CAPÍTULO LXXIV.

Delos y las Cícladas.

La estación encantadora de la primavera traía unas fiestas aún más

encantadoras, cuales son las que se celebran en Delos, de cuatro en

cuatro años, en honor del nacimiento de Artemisa y de Apolo. El culto

de estas divinidades subsistió en la isla por una larga serie de

siglos; pero como empezaba a debilitarse, los atenienses instituyeron

durante la guerra del Peloponeso unos juegos que atraían cien pueblos

diversos. La juventud de Atenas estaba ansiosa de distinguirse: toda

la ciudad estaba en movimiento, y en ella se preparaba también la

diputación solemne que va a ofrecer todos los años al templo de Delos

un tributo de reconocimiento por la victoria que Teseo ganó contra

el Minotauro. La conduce la misma nave que transportó a este héroe a

Creta, y el sacerdote de Delos tiene ya coronada la popa con sus manos

sagradas. Yo bajé al Pireo con Filotas y Lisis, y nos embarcamos en una

de las naves ligeras que se hacían a la vela para Delos.

Al día siguiente entramos en el canal que separa esta isla de la

de Renea. Vimos inmediatamente el templo de Apolo, y lo saludamos

enajenados de alegría. La ciudad de Delos se presentaba casi entera

a nuestra vista, y con esta recorrimos ansiosos aquellos soberbios

edificios, aquellos pórticos elegantes y aquellos bosques de columnas

que la adornan.

Luego que arribamos, corrimos al templo que solo dista unos cien pasos.

Hace mil años que le construyeron, y es de mármol de Paros. Vimos en

lo interior la estatua de Apolo, más célebre por su antigüedad que por

el buen gusto. El dios tiene el arco en la mano, y para manifestar que

la música le debe su origen y sus placeres, sostiene con la izquierda

las tres gracias representadas, la primera con una lira, la segunda

con flautas y la tercera con un caramillo. Junto a la estatua está

aquel altar que se tiene por una de las maravillas del mundo. No se

admira en él ni el oro ni el marfil; unos cuernos de animales doblados

con esfuerzo, entrelazados con arte y sin ninguna argamasa, forman un

todo tan sólido como regular. Un ciudadano de Delos nos hizo observar

todos los pormenores de lo interior del templo; y nosotros admirábamos

la sabiduría de sus discursos, la amable expresión de sus miradas, y

el tierno interés que se tomaba por nosotros; pero ¡cuál fue nuestra

sorpresa cuando, por las noticias mutuas que nos dábamos, conocimos que

era Filocles! Era uno de los principales habitantes de Delos por sus

riquezas y dignidades, padre de Ismenia, cuya belleza era objeto de la

conversación de todas las mujeres de Grecia, y el que estaba prevenido

por cartas de Atenas para obsequiarnos y ejercer con nosotros todos

los deberes de la hospitalidad. Después de habernos abrazado repetidas

veces, «apresuraos», nos dijo, «venid a saludar a mis dioses caseros;

venid a ver a Ismenia y a ser testigos de su himeneo».

Salimos del templo, y el impaciente celo de Filocles apenas nos

permitió dar una ojeada por aquella confusión de estatuas y altares

de que está rodeado. Brillaba la opulencia en casa de este hombre

excelente, pero había arreglado el uso de ella con tal discreción

que parecía estar todo conforme con la necesidad y todo ajeno al

capricho. Principiamos haciendo libaciones en honor de los dioses que

presiden a la hospitalidad. Luego nos hizo varias preguntas acerca

de nuestros viajes; después de algunos instantes de una conversación

deliciosa, salimos con nuestro huésped para ver los preparativos de

las fiestas que debían principiar el día siguiente, y nos dirigimos a

diferentes parajes de la isla que solo tiene de siete a ocho mil pasos

de circuito, y su anchura es la tercera parte de su longitud. El monte

Cinto, que va del norte al mediodía, termina un llano que se extiende

hacia occidente hasta la orilla del mar, y en este llano está situada

la ciudad. Se halla severamente desterrado de esta isla todo cuanto

puede ofrecer la imagen de la guerra, de modo que no se permite, ni

aun el animal más fiel al hombre, porque destruiría a los animales más

débiles y más tímidos. En fin, la paz ha escogido a Delos como morada,

y la casa de Filocles por su palacio.

