Continuación del viaje a Delos. — Sobre las opiniones religiosas.
Interrumpió el discurso de Filocles un joven llamado Demofonte,
a quien vimos conversar con un filósofo de la escuela de Elea, y
habiéndose informado del asunto de que tratábamos: «No esperéis vuestra
felicidad», nos dijo, «sino de vosotros mismos: yo también tenía mis
dudas y acaban de aclarármelas. Sostengo, pues, que no hay dioses o que
no se mezclan en las cosas de acá abajo».
«Hijo mío», respondió Filocles, «he visto muchos que, seducidos en tu
edad por esa nueva doctrina, la han abjurado luego que no han tenido
interés en sostenerla». Demofonte protestó que jamás se contradiría,
y extendiose sobre los absurdos del culto religioso, insultando
con desprecio la ignorancia del pueblo y mofándose de nuestras
preocupaciones. «Escuchad», replicó Filocles, «nosotros no nos tenemos
por infalibles, y por eso no debes tratar de humillarnos. Si estamos
en el error, tu deber es el de ilustrarnos o compadecernos; porque
la verdadera filosofía es dulce, compasiva y sobre todo modesta.
Explícate claramente». «La naturaleza y el acaso», respondió el joven,
«han ordenado todas las partes del universo, y la política de los
legisladores ha sometido la sociedad a ciertas leyes. Estos misterios
están ya descubiertos.
»Ahora bien», continuó Demofonte, «yo os pregunto si la sana moral
podrá jamás estar conforme con una religión que únicamente propende a
destruir nuestras costumbres, y si la suposición de un montón de dioses
injustos y crueles no es la idea más extravagante que jamás ha podido
caber en el entendimiento humano. Nosotros negamos su existencia;
vosotros los habéis degradado vergonzosamente y sois más impíos que
nosotros».
«Esos dioses», respondió Filocles, «son obra de nuestras manos, pues
tienen nuestros vicios, y nos indignan más que a ti las debilidades
que se les atribuye; pero si llegásemos a purificar el culto de las
supersticiones que le desfiguran, ¿estarías dispuesto a dar a la
divinidad el culto que le debemos?».
_Demofonte._ Probad que existe y que cuida de nosotros, y yo me
postraré delante de ella.
_Filocles._ A ti te toca probar que no existe, pues niegas un dogma
en posesión del cual están todos los pueblos desde tiempo inmemorial.
Preguntas qué monumento atestigua la existencia de la divinidad, y yo
respondo: el universo, el brillo deslumbrante y la marcha majestuosa de
los astros, la organización de los cuerpos, la correspondencia de esa
inmemorable cantidad de seres; en fin, ese conjunto y esos pormenores
admirables que todos tienen el sello de una mano divina en que todo es
grandeza, sabiduría, proporción y armonía, y añadiré el consentimiento
de los pueblos, no para subyugar con la autoridad sino porque su
persuasión, siempre conservada por la causa que la ha producido, es un
testimonio incontestable de la impresión que han hecho siempre en los
ánimos las bellezas encantadoras de la naturaleza.
»La razón, de acuerdo con mis sentidos, me manifiesta también el más
excelente obrero en la obra más magnífica. Veo que anda un hombre, y
de aquí deduzco que tiene interiormente un principio activo; sus pasos
le conducen a donde quiere ir, e infiero que este mismo principio
combina sus medios con el fin que se propone. Apliquemos este ejemplo.
Toda la naturaleza está en movimiento, luego hay en ella un primer
motor. Este movimiento está sujeto a un orden constante, luego existe
una inteligencia suprema.
_Demofonte._ Estas pruebas no han contenido entre nosotros los
progresos del ateísmo.
_Filocles._ Los debe únicamente a la presunción y a la ignorancia.
_Demofonte._ Los debe a los escritos de los filósofos. No ignoráis su
modo de pensar sobre la existencia y la naturaleza de la divinidad.
_Filocles._ Se les tiene por sospechosos y se les acusa de ateísmo
porque no respetan en nada las opiniones de la multitud, y porque
aventuran unos principios cuyas consecuencias no prevén; porque
explicando la formación y el mecanismo del universo servilmente
adictos al método de los físicos, no llaman en su auxilio una
causa sobrenatural. Los hay, aunque en corto número, que desechan
formalmente esta causa, y sus soluciones son tan incomprensibles como
insuficientes.
_Demofonte._ Se nos habla ya de un solo dios y ya de muchos; yo no
veo pues, menos imperfecciones que opiniones en los atributos de la
divinidad. Su sabiduría exige que ella mantenga el orden sobre la
tierra, y sin embargo triunfa en ella el desorden. Es justa y yo
padezco sin merecerlo.
_Filocles._ Desde el origen de las sociedades, se supuso que cuidaban
de la administración del universo unos genios colocados en los astros;
y viendo que parecían revestidos de gran poder, obtuvieron los
homenajes de los mortales y se olvidaron casi en todas partes de adorar
al soberano por rendir adoración a sus ministros. A pesar de esto, se
conserva siempre su memoria entre los hombres y de ello encontrarás
huellas más o menos conocidas en los más antiguos monumentos, y
testimonios más formales en los escritos de los filósofos modernos.
Véase la preeminencia que Homero concede a uno de los primeros objetos
del culto público. Zeus es el padre de los dioses y de los hombres.
