CAPÍTULO LXXVIII.

Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La poesía.

Llevé al joven Lisis a casa de Euclides, y entramos en una pieza de la

biblioteca que únicamente contenía obras de poesía y de moral, unas muy

numerosas y otras en corto número; quedose Lisis sorprendido de esta

desproporción, y Euclides le dijo: «Bastan pocos libros para instruir a

los hombres, y se necesitan muchos para divertirlos». Enseñonos luego

las obras que han salido a luz en diferentes épocas, bajo los nombres

de Orfeo, de Museo, de Tamiris, de Lino, de Antetes, Panfo, Olén,

Ábaris, Epiménides, etc. Unas no contienen más que himnos sagrados y

lamentaciones; otras tratan de los sacrificios, de los oráculos, de las

expiaciones y de los encantamientos. En algunas, y particularmente en

el ciclo épico que es una recolección de tradiciones fabulosas, están

descritas las genealogías de los dioses, la guerra de los titanes, la

expedición de los argonautas y las guerras de Tebas y de Troya. Como la

mayor parte de estas obras no son de los autores cuyos nombres tienen

al frente, Euclides descuidó ponerlas en un orden determinado.

En seguida estaban las de Hesíodo y de Homero: este último estaba

escoltado, digámoslo así, de un cuerpo terrible de intérpretes y

de comentadores. A su ejemplo muchos poetas intentaron cantar la

guerra de Troya, siendo uno de ellos Lesques, que empezó su obra con

estas palabras enfáticas: _Yo canto la fortuna de Príamo y la guerra

famosa_, etc. El mismo Lesques en su _Pequeña Ilíada_ y Diceógenes en

sus _Ciprios_ describieron todos los acontecimientos de esta guerra.

Los poemas de la Heracleida y de la Teseida no omiten ninguna de las

hazañas de Heracles y de Teseo. Estos autores nunca conocieron la

naturaleza de la epopeya y, no obstante, estaban puestos a continuación

de Homero, y se perdían entre sus rayos, así como se pierden las

estrellas entre los del sol.

Había tratado Euclides de reunir todas las tragedias, comedias y

sátiras que desde doscientos años atrás se habían representado en los

teatros de Grecia y de Sicilia. Tenía unas tres mil, y su colección no

era completa.

Yo conté varias veces cien piezas que venían todas de una misma mano.

«Los mimos», me dijo, «no fueron en su origen, más que farsas o sátiras

que se representaban en el teatro. Después se ha transmitido su nombre

a los pequeños poemas que ponen a la vista del lector aventuras

particulares.

»Por su objeto se acercan a la comedia, pero se diferencian por la

falta de enredo, y algunas por una licencia extremada. Hay algunas en

las que reina un chiste fino y decente». Entre los que Euclides había

reunido, encontré los de Jenarco y de Sofrón de Siracusa: estos últimos

eran las delicias de Platón que, habiéndolos recibido de Sicilia, los

dio a conocer a los atenienses.

«Antes del descubrimiento del arte dramático», nos dijo también

Euclides, «los poetas, a quienes la naturaleza concedió una alma

sensible y negó el talento de la epopeya, ya trazaban en sus pinturas

los desastres de una nación o las desventuras de un personaje de la

antigüedad, ya lamentaban la muerte de un pariente o de un amigo, y

ya aliviaban su dolor entregándose a él. Sus cantos lastimeros, casi

siempre acompañados de la flauta, fueron conocidos bajo el nombre de

elegías o lamentaciones.

»Este género de poesía sigue una marcha comúnmente irregular;

quiero decir que el verso de seis pies y el de cinco se suceden en

él alternativamente. Su estilo ha de ser sencillo, las expresiones

fogosas, pero sin imprecaciones ni género alguno de desesperación.

»La elegía puede aliviar nuestros males cuando experimentamos la

desgracia, y ha de inspirarnos valor cuando estamos próximos a ella.

Entonces toma un tono más vigoroso y, haciendo uso de imágenes las

más fuertes, nos hace avergonzar de nuestra cobardía y envidiar las

lágrimas derramadas en los funerales de un héroe muerto en defensa

de la patria. Así es como Tirteo reanimó el ardor apagado de los

espartanos, y Calino el de los habitantes de Éfeso.