Algunos días después partimos muy de mañana con nuestro huésped para

ver el monte Cinto, que solo tiene una mediana altura. Desde su cima

se descubre una multitud extraordinaria de islas de todas magnitudes,

sembradas en medio de las aguas con el mismo bello desorden que las

estrellas en el cielo. La vista las recorre con avidez, y vuelve a

buscarlas después de haberlas perdido. Ya se distrae con placer en las

revueltas de los canales que las separan, ya mide lentamente los lagos

y las líquidas llanuras que ellas abrazan. Aquí el seno de las aguas se

ha convertido en mansión de los mortales; esta es una ciudad esparcida

en la superficie del mar; es la pintura de Egipto, cuando el Nilo se

derrama por sus campos, y parece que sostiene con sus aguas las colinas

que sirven de retiro a los habitantes.

«La mayor parte de estas islas», nos dijo Filocles, «se llaman

Cícladas, porque forman como un recinto alrededor de Delos. Sesostris,

rey de Egipto, sometió una parte de ellas a sus armas; Minos, rey de

Creta, gobernó algunas con sus leyes; los fenicios, los carios, los

persas, los griegos, todas las naciones que han tenido el imperio

del mar las conquistaron y poblaron sucesivamente; pero las colonias

de estos últimos han hecho desaparecer las extranjeras, e intereses

poderosos han unido para siempre la suerte de las Cícladas a la

de la Grecia. Atenas les ha dado leyes, y exige de ellas tributos

proporcionados a sus fuerzas. A la sombra de su poder ven florecer en

su seno el comercio, la agricultura y las artes, y serían felices si

pudiesen olvidar que fueron libres.

»Estas islas no son todas fértiles igualmente, pues las hay que

apenas cubren las necesidades de los isleños. Tal es Miconos, que es

aquella que se divisa al este de Delos, de donde dista veinticuatro

estadios. Expuesta la tierra a los rayos ardientes del sol, suspira

incesantemente por lluvias refrigerantes, y parece que reúne toda su

virtud en beneficio de las viñas y las higueras, cuyos frutos son

afamados.

»No tan grande pero más fértil que Miconos es Renea que veis al

poniente, y que solo dista de nosotros unos quinientos pasos, la cual

se distingue por la riqueza de sus colinas y sus campos. Esta isla

encierra las cenizas de nuestros padres, y encerrará las nuestras algún

día. A la eminencia que se ve enfrente fueron trasladados los sepulcros

que estaban antes en Delos, y que, multiplicándose cada día con

nuestras pérdidas, se levantan del seno de la tierra como otros tantos

trofeos que la muerte cubre con su sombra amenazadora.

»Dirigid la vista hacia el norte, y allí descubriréis las costas de

la isla de Tenos. Los primeros que la cultivaron hicieron de ella una

tierra nueva que corresponde a los deseos del labrador o los previene,

ofreciendo a sus necesidades los frutos más exquisitos y granos de

toda especie. Por todas partes brotan mil fuentes, y las llanuras

enriquecidas con sus aguas se hermosean más y más con el contraste de

los áridos montes y los desiertos que la rodean.

»Andros está separada de Tenos por un canal de doce estadios de

anchura (más de un cuarto de legua). En esta isla se encuentran montes

cubiertos de verdor como en Renea, fuentes más abundantes que en Tenos,

valles tan deliciosos como en Tesalia, frutos que halagan la vista y

el gusto; es, en fin, una ciudad famosa por los obstáculos que hallaron

los atenienses para someterla, y por el culto a Dioniso, a quien honra

especialmente.

