CAPÍTULO LXXV.

Ceremonias del matrimonio en la isla de Delos.

Filocles iba a casar con el joven Teágenes a su hija Ismenia, modelo de

gracia y de virtud, y nosotros fuimos testigos de las ceremonias con

que debía verificarse esta unión.

Empezaban a renacer en Delos el silencio y la calma, y los pueblos

iban saliendo como un río que, después de haber inundado los campos,

se retira insensiblemente a su madre. Los habitantes de la isla habían

madrugado más que la aurora, se habían coronado de flores, y para hacer

los dioses propicios al himeneo de Ismenia, ofrecían incesantemente

sacrificios en el templo y delante de sus casas. Llegó el instante en

que debía efectuarse el enlace, y todos estuvimos reunidos en casa de

Filocles: abrieron la puerta de la estancia de Ismenia, y vimos salir a

los dos esposos acompañados de sus padres y de un oficial público que

acababa de extender el contrato del matrimonio.

Estábamos magníficamente vestidos con ropas que Ismenia nos había

regalado, y el vestido que llevaba su esposo era obra de ella.

Ismenia tenía puesto un collar de piedras preciosas, y un ropaje en que

el oro y la púrpura confundían sus colores. Tenían ambos el cabello

suelto y perfumado de esencias, con coronas de adormideras, sésamos y

otras plantas consagradas a Afrodita, y con este aparato subieron a un

carro y fueron al templo. Ismenia llevaba a su esposo a la derecha, y

a la izquierda a un amigo de Teágenes que debía acompañarle en aquella

ceremonia.

A la puerta del templo, recibió a los esposos un sacerdote que

presentó a cada uno una rama de yedra, símbolo de los lazos que debían

unirlos para siempre, y luego los llevó al altar, donde todo estaba

ya preparado para el sacrificio de una becerra que debía ofrecer a la

casta Artemisa, a Atenea y a otras divinidades que jamás han sufrido

el yugo del himeneo. Imploraban también a Zeus y a Hera, cuya unión y

cuyos amores son eternos; al cielo y a la tierra, cuyo concurso produce

la abundancia y la fertilidad; a las Parcas, porque está en sus manos

la vida de los mortales; a las Gracias, porque hacen placenteros los

días de los esposos; y en fin, a Afrodita, a quien el amor debe su

nacimiento y los hombres su felicidad.

Los sacerdotes, después de haber examinado las entrañas de las

víctimas, declararon que el cielo aprobaba este himeneo. Tomó luego

Filocles la mano de Teágenes, la puso en la de Ismenia y pronunció

estas palabras: «Yo os doy mi hija a fin de que deis a la república

ciudadanos legítimos». Ambos esposos se juraron inmediatamente una

fidelidad inviolable, y sus padres, después de haber recibido sus

juramentos, los ratificaron con nuevos sacrificios.

Empezaba ya la noche a tender su manto por los aires, cuando salimos

del templo para ir a casa de Teágenes, la cual estaba adornada de

guirnaldas e iluminada por todas partes. Así que los esposos llegaron

al umbral de la puerta, les pusieron por un instante en la cabeza unos

canastillos de frutas, presagio de la abundancia de que debían gozar,

y al mismo tiempo oímos repetir por todas partes el nombre de Himeneo,

de aquel joven de Argos que devolvió en otro tiempo a su patria las

doncellas de Atenas, arrebatadas por unos corsarios. Recibió, en premio

de su celo, una de aquellas mismas cautivas, a quien amaba tiernamente,

y desde entonces los griegos no celebran matrimonio alguno sin recordar

su memoria.

Siguiéronnos estas aclamaciones hasta la sala del festín y continuaron

durante la comida. Entonces algunos poetas que se habían introducido

al mismo tiempo que nosotros entramos, recitaron varios epitalamios en

obsequio de los esposos.

Acabado el festín, la madre de Ismenia encendió el hacha nupcial,

y condujo a su hija a la habitación que le estaba preparada. Allí

probaron los esposos una fruta cuya dulzura debía ser el emblema de su

unión.

Entre tanto, nosotros, entregados a los arrebatos de una alegría

excesiva, dábamos voces descompasadas y sitiábamos la puerta defendida

por un amigo de Teágenes. Una cuadrilla de jóvenes danzaban al son de

varios instrumentos, hasta que por último fue interrumpido este ruido

por la teoría de Corinto que se había encargado de cantar el himeneo

de la anochecida.

Al día siguiente, a la primera hora del día volvimos allá, y las

doncellas de Corinto entonaron también su himeneo. Este día, que los

esposos miraron como el primero de su vida, se empleó casi todo por su

parte en gozar del tierno interés que los isleños se tomaban por su

enlace, y se autorizó a todos sus amigos para hacerles regalos. Ellos

mismos se los hicieron recíprocamente y recibieron en común los del

padre de Teágenes.

Por la noche volvieron a Ismenia a casa de sus padres y, más bien para

expresar sus verdaderos sentimientos que para conformarse al uso,

manifestó la grave pena que sentía por haber dejado la casa paterna; al

día siguiente volvió a reunirse con su esposo, y desde aquel momento,

nada turbó su felicidad.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 55 / 84 题