CAPÍTULO LXIX.

Conversaciones sobre la naturaleza y objeto de la tragedia.

Había yo conocido en casa de Apolodoro a uno de sus sobrinos llamado

Zópiro, mozo de talento, y ardiente del deseo de dedicar su ingenio al

teatro; vino a verme un día y encontró en mi casa a Nicéforo, poeta que

después de algunos ensayos en el género cómico se creía en disposición

de preferir el arte de Aristófanes al de Esquilo.

Zópiro me habló de su pasión con nuevo ardor. «No es extraño», me

decía, «que no se hayan recopilado aún las leyes de la tragedia, pues

aunque tenemos grandes modelos, no por esto dejan de tener grandes

defectos.

»En otro tiempo el ingenio tomaba vuelo sin detenerse en nada, pero

hoy se trata de sujetarle a leyes, sin que nadie nos instruya de

ellas». Estando en esto, vimos entrar a Teodectes, autor de muchas

tragedias excelentes, Polo, uno de los más hábiles actores de la

Grecia, y otros amigos nuestros que juntaban un gusto delicado a unos

conocimientos profundos. Tomando inmediatamente a Zópiro de la mano,

le dije a Teodectes: «Permitidme que os confíe a este hombre, pues

quiere entrar en el templo de la gloria y le dirijo a los que saben

el camino». Teodectes manifestó que se tomaba interés, y prometió sus

consejos para en caso necesario. «Estamos con mucha prisa», añadí yo,

«y es el caso que ahora mismo necesitamos un código de preceptos».

«¿Y donde los hallamos?», respondió, «teniendo talentos y modelos,

se entrega uno a veces a la práctica de un arte, pero como la teoría

debe considerarse en su esencia y elevarse hasta la belleza ideal, es

preciso que la filosofía ilumine el gusto y dirija la experiencia. Bien

quisiera responder a lo que esperáis de mí, pero bajo condición de

que siempre me he de excusar con la autoridad de Aristóteles, que vos

mismo me iluminéis con vuestras luces, y que únicamente se ventilarán

los puntos más esenciales». A pesar de esta última condición, nos

vimos precisados a reunirnos muchos días seguidos. Voy a manifestar el

resultado de nuestras conferencias del modo más breve y más claro que

me sea posible.

En la primera, a petición de Zópiro, señaló Teodectes por asunto de la

tragedia el interés que excita el terror y la compasión. «Para producir

este efecto», añadió, «os presento una acción grave, entera y de cierta

extensión. Dejando a la comedia los vicios y las extravagancias de los

particulares, la tragedia no pinta más que grandes infortunios, que va

a tomarlos en la clase de los reyes y los héroes. Nuestros primeros

autores se ejercitaban comúnmente sobre los personajes célebres de

los tiempos heroicos, y nosotros hemos conservado este uso porque los

republicanos contemplan siempre con una risa maligna el rodar los

tronos por el suelo, y la caída de un soberano que arrastra la de

un imperio. Las desgracias de los particulares no podrán prestar lo

maravilloso que requiere la tragedia.

»La acción debe ser entera y perfecta, es decir, que debe tener un

principio, un medio y un fin. Esta regla se conocerá por un ejemplo: en

la Ilíada la acción empieza por la disputa de Agamenón y de Aquiles,

se perpetúa por los males sin cuento que causa la retirada del segundo,

y concluye cuando cede a las lágrimas de Príamo. En efecto, cuando

acaba esta escena afectuosa, nada tiene el lector que desear.

»No penséis, como algunos autores, que la unidad de la acción no es

otra cosa que la unidad del héroe, ni vayáis como ellos a abrazar en un

poema todos los pormenores de la vida de Teseo o de Hércules, porque es

debilitar o destruir el interés el prolongarle con exceso o esparcirle

en un gran número de puntos. Admirad la sabiduría de Homero, que

únicamente ha escogido para la Ilíada un episodio de la guerra de Troya.

»Sería de desear que la acción no durase más que la representación de

la pieza, pero tratad a lo menos de reducirla al espacio de tiempo que

transcurre desde que sale el sol hasta que se pone. Insisto sobre la

acción porque es, digámoslo así, el alma de la tragedia, y el interés

teatral depende particularmente de la fábula o de la constitución del

argumento».