»Casi a igual distancia de Andros y de Ceos se encuentra la isleta de

Giaros, digno retiro de malhechores, si se purgase de ellos la tierra;

región yerma y erizada de peñascos, de modo que parece habérselo negado

todo la naturaleza, así como parece que todo lo ha concedido a la isla

de Ceos.

»Los pastores de esta hacen honores divinos y consagran sus rebaños al

pastor Aristeo que fue el primero que condujo a esta isla una colonia.

Abunda de frutos y pastos; los cuerpos son allí robustos, las almas

naturalmente vigorosas, y los pueblos tan numerosos que se han visto

obligados a distribuirse en cuatro ciudades, cuya capital es Yulis.

Está situada en una altura, y su nombre se deriva de una fuente copiosa

que corre al pie de la colina. Careso, que dista de ella veinticinco

estadios (más de tres cuartos de legua), la sirve de puerto y la

enriquece con su comercio.

»Adornan a Yulis soberbios edificios, enormes piedras de mármol forman

sus murallas, y se ha hecho fácil la subida por caminos hechos en las

vertientes de las alturas vecinas. Pero lo que le da más lustre es el

ser cuna de muchos hombres célebres, entre otros Simónides, Baquílides

y Pródico.

»Simónides nació hacia el tercer año de la olimpiada cincuenta (558

antes de J. C.). Mereció la estimación de los reyes, los sabios y los

grandes hombres de su tiempo. Era poeta y filósofo, y la feliz reunión

de estas cualidades hizo sus talentos más útiles y su sabiduría más

amable. Su estilo lleno de dulzuras es sencillo, armonioso y admirable

por la elección y la colocación de las palabras. Fueron el asunto de

sus cantos las alabanzas de los dioses, las victorias de los griegos

contra los persas y los triunfos de los atletas. Ejercitose en casi

todos los géneros de poesía, y consiguió el acierto principalmente

en la elegía y en los cantos lúgubres. Nadie ha conocido mejor que

él el arte sublime y delicioso de interesar y enternecer: nadie ha

pintado con más verdad las situaciones y los infortunios que excitan la

compasión.

»Como los caracteres de los hombres influyen en sus opiniones, era

natural que la filosofía de Simónides fuese dulce sin altanería. Su

sistema, según lo que se ha podido juzgar por algunos de sus escritos

y muchas de sus máximas, se reduce a los artículos siguientes.

»“No sondeemos la inmensa profundidad del Ser supremo: limitémonos

a saber que todo se ejecuta por su orden y que posee la virtud por

excelencia. Los hombres no tienen más que una débil emanación de ella

y la reciben de él. No se glorían, pues, de una perfección a la cual

no podrían llegar. La virtud ha fijado su residencia entre rocas

escarpadas, y si a fuerza de trabajos se elevan hasta ella, en breve

los arrastran al precipicio mil fatales circunstancias. Así su vida

es una mezcla de bien y de mal, y es tan difícil ser con frecuencia

virtuoso como imposible serlo siempre. Complazcámonos, pues, en alabar

las buenas acciones; cerremos los ojos para no ver aquellas que no

lo son, o por obligación, cuando apreciamos por otros títulos al que

delinque, o por indulgencia, cuando nos es indiferente. Lejos de

censurar a los hombres con tanto rigor, acordémonos que no son más que

debilidad, que están destinados a permanecer por un momento sobre la

superficie de la tierra y para siempre en su seno. El tiempo vuela:

mil siglos comparados con la eternidad, no son más que un punto o una

pequeñísima parte de un punto imperceptible”.

»Simónides murió a la edad de cerca de noventa años. Se le atribuye

mérito por haber aumentado en la isla de Ceos el aparato de las fiestas

religiosas, añadido la octava cuerda a la lira, y descubierto el arte

de la memoria artificial; pero lo que le asegura inmortal gloria es

haber dado lecciones útiles a los reyes, haber hecho feliz a la Sicilia

sacando a Hierón de sus extravíos y obligándole a vivir en paz con sus

súbditos y consigo mismo.

