Conferencia sobre la doctrina de Pitágoras.
_Samio._ Sin duda no creéis que Pitágoras haya dicho los absurdos que
se le atribuyen.
_Anacarsis._ Estaba sorprendido, en efecto, de que ese hombre
extraordinario que ha enriquecido a su nación con las luces de otros
pueblos, que ha hecho en geometría descubrimientos que solo son propios
del ingenio, y fundado en fin esta escuela que ha producido tan
grandes hombres; estaba yo sorprendido, repito, de que hubiese enseñado
dogmas incomprensibles y prescrito observancias impracticables.
_Samio._ Pitágoras nada o casi nada ha escrito, pues las obras que se
le atribuyen, todas o casi todas son de sus discípulos. Estos son los
que le han cargado sus reglas con nuevas prácticas. Ya habéis oído
decir, y aún lo oiréis más en adelante, que Pitágoras asignaba un
mérito infinito en la abstinencia de las habas. Es cierto, no obstante,
que hacía mucho uso de esta legumbre en sus comidas, según lo que oí
siendo joven a Jenófilo y a muchos ancianos casi contemporáneos suyos.
_Anacarsis._ ¿Por qué, pues, os las ha prohibido después?
_Samio._ Porque causan flatulencias y otros efectos nocivos a la salud.
_Anacarsis._ Luego esta prohibición no es un reglamento civil, sino un
simple consejo. Sin embargo, yo he oído hablar de ella como de una ley
concerniente a la religión.
_Samio._ Entre nosotros, así como en todas las sociedades religiosas,
las leyes civiles son leyes sagradas, y el carácter de santidad que se
les imprime favorece su ejecución.
_Anacarsis._ Según eso, aquellas abluciones, aquellas privaciones,
aquellos ayunos que los sacerdotes egipcios observan tan
escrupulosamente y que tanto se recomiendan en los misterios de la
Grecia, no eran en su origen más que leyes de medicina y lecciones de
sobriedad.
_Samio._ Así lo pienso. Pitágoras se introdujo en la escuela de los
sacerdotes de Egipto, y estudió la medicina, que se dirige a precaver
los males más bien que a curarlos; la transmitió a sus discípulos y fue
considerado con justo motivo como uno de los médicos más hábiles de la
Grecia.
_Anacarsis._ Sin duda creería que el uso del vino, de la carne y
del pescado es dañoso al cuerpo humano, cuando os lo ha prohibido
severamente.
_Samio._ Es un error. Solo condenaba el exceso del vino. A veces
servían a sus discípulos una porción de los animales ofrecidos en
sacrificio, excepto el buey y el carnero; él mismo no tenía repugnancia
en comer de ello, aunque comúnmente se contentaba con un poco de miel
y algunas legumbres. Prohibía ciertos peces por razones que no hay
necesidad de referirlas; por otra parte prefería el régimen vegetal
a todos los demás, y la prohibición absoluta de carnes se reducía
únicamente a aquellos discípulos suyos que aspiraban a la mayor
perfección.
_Anacarsis._ Pero ¿cómo puede conciliarse el permiso que concede a los
otros con su sistema sobre la transmigración de las almas? Porque,
en fin, como ha dicho antes este ateniense, os exponéis a comeros a
vuestro padre o a vuestra madre.
_Samio._ Os digo que Pitágoras y sus discípulos no creían en la
metempsicosis.
_Anacarsis._ ¿Cómo es eso?
_Samio._ Timeo de Locros, uno de los más antiguos y más célebres de
ellos, así lo confesó.
_Anacarsis._ ¿Y por qué se tomaba Pitágoras ese interés tan vivo por
la conservación de los animales y particularmente de aquellos que son
útiles al hombre, si no es porque les suponía un alma semejante a la
nuestra?
_Samio._ Este interés se fundaba en la justicia. Porque en verdad,
¿qué derecho tenemos para atrevernos a quitar la vida a unos seres que
han recibido como nosotros este don del cielo? Los primeros hombres,
siendo más dóciles a la voz de la naturaleza, únicamente ofrecían a
los dioses frutos, miel y tortas de que ellos mismos se alimentaban,
sin atreverse a derramar la sangre de los animales, y particularmente
de aquellos que son útiles al hombre. Pitágoras conoció fácilmente
que no se podía desarraigar de repente el abuso autorizado ya por
una larga serie de siglos; se abstuvo de los sacrificios sangrientos
y siguieron su ejemplo sus discípulos de primera clase. Los demás,
obligados a conservar relaciones con los hombres, tuvieron la libertad
de sacrificar un corto número de animales, y de probar su carne, más
bien que comerla.
_Anacarsis._ Ya veo que conozco mal vuestro instituto, y por lo mismo
me atrevo a suplicaros que me deis una idea exacta de él.
