CAPÍTULO LXXI.

Las islas de Rodas, de Creta y de Cos. — Hipócrates.

Nos embarcamos en Cauno y fuimos a la isla de Rodas, llamada

antiguamente Ofiusa, que quiere decir la isla de las serpientes. En

tiempo de Homero estaba dividida esta isla entre las ciudades de

Yáliso, Cámiros y Lindos, que aún subsisten aunque despojadas de su

antiguo esplendor. Casi en nuestros días, habiendo resuelto la mayor

parte de sus habitantes establecerse en un mismo paraje para reunir

sus fuerzas, echaron los cimientos de la ciudad de Rodas, según los

planes de un arquitecto ateniense, y trasladaron allí las estatuas que

adornaban sus primeras moradas, algunas de las cuales eran verdaderos

colosos.[2]

[2] No hago aquí mención de aquel famoso coloso que tenía, según

Plinio, setenta codos de altura, pues no se construyó hasta cerca

de 64 años después de la época del viaje de Anacarsis a Rodas.

Construyeron la nueva ciudad en forma de anfiteatro sobre un terreno

que baja hasta la orilla del mar. Sus fuertes, sus arsenales, sus

murallas, que son muy altas, sus casas hechas de piedra y ladrillo,

sus templos, sus calles, sus teatros, todo ostenta allí la grandeza

y la hermosura, todo da indicios del gusto de una nación que ama las

artes y cuya opulencia las posee en estado de ejecutar grandes cosas.

Antes de la época de las olimpiadas, se aplicaron los rodios a la

marina. Su isla sirve de asilo y descanso a las naves que van de

Egipto a Grecia y viceversa, a causa de su excelente posición.

Sucesivamente se establecieron en la mayor parte de los lugares donde

les atraía el comercio, porque sus leyes concernientes a la marina

jamás dejarán de mantener su isla en un estado floreciente y podrán

servir de modelos a todas las naciones comerciantes, y así es que se

presentan con seguridad en todos los mares y costas. No hay cosa alguna

comparable con la velocidad de sus naves, la disciplina que en ella se

observa y la habilidad de sus capitanes y pilotos. Esta parte de la

administración está confiada al celo y vigilancia de una magistratura

severa, que castigaría de muerte a cualquiera que se atreviese a

penetrar en ciertos parajes de los arsenales.

Las leyes de los rodios inspiran a estos un amor ardiente a la

libertad, y sus soberbios monumentos imprimen en sus almas ideas

y sentimientos de grandeza. Conservan la esperanza en los más

grandes reveses, y la antigua sencillez de sus padres en el seno

de la opulencia. Sus costumbres han recibido algunas veces fuertes

invasiones, pero están adheridos de tal modo a ciertas formas de orden

que semejantes ataques solo tienen entre ellos una influencia pasajera.

Se presentan en público vestidos con modestia y con grave continente;

jamás se les ve correr por las calles, ni agolparse unos con otros;

asisten a los espectáculos silenciosamente, y en aquellos banquetes en

que reina la confianza de la amistad y de la alegría, se respetan a sí

mismos.

Entre los literatos que ha producido la isla de Rodas citaremos a

Cleóbulo, uno de los siete sabios de Grecia, Timocreón y Anaxándrides,

uno y otro célebres por sus comedias. Timocreón era a un mismo tiempo

atleta y poeta, muy voraz y muy satírico. En sus composiciones

dramáticas y en sus canciones se encarnizaba sin piedad contra

Temístocles y Simónides, quien le hizo el epitafio cuando murió,

concebido en estos términos: «He pasado mi vida comiendo, bebiendo, y

hablando mal de todo el mundo».

Llamado Anaxándrides a la corte del rey de Macedonia, aumentó con una

de sus comedias el esplendor de las fiestas que allí se celebraban. Su

vanidad le daba un genio insufrible. Había compuesto sesenta y cinco

comedias, y ganó el premio diez veces; pero más humillado de sus caídas

que altanero de sus victorias, en vez de corregir las piezas que no

habían tenido aceptación, las enviaba a los especieros.

La isla de Rodas es mucho menor que la de Creta;[3] nuestra travesía

de una a otra fue muy feliz, y desembarcamos en el puerto de Cnosos,

distante veinticinco estadios (cerca de tres cuartos de legua) de la

ciudad del mismo nombre.

