Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La poesía.
Llevé al joven Lisis a casa de Euclides, y entramos en una pieza de la
biblioteca que únicamente contenía obras de poesía y de moral, unas muy
numerosas y otras en corto número; quedose Lisis sorprendido de esta
desproporción, y Euclides le dijo: «Bastan pocos libros para instruir a
los hombres, y se necesitan muchos para divertirlos». Enseñonos luego
las obras que han salido a luz en diferentes épocas, bajo los nombres
de Orfeo, de Museo, de Tamiris, de Lino, de Antetes, Panfo, Olén,
Ábaris, Epiménides, etc. Unas no contienen más que himnos sagrados y
lamentaciones; otras tratan de los sacrificios, de los oráculos, de las
expiaciones y de los encantamientos. En algunas, y particularmente en
el ciclo épico que es una recolección de tradiciones fabulosas, están
descritas las genealogías de los dioses, la guerra de los titanes, la
expedición de los argonautas y las guerras de Tebas y de Troya. Como la
mayor parte de estas obras no son de los autores cuyos nombres tienen
al frente, Euclides descuidó ponerlas en un orden determinado.
En seguida estaban las de Hesíodo y de Homero: este último estaba
escoltado, digámoslo así, de un cuerpo terrible de intérpretes y
de comentadores. A su ejemplo muchos poetas intentaron cantar la
guerra de Troya, siendo uno de ellos Lesques, que empezó su obra con
estas palabras enfáticas: _Yo canto la fortuna de Príamo y la guerra
famosa_, etc. El mismo Lesques en su _Pequeña Ilíada_ y Diceógenes en
sus _Ciprios_ describieron todos los acontecimientos de esta guerra.
Los poemas de la Heracleida y de la Teseida no omiten ninguna de las
hazañas de Heracles y de Teseo. Estos autores nunca conocieron la
naturaleza de la epopeya y, no obstante, estaban puestos a continuación
de Homero, y se perdían entre sus rayos, así como se pierden las
estrellas entre los del sol.
Había tratado Euclides de reunir todas las tragedias, comedias y
sátiras que desde doscientos años atrás se habían representado en los
teatros de Grecia y de Sicilia. Tenía unas tres mil, y su colección no
era completa.
Yo conté varias veces cien piezas que venían todas de una misma mano.
«Los mimos», me dijo, «no fueron en su origen, más que farsas o sátiras
que se representaban en el teatro. Después se ha transmitido su nombre
a los pequeños poemas que ponen a la vista del lector aventuras
particulares.
»Por su objeto se acercan a la comedia, pero se diferencian por la
falta de enredo, y algunas por una licencia extremada. Hay algunas en
las que reina un chiste fino y decente». Entre los que Euclides había
reunido, encontré los de Jenarco y de Sofrón de Siracusa: estos últimos
eran las delicias de Platón que, habiéndolos recibido de Sicilia, los
dio a conocer a los atenienses.
«Antes del descubrimiento del arte dramático», nos dijo también
Euclides, «los poetas, a quienes la naturaleza concedió una alma
sensible y negó el talento de la epopeya, ya trazaban en sus pinturas
los desastres de una nación o las desventuras de un personaje de la
antigüedad, ya lamentaban la muerte de un pariente o de un amigo, y
ya aliviaban su dolor entregándose a él. Sus cantos lastimeros, casi
siempre acompañados de la flauta, fueron conocidos bajo el nombre de
elegías o lamentaciones.
»Este género de poesía sigue una marcha comúnmente irregular;
quiero decir que el verso de seis pies y el de cinco se suceden en
él alternativamente. Su estilo ha de ser sencillo, las expresiones
fogosas, pero sin imprecaciones ni género alguno de desesperación.
»La elegía puede aliviar nuestros males cuando experimentamos la
desgracia, y ha de inspirarnos valor cuando estamos próximos a ella.
Entonces toma un tono más vigoroso y, haciendo uso de imágenes las
más fuertes, nos hace avergonzar de nuestra cobardía y envidiar las
lágrimas derramadas en los funerales de un héroe muerto en defensa
de la patria. Así es como Tirteo reanimó el ardor apagado de los
espartanos, y Calino el de los habitantes de Éfeso.
