Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculiza

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original --que difiere

ligeramente de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor

frecuencia.

* Se han normalizado los puntos suspensivos y se ha corregido el

emparejamiento de admiraciones e interrogaciones.

* Los «cuánto» y «con que» del original se han convertido a «cuanto»

y «conque» cuando distorsionaban el sentido de las expresiones.

* Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado a

continuación del párrafo que contiene la llamada.

* Se ha unificado el encabezamiento de las escenas indicando siempre

los personajes que intervienen, tomando la información pertinente

de otras ediciones.

MORATÍN

COMEDIAS ESCOGIDAS

LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

COMEDIAS ESCOGIDAS

CON EL

DISCURSO PRELIMINAR DEL MISMO AUTOR

Y UN PRÓLOGO POR

JOSÉ YXART

LA COMEDIA NUEVA -- EL SÍ DE LAS NIÑAS

LA ESCUELA DE LOS MARIDOS -- EL MÉDICO Á PALOS

[Ilustración]

BARCELONA

BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA

DANIEL CORTEZO Y C.ª, _Ausias March, 95_

1884

[Ilustración]

Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª

[Ilustración]

LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

I

Ni el carácter atribuído á Moratín, ni mucho menos sus obras,

concebidas despacio, y más que limadas, sobadas con meticuloso

esmero de artífice, harían sospechar lo azaroso y revuelto de su

vida trashumante. Sin el arraigo que sólo dan en España heredados

patrimonios, fué llevado Moratín de la corriente de los sucesos

políticos que arrancaron á la sociedad española de su secular

asiento en el reinado de Carlos IV. Al arrimo de algún ministro,

ó en compañía de amigos é idólatras, siguió la suerte que á sus

protectores deparaba la ocasión, y apenas logró detenerse en alguna

parte el tiempo de hallar el reposo que tanto amaba su natural

pacífico. Secretario particular de Cabarrús, ordenado más tarde

de primera tonsura para alcanzar un beneficio que le confirió

Floridablanca, secretario luégo de la interpretación de lenguas

y favorecido por el príncipe de la Paz, bibliotecario mayor de la

nacional en tiempo de José Bonaparte; á tantos medios hubo de acudir

para lograr una existencia holgada que le permitiera dedicarse á su

pasión por la literatura. Con esta alternaron sus frecuentes viajes á

París, á Londres, Alemania é Italia, sus más frecuentes emigraciones

y sobresaltos, los mil reveses que sufrió en su peculio acumulado

á fuerza de ahorros, y los contratiempos personales que dos veces

hicieron cruzar por su imaginación con la fugacidad del rayo, la

idea del suicidio; una, volviendo de Italia por mar, sobrecogido por

un furioso temporal, y otra hallándose en Barcelona, tan sobrado de

vergüenza como falto de recursos. Así vivió sujeto á continuo vaivén,

hasta que falleció en París en 1828, casi olvidado por su patria.

¡Cuántos antecedentes no se hallan en su vida para juzgar del estado

de nuestra nación entonces y siempre! Aquistarse el aprecio público

y general con sólo el talento literario, era entonces, por lo visto,

soñar en lo imposible; adquirir independencia y fortuna, mucho más.

Continuando en otra forma las tradiciones de los trovadores de la

Edad Media, y la asalariada protección que concedieron algunos

príncipes á los poetas del Renacimiento, los literatos del siglo

pasado y gran parte del presente, acuden en la monarquía absoluta

á los privados de los reyes, en la constitucional al Estado. Por

una suerte de socialismo tácito, que á nadie espanta, aunque sea al

fin una de las formas del socialismo, el gobierno reparte públicos

y menguados beneficios entre los que se dedican á las letras. En

los primeros años de Moratín, se acostumbraba todavía á sacarlos

de las rentas de la Iglesia; luégo se hizo y se hace confiriendo

empleos, cargos retribuídos que, aun siendo más ó menos literarios,

no siempre son adecuados al genio poético, ni doran en absoluto la

humillación. En aquella ocasión no fué sin embargo tan patente esta

anomalía. Dada la índole de su talento, convenía á un Moratín una

secretaría de interpretación de lenguas, ó la plaza de bibliotecario

mayor, pero otras se dieron menos compatibles con la literatura á los

mismos poetas, como si el serlo supusiera gran ilustración en todas

materias, cuando cabalmente el genio poético nada tiene que ver con

la ilustración, y anda á veces reñido con ella.

Pero ni aun con estos recursos se libró Moratín de los azares de la

fortuna, víctima de los frecuentes litigios en que se halla envuelto

quien ha de esperarlo todo del tesoro público. La diócesis de Oviedo

se negó á pagar por largo tiempo la pensión que le había conferido

Godoy sobre aquella mitra. Á la vuelta de Fernando VII y evacuación

de los franceses, sus bienes fueron secuestrados y el dueño sujeto

á aquellos juicios de purificación, que entonces se estilaron,

irritante y ominosa medida política que hoy nos parecería fábula

absurda si no fuese historia de ayer. Con esto, las intermitencias de

la cesantía, los frecuentes gastos y las prodigalidades de su corazón

generoso y de sus aficiones de propietario urbano, llegó Moratín

en ocasiones á adornarse con la sentimental aureola de la pobreza,

corona con que hasta hace poco ha sido costumbre presentar en los

altares del arte á los grandes ingenios.