[3] Hoy Candia.

Cnosos era capital de la isla en tiempo de Minos. Los habitantes

quisieran conservarla la misma prerrogativa, y fundan su pretensión

en un título el más respetable para ellos, cual es el sepulcro de

Zeus, que es aquella famosa caverna donde dicen que fue sepultado y

está abierta al pie del monte Ida, a corta distancia de la ciudad. Nos

instaron para que fuésemos a verla, y el cnosio en cuya casa estábamos

alojados se empeñó en acompañarnos.

El camino por donde se va a la caverna de Zeus es muy ameno: a la

entrada de esta caverna, que puede tener unos doscientos pies de

longitud y veinte de anchura, hay colgadas muchas ofrendas, y en lo

interior vimos una silla que se llama el trono de Zeus, y en las

paredes esta inscripción en caracteres antiguos: _Aquí está el sepulcro

de Zan_.

Como se estaba en la creencia de que el dios se manifestaba en el

subterráneo sagrado a los que iban a consultarle, hubo hombres de

talento que se aprovecharon de este error para ilustrar o seducir a los

pueblos; y en efecto, se pretende que Minos, Epiménides y Pitágoras,

queriendo dar a sus leyes o a sus dogmas una sanción divina, bajaron a

la caverna y estuvieron encerrados en ella más o menos tiempo.

De allí fuimos a la ciudad de Gortina, una de las principales del país,

la cual está situada a la entrada de un valle fertilísimo. Nos llevaron

a la cumbre de una colina por un camino muy áspero, hasta la boca de

una caverna cuyo exterior presenta a cada paso rodeos sin número.

Nuestros guías, que sabían todos los escondrijos y revueltas de este

oscuro retiro, iban prevenidos con una tea. Seguimos por una especie

de callejón muy ancho, alto de siete a ocho pies en algunos parajes y

en otros de dos o tres solamente. Después de haber andado o trepado por

espacio de unos mil doscientos pasos, fuimos a parar a dos salas casi

circulares, cada una de veinticuatro pies de diámetro, sin otra salida

que aquella por donde habíamos entrado, y ambas abiertas en la peña,

del mismo modo que una parte del camino que acabábamos de pasar.

Pretendían nuestros conductores que esta caverna era precisamente aquel

famoso laberinto donde Teseo mató al minotauro que Minos encerró en él,

y aun añadían que el laberinto solo sirvió de cárcel al principio.

En medio de la isla se eleva el monte Ida, a cuya cumbre llegamos

atravesando bosques de encinas, de arces y de cedros, y caminando

por la orilla de los precipicios. Esta enorme masa ocupa un espacio

de seiscientos estadios de circunferencia (noventa y cuatro leguas),

y ofrecía sucesivamente a nuestra vista soberbias selvas, valles y

praderas deliciosas, animales silvestres y mansos, y copiosas fuentes

que van a larga distancia de allí a fertilizar los campos.

La isla de Creta era muy poblada en tiempo de Homero, pues se contaban

en ella noventa o cien ciudades. Se pretende que las más antiguas

fueron construidas en las faldas de los montes, y que los habitantes

bajaron a las llanuras cuando los inviernos se hicieron más largos y

rigurosos. El país es por todas partes montuoso y desigual, por cuya

causa se usa allí más bien la carrera de a pie que la de a caballo, y

es tanto el ejercicio que hacen del arco y la honda los cretenses desde

la infancia que han llegado a ser los mejores arqueros y los honderos

más diestros de la Grecia.

Nos hablaron de muchos cretenses que han sobresalido en la poesía y en

las artes. Epiménides, que se jactaba de haber aplacado la ira celeste

por medio de ciertas ceremonias religiosas, se hizo así más célebre que

Misón, el cual fue puesto únicamente entre el número de los sabios.

En muchos parajes de la Grecia se conservan con respeto ciertos

monumentos que dicen ser de la más remota antigüedad; tales son en

Queronea el cetro de Agamenón; en otra parte la clava de Heracles y la

lanza de Aquiles; pero yo estaba más ansioso de descubrir los restos de

su antigua sabiduría en las máximas y los usos de un pueblo que tuvo

por legisladores a Radamanto y Minos, y de quienes Licurgo había tomado

algunas de sus leyes. Los cretenses no mezclan jamás en sus juramentos

los nombres de los dioses. Para preservarlos de los riesgos de la

elocuencia, se había prohibido la entrada en la isla a los profesores

de oratoria; y, aunque en el día son más indulgentes acerca de esto,

hablan todavía con la misma concisión que los espartanos, y cuidan más

de los pensamientos que de las palabras.

