CAPÍTULO LXXIII.

Conferencia sobre la doctrina de Pitágoras.

_Samio._ Sin duda no creéis que Pitágoras haya dicho los absurdos que

se le atribuyen.

_Anacarsis._ Estaba sorprendido, en efecto, de que ese hombre

extraordinario que ha enriquecido a su nación con las luces de otros

pueblos, que ha hecho en geometría descubrimientos que solo son propios

del ingenio, y fundado en fin esta escuela que ha producido tan

grandes hombres; estaba yo sorprendido, repito, de que hubiese enseñado

dogmas incomprensibles y prescrito observancias impracticables.

_Samio._ Pitágoras nada o casi nada ha escrito, pues las obras que se

le atribuyen, todas o casi todas son de sus discípulos. Estos son los

que le han cargado sus reglas con nuevas prácticas. Ya habéis oído

decir, y aún lo oiréis más en adelante, que Pitágoras asignaba un

mérito infinito en la abstinencia de las habas. Es cierto, no obstante,

que hacía mucho uso de esta legumbre en sus comidas, según lo que oí

siendo joven a Jenófilo y a muchos ancianos casi contemporáneos suyos.

_Anacarsis._ ¿Por qué, pues, os las ha prohibido después?

_Samio._ Porque causan flatulencias y otros efectos nocivos a la salud.

_Anacarsis._ Luego esta prohibición no es un reglamento civil, sino un

simple consejo. Sin embargo, yo he oído hablar de ella como de una ley

concerniente a la religión.

_Samio._ Entre nosotros, así como en todas las sociedades religiosas,

las leyes civiles son leyes sagradas, y el carácter de santidad que se

les imprime favorece su ejecución.

_Anacarsis._ Según eso, aquellas abluciones, aquellas privaciones,

aquellos ayunos que los sacerdotes egipcios observan tan

escrupulosamente y que tanto se recomiendan en los misterios de la

Grecia, no eran en su origen más que leyes de medicina y lecciones de

sobriedad.

_Samio._ Así lo pienso. Pitágoras se introdujo en la escuela de los

sacerdotes de Egipto, y estudió la medicina, que se dirige a precaver

los males más bien que a curarlos; la transmitió a sus discípulos y fue

considerado con justo motivo como uno de los médicos más hábiles de la

Grecia.

_Anacarsis._ Sin duda creería que el uso del vino, de la carne y

del pescado es dañoso al cuerpo humano, cuando os lo ha prohibido

severamente.

_Samio._ Es un error. Solo condenaba el exceso del vino. A veces

servían a sus discípulos una porción de los animales ofrecidos en

sacrificio, excepto el buey y el carnero; él mismo no tenía repugnancia

en comer de ello, aunque comúnmente se contentaba con un poco de miel

y algunas legumbres. Prohibía ciertos peces por razones que no hay

necesidad de referirlas; por otra parte prefería el régimen vegetal

a todos los demás, y la prohibición absoluta de carnes se reducía

únicamente a aquellos discípulos suyos que aspiraban a la mayor

perfección.

_Anacarsis._ Pero ¿cómo puede conciliarse el permiso que concede a los

otros con su sistema sobre la transmigración de las almas? Porque,

en fin, como ha dicho antes este ateniense, os exponéis a comeros a

vuestro padre o a vuestra madre.

_Samio._ Os digo que Pitágoras y sus discípulos no creían en la

metempsicosis.

_Anacarsis._ ¿Cómo es eso?

_Samio._ Timeo de Locros, uno de los más antiguos y más célebres de

ellos, así lo confesó.

_Anacarsis._ ¿Y por qué se tomaba Pitágoras ese interés tan vivo por

la conservación de los animales y particularmente de aquellos que son

útiles al hombre, si no es porque les suponía un alma semejante a la

nuestra?

_Samio._ Este interés se fundaba en la justicia. Porque en verdad,

¿qué derecho tenemos para atrevernos a quitar la vida a unos seres que

han recibido como nosotros este don del cielo? Los primeros hombres,

siendo más dóciles a la voz de la naturaleza, únicamente ofrecían a

los dioses frutos, miel y tortas de que ellos mismos se alimentaban,

sin atreverse a derramar la sangre de los animales, y particularmente

de aquellos que son útiles al hombre. Pitágoras conoció fácilmente

que no se podía desarraigar de repente el abuso autorizado ya por

una larga serie de siglos; se abstuvo de los sacrificios sangrientos

y siguieron su ejemplo sus discípulos de primera clase. Los demás,

obligados a conservar relaciones con los hombres, tuvieron la libertad

de sacrificar un corto número de animales, y de probar su carne, más

bien que comerla.

_Anacarsis._ Ya veo que conozco mal vuestro instituto, y por lo mismo

me atrevo a suplicaros que me deis una idea exacta de él.

