Historia del teatro de los griegos.
(Año 343 antes de J. C.) Por este tiempo di yo fin a mis averiguaciones
sobre el arte dramático.
En el seno de los placeres tumultuosos, y en los extravíos de la
embriaguez causados por las fiestas de Dioniso, se formó un arte el más
arreglado y sublime. Trasladémonos tres siglos más atrás del nuestro,
y veremos que, entre los poetas que entonces florecían, los unos
cantaban las acciones y las aventuras de los dioses y los héroes, y
los otros perseguían con malignidad los vicios y las extravagancias de
los hombres. Los primeros tomaban a Homero por modelo, los segundos se
autorizaban y abusaban de su ejemplo.
Conocíase ya la necesidad y el poder del arte teatral. Susarión y
Tespis, ambos naturales de un lugarcillo del Ática, se dejaron ver cada
cual al frente de una compañía de actores; el uno en las tablas y el
otro en un carro. El primero persiguió los vicios y las extravagancias
de su tiempo, y el segundo trató asuntos más nobles tomados de la
historia.
La excesiva afición que se propagó repentinamente, en la ciudad y
en el campo, a las composiciones dramáticas de estos dos autores,
justificó que era inútil la recelosa previsión de Solón. Los poetas,
que hasta entonces se habían ejercitado en los ditirambos y en la
sátira licenciosa, conociendo las reglas acertadas con que empezaban
a caracterizarse estos géneros, consagraron sus talentos a la comedia
y la tragedia: muy en breve variaron los asuntos del segundo de estos
poemas, empezando a tenerse por extraños al culto de Dioniso.
Frínico, discípulo de Tespis, dejó la tragedia en la infancia. Esquilo
la recibió de sus manos envuelta en un tosco vestido, con el rostro
cubierto de varios colores, o con una máscara sin carácter, sin
gracias, sin dignidad en sus movimientos, explicándose algunas veces
con decoro y elegancia, y otras muchas con un estilo débil, rastrero y
obsceno. Este padre de la tragedia se había distinguido en las batallas
de Maratón, de Salamina y de Platea, y desde su más tierna juventud se
entregó a la lectura de aquellos poetas que inmediatos a los tiempos
heroicos, concebían unas ideas tan grandes como sus hechos.
Introdujo un segundo actor en sus primeras tragedias, y más adelante,
a imitación de Sófocles, que acababa de entrar en la carrera del
teatro, añadió un tercero y algunas veces un cuarto: por esta
multiplicidad de personajes, uno de los actores venía a ser el héroe
de la pieza, y excitaba el principal interés. Sus planes son sumamente
sencillos: descuidaba o no conocía bastante el arte de salvar las
inverosimilitudes, de enlazar y desenlazar una acción, de ligar
íntimamente sus partes, y de acelerarla o suspenderla con conocimientos
u otros accidentes imprevistos. Únicamente interesa algunas veces por
la relación de los hechos y la viveza del diálogo, y en ocasiones por
la fuerza del estilo o por el terror del espectáculo. Parece que miraba
como esencial la unidad de acción y de tiempo, y como menos necesaria
la de lugar.
El carácter y las costumbres de los personajes son convenientes,
y rara vez se desmienten. Escogió continuamente sus modelos en los
tiempos heroicos, y los sostiene en la elevación en que Homero puso a
los suyos. Se complace en pintar almas vigorosas, francas, superiores
al temor, amantes de la patria, insaciables de gloria y de combates,
más grandes que son hoy día; tales como quisiera formarlas para la
defensa de la Grecia, porque escribía en tiempo de la guerra de los
persas.
En tiempo de Esquilo no se conocía para el género heroico más que el
tono de la epopeya y el del ditirambo, los cuales se acomodaban tanto
a la elevación de sus ideas y de sus sentimientos que los trasladó a
la tragedia sin desfigurarlos. Dominado por un entusiasmo de que ya no
es dueño, prodiga los epítetos, las metáforas, todas las expresiones
figuradas de los sentimientos del alma, todo lo que da peso, fuerza,
magnificencia en el lenguaje, todo lo que puede en fin animarle y darle
expresión. Bajo su pincel vigoroso, las relaciones, las ideas, las
máximas, todo se convierte en imágenes admirables por su belleza o por
su singularidad.
La elocuencia de Esquilo era tan fuerte que no permitía sujetarla a los
adornos de la elegancia, de la armonía y de la corrección, y su vuelo
muy alto y atrevido exponiéndose a extravíos y caídas. Su estilo en
general es noble y sublime, en algunas partes grande hasta el exceso,
y pomposo hasta la hinchazón, algunas veces desconocido y chocante por
comparaciones mezquinas, juegos pueriles de palabras, y otros vicios
que son comunes a este autor y a los que tienen más gusto y más genio.
A pesar de sus defectos, mereció un lugar muy distinguido entre los
poetas más célebres de la Grecia.
Acusado falsamente de haber revelado en una de sus piezas los misterios
de Eleusis, le fue difícil escaparse del furor de un pueblo fanático.