«Los hechos confirman este principio», interrumpió Polo. «Yo he visto

que han tenido aceptación algunas piezas cuyo mérito se reducía a una

fábula bien dispuesta y seguida hábilmente, y he visto también otras

costumbres, ideas y estilo que parecía aseguraban el mejor éxito, y sin

embargo fueron despreciadas porque estaban mal dispuestas, que es el

defecto en que incurren todos los principiantes».

«Empezad pues», replicó Teodectes, «bosquejando vuestro argumento,

y luego le enriqueceréis con los adornos de que es susceptible. Al

disponerle, acordaos de la diferencia que media entre el historiador y

el poeta. El uno cuenta las cosas como han sucedido, y el otro como han

podido o debido acontecer. Si la historia no os ofrece más que un hecho

desnudo de circunstancias, os será lícito hermosearlo con la ficción,

y juntar a la acción principal acciones particulares que la harán más

interesante; pero no os olvidéis de conservar la verosimilitud al

exponer los hechos y las circunstancias».

Al decir esto se hizo general la conversación, versando sobre los

diferentes géneros de verosimilitud; se atendió a que hay una para el

pueblo, y otra para las personas ilustradas; y se convino en atenerse a

las que requiere un espectáculo en que domina la multitud.

Después de algunas otras observaciones sobre la verosimilitud, nos

separamos.

Al día siguiente, cuando todos llegaron, dijo Zópiro a Teodectes:

«Ayer nos hicisteis ver que la ilusión teatral debe estar fundada en

la unidad de acción y en la verosimilitud. ¿Qué otra cosa, pues, se

necesita?».

«Lograr el fin de la tragedia», respondió Teodectes, «el cual se

reduce a excitar el terror o la compasión, y esto se consigue: 1.º

por el espectáculo, cuando se nos presenta Edipo con una máscara

ensangrentada, Telefo andrajoso y las Euménides con atributos

horrorosos; 2.º por la acción, cuando el objeto y la manera de ligar

los incidentes bastan para conmover fuertemente a los espectadores.

En el segundo de estos medios brilla particularmente el genio del

poeta. No se crea que es necesario excitar en el espectador sensaciones

penosísimas y muy dolorosas. Todavía hay memoria de Amasis, aquel

rey de Egipto que habiendo llegado al colmo de la desgracia, no pudo

verter una lágrima viendo a su hijo caminar al suplicio, y prorrumpió

en llanto cuando vio a uno de sus amigos cargado de cadenas alargar

la mano a los que pasaban. Este último cuadro enterneció su corazón,

mientras que el primero le había endurecido. Alejad de mí esos excesos

de terror, esos golpes fulminantes que ahogan la compasión; evitad

ensangrentar la escena, y no permitáis que venga Medea al teatro a

degollar a sus hijos, Edipo a sacarse los ojos, y Áyax a traspasarse

con la espada. Esta es una de las reglas principales de la tragedia.

»Observad», continuó Teodectes, «observad como una acción que pasa

entre dos personas enemigas o indiferentes no hace más que una

impresión pasajera, siendo así que uno experimenta fuertes sensaciones

cuando se ve que alguno va a perecer a manos de un hermano, de un

hijo o de aquellos mismos que le dieron el ser. Haced pues, si es

posible, que vuestro héroe lidie con la naturaleza, pero no escojáis

a un malvado que pase de la desdicha a la felicidad, o de esta a la

desdicha, pues no excitará ni terror ni compasión. No escojáis tampoco

un hombre que dotado de una virtud sublime caiga en la desgracia sin

merecerla.

»Diréis quizás que os hablo un lenguaje nuevo, y a esto os añado que

es el de los filósofos, que en estos últimos tiempos han reflexionado

acerca de la especie de placer que debe procurar la tragedia.

»¿Cuál es pues la pintura que la tragedia debe presentar en la

escena? La de un hombre de bien que pueda en cierto modo culparse de

su desgracia. ¿Acaso no habéis observado que las desgracias de los

particulares, y hasta las revoluciones de los imperios, no dependen

muchas veces sino de la primera falta, lejana o próxima, cuyas

consecuencias son tanto más terribles cuanto eran menos previstas?