_Samio._ Bien sabéis que Pitágoras fijó su residencia en Italia cuando

volvió de sus viajes; por sus exhortaciones, las naciones griegas en

este fértil país pusieron las armas a sus pies y sus intereses en sus

manos; haciéndose árbitro de ellas, les enseñó a vivir en paz entre sí

y con los demás; hombres y mujeres se sometieron con igual ardor a los

más duros sacrificios, y de todas las partes de Grecia, de Italia y de

la Sicilia se vio acudir un número infinito de discípulos; dejose ver

en la corte de los opresores sin adularlos, y obligoles a bajar sin

sentimiento de un trono mal adquirido; en fin, al aspecto de tantas

mudanzas los pueblos exclamaron que se había aparecido en la tierra un

dios para librarla de los males que la afligen.

_Anacarsis._ Pero él o sus discípulos, ¿no se han valido de la mentira,

suponiendo prodigios, para conservar esa ilusión?

_Samio._ En nada veo que Pitágoras se haya arrogado el derecho de

mandar a la naturaleza. No son los elogios exagerados que le dan lo que

asegura su gloria, ni las acusaciones odiosas lo que puede mancillarla.

El fundamento de su gran fama es aquel proyecto de una congregación

que siempre subsistente y siempre depositaria de las ciencias y de las

costumbres fuese el órgano de la verdad y de la virtud, cuando los

hombres se hallasen en estado de oír la una y practicar la otra.

»Un gran número de discípulos abrazaron este instituto, y él los reunió

en un edificio inmenso, donde vivían en comunidad, distribuidos

en diferentes clases. Unos pasaban su vida contemplando las cosas

celestes; los otros cultivaban las ciencias, y en particular la

astronomía y la geometría; otros en fin, llamados ecónomos o

políticos, estaban encargados de mantener la casa y los asuntos propios

de ella.

»No admitía Pitágoras novicios con facilidad, antes bien examinaba el

carácter del pretendiente, sus costumbres, su conducta, su modo de

andar, sus palabras y su silencio; la impresión que en él hacían los

objetos y el comportamiento que había tenido con sus padres y sus

amigos. Si era admitido, desde aquel momento depositaba todos sus

bienes en manos de los ecónomos.

»Varios hombres virtuosos, la mayor parte establecidos en parajes

lejanos, se filiaban en la orden, e interesándose en sus progresos se

penetraban de su espíritu y observaban la regla.

»Los discípulos que vivían en comunidad se levantaban muy temprano. Al

despertarse hacían dos exámenes: uno, de lo que habían dicho o hecho en

la víspera, y otro, de lo que habían de hacer en aquel día; el primero

para ejercitar la memoria y el segundo para arreglar su conducta.

Después de ponerse una ropa blanca muy aseada, tomaban la lira y

entonaban cánticos sagrados hasta el momento en que mostrándose el sol

en el horizonte, se postraban ante él, e iba cada uno en particular a

pasearse a unos bosquecillos amenos o a gratas soledades. El aspecto y

el silencio de aquellos hermosos lugares les inspiraban la tranquilidad

de alma, y la disponían a las sabias conferencias que les aguardaban a

su vuelta.

»Casi siempre las tenían en un templo, y versaban sobre las ciencias

exactas o la moral: explicaban los elementos sabios profesores, y

conducían a los discípulos a la más alta teoría. Les proponían a menudo

por objeto de meditación un principio fecundo, una máxima luminosa.

Pitágoras, que lo veía todo de una mirada, como él lo explicaba todo

con una sola palabra les dijo un día: «¿Qué es el universo? El orden.

¿Qué es la amistad? La igualdad». A los ejercicios del entendimiento

sucedían los del cuerpo, tales como la carrera y la lucha, y estas

contiendas pacíficas se tenían o en bosques o en jardines.

»En la comida se les servía pan y miel. Los que aspiraban a la

perfección no tomaban más que pan y agua. Al salir de comer se reunían

de dos en dos o de tres en tres, volvían al paseo, y tratando entre

ellos de las lecciones que les habían dado por la mañana de tales

conferencias, alejaban severamente las murmuraciones y las injurias,

las bufonadas y toda palabra superflua.

»Cuando volvían a la casa, entraban en el baño y, al salir de él, se

distribuían en diferentes salas donde se habían puesto mesas, cada una

de diez cubiertos. Les servían pan y vino, legumbres crudas o cocidas,

a veces trozos de animales inmolados y rara vez pescado. La cena, que

debía acabarse antes de ponerse el sol, empezaba por la ofrenda del

incienso y diversos perfumes que ofrecían a los dioses, a lo cual

seguían nuevas libaciones y una lectura que estaba obligado a hacer

el más joven y tenía derecho de elegir el más antiguo. Este último,

antes de despedirlos, les recordaba los preceptos más importantes,

diciéndoles: «No ceséis de honrar a los dioses, los genios y los

héroes, de respetar a vuestros padres y bienhechores, y de volar al

socorro de las leyes violadas». Para inspirarles más y más el espíritu

de dulzura y equidad: «Guardaos», añadía, «de arrancar el árbol o la

planta que dé al hombre utilidad, y de matar el animal que no le hace

daño».