»La familia de Simónides era como aquellas en que es perpetuo el

sacerdocio de las Musas. Su nieto, del mismo nombre que él, escribió

sobre las genealogías, y sobre los descubrimientos que hacen honor al

entendimiento humano. Baquílides, su sobrino, le hizo en cierto modo

resucitar en la poesía lírica. La pureza del estilo, la corrección

del diseño, las bellezas regulares y sostenidas, le hicieron digno a

Baquílides de los aplausos que pudiera envidiarle el mismo Píndaro.

Estos dos poetas dividieron entre sí el favor del rey Hierón y los

votos de la corte de Siracusa, pero cuando la protección no les impidió

ya ponerse en su lugar, Píndaro se elevó, digámoslo así, a los cielos,

y Baquílides se quedó en la tierra.

»Mientras que este último perpetuaba en Sicilia la gloria de su

patria, el sofista Pródico la hacía brillar en las diferentes ciudades

de la Grecia, donde recitaba arengas preparadas con arte, sembradas

de alegorías ingeniosas, de un estilo sencillo, noble y armonioso.

Su elocuencia, que presentaba la virtud bajo rasgos seductores, fue

admirada por los tebanos, elogiada por los atenienses y estimada por

los espartanos. Después propaló ciertas máximas que destruían los

fundamentos de la religión, y desde este instante le miraron los

atenienses como el corruptor de la juventud, y le condenaron a beber la

cicuta.

»No lejos de Ceos está la isla de Citnos, famosa por sus pastos, y más

cerca de nosotros esa tierra que veis al poniente es la fértil isla

de Siros, donde nació uno de los más antiguos filósofos de la Grecia,

Ferécides, que vivía en ella doscientos años hace.

»Tended la vista hacia el mediodía y ved en el horizonte aquellos

vapores opacos y fijos que ofuscan su naciente brillo: esas son

las islas de Paros y de Naxos. La primera tiene fértiles campiñas,

numerosos rebaños y dos excelentes puertos, y las Gracias tienen

también altares en ellas. Un día que Minos, rey de Creta, hacía

sacrificios a estas divinidades, fueron a decirle que su hijo Androgeo

había sido muerto en Ática; acabó la ceremonia arrojando lejos de sí

una corona de laurel que le ceñía las sienes, y con voz interrumpida de

sollozos, impuso silencio al tocador de flauta.

»Muchas ciudades se glorían de haber sido cuna de Homero, pero

ninguna disputa a Paros el honor o la vergüenza de haber producido a

Arquíloco. Este poeta, que vivía trescientos cincuenta años hace, ha

hecho en favor de la poesía lírica lo que hizo Homero a favor de la

épica, teniendo ambos de común el haber servido de modelos, cada uno

en su género; que sus obras se recitan en las juntas de los generales

de la Grecia, y que su nacimiento se celebra comúnmente con fiestas

particulares. Esto no obstante, el reconocimiento público no ha querido

confundir la jerarquía de cada uno de ellos, y así pone en el segundo

lugar al poeta de Paros; pero eso es ocupar el primero, al tener

únicamente por superior a Homero.

»En cuanto a las costumbres y la conducta, Arquíloco debía ser echado

en la clase más vil de los hombres. Jamás se unieron talentos más

sublimes a un carácter más atroz y depravado; manchaba sus escritos

con expresiones licenciosas y pinturas lascivas, derramando en ellas

con profusión la hiel con que su alma se complacía en alimentarse. Sus

amigos, sus enemigos, los objetos infelices de sus amores, todo caía al

impulso de los dardos sangrientos de sus sátiras, siendo lo más extraño

que sepamos por él mismo estos hechos detestables, porque escribiendo

la historia de su vida tuvo valor para contemplar a su satisfacción

todos los horrores de ella, y la insolencia de exponerlos a la vista

del universo.

