CAPÍTULO LXVIII.

Representaciones de las piezas en el teatro de Atenas.

Al principio era el teatro de madera, pero habiéndose hundido cuando

estaban representando una pieza de un autor antiguo, después lo

construyeron de piedra, y subsiste todavía en el ángulo sudeste de la

ciudadela. Voy a describir el plan del edificio.

Mientras se representa no se permite a nadie permanecer en la platea,

habiendo demostrado la experiencia que si no estuviese enteramente

desocupada, se oiría menos la voz.

El proscenio se divide en dos partes: la una más alta, donde recitan

los actores, y la otra más baja, donde está por lo regular el coro.

Esta última está levantada diez a doce pies encima de la platea y desde

ella se puede subir, de forma que el coro, colocado en este lugar,

puede volverse fácilmente hacia los actores o hacia los asistentes.

El teatro está descubierto, y de aquí resulta que cualquier lluvia

repentina obliga a los espectadores a refugiarse bajo los pórticos y

en los edificios públicos de las inmediaciones.

En el vasto recinto del teatro se celebran con frecuencia certámenes,

ya de poesía, ya de música o de danza, con los cuales se solemnizan

las grandes fiestas. Este edificio está consagrado a la gloria, y sin

embargo se han visto allí en un mismo día una pieza de Eurípides y una

función de títeres.

Distínguense dos clases de actores: unos que están especialmente

encargados de seguir el hilo de la acción, y otros que componen el

coro. Para explicar sus funciones recíprocas, daré aquí una idea de la

división de las piezas.

Además de las partes que constituyen la esencia de un drama, y que

son la fábula, las costumbres, la dicción, las ideas, la música y

el aparato, es preciso considerar también las que lo dividen en su

extensión, tales como el prólogo, el episodio, el exordio y el coro.

El prólogo comienza con la pieza y acaba con el intermedio primero

o entre acto. El episodio por lo general llega desde el primero

hasta el último intermedio. El exordio comprende cuanto se dice

después del último intermedio. En la primera de estas partes se hace

la exposición, y comienza algunas veces la intriga: la acción se

desenvuelve en la segunda y se desenlaza en la tercera. Estas tres

partes no guardan entre sí proporción alguna, y así es que en el _Edipo

en Colono_ de Sófocles, que contiene mil ochocientos sesenta y dos

versos, solo el prólogo comprende setecientos.

Nunca está desierto el teatro: el coro se presenta a veces en la

primera escena, y si tarda más en salir, se le debe introducir con

naturalidad; si se va, solo es por algunos instantes y con causa

legítima. Según lo requiere el asunto, el coro está compuesto de

hombres o de mujeres, de viejos o de jóvenes, de ciudadanos o de

esclavos, de sacerdotes o de soldados, etc., siempre en número de

quince en la tragedia, y de veinticuatro en la comedia, y siempre de un

estado inferior al de los personajes principales de la pieza. Como el

coro por lo común representa al pueblo o a quien al menos es parte de

él, está prohibido a los extranjeros, aun a los establecidos en Atenas,

formar parte de él, por la misma razón que les está prohibido asistir a

la asamblea general de la nación.

Durante la pieza, tan pronto ejerce el coro la función de actor como

da forma al intermedio. Bajo el primer aspecto se introduce en la

acción, canta o declama con los personajes, sirviéndole su corifeo de

intérprete; en ciertas ocasiones se divide en dos grupos, dirigidos por

dos jefes que refieren algunas circunstancias de la acción, o que se

comunican sus temores o sus esperanzas. Esta clase de escenas, que casi

siempre son cantadas, concluyen a veces reuniéndose las dos partes del

coro. Bajo el segundo aspecto, se reduce a lamentarse de las desgracias

de la humanidad, o a implorar el auxilio de los dioses en favor del

personaje que le interesa.

En cada tragedia se necesitan tres actores para los tres primeros

papeles que saca por suerte el principal arconte, y en consecuencia

les asigna la pieza en que deben representar. El autor solamente tiene

el privilegio de escogerlos cuando ha ganado la corona en una de las

fiestas anteriores.

Algunas veces representan unos mismos autores en la tragedia y la

comedia, pero rara vez se ve que sobresalgan en ambos géneros. Es

inútil advertir que alguno ha sobresalido siempre en los primeros

papeles, que algunos nunca han pasado de los terceros, y que hay

papeles que requieren una fuerza extraordinaria, como el de Áyax

furioso.

