su buen gusto. Broschi supo desempeñar todos estos

encargos, si no con economía, con admirable acierto.

Trajo á Madrid los más excelentes profesores de música vocal é

instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las

representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas

en el salón llamado _de los Reinos_, cubrían el piso exquisitas

alfombras, las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas

y pinturas, entre las cuales se colocaban estatuas; la iluminación

correspondía á todo lo demás; los músicos de la orquesta tenían

uniformes de grana con galón de plata. En una ópera cantada en el

teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra ocasión

se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera

de _Armida placata_ se vió un sitio delicioso con ocho fuentes de

agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta

piés de altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud

de pájaros, imitado con la mayor inteligencia. La riqueza de los

trajes, muebles y utensilios del teatro, las comparsas (que á veces

se componían de cincuenta mujeres y doscientos hombres), la vista de

los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros, máquinas

de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales

que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena

(cerrándose la boca del teatro, para que el humo no ofendiese, con

dos correderas compuestas de los mayores cristales de la fábrica de

San Ildefonso), todo era digno de un gran monarca que disipaba en

esta diversión la opulencia de sus tesoros.

Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é intermedios desde

el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la Mirandola,

Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli. Las piezas

que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas. Óperas:

_La Clemenza di Tito_, _Angelica e Medoro_, _Il Vellocino d’oro_,

_Polifemo e Galatea_, _Artasserse_, _Armida placata_, _Demofoonte_,

_Demetrio_, _Didone abbandonata_, _Siroe_, _Niteti_, _il Re pastore_,

_Adriano in Siria_. Serenatas: _L’Asilo d’Amore_, _La Festa chinese_,

_La Nascita di Giove_, _L’Isola disabitata_, _Le Mode_, _La Ninfa

smarrita_. Intermedios: _Il Cavalier Bertoldo_, _La Burla da vero_,

_La Statua_, _Il Giuocatore_, _L’Ucellatrice_, _Il Cuoco_, _Don

Trastullo_, _Il Conte Tulipano_.

Por esta rápida enumeración se echará de ver que aquellos brillantes

espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por italianos,

poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento de los

teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo don Luís

Misón y otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros; entre los

que cantaron sólo hubo una actriz española; los artífices empleados

en la pintura de las decoraciones, en la invención y dirección de las

máquinas, vinieron de Italia también. Se mandó que todas las piezas

se imprimieran traducidas en castellano para distribuirlas á los

concurrentes en la primera noche de su ejecución. Se abrió el teatro

con la ópera de _La Clemenza di Tito_; encargóse á don Ignacio de

Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque en muy pocas horas,

con el acierto que era de esperar; las que se imprimieron después las

tradujo un médico italiano llamado don Orlando Boncuore, que ni se

avergonzó de suceder á Luzán en aquel encargo, ni tuvo escrúpulo de

hacerse escritor en una lengua que no sabía. Sus traducciones pueden

considerarse como otros tantos modelos de extravagancia y ridiculez.

En tanto pues que se admiraban reunidos en el Retiro todos los

primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del aparato

y pompa teatral, la escena española, miserable y abandonada de la

corte, se sostenía con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes

cómicos y de ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al

corregidor de Madrid el título de protector de los teatros, con

el encargo de la formación de compañías y el gobierno de ellas:

la depravación de nuestra dramática pedía de parte de la suprema

autoridad providencias más directas y más eficaces.

El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se hubiera engañado

mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar por

la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían,

tiranizando las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos,

las palmadas y los alborotos. Los apasionados de la compañía del

Príncipe se llamaban _Chorizos_, y llevaban en el sombrero una cinta

de color de oro; los de la compañía de la Cruz _Polacos_, con cinta

en el sombrero de azul celeste; los que frecuentaban el teatro de los

Caños tomaron el nombre de _Panduros_. Había un fraile trinitario

descalzo, llamado el P. Polaco[3], jefe de la parcialidad á que dió

nombre, atolondrado é infatigable voceador, que adquirió entre los

mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y

comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los

suyos para que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos,

chiflidos y estrépito cualquiera pieza que se estrenase en el teatro

de los Chorizos, si por desgracia no habían solicitado de antemano

su aprobación, al mismo tiempo que sostenía con exagerados aplausos

cuántos disparates representaba la compañía polaca, de quien era

frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P. Marco

Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio,

de pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser á

la austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar en

el primer asiento de la barandilla inmediato á las tablas, y desde

allí solía llamar la atención del público con los chistes que dirigía

á los actores y á las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y

les remedaba en los pasajes más patéticos. El concurso, de quien era

bien conocido, atendía embelesado á sus gestos y ademanes, y el patio

cubierto de sombreros chambergos (que parecían una _testudo_ romana)

palmoteaba sus escurrilidades é indecencias.

[3] Don Vicente García de la Huerta en el prólogo de su

Teatro español, impreso en 1785, explica así el origen de la

denominación de _Chorizos_. «Francisco Rubert, por otro nombre

Francho, fué la causa del apellido de _Chorizos_ que se dió en el

año de 1742 á los individuos de la compañía de que era entonces

autor Manuel Palomino, con motivo de ciertos chorizos que comía

en un entremés; y habiéndose hallado una tarde sin ellos, hizo

tales y tan graciosas exclamaciones contra el encargado de llevar

los chorizos, que era el guardarropa de la compañía, y movió

tanto la risa de los espectadores, que desde entonces se llamó de

los _Chorizos_.»

Entre este desorden y baraúnda seguían representándose las comedias

que daban á luz los pocos y mal cultivados ingenios, que muerto ya

Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á conseguirlo.

Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de Ibáñez y García,

don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras, de una comedia

intitulada _La Mujer más penitente y espanto de caridad, la venerable

hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable orden tercera de

penitencia de N. P. S. Francisco de la ciudad de Toledo_; don Antonio

Frumento, Marcos de Castro, Vicente Guerrero, uno y otro cómicos;

el P. Juan de la Concepción, Manuel Guerrero (cómico también y

además canonista y teólogo), don Manuel Daniel Delgado, don Antonio

Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela. Don José Julián de

Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia y facilidad para

sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia intitulada _Más

vale tarde que nunca_, en la cual hay privado perseguido, trueque de

puñales, batida general, con aquello de _á la cumbre, á la espesura,

al monte, al valle, á la selva_; preso que se lamenta de su desgracia

glosando coplas; lacayo entremetido, equivoquista y sucio; pasito de

cárcel entre el leal y el traidor, y el rey que los escucha desde un

rincón. Cuantos desaciertos se hallan esparcidos en las comedias de

aquel tiempo, otros tantos se hallarán hacinados en esta.

Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había recomendado, en el

prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más conocidas

reglas del arte dramático[4]. Luzán tradujo y publicó una comedia

de M. de La Chaussée, con el título de _La razón contra la moda_, la

cual ni entonces ni después se ha visto en el teatro. En los años de

1750 y 51 dió á luz don Agustín de Montiano y Luyando dos tragedias

originales intituladas _Virginia_ y _Ataúlfo_, nunca representadas,

y de las cuales existe una traducción francesa. En ellas confirmó

su laborioso autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse

observados en un drama todos los preceptos, sin que por eso deje de

ser intolerable á vista del público; y de que para acercarse á la

perfección en este género, no basta que el autor sea un hombre muy

docto, si le falta el requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de

Trigueros en el año de 1752 dió á la prensa, traducido en excelente

prosa castellana, el _Británico_ de Racine. Don Eugenio de Llaguno y

Amírola publicó en el año de 1754, traducida en muy buenos versos, la

_Atalía_ del mismo autor. Nada de esto pasó al teatro.

[4] Este prólogo de Nasarre provocó una violenta y ruidosa

polémica literaria entre los partidarios del gusto francés y

los del teatro de Lope y Calderón. Es digno de notarse que en

los argumentos que usaban los últimos, se hallan en germen los

principios de la escuela romántica de nuestro siglo.

La corrupción era general. En las aulas y escuelas públicas se

enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles:

lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos,

se le pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos

sólidos de las ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban

prelados celosos y respetables, se había introducido la costumbre

de predicar sermones disparatados y truhanescos: tejido informe de

paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis, cadencias, juguetes

insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación reprensible

de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más

divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial

doctrina de Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo,

y todo salpicado de bufonadas y chistes groseros. En los tribunales

no se usaba ni mejor lógica ni más delicado gusto. El espíritu

y la aplicación de las leyes se embrollaban con las diferentes

cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía, de

historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos,

paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito

quien más supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los

intereses, los derechos, la vida y el honor de los hombres.

Entre los desaciertos del teatro, no era el menor la representación

de los autos sacramentales. El ángel Gabriel anunciaba á la Virgen

(papel que desempeñaba la célebre Mariquita Ladvenant) la encarnación

del Verbo, y al responder, traducidas en buenos versos castellanos,

las palabras del Evangelio: _Quomodo fiet istud, quoniam virum non

cognosco?_ los apóstrofes hediondos del patio y las barandillas,

dirigidos á la cómica, interrumpían el espectáculo con irreligiosa

y sacrílega algazara, y hacían conocer á muchas madres cuán mal

habían hecho en llevar consigo á sus hijas honestas. Una mujer con la

custodia en las manos, acompañada de los coros, cantaba en procesión

el _Tantum ergo_. La primavera, el apetito, el alma, el cuerpo,

la culpa, la gracia, el cedro, la rosa, el domingo, el lunes y el

martes, la gentilidad, el mundo, el olfato y todos los sustantivos

del diccionario, eran interlocutores en aquellas fábulas. En una

salía S. Pablo con su montante enseñando á esgrimir á la Magdalena;

en otra se decía que la Samaritana vive en la calle del Pozo, y que

Jesucristo murió en la de las Tres Cruces; en otra se aconsejaba á S.

Agustín que se fuese al hospital de S. Juan de Dios. Así estaba el

teatro cuando vino de Nápoles el señor don Carlos III, quien por un

justísimo decreto puso fin á los indicados escándalos, prohibiendo la

representación teatral de asuntos sagrados.

Don Nicolás Fernández de Moratín, estimado generalmente como uno de

nuestros mejores líricos modernos, compuso á instancias de Montiano,

su amigo, una comedia intitulada _La petimetra_. Esta obra, impresa

en el año de 1762, carece de fuerza cómica, de propiedad y corrección

en el estilo; y mezclados los defectos de nuestras antiguas comedias

con la regularidad violenta á que su autor quiso reducirla, resultó

una imitación de carácter ambiguo y poco á propósito para sostenerse

en el teatro, si alguna vez se hubiera intentado representarla. La

_Lucrecia_, tragedia que publicó el mismo autor en el año siguiente,

es obra de mayor mérito, aunque la elección del argumento parece poco

feliz, el progreso de la fábula entorpecido con episodios inútiles, y

el estilo muy distante á veces de la sublimidad que pide este género.

Estos dos beneméritos autores fueron los primeros que se atrevieron á

procurar la reforma de nuestro teatro, escribiendo piezas originales,

compuestas con regularidad y decoro, y aunque no consiguieron toda

la perfección á que aspiraban, su estudio y su celo fueron laudables.

Comedias escogidas · 第 2 / 17 段