»Toda la tierra está llena de monumentos empezados en las canteras del

monte Marpeso. En estos subterráneos alumbrados con débiles luces,

arranca con dolor un pueblo esclavo aquellos trozos enormes que brillan

en los más soberbios edificios de la Grecia y hasta en la fachada del

laberinto en Egipto. Hay muchos templos hermoseados de este mármol,

porque dicen que su color es grato a los inmortales. Hubo un tiempo en

que los escultores no empleaban otro: en el día le buscan con esmero,

aunque no siempre corresponde a las esperanzas, porque las grandes

partes cristalinas que lo forman deslumbran la vista con reflejos

engañosos, y saltan a pedazos al golpe del cincel. Pero este defecto

se resarce con otras cualidades excelentes, y en particular por su

extremada blancura, a la cual los poetas hacen alusiones frecuentes, y

a veces relativas al carácter de sus poesías.

»Separa a Naxos de la isla precedente un estrechísimo canal. Ninguna

de las Cícladas puede igualarla en grandeza, y es tal su fertilidad

que pudiera disputarla a la Sicilia. Dioniso preside en ella; Dioniso

protege a Naxos y todo presenta aquí la imagen del beneficio y el

reconocimiento. Los habitantes se apresuran a enseñar a los extranjeros

el paraje donde las ninfas lo criaron. Cuentan las maravillas que

obra en su favor, dicen que de él vienen las riquezas que hay en sus

templos, y sus altares humean noche y día. Aquí sus homenajes se

dirigen al dios que les enseñó el cultivo de la higuera; allí al dios

que llenó sus viñas de un néctar robado a los cielos, y lo adoran bajo

muchas advocaciones para multiplicar unos deberes que les son tan

gratos.

»En las cercanías de Paros están Serifos, Sifnos y Milo. Para

tener una idea de la primera de estas islas, figuraos muchas

montañas escarpadas, áridas, y que no dejan, digámoslo así, en sus

intervalos más que fosas profundas, donde los hombres desventurados

ven continuamente suspensos sobre sus cabezas peñascos espantosos,

monumentos de la venganza de Perseo; porque según una tradición tan

ridícula como horrorosa para los serifeos, este héroe fue aquel que,

armado con la cabeza de Medusa, transformó en otro tiempo a sus mayores

en objetos horribles.

»A corta distancia de allí y bajo un cielo siempre sereno, figuraos

campiñas esmaltadas de flores y siempre cubiertas de frutos, una

mansión encantadora, donde el aire más puro alarga la vida de los

hombres más de lo ordinario, y tendréis una débil imagen de las

bellezas que ofrece Sifnos.

»La isla de Milo es una de las más fértiles del mar Egeo. El azufre y

otros minerales escondidos en las entrañas de la tierra conservan allí

un calor activo, y dan un gusto exquisito a todas sus producciones.

»Un filósofo natural de esta isla sublevó contra sí la Grecia entera

negando abiertamente la existencia de los dioses: este era Diágoras,

a quien deben los mantineos sus leyes y su felicidad. Suscitose

contra él un grito general, y su nombre se oía como una injuria. Los

magistrados de Atenas le citaron a su tribunal y le persiguieron de

ciudad en ciudad, prometiendo un talento al que presentase su cabeza,

dos a los que le entregasen vivo; y para perpetuar la memoria de este

decreto, le grabaron en una columna de bronce. Diágoras, no encontrando

ya asilo en la Grecia, se embarcó y pereció en un naufragio.

»Recorriendo con la vista una pradera, no se descubre ni siquiera una

planta dañosa que mezcle su veneno entre las flores, ni flor modesta

que se oculte bajo la hierba. Así, describiendo las regiones que forman

una corona alrededor de Delos, no debo hablaros ni de los escollos

esparcidos en sus intervalos, ni de muchas isletas cuyo brillo solo

sirve para adornar el fondo del cuadro que se presenta a nuestra vista.

»La mar separa aquellos pueblos y el placer los reúne. Las fiestas

que les son comunes los pintan ya en un pasaje y ya en otro, pero

desaparecen tan pronto como empiezan nuestras solemnidades. Los templos

inmediatos van a quedar desiertos: las divinidades que se adora en

ellos permiten llevar a Delos el incienso que se les destinaba, y unas

diputaciones conocidas bajo el nombre de _Teorías_, están encargadas

de este glorioso empleo, llevando consigo coros de mancebos y de

doncellas. Estos coros vienen de las costas de Asia, de las islas del

mar Egeo, del continente de la Grecia, de las regiones más lejanas, y

llegan al son de instrumentos con todo el aparato del gusto y de la

magnificencia».

