CAPÍTULO LXVI.

Fiestas y misterios de Eleusis.

De todos los misterios establecidos en honor de las diferentes

divinidades, no hay otros más célebres que los de Deméter, cuyas

ceremonias arregló ella misma, según dicen. Cuando recorría la tierra

en busca de su hija Perséfone, arrebatada por Hades, llegó a la llanura

de Eleusis, y, satisfecha del buen recibimiento que la hicieron

aquellos habitantes, les hizo dos beneficios singulares, cuales son: el

arte de la agricultura y el conocimiento de la doctrina sagrada. Añaden

que los misterios menores que sirven de preparación para los mayores,

fueron instituidos en favor de Heracles.

Se pretende que ha difundido el espíritu de unión y de humanidad por

donde quiera que los atenienses han introducido este sistema religioso,

que purifica el alma de su ignorancia y de sus manchas, que proporciona

una asistencia particular de los dioses, los medios de llegar a la

perfección de la virtud, las delicias de una vida santa, la esperanza

de una muerte sosegada y de una felicidad sin límites. Los iniciados

ocuparán un lugar distinguido en los campos elíseos, gozarán de una

luz pura y vivirán en el seno de la divinidad, mientras que los demás

habitarán cuando mueran en unos lugares de horror y tinieblas.

Para evitar semejante alternativa, van los griegos de todas partes a

Eleusis para mendigar la prenda de la dicha que se les anuncia. Los

atenienses son admitidos a las ceremonias de la iniciación desde la

edad más tierna, y aquellos que nunca han sido iniciados las piden a la

hora de la muerte.

Sin embargo, algunas personas ilustradas creen no tener necesidad de

tal asociación para ser virtuosas. Así es que Sócrates jamás quiso

agregarse a ella, y este rechazo dio motivo a dudar de su religión.

Los grandes misterios se celebran todos los años, y la fiesta de los

menores es también anual, y cae seis meses antes.

Salí yo con algunos de mis amigos a fin de hacer algunas indagaciones

sobre esta institución. La puerta por donde se sale de Atenas para ir

a Eleusis se llama la puerta sagrada, y el camino por donde se va, la

vía sacra. El espacio que hay entre estas dos ciudades es de cerca de

cien estadios (más de tres leguas y cuarto). Habiendo pasado una colina

muy alta y cubierta de adelfas, entramos en el territorio de Eleusis.

A corta distancia del mar se prolonga en la llanura una colina, en

cuya falda y a la extremidad oriental han erigido el famoso templo de

Deméter y Perséfone, y más abajo la pequeña ciudad de Eleusis. En las

cercanías y sobre la colina misma hay muchos monumentos sagrados y

hermosas casas de campo propias de ricos habitantes de Atenas.

El templo, construido por disposición de Pericles, es de mármol

pentélico, mira hacia el oriente y es tan vasto como magnífico. Los

más célebres artistas fueron encargados de llevar esta obra a su

perfección.

Entre los ministros del templo hay cuatro principales. El primero es

el hierofante, cuyo nombre significa el que revela las cosas santas,

y su principal función es iniciar en los misterios. Se presenta con

una vestidura distinguida, la frente adornada con una diadema y los

cabellos sueltos por los hombros. Su sacerdocio es perpetuo, y desde el

momento en que entra en él, queda sujeto al celibato.

El segundo ministro está encargado de llevar la antorcha sagrada en las

ceremonias, y de purificar a los que se presentan a la iniciación. Los

otros dos son el heraldo sagrado y el asistente del altar. Todos cuatro

son de las más ilustres familias de Atenas, y tienen a sus órdenes

otros ministros subalternos.

Preside las fiestas el segundo arconte, encargado especialmente de

conservar en ellas el buen orden, y de impedir que en nada se falte al

culto. Estas fiestas duran muchos días.

