Sobre la felicidad.
Había visitado frecuentemente Filocles en su juventud a los más
célebres filósofos de la Grecia. Ilustrado con sus luces, y aún más
todavía con sus reflexiones, se había formado un sistema de conducta
que difundía la paz en su alma y en todo cuanto le rodeaba. Nosotros no
cesábamos de estudiar a este hombre, para el cual cada momento de la
vida era un instante de dicha. Un día que nos paseábamos por la isla
vimos esta inscripción en un templete de Leto. _No hay cosa más bella
que la justicia: nada mejor que la salud, ni cosa tan dulce como la
posesión de lo que uno ama_. «Eso mismo», dije yo, «reprobaba un día
Aristóteles en presencia nuestra, porque creía que las calificaciones
que comprende esa máxima no debían separarse ni pueden convenir sino a
la dicha. En efecto, la felicidad es la cosa más bella y más dulce de
este mundo; pero ¿de qué sirve describir sus efectos? Más importante
sería subir a su origen». «Es poco conocido», respondió Filocles, «y
así es que, para llegar a él, todos cogen senderos diferentes y todos
están discordes sobre la naturaleza del verdadero bien». «Tened la
bondad», interrumpió Filotas, «de comunicarnos las reflexiones que
hayáis hecho sobre un objeto tan importante, y dignaos decirnos, como
habéis llegado a ese estado pacífico de que gozáis actualmente».
«¡Oh, Filocles», exclamó el joven Lisis, «parece que los céfiros
juguetean en este plátano! El aire se llena del perfume de las flores
que abren su cáliz presurosas; esas viñas empiezan a enlazar sus
sarmientos con esos mirtos para no dejarlos nunca; esos rebaños que
triscan por la pradera, esas avecillas que cantan sus amores, el son
de los instrumentos que resuenan en el valle; todo cuanto veo, todo
cuanto oigo, me arrebata y enajena. ¡Ah, Filocles!, hemos nacido para
ser felices; lo veo en las gratas y profundas sensaciones que ahora
experimento, y si vos conocéis el arte de perpetuarlas, es un crimen
hacernos de ello un misterio».
«Me recordáis», respondió Filocles, «los primeros años de mi vida. La
naturaleza, a la que yo no estaba acostumbrado todavía, se juntaba a
mis ojos bajo el aspecto más halagüeño, y mi alma nueva y sensible
parecía que respiraba alternativamente la frescura y la llama. No
conocía yo a los hombres; a todos los creía justos, verdaderos, capaces
de la amistad y humanos sobre todo, porque es menester experiencia para
convencerse de que no lo son.
»Cercado de estas ilusiones entré en el mundo, y dando a ciertos
vínculos agradables los derechos y los sentimientos de amistad, me
entregué enteramente al placer de amar y ser amado. Mis cuidados, hasta
entonces sin reflexión, llegaron a serme funestos; casi todos mis
amigos se alejaron de mí, unos por interés, otros por envidia o por
ligereza. En lo sucesivo, habiendo experimentado injusticias notorias
y perfidias atroces, me vi precisado, después de muchos esfuerzos, a
renunciar a aquella dulce confianza que tenía con los hombres. Entre la
multitud de opiniones acerca de la dicha, de la que solo tenía una leve
idea, resolví entonces buscar la mía en los placeres solamente. Omito
contar los pormenores referentes a los extravíos de mi juventud para
llegar al tiempo en que detuve su carrera.
»Estando en Sicilia, fui a ver a uno de los principales habitantes de
Siracusa, tenido por el hombre más feliz de su siglo, y solo encontré
en él un personaje acostumbrado a los placeres, un alma embrutecida sin
principios ni recursos.
»Conocí en Tebas a un discípulo de Sócrates cuya probidad oí alabar no
menos que sus excelentes prendas, pero su carácter raro, suspicaz y
muchas veces injusto daba motivos para huir de su trato.