Al tiempo que Filocles acababa su relación, cambiaba la escena de

cuando en cuando y se hermoseaba más y más. Habían salido ya de los

puertos de Miconos y de Renea las flotillas que conducían las ofrendas

a Delos, descubríanse en alta mar otras flotas; un gran número de

buques de toda clase volaban por la superficie de las aguas y brillaban

con mil colores diferentes: se les veía deslizarse y escapar de los

canales que separan las islas, cruzarse, darse caza y reunirse: un

viento fresco jugueteaba en sus velas teñidas de púrpura, y bajo sus

remos dorados las olas se cubrían de una espuma que los rayos nacientes

del sol penetraban con sus fuegos.

Más abajo, al pie de la montaña, inundaba la llanura una multitud

inmensa cuyas filas cerradas ondeaban hacia todos lados como la mies

agitada por los vientos, y el alborozo que la animaba hacía un ruido

vago y confuso que sobrenadaba, digámoslo así, sobre este vasto cuerpo.

Las teorías de las islas de Renea y de Miconos esperaban bajo el

pórtico del templo el momento para entrar en el lugar donde se

celebraba la fiesta, y en breve vimos bajar tras de ellas, las de Cos y

de Andros, seguidas de otras diputaciones solemnes que hacían resonar

los aires con cánticos sagrados. Arreglaban en la misma ribera el

orden de marcha, y se adelantaban lentamente hacia el templo con las

aclamaciones de un pueblo que se agolpaba alrededor de ellas. Con sus

homenajes presentaban juntamente al dios las primicias de los frutos de

la tierra, y al salir del templo las llevaban a unas casas mantenidas a

expensas de las ciudades cuyas ofrendas habían llevado.

En tanto se divisaba a lo lejos la teoría de los atenienses, casi toda

escogida entre las familias más antiguas de la república. Presentose

con todo el esplendor que era de esperar de una ciudad donde el lujo ha

llegado al exceso, y al llegar ante la estatua del dios le ofreció una

corona de oro valuada en mil quinientas dracmas (5029 reales vellón); a

breve rato se oyeron los mugidos de cien bueyes que expiraban al golpe

de las cuchillas de los sacerdotes. Luego que esta diputación acabó

las ceremonias que motivaron su llegada al pie de los altares, nos

condujeron a un banquete que daba el senado de Delos a los ciudadanos

de esta isla a las márgenes del Inopo, y bajo la bóveda que formaban

hermosas arboledas. Reinaba bajo aquel ramaje una alegría pura,

bulliciosa y general, y cuando el vino de Naxos brincaba en las copas

todos celebraban en voz alta el nombre de Nicias, general ateniense,

que fue el primero que reunió al pueblo en aquellos sitios deliciosos,

y señaló fondos para celebrar y para perpetuar este beneficio.

El resto del día se invirtió en espectáculos de otro género. Unas voces

encantadoras se disputaron el premio de la música, y los brazos armados

de manoplas, el de la lucha. El pugilato, el salto y la carrera de a

pie llamaron sucesivamente nuestra atención. Habían trazado hacia el

extremo meridional de la isla un estadio, alrededor del cual estaban

sentados por su orden los diputados de Atenas, el senado de Delos y

todas las teorías magníficamente vestidas. Esta brillante juventud era

la imagen más fiel de los dioses reunidos en el Olimpo.

Duraron las fiestas muchos días, y repitiéronse muchas veces las

corridas de caballos, y vimos otras tantas los buzos tan afamados de

Delos, ya precipitarse al mar, ya bajar hasta los abismos o descansar

en la superficie, y ya representar los combates y acreditar con su

destreza la fama que han adquirido.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 54 / 84 题