Sócrates.
Sócrates era hijo de un escultor llamado Sofronisco, y de Fenareta;
su madre era partera. Fijó alternativamente su atención en el estudio
profundo de la naturaleza, las ciencias exactas y las bellas letras.
Dejose ver en un tiempo en que dos clases de hombres se encargaban de
recoger o esparcir nuevas luces: unos eran los filósofos, cuya mayor
parte pasaban su vida meditando sobre la formación del universo y la
esencia de los seres; y los otros los sofistas, que a favor de algunas
nociones superficiales y de una elocuencia pomposa se entretenían en
discurrir sobre todos los objetos de la moral y de la política, sin
aclarar ninguno. Sócrates concurrió a oír a unos y otros, pero miró
como inútiles las meditaciones de algunos filósofos y como peligroso
el método de los sofistas que sostenían todas las doctrinas sin
adoptar ninguna. De aquí dedujo que el único conocimiento necesario
a los hombres era el de sus deberes; la única ocupación digna de los
filósofos, la de instruir en ellos; y sometiendo al examen de la razón
nuestras relaciones con los dioses y nuestros semejantes, se atuvo
a aquella teología sencilla cuya voz habían escuchado las naciones
tranquilamente después de una larga sucesión de siglos.
Este grande hombre no manifestó su modo de pensar con respecto a la
naturaleza de la divinidad, pero se explicó siempre con claridad
sobre su existencia y su providencia. Reconoció un Dios único autor y
conservador del universo, e inferiores a él unos dioses formados por
su mano, revestidos de una parte de su autoridad y dignos de nuestra
veneración.
No se detuvo a indagar el origen del mal, que reina en el orden moral
como en el físico, pero conoció los bienes y los males que constituyen
la dicha y la desdicha del hombre, y fundó su moral sobre este
conocimiento.
Penetrado de su doctrina, la cual enseña que la verdadera dicha del
hombre consiste en la virtud, concibió el proyecto tan extraordinario
como interesante de destruir, si era aún tiempo de ello, los errores
y las preocupaciones que son la causa de la desgracia y la vergüenza
de la humanidad. Viose pues un simple particular, sin nacimiento, sin
crédito, sin ninguna mira de interés o de gloria, encargarse del penoso
cuidado de instruir a los hombres y conducirlos a la virtud por medio
de la verdad; nunca trató de mezclarse en los asuntos del gobierno,
pues tenía que cumplir con otras obligaciones más nobles, y así decía
que formando buenos ciudadanos multiplicaba los servicios que debía a
su patria.
No teniendo intención ni de anunciar sus proyectos de reforma, ni de
precipitar su ejecución, no compuso obra ninguna, ni hizo alarde de
reunir a sus oyentes en horas determinadas. Pero en las plazas y en los
paseos públicos, en las tertulias distinguidas y en medio del pueblo,
aprovechaba cualquier ocasión para instruir en sus verdaderos intereses
al magistrado, al artesano, al labrador, en una palabra a todos sus
hermanos; pues bajo este aspecto miraba a todos los hombres.
Sus lecciones eran verdaderamente conversaciones familiares en que
daban materia para ellas las circunstancias. Unas veces leía con
sus discípulos los escritos de los sabios que le habían precedido,
repitiendo la lectura porque sabía que, para perseverar en el amor del
bien, suele ser preciso convencerse de nuevo de las verdades de que uno
está convencido; otras veces explicaba la naturaleza de la justicia,
de la ciencia y del verdadero bien. «Perezca», exclamaba entonces, «la
memoria del primero que se atrevió a hacer distinción entre lo justo y
lo útil».
Habiendo nacido con una ciega inclinación al vicio, fue durante su
vida el modelo de todas las virtudes. Le costó trabajo reprimir la
violencia de su carácter, pero al fin le hizo invencible su paciencia.