Para la iniciación en los grandes misterios, estaba señalada la noche

siguiente al sexto día. Los novicios iban coronados de flores: los

vimos entrar en el recinto sagrado, y a la mañana siguiente uno de

los recién iniciados, que era amigo mío, me explicó algunas ceremonias

que había presenciado. «Encontramos», me dijo, «a los ministros del

templo revestidos de sus ornamentos pontificales, y apenas habíamos

tomado puesto cuando gritó un heraldo: “Fuera de aquí los profanos,

los impíos y todos aquellos cuya alma esté manchada de crímenes”.

Hecha esta advertencia, se impondría pena de muerte a cualquiera que

tuviese la temeridad de quedarse en la junta sin tener derecho. El

segundo ministro hizo tender bajo nuestros pies las pieles de las

víctimas ofrecidas en sacrificio, y nos purificó nuevamente. Leyeron

en voz alta los ritos de la iniciación y cantaron himnos en honor de

Deméter; oyose al punto un ruido sordo, de modo que parecía que la

tierra bramaba debajo de nuestros pies, y el rayo y los relámpagos no

dejaban vislumbrar más que fantasmas y espectros que andaban errantes

en las tinieblas, haciendo resonar en los lugares santos unos alaridos

que nos helaban de espanto, y unos gemidos que despedazaban nuestras

almas. El dolor mortal, los cuidados devoradores, la pobreza, las

enfermedades, la muerte se presentaban a nuestra vista bajo aspectos

odiosos y fúnebres. El hierofante explicaba estos diversos emblemas, y

sus pinturas animadas aumentaban nuestra inquietud y nuestro susto.

»En tanto, a la claridad de una luz débil nos íbamos acercando a

aquella región de los infiernos donde las almas se purifican hasta que

llegan a la mansión de la bienaventuranza. En medio de muchas voces

lastimeras oímos las amargas quejas de aquellos que habían atentado

contra su vida. “Esos reciben su justo castigo”, dijo el hierofante,

“porque han abandonado el puesto que los dioses les habían confiado en

este mundo”.

»Apenas pronunció estas palabras, cuando se abrieron con estrépito

unas puertas de bronce y ofrecieron a nuestra vista los horrores del

tártaro. Allí no se oía más que ruido de cadenas y lamentos de los

desdichados, y entre estos gritos lúgubres y penetrantes, salían de

cuando en cuando estas terribles palabras: “Aprended en este ejemplo a

respetar a los dioses, a ser justos y agradecidos”. Vimos también a las

furias, armadas de látigos, encarnizarse cruelmente en los criminales.

»Estas pinturas horrorosas, animadas incesantemente por la voz sonora

y majestuosa del hierofante, que parecía ejercer el ministerio de la

venganza celeste, nos llenaban de espanto, y apenas daban tiempo para

respirar cuando nos hicieron pasar a unos bosquecillos deliciosos y a

unas praderas amenas, mansión afortunada, imagen de los campos elíseos

donde brillaba una claridad pura al mismo tiempo que se oían unas voces

melodiosas que suspendían los sentidos. Introducidos luego en el lugar

santo, fijamos la vista en la estatua de la diosa, resplandeciente

de luz y ricamente adornada. Allí era donde debían acabarse nuestras

pruebas, y allí hemos visto y oído cosas que no es permitido revelar.

Únicamente diré que, en la embriaguez de una alegría santa, hemos

cantado himnos para felicitarnos de nuestra dicha».

Preciso es confesar que la iniciación, a pesar de todo lo que en

ella se ve y se oye, no es casi más que una vana ceremonia. Así es

que cuantos la han recibido no son más virtuosos que los demás, pues

quebrantan todos los días el juramento que hicieron de abstenerse de

comer volatería, pesca, granadas, habas y algunas otras especies de

frutas y legumbres. Muchos de ellos han contraído esta obligación

sagrada por miras poco conformes a su objeto, pues casi en nuestros

días se ha visto al gobierno permitir la compra del derecho de

participar de los misterios para salir del apuro de las rentas

públicas, y hace ya mucho tiempo que se admiten a la iniciación mujeres

de mala vida. Día vendrá, pues, en que la corrupción desfigurará una

asociación la más santa.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 46 / 84 题