En estos accidentes, y los que más por menudo relata su

biografía--que felizmente no está por hacer, como su completa

semblanza,--Moratín se mostró con todas aquellas cualidades y

defectos que dejan suponer sus mismas obras. Á ser cierto el dicho

de que el _genio es el sentido común en su grado máximo_, merecería

Moratín el dictado de genio á boca llena. Porque más claro juicio,

más cabal discernimiento y más equilibrada inteligencia, pocos los

tuvieron. Pero estas mismas prendas excluyeron en él aquellas más

deslumbradoras facultades que fulguran á nuestros ojos apenas del

genio se habla: intuición rápida, intensa, y que abarca mucho de un

golpe; ánimo arrebatado, pasiones vehementes, audacia y grandeza,

así en las virtudes como en los errores. Lejos de mostrar nada

de esto, Moratín fué modelo de prudentes y discretos, modesto,

frío observador en la comedia de la vida. Su gusto acendrado, su

delicadísima percepción le hacían odiosos los extremos y violencias.

No templado para grandes luchas, siempre reservado, siempre huído,

buscó constantemente en las contrariedades el refugio del silencio.

Todo terminaba para él soltando la presa en cuanto se la disputaban.

Siendo protegido por el Príncipe de la Paz, gran visir en aquella

monarquía despótica, ni le aduló, ni se rebulló en sus antesalas,

donde iba á sacrificar gran parte de la nación el resto de pudor que

nos quedaba. Retraído siempre en público, sólo en privado mostraba

sus cualidades, y particularmente aquel vivo ingenio cómico, su

finísima observación de los caracteres y las ridiculeces humanas, el

exquisito gusto que poseía. Su gran distintivo fué la más perfecta

naturalidad, la extrema sencillez en todo, aquella naturalidad

y sencillez, que ni se compran ni se imitan, prenda nativa, que

es el más infalible signo de grandeza. Resplandece de tal modo

esta condición en sus papeles particulares, coleccionados en sus

_Obras póstumas_, que, conforme se le estudia en ellas se arraiga

la convicción de que nos hallamos ante un hombre verdaderamente

ilustre y privilegiado. La acendrada discreción con que habla de

todas las materias, aun las más ajenas á su talento, la elegante

llaneza de su prosa afluente y festiva, la variedad y acierto de sus

observaciones, cautivan á la larga en sus apuntes de _Viajes_ por

Europa. En ellos, en el _Diario_ de su vida, en sus cartas, resalta

siempre el mismo carácter de un alma bondadosa y apacible, de un

hombre modesto y laborioso pero dotado de buen golpe de vista, y

sensibilidad delicada, ya que no profunda, sin énfasis ni presunción.

Bien se comprende leyéndole que su horror á la pedantería reinante

tomara en sus escritos el carácter de una monomanía, y fuera como

la _muletilla_ de su Musa cómica, que, desde un principio, flagela

sin piedad á los pedantes literarios y no cesa de poner en ridículo

en todas sus obras Ermeguncios y Hermógenes, el sentimentalismo y

la filantropía de los malos imitadores de Diderot y Rousseau, la

ficticia cultura, las declamaciones de los falsos innovadores. Hay

en esta condición algo ingénito de nuestra raza, que no acertamos á

hallar ni en los vanidosos y volubles franceses, ni en los italianos

ardientes y solapados á un tiempo, ni en los hombres del Norte,

mesurados y cavilosos, que se lo traen todo aprendido á fuerza de

cultura.

Nacido, sin embargo, en una época en que hervía toda la sociedad en

nuevo crisol para tomar nueva forma, no fué de los que pretendieron

sacar á toda costa el genio nacional y la independencia de la patria

de aquella conflagración general. Superior sin duda en ilustración

á la gran mayoría de los españoles, estuvo por los franceses cuando

éstos vinieron á convertir en sucursal del Imperio, el abandonado

trono de Carlos IV. Él creería sin duda de buena fe que el Imperio

nos traería la cultura que él deseaba, y con ella todos los

beneficios cuyo precio le hicieron inestimable sus frecuentes viajes

por Europa, á trueque de una dependencia que no tenía al cabo nada de

humillante; sin duda pensó, como tantos otros, que nuestro pueblo,

ignorantón y casi salvaje, gangrenado y decaído, con sus incurables

preocupaciones, su apasionamiento y su desidia, no merecía la pena

de batirse por él con una nación civilizada y entonces gloriosa que

hubiera establecido con férrea mano las reformas. No hay que culpar

á Moratín por estas ideas. Quizás eran también las de los mismos que

en Cádiz trataban de regenerar á España, aunque no las manifestasen

en público. Lastima, sin embargo, no hallar á Moratín entre ellos,

al lado del gran Jovellanos y Quintana, cuando la nación entera hizo

tan supremo y glorioso esfuerzo. Más simpáticos parecen aquellos

hombres, empeñados en tan legendario combate con los de dentro para

ilustrarles á despecho suyo, con los de fuera para sacar á salvo

la independencia. Como dice el mismo Quintana en la fraseología

de la época, «lo primero era ser libres, el _cómo_ era negocio

para después.» El caso fué que, á pesar de la apática y pesimista

convicción de los afrancesados de que España no resistiría al único

genio de nuestro siglo, España renació y desde entonces vuelve á ser

nación á los ojos de Europa; buena ó mala, pero al fin nación: lo

primero es existir, el cómo es cuestión secundaria.