El mal genio de Jantipa, su esposa, jamás turbó la quietud de su alma
ni la serenidad que se notaba en su frente. Levantó un día la mano
contra su esclavo y se contuvo, diciendo: «Si no fuera porque estoy
encolerizado...». Había prevenido a sus amigos que le advirtiesen
cuando notasen alguna alteración en la voz o en el semblante.
A pesar de su pobreza, no quiso paga alguna por las lecciones que
daba, ni aceptó nunca las ofertas de sus discípulos. Algunas personas
ricas de la Grecia le instaron para que se fuese a su casa, mas él se
excusó, y cuando Arquelao, rey de Macedonia, le ofreció un acomodo
en su corte, lo rehusó también bajo pretexto de que no se hallaba en
disposición de volverle beneficio por beneficio.
Esto no obstante, no era desaliñado en lo exterior, aunque siempre
indicaba la medianía de su fortuna. Este aseo era conforme con las
ideas de orden y decencia que dirigían sus acciones, y el cuidado que
tenía en la conservación de su salud era también correspondiente al
deseo que tenía de conservar su ánimo libre y tranquilo. En aquellas
comidas en que el placer degenera a veces en licencia, sus amigos
admiraban siempre su frugalidad, y en su conducta respetaban sus
enemigos la pureza de sus costumbres.
Sirvió en varias campañas, y en todas dio ejemplo de valor y de
obediencia. Así es que en el sitio de Potidea se le vio sufrir el frío
más riguroso, y andar descalzo por el hielo cuando los soldados no se
atrevían a salir de sus tiendas. En la batalla de Delio fue de los
últimos que se retiraron al lado del general, marchando despacio y
siempre peleando, hasta que habiendo visto al joven Jenofonte rendido
de cansancio y caído del caballo, lo tomó a cuestas y le puso en
salvo. El general, llamado Laques, confesó después que hubiera podido
contar con la victoria si todo el mundo se hubiese portado como
Sócrates.
Solía divertirse algunas veces hablando de la semejanza que tenían sus
facciones con las del dios Sileno. Era de genio festivo y placentero,
de carácter firme y consecuente; tenía gracia particular para hacer
la verdad palpable e interesante: sus discursos carecían de adornos
pero no de elevación, manifestándose siempre en ellos la propiedad en
las palabras así como el enlace y la exactitud de las ideas. Decía
que Aspasia le había dado lecciones de retórica, dando a entender sin
duda que a su lado había aprendido a explicarse con más gracia. Tuvo
amistad con esta mujer célebre, con Pericles, Eurípides y los hombres
más distinguidos de su siglo, pero sus discípulos fueron siempre
sus verdaderos amigos; estos le adoraban, y yo mismo los he visto
enternecerse al acordarse de él mucho tiempo después de su muerte.
Mientras conferenciaba con ellos, les hablaba frecuentemente de un
genio que lo acompañaba desde su infancia y cuyas inspiraciones jamás
le inducían a emprender cosa alguna, antes bien le solían contener
cuando iba a ejecutar. Si le consultaban sobre algún proyecto que
podía tener algún mal resultado, se hacía oír la voz secreta, y si
había de salir bien, guardaba silencio. Entonces tomaba sin duda sus
presentimientos por inspiraciones divinas, y atribuía a una causa
sobrenatural los efectos de su prudencia o de la casualidad.
Jamás tuvieron los atenienses con este gran filósofo las
consideraciones de que era digno. Aristófanes, Eupolis y Amipsias le
pusieron en ridículo sacándole al teatro, tratando así de burlarse
de su pretendido genio y de sus largas meditaciones. Aristófanes le
representó suspendido del suelo, asimilando sus pensamientos al aire
sutil y ligero que respiraba, invocando las diosas tutelares de los
sofistas, las Nubes, cuya voz creía oír en medio de las nieblas y
tinieblas que le rodeaban. Era preciso desconceptuarle con el pueblo, y
para ello le acusa el poeta de enseñar a los jóvenes a despreciar a los
dioses y engañar a los hombres.