Aplicad esta observación y hallaréis en Tiestes la venganza llevada

al extremo; en Edipo y en Agamenón, falsas ideas sobre el honor y la

ambición; en Áyax, un orgullo tan desmedido que desdeña el auxilio

del cielo; en Hipólito, la injuria hecha a una divinidad celosa; en

Yocasta, el olvido de los más sagrados deberes; en Príamo y en Hécuba,

demasiada condescendencia con el raptor de Helena; y en Antígona, los

sentimientos de la naturaleza preferidos a las leyes establecidas».

«Según eso», dijo Polo, «¿desaprobáis aquellas piezas en que el hombre

se hizo infeliz y culpable a pesar suyo? Sin embargo siempre han sido

aplaudidas, y siempre se verterá llanto por la suerte deplorable de

Fedra, de Orestes y de Electra».

Esta observación dio a todos motivo de una disputa acalorada. Unos

sostenían que adoptar el principio de Teodectes era condenar el antiguo

teatro, cuyo único móvil es el de los decretos ciegos del destino:

otros observaban que, en la mayor parte de las tragedias de Sófocles y

de Eurípides, tales decretos, aunque mencionados de cuando en cuando en

el discurso, no influían ni en las desgracias del primer personaje, ni

en la marcha de la acción.

Con este motivo se habló de aquel hado irresistible, tanto para los

dioses como para los hombres. Este dogma, decía uno, parece más

peligroso de lo que es efectivamente; y así es que, si observáis a sus

partidarios, veréis que discurren como si nada pudiesen y obran como

si lo pudiesen todo. Otros, después de haber demostrado que únicamente

sirve para disculpar los crímenes y desalentar a la virtud, preguntaron

como había podido establecerse.

«Hubo un tiempo», respondió uno, «en que no pudiéndose contener a los

opresores de los débiles con el freno del remordimiento, se imaginó

refrenarlos con el temor de la religión, y entonces se miró como una

impiedad no solamente el ser negligente en cuanto al culto de los

dioses o despreciar su poder, sino también el despojar sus templos,

robar los rebaños consagrados a ellos o insultar a sus ministros.

»Semejantes crímenes se debían castigar, a no ser que el culpable

reparase el insulto y fuese al pie de los altares a sujetarse a las

ceremonias destinadas para justificarle.

»Los sacerdotes no le perdían de vista, y si la fortuna le era

propicia, colmándole de beneficios, decían que los dioses le hacían

aquellos favores para hacerle caer en el lazo; mas si experimentaba

alguna de aquellas adversidades anexas a la condición humana,

exclamaban diciendo que la ira celeste debía descargar sobre su

cabeza, y que cuando se sustraía al castigo durante su vida, entonces

decían que el rayo estaba suspenso, pero que sus hijos y sus nietos

sufrirían el peso y la pena de su iniquidad. Acostumbráronse, pues,

a ver la venganza de los dioses, persiguiendo al culpable hasta su

última generación; venganza mirada como justicia con respecto al que la

mereció, y como nada en cuanto a los que habían recibido tan funesta

herencia. Con esta solución creyeron aplicar aquel encadenamiento de

maldades y de desastres que destruyeron a las familias más antiguas de

la Grecia.

»¡Felices, no obstante, las naciones cuando la venganza celeste solo

se extiende a la posteridad del culpable! ¡Oh, cuántas veces se la ha

visto descargar sobre un reino entero! ¡Cuántas también los enemigos de

un pueblo lo han llegado a ser de sus dioses, aunque jamás los habían

ofendido!

»A esta idea injuriosa para la divinidad, sustituyeron después otra

que no lo era menos. Algunos sabios, atemorizados por las vicisitudes

que trastornan las cosas humanas, supusieron un poder que se burla de

nuestros proyectos, y nos aguarda en el momento de la felicidad para

inmolarnos a su cruel envidia.

»De estos monstruosos sistemas», añadió Teodectes, «resulta que un

hombre puede ser impelido al crimen o a la desgracia por solo el

impulso de una divinidad a quien su familia, su nación o su prosperidad

es odiosa. Sin embargo, como la dureza de esta doctrina se hacía sentir

mejor en una tragedia que en otros escritos, nuestros primeros autores

no la anunciaron con frecuencia sino con ciertos correctivos, y de este

modo se acercaron a la regla que acabo de establecer.

