Extracto de un viaje a las costas de Asia y algunas de las islas
inmediatas.
Tenía Filotas en la isla de Samos varias posesiones que exigían su
presencia, y yo mismo le propuse que fuese allá antes de lo que
había determinado: que pasásemos a Quíos, luego al continente, y que
recorriésemos las principales colonias griegas establecidas en Eólida,
en Jonia y en Dórida: que fuésemos en seguida a las islas de Rodas y de
Creta, y por último que a nuestro regreso pasásemos por las que están
situadas hacia las costas del Asia, desde donde iríamos a Samos.
Me ceñiré a extractar de mi diario los artículos que me han parecido
convenientes al plan general de esta obra.
Apolodoro nos confió a su hijo Lisis que, habiendo acabado sus estudios
y ejercicios, empezaba a entrar en el mundo, y varios amigos nuestros
quisieron también acompañarnos.
La isla de Quíos, adonde llegamos, es una de las mayores y más célebres
del mar Egeo. En ella se forman valles deliciosos, muchas cordilleras
de montes coronados de frondosos árboles, y las colinas están en
diversos parajes, plantadas de viñas que dan excelente vino.
Un día que estábamos comiendo en casa de uno de los principales
habitantes de la isla, se suscitó la famosa cuestión de la patria
de Homero, cuyo nombre célebre pretenden apropiarse muchos pueblos.
Despreciáronse las pretensiones de las otras ciudades, y se defendieron
con calor las de Quíos; entre otras pruebas nos dieron la de que
subsistían todavía en la isla los descendientes de Homero bajo el
nombre de Homéridas. En el mismo instante vimos presentarse dos
de ellos ricamente vestidos, y ceñida la frente con una corona de
oro. No hicieron elogio alguno del poeta, pues tenían otro incienso
más precioso que ofrecerle. Después de invocar a Zeus, cantaron
alternativamente muchos fragmentos de la Ilíada, y manifestaron tanta
inteligencia en la ejecución que descubrimos nuevas bellezas en los
rasgos que más nos habían interesado.
De Quíos pasamos a Cime en Eólida, y de allí fuimos a ver aquellas
ciudades florecientes que limitan el imperio de los persas a la parte
del mar Egeo. Lo que voy a decir exige algunas nociones preliminares.
Desde los tiempos más remotos, se hallaron los griegos divididos en
tres grandes poblaciones: los dorios, los eolios y los jonios, y se
distinguen por rasgos más o menos notorios. La lengua griega nos
presenta tres dialectos principales, el dorio, el eolio y el jonio, los
cuales admiten subdivisiones sin número. El primero, que se habla en
Lacedemonia, en Argólida, en Rodas, en Creta, en Sicilia, etc., forma,
en estas y en otras partes, idiomas particulares. Lo mismo sucede con
el jonio, pero el eolio suele confundirse con el dorio.
Cerca de dos siglos después de la guerra de Troya, se estableció en
las costas del Asia una colonia de jonios, a consecuencia de haber
arrojado de allí a los antiguos habitantes. Poco tiempo antes los
eolios se apoderaron del país que está al norte de la Jonia, y el que
está al mediodía cayó en seguida en las manos de los dorios. Estas tres
provincias forman en la costa del mar una especie de cinta, que en
línea recta puede tener mil setecientos estadios de longitud (más de
cincuenta y seis leguas) y cerca de cuatrocientos sesenta en su mayor
anchura, no se comprenden en este cálculo las islas de Rodas, Cos,
Samos, Quíos y Lesbos, aunque hacen parte de las tres colonias.
El país que ocuparon en el continente es famoso por su hermosura y su
riqueza, y aunque el suelo de la Jonia no es tan fértil como el de la
Eólida, se goza en él de un cielo más sereno y de una temperatura más
benigna.