Recorre la Grecia, y encontrarás al Ser único adorado en Arcadia desde
tiempos remotos, bajo el nombre del Dios bueno por excelencia; en
muchas ciudades, bajo el del Altísimo o Grandísimo.
»Escucha después a Timeo, Anaxágoras y Platón: el Dios único es quien
ha ordenado la materia y producido el mundo. Escucha a Antístenes,
discípulo de Sócrates: son adoradas muchas divinidades entre las
naciones, pero la naturaleza solo indica una sola. Escucha en fin a los
de la escuela de Pitágoras. Todos han considerado el universo como un
ejército que se mueve a voluntad del general, como una vasta monarquía
en que la plenitud del poder reside en el soberano.
_Demofonte._ Si el orden del universo emana de un Dios único, ¿por qué
hay tantas desgracias y crímenes en la tierra? ¿Dónde está su poder, si
no puede impedirlos? ¿Dónde su justicia, si no quiere?
_Filocles._ Ya me esperaba esta objeción que en todos se ha hecho y
hará, y que es la única que se puede oponer. Si todos los hombres
fuesen felices, no se rebelarían contra el autor de sus días; pero
ellos padecen a su vista, y parece que él los abandona. Aquí mi razón
confusa consulta a las tradiciones antiguas, y todas deponen a favor de
una providencia. Pregunta a los sabios, y casi todos están de acuerdo
sobre el fondo del dogma, pero titubean y están discordes en el modo
de explicarlo. Hay algunos que dejan caer sobre estas tinieblas un
rayo de luz que las ilumina. ¡Débiles mortales!, exclaman; cesad de
mirar como males verdaderos la pobreza, la enfermedad y las desdichas
que os vienen de afuera; estos accidentes que vuestra resignación
puede convertir en beneficios, no son más que la consecuencia de
las leyes necesarias a la conservación del universo. Entráis en el
sistema general de las cosas, pero no sois más que una parte. Fuisteis
ordenados al todo y el todo no fue ordenado a vosotros.
»Así pues, todo está bien en la naturaleza, excepto en la clase de
seres donde todo debería estar mejor. Los cuerpos inanimados siguen
sin resistencia los movimientos que se les imprime. Los animales,
privados de razón, se entregan sin remordimiento al instinto que los
arrastra. Los hombres son los únicos que se distinguen tanto por sus
vicios como por su inteligencia. ¿Obedecen a la necesidad, como el
resto de la naturaleza? ¿Por qué pueden resistir a sus inclinaciones?
¿Por qué recibieron estas luces que los extravían, este deseo de
conocer a su autor, estas nociones del bien, estas preciosas lágrimas
que les arranca una bella acción, este fin el más funesto (si no es el
más bello de todos), cual es el de enternecerse por las desgracias de
sus semejantes? A la vista de tantos privilegios que los caracterizan
esencialmente, ¿no deben deducir que Dios, por vías que no está
permitido a nosotros sondear, ha querido hacer fuertes pruebas de la
facultad que tienen de deliberar y de elegir? Sin duda, si hay virtudes
en la tierra, también hay en el cielo una justicia. El que no paga un
tributo a la regla, debe una satisfacción a la regla. Empieza su vida
en este mundo y la continua en una mansión en la que el inocente recibe
el premio y el culpable expía sus crímenes hasta que se haya purificado.
»Ve aquí, Demofonte, el modo con que nuestros sabios justifican la
providencia. No conocen otro mal que el vicio para nosotros, ni otro
desenlace al escándalo que produce que un porvenir en que todas las
cosas estarán en su lugar. Preguntar ahora por qué Dios no lo impidió
desde el principio es preguntar por qué se ha hecho el universo según
sus miras y no según las nuestras.
_Demofonte._ La religión no es más que un tejido de ideas pequeñas, de
prácticas minuciosas.
_Filocles._ Ya he dicho que el culto público está torpemente
desfigurado, y que mi objeto era exponerte sencillamente las opiniones
de los filósofos que han reflexionado sobre las relaciones que tenemos
con la divinidad. Duda de estas relaciones, si eres tan ciego que no
las conoces; pero no digas que es degradar nuestras almas el separarlas
de la masa de los seres, darles origen y destino el más brillante, y
establecer entre ellas y el Ser supremo una comunicación de beneficio
y de reconocimiento. ¿Quieres una moral pura y celestial que eleve
tu espíritu y tus sentimientos? Estudia la doctrina y la conducta de
Sócrates que únicamente vio en su sentencia, su prisión y su muerte
los decretos de una sabiduría infinita, y no se dignó de abatirse
hasta quejarse de la injusticia de sus enemigos. Contempla al mismo
tiempo con Pitágoras las leyes de la armonía universal, y pon esta
pintura ante tus ojos; regularidad en la distribución de los mundos,
regularidad en la distribución de los cuerpos celestes, concurso
de todas las voluntades en una sabia república, concurso de todos
los movimientos en una alma virtuosa; todos los seres trabajando
de acuerdo en la conservación del orden, y el orden conservando el
universo y sus menores partes; un Dios autor de este plan sublime, y
unos hombres destinados a ser por sus virtudes sus mismos cooperadores.
Jamás hubo un sistema en que tanto resplandeciese el genio: nunca hubo
cosa que diese idea más alta de la grandeza y la dignidad del hombre.