»El dogma de la fatalidad, o el hado, no domina en parte alguna con

tanto imperio como en las tragedias de Orestes y de Electra; pero

por más que se trate de referir el oráculo que les manda vengar a su

padre; de llenarlos de terror antes del crimen y de remordimientos

después de haberlo cometido; de tranquilizarles con la aparición de

una divinidad que los disculpa y les promete una suerte más feliz:

estos asuntos no dejan de ser contrarios al objeto de la tragedia. Los

aplauden, no obstante, porque no hay cosa más propia para conmover que

el peligro de Orestes, las desgracias de Electra y el reconocimiento de

los dos hermanos; y porque todo se hermosea con la pluma de Esquilo,

de Sófocles y de Eurípides. Hoy que la sana filosofía nos prohíbe

atribuir a la divinidad el menor movimiento de envidia o de injusticia,

dudo de que semejantes fábulas, tratadas por la primera vez con la

misma superioridad, lleguen a reunir la aceptación general. A lo menos

sostengo que se vería con disgusto al principal personaje mancillarse

con un crimen atroz.

»Cada asunto ofrece variedades sin número», continuó Teodectes, después

de haberle interrumpido muchas veces acerca de lo que acababa de

decir, «variedad en las fábulas que son simples o intrincadas; variedad

en los incidentes que incitan el terror o la compasión; variedad en los

reconocimientos que son uno de los principales recursos de lo patético,

particularmente cuando hacen una revolución repentina en el estado de

las personas. Los hay de muchas especies, unos sin arte, que comúnmente

han llegado a ser el recurso de los poetas medianos y están fundados

en signos accidentales o naturales, por ejemplo, brazaletes, collares,

cicatrices o señales impresas en el cuerpo; otros muestran invención, y

los más bellos nacen de la acción.

»Variedad en los caracteres. El de los personajes que aparecen con

frecuencia en el escenario es decidido entre nosotros, pero solo en

su generalidad. Aquiles es impetuoso y violento, Odiseo prudente y

disimulado, Medea implacable y cruel. Pero todas estas cualidades se

pueden graduar de tal manera que de un solo carácter resulten muchos

que solamente sean parecidos en lo principal: tales son el de Electra

y el de Filoctetes en Esquilo, Sófocles y Eurípides. Es permitido

exagerar los defectos de Aquiles, pero es mejor debilitarlos con el

esplendor de sus virtudes, como ha hecho Homero. Siguiendo este modelo,

Agatón dio un Aquiles que no se había visto aún en el teatro.

»Variedad en las catástrofes. Las unas acaban en la felicidad, y las

otras en la desventura; las hay en que por una doble mudanza, los

buenos y los malos experimentan un cambio de fortuna. La primera

variedad conviene únicamente a la comedia».

«¿Y qué decís», preguntó Zópiro, «de las apariciones de los dioses?

¡Oh, cuán favorables al espectáculo!». «¡Cuán cómodas al poeta!»,

añadió Nicéforo. «No las tolero», respondió Teodectes, «sino cuando es

necesario sacar de lo pasado a lo venidero las luces que no se pueden

adquirir por otras vías; no mediando este motivo, el prodigio honra más

al maquinista que al autor.

»Conformémonos con las leyes de la razón y las reglas de la

verosimilitud, y sea vuestra fábula constituida de modo que se

presente, se enrede y desenlace por sí misma; que no venga un agente

celestial a instruirnos, en un frío prólogo, de lo que ha sucedido

antes y de lo que debe suceder después; que la intriga o enredo forme

obstáculos que han precedido a la acción, y por los que la acción

produzca, se enrede más y más desde las primeras escenas hasta el

momento en que empiece la catástrofe; que los episodios no sean largos

ni muchos; que los incidentes nazcan rápidamente unos de otros y

traigan acontecimientos imprevistos; en una palabra, que las diferentes

partes de la acción se hallen entre sí tan trabadas que, quitando o

mudando una siquiera, el todo se destruya o mude. No imitéis a aquellos

autores que ignoran el arte de acabar ingeniosamente una intriga

felizmente bien urdida, y que después de haberse metido imprudentemente

en medio de los escollos, no imaginan otro recurso para salir de ellos

que implorar el auxilio del cielo.