Los eolios poseen en el continente once ciudades, cuyos habitantes se
reúnen en ciertas ocasiones en la ciudad de Cime. La confederación
de los jonios se ha formado entre doce ciudades principales, cuyos
diputados se reúnen todos los años junto a un templo de Poseidón
situado en un bosque sagrado encima del monte Mícala, a corta distancia
de Éfeso. Los estados de los dorios se juntan en el promontorio
Triopio, y las ciudades de Cnido, la isla de Cos y tres ciudades de
Rodas, son las únicas que tienen derecho de enviar allí diputados.
Recorrimos las tres provincias ocupadas por estos pueblos. La ciudad
de Cime es una de las mayores y más antiguas de la Eólida. Nos habían
pintado sus habitantes como hombres casi estúpidos, pero en breve vimos
que no debían esta reputación sino a sus virtudes. Pasamos algunos días
en Focea, cuyas murallas son de grandes piedras perfectamente unidas,
y entramos en aquellas vastas y ricas campiñas que el Hermo fertiliza
con sus aguas, extendiéndose desde las costas del mar hasta más allá de
Sardes. El camino que seguíamos estaba casi todo cubierto de frondosos
árboles, y nos llevó por la sombra a la embocadura del Hermo, desde
donde tendimos la vista por aquella soberbia rada formada por una
península donde están las ciudades de Eritras y de Teos. En el fondo de
la bahía se encuentran algunas aldeas, restos infelices de la antigua
ciudad de Esmirna, destruida en otro tiempo por los lidios pero aún
conservan el mismo nombre.
En seguida dirigimos nuestro camino hacia el mediodía. Además de
las ciudades que hay tierra adentro, vimos en la costa y en las
inmediaciones a Lébedos, Colofón, Éfeso, Priene, Miunte, Mileto, Yaso,
Mindo, Halicarnaso y Cnido.
Los habitantes de Éfeso nos enseñaron con sentimiento las ruinas del
templo de Artemisa, tan célebre por su antigüedad como por su grandeza;
catorce años antes había sido quemado, no por el fuego del cielo ni
el furor del enemigo, y sí por el capricho de un particular llamado
Eróstrato, quien en medio de los tormentos confesó que no había tenido
otro fin que el de eternizar su nombre. La dieta general de los pueblos
de Jonia expidió un decreto condenando al olvido el nombre fatal de
Eróstrato, pero la misma prohibición debe perpetuar su memoria, y el
historiador Teopompo me dijo un día que al contar el hecho nombraría al
reo.
No quedan de este soberbio edificio más que las cuatro paredes y unas
columnas que se levantan en medio de los escombros.
La llama consumió el techo y los adornos que decoraban la nave; han
empezado a restablecerle, para lo cual han contribuido todos los
ciudadanos, haciendo sacrificio de sus joyas las mujeres.
Las partes deterioradas por la llama se restablecerán, y las consumidas
se volverán a hacer con más magnificencia o a lo menos con más gusto.
La belleza interior estaba realzada por el brillo del oro y las obras
de algunos artistas célebres, y lo será mucho más con los tributos de
la pintura y la escultura, perfeccionadas en estos últimos tiempos. No
se hará variación en la figura de la estatua, tomada antiguamente de
los egipcios, y que se encuentra en los templos de muchas ciudades
griegas. La cabeza de esta diosa está coronada de una torre, sostienen
sus manos dos triángulos de hierro, y el cuerpo remata en una pilastra
en la cual se ven esculpidas varias figuras de animales y de otros
símbolos.
Vednos ya en Mileto, admirando sus muros y sus templos, sus fiestas,
sus fábricas y sus puertos; esta reunión confusa de naves, de marineros
y trabajadores agitados por un movimiento rápido. Esta ciudad es la
mansión de la opulencia, de las luces y los placeres: es la Atenas de
Jonia. Los monumentos de las artes adornan lo interior de la ciudad, y
brillan en las cercanías las riquezas de la naturaleza. ¡Oh, cuántas
veces hemos dirigido la vista hacia el Meandro, que después de haber
recibido muchos ríos, y bañado los muros de muchas ciudades, se dilata
dando revueltas por aquella llanura que se honra con su nombre y se
adorna orgullosa con sus beneficios! ¡Oh, cuántas veces, sentados sobre
el césped que guarnece sus floridas riberas, rodeados por todas partes
de cuadros encantadores, no pudiendo saciarnos ni de aquel aire, ni de
aquella luz cuya suavidad iguala a su pureza, sentíamos introducirse
en nuestras almas una languidez prodigiosa, y echarlas, digámoslo así,
en la embriaguez de la dicha!
