CAPÍTULO LXXVI.

Sobre la felicidad.

Había visitado frecuentemente Filocles en su juventud a los más

célebres filósofos de la Grecia. Ilustrado con sus luces, y aún más

todavía con sus reflexiones, se había formado un sistema de conducta

que difundía la paz en su alma y en todo cuanto le rodeaba. Nosotros no

cesábamos de estudiar a este hombre, para el cual cada momento de la

vida era un instante de dicha. Un día que nos paseábamos por la isla

vimos esta inscripción en un templete de Leto. _No hay cosa más bella

que la justicia: nada mejor que la salud, ni cosa tan dulce como la

posesión de lo que uno ama_. «Eso mismo», dije yo, «reprobaba un día

Aristóteles en presencia nuestra, porque creía que las calificaciones

que comprende esa máxima no debían separarse ni pueden convenir sino a

la dicha. En efecto, la felicidad es la cosa más bella y más dulce de

este mundo; pero ¿de qué sirve describir sus efectos? Más importante

sería subir a su origen». «Es poco conocido», respondió Filocles, «y

así es que, para llegar a él, todos cogen senderos diferentes y todos

están discordes sobre la naturaleza del verdadero bien». «Tened la

bondad», interrumpió Filotas, «de comunicarnos las reflexiones que

hayáis hecho sobre un objeto tan importante, y dignaos decirnos, como

habéis llegado a ese estado pacífico de que gozáis actualmente».

«¡Oh, Filocles», exclamó el joven Lisis, «parece que los céfiros

juguetean en este plátano! El aire se llena del perfume de las flores

que abren su cáliz presurosas; esas viñas empiezan a enlazar sus

sarmientos con esos mirtos para no dejarlos nunca; esos rebaños que

triscan por la pradera, esas avecillas que cantan sus amores, el son

de los instrumentos que resuenan en el valle; todo cuanto veo, todo

cuanto oigo, me arrebata y enajena. ¡Ah, Filocles!, hemos nacido para

ser felices; lo veo en las gratas y profundas sensaciones que ahora

experimento, y si vos conocéis el arte de perpetuarlas, es un crimen

hacernos de ello un misterio».

«Me recordáis», respondió Filocles, «los primeros años de mi vida. La

naturaleza, a la que yo no estaba acostumbrado todavía, se juntaba a

mis ojos bajo el aspecto más halagüeño, y mi alma nueva y sensible

parecía que respiraba alternativamente la frescura y la llama. No

conocía yo a los hombres; a todos los creía justos, verdaderos, capaces

de la amistad y humanos sobre todo, porque es menester experiencia para

convencerse de que no lo son.

»Cercado de estas ilusiones entré en el mundo, y dando a ciertos

vínculos agradables los derechos y los sentimientos de amistad, me

entregué enteramente al placer de amar y ser amado. Mis cuidados, hasta

entonces sin reflexión, llegaron a serme funestos; casi todos mis

amigos se alejaron de mí, unos por interés, otros por envidia o por

ligereza. En lo sucesivo, habiendo experimentado injusticias notorias

y perfidias atroces, me vi precisado, después de muchos esfuerzos, a

renunciar a aquella dulce confianza que tenía con los hombres. Entre la

multitud de opiniones acerca de la dicha, de la que solo tenía una leve

idea, resolví entonces buscar la mía en los placeres solamente. Omito

contar los pormenores referentes a los extravíos de mi juventud para

llegar al tiempo en que detuve su carrera.

»Estando en Sicilia, fui a ver a uno de los principales habitantes de

Siracusa, tenido por el hombre más feliz de su siglo, y solo encontré

en él un personaje acostumbrado a los placeres, un alma embrutecida sin

principios ni recursos.

»Conocí en Tebas a un discípulo de Sócrates cuya probidad oí alabar no

menos que sus excelentes prendas, pero su carácter raro, suspicaz y

muchas veces injusto daba motivos para huir de su trato.