Yo fui testigo ocular de una querella entre dos cnosios, y el uno dijo

al otro en un acceso de ira: «¡Ojalá vivas en mala compañía!» y se fue

al momento.

Estaban para hacerse a la vela del puerto de Cnosos para el de

Samos un barco mercante y una galera de tres órdenes de remos, y

nosotros preferimos el primero porque debía tocar en las islas donde

debíamos desembarcar. Formamos una compañía de viajeros que no

podíamos cansarnos de estar juntos. Unas veces lamiendo la costa, nos

admirábamos de la semejanza o de la variedad de los aspectos, y otras,

menos distraídos por los objetos exteriores, tratábamos con calor

varias cuestiones que verdaderamente nos interesaban muy poco. En

ocasiones ocupamos nuestros ratos ociosos en asuntos de filosofía, de

literatura y de historia. Un recio viento nos echó al puerto de Cos,

saltamos a tierra, y se puso la nave en seco.

Esta isla es pequeña, pero muy amena. Habiendo destruido un temblor

de tierra una parte de la ciudad antigua, y viéndose en seguida los

habitantes despedazados por las disensiones civiles, la mayor parte

de ellos fueron, algunos años hace, a establecerse al pie de un

promontorio a cuarenta estadios (más de legua y cuarto) del continente

del Asia. No hay cosa más bella que las perspectivas que ofrece esta

posición, ni nada más magnífico que el puerto, las murallas y lo

interior de la nueva ciudad. El célebre templo de Esculapio situado en

el arrabal está cubierto de ofrendas, tributo del reconocimiento de los

enfermos, y de inscripciones que indican tanto los males de que estaban

afligidos como los remedios con que se curaron.

Aún llamaba nuestra atención otro objeto más noble. En esta misma

isla nació Hipócrates en el año primero de la olimpiada ochenta (año

460 antes de J. C.), era de la familia de los Asclepíades, que desde

muchos siglos conserva la doctrina de Esculapio, al cual atribuye su

origen, y ha formado tres escuelas, establecidas la una en Rodas, la

segunda en Cnido y la tercera en Cos. Hipócrates aprendió de su padre

Heráclides los elementos de las ciencias, y convencido de que para

conocer la esencia de cada cuerpo en particular era preciso remontarse

a los principios constitutivos del universo, se aplicó de tal modo a la

física general que ocupa un lugar honorífico entre aquellos que más se

han distinguido en ella.

Enriquecido con los conocimientos de los filósofos y de los

Asclepíades, concibió una de aquellas grandes e importantes ideas

que sirven de época a la historia del ingenio, y fue ilustrar la

experiencia con el raciocinio y rectificar la teoría con la práctica.

Sin embargo, en esta teoría no admitió sino los principios relativos

a los fenómenos que presenta el cuerpo humano, considerado en las

relaciones de enfermedad y de salud.

Elevado el arte a la dignidad de la ciencia mediante este método,

marchó con paso más seguro por el camino que se acababa de abrir, e

Hipócrates terminó pacíficamente una revolución que ha mudado el

semblante de la medicina. No me extenderé sobre los felices ensayos de

sus nuevos remedios, ni sobre los prodigios que se produjeron en todos

los lugares honrados con su presencia, particularmente en Tesalia,

donde después de una larga mansión murió poco antes de mi llegada a

la Grecia; pero sí diré que ni el cebo de la ganancia ni el deseo de

celebridad jamás le condujeron a climas lejanos. Según todo lo que de

él me han contado, no he descubierto en su alma sino un sentimiento

que es el del amor al bien, y un solo hecho en el discurso de su larga

vida: el del alivio de los enfermos.