Quizás su conducta en aquel trance, unida á la índole peculiar de

sus obras, fueron causa de que viviese y muriese casi olvidado de

la nación, siendo como fué uno de sus hijos más ilustres, y que

con mayor desinterés ansió y se afanó por su cultura. Razón tuvo,

pues, en despedirse de la patria, con estos melancólicos versos, que

puesto que le pintan de cuerpo entero copiamos aquí, aunque estarían

mejor á la cabeza de su biografía, como artístico medallón sobre los

renglones de un epitafio:

Nací de honesta madre; dióme el cielo

fácil ingenio en gracias afluente,

dirigir supo el ánimo inocente

á la virtud el paternal desvelo.

Con sabio estudio, infatigable anhelo

pude adquirir coronas á mi frente:

la corva escena resonó en frecuente

aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.

Dócil, veraz, de muchos ofendido,

de ninguno ofensor, las Musas bellas

mi pasión fueron, el honor mi guía;

pero si así las leyes atropellas,

si para ti los méritos han sido

culpas; adios, ingrata patria mía.

II

La gloria de Moratín se cifra toda entera en su campaña para

restaurar el teatro español; con el ejemplo, por medio de sus

comedias; con los preceptos, por medio de la exposición de sus

teorías, sus estudios históricos, las observaciones, apuntes y

comentarios que se hallan en todos sus escritos acerca de la poesía

dramática. Esta fué su constante preocupación; lo demás de sus obras

es accidental, ó tiene relación inmediata con su talento de poeta

cómico.

En esta campaña teatral Moratín sufrió grandes sinsabores. Nadie

que conozca el teatro por dentro ha de extrañarlo, aun antes de

saber cómo estaba el nuestro á fines del pasado siglo, y las

singulares costumbres de aquella época pintoresca. De todos los

que se meten á reformadores en este bajo mundo, ninguno habrá que

tenga aparejada con más anticipación la cruz, como quien pone empeño

en contrariar las dos más poderosas majestades de la tierra: el

gusto del público que asiste á un teatro, y los intereses de los

que viven de contentarle. En tiempo de Moratín, todo agravaba la

empresa: la enmarañada red que envolvía esta diversión pública,

con la intervención de las autoridades civil y eclesiástica, la

administración interna de los teatros, los bandos y partidos, el

estado de la literatura y la opinión. ¡Qué encarnizadísimo asalto

debían dar estas entidades juntas contra el hombre que se propusiera

la menor reforma! Tanto más, cuanto que Moratín ponía la mira en

todo, y en todo quería introducirlas. En este punto no fué sólo

un preceptista literario. Á todo alcanza su crítica, incluso á

defectos de policía de la incumbencia de un Alcalde corregidor. Así

discurre tocante á los medios gubernativos para sacar al teatro de

su postración ó las leyes relativas á la censura, como se entretiene

en señalar los vicios de las chocarreras tonadillas que se cantaban.

Basta esto para imaginar su martirio. ¡Qué hervidero de cábalas! ¡qué

recelos y envidias de autores y actores! Y en esto la autoridad,

ó impotente ó celosa de sus prerrogativas, el clero, huraño, los

espectadores, como siempre, bien hallados con sus gustos hijos de

la costumbre. Nombrado individuo de una junta para la reforma del

teatro, hubo de retraerse á poco de asistir á ella. Era presidente de

la misma, el del mismo consejo de Castilla... ¡un general! hombre de

genio muy áspero é impetuoso, que no pudo sufrir las observaciones

de Moratín, y que estuvo á punto una vez de tirarle el tintero á

la cabeza. Con lo cual ya se deja comprender que el autor de los

_Orígenes del teatro español_, se convenció á la primera de que al

bravo militar le sobraban razones y que era más entendido que él en

materias literarias. Quiso más tarde el gobierno crear una dirección

de teatros, y le ofreció este cargo; pero Moratín lo rehusó, porque

ya había sentido sus espinas. Por otra parte, no hubo comedia

suya cuyas representaciones no tropezaran con mil dificultades.