Dicen que Sócrates no se desdeñó de asistir a la primera
representación, porque semejantes insultos no alteraban su constancia,
ni más ni menos que los otros acontecimientos de su vida. «Yo debo
corregirme», decía, «si las reconvenciones de estos autores son
fundadas, y si no lo son, despreciarlas».
Veinticuatro años habían pasado ya desde la representación de _Las
Nubes_, pareciendo que había pasado también para él el tiempo de las
persecuciones, cuando recibió la inesperada noticia de que un joven
llamado Meleto acababa de denunciarle al segundo arconte como a un
enemigo de los dioses y un corruptor de la juventud, pidiendo contra él
la pena de muerte. Sirviéronse de Meleto, como instrumento de su odio,
otros dos acusadores más poderosos llamados Ánito y Licón.
El denunciador, persiguiendo a Sócrates como a un impío, debía
prometerse que le perdería porque el pueblo admitía siempre con calor
esta clase de acusaciones; por otra parte, persiguiéndole como a un
corruptor de la juventud, a favor de una acusación tan vaga, podía
recordar por incidencia y sin riesgo alguno las opiniones que el
acusado había manifestado contra el gobierno popular, establecido
desde la expulsión de los treinta tiranos, entre los cuales se contaba
Critias, uno de los discípulos de Sócrates. Mantúvose este quieto
durante los primeros trámites de la causa, pero sus discípulos
atemorizados se apresuraron a conjurar la tempestad. El célebre Lisias
hizo en su favor un discurso persuasivo y capaz de conmover a los
jueces, pero Sócrates, aunque reconoció los talentos del orador, no
encontró en el discurso el lenguaje vigoroso de la inocencia. Un amigo
suyo llamado Hermógenes le rogó un día que trabajase en su defensa,
y Sócrates respondió: «Me he ocupado en ella desde que respiro...
Examínese mi vida entera y en ella se hallará mi apología. La
posteridad se pronunciará entre mis jueces y yo: hará recaer el oprobio
sobre su memoria y cuidará de la mía, y me hará la justicia de creer
que, lejos de pensar en corromper a mis compatriotas, únicamente me he
dedicado a hacerlos mejores».
Estas eran sus disposiciones cuando le citaron para comparecer ante el
tribunal de los heliastas, al cual acababa de remitir el proceso el
arconte rey, y que en esta ocasión se compuso de quinientos jueces.
Meleto y los demás acusadores habían plenamente concertado sus planes,
y en sus arengas, sostenidos de todo el prestigio de la elocuencia,
habían reunido con mucho estudio todas las circunstancias a propósito
para prevenir a los jueces. Voy a referir algunos de sus alegatos.
_Primer delito de Sócrates: Que no admite las divinidades de Atenas,
aunque según la ley de Dracón, todo ciudadano está obligado a
honrarlas._
_Segundo delito de Sócrates: Que pervierte la juventud de Atenas._
Muchos amigos de Sócrates tomaron su defensa: otros escribieron en su
favor, y Meleto hubiera quedado vencido si no hubiesen acudido en su
auxilio Ánito y Licón.
Defendiose el acusado para obedecer a la ley, pero lo hizo con la
firmeza de la inocencia y la dignidad de la virtud. La mayor parte
de los jueces eran gentes ordinarias, sin luces ni principios: unos
tuvieron su firmeza por un insulto, otros se ofendieron de los
elogios que se dio a sí mismo, y habiendo procedido a la sentencia le
declararon reo y convicto. Sus enemigos ganaron por la diferencia de
algunos votos, y aun hubiesen tenido menos y hubiera recaído sobre
ellos el castigo si Sócrates hubiese hecho el más leve esfuerzo para
conmover a sus jueces.
