CAPÍTULO LXVII.

Historia del teatro de los griegos.

(Año 343 antes de J. C.) Por este tiempo di yo fin a mis averiguaciones

sobre el arte dramático.

En el seno de los placeres tumultuosos, y en los extravíos de la

embriaguez causados por las fiestas de Dioniso, se formó un arte el más

arreglado y sublime. Trasladémonos tres siglos más atrás del nuestro,

y veremos que, entre los poetas que entonces florecían, los unos

cantaban las acciones y las aventuras de los dioses y los héroes, y

los otros perseguían con malignidad los vicios y las extravagancias de

los hombres. Los primeros tomaban a Homero por modelo, los segundos se

autorizaban y abusaban de su ejemplo.

Conocíase ya la necesidad y el poder del arte teatral. Susarión y

Tespis, ambos naturales de un lugarcillo del Ática, se dejaron ver cada

cual al frente de una compañía de actores; el uno en las tablas y el

otro en un carro. El primero persiguió los vicios y las extravagancias

de su tiempo, y el segundo trató asuntos más nobles tomados de la

historia.

La excesiva afición que se propagó repentinamente, en la ciudad y

en el campo, a las composiciones dramáticas de estos dos autores,

justificó que era inútil la recelosa previsión de Solón. Los poetas,

que hasta entonces se habían ejercitado en los ditirambos y en la

sátira licenciosa, conociendo las reglas acertadas con que empezaban

a caracterizarse estos géneros, consagraron sus talentos a la comedia

y la tragedia: muy en breve variaron los asuntos del segundo de estos

poemas, empezando a tenerse por extraños al culto de Dioniso.

Frínico, discípulo de Tespis, dejó la tragedia en la infancia. Esquilo

la recibió de sus manos envuelta en un tosco vestido, con el rostro

cubierto de varios colores, o con una máscara sin carácter, sin

gracias, sin dignidad en sus movimientos, explicándose algunas veces

con decoro y elegancia, y otras muchas con un estilo débil, rastrero y

obsceno. Este padre de la tragedia se había distinguido en las batallas

de Maratón, de Salamina y de Platea, y desde su más tierna juventud se

entregó a la lectura de aquellos poetas que inmediatos a los tiempos

heroicos, concebían unas ideas tan grandes como sus hechos.

Introdujo un segundo actor en sus primeras tragedias, y más adelante,

a imitación de Sófocles, que acababa de entrar en la carrera del

teatro, añadió un tercero y algunas veces un cuarto: por esta

multiplicidad de personajes, uno de los actores venía a ser el héroe

de la pieza, y excitaba el principal interés. Sus planes son sumamente

sencillos: descuidaba o no conocía bastante el arte de salvar las

inverosimilitudes, de enlazar y desenlazar una acción, de ligar

íntimamente sus partes, y de acelerarla o suspenderla con conocimientos

u otros accidentes imprevistos. Únicamente interesa algunas veces por

la relación de los hechos y la viveza del diálogo, y en ocasiones por

la fuerza del estilo o por el terror del espectáculo. Parece que miraba

como esencial la unidad de acción y de tiempo, y como menos necesaria

la de lugar.

El carácter y las costumbres de los personajes son convenientes,

y rara vez se desmienten. Escogió continuamente sus modelos en los

tiempos heroicos, y los sostiene en la elevación en que Homero puso a

los suyos. Se complace en pintar almas vigorosas, francas, superiores

al temor, amantes de la patria, insaciables de gloria y de combates,

más grandes que son hoy día; tales como quisiera formarlas para la

defensa de la Grecia, porque escribía en tiempo de la guerra de los

persas.

En tiempo de Esquilo no se conocía para el género heroico más que el

tono de la epopeya y el del ditirambo, los cuales se acomodaban tanto

a la elevación de sus ideas y de sus sentimientos que los trasladó a

la tragedia sin desfigurarlos. Dominado por un entusiasmo de que ya no

es dueño, prodiga los epítetos, las metáforas, todas las expresiones

figuradas de los sentimientos del alma, todo lo que da peso, fuerza,

magnificencia en el lenguaje, todo lo que puede en fin animarle y darle

expresión. Bajo su pincel vigoroso, las relaciones, las ideas, las

máximas, todo se convierte en imágenes admirables por su belleza o por

su singularidad.

La elocuencia de Esquilo era tan fuerte que no permitía sujetarla a los

adornos de la elegancia, de la armonía y de la corrección, y su vuelo

muy alto y atrevido exponiéndose a extravíos y caídas. Su estilo en

general es noble y sublime, en algunas partes grande hasta el exceso,

y pomposo hasta la hinchazón, algunas veces desconocido y chocante por

comparaciones mezquinas, juegos pueriles de palabras, y otros vicios

que son comunes a este autor y a los que tienen más gusto y más genio.

A pesar de sus defectos, mereció un lugar muy distinguido entre los

poetas más célebres de la Grecia.

Acusado falsamente de haber revelado en una de sus piezas los misterios

de Eleusis, le fue difícil escaparse del furor de un pueblo fanático.