Exigencias de actriz demoraron cuatro años el estreno de _El Viejo_

y _La Niña_ después de mil supresiones que impuso la censura. La

_Comedia nueva_, cruenta sátira en acción de la decadencia del

teatro, apenas pudo arrostrar la estruendosa animosidad, el pataleo

y rabia de las víctimas. Naufragó _El Barón_ el día de su estreno

(después de haber sido plagiada, antes que representada), víctima de

las parcialidades y de la venganza en fermentación por espacio de

algunos años. Á la _Mojigata_ siguieron las más violentas polémicas

é intrigas increíbles, como siempre que se atacó en el teatro la

hipocresía, el vicio más vidrioso y asustadizo de todos, y el que más

chilla cuando se le saca á la vergüenza, como si en él descansara

toda la máquina social, lo cual no parece probable. Enardecidos los

ánimos conforme se acentuaba el propósito de Moratín de acertar en

el corazón á las preocupaciones de aquella época, no pararon los

enemigos hasta delatarle al Santo Oficio por _El Sí de las niñas_, y

denunciarle como un criminal. De modo que estas obras que hoy parecen

harto morales, parecieron revolucionarias y piedra de escándalo; y

su autor, tímido y juicioso por naturaleza, furibundo demagogo que

atentaba á lo más sagrado. Este último sorbo colmó su amargura y le

decidió á retirarse del teatro y arrinconar los borradores de otras

comedias, limitándose luégo á traducir de Molière, su ídolo, _La

Escuela de los maridos_ y _El Médico á palos_.

En esta ruidosa campaña ni todo fueron derrotas para Moratín, ni

estas se debieron en absoluto á las malas artes ó á la brutalidad

del enemigo. Algunos idolatraron á Moratín, sus obras á pesar de la

borrasca se representaron con éxito y fueron celebradas y leídas,

y cuanto hoy elogiamos en ellas encantó á muchos. Pero fuerza

es decir que los principios literarios de su autor debían ser

discutibles entonces, aunque con más talento de lo que lo fueron,

y son inadmisibles hoy en algunos puntos. Moratín pareció en la

escena, cuando se había perdido toda noción de buen gusto, y agotada

la inspiración, prosperaban sólo en la literatura los defectos del

genio literario español sin sus grandes cualidades; como árbol que

había perdido la exuberante savia, pero no la hojarasca inútil.

Atajar, pues, esta general corrupción era un bien y el expurgo,

necesario. Nada enseñó Moratín en este sentido que no estuviera

conforme con la más depurada belleza. Pero el error esencial de

todos sus preceptos estaba: primero, en que si tenían el valor

relativo de curar la enfermedad reinante, no tenían igualmente la

virtud de devolver el hervor de la inspiración y el sentimiento,

más necesarios para producir belleza que todas las retóricas; y en

segundo lugar, que siendo la de Moratín la más discreta y atildada

copia de las doctrinas francesas, contrariaba en absoluto el genio

nacional y luchaba á brazo partido con nuestro carácter. Moratín fué

la encarnación viva, definitiva y potente de la escuela francesa que

desde principios del siglo XVIII pretendía entronizarse en España;

un Boileau español, en suma, siempre á vueltas con la razón y el

buen sentido, el decoro y la regularidad, pocas veces partidario de

sentir hondo y vehemente. Si su atildamiento y pulcritud, la templada

observación de la naturaleza, la más absoluta sumisión á la mediana

verosimilitud, podían convenir á la comedia, no eran bastantes para

infundir poderosa y deslumbradora vida al teatro de una nación, ni

podía contentar á un público ardiente como el nuestro. En todos los

principios literarios de Moratín se observa la misma deficiencia

y aquel rigorismo innecesario y á veces absurdo que convierte el

arte en artificio, por una reacción natural contra la licencia y la

ignorancia, y obra como medicina que debiendo depurar la sangre, la

empobreciese hasta producir la anemia.

Tantas revoluciones y tantas ideas se han sucedido desde entonces

y tan apartados nos hallamos de las que profesó Moratín, que ya es

inútil discutirlas siquiera, pero siempre es curioso estudiar hasta

dónde alcanzan las preocupaciones de las escuelas. En el fondo de

cuanto dice Moratín, parece entreverse la eterna cuestión que suscita

siempre la literatura dramática, entre los literatos y el vulgo.

El teatro es diversión y es arte; espectáculo y literatura, y es

además todo él convención. ¿Á quién hay que complacer? ¿Al hombre

de letras que está apreciando las filigranas del estilo y distingue

de géneros y aquilata los menores detalles, ó á la generalidad de

los espectadores, ávidos de emociones vivas, hondas, inmediatas,

para quienes todo ha de aparecer de bulto y á grandes brochazos?