Según la jurisprudencia de Atenas, era menester segunda sentencia para
imponer la pena. Meleto en su acusación pedía la de muerte, y Sócrates
podía escoger entre una multa, el destierro o el encierro perpetuo;
pero tomando otra vez la palabra, dijo que se encontraría culpable si
se impusiese a sí mismo el castigo más leve, cuando, en recompensa de
los grandes servicios que había hecho a la república, era acreedor a
que le mantuviesen en el Pritaneo a expensas del público. Al oír esto,
ochenta de los jueces que habían votado a su favor se pusieron de parte
del acusador, y se pronunció una sentencia de muerte, expresando que
terminase el veneno los días del acusado.
Sócrates la oyó con la serenidad de un hombre que toda su vida había
estado aprendiendo a morir. Cuando salió del palacio para ir a la
cárcel, no se advirtió alteración alguna en su semblante ni en su
andar, y viendo él que sus discípulos le acompañaban vertiendo llanto:
«¿Y por qué», les dijo, «no habéis llorado hasta hoy? ¿Ignorabais que
cuando la naturaleza me concedió la vida, me condenó a perderla?».
Al mismo tiempo vio pasar a Ánito, y dijo a sus amigos: «¡Mirad cuán
envanecido y altivo está de su triunfo! Pero ignora que la victoria
queda siempre para el hombre virtuoso».
El día siguiente de su sentencia, el sacerdote de Apolo puso una corona
en la popa de la galera que lleva todos los años a Delos las ofrendas
de los atenienses, y desde que se hace la ceremonia hasta que ha vuelto
la nave, la ley prohíbe que se ejecute ninguna sentencia de muerte.
Con este motivo pasó Sócrates treinta días en la cárcel rodeado de sus
discípulos, los cuales para aliviar su dolor iban todos los días a
recibir sus miradas y sus palabras, que a cada instante creían oírlas
por la vez postrera.
Un día al despertarse, vio sentado junto a su cama a Critón, que era
uno de los que él más quería, y le dijo: «¿Por qué habéis venido hoy
más temprano que otros días?». «Por una novedad fatal, no para vos,
sino para mí y vuestros amigos: la novedad más cruel y más horrible que
puede haber». «¿Ha vuelto la nave?». «Ayer tarde la vieron en Sunio,
hoy llegará sin duda, y mañana será el día de vuestra muerte». «Sea en
hora buena, pues tal es la voluntad de los dioses».
Entonces Critón le participó que, unido con otros amigos, había tomado
la resolución de sacarlo de la cárcel, que todo estaba dispuesto para
la noche próxima, y que le proporcionarían en Tesalia un cómodo retiro
para vivir tranquilo. «¡Ay, mi querido Critón!», le respondió, «vuestro
celo no está conforme con los principios que siempre me he propuesto
seguir y que nunca abandonaré a pesar de los tormentos más rigurosos.
Habiendo declarado que preferiría la muerte al destierro, ¿crees tú
que yo iría, siendo infiel a mi palabra así como a mi deber, a mostrar
a las naciones lejanas a Sócrates proscrito, humillado, convertido en
infractor de las leyes y enemigo de la autoridad, por conservar algunos
días más la vida entre pesares y deshonra? ¿Iría yo a perpetuar la
memoria de mi debilidad y de mi crimen, y no atreverme a pronunciar
las palabras de virtud y de justicia sin avergonzarme de mí mismo y
excitar contra mí las más agudas recriminaciones? No, amigo mío; estaos
quietos, y dejadme seguir el camino que me han señalado los dioses».
A los dos días de esta conversación, pasaron a la cárcel los once
magistrados encargados de la ejecución de las sentencias de los
criminales, le quitaron las cadenas y le notificaron que había llegado
la hora de su muerte. Entraron después de esto muchos discípulos suyos,
y hallaron a su lado a Jantipa, que tenía en brazos a su hijo menor,
y apenas ella los vio, exclamó con voz interrumpida de sollozos. «¡Ay,
ved ahí por última vez a vuestros amigos!». Sócrates suplicó a Critón
que la llevasen a su casa, y la sacaron de allí, dando gritos dolorosos
y arañándose la cara.
