Descripción de Samos. — Polícrates.
Cuando se entra en la rada de Samos, se ve a la derecha el promontorio
de Poseidón, en cuya cumbre hay un templo consagrado a este dios;
a la izquierda están el templo de Hera y muchos edificios hermosos
esparcidos por entre los árboles que dan sombra a las orillas del
Ímbraso; y enfrente, la ciudad situada a lo largo en parte del mar y en
parte de la ladera de un monte que se eleva por el lado del norte. Esta
isla tiene seiscientos estadios (cerca de 20 leguas) de circunferencia.
La ciudad sobresale entre todas las que poseen los griegos y los
bárbaros en el continente inmediato. Se apresuraron a enseñarnos
las singularidades. La más admirable de todas es el templo de Hera,
construido, según dicen, hacia el tiempo de la guerra de Troya, y
reedificado en estos últimos siglos por el arquitecto Reco. Es de orden
dórico, y aunque hay otros más elegantes, no he visto ninguno tan vasto
como este. Está situado a corta distancia del mar, en las márgenes del
Ímbraso, en el mismo sitio que la diosa honró con sus primeras miradas.
Se cree, en efecto, que nació bajo uno de aquellos arbustos, llamados
_agnus castus_, que son muy comunes en aquella ribera. Este edificio
tan respetable ha gozado siempre del derecho de asilo.
La estatua de Hera nos ofreció los primeros ensayos de la escultura.
El sacerdote que nos acompañaba nos dijo que anteriormente un simple
leño recibía en aquellos santos lugares el homenaje de los samios;
que entonces representaban en todas partes a los dioses con troncos
de árboles o con piedras, ya cuadradas ya de figura cónica; que estos
monumentos toscos subsisten todavía, y los veneran en muchos templos
antiguos y modernos, servidos por ministros tan ignorantes como los
escitas bárbaros que adoran una cimitarra.
Preguntamos al sacerdote qué significaban dos pavos reales de bronce
puestos al pie de la estatua, y nos respondió que estas aves gustan
mucho de la isla de Samos, que las han consagrado a Hera, que las
representan en la moneda corriente, y que de esta isla han pasado a la
Grecia. También le preguntamos para qué servía un cajón en que estaba
plantado un arbusto. «Es», nos respondió, «el mismo _agnus castus_
que sirvió de cuna a la diosa; tiene todo su verdor», añadió, «y no
obstante es más viejo que todos esos árboles sagrados que hace tantos
siglos se conservan en diferentes templos». Habiéndole preguntado,
además, que por qué estaba la diosa con vestido de boda, nos dijo:
«Porque se casó en Samos con Zeus. La prueba de ello es clara», añadió,
«pues tenemos una fiesta en que celebramos el aniversario de su
himeneo».
Vimos después aquella confusión de estatuas que rodean el templo,
y entre ellas contemplamos tres colosales, obra del célebre Mirón,
puestas en una misma base, y representando a Zeus, Atenea y Heracles.
Vimos también las de Apolo de Telecles y de Teodoro, dos artistas que
habiendo adquirido los principios del arte en Egipto, aprendieron de
sus maestros a asociarse para ejecutar una misma obra; el primero vivía
en Samos y el segundo en Éfeso. Después de haberse convenido en las
proporciones que debía tener la figura, el uno se encargó de la parte
superior y el otro de la inferior, y reunidas después, vinieron tan
bien, que cualquiera las tendría por obra de una misma mano. Preciso
es convenir, no obstante, en que Apolo es más recomendable por la
exactitud de las proporciones que por las bellezas de los pormenores;
pero entonces no había hecho todavía grandes progresos la escultura.
La historia de los samios suministra rasgos interesantes para la de las
letras, de las artes y del comercio. Entre los hombres célebres que ha
dado esta isla citaré a Creófilo, que dicen mereció el reconocimiento
de Homero, dándole acogida en su miseria, y el de la posteridad,
conservándonos sus escritos; y a Pitágoras, cuyo nombre bastaría para
ilustrar el siglo más hermoso y el mayor imperio. A continuación de
este, aunque en grado inferior, pondremos a dos contemporáneos suyos,
que son Reco y Teodoro, escultores hábiles en su tiempo, y que después
de haber perfeccionado, según se dice, la regla, el nivel y otros
instrumentos útiles, descubrieron el secreto de forjar las estatuas de
hierro y nuevos medios para fundir las de cobre.