El genio dramático por lo común complace á todos y alcanza ambos

fines; divertir y producir bellezas; pero nuestros clásicos del

pasado siglo y particularmente Moratín, juzgaban en esta cuestión con

criterio casi exclusivamente literario, y querían escribir tragedias

y comedias con la pulcritud y la nimia observancia de las reglas

con que se escribían libros para unos pocos. Se empeñaban además en

limitar cuanto era posible la convención teatral en busca de una casi

identidad de la ilusión escénica con la realidad, no sólo imposible,

sino contraria á toda belleza. ¿Hay nada más absurdo y risible

que las unidades de lugar y de tiempo en el drama, tan discutidas

entonces? Se fuerza al espectador á que imagine que ve al mismo

César en las tablas y que por consiguiente ha retrocedido muchos

siglos, y no se le puede forzar una vez hecho este largo viaje, á

que dé por transcurrido un año siquiera durante el entreacto. Se

le planta en el _Foro_ desde la butaca, y cuando se le tiene allí

con el pensamiento, no le es permitido salir de Roma para que no

se desvanezca la ilusión. Nada hay verdad en aquella Roma de tela y

cartones; ni armas, ni trajes, ni hombres, ni idioma; pero una vez

realizada aquella mentira grata á la imaginación, ésta ya no puede

permitirse un solo pecadillo más, y ha de temblar ante la gramática

que mide sus palabras, encogerse por temor de la irregularidad,

reprimir sus vuelos por no incurrir en inverosimilitudes (de que está

llena, por cierto, la realidad que se pretende imitar), y ahogar

toda emoción atendiendo al decoro, como hastiado palaciego que juzga

cursi todo afecto arrebatado. Y esto se quería imponer como ley en un

espectáculo, donde la muchedumbre va á sentir y á distraerse, donde

el efecto es inmediato y no razonado, y la atmósfera caldeada, la

música, las luces, la misma presencia de la mujer, son otros tantos

incentivos que predisponen á la expansión del sentimiento.

Por otra parte, incurriendo en contradicciones, frecuentes siempre

que se pretende embutir en principios generales las libres y

espontáneas leyes de la naturaleza, mientras se aspiraba á remedarla

tan mezquinamente, se huía por sistema de la verdad, en lo más

esencial: los caracteres y las pasiones. Aquellos héroes y reyes

de tragedia, que las más veces debían pertenecer á Grecia y Roma,

no habían de parecerse á los seres vivos que representaban sino

á un falso y amanerado tipo, que se había convenido en tener por

ideal; y habían de ostentar una dignidad aparatosa y afectada en

palabras y acciones. Les estaba prohibido dar rienda suelta á sus

pasiones, manchar la escena con su sangre, proferir palabras ó

conceptos familiares, mezclar la risa con el llanto, codearse con sus

inferiores en las tablas. Moratín se indigna de que un Antonio de

Leiva diga puesto en ellas,--_El juicio me vuelven estas cosas_--y

un Julio César--_Hola ¿qué es esto?_--ú otras expresiones por el

estilo. Quiere á todo trance, que no se confunda nunca en una misma

obra lo patético con lo cómico, ni parezcan revueltas las clases.

Con profunda separación entre ellas, se reserva la tragedia para los

héroes y testas coronadas, y la comedia, para el pueblo, y después de

ser depurados en un alambique, se trasiegan á un frasco el llanto,

el veneno y la sangre para uso de los primeros, y las lagrimillas

de risa á otro para la gente de poco más ó menos, á quien se le

permite servir de ejemplo de ridiculeces. Ni tampoco es dado á los

coetáneos del autor, mostrar en las tablas heroísmo y magnanimidad,

y ser capaces de poderosas pasiones y virtudes. Los personajes de la

tragedia deben elegirse en regiones y tiempos distantes y apartados

del espectador.

Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculizar _El

gran cerco de Viena_, pero que también y á poca costa se hubiera

podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra,

á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su

procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional,

comprimido y forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió

aquel molde pequeño, se desbordó otra vez, y refluyó á su fuente

primitiva, que al mismo Moratín á pesar de sus reservas y distingos

parecía abundantísima y rica. El triunfo de los clásicos, si es que

éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico en cuanto

purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo.

Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores

volvieron á apasionarse por la riqueza y brillantez de invención

de la dramática del siglo de oro, la fuerza y elevación de los

caracteres, la variedad de gentes de todas condiciones que figuraban

en las tablas confundidas como en la vida; el deslumbrador estilo;

en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser lo que

debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección

académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en

_caseros octosílabos_. Rota la valla, invadieron otra vez la escena

los personajes de capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y

los monarcas de la Edad Media; la comedia se hizo más intencionada

y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la rima; la tragedia se

vistió de levita; apareció el drama histórico y el contemporáneo,

sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno

en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en

espectáculo para los sentidos con los violáceos fulgores de las

luces de bengala y los sorprendentes recursos de la escenografía,

y los cuadros al vivo de las apoteósis finales. Desde que murió

Moratín hasta el presente, la poesía dramática agotó los asuntos

y las formas, y las empresas, los medios de divertir é interesar

al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el tiempo de la

fábula para que no se desvanezca la ilusión, muchos espectadores

se han vuelto ya tan entendidos y se hallan tan poco dispuestos á

pasar por ella, que ninguna convención teatral logra hacerse perdonar

la imprescindible necesidad de su existencia. De modo que algunos

sospechan que el teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha

pasado, en menos de medio siglo, inmediatamente después de haberse

propuesto Moratín vivificar y convertir la escena en cátedra de moral

y cultura con sólo las túnicas de _Británico_ y _Atalía_ para las

grandes solemnidades y la casaca y la peluca del _Barón_ para los

días de labor.

III

Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué poeta; yo no

lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos

coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas.

De estas, sus romances festivos y sus epístolas morales, como más

adecuados á su ingenio de autor cómico, ó á su natural reposado y

severo, se leen con placer y cierta fruición cuando la afición á las

letras es mucha, porque algún atractivo tiene aquel gusto depurado,

que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la frase, una

versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el

menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo

confieso con franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas

los amigos del género pseudo-clásico.