»Cansada en fin de lamentarse de las calamidades harto reales de la
humanidad, la elegía tomó a su cargo el expresar los tormentos del
amor, y muchos poetas le debieron un brillo que resalta en favor de
sus queridas. Las gracias de Batis se ven a cada instante celebradas
por Filetas de Cos que, siendo aún joven, se ha adquirido una justa
reputación. Dicen que su cuerpo es tan delgado y tan débil que para
resistir a la violencia del viento tiene que ponerse en el calzado unas
soletas de plomo o unas bolas del mismo metal. Los habitantes de Cos
envanecidos con sus progresos, le han consagrado una estatua de bronce
bajo un plátano».
Había en los estantes muchos himnos en honor de los dioses, odas a los
vencedores en los juegos de la Grecia, églogas, canciones y varias
piezas sueltas.
«La égloga», nos dijo Euclides, «ha de pintar las dulzuras de la vida
pastoril. Los pastores, sentados en el césped a las márgenes de un
arroyo, en la falda de una colina, a la sombra de un árbol antiguo, ya
conciertan sus caramillos con el murmullo de las aguas y del céfiro, ya
cantan sus amores y sus contiendas inocentes, sus rebaños y los tiernos
objetos que los rodean.
»El origen de este género de poesía debe buscarse en Sicilia, donde
el pastor Dafnis concibió la primera idea de él, y después lo
perfeccionaron dos poetas del mismo país, Estesícoro y Diomo.
»La égloga por falta de movimiento y variedad jamás lisonjeará nuestro
gusto tanto como aquella poesía en que el corazón se explaya en el
instante del placer y en el de la pena; hablo de las canciones, cuyas
diferentes especies conocéis. Las he dividido en dos clases: la
una contiene las canciones de mesa, la otra las que son peculiares
de ciertas profesiones, tales como las de los segadores, los
vendimiadores, las espigadoras, los molineros, los cardadores, los
tejedores, las nodrizas, etc.
»La embriaguez del vino y del amor, de la alegría y el patriotismo
caracteriza a las primeras. Exigen un talento particular; los que le
deben a la naturaleza no necesitan precepto alguno, y en cuanto a los
demás, serían inútiles. Píndaro ha compuesto canciones para beber, pero
siempre se cantarán las de Anacreonte y de Alceo. En la segunda especie
de canciones, la relación de los trabajos se endulza con el recuerdo de
ciertas circunstancias o con el de las ventajas que proporcionan. Oí
una vez a un soldado medio borracho que cantaba una canción marcial, de
cuyas palabras no me acuerdo pero este era el sentido: “Una lanza, una
espada, un escudo, ved aquí todo mi haber; con la lanza, la espada y el
escudo tengo tierras, mieses y vino: he visto gentes que postradas a
mis pies me llamaban su soberano y su señor, porque no tenían ni espada
ni escudo”.
»Antes de pasar adelante, debo hacer mención», dijo Euclides, «de un
poema en que comúnmente brilla el entusiasmo del que hemos hablado.
Son los himnos de Dioniso, conocidos con el nombre de _ditirambos_.
Es preciso estar en una especie de delirio para componerlos y cuando
los cantan, porque están destinados a dirigir las danzas vivas y
turbulentas, ejecutadas comúnmente en corro.
»Este poema se reconoce fácilmente en las propiedades que lo distinguen
de los demás. Para pintar a un mismo tiempo las cualidades y las
relaciones de un objeto, muchas veces se permite reunir muchas palabras
en una sola, y de esto suelen resultar expresiones tan voluminosas
que cansan el oído, y tan ruidosas que conmueven la imaginación. Las
metáforas que parece que no tienen entre sí conexión alguna se suceden
sin seguirse; el autor que va siguiendo a saltos impetuosos ve el
enlace de los pensamientos y descuida el indicarlo. Ya se desentiende
de las reglas del arte, ya emplea diferentes medidas de versos y
diversas especies de modulaciones».
En seguida vi una colección de versos improvisados, de enigmas, de
acrósticos, y de toda especie de grifos o acertijos. En las últimas
páginas había dibujado un huevo, un altar, un hacha de dos filos, y
las alas del amor. Examinando detenidamente estos dibujos, advertí que
eran piezas de poesía compuestas de versos cuyas diferentes medidas
indicaban el objeto que por diversión habían querido representar. En el
huevo por ejemplo, los dos primeros versos eran de tres sílabas cada
uno; los siguientes iban creciendo hasta cierto punto, desde el cual,
menguando con la propia proporción que habían aumentado, terminaban
en dos versos de tres sílabas como los del principio. Simias de Rodas
acababa de enriquecer la literatura con estas producciones tan pueriles
como laboriosas.