Fiestas y misterios de Eleusis.
De todos los misterios establecidos en honor de las diferentes
divinidades, no hay otros más célebres que los de Deméter, cuyas
ceremonias arregló ella misma, según dicen. Cuando recorría la tierra
en busca de su hija Perséfone, arrebatada por Hades, llegó a la llanura
de Eleusis, y, satisfecha del buen recibimiento que la hicieron
aquellos habitantes, les hizo dos beneficios singulares, cuales son: el
arte de la agricultura y el conocimiento de la doctrina sagrada. Añaden
que los misterios menores que sirven de preparación para los mayores,
fueron instituidos en favor de Heracles.
Se pretende que ha difundido el espíritu de unión y de humanidad por
donde quiera que los atenienses han introducido este sistema religioso,
que purifica el alma de su ignorancia y de sus manchas, que proporciona
una asistencia particular de los dioses, los medios de llegar a la
perfección de la virtud, las delicias de una vida santa, la esperanza
de una muerte sosegada y de una felicidad sin límites. Los iniciados
ocuparán un lugar distinguido en los campos elíseos, gozarán de una
luz pura y vivirán en el seno de la divinidad, mientras que los demás
habitarán cuando mueran en unos lugares de horror y tinieblas.
Para evitar semejante alternativa, van los griegos de todas partes a
Eleusis para mendigar la prenda de la dicha que se les anuncia. Los
atenienses son admitidos a las ceremonias de la iniciación desde la
edad más tierna, y aquellos que nunca han sido iniciados las piden a la
hora de la muerte.
Sin embargo, algunas personas ilustradas creen no tener necesidad de
tal asociación para ser virtuosas. Así es que Sócrates jamás quiso
agregarse a ella, y este rechazo dio motivo a dudar de su religión.
Los grandes misterios se celebran todos los años, y la fiesta de los
menores es también anual, y cae seis meses antes.
Salí yo con algunos de mis amigos a fin de hacer algunas indagaciones
sobre esta institución. La puerta por donde se sale de Atenas para ir
a Eleusis se llama la puerta sagrada, y el camino por donde se va, la
vía sacra. El espacio que hay entre estas dos ciudades es de cerca de
cien estadios (más de tres leguas y cuarto). Habiendo pasado una colina
muy alta y cubierta de adelfas, entramos en el territorio de Eleusis.
A corta distancia del mar se prolonga en la llanura una colina, en
cuya falda y a la extremidad oriental han erigido el famoso templo de
Deméter y Perséfone, y más abajo la pequeña ciudad de Eleusis. En las
cercanías y sobre la colina misma hay muchos monumentos sagrados y
hermosas casas de campo propias de ricos habitantes de Atenas.
El templo, construido por disposición de Pericles, es de mármol
pentélico, mira hacia el oriente y es tan vasto como magnífico. Los
más célebres artistas fueron encargados de llevar esta obra a su
perfección.
Entre los ministros del templo hay cuatro principales. El primero es
el hierofante, cuyo nombre significa el que revela las cosas santas,
y su principal función es iniciar en los misterios. Se presenta con
una vestidura distinguida, la frente adornada con una diadema y los
cabellos sueltos por los hombros. Su sacerdocio es perpetuo, y desde el
momento en que entra en él, queda sujeto al celibato.
El segundo ministro está encargado de llevar la antorcha sagrada en las
ceremonias, y de purificar a los que se presentan a la iniciación. Los
otros dos son el heraldo sagrado y el asistente del altar. Todos cuatro
son de las más ilustres familias de Atenas, y tienen a sus órdenes
otros ministros subalternos.
Preside las fiestas el segundo arconte, encargado especialmente de
conservar en ellas el buen orden, y de impedir que en nada se falte al
culto. Estas fiestas duran muchos días.