También en esto nos hallamos ya tan distantes de él, que es imposible

aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos. El poeta

lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero particular

muy instruído y versado en letras sagradas y profanas, que se

olvidaba por completo de sí mismo y de la realidad presente en cuanto

se le ocurría dar forma á sus inspiraciones poéticas. Entonces se

vestía de griego ó romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger

el estilete en lugar de la pluma, y las tablillas en vez del papel, y

fija la memoria en lo que sabía de la antigüedad, á mil ochocientos

años de distancia se forjaba la ilusión de que vivía bajo el reinado

de Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De repente, todo

se trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y

apellido por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por

otro de los que conferían los Arcades de Roma; la historia y la

geografía histórica debían conocerse al dedillo para hablar como de

presente de tan lejanos tiempos; el mayor afán consistía en decir

con palabras nobles é imágenes nuevas lo corriente y vulgar y se

establecía entre la imagen y el objeto, el sentimiento y la expresión

tal cúmulo de ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de

conocimientos de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es

esto poesía? ¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí

se halla tan distante de serlo, como una lección de retórica. Mucho

tiene la verdadera poesía de conmovedor, de inefable, que embriaga y

arrebata, que enardece y hace soñar, que no pude descubrir nunca en

este género de versos. _El opulento Gerión_, la _Cádiz eritrea_, _el

espartario golfo_, _la Hesperia_, el _ceguezuelo niño_ y el _luso_

y el _galo_, etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan

tantas alegorías y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita

un curso completo de mitología. No basta hallar de vez en cuando

algún sentimiento sincero entre ese fárrago de frases depuradas y

elegantes, ni contenta tal cual imagen graciosa que desde luégo por

su asunto y su precisión parece burilada como un camafeo, ó recuerda

las barrocas entalladuras de los artesones y muebles de la época.

Esta corona, adorno de mi frente,

esta sonante lira y flautas de oro

y máscaras alegres que algún día

me disteis, sacras musas...

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus pintados trofeos?

........ La Fama es esta,

sí, la conozco. Rápida girando

dilata al aire las doradas plumas,

suelto el cabello que su frente adorna,

desceñida la túnica celeste.

¿Quién no la imagina volando así por los artesones de un palacio?

Venus, hija del mar, diosa de Gnido

y tú, ciego rapaz, que revolante

sigues el carro de tu madre hermosa

la aljaba de marfil, pendiente al lado.

Bello es, bello como las miniaturas de las tabaqueras que usarían

Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en las

colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más

la poesía? Felizmente los poetas contemporáneos han creído que

sí. Se han pedido directamente nuevas y más eficaces imágenes á

la naturaleza, y á los modernos conocimientos; la fantasía y el

sentimiento han visto abrirse inmensos espacios, con el atractivo

indecible de su fondo infinito y sus tintas rutilantes. Es imposible

inventariar en una sola cláusula todos los géneros, todos los

afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente

siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á los

venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el arte

más inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca: la

poesía lírica. En España queda, sin embargo, mucho por hacer todavía,

pues la enseñanza oficial propone aún como indiscutibles modelos

algunas obras del género de Moratín y persuade al culto de la forma

por la forma, de la frase por la frase, de la ficticia elegancia y

la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible adquirir con el

estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No, lo que en los

libros se adquiere con la servil imitación, no es poesía ni lo ha

sido nunca. Hay que desechar las formas aprendidas y estereotipadas

por las que espontáneamente ofrece el propio genio cuando existe;

decir lo que se siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear,

en suma, aquel cielo y aquel mundo, en los cuales, según la sublime

expresión del poeta, existen muchas cosas más de las que soñó la

humana filosofía, léase, la retórica.

J. YXART.

DISCURSO PRELIMINAR

[Ilustración]

DISCURSO PRELIMINAR[1]

[1] Este Discurso preliminar, que, escrito por el mismo Moratín,

figuró al frente de sus comedias, comprende la historia resumida

del Teatro español desde el siglo XVIII, á la época en que el

autor tomó sobre sí la empresa de restaurarlo con su ejemplo y

sus preceptos. Nada dice Moratín de sus coetáneos, y nada pudo

decir, puesto que falleció en 1828, de la profunda revolución que

trajo á la escena española el romanticismo, pocos años después

de su muerte. Así limitado á dicho período todo el discurso, es,

en suma, la historia de la decadencia del teatro genuinamente

nacional, y de las tentativas hechas para sujetarle á los cánones

del pseudo clasicismo, hasta que, no bien triunfantes, fueron

otra vez derrocados y olvidados.

Al empezar el siglo XVIII tuvieron principio en España las

calamidades de la guerra de sucesión. Apenas hubo descanso para

celebrar con espectáculos alegres, en los primeros años del siglo, la

coronación de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya,

y el nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se

representaron delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro,

y después al pueblo, algunas comedias de don Antonio de Zamora,

gentil hombre de S. M., que florecía entonces entre pocos y oscuros

autores, ninguno capaz de competirle. Habíase propuesto por modelo

las obras de Calderón, y es fácil inferir hasta dónde llegarían los

primores de quien sólo aspiraba á imitar los ejemplos poco seguros de

aquel dramático.