Habiendo abandonado su patria, pasó a Sicilia, donde el rey Hierón le

colmó de beneficios y honores, y allí murió poco tiempo después, de

edad de cerca de setenta años. Los atenienses decretaron honores a su

memoria, y más de una vez se ha visto a los autores que se dedicaban

al teatro ir a hacer libaciones en su sepulcro y declamar sus obras

alrededor de este fúnebre monumento.

Los progresos del arte fueron rápidos en extremo. Sófocles,

contemporáneo de Esquilo, disputó la gloria a este gran trágico.

Nació Sófocles de una familia noble de Atenas en el año cuarto de la

olimpiada setenta (hacia el año 497 antes de J. C.), y catorce años

antes del nacimiento de Eurípides. Después de la batalla de Salamina,

puesto al frente de un coro de jóvenes que alrededor de un trofeo

entonaban cánticos de victoria, llamó la atención del concurso por la

bizarría y belleza de su persona, y el voto de todos por la melodía

de su lira; en diferentes ocasiones le confiaron empleos importantes,

ya civiles, ya militares. A la edad de ochenta años, fue acusado por

un hijo ingrato de que no se hallaba ya en estado de dirigir los

negocios de su casa, y se contentó con leer en la audiencia el _Edipo

en Colono_, cuya obra acababa de hacer; los jueces, indignados por la

acusación, le conservaron sus derechos, y todos los circunstantes le

condujeron en triunfo a su casa. Murió a la edad de noventa y un años,

después de haber gozado de una gloria cuyo brillo se aumenta de día en

día. A la muerte de Eurípides, ocurrida poco antes de la suya, se dejó

ver vestido de luto, acompañó en su dolor a los atenienses, y en una

pieza que daba no permitió que los actores se pusiesen coronas.

Aplicose al principio a la poesía lírica, pero su ingenio le puso muy

pronto en un camino más glorioso, y su primer ensayo le fijó en él para

siempre. Siendo de edad de veintiocho años, concurría con Esquilo que

estaba en posesión del teatro, y después de la representación de las

obras se reunió en favor suyo la pluralidad de los votos, de modo que

su concurrente, resentido por esta preferencia, se retiró poco tiempo

después a Sicilia.

El joven Eurípides fue testigo de este triunfo de Sófocles; a la edad

de dieciocho años se le vio entrar en la carrera, y durante muchos años

recorrerla a la par de su rival, siendo semejantes a dos soberbios

competidores que con igual fogosidad aspiran a la victoria.

Diversas causas le empeñaron al fin de sus días a retirarse a la

corte de Arquelao, rey de Macedonia, que reunía en su corte a todos

los que se distinguían en las letras y en las artes. Murió pocos años

después, de edad de unos setenta y seis años, y los atenienses enviaron

diputados a Macedonia para pedir su cuerpo y trasladarle a Atenas,

pero Arquelao no escuchó sus súplicas, tuvo por un honor el conservar

los restos de un gran hombre, y le erigió un sepulcro magnífico cerca

de su capital. Al mismo tiempo le erigieron también los atenienses un

cenotafio en el camino que va desde la ciudad al Pireo. En Salamina,

su patria nativa, me llevaron, inmediatamente que llegué, a una gruta

donde se pretende que compuso la mayor parte de sus piezas dramáticas;

también en el lugar de Colono me enseñaron los habitantes más de una

vez la casa en que Sófocles pasó una parte de su vida.

Casi a un mismo tiempo perdió Atenas estos dos célebres poetas, y

apenas habían cerrado los ojos cuando Aristófanes compuso una pieza que

fue representada con aplauso, y en la cual señaló el primer lugar a

Esquilo, el segundo a Sófocles y el tercero a Eurípides. Esta decisión

era entonces conforme a la opinión de la mayoría de los atenienses.

Cualquiera que sea su mérito particular, y a pesar de las diferencias

que mediaban entre ellos, se verán siempre al frente de los que han

ilustrado la escena.

Aunque la comedia tenga el mismo origen que la tragedia, su historia

menos conocida indica revoluciones cuyos pormenores ignoramos, y

descubrimientos cuyos autores nos oculta. Habiendo nacido en las

aldeas del Ática hacia la olimpiada cincuenta (580 años antes de J.

C.), acomodada a las costumbres groseras de las gentes del campo, no se

atrevía a acercarse a la capital. Solo después de una larga infancia

creció de repente en Sicilia. En lugar de un amontonamiento de escenas

sin orden ni enlace, el filósofo Epicarmo estableció una acción, ligó

todas sus partes, la trató en una justa extensión, y la condujo hasta

el fin sin extravíos: sus composiciones, sujetas a las mismas leyes

que la tragedia, fueron luego conocidas en Grecia, sirvieron allí de

modelo, y la comedia participó en breve con su rival del voto público

y del homenaje debido a los talentos. Los atenienses en particular

la acogieron con el entusiasmo que pudiera excitar la noticia de una

victoria. Muchos de ellos se ejercitaron en este género, y sus nombres

adornan la lista numerosa de aquellos que desde Epicarmo hasta nuestros

días se han distinguido en él. Tales fueron entre los más antiguos,

Magnes, Cratino, Crates, Ferécrates, Eupolis y Aristófanes que murió

unos treinta años antes de mi llegada a Grecia. Todos vivieron en el

siglo de Pericles. La lectura de sus piezas prueba claramente que

no tuvieron más objeto que el de agradar a la multitud; que todos

los medios les parecieron indiferentes, y que a su vez emplearon la

parodia, la alegoría y la sátira, sostenidas por imágenes las más

obscenas y por expresiones las más groseras.

