CAPÍTULO LXX.

Extracto de un viaje a las costas de Asia y algunas de las islas

inmediatas.

Tenía Filotas en la isla de Samos varias posesiones que exigían su

presencia, y yo mismo le propuse que fuese allá antes de lo que

había determinado: que pasásemos a Quíos, luego al continente, y que

recorriésemos las principales colonias griegas establecidas en Eólida,

en Jonia y en Dórida: que fuésemos en seguida a las islas de Rodas y de

Creta, y por último que a nuestro regreso pasásemos por las que están

situadas hacia las costas del Asia, desde donde iríamos a Samos.

Me ceñiré a extractar de mi diario los artículos que me han parecido

convenientes al plan general de esta obra.

Apolodoro nos confió a su hijo Lisis que, habiendo acabado sus estudios

y ejercicios, empezaba a entrar en el mundo, y varios amigos nuestros

quisieron también acompañarnos.

La isla de Quíos, adonde llegamos, es una de las mayores y más célebres

del mar Egeo. En ella se forman valles deliciosos, muchas cordilleras

de montes coronados de frondosos árboles, y las colinas están en

diversos parajes, plantadas de viñas que dan excelente vino.

Un día que estábamos comiendo en casa de uno de los principales

habitantes de la isla, se suscitó la famosa cuestión de la patria

de Homero, cuyo nombre célebre pretenden apropiarse muchos pueblos.

Despreciáronse las pretensiones de las otras ciudades, y se defendieron

con calor las de Quíos; entre otras pruebas nos dieron la de que

subsistían todavía en la isla los descendientes de Homero bajo el

nombre de Homéridas. En el mismo instante vimos presentarse dos

de ellos ricamente vestidos, y ceñida la frente con una corona de

oro. No hicieron elogio alguno del poeta, pues tenían otro incienso

más precioso que ofrecerle. Después de invocar a Zeus, cantaron

alternativamente muchos fragmentos de la Ilíada, y manifestaron tanta

inteligencia en la ejecución que descubrimos nuevas bellezas en los

rasgos que más nos habían interesado.

De Quíos pasamos a Cime en Eólida, y de allí fuimos a ver aquellas

ciudades florecientes que limitan el imperio de los persas a la parte

del mar Egeo. Lo que voy a decir exige algunas nociones preliminares.

Desde los tiempos más remotos, se hallaron los griegos divididos en

tres grandes poblaciones: los dorios, los eolios y los jonios, y se

distinguen por rasgos más o menos notorios. La lengua griega nos

presenta tres dialectos principales, el dorio, el eolio y el jonio, los

cuales admiten subdivisiones sin número. El primero, que se habla en

Lacedemonia, en Argólida, en Rodas, en Creta, en Sicilia, etc., forma,

en estas y en otras partes, idiomas particulares. Lo mismo sucede con

el jonio, pero el eolio suele confundirse con el dorio.

Cerca de dos siglos después de la guerra de Troya, se estableció en

las costas del Asia una colonia de jonios, a consecuencia de haber

arrojado de allí a los antiguos habitantes. Poco tiempo antes los

eolios se apoderaron del país que está al norte de la Jonia, y el que

está al mediodía cayó en seguida en las manos de los dorios. Estas tres

provincias forman en la costa del mar una especie de cinta, que en

línea recta puede tener mil setecientos estadios de longitud (más de

cincuenta y seis leguas) y cerca de cuatrocientos sesenta en su mayor

anchura, no se comprenden en este cálculo las islas de Rodas, Cos,

Samos, Quíos y Lesbos, aunque hacen parte de las tres colonias.

El país que ocuparon en el continente es famoso por su hermosura y su

riqueza, y aunque el suelo de la Jonia no es tan fértil como el de la

Eólida, se goza en él de un cielo más sereno y de una temperatura más

benigna.