En sus zarzuelas ó comedias de música repitió Zamora iguales

desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían amontonado

en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado,

crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de

empalagosa discreción que no puede sufrirse. En las comedias

historiales confundió los géneros de la tragedia, de la comedia y

aun de la farsa, sin otro mérito que el de muchos rasgos de indócil

fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo hizo en las piezas

mitológicas y en las de asuntos sagrados.

Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez (conocido bajo el

nombre de Tirso de Molina) la comedia de _El Burlador de Sevilla_,

la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe ignorante y

crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó

á los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones

de ella (más ó menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás

Corneille y el gran Molière. Goldoni, en el siglo anterior al

nuestro, no se desdeñó de repetirla.

Los antagonistas del teatro no perdonaron los defectos de una comedia

tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de sufrir, como

era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y

conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles;

dió al carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que

permitía el argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz

pintura de costumbres nacionales con que le supo hermosear; y

añadiendo á esto las prendas de locución y armonía, conservó al

teatro una comedia que siempre repugnará la sana crítica, y siempre

será celebrada del pueblo.

Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y segunda parte

de _El Espíritu foleto_, en que por la intervención de un duende

festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando

á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos

y diablos, que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En

la comedia de _Don Domingo de don Blas_ confundió Zamora grandes

intereses de reyes y príncipes con afectos comunes y situaciones

de indecorosa ridiculez. La figura cómica de don Domingo, bien

imaginada y mal sostenida, hace reir no pocas veces; pero sus gracias

mezcladas con intolerables descuidos no dan una idea favorable del

buen gusto de aquel poeta. Mayor mérito se reconoce en la comedia

de _El Hechizado por fuerza_, aunque no exenta de considerables

imperfecciones. La acción está complicada con episodios inútiles, no

verosímiles, y dirigidos únicamente á dilatar y entorpecer un mal

desenlace. Unas veces habla don Claudio como un hombre de instrucción

y talento, y otras como pudiera el más estúpido; no es fácil entender

si toma de veras ó de burlas lo que están haciendo con él, si

efectivamente piensa que está hechizado, ó si trata sólo de engañar

á los que intentan persuadírselo. Las situaciones cómicas, que son

muchas, degeneran en triviales algunas veces; el estilo, si no

siempre es correcto, siempre es fácil y alegre; la dicción excelente,

la versificación sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de

chistes.

Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus contemporáneos escribieron obra

ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de 1740; compuso hasta

unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se echa de ver

que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces rivalizó

con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte, cultivó la

poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la encontró.

Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos de Castilla,

compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales,

si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar

la confianza con que se abandonó á la imitación de originales

defectuosos, acomodándose al gusto depravado de su tiempo.

Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas y

astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas

zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada _El

Hospital en que cura amor de amor la locura_, fábula de dos acciones,

personajes y estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe

sus muchos desatinos. Tuvo aquel poeta grande celebridad en su

tiempo, y no sin causa, pues aunque no conoció el estilo elevado de

nuestra lengua, supo desempeñar en sus obras prosáicas con gracia y

facilidad los asuntos familiares y humildes; pero el corto paso que

parece que hay de esta clase de escritos, al tono y expresión de la

buena comedia, no supo darle. No fué bastante su talento á inventar

una fábula regular; con todo el conocimiento que tenía de los vicios

y ridiculeces comunes, no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad

ni interés á su obra; quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla

muy graciosa, y resultó chabacana y sucia. Con menos facilidad

todavía ejercitó su pluma don Tomás de Añorbe y Corregel, capellán de

las monjas de la Encarnación de Madrid, en unas diez y ocho ó veinte

comedias que dió á luz, en las cuales nada se encuentra que merezca

elogio ni perdón. Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como

la peor, es sin duda _El Paulino_, que el autor se atrevió á llamar

tragedia, y de la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio

que merece. Aun suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien

pudo haber visto el _Cinna_ de Corneille, que había traducido con

inteligencia y publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro

Picolomini, marqués de San Juan. Allí hubiera podido á lo menos

sospechar lo que es una tragedia; pero de nada sirven los ejemplos á

quien no los quiere seguir.

Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado del ardiente

anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de ignorancia

en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras

preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón

con que llevó adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo,

á pesar de los que aseguran su privado interés en hacerlo estúpido.

Con la publicación de sus obras facilitaba el camino de un modo

indirecto á los autores dramáticos para exponer en el teatro á la

risa pública las prácticas supersticiosas, las opiniones funestas

que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada política, la

credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de seguirle

ni de aprovecharse de las luces de su doctrina.

Los autores del estimable periódico intitulado _Diario de los

literatos de España_ examinaban con juiciosa crítica las obras que

entonces se publicaban; sostenían los principios más sólidos del

raciocinio y del buen gusto, y trataban de encaminar hacia la

perfección, en cuanto les era posible, la literatura nacional. Su

fatiga no fué muy larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta

de lectores y de agradecimiento público.