»Poco tiempo después, fui a Delfos con motivo de la solemnidad de los

juegos píticos, y en una alameda sombría vi a un hombre que gozaba

del concepto de muy ilustrado, y me pareció que estaba atormentado de

disgustos. Me contó su historia, y supe que ni las dignidades, ni la

gloria militar, las ciencias, las artes, la filosofía, ni sus viajes

a Egipto y Persia, nada había podido saciar sus deseos, librarle de

disgustos ni hacerle amar la existencia.

»Bien sabéis», añadió, «que las naves evitan con mucha precaución

los escollos que están indicados por los naufragios de los primeros

navegantes; pues así me aprovechaba yo en mis viajes de las faltas de

mis semejantes. Ellas me enseñaron que el exceso de la razón y de la

virtud es casi tan funesto como el de los placeres; que la naturaleza

nos ha dado ciertos gustos que es tan peligroso destruir como apurar;

que la sociedad tiene derecho a mis servicios; que debía adquirirme

su estimación; y, en fin, que para llegar a este término feliz que

incesantemente se presentaba y huía delante de mí, debía calmar la

inquietud que experimentaba en lo interior de mi alma y que la sacaba

fuera de sí misma a cada instante.

»Ya que queréis saber mi método de vida, tened entendido que

estrechando más y más los lazos que nos unen con los dioses, con

nuestros padres, nuestra patria y amigos, he hallado el secreto de

cumplir a la vez con las obligaciones de mi estado, y de satisfacer las

necesidades de mi alma, persuadiéndome, en fin, que cuanto más se vive

para los demás tanto más vive el hombre para sí mismo».

Extendiose entonces Filocles sobre la necesidad de llamar en ayuda de

nuestra razón y de nuestras virtudes una autoridad que sostenga su

debilidad. Mostró hasta qué grado de poder puede elevarse un alma que,

mirando todos los acontecimientos de la vida como otras tantas leyes

emanadas del más grande y más sabio legislador, se ve obligada a luchar

o contra el infortunio o contra la prosperidad.

«La antigua sabiduría de las naciones ha confundido, digámoslo así,

entre los objetos del culto público a los dioses autores de nuestra

existencia y a los padres autores de nuestra vida. Nuestros deberes

con respecto a unos y otros están estrechamente unidos en los códigos

de los legisladores y en los usos de las naciones. De aquí dimana

aquella costumbre sagrada de los pisidios que empiezan sus comidas

con libaciones en honor de sus padres, y de aquí también este hermoso

pensamiento de Platón: Si la divinidad acepta el incienso que ofrecéis

a las estatuas que las representan, ¡cuánto más gratos no deben ser

a sus ojos y a los vuestros aquellos monumentos que conserva en

vuestras casas, ese padre, esa madre, esos abuelos, en otro tiempo

vivas imágenes de su autoridad, y actualmente objetos de su protección

especial! No lo dudéis: aprecia a los que los honran, así como castiga

a los que los descuidan o los ultrajan. Si se manifiestan injustos con

vosotros, antes de prorrumpir en quejas, acordaos del consejo que el

sabio Pítaco daba a un joven que demandó en juicio a su padre: “Si no

tienes razón, te condenarán; y si la tienes, mereces que te condenen”.

»El amor a la patria es otro origen de felicidad. Amarla es hacer

que esté respetada por fuera y tranquila por dentro. Las victorias o

los tratados ventajosos la hacen respetar de las naciones, pero la

observancia de las leyes y la conservación de las costumbres es lo

único que puede consolidar su sosiego interior. Así pues, mientras que

se oponen a los enemigos del estado generales y negociadores hábiles,

es preciso oponer a la licencia y a los vicios, que propenden a

destruirlo todo, leyes y virtudes que se dirijan a restablecerlo todo y

a mantenerlo: de aquí nace aquella multitud de preceptos tan esenciales

como indispensables para cada clase de ciudadanos y para cada ciudadano

en particular.

»Oh vosotros que sois objeto de estas reflexiones; vosotros a quienes

yo quisiera infundir todos los amores honestos, porque así seríais

más felices, recordad a cada instante que la patria tiene derechos

imprescriptibles y sagrados a vuestros talentos, vuestras virtudes,

vuestros pensamientos y todas vuestras acciones, que en cualquier

estado en que os halléis no sois más que unos soldados a su servicio

siempre, obligados a velar por ella, y volar a su socorro al menor

riesgo.