Dan crecidos sueldos a los actores que han adquirido gran celebridad,

tanto que yo he visto a Polo ganar un talento en dos días (más de 20

mil reales vellón). Su salario se arregla por el número de piezas que

representan, y así que sobresalen en el teatro de Atenas, los buscan

y solicitan de las principales ciudades de Grecia. Si faltan a las

contratas que hacen, están obligados a pagar cierta suma estipulada en

el contrato, y por otra parte la república les impone una multa cuando

se ausentan durante las solemnidades.

Se canta en los intermedios, y se declama en las escenas siempre que el

coro calla. En el canto dirige la flauta a la voz, y en la declamación

la dirige una lira que la impide que decaiga.

Con respecto al canto, se observaban antiguamente con rigor las leyes

de él, pero en el día se infringen impunemente las respectivas a los

acentos y cantidad. Para asegurar la ejecución de las demás, el maestro

del coro en defecto del poeta, ejercita y ensaya por mucho tiempo a los

actores antes de representar las piezas; mide el compás con el pie o

con la mano, o de otra manera que dé movimiento a los coristas siempre

atentos a sus ademanes. No se limita a dirigir la voz de los que están

a sus órdenes, pues debe también darles lecciones de dos especies de

danzas propias del teatro. La una es la danza propiamente tal, que los

coristas ejecutan solamente en ciertas piezas y en ciertas ocasiones,

por ejemplo, cuando alguna plausible noticia les obliga a entregarse

a los arrebatos de la alegría. La otra, que se ha introducido muy

tarde en la tragedia, es aquella que arreglando los movimientos y las

diversas inflexiones del cuerpo, ha llegado a pintar con más exactitud

que la primera las acciones, las costumbres y los sentimientos. De

todas las imitaciones esta es acaso la más enérgica, porque la palabra

no debilita su elocuencia rápida, todo lo expresa, dejando vislumbrarlo

todo, y no es menos propia para satisfacer el entendimiento que para

mover el corazón.

No siendo esta clase de danza una sucesión de movimientos y de pausas

expresivas, como la armonía, es visto que ha debido verificarse en las

diferentes especies de drama. La de la tragedia debe representar almas

que sufren sus pasiones, su dicha y su inforturnio con la decencia y

firmeza que convienen a la elevación de su carácter.

Es menester que la actitud de los actores semeje a los modelos que

toman los escultores para dar hermosas posiciones a sus estatuas: que

las evoluciones de los coros se ejecuten con el orden y la disciplina

de las marchas militares; y, en fin, que todas las señales exteriores

concurran con tanta exactitud a la unidad del interés que resulte de

ello un concierto tan agradable a la vista como al oído.

La danza de la comedia es libre, familiar, a veces vil, y las más

deshonrada con licencias tan groseras que el mismo Aristófanes tiene

por un mérito el haberlas desterrado de algunas piezas suyas.

En el drama que se llama sátira, esta danza es viva y tumultuosa, pero

sin expresión, y sin relación con las palabras.

Los actores tienen trajes y atributos adecuados a sus papeles. Los

reyes ciñen su frente con una diadema, se apoyan en un cetro coronado

de un águila, y visten ropas talares en que brilla a la vez el oro, la

púrpura y toda clase de colores. Los héroes se presentan comúnmente

cubiertos con una piel de león o de tigre, con espada ceñida, armados

de lanza, carcaj y maza: los que se hallan en infortunio con vestidura

negra, oscura o cenicienta y algunas veces desgarrada: la edad y el

sexo, el estado y la situación actual de un personaje se dan a entender

casi siempre por la forma y el color de su vestidura. Pero aún se

indican mejor por una especie de casco que les cubre enteramente la

cabeza, y que sustituyendo una fisonomía distinta de la del actor,

causa ilusiones sucesivas mientras dura la pieza. Hablo de aquellas

máscaras que se diversifican de muchos modos, ya en la tragedia, ya

en la comedia y la sátira. Unas están guarnecidas de cabellos de

diferentes colores, los otros de una barba más o menos larga, más o

menos espesa, y otras reúnen cuanto es posible los atractivos de la

juventud y de la belleza. Las hay que tienen una boca enorme forrada

interiormente de láminas de cobre o de cualquier otro cuerpo sonoro,

a fin de que la voz adquiera así bastante fuerza y tono para que se

oiga en el vasto recinto donde están sentados los espectadores; hay

algunas, en fin, sobre las que se eleva un tupé que acaba en punta y

que recuerda el antiguo peinado de los atenienses. Se sabe que cuando

se hicieron los primeros ensayos del arte dramático, había la costumbre

de juntar y atarse los cabellos por encima de la cabeza.