La Academia española, establecida á imitación de la francesa con una

organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte aquella

lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía

con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua;

pero no pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni

contribuir á los progresos de la oratoria y la poesía; su influencia

no pasó más allá del salón en que celebraba sus juntas.

En las escuelas se enseñaban á la luz de la antorcha de Aristóteles,

teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de la filosofía,

sin el de la historia, sin el de la política, sin el de las

matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el de

las lenguas doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se

sabía, porque nadie lo podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo.

_Todas las cátedras de las universidades_ (dice Torres) _estaban

vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura

geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y tentaciones

de san Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera donde

hervían á borbollones los pactos y los comercios con el demonio...

Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de matemáticas,

que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento y

cincuenta._ Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios,

¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la

amenidad y corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena

miserable?

Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia de Aragón,

educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que

florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo,

conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera

podido adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en

el año de 1737 una poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los

muy pocos que quisieron leerla, y se hallaban capaces de conocer su

mérito, no fué estimada del vulgo de los escritores, ni produjo por

entonces desengaño ni corrección entre los que seguían desatinados la

carrera dramática.

El ministerio, ocupado exclusivamente en buscar dinero para

sostener la sangrienta guerra de Italia, no podía aplicar su

atención ni extender sus liberalidades en beneficio del teatro. Las

flotas no salían de los puertos de América; lo que producían las

contribuciones, todo se consumía en formar ejércitos y conducirlos

á la pelea; la administración interior se desatendía; los sueldos

de los innumerables empleados no se pagaban; los magistrados de las

cámaras de Castilla é Indias, después de haber vivido en la escasez y

aun en la miseria, se enterraban de limosna en Recoletos. El pueblo

era el único protector de los teatros; el premio que obtenían los

poetas, los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la puerta;

no es mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á

quien los pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos.

Eran los teatros unos grandes corrales á cielo abierto, con tres

corredores al rededor, divididos con tablas en corta distancia que

formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente

de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los

corredores había unas gradas; en el piso del corral hileras de

bancos, y detrás de ellos un espacio considerable para los que

veían la función de pié, que eran los que propiamente se llamaban

mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte alta un

gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban

acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si

el concurso era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal

vez se acababa el espectáculo antes de tiempo. La escena se componía

de cortinas de indiana ó de damascos antiguos: única decoración de

las comedias de capa y espada. En nuestra niñez hemos oído recordar

con entusiasmo á los viejos _aquel romper de cortinas de Nicolás de

la Calle_. En las comedias que llamaban de teatro ponían bastidores,

bambalinas y telones pintados, según la pieza lo requería, y entonces

se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á las tres de

la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había iluminación,

ni se necesitaba.

El primer teatro que adquirió una forma regular fué el de los Caños

del Peral, en donde muy á principios del siglo se hicieron algunas

óperas y después comedias italianas por una compañía que llamaron

de los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de

la reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración

en aquel teatro por los años de 1738, dándole mayor comodidad y

ornato, y en él continuaron los italianos por algún tiempo haciendo

sus farsas de representación y de música. Este ejemplo estimuló á la

autoridad á construir de nuevo dos teatros en el sitio de los dos

corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido indecente

asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los

planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de

1743; y el del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de

quien era entonces delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en

el año de 1745, y se estrenó con la zarzuela intitulada _el Rapto de

Ganimedes_.

Esta plausible novedad, que dió á la corte unos teatros regulares y

cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos: siguieron

las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por

detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo

el espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos

alguaciles detrás; siguió la miserable orquesta, que se componía de

cinco violines y un contrabajo; siguió la salida de un músico viejo

tocando la guitarra cuando las partes de por medio debían cantar en

la escena algunas coplas, llamadas _princesas_ en lenguaje cómico.

La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste decir

que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con

arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos,

escusalí, tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de

laurel, peluca de sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo

izquierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la

virulé, su espadín de concha y su corbata guarnecida de encajes.

Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca

redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias moradas,

hebillas de oro y bastón de muletilla.

Con estos avíos se representaban las comedias antiguas y las que

diariamente se componían de nuevo. El número de poetas crecía en

proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo

reducido á dos axiomas toda su poética: 1.º que las obras de teatro

sólo piden ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros

no eran admisibles en la escena española.

Autorizado con estas libertades, compuso algunas comedias don

Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo

servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por

su inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores

en la milicia. Fácil y gracioso versificador en el género burlesco;

hinchado, oscuro y retumbante en el sublime, y en uno y otro

conceptista sutil, equivoquista y amigo de retruécanos miserables.

Sólo hay de él dos comedias impresas: la que intituló _El más justo

rey de Grecia_, estriba en un vaticinio de Apolo que puntualmente

se verifica. Á veces quiere imitar la de _El Esclavo en grillos de

oro_; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó muy inferior á

su original: el gracioso, llamado _Veleta_, es de lo menos gracioso

que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil desaciertos,

ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están escritos

con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo

enigmático y gigantesco. La de _Los Mártires de Toledo y tejedor

Palomeque_ no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la

justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué,

requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio,

bautismo ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El

estilo desigual, nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y

chabacano.

Comedias escogidas · 第 1 / 17 段