»Poco tiempo después, fui a Delfos con motivo de la solemnidad de los
juegos píticos, y en una alameda sombría vi a un hombre que gozaba
del concepto de muy ilustrado, y me pareció que estaba atormentado de
disgustos. Me contó su historia, y supe que ni las dignidades, ni la
gloria militar, las ciencias, las artes, la filosofía, ni sus viajes
a Egipto y Persia, nada había podido saciar sus deseos, librarle de
disgustos ni hacerle amar la existencia.
»Bien sabéis», añadió, «que las naves evitan con mucha precaución
los escollos que están indicados por los naufragios de los primeros
navegantes; pues así me aprovechaba yo en mis viajes de las faltas de
mis semejantes. Ellas me enseñaron que el exceso de la razón y de la
virtud es casi tan funesto como el de los placeres; que la naturaleza
nos ha dado ciertos gustos que es tan peligroso destruir como apurar;
que la sociedad tiene derecho a mis servicios; que debía adquirirme
su estimación; y, en fin, que para llegar a este término feliz que
incesantemente se presentaba y huía delante de mí, debía calmar la
inquietud que experimentaba en lo interior de mi alma y que la sacaba
fuera de sí misma a cada instante.
»Ya que queréis saber mi método de vida, tened entendido que
estrechando más y más los lazos que nos unen con los dioses, con
nuestros padres, nuestra patria y amigos, he hallado el secreto de
cumplir a la vez con las obligaciones de mi estado, y de satisfacer las
necesidades de mi alma, persuadiéndome, en fin, que cuanto más se vive
para los demás tanto más vive el hombre para sí mismo».
Extendiose entonces Filocles sobre la necesidad de llamar en ayuda de
nuestra razón y de nuestras virtudes una autoridad que sostenga su
debilidad. Mostró hasta qué grado de poder puede elevarse un alma que,
mirando todos los acontecimientos de la vida como otras tantas leyes
emanadas del más grande y más sabio legislador, se ve obligada a luchar
o contra el infortunio o contra la prosperidad.
«La antigua sabiduría de las naciones ha confundido, digámoslo así,
entre los objetos del culto público a los dioses autores de nuestra
existencia y a los padres autores de nuestra vida. Nuestros deberes
con respecto a unos y otros están estrechamente unidos en los códigos
de los legisladores y en los usos de las naciones. De aquí dimana
aquella costumbre sagrada de los pisidios que empiezan sus comidas
con libaciones en honor de sus padres, y de aquí también este hermoso
pensamiento de Platón: Si la divinidad acepta el incienso que ofrecéis
a las estatuas que las representan, ¡cuánto más gratos no deben ser
a sus ojos y a los vuestros aquellos monumentos que conserva en
vuestras casas, ese padre, esa madre, esos abuelos, en otro tiempo
vivas imágenes de su autoridad, y actualmente objetos de su protección
especial! No lo dudéis: aprecia a los que los honran, así como castiga
a los que los descuidan o los ultrajan. Si se manifiestan injustos con
vosotros, antes de prorrumpir en quejas, acordaos del consejo que el
sabio Pítaco daba a un joven que demandó en juicio a su padre: “Si no
tienes razón, te condenarán; y si la tienes, mereces que te condenen”.
»El amor a la patria es otro origen de felicidad. Amarla es hacer
que esté respetada por fuera y tranquila por dentro. Las victorias o
los tratados ventajosos la hacen respetar de las naciones, pero la
observancia de las leyes y la conservación de las costumbres es lo
único que puede consolidar su sosiego interior. Así pues, mientras que
se oponen a los enemigos del estado generales y negociadores hábiles,
es preciso oponer a la licencia y a los vicios, que propenden a
destruirlo todo, leyes y virtudes que se dirijan a restablecerlo todo y
a mantenerlo: de aquí nace aquella multitud de preceptos tan esenciales
como indispensables para cada clase de ciudadanos y para cada ciudadano
en particular.
»Oh vosotros que sois objeto de estas reflexiones; vosotros a quienes
yo quisiera infundir todos los amores honestos, porque así seríais
más felices, recordad a cada instante que la patria tiene derechos
imprescriptibles y sagrados a vuestros talentos, vuestras virtudes,
vuestros pensamientos y todas vuestras acciones, que en cualquier
estado en que os halléis no sois más que unos soldados a su servicio
siempre, obligados a velar por ella, y volar a su socorro al menor
riesgo.