Ha dejado muchas obras; unas que se reducen a los diarios de las

enfermedades que había observado, y otras que contienen los resultados

de su experiencia y la de los siglos anteriores; otras, en fin, que

tratan de los deberes del médico, y de varias partes de la medicina

y de la física. Todas deben meditarse atentamente porque el autor se

contenta a veces con sembrar las semillas de su doctrina, y su estilo

es siempre conciso; pero dice muchas cosas en pocas palabras; jamás

se aparta de su meta y, mientras avanza, deja en el camino huellas

luminosas, más o menos notables según se halle el lector más o menos

instruido. Este era el método de los antiguos filósofos, más deseosos

de indicar ideas nuevas que de ceñirse a las comunes.

Poco satisfecho de haber consagrado su vida al alivio de los enfermos y

de haber consignado en sus escritos los principios de una ciencia de la

que fue el creador, dejó para la instrucción del médico varias reglas

que deben meditarlas a menudo los que traten de seguir su profesión, y

de las cuales voy a dar un extracto.

La vida es tan corta y nuestra ciencia exige un estudio tan largo y

detenido que es preciso empezar el aprendizaje desde la infancia. Si

queréis formar un discípulo, aseguraos lentamente de su vocación.

Si ha recibido de la naturaleza un discernimiento fino, un juicio

sano, un carácter dulce y firme al mismo tiempo, afición al trabajo e

inclinación a lo bueno, concebid fundadas esperanzas. Si padece cuando

padecen los demás y su alma compasiva se complace en enternecerse de

los males de la humanidad, deducid de aquí que tomará pasión a una

ciencia que enseña a socorrer a la humanidad misma.

Cuando por un corto salario adoptéis un discípulo, debe haber jurado

antes una pureza inalterable en sus costumbres y en el desempeño de

sus obligaciones. Un médico no cumplirá jamás con sus deberes sin las

virtudes propias de su estado. ¿Y cuáles son estas? Casi no exceptúo

ninguna, porque lo honroso de su ministerio se funda en que exige

casi todas las buenas prendas del corazón y del alma. En efecto, si

no hubiese confianza en su discreción y prudencia, ¿qué padre de

familia le llamará sin el temor de introducir en su casa un espía, un

intrigante o un corruptor de su mujer y de sus hijas? ¿Cómo se ha de

contar con su humanidad si se acerca a los enfermos con una alegría

irritante o con un genio adusto, ceñudo, y unos modales groseros con

imprudencia? ¿Si ocupado siempre de engalanarse, siempre perfumado y

magníficamente vestido, se le ve andar de casa en casa para recitar

discursos en elogio de su ciencia? ¿Quién podrá contar con sus

intenciones, si le domina un loco orgullo o aquella envidia baja que

nunca fue el patrimonio del hombre superior; y si sacrificando en fin a

su interés todas las consideraciones, se dedica solamente al servicio

de los ricos?

¿Cuál es el médico que honra su estado? Aquel que ha merecido

la estimación pública por sus profundos conocimientos, una larga

experiencia, una exacta probidad y una conducta irreprensible; aquel a

cuyos ojos todos los desgraciados son iguales, como lo son todos los

hombres a la vista de la divinidad; el que acude afanoso a su voz,

sin excepción de personas, que los habla con dulzura, les escucha con

atención, tolera sus impertinencias, y les inspira aquella confianza

que basta algunas veces para darles la vida; aquel que, penetrado de

sus males, estudia con obstinación la causa y los progresos, no se

turba jamás por los accidentes imprevistos, mira como un deber el

llamar en caso necesario algunos de sus compañeros para que le iluminen

con sus consejos; aquel, en fin, que después de haber luchado con todos

sus esfuerzos contra la enfermedad, se tiene por dichoso y es modesto

en el buen éxito, y que puede felicitarse, a lo menos en los reveses,

de haber suspendido los dolores y dado consuelos.

Tal es el médico filósofo que Hipócrates comparaba a un dios, sin echar

de ver que se pintaba a sí mismo. Algunas gentes que por la excelencia

de su mérito eran capaces de conocer la superioridad del suyo me han

asegurado que los médicos le mirarán siempre como el primero y más

hábil de sus legisladores, y que su doctrina, adoptada por todas las

naciones, obrará todavía millares de curaciones después de millares de

años. Si la predicción se cumple, los más vastos imperios no podrán

disputar a la isleta de Cos la gloria de haber dado el hombre más útil

a la humanidad; y a los ojos de los sabios los nombres de los más

grandes conquistadores se humillarán delante del de Hipócrates.

Después de haber visto algunas islas inmediatas a Cos, salimos para

Samos.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 51 / 84 题