_Samio._ Bien sabéis que Pitágoras fijó su residencia en Italia cuando
volvió de sus viajes; por sus exhortaciones, las naciones griegas en
este fértil país pusieron las armas a sus pies y sus intereses en sus
manos; haciéndose árbitro de ellas, les enseñó a vivir en paz entre sí
y con los demás; hombres y mujeres se sometieron con igual ardor a los
más duros sacrificios, y de todas las partes de Grecia, de Italia y de
la Sicilia se vio acudir un número infinito de discípulos; dejose ver
en la corte de los opresores sin adularlos, y obligoles a bajar sin
sentimiento de un trono mal adquirido; en fin, al aspecto de tantas
mudanzas los pueblos exclamaron que se había aparecido en la tierra un
dios para librarla de los males que la afligen.
_Anacarsis._ Pero él o sus discípulos, ¿no se han valido de la mentira,
suponiendo prodigios, para conservar esa ilusión?
_Samio._ En nada veo que Pitágoras se haya arrogado el derecho de
mandar a la naturaleza. No son los elogios exagerados que le dan lo que
asegura su gloria, ni las acusaciones odiosas lo que puede mancillarla.
El fundamento de su gran fama es aquel proyecto de una congregación
que siempre subsistente y siempre depositaria de las ciencias y de las
costumbres fuese el órgano de la verdad y de la virtud, cuando los
hombres se hallasen en estado de oír la una y practicar la otra.
»Un gran número de discípulos abrazaron este instituto, y él los reunió
en un edificio inmenso, donde vivían en comunidad, distribuidos
en diferentes clases. Unos pasaban su vida contemplando las cosas
celestes; los otros cultivaban las ciencias, y en particular la
astronomía y la geometría; otros en fin, llamados ecónomos o
políticos, estaban encargados de mantener la casa y los asuntos propios
de ella.
»No admitía Pitágoras novicios con facilidad, antes bien examinaba el
carácter del pretendiente, sus costumbres, su conducta, su modo de
andar, sus palabras y su silencio; la impresión que en él hacían los
objetos y el comportamiento que había tenido con sus padres y sus
amigos. Si era admitido, desde aquel momento depositaba todos sus
bienes en manos de los ecónomos.
»Varios hombres virtuosos, la mayor parte establecidos en parajes
lejanos, se filiaban en la orden, e interesándose en sus progresos se
penetraban de su espíritu y observaban la regla.
»Los discípulos que vivían en comunidad se levantaban muy temprano. Al
despertarse hacían dos exámenes: uno, de lo que habían dicho o hecho en
la víspera, y otro, de lo que habían de hacer en aquel día; el primero
para ejercitar la memoria y el segundo para arreglar su conducta.
Después de ponerse una ropa blanca muy aseada, tomaban la lira y
entonaban cánticos sagrados hasta el momento en que mostrándose el sol
en el horizonte, se postraban ante él, e iba cada uno en particular a
pasearse a unos bosquecillos amenos o a gratas soledades. El aspecto y
el silencio de aquellos hermosos lugares les inspiraban la tranquilidad
de alma, y la disponían a las sabias conferencias que les aguardaban a
su vuelta.
»Casi siempre las tenían en un templo, y versaban sobre las ciencias
exactas o la moral: explicaban los elementos sabios profesores, y
conducían a los discípulos a la más alta teoría. Les proponían a menudo
por objeto de meditación un principio fecundo, una máxima luminosa.
Pitágoras, que lo veía todo de una mirada, como él lo explicaba todo
con una sola palabra les dijo un día: «¿Qué es el universo? El orden.
¿Qué es la amistad? La igualdad». A los ejercicios del entendimiento
sucedían los del cuerpo, tales como la carrera y la lucha, y estas
contiendas pacíficas se tenían o en bosques o en jardines.
»En la comida se les servía pan y miel. Los que aspiraban a la
perfección no tomaban más que pan y agua. Al salir de comer se reunían
de dos en dos o de tres en tres, volvían al paseo, y tratando entre
ellos de las lecciones que les habían dado por la mañana de tales
conferencias, alejaban severamente las murmuraciones y las injurias,
las bufonadas y toda palabra superflua.
»Cuando volvían a la casa, entraban en el baño y, al salir de él, se
distribuían en diferentes salas donde se habían puesto mesas, cada una
de diez cubiertos. Les servían pan y vino, legumbres crudas o cocidas,
a veces trozos de animales inmolados y rara vez pescado. La cena, que
debía acabarse antes de ponerse el sol, empezaba por la ofrenda del
incienso y diversos perfumes que ofrecían a los dioses, a lo cual
seguían nuevas libaciones y una lectura que estaba obligado a hacer
el más joven y tenía derecho de elegir el más antiguo. Este último,
antes de despedirlos, les recordaba los preceptos más importantes,
diciéndoles: «No ceséis de honrar a los dioses, los genios y los
héroes, de respetar a vuestros padres y bienhechores, y de volar al
socorro de las leyes violadas». Para inspirarles más y más el espíritu
de dulzura y equidad: «Guardaos», añadía, «de arrancar el árbol o la
planta que dé al hombre utilidad, y de matar el animal que no le hace
daño».