»Cansada en fin de lamentarse de las calamidades harto reales de la

humanidad, la elegía tomó a su cargo el expresar los tormentos del

amor, y muchos poetas le debieron un brillo que resalta en favor de

sus queridas. Las gracias de Batis se ven a cada instante celebradas

por Filetas de Cos que, siendo aún joven, se ha adquirido una justa

reputación. Dicen que su cuerpo es tan delgado y tan débil que para

resistir a la violencia del viento tiene que ponerse en el calzado unas

soletas de plomo o unas bolas del mismo metal. Los habitantes de Cos

envanecidos con sus progresos, le han consagrado una estatua de bronce

bajo un plátano».

Había en los estantes muchos himnos en honor de los dioses, odas a los

vencedores en los juegos de la Grecia, églogas, canciones y varias

piezas sueltas.

«La égloga», nos dijo Euclides, «ha de pintar las dulzuras de la vida

pastoril. Los pastores, sentados en el césped a las márgenes de un

arroyo, en la falda de una colina, a la sombra de un árbol antiguo, ya

conciertan sus caramillos con el murmullo de las aguas y del céfiro, ya

cantan sus amores y sus contiendas inocentes, sus rebaños y los tiernos

objetos que los rodean.

»El origen de este género de poesía debe buscarse en Sicilia, donde

el pastor Dafnis concibió la primera idea de él, y después lo

perfeccionaron dos poetas del mismo país, Estesícoro y Diomo.

»La égloga por falta de movimiento y variedad jamás lisonjeará nuestro

gusto tanto como aquella poesía en que el corazón se explaya en el

instante del placer y en el de la pena; hablo de las canciones, cuyas

diferentes especies conocéis. Las he dividido en dos clases: la

una contiene las canciones de mesa, la otra las que son peculiares

de ciertas profesiones, tales como las de los segadores, los

vendimiadores, las espigadoras, los molineros, los cardadores, los

tejedores, las nodrizas, etc.

»La embriaguez del vino y del amor, de la alegría y el patriotismo

caracteriza a las primeras. Exigen un talento particular; los que le

deben a la naturaleza no necesitan precepto alguno, y en cuanto a los

demás, serían inútiles. Píndaro ha compuesto canciones para beber, pero

siempre se cantarán las de Anacreonte y de Alceo. En la segunda especie

de canciones, la relación de los trabajos se endulza con el recuerdo de

ciertas circunstancias o con el de las ventajas que proporcionan. Oí

una vez a un soldado medio borracho que cantaba una canción marcial, de

cuyas palabras no me acuerdo pero este era el sentido: “Una lanza, una

espada, un escudo, ved aquí todo mi haber; con la lanza, la espada y el

escudo tengo tierras, mieses y vino: he visto gentes que postradas a

mis pies me llamaban su soberano y su señor, porque no tenían ni espada

ni escudo”.

»Antes de pasar adelante, debo hacer mención», dijo Euclides, «de un

poema en que comúnmente brilla el entusiasmo del que hemos hablado.

Son los himnos de Dioniso, conocidos con el nombre de _ditirambos_.

Es preciso estar en una especie de delirio para componerlos y cuando

los cantan, porque están destinados a dirigir las danzas vivas y

turbulentas, ejecutadas comúnmente en corro.

»Este poema se reconoce fácilmente en las propiedades que lo distinguen

de los demás. Para pintar a un mismo tiempo las cualidades y las

relaciones de un objeto, muchas veces se permite reunir muchas palabras

en una sola, y de esto suelen resultar expresiones tan voluminosas

que cansan el oído, y tan ruidosas que conmueven la imaginación. Las

metáforas que parece que no tienen entre sí conexión alguna se suceden

sin seguirse; el autor que va siguiendo a saltos impetuosos ve el

enlace de los pensamientos y descuida el indicarlo. Ya se desentiende

de las reglas del arte, ya emplea diferentes medidas de versos y

diversas especies de modulaciones».

En seguida vi una colección de versos improvisados, de enigmas, de

acrósticos, y de toda especie de grifos o acertijos. En las últimas

páginas había dibujado un huevo, un altar, un hacha de dos filos, y

las alas del amor. Examinando detenidamente estos dibujos, advertí que

eran piezas de poesía compuestas de versos cuyas diferentes medidas

indicaban el objeto que por diversión habían querido representar. En el

huevo por ejemplo, los dos primeros versos eran de tres sílabas cada

uno; los siguientes iban creciendo hasta cierto punto, desde el cual,

menguando con la propia proporción que habían aumentado, terminaban

en dos versos de tres sílabas como los del principio. Simias de Rodas

acababa de enriquecer la literatura con estas producciones tan pueriles

como laboriosas.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 58 / 84 题