Habiendo abandonado su patria, pasó a Sicilia, donde el rey Hierón le
colmó de beneficios y honores, y allí murió poco tiempo después, de
edad de cerca de setenta años. Los atenienses decretaron honores a su
memoria, y más de una vez se ha visto a los autores que se dedicaban
al teatro ir a hacer libaciones en su sepulcro y declamar sus obras
alrededor de este fúnebre monumento.
Los progresos del arte fueron rápidos en extremo. Sófocles,
contemporáneo de Esquilo, disputó la gloria a este gran trágico.
Nació Sófocles de una familia noble de Atenas en el año cuarto de la
olimpiada setenta (hacia el año 497 antes de J. C.), y catorce años
antes del nacimiento de Eurípides. Después de la batalla de Salamina,
puesto al frente de un coro de jóvenes que alrededor de un trofeo
entonaban cánticos de victoria, llamó la atención del concurso por la
bizarría y belleza de su persona, y el voto de todos por la melodía
de su lira; en diferentes ocasiones le confiaron empleos importantes,
ya civiles, ya militares. A la edad de ochenta años, fue acusado por
un hijo ingrato de que no se hallaba ya en estado de dirigir los
negocios de su casa, y se contentó con leer en la audiencia el _Edipo
en Colono_, cuya obra acababa de hacer; los jueces, indignados por la
acusación, le conservaron sus derechos, y todos los circunstantes le
condujeron en triunfo a su casa. Murió a la edad de noventa y un años,
después de haber gozado de una gloria cuyo brillo se aumenta de día en
día. A la muerte de Eurípides, ocurrida poco antes de la suya, se dejó
ver vestido de luto, acompañó en su dolor a los atenienses, y en una
pieza que daba no permitió que los actores se pusiesen coronas.
Aplicose al principio a la poesía lírica, pero su ingenio le puso muy
pronto en un camino más glorioso, y su primer ensayo le fijó en él para
siempre. Siendo de edad de veintiocho años, concurría con Esquilo que
estaba en posesión del teatro, y después de la representación de las
obras se reunió en favor suyo la pluralidad de los votos, de modo que
su concurrente, resentido por esta preferencia, se retiró poco tiempo
después a Sicilia.
El joven Eurípides fue testigo de este triunfo de Sófocles; a la edad
de dieciocho años se le vio entrar en la carrera, y durante muchos años
recorrerla a la par de su rival, siendo semejantes a dos soberbios
competidores que con igual fogosidad aspiran a la victoria.
Diversas causas le empeñaron al fin de sus días a retirarse a la
corte de Arquelao, rey de Macedonia, que reunía en su corte a todos
los que se distinguían en las letras y en las artes. Murió pocos años
después, de edad de unos setenta y seis años, y los atenienses enviaron
diputados a Macedonia para pedir su cuerpo y trasladarle a Atenas,
pero Arquelao no escuchó sus súplicas, tuvo por un honor el conservar
los restos de un gran hombre, y le erigió un sepulcro magnífico cerca
de su capital. Al mismo tiempo le erigieron también los atenienses un
cenotafio en el camino que va desde la ciudad al Pireo. En Salamina,
su patria nativa, me llevaron, inmediatamente que llegué, a una gruta
donde se pretende que compuso la mayor parte de sus piezas dramáticas;
también en el lugar de Colono me enseñaron los habitantes más de una
vez la casa en que Sófocles pasó una parte de su vida.
Casi a un mismo tiempo perdió Atenas estos dos célebres poetas, y
apenas habían cerrado los ojos cuando Aristófanes compuso una pieza que
fue representada con aplauso, y en la cual señaló el primer lugar a
Esquilo, el segundo a Sófocles y el tercero a Eurípides. Esta decisión
era entonces conforme a la opinión de la mayoría de los atenienses.
Cualquiera que sea su mérito particular, y a pesar de las diferencias
que mediaban entre ellos, se verán siempre al frente de los que han
ilustrado la escena.
Aunque la comedia tenga el mismo origen que la tragedia, su historia
menos conocida indica revoluciones cuyos pormenores ignoramos, y
descubrimientos cuyos autores nos oculta. Habiendo nacido en las
aldeas del Ática hacia la olimpiada cincuenta (580 años antes de J.
C.), acomodada a las costumbres groseras de las gentes del campo, no se
atrevía a acercarse a la capital. Solo después de una larga infancia
creció de repente en Sicilia. En lugar de un amontonamiento de escenas
sin orden ni enlace, el filósofo Epicarmo estableció una acción, ligó
todas sus partes, la trató en una justa extensión, y la condujo hasta
el fin sin extravíos: sus composiciones, sujetas a las mismas leyes
que la tragedia, fueron luego conocidas en Grecia, sirvieron allí de
modelo, y la comedia participó en breve con su rival del voto público
y del homenaje debido a los talentos. Los atenienses en particular
la acogieron con el entusiasmo que pudiera excitar la noticia de una
victoria. Muchos de ellos se ejercitaron en este género, y sus nombres
adornan la lista numerosa de aquellos que desde Epicarmo hasta nuestros
días se han distinguido en él. Tales fueron entre los más antiguos,
Magnes, Cratino, Crates, Ferécrates, Eupolis y Aristófanes que murió
unos treinta años antes de mi llegada a Grecia. Todos vivieron en el
siglo de Pericles. La lectura de sus piezas prueba claramente que
no tuvieron más objeto que el de agradar a la multitud; que todos
los medios les parecieron indiferentes, y que a su vez emplearon la
parodia, la alegoría y la sátira, sostenidas por imágenes las más
obscenas y por expresiones las más groseras.