Los eolios poseen en el continente once ciudades, cuyos habitantes se

reúnen en ciertas ocasiones en la ciudad de Cime. La confederación

de los jonios se ha formado entre doce ciudades principales, cuyos

diputados se reúnen todos los años junto a un templo de Poseidón

situado en un bosque sagrado encima del monte Mícala, a corta distancia

de Éfeso. Los estados de los dorios se juntan en el promontorio

Triopio, y las ciudades de Cnido, la isla de Cos y tres ciudades de

Rodas, son las únicas que tienen derecho de enviar allí diputados.

Recorrimos las tres provincias ocupadas por estos pueblos. La ciudad

de Cime es una de las mayores y más antiguas de la Eólida. Nos habían

pintado sus habitantes como hombres casi estúpidos, pero en breve vimos

que no debían esta reputación sino a sus virtudes. Pasamos algunos días

en Focea, cuyas murallas son de grandes piedras perfectamente unidas,

y entramos en aquellas vastas y ricas campiñas que el Hermo fertiliza

con sus aguas, extendiéndose desde las costas del mar hasta más allá de

Sardes. El camino que seguíamos estaba casi todo cubierto de frondosos

árboles, y nos llevó por la sombra a la embocadura del Hermo, desde

donde tendimos la vista por aquella soberbia rada formada por una

península donde están las ciudades de Eritras y de Teos. En el fondo de

la bahía se encuentran algunas aldeas, restos infelices de la antigua

ciudad de Esmirna, destruida en otro tiempo por los lidios pero aún

conservan el mismo nombre.

En seguida dirigimos nuestro camino hacia el mediodía. Además de

las ciudades que hay tierra adentro, vimos en la costa y en las

inmediaciones a Lébedos, Colofón, Éfeso, Priene, Miunte, Mileto, Yaso,

Mindo, Halicarnaso y Cnido.

Los habitantes de Éfeso nos enseñaron con sentimiento las ruinas del

templo de Artemisa, tan célebre por su antigüedad como por su grandeza;

catorce años antes había sido quemado, no por el fuego del cielo ni

el furor del enemigo, y sí por el capricho de un particular llamado

Eróstrato, quien en medio de los tormentos confesó que no había tenido

otro fin que el de eternizar su nombre. La dieta general de los pueblos

de Jonia expidió un decreto condenando al olvido el nombre fatal de

Eróstrato, pero la misma prohibición debe perpetuar su memoria, y el

historiador Teopompo me dijo un día que al contar el hecho nombraría al

reo.

No quedan de este soberbio edificio más que las cuatro paredes y unas

columnas que se levantan en medio de los escombros.

La llama consumió el techo y los adornos que decoraban la nave; han

empezado a restablecerle, para lo cual han contribuido todos los

ciudadanos, haciendo sacrificio de sus joyas las mujeres.

Las partes deterioradas por la llama se restablecerán, y las consumidas

se volverán a hacer con más magnificencia o a lo menos con más gusto.

La belleza interior estaba realzada por el brillo del oro y las obras

de algunos artistas célebres, y lo será mucho más con los tributos de

la pintura y la escultura, perfeccionadas en estos últimos tiempos. No

se hará variación en la figura de la estatua, tomada antiguamente de

los egipcios, y que se encuentra en los templos de muchas ciudades

griegas. La cabeza de esta diosa está coronada de una torre, sostienen

sus manos dos triángulos de hierro, y el cuerpo remata en una pilastra

en la cual se ven esculpidas varias figuras de animales y de otros

símbolos.

Vednos ya en Mileto, admirando sus muros y sus templos, sus fiestas,

sus fábricas y sus puertos; esta reunión confusa de naves, de marineros

y trabajadores agitados por un movimiento rápido. Esta ciudad es la

mansión de la opulencia, de las luces y los placeres: es la Atenas de

Jonia. Los monumentos de las artes adornan lo interior de la ciudad, y

brillan en las cercanías las riquezas de la naturaleza. ¡Oh, cuántas

veces hemos dirigido la vista hacia el Meandro, que después de haber

recibido muchos ríos, y bañado los muros de muchas ciudades, se dilata

dando revueltas por aquella llanura que se honra con su nombre y se

adorna orgullosa con sus beneficios! ¡Oh, cuántas veces, sentados sobre

el césped que guarnece sus floridas riberas, rodeados por todas partes

de cuadros encantadores, no pudiendo saciarnos ni de aquel aire, ni de

aquella luz cuya suavidad iguala a su pureza, sentíamos introducirse

en nuestras almas una languidez prodigiosa, y echarlas, digámoslo así,

en la embriaguez de la dicha!