Hubo un tiempo en que la comedia ofrecía a los espectadores el retrato

de aquellos a quienes atacaba abiertamente; pero hoy día, más decente,

solo se ciñe a presentar semejanzas generales y relativas a los vicios

y ridiculeces que persigue, aunque bastan para que se conozca al

instante al amo, al criado, al parásito, al viejo indulgente o severo,

al joven arreglado o desordenado en sus costumbres, la soltera adornada

con sus atractivos, y la matrona distinguida por su comportamiento y

sus canas.

Es verdad que no se ve la graduación de las pasiones sucederse en

el rostro del actor, pero la mayoría de los espectadores está tan

distante de la escena que de modo alguno podrían captar un lenguaje

tan elocuente. Aún hay otros inconvenientes mayores: la máscara quita

a la voz parte de aquellas inflexiones que le dan tantos encantos

en la conversación, sus tránsitos son algunas veces repentinos, sus

entonamientos duros y, digámoslo así, escabrosos. La risa se altera,

y si no se maneja con arte, su gracia y su efecto se desvanecen a

un tiempo. En fin, ¿quién podrá sufrir el aspecto de aquella boca

disforme, siempre inmóvil y boquiabierta, aun cuando el actor está

en silencio? Sin embargo, como se permite mudar de máscara en cada

escena, y pueden imprimirse en ellas los síntomas de los principales

afectos del alma, pueden conservar y justificar el error de los

sentidos, y añadir a la imitación un nuevo grado de verosimilitud.

Bajo este mismo principio, se da muchas veces a los actores en la

tragedia una estatura de cuatro codos (seis pies, siete pulgadas),

conforme a la de Heracles y de los primeros héroes. A este fin usan

de coturnos, especie de calzado a veces de cuatro o cinco pulgadas de

alto, alargan sus brazos con guantes y agrandan artificialmente el

pecho, los costados y todas las demás partes del cuerpo a proporción;

y cuando, con arreglo a las leyes de la tragedia que requiere una

declamación fuerte y a veces vehemente, la persona o figura disfrazada

con magnífico ropaje despide una voz sonora que se oye a lo lejos,

hay pocos espectadores que no se conmuevan al ver aquella majestad

imponente, y que no se hallen dispuestos a experimentar las sensaciones

que se intenta comunicarles.

Antes de que empiece la representación, se purifica el lugar, y cuando

se ha acabado, suben los magistrados al teatro y hacen libaciones en un

altar consagrado a Dioniso. Estas ceremonias parece que imprimen un

carácter religioso a los placeres que anuncian y que terminan.

Las decoraciones con que hermosean la escena causan también ilusión a

la multitud. Según la naturaleza del asunto, el teatro representa un

campo ameno, una soledad espantosa, una playa cercada de precipicios y

hondas grutas, tiendas armadas cerca de una ciudad sitiada o cerca de

un puerto cubierto de naves. Por lo común la acción es en el vestíbulo

de un palacio o de un templo; enfrente hay una plaza, y al lado se ven

algunas casas formando dos calles principales, la una hacia el oriente

y la otra al occidente.

La representación requiere un gran número de máquinas; con unas

ejecutan y fingen vuelos y bajadas de los dioses, y apariciones de

sombras; con otras causan efectos naturales, tales como el humo, la

llama, el trueno, cuyo ruido se imita dejando caer guijarros desde

muy alto en un vaso de bronce. Hay también otras máquinas que, dando

vueltas sobre ruedas, presentan lo interior de una casa o de una tienda

de campaña. De este modo se presenta a Áyax en medio de los animales

que ha inmolado a su furor.

Hay empresarios encargados de una parte del gasto que ocasiona la

representación de las piezas, y reciben de los espectadores una corta

retribución para indemnizarse. Algunas veces dan la función _gratis_, y

otras distribuyen billetes que equivalen a la paga ordinaria, hoy día

de dos óbolos.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 48 / 84 题