Continuación de la biblioteca. — La moral.
«La moral», nos dijo Euclides, «no era en otro tiempo más que un
tejido de máximas. Pitágoras y sus primeros discípulos la unieron a
principios muy superiores a los espíritus vulgares, e hicieron de ella
una ciencia. Sócrates, persuadido de que hemos nacido más para obrar
que para pensar, se sujetó más a la práctica que a la teoría. Desechó
las nociones abstractas, y bajo este punto de vista se puede decir que
hizo descender la filosofía a la tierra. Sus discípulos explicaron su
doctrina, y algunos la alteraron con ideas tan sublimes que hicieron
subir la moral al cielo. La escuela de Pitágoras creyó deber renunciar
alguna vez a su lenguaje misterioso para ilustrarnos acerca de
nuestras pasiones y nuestros deberes; y esto es lo que ejecutaron, con
feliz éxito, Teages, Metopo y Arquitas, cuyos diferentes tratados se
encuentran aquí mismo».
Voy a referir ahora algunas observaciones que Euclides había sacado de
muchas obras que tuvo la curiosidad de reunir.
La palabra _virtud_ en su origen no significa más que la fuerza y el
vigor del cuerpo, y en este sentido dijo Homero la _virtud_ de un
caballo, y se dice todavía la _virtud_ de un terreno. En adelante esta
palabra significó lo que hay más estimable en un objeto; y hoy día se
valen de ella para expresar las cualidades del entendimiento, y aún más
las del corazón.
El hombre solitario no tendría más que dos sentimientos, el deseo y
el temor, y todos sus movimientos serían los de perseguir o de huir.
Pudiendo ejercitarse en la sociedad estos dos sentimientos sobre un
gran número de objetos, se dividen por consecuencia en varias clases,
y de aquí resulta la ambición, el odio y los demás movimientos de
que está agitada el alma. Pues, como no hubiese recibido el deseo y
el temor sino para su propia conservación, es preciso que todos sus
afectos concurran tanto a su conservación como a la de los demás.
Cuando arreglados por la recta razón producen este dichoso efecto,
entonces se vuelven virtudes.
Distínguense cuatro principales, a saber, la fuerza, la justicia, la
prudencia y la templanza. Esta distinción que todo el mundo conoce,
supone profundos conocimientos en aquellos que la establecieron.
Las dos primeras, más estimadas, porque su utilidad es más general,
propenden hacia la conservación de la sociedad; la fuerza o el valor en
la guerra y la justicia en la paz. Las otras dos se dirigen a nuestra
utilidad particular. En un clima en que la imaginación es tan viva y
las pasiones tan fogosas, la prudencia debía ser la primera cualidad
del entendimiento y la templanza la primera del corazón.
Preguntó Lisis si los filósofos discordaban o no sobre ciertos puntos
de moral, y Euclides respondió: «Algunas veces. Se han prodigado
elogios a la probidad, la pureza de costumbres, a la beneficencia; y
en todos tiempos se ha clamado contra el homicida, el adúltero, el
perjuro y toda clase de vicios. Los escritores más corrompidos se ven
forzados a anunciar una doctrina sana, y los más atrevidos a desechar
las consecuencias sacadas de sus principios. Ninguno de ellos se
atrevería a sostener que vale más cometer una injusticia que sufrirla.
No extrañaréis que estén marcados nuestros deberes en nuestras leyes y
en nuestros autores, pero sí os sorprenderéis al estudiar el espíritu
de nuestras instituciones: las fiestas, los espectáculos y las artes
tuvieron entre nosotros, en su origen, un objeto moral cuyas huellas se
podrán seguir fácilmente.
»Algunos usos que parecen indiferentes, presentan a veces una lección
interesante. Se ha tenido cuidado de erigir templos a las Gracias en
parajes expuestos a la vista de todos, porque la gratitud nunca puede
manifestarse con exceso. Hasta en el mecanismo de nuestra lengua, las
luces de la razón o del instinto han introducido verdades preciosas.
Entre las antiguas fórmulas de cortesía que ponemos al principio de
una carta y que usamos en varios encuentros, hay una de ellas digna de
atención. En lugar de decir: _yo os saludo_, digo sencillamente: _haced
el bien_, y esto es desearos la mayor felicidad. La misma palabra
designa al que se distingue por su valor o por su virtud, porque ser
esforzado es tan necesario al uno como a la otra. Si se quiere dar la
idea de un hombre perfectamente virtuoso, se le atribuye la hermosura y
la bondad; es decir, las dos cualidades que más atraen la admiración y
la confianza».