Cerca de Mileto nos llevaron a la fuente de Biblis, donde esta princesa
infortunada expiró de amor y pena, y allí nos enseñaron el monte
Latmos, donde Artemisa acariciaba al joven Endimión. Los amantes
desgraciados van a Samos a dirigir sus votos a los manes de Leóntico y
de Rádine.
Se ofrece el espectáculo más interesante al viajero atento que sube
hacia el norte desde el puerto de Halicarnaso en Dórida, para ir a la
península de Eritras.
En este camino que tiene en línea recta más de novecientos estadios
(29 leguas y tres cuartos), se presentan a la vista muchas ciudades
esparcidas por las costas del continente y de las islas inmediatas.
Jamás ha producido la naturaleza en tan corto espacio tan gran número
de talentos distinguidos y de ingenios sublimes. Heródoto nació en
Halicarnaso, Hipócrates en Cos, Tales en Mileto, Pitágoras en Samos,
Parrasio en Éfeso, Jenófanes en Colofón, Anacreonte en Teos, Anaxágoras
en Clazómenas y Homero en todas partes.
Desde Jonia propiamente tal, pasamos a la Dórida. Cnido situada cerca
del promontorio Triopio, dio a luz al historiador Ctesias así como al
astrónomo Eudoxo que ha vivido en nuestros días. Al pasar nos enseñaron
la casa en que este último hacía sus observaciones, y un momento
después nos vimos en presencia de la célebre Afrodita de Praxíteles,
la cual está colocada en medio de un templete que recibe la luz por
dos puertas opuestas a fin de que esté alumbrado suavemente por todas
partes. ¿Pero cómo pudiera yo pintar mi sorpresa al primer golpe de
vista y las ilusiones consecuentes? Dábamos nuestros sentimientos al
mármol, y le oíamos suspirar. Dos discípulos de Praxíteles, recién
venidos de Atenas para estudiar esta obra maestra, nos hacían notar sus
bellezas, cuyos efectos experimentábamos sin penetrar la causa.
Los cnidios se vanaglorian de poseer un tesoro que favorece a un mismo
tiempo los intereses de su comercio y los de su gloria. Entre los
pueblos supersticiosos y apasionados a las artes, basta un oráculo o un
monumento célebre para atraer a los extranjeros; así es que se les ve a
menudo pasar los mares y venir a Cnido a contemplar la obra más hermosa
que ha salido de las manos de Praxíteles.
Al salir del templo recorrimos el bosque sagrado, donde todos los
objetos son relativos al culto de Afrodita. Allí parece que reviven y
que gozan de una eterna juventud la madre de Adonis bajo la figura del
mirlo, la sensible Dafne bajo la del laurel, el hermoso Cipariso bajo
la del ciprés. Por todas partes se ve la flexible yedra agarrada a las
ramas de los árboles, y en algunas la fecunda parra encuentra en ellos
un apoyo favorable. Debajo de los emparrados protegidos por la sombra
de soberbios plátanos, vimos muchos grupos de cnidios que después de un
sacrificio hacían una comida campestre, cantando sus amores y echando
a menudo en sus copas el vino delicioso que produce esta venturosa
comarca.
De Cnido fuimos a Milasa, una de las principales ciudades de la Caria,
de la cual es parte Dórida. Posee un rico territorio y muchos templos,
algunos antiquísimos, y todos de un hermoso mármol sacado de una
cantera cercana.