Algunos, tratando un objeto en su generalidad, se abstuvieron de toda

injuria personal, pero otros fueron tan pérfidos que confundieron

los defectos con los vicios y el mérito con el ridículo. Espías en

la sociedad y delatores en el teatro, entregaron las reputaciones a

la malignidad de la multitud, y a su envidia los que tenían bienes,

mal o bien adquiridos. No había ciudadano, por elevado ni despreciado

que fuera, que estuviese a salvo de los tiros de ellos; a veces le

señalaban valiéndose de ciertas alusiones de fácil aplicación, y en

muchas ocasiones por sus nombres y las facciones del rostro figuradas

en la máscara del actor. Los autores de estas sátiras recurrían a la

impostura para saciar su encono, y a las injurias indecentes para

complacer al populacho. Con el veneno en la mano recorrían todas las

clases de ciudadanos y lo interior de las casas para sacar a luz

todos los horrores que el tiempo no había descubierto. Otras veces se

desencadenaban contra los filósofos, los poetas trágicos y sus propios

rivales. Eurípides se vio toda su vida perseguido por Aristófanes,

y unos mismos espectadores celebraron las piezas del primero, y la

crítica que hacía el segundo.

La parte más sana de la nación murmuraba, y algunas veces con éxito,

de los atentados de la comedia, hasta que al fin salió un decreto

prohibiendo su representación; después otro que prohibía también el

nombrar personas, y en el tercero el insultar a las autoridades; pero

estos decretos se olvidaban o revocaban luego.

Hacia el fin de la guerra del Peloponeso, habiéndose apoderado del

gobierno un corto número de ciudadanos, se trató al momento de reprimir

la licencia de los poetas, permitiendo a la persona agraviada que los

demandase en juicio. El terror que inspiraron estos hombres poderosos

produjo en la comedia una revolución repentina. Ya no se oyeron sátiras

directas contra los particulares, ni invectivas contra los jefes del

estado, ni tuvieron retratos en las máscaras. El mismo Aristófanes se

sometió a la reforma en sus últimas piezas, y los que le siguieron

después, tales como Eubulo, Antífanes y otros muchos, respetaron las

reglas de la decencia.

Este es el estado en que se hallaba la comedia durante mi residencia en

Grecia. Algunos continuaban tratando y glosando los asuntos históricos

y fabulosos, pero los más preferían los fingidos; y el mismo espíritu

de análisis y de observación que conducía a recoger en la sociedad

aquellos rasgos dispersos cuya reunión caracteriza la grandeza de

alma o la pusilanimidad, empeñaba a los poetas a pintar en lo general

las singularidades que impactan a la sociedad o las acciones que la

deshonran.

La comedia había llegado a ser un arte arreglado, pues los filósofos

habían podido definirla diciendo que imita no todos los vicios, sino

únicamente aquellos que son susceptibles de ponerse en ridículo, y

añadían que, a ejemplo de la tragedia, puede exagerar los caracteres

para hacerlos más interesantes.

Después de haber seguido los progresos de la tragedia y de la comedia,

me falta hablar de un drama que reúne a la gravedad de la primera, la

alegría de la segunda. La sátira tuvo también su origen en las fiestas

de Dioniso, donde los coros de sátiros y de silenos hacían alternar con

dichos jocosos los himnos que cantaban en honor de este dios.

Esto dio la primera idea de la sátira, poema en que se tratan los

asuntos más serios de un modo conmovedor y cómico al mismo tiempo.

Se distingue de la tragedia en la especie de personajes que admite,

en la catástrofe, que nunca es funesta, en el estilo, los chistes y

las bufonadas que constituyen el principal mérito; se distingue de

la comedia por la naturaleza del asunto, por el tono de dignidad que

reina en algunas de sus escenas y el cuidado que se pone en apartar

las personalidades; y se distingue de una y otra por los ritmos que le

son propios, por la sencillez de la fábula, por los límites prescritos

a la duración de la acción, y porque la sátira es una pieza corta que

se da después de la representación de la tragedia para descanso de los

espectadores.

La escena presenta a la vista bosques, montes, grutas y perspectivas

varias. Los personajes del coro disfrazados del modo extravagante

que se atribuye a los sátiros, unas veces ejecutan danzas vivas y

saltadoras, otras hacen diálogos o cantan con los dioses o los héroes,

y de la diversidad de ideas, sentimientos y expresiones resulta un

contraste raro y singular.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 47 / 84 题