»Retirados a su estancia, se citaban ante su propio tribunal, y

repasaban menudamente sus faltas de comisión u omisión: hecho este

examen, cuya constante práctica bastaría por sí sola para corregir

nuestras faltas, tomaban otra vez sus liras y cantaban himnos en honor

de los dioses. Su muerte era tranquila. Encerraban sus cuerpos, como

se hace todavía, en unos ataúdes guarnecidos de hojas de mirto, olivo

y álamo, y hacían sus funerales con ciertas ceremonias que nos está

prohibido revelarlas.

»Debían animarlos toda su vida dos sentimientos, o más bien diré un

sentimiento único, cual es la unión íntima con los dioses y la más

perfecta unión con los hombres. Nadie ha conocido ni sentido la amistad

tan bien como Pitágoras. Él fue el primero que dijo estas hermosas

palabras, las más hermosas y consoladoras de todas: _Mi amigo es otro

yo_. En efecto, cuando yo estoy con mi amigo, no estoy solo, y no

estamos dos.

»Los hijos de esta gran familia esparcidos por muchos climas sin haberse

visto jamás, se reconocían en ciertos signos, y desde el primer día que

se veían se trataban como si hubiesen estado siempre juntos. Reuníanse

todos sus intereses de tal modo que muchos de ellos han pasado los

mares, y arriesgado sus bienes para recobrarlos de uno de sus hermanos

que había quedado pobre e indigente.

»Voy a daros un ejemplo tierno de su mutua confianza. Uno de los

nuestros, que viajaba a pie, se extravió en un desierto, llegó rendido

de cansancio a una posada y cayó en ella enfermo. Iba a expirar, y

estando en la imposibilidad de sufragar los gastos que había causado

trazó con mano trémula en una tablita algunos signos simbólicos, y

mandó que los pusiesen junto al camino. Mucho después de su muerte la

casualidad llevó por allí a otro discípulo de Pitágoras, y habiendo

visto y entendido aquellos caracteres enigmáticos que se ofrecieron a

su vista, se entera del infortunio del primer viajero, se detiene, paga

con interés los gastos al posadero, y continua su camino.

_Anacarsis._ ¿Y podía lisonjearse Pitágoras de que el edificio que

erigía a las leyes y a las virtudes sería respetado siempre, y que no

le destruiría el menor sacudimiento?

_Samio._ A lo menos era cosa admirable verle poner los cimientos,

y los primeros pasos le dieron esperanzas de que podría levantarle

hasta cierta altura. Os he hablado de la revolución que causó en

Italia en las costumbres desde un principio, y se hubiera difundido

insensiblemente, si unos hombres poderosos, pero manchados de crímenes,

no hubiesen tenido la loca ambición de entrar en la congregación:

fueron excluidos y esta negativa ocasionó su ruina. La calumnia se

levantó en cuanto se vio sostenida. Nos hicimos odiosos a la multitud,

al negarnos que se diesen las magistraturas por suerte; a los ricos,

al disponer que se concediesen al mérito. Nuestras palabras fueron

transformadas en máximas sediciosas y nuestras juntas en consejos de

conspiradores. Pitágoras, desterrado de Crotona, no halló asilo en

los pueblos que le debían su felicidad. Su muerte no extinguió la

persecución. Varios discípulos suyos, reunidos en una casa, fueron

entregados a las llamas y murieron casi todos. Habiéndose dispersado

los demás, los habitantes de Crotona, que reconocieron su inocencia,

los volvieron a llamar algún tiempo después; mas habiendo sobrevenido

una guerra se distinguieron en una batalla, y terminaron una vida

inocente con una muerte gloriosa.

»Reducidos hoy día a un corto número, separados los unos de los otros,

no excitando ni envidia ni compasión, practicamos en secreto los

preceptos de nuestro fundador. Por el poder que tienen todavía, podéis

juzgar del que tuvieron al fundarse el instituto. Nosotros formamos a

Epaminondas, y Foción se ha formado con los ejemplos nuestros.

»No necesito recordaros que esta congregación ha producido una multitud

de legisladores, de geómetras, de astrónomos, de naturalistas y de

hombres célebres en todos los géneros; que ella ha ilustrado a la

Grecia, y que los filósofos modernos han bebido en nuestros autores la

mayor parte de los descubrimientos que brillan en sus obras.

Al día siguiente de esta conversación, salimos para Atenas, y algunos

meses después, fuimos a las fiestas de Delos.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 53 / 84 题