»Acabo de indicaros los diversos modos de tratar la fábula, a lo

cual podéis juntar las diferencias sin número que os ofrecerán las

ideas y sobre todo la música. Así pues, no podréis quejaros ya de la

esterilidad de nuestros asuntos, y no olvidéis que inventarlos es lo

mismo que presentarlos bajo una nueva forma».

En la tercera sesión se trató de las costumbres, de las ideas, de los

sentimientos y del estilo que convienen a la tragedia.

«En las obras de imitación», dijo Teodectes, «y sobre todo en la

epopeya y en el drama, lo que se llama costumbres es la exacta

conformidad de las acciones, de los sentimientos, de las ideas y los

discursos del personaje con su carácter. Es necesario, pues, que desde

las primeras escenas se conozca por lo que se hace y lo que se dice

cuáles son sus inclinaciones actuales y cuáles también sus proyectos

ulteriores.

»Las costumbres caracterizan al que obra, y por lo mismo deben ser

buenas. Lejos de recargar los defectos, debéis disminuirlos.

»La poesía, así como la pintura, favorece al retrato sin faltar a

la semejanza. No manchéis el carácter de un personaje, aunque sea

subalterno, sino cuando os veáis en la precisión de hacerlo.

»Es menester también que las costumbres sean convenientes, parecidas e

iguales, propias de la edad y de la dignidad del personaje, que no se

opongan a la idea que nos dan de un héroe las tradiciones antiguas, y

que no se contradigan en el discurso de la pieza.

»Si queréis darle realce y brillo, haced que tengan un contraste

entre sí. Notad como en Eurípides se hace interesante el carácter de

Polinices por el de Etéocles su hermano, y en Sófocles el carácter de

Electra por el de Crisótemis su hermana.

»Nosotros debemos, como los oradores, excitar en nuestros jueces la

compasión, el terror y la indignación; probar como ellos una verdad,

refutar una objeción y aumentar o disminuir un objeto. En los tratados

de retórica encontraréis los preceptos, así como los ejemplos en las

tragedias que son el ornamento del teatro. Aquí es donde brillan

la belleza de los pensamientos y la elevación de los sentimientos;

aquí donde triunfan el lenguaje de la verdad y la elocuencia de

los desgraciados. Ved a Mérope, Hécuba, Electra, Antígona, Áyax,

Filoctetes, rodeados ya de los horrores de la muerte, ya de los de

la vergüenza y la desesperación; escuchad aquellos acentos de dolor,

aquellas exclamaciones que despedazan el corazón, aquellas expresiones

apasionadas que, desde el uno al otro extremo del teatro, hacen resonar

los gritos de la naturaleza en todos los corazones y fuerzan a los ojos

a llenarse de lágrimas. ¿De dónde vienen pues estos efectos admirables?

Proceden de que nuestros autores poseen en sumo grado el arte de poner

sus personajes en situaciones las más tiernas, entregándose enteramente

al sentimiento único y profundo que exigen las circunstancias.

»No dejéis de estudiar continuamente nuestros grandes modelos:

penetraos de sus bellezas, pero aprended sobre todo a juzgarlas,

sin que una servil admiración os empeñe a respetar sus errores. Las

sentencias claras, precisas y naturales son muy del gusto de los

atenienses, pero es menester escogerlas con tino, porque miran con

horror las máximas subversivas de la moral.

»Aunque el estilo de la tragedia no sea ya tan pomposo como lo era en

otro tiempo, es necesario no obstante que sea adecuado a la dignidad

de los pensamientos. Emplead las gracias de la elocución para encubrir

las inverosimilitudes que os veréis en la precisión de admitir; pero

si tenéis ideas que explicar o caracteres que juntar, guardaos de

oscurecerlos con vanos adornos. Evitad las expresiones ruines, y no

olvidéis que a cada especie de drama le conviene un tono particular y

unos colores distintos».

Cuanto Teodectes acababa de decirme sobre el estilo conveniente a

la tragedia dio motivo a varias observaciones de Nicéforo, y más

todavía acerca de las expresiones familiares, y algunas veces de un

cómico bajo usadas por grandes poetas, tales como Esquilo, Sófocles y

Eurípides. Polo confesó que más de una vez había creído representar la

comedia bajo la máscara de la tragedia.