»Según la opinión de los filósofos más ilustrados, acabo de deciros
que nuestros vínculos con los dioses, nuestros padres y la patria
no son más que una cadena de deberes que nos interesa animar con el
sentimiento, y que la naturaleza nos ha preservado para ejercitar y
aliviar la actividad de nuestra alma. En ejercitarlos con ardor, es en
lo que consiste aquella sabiduría de la que, según Platón, estaríamos
locamente enamorados si se descubriese su belleza a nuestra vista.
»No crean que la felicidad de nuestra alma termine en las sensaciones
deliciosas que encuentra en el resultado feliz de las artes y las
ciencias, y en el goce de los placeres. Hay para ella otros manantiales
de felicidad, no menos copiosos y perennes. Tal es la estimación
pública, esta estimación que el hombre no puede prescindir de
ambicionar, sin confesar que es indigno de ella; que únicamente se debe
a la virtud que le resarce los sacrificios que ha hecho, y la sostiene
en los reveses que padece; es nuestra estimación propia, privilegio el
más hermoso que se ha concedido a la humanidad, la necesidad más pura
en un alma honrada, la más viva en un alma sensible, sin la cual no
se puede ser amigo de sí mismo, y con la cual se puede pasar sin la
aprobación de los demás, si son muy injustos para negárnosla; tal es en
fin la amistad; este sentimiento el más propio para hacer suavizar los
disgustos de la vida.
»Casi todos los que hablan de este sentimiento, le confunden con las
relaciones que son el fruto de la casualidad y la obra de un día. En
el fervor de estas uniones nuevas ve uno sus amigos tales como quisiera
que fuesen, y en breve se les ve tales como son en efecto. No son
más acertadas otras elecciones, y en este caso se toma el partido de
renunciar a la amistad, o lo que es igual, de variar de objeto a cada
instante.
»Como casi todos los hombres pasan la mayor parte de su vida en no
reflexionar, y la menor en reflexionar sobre los otros más bien que
sobre ellos mismos, conocen poco la naturaleza de los enlaces que
contraen. Si se atreviesen a meditar sobre la multitud de amigos
de que algunas veces se creen rodeados, verían que estos amigos no
están unidos a ellos sino por medio de apariencias engañosas. Esta
perspectiva los llenaría de dolor, porque ¿de qué sirve la vida cuando
no se tienen amigos? Pero este mismo dolor les obligaría a hacer una
elección de que en lo sucesivo no tuviesen que arrepentirse.
»El genio, los talentos, la afición a las artes, las cualidades
brillantes son muy gratas para el trato de la amistad, pues la animan
y la adornan cuando está formada, mas no bastarían por sí mismas para
prolongar su duración.
»La amistad únicamente puede fundarse en el amor a la virtud, en la
bondad del carácter, en la conformidad de principios, y en cierta
atracción que previene la reflexión y que esta después justifica.
»Si me propusiesen todas esas cuestiones que agitan los filósofos
acerca de la amistad, si me pidiesen para conocer sus deberes y
perpetuar su duración, entonces yo respondería: “Haced una buena
elección, y descansad luego en vuestros sentimientos y los de vuestros
amigos, porque la decisión del corazón es siempre más pronta y más
ilustrada que la del entendimiento”.
»Hay otras relaciones que se contraen todos los días en la sociedad y
que es útil cultivarlas: tales son las que se fundan en la estimación y
el gusto, pues aunque no tengan los mismos derechos que la amistad, nos
ayudan poderosamente a sobrellevar el peso de la vida.
»Jamás os aleje vuestra virtud de los honestos placeres adecuados a
vuestra edad, y a las diferentes circunstancias en que os halláis.
La sabiduría solo es amable y sólida por la feliz mezcla de las
distracciones que permite y de los deberes que impone.
»Si a los recursos de que acabo de hablar añadís aquella esperanza que
se introduce en las desgracias que experimentamos, hallaréis, Lisis,
que la naturaleza no nos ha tratado con tanto rigor como se dice».