La tierra de Samos no solamente tiene propiedades de que hace uso
la medicina, sino que se convierte también, bajo la mano de muchos
artífices, en vasos muy estimados en todas partes.
Samos nunca ha dejado de aumentar y ejercitar su marina. Así es
que salieron muchas veces de sus puertos, y durante algún tiempo
sostuvieron la libertad contra los esfuerzos de los persas y de las
potencias de la Grecia, deseosas siempre de reunir a su dominio la
marina de los samios; pero también se vio más de una vez suscitarse
disensiones civiles en su seno, y después de largas contiendas,
terminar con el establecimiento de la tiranía, que es lo que sucedió en
tiempo de Polícrates.
Hacen uso para mantener al pueblo en la obediencia, ya de fiestas y
de espectáculos, ya de la violencia y la crueldad; distraerle del
sentimiento de sus males, conduciéndole a célebres conquistas, y del
de sus fuerzas, sujetándole a trabajos penosos; apoderarse de las
rentas del estado y algunas veces de las de los particulares; rodearse
de satélites y de un cuerpo de tropas extranjeras; encerrarse en caso
necesario en una fuerte ciudadela; saber engañar a los hombres y
burlarse de los juramentos más sagrados; tales fueron los principios
que dirigieron a Polícrates después de su elevación, de modo que
pudiera intitularse la historia de su reinado: _Arte de gobernar, para
el uso de los tiranos_.
Atento siempre a consolidar su poder, no lo estuvo menos a proteger
las letras. Reunió cerca de su persona a los que las cultivaban, y
en su biblioteca las mejores producciones del entendimiento humano.
Entonces se vio un contraste extraordinario entre la filosofía y la
poesía. Mientras Pitágoras, incapaz de sufrir la presencia de un
déspota bárbaro, huía lejos de su patria oprimida, Anacreonte traía a
Samos las gracias y los placeres. Se grangeó fácilmente la amistad de
Polícrates, y celebrole con su lira, con el mismo ardor que si hubiese
cantado el más virtuoso de los príncipes. A Polícrates, feliz en todas
sus empresas, le parecía que nada le quedaba por desear. Sus pueblos
se acostumbraban al yugo, se creían felices por sus victorias contra
los rebeldes y las tropas de Lacedemonia y de Corinto; y dichosos por
su fasto y los soberbios edificios que erigió a sus expensas, olvidaban
la muerte que su príncipe dio a su hermano, el vicio de su usurpación,
sus crueldades y sus perjurios. Él mismo no se acordaba ya de los
sabios consejos de Amasis, rey de Egipto, con quien le habían unido
tiempo hacía los vínculos de hospitalidad. «Vuestras prosperidades me
espantan», escribía en una ocasión a Polícrates. «Deseo a las personas
que estimo una mezcla de bienes y de males; porque una divinidad celosa
no sufre que un mortal goce de una felicidad inalterable. Tratad de
buscaros algunos trabajos y reveses para oponerlos a los favores
obstinados de la fortuna».
Polícrates, sobresaltado por estas reflexiones, determinó consolidar
su dicha haciendo un sacrificio que le costase algunos momentos de
pesar. Llevaba en el dedo una esmeralda engastada en oro, en la cual
Teodoro, de quien ya he hablado, grabó no sé qué asunto, obra tanto más
preciosa, cuanto que el arte de grabar en piedra se hallaba todavía en
la infancia entre los griegos. Embarcose pues en una galera, se alejó
de la costa y echó al mar el anillo; pero de allí a pocos días se lo
entregó uno de sus oficiales que le había encontrado en el vientre de
un pez que compró. Al punto dio noticia de este suceso al rey Amasis,
quien desde este momento cortó toda comunicación con Polícrates.