»Retirados a su estancia, se citaban ante su propio tribunal, y
repasaban menudamente sus faltas de comisión u omisión: hecho este
examen, cuya constante práctica bastaría por sí sola para corregir
nuestras faltas, tomaban otra vez sus liras y cantaban himnos en honor
de los dioses. Su muerte era tranquila. Encerraban sus cuerpos, como
se hace todavía, en unos ataúdes guarnecidos de hojas de mirto, olivo
y álamo, y hacían sus funerales con ciertas ceremonias que nos está
prohibido revelarlas.
»Debían animarlos toda su vida dos sentimientos, o más bien diré un
sentimiento único, cual es la unión íntima con los dioses y la más
perfecta unión con los hombres. Nadie ha conocido ni sentido la amistad
tan bien como Pitágoras. Él fue el primero que dijo estas hermosas
palabras, las más hermosas y consoladoras de todas: _Mi amigo es otro
yo_. En efecto, cuando yo estoy con mi amigo, no estoy solo, y no
estamos dos.
»Los hijos de esta gran familia esparcidos por muchos climas sin haberse
visto jamás, se reconocían en ciertos signos, y desde el primer día que
se veían se trataban como si hubiesen estado siempre juntos. Reuníanse
todos sus intereses de tal modo que muchos de ellos han pasado los
mares, y arriesgado sus bienes para recobrarlos de uno de sus hermanos
que había quedado pobre e indigente.
»Voy a daros un ejemplo tierno de su mutua confianza. Uno de los
nuestros, que viajaba a pie, se extravió en un desierto, llegó rendido
de cansancio a una posada y cayó en ella enfermo. Iba a expirar, y
estando en la imposibilidad de sufragar los gastos que había causado
trazó con mano trémula en una tablita algunos signos simbólicos, y
mandó que los pusiesen junto al camino. Mucho después de su muerte la
casualidad llevó por allí a otro discípulo de Pitágoras, y habiendo
visto y entendido aquellos caracteres enigmáticos que se ofrecieron a
su vista, se entera del infortunio del primer viajero, se detiene, paga
con interés los gastos al posadero, y continua su camino.
_Anacarsis._ ¿Y podía lisonjearse Pitágoras de que el edificio que
erigía a las leyes y a las virtudes sería respetado siempre, y que no
le destruiría el menor sacudimiento?
_Samio._ A lo menos era cosa admirable verle poner los cimientos,
y los primeros pasos le dieron esperanzas de que podría levantarle
hasta cierta altura. Os he hablado de la revolución que causó en
Italia en las costumbres desde un principio, y se hubiera difundido
insensiblemente, si unos hombres poderosos, pero manchados de crímenes,
no hubiesen tenido la loca ambición de entrar en la congregación:
fueron excluidos y esta negativa ocasionó su ruina. La calumnia se
levantó en cuanto se vio sostenida. Nos hicimos odiosos a la multitud,
al negarnos que se diesen las magistraturas por suerte; a los ricos,
al disponer que se concediesen al mérito. Nuestras palabras fueron
transformadas en máximas sediciosas y nuestras juntas en consejos de
conspiradores. Pitágoras, desterrado de Crotona, no halló asilo en
los pueblos que le debían su felicidad. Su muerte no extinguió la
persecución. Varios discípulos suyos, reunidos en una casa, fueron
entregados a las llamas y murieron casi todos. Habiéndose dispersado
los demás, los habitantes de Crotona, que reconocieron su inocencia,
los volvieron a llamar algún tiempo después; mas habiendo sobrevenido
una guerra se distinguieron en una batalla, y terminaron una vida
inocente con una muerte gloriosa.
»Reducidos hoy día a un corto número, separados los unos de los otros,
no excitando ni envidia ni compasión, practicamos en secreto los
preceptos de nuestro fundador. Por el poder que tienen todavía, podéis
juzgar del que tuvieron al fundarse el instituto. Nosotros formamos a
Epaminondas, y Foción se ha formado con los ejemplos nuestros.
»No necesito recordaros que esta congregación ha producido una multitud
de legisladores, de geómetras, de astrónomos, de naturalistas y de
hombres célebres en todos los géneros; que ella ha ilustrado a la
Grecia, y que los filósofos modernos han bebido en nuestros autores la
mayor parte de los descubrimientos que brillan en sus obras.
Al día siguiente de esta conversación, salimos para Atenas, y algunos
meses después, fuimos a las fiestas de Delos.