«Habláis», dijo Teodectes, «de los retruécanos, los chistes insulsos y

las imágenes indecentes que se encuentran en algunas piezas de estos

autores. Estos mismos defectos divierten a la multitud, y es una

servidumbre de la que no han podido librarse nuestros mejores autores,

aunque se lamentaban de ella; por tanto, es fácil excusar a los otros.

Acercándose a los siglos heroicos, se han visto obligados a pintar

costumbres diferentes de las nuestras, y queriendo acercarse a la

naturaleza, debían pasar de lo sencillo a lo familiar, cuyos límites no

están bastante demarcados. Nosotros, con menos ingenio, corremos aún

mayores riesgos porque el arte se ha hecho más difícil. Por una parte

el público, saciado de las bellezas que por tanto tiempo le presentan

a la vista, exige locamente que un autor reúna los talentos de todos

cuantos le han precedido; de otra, los actores se quejan a cada

instante de que sus papeles no tienen bastante lucimiento, y de este

modo nos vemos en la precisión, ya de ampliar o violentar el argumento,

ya de destruir su trabazón, y aun muchas veces su negligencia o poca

habilidad bastan para desacreditar una pieza. Polo me perdonará esta

censura, pues aventurarla en su presencia es elogiarle».

En la cuarta conferencia se ventilaron algunos puntos que hasta

entonces no se habían tratado. Acalorose la conversación,

particularmente cuando se trató de la antigua comedia, y se dividieron

las opiniones acerca de Aristófanes. Manifestándose Nicéforo admirador

de este poeta, no puede prescindir de exclamar: «¡Oh, qué reformador

es ese Aristófanes, siendo el que tenía más ingenio y talentos, el que

conoció mejor la gracia, y el que más se entregó a una feroz alegría!

»Dicen que solo componía sus obras cuando estaba embriagado, pero más

bien se diría que era cuando estaba poseído del odio y de la venganza.

Cuando sus enemigos están exentos de infamia, los ataca en la cuna,

echándoles en cara su pobreza y sus defectos personales. ¡Oh, cuántas

veces motejó a Eurípides porque era hijo de una verdulera! Había nacido

para complacer a los hombres de bien, y la mayor parte de sus piezas

dramáticas parece que estaban dedicadas a gentes perversas y viciosas.

Los hombres más sabios e ilustrados de la nación estaban tan distantes

de mirar la comedia antigua como la escuela de las costumbres que

Sócrates no asistía a la representación de las piezas y la ley prohibía

a los areopagitas el componerlas».

Al llegar aquí, dijo Teodectes: «¡Terminose la causa!», y levantose

inmediatamente, pero, habiéndole detenido, continuó la conferencia.

«Yo conozco», dijo Zópiro a Nicéforo con tono muy animado, «conozco

a vuestros célebres escritores. Acabo de repasar todas las piezas de

Aristófanes, menos la de _Las aves_, cuyo asunto me irritó desde las

primeras escenas; y sostengo que no merece la reputación que tiene,

y me desentiendo de aquella sal acre y picante, y de aquellas negras

vilezas con que ha llenado sus escritos. ¡Oh, cuántos pensamientos

absurdos, cuántos juegos de palabras insípidas, y cuánta desigualdad de

estilo!».

«Y yo añado», dijo Teodectes, interrumpiéndole, «¡qué elegancia,

qué pureza en la dicción, qué finura en los chistes, qué variedad

y expresión en el diálogo, y que poesía en los coros! Soy joven, y

es menester que no os manifestéis descontentadizo a fin de parecer

ilustrado: tened presente que el fijar la atención en los extravíos

del ingenio suele ser indicio de un corazón viciado o de pocos

conocimientos. De que un gran hombre no lo admire todo, no se debe

inferir que sea un gran hombre el que nada admira. Estos autores,

cuyas fuerzas calculáis antes de haber dado pruebas de las vuestras,

están plagados de defectos y de bellezas; pero estas irregularidades

son propias de la naturaleza, que a pesar de las imperfecciones que en

ella descubre nuestra ignorancia, no parece menos grande a los hombres

reflexivos.

»Aristófanes conoció aquella especie de chiste que entonces era

del gusto de los atenienses y que debe serlo en todos los siglos.

Sus escritos encierran de tal modo la semilla de la buena comedia

y los modelos del verdadero cómico, que solo se podrá aventajarle,

penetrándose de sus bellezas».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 49 / 84 题