Para la iniciación en los grandes misterios, estaba señalada la noche
siguiente al sexto día. Los novicios iban coronados de flores: los
vimos entrar en el recinto sagrado, y a la mañana siguiente uno de
los recién iniciados, que era amigo mío, me explicó algunas ceremonias
que había presenciado. «Encontramos», me dijo, «a los ministros del
templo revestidos de sus ornamentos pontificales, y apenas habíamos
tomado puesto cuando gritó un heraldo: “Fuera de aquí los profanos,
los impíos y todos aquellos cuya alma esté manchada de crímenes”.
Hecha esta advertencia, se impondría pena de muerte a cualquiera que
tuviese la temeridad de quedarse en la junta sin tener derecho. El
segundo ministro hizo tender bajo nuestros pies las pieles de las
víctimas ofrecidas en sacrificio, y nos purificó nuevamente. Leyeron
en voz alta los ritos de la iniciación y cantaron himnos en honor de
Deméter; oyose al punto un ruido sordo, de modo que parecía que la
tierra bramaba debajo de nuestros pies, y el rayo y los relámpagos no
dejaban vislumbrar más que fantasmas y espectros que andaban errantes
en las tinieblas, haciendo resonar en los lugares santos unos alaridos
que nos helaban de espanto, y unos gemidos que despedazaban nuestras
almas. El dolor mortal, los cuidados devoradores, la pobreza, las
enfermedades, la muerte se presentaban a nuestra vista bajo aspectos
odiosos y fúnebres. El hierofante explicaba estos diversos emblemas, y
sus pinturas animadas aumentaban nuestra inquietud y nuestro susto.
»En tanto, a la claridad de una luz débil nos íbamos acercando a
aquella región de los infiernos donde las almas se purifican hasta que
llegan a la mansión de la bienaventuranza. En medio de muchas voces
lastimeras oímos las amargas quejas de aquellos que habían atentado
contra su vida. “Esos reciben su justo castigo”, dijo el hierofante,
“porque han abandonado el puesto que los dioses les habían confiado en
este mundo”.
»Apenas pronunció estas palabras, cuando se abrieron con estrépito
unas puertas de bronce y ofrecieron a nuestra vista los horrores del
tártaro. Allí no se oía más que ruido de cadenas y lamentos de los
desdichados, y entre estos gritos lúgubres y penetrantes, salían de
cuando en cuando estas terribles palabras: “Aprended en este ejemplo a
respetar a los dioses, a ser justos y agradecidos”. Vimos también a las
furias, armadas de látigos, encarnizarse cruelmente en los criminales.
»Estas pinturas horrorosas, animadas incesantemente por la voz sonora
y majestuosa del hierofante, que parecía ejercer el ministerio de la
venganza celeste, nos llenaban de espanto, y apenas daban tiempo para
respirar cuando nos hicieron pasar a unos bosquecillos deliciosos y a
unas praderas amenas, mansión afortunada, imagen de los campos elíseos
donde brillaba una claridad pura al mismo tiempo que se oían unas voces
melodiosas que suspendían los sentidos. Introducidos luego en el lugar
santo, fijamos la vista en la estatua de la diosa, resplandeciente
de luz y ricamente adornada. Allí era donde debían acabarse nuestras
pruebas, y allí hemos visto y oído cosas que no es permitido revelar.
Únicamente diré que, en la embriaguez de una alegría santa, hemos
cantado himnos para felicitarnos de nuestra dicha».
Preciso es confesar que la iniciación, a pesar de todo lo que en
ella se ve y se oye, no es casi más que una vana ceremonia. Así es
que cuantos la han recibido no son más virtuosos que los demás, pues
quebrantan todos los días el juramento que hicieron de abstenerse de
comer volatería, pesca, granadas, habas y algunas otras especies de
frutas y legumbres. Muchos de ellos han contraído esta obligación
sagrada por miras poco conformes a su objeto, pues casi en nuestros
días se ha visto al gobierno permitir la compra del derecho de
participar de los misterios para salir del apuro de las rentas
públicas, y hace ya mucho tiempo que se admiten a la iniciación mujeres
de mala vida. Día vendrá, pues, en que la corrupción desfigurará una
asociación la más santa.