Cerca de Mileto nos llevaron a la fuente de Biblis, donde esta princesa

infortunada expiró de amor y pena, y allí nos enseñaron el monte

Latmos, donde Artemisa acariciaba al joven Endimión. Los amantes

desgraciados van a Samos a dirigir sus votos a los manes de Leóntico y

de Rádine.

Se ofrece el espectáculo más interesante al viajero atento que sube

hacia el norte desde el puerto de Halicarnaso en Dórida, para ir a la

península de Eritras.

En este camino que tiene en línea recta más de novecientos estadios

(29 leguas y tres cuartos), se presentan a la vista muchas ciudades

esparcidas por las costas del continente y de las islas inmediatas.

Jamás ha producido la naturaleza en tan corto espacio tan gran número

de talentos distinguidos y de ingenios sublimes. Heródoto nació en

Halicarnaso, Hipócrates en Cos, Tales en Mileto, Pitágoras en Samos,

Parrasio en Éfeso, Jenófanes en Colofón, Anacreonte en Teos, Anaxágoras

en Clazómenas y Homero en todas partes.

Desde Jonia propiamente tal, pasamos a la Dórida. Cnido situada cerca

del promontorio Triopio, dio a luz al historiador Ctesias así como al

astrónomo Eudoxo que ha vivido en nuestros días. Al pasar nos enseñaron

la casa en que este último hacía sus observaciones, y un momento

después nos vimos en presencia de la célebre Afrodita de Praxíteles,

la cual está colocada en medio de un templete que recibe la luz por

dos puertas opuestas a fin de que esté alumbrado suavemente por todas

partes. ¿Pero cómo pudiera yo pintar mi sorpresa al primer golpe de

vista y las ilusiones consecuentes? Dábamos nuestros sentimientos al

mármol, y le oíamos suspirar. Dos discípulos de Praxíteles, recién

venidos de Atenas para estudiar esta obra maestra, nos hacían notar sus

bellezas, cuyos efectos experimentábamos sin penetrar la causa.

Los cnidios se vanaglorian de poseer un tesoro que favorece a un mismo

tiempo los intereses de su comercio y los de su gloria. Entre los

pueblos supersticiosos y apasionados a las artes, basta un oráculo o un

monumento célebre para atraer a los extranjeros; así es que se les ve a

menudo pasar los mares y venir a Cnido a contemplar la obra más hermosa

que ha salido de las manos de Praxíteles.

Al salir del templo recorrimos el bosque sagrado, donde todos los

objetos son relativos al culto de Afrodita. Allí parece que reviven y

que gozan de una eterna juventud la madre de Adonis bajo la figura del

mirlo, la sensible Dafne bajo la del laurel, el hermoso Cipariso bajo

la del ciprés. Por todas partes se ve la flexible yedra agarrada a las

ramas de los árboles, y en algunas la fecunda parra encuentra en ellos

un apoyo favorable. Debajo de los emparrados protegidos por la sombra

de soberbios plátanos, vimos muchos grupos de cnidios que después de un

sacrificio hacían una comida campestre, cantando sus amores y echando

a menudo en sus copas el vino delicioso que produce esta venturosa

comarca.

De Cnido fuimos a Milasa, una de las principales ciudades de la Caria,

de la cual es parte Dórida. Posee un rico territorio y muchos templos,

algunos antiquísimos, y todos de un hermoso mármol sacado de una

cantera cercana.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 50 / 84 题