Verificáronse al cabo los temores de aquel rey, pues mientras
Polícrates meditaba la conquista de la Jonia y de las islas del mar
Egeo, el sátrapa de una provincia inmediata a sus estados y sometida al
rey de Persia logró llevarle a su gobierno, y después de haberle dado
muerte entre horribles tormentos, mandó que atasen su cuerpo a una cruz
levantada en el monte Mícala, enfrente de Samos.
Después de su muerte experimentaron los isleños toda clase de tiranía;
la de uno solo, la de los ricos, la del pueblo, la de los persas y de
las potencias de la Grecia. Las guerras de Lacedemonia y de Atenas
hicieron prevalecer entre ellos la oligarquía y la democracia. Los
atenienses, haciéndose en fin dueños de la isla, la dividieron algunos
años hace en dos mil porciones distribuidas por suerte entre otros
tantos colonos encargados de cultivarlas. Neocles era uno de ellos, y
se estableció en la isla con Queréstrata, su mujer. Aunque era mediano
su haber, nos obligaron a aceptar hospedaje en su casa, y sus obsequios
y los de aquellos habitantes prolongaron nuestra estancia en Samos.
Unas veces pasábamos el brazo de mar que separa la isla de la costa
del Asia y nos divertíamos en cazar por el monte Mícala, y otras
disfrutábamos del placer de la pesca al pie de este monte, hacia aquel
paraje donde los griegos ganaron sobre la escuadra y el ejército de
Jerjes aquella famosa victoria que consolidó el reposo de la Grecia.
A la vuelta de un corto viaje que hicimos para gozar de estas
diversiones, encontramos a Neocles ocupado en los preparativos de una
fiesta, y a Queréstrata recién parida. Acababa de poner nombre a su
hijo, y le había dado el de Epicuro.[4] En tales ocasiones, los griegos
tienen costumbre de convidar a comer a sus amigos: el convite fue
numeroso y muy lucido; yo estaba a la cabecera de la mesa, entre un
ateniense muy hablador y un samio que no decía palabra.
[4] Este es el célebre Epicuro que nació en el año tercero de la
olimpiada ciento nueve (341 años antes de J. C.). En aquel año
nació también el poeta Menandro.
Al principio fue muy estrepitosa la conversación entre los convidados,
y en nuestro lado vaga y sin objeto, pero luego se hizo más sostenida
y seria. El samio tenía aspecto sereno y continente grave, y estaba
vestido de una ropa tan blanca como aseada. Yo le ofrecí sucesivamente
vino, pescado, vaca y un plato de habas, pero nada admitió; no bebía
más que agua ni comía más que hierbas. «Es un rígido pitagórico», me
dijo al oído el ateniense, y de repente, levantando la voz: «hacemos
mal en comer estos peces», dijo, «porque al principio habitábamos como
ellos en el seno de los mares. Sí, nuestros primeros padres han sido
peces; y no se puede dudar esto, pues lo dijo el filósofo Anaximandro.
El dogma de la metempsicosis me da escrúpulos sobre el uso de las
viandas; comiendo esa vaca me expongo a ser antropófago. En cuanto a
las habas, es la sustancia que más participa de la materia animada,
cuyas partículas son nuestras almas. Tomad flores de esta planta cuando
empiezan a negrear, ponedlas en un vaso, metedlo debajo de tierra,
quitad la cubierta a los noventa días, y hallaréis al fondo del vaso
la cabeza de un niño. Pitágoras hizo este experimento».
Todos empezaron a dar carcajadas a costa de mi compañero de mesa, pero
él guardaba silencio. «Mucho os apuran», le dije. «Bien lo conozco»,
respondió, «pero no contestaré nada: mal haría en tener razón en este
momento..., refutar seriamente lo ridículo es aún mayor ridiculez. Pero
no corro ningún riesgo con vosotros. Neocles me ha enterado de los
motivos que habéis tenido para emprender tan largos viajes, sé que sois
amantes de la verdad, y yo no tendré reparo en decírosla». Acepté su
ofrecimiento, y después de comer tuvimos la conversación siguiente.