»Según la opinión de los filósofos más ilustrados, acabo de deciros

que nuestros vínculos con los dioses, nuestros padres y la patria

no son más que una cadena de deberes que nos interesa animar con el

sentimiento, y que la naturaleza nos ha preservado para ejercitar y

aliviar la actividad de nuestra alma. En ejercitarlos con ardor, es en

lo que consiste aquella sabiduría de la que, según Platón, estaríamos

locamente enamorados si se descubriese su belleza a nuestra vista.

»No crean que la felicidad de nuestra alma termine en las sensaciones

deliciosas que encuentra en el resultado feliz de las artes y las

ciencias, y en el goce de los placeres. Hay para ella otros manantiales

de felicidad, no menos copiosos y perennes. Tal es la estimación

pública, esta estimación que el hombre no puede prescindir de

ambicionar, sin confesar que es indigno de ella; que únicamente se debe

a la virtud que le resarce los sacrificios que ha hecho, y la sostiene

en los reveses que padece; es nuestra estimación propia, privilegio el

más hermoso que se ha concedido a la humanidad, la necesidad más pura

en un alma honrada, la más viva en un alma sensible, sin la cual no

se puede ser amigo de sí mismo, y con la cual se puede pasar sin la

aprobación de los demás, si son muy injustos para negárnosla; tal es en

fin la amistad; este sentimiento el más propio para hacer suavizar los

disgustos de la vida.

»Casi todos los que hablan de este sentimiento, le confunden con las

relaciones que son el fruto de la casualidad y la obra de un día. En

el fervor de estas uniones nuevas ve uno sus amigos tales como quisiera

que fuesen, y en breve se les ve tales como son en efecto. No son

más acertadas otras elecciones, y en este caso se toma el partido de

renunciar a la amistad, o lo que es igual, de variar de objeto a cada

instante.

»Como casi todos los hombres pasan la mayor parte de su vida en no

reflexionar, y la menor en reflexionar sobre los otros más bien que

sobre ellos mismos, conocen poco la naturaleza de los enlaces que

contraen. Si se atreviesen a meditar sobre la multitud de amigos

de que algunas veces se creen rodeados, verían que estos amigos no

están unidos a ellos sino por medio de apariencias engañosas. Esta

perspectiva los llenaría de dolor, porque ¿de qué sirve la vida cuando

no se tienen amigos? Pero este mismo dolor les obligaría a hacer una

elección de que en lo sucesivo no tuviesen que arrepentirse.

»El genio, los talentos, la afición a las artes, las cualidades

brillantes son muy gratas para el trato de la amistad, pues la animan

y la adornan cuando está formada, mas no bastarían por sí mismas para

prolongar su duración.

»La amistad únicamente puede fundarse en el amor a la virtud, en la

bondad del carácter, en la conformidad de principios, y en cierta

atracción que previene la reflexión y que esta después justifica.

»Si me propusiesen todas esas cuestiones que agitan los filósofos

acerca de la amistad, si me pidiesen para conocer sus deberes y

perpetuar su duración, entonces yo respondería: “Haced una buena

elección, y descansad luego en vuestros sentimientos y los de vuestros

amigos, porque la decisión del corazón es siempre más pronta y más

ilustrada que la del entendimiento”.

»Hay otras relaciones que se contraen todos los días en la sociedad y

que es útil cultivarlas: tales son las que se fundan en la estimación y

el gusto, pues aunque no tengan los mismos derechos que la amistad, nos

ayudan poderosamente a sobrellevar el peso de la vida.

»Jamás os aleje vuestra virtud de los honestos placeres adecuados a

vuestra edad, y a las diferentes circunstancias en que os halláis.

La sabiduría solo es amable y sólida por la feliz mezcla de las

distracciones que permite y de los deberes que impone.

»Si a los recursos de que acabo de hablar añadís aquella esperanza que

se introduce en las desgracias que experimentamos, hallaréis, Lisis,

que la naturaleza no nos ha tratado con tanto rigor como se dice».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 56 / 84 题