Jamás se mostró a sus discípulos con tanta serenidad y espíritu. En
su última conversación les dijo que a nadie le es permitido atentar
contra su vida, porque estando en la tierra como colocados en un
puesto, no debemos dejarle sin permiso de los dioses; que en cuanto a
él, conformándose con su voluntad, suspiraba el momento que le pondría
en posesión de la dicha que había tratado de merecer por su conducta.
Pasando de aquí al dogma de la inmortalidad del alma, lo fundó en una
multitud de pruebas que justificaban sus esperanzas.
Luego entró en un cuartito para bañarse, a donde le siguió Critón, y
los demás amigos se quedaron hablando de los discursos que acababan de
oír y del estado a que iba a reducirles su muerte.
Presentáronle sus tres hijos, dos de los cuales eran de edad muy
tierna, y habiendo hecho algunas prevenciones a las mujeres que los
habían llevado, las despidió, y volvió a juntarse con sus amigos.
A breve rato entró el carcelero que le llevaba el veneno. «Estoy
cierto», dijo a Sócrates, «de que no me atribuís vuestro infortunio,
pues harto conocéis a los autores. Quedad con dios, y procurad
someteros a la necesidad». Las lágrimas apenas le permitieron acabar, y
se fue a un rincón de la cárcel para derramarlas libremente. «Adiós»,
le respondió Sócrates, «seguiré vuestro consejo», y volviéndose hacia
sus amigos les dijo: «¡Qué buen corazón tiene este hombre! Mientras he
estado aquí ha venido algunas veces a darme conversación... Mirad cómo
llora... Critón, es preciso obedecerle; que traigan el veneno si está
preparado, y si no, que lo preparen al momento».
Critón le hizo presente que el sol no se había puesto todavía, y que
otros habían tenido la libertad de prolongar su vida algunas horas más.
«Tendrían sus razones», contestó Sócrates, «y yo tengo las mías para
obrar de otro modo».
Entonces Critón dio sus órdenes, y cuando todo estuvo pronto, un criado
le trajo la copa fatal, y Sócrates le preguntó qué era lo que tenía
que hacer. «Pasearos después de haber tomado la pócima», respondió
el hombre, «y echaros boca arriba cuando sintáis que os flaquean las
piernas». Entonces, sin inmutarse y con mano firme tomó la copa,
dirigió sus oraciones a los dioses y la llevó a sus labios.
En aquel terrible momento quedaron suspensos y horrorizados los ánimos
de todos, y derramaron lágrimas espontáneamente, aumentándose los
sollozos al oír los lamentos del joven Apolodoro, que, después de haber
llorado todo el día, andaba por la cárcel dando espantosos alaridos.
«¿Qué es lo que hacéis, amigos míos?», les dijo Sócrates con la mayor
serenidad. «Mandé salir de aquí a las mujeres para no ser testigo de
semejantes debilidades: cobrad ánimo; siempre he oído decir que la
muerte debía ir acompañada de buenos augurios».
En tanto, no dejaba de pasearse, pero luego que sintió pesadez en
sus piernas, se echó en la cama y se tapó con el manto. El criado
mostraba a los circunstantes los progresos sucesivos del veneno: heló
sus pies y manos un frío mortal, y estaba cerca de insinuarse en el
corazón, cuando Sócrates levantó el manto y dijo a Critón: «Debemos
un gallo a Esculapio; no olvidéis el cumplimiento de este voto».
«Quedaréis satisfecho», respondió Critón, «¿pero no tenéis otra cosa
que advertirnos?». No respondió. Un instante después hizo un leve
movimiento; el criado le destapó, recibió su última mirada y Critón le
cerró los ojos.
Así murió el hombre más religioso, el más virtuoso y feliz, el único
quizás que, sin temor de que le desmintieran, pudo decir en alta
voz: «Nunca cometí la menor injusticia, ni con mis obras ni con mis
palabras».