Algunos, tratando un objeto en su generalidad, se abstuvieron de toda
injuria personal, pero otros fueron tan pérfidos que confundieron
los defectos con los vicios y el mérito con el ridículo. Espías en
la sociedad y delatores en el teatro, entregaron las reputaciones a
la malignidad de la multitud, y a su envidia los que tenían bienes,
mal o bien adquiridos. No había ciudadano, por elevado ni despreciado
que fuera, que estuviese a salvo de los tiros de ellos; a veces le
señalaban valiéndose de ciertas alusiones de fácil aplicación, y en
muchas ocasiones por sus nombres y las facciones del rostro figuradas
en la máscara del actor. Los autores de estas sátiras recurrían a la
impostura para saciar su encono, y a las injurias indecentes para
complacer al populacho. Con el veneno en la mano recorrían todas las
clases de ciudadanos y lo interior de las casas para sacar a luz
todos los horrores que el tiempo no había descubierto. Otras veces se
desencadenaban contra los filósofos, los poetas trágicos y sus propios
rivales. Eurípides se vio toda su vida perseguido por Aristófanes,
y unos mismos espectadores celebraron las piezas del primero, y la
crítica que hacía el segundo.
La parte más sana de la nación murmuraba, y algunas veces con éxito,
de los atentados de la comedia, hasta que al fin salió un decreto
prohibiendo su representación; después otro que prohibía también el
nombrar personas, y en el tercero el insultar a las autoridades; pero
estos decretos se olvidaban o revocaban luego.
Hacia el fin de la guerra del Peloponeso, habiéndose apoderado del
gobierno un corto número de ciudadanos, se trató al momento de reprimir
la licencia de los poetas, permitiendo a la persona agraviada que los
demandase en juicio. El terror que inspiraron estos hombres poderosos
produjo en la comedia una revolución repentina. Ya no se oyeron sátiras
directas contra los particulares, ni invectivas contra los jefes del
estado, ni tuvieron retratos en las máscaras. El mismo Aristófanes se
sometió a la reforma en sus últimas piezas, y los que le siguieron
después, tales como Eubulo, Antífanes y otros muchos, respetaron las
reglas de la decencia.
Este es el estado en que se hallaba la comedia durante mi residencia en
Grecia. Algunos continuaban tratando y glosando los asuntos históricos
y fabulosos, pero los más preferían los fingidos; y el mismo espíritu
de análisis y de observación que conducía a recoger en la sociedad
aquellos rasgos dispersos cuya reunión caracteriza la grandeza de
alma o la pusilanimidad, empeñaba a los poetas a pintar en lo general
las singularidades que impactan a la sociedad o las acciones que la
deshonran.
La comedia había llegado a ser un arte arreglado, pues los filósofos
habían podido definirla diciendo que imita no todos los vicios, sino
únicamente aquellos que son susceptibles de ponerse en ridículo, y
añadían que, a ejemplo de la tragedia, puede exagerar los caracteres
para hacerlos más interesantes.
Después de haber seguido los progresos de la tragedia y de la comedia,
me falta hablar de un drama que reúne a la gravedad de la primera, la
alegría de la segunda. La sátira tuvo también su origen en las fiestas
de Dioniso, donde los coros de sátiros y de silenos hacían alternar con
dichos jocosos los himnos que cantaban en honor de este dios.
Esto dio la primera idea de la sátira, poema en que se tratan los
asuntos más serios de un modo conmovedor y cómico al mismo tiempo.
Se distingue de la tragedia en la especie de personajes que admite,
en la catástrofe, que nunca es funesta, en el estilo, los chistes y
las bufonadas que constituyen el principal mérito; se distingue de
la comedia por la naturaleza del asunto, por el tono de dignidad que
reina en algunas de sus escenas y el cuidado que se pone en apartar
las personalidades; y se distingue de una y otra por los ritmos que le
son propios, por la sencillez de la fábula, por los límites prescritos
a la duración de la acción, y porque la sátira es una pieza corta que
se da después de la representación de la tragedia para descanso de los
espectadores.
La escena presenta a la vista bosques, montes, grutas y perspectivas
varias. Los personajes del coro disfrazados del modo extravagante
que se atribuye a los sátiros, unas veces ejecutan danzas vivas y
saltadoras, otras hacen diálogos o cantan con los dioses o los héroes,
y de la diversidad de ideas, sentimientos y expresiones resulta un
contraste raro y singular.