CAPÍTULO LXIII.

Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La historia.

Viéndome Euclides ir muy temprano al día siguiente: «Me sacáis de

un cuidado», me dijo, «pues temía que os hubieseis fastidiado de

lo larga que fue nuestra última conferencia. Hoy trataremos de los

historiadores, sin detenernos en opiniones ni preceptos.

»Muchos autores han escrito de historia, pero antes de Heródoto todos

se han limitado a trazar la de una ciudad o de una nación: todos han

ignorado el arte de unir a una misma cadena los acontecimientos que

interesan a los diversos pueblos de la tierra, y hacer un todo regular

de tantas partes desunidas. Heródoto tuvo el mérito de concebir aquella

grande idea y de ejecutarla. Abrió a los ojos de los griegos los anales

del universo conocido, y les ofreció bajo un mismo punto de vista, todo

lo que había pasado memorable en el transcurso de doscientos cuarenta

años. Entonces se vio por la primera vez un conjunto de pinturas que,

puestas unas al lado de otras, se hacían más y más espantosas; y las

naciones, siempre inquietas, siempre en movimiento aunque celosas de su

reposo, desunidas por el interés y reunidas por la guerra, suspirando

por la libertad y gimiendo por la tiranía; por todas partes triunfando

el crimen, la virtud perseguida, la tierra empapada de sangre y el

imperio de la destrucción establecido de un cabo al otro del mundo.

Pero la mano que pintaba estos cuadros supo de tal modo suavizar los

horrores con los encantos del colorido y las imágenes halagüeñas,

juntó tanta gracia, armonía y variedad a la belleza de su plan, y

excitó tan continuamente aquella dulce sensibilidad que se regocija del

bien y se aflige del mal, que su obra fue mirada como una de las más

preciosas producciones del espíritu humano. Heródoto ha hecho por la

historia general lo que hizo Homero por el poema épico; los que vengan

después que él podrán distinguirse por la belleza de las descripciones

y por una crítica más ilustrada, pero la dirección de la obra y el

encadenamiento de los hechos tratarán más bien de igualarle que

excederle.

»En cuanto a su vida bastará advertir que nació en la ciudad de

Halicarnaso en Caria, hacia el cuarto año de la olimpiada setenta y

tres (hacia el año 484 antes de J. C.); que viajó por muchos países

de aquellos cuya historia quería escribir; que su obra, leída en la

junta de los juegos olímpicos y en seguida en la de los atenienses, fue

aplaudida por todas partes; y que viéndose en la precisión de dejar su

patria, despedazada por las facciones, fue a acabar sus días en una

ciudad de la Magna Grecia.

»En el mismo siglo vivía Tucídides, que tenía trece años menos que

Heródoto y era de una de las principales familias de Atenas. Puesto

al frente de un cuerpo de tropas, contuvo por algún tiempo las de

Brásidas, general el más hábil de Lacedemonia, pero habiendo este

sorprendido la ciudad de Anfípolis, vengose Atenas en Tucídides de un

revés que él no pudo precaver.

»Durante su destierro, que duró veinte años, reunió materiales para

la historia de la guerra del Peloponeso, y no perdonó medio ni gasto

alguno para conocer las causas que la motivaron y los intereses

particulares que la hicieron duradera. Esta historia, que comprende

los veintiún años primeros de aquella fatal guerra, descubre su

extremado amor a la verdad y su carácter inclinado a la reflexión.

»Su obra no es como la de Heródoto, una especie de poema en que se ve

las tradiciones de los pueblos sobre su origen, el análisis de sus usos

y de sus costumbres, la descripción de los países que habitan, y los

sucesos maravillosos que despiertan casi siempre la imaginación, sino

más bien unos anales, o si se quiere, las memorias de un militar que,

siendo a un mismo tiempo hombre de estado y filósofo, ha mezclado en

sus relaciones y en sus arengas los principios de sabiduría que había

aprendido de Anaxágoras y las lecciones de elocuencia que le dio el

orador Antifonte. Sus relaciones son por lo regular profundas, siempre

justas, su estilo enérgico, conciso, y por lo mismo algunas veces

oscuro, ofendiendo al oído por intervalos; pero llama incesantemente

la atención, y se diría que su misma dureza constituye su majestad. Si

este autor estimable usa de expresiones anticuadas o palabras nuevas,

es a causa de que un ingenio tal como el suyo rara vez se acomoda a la

lengua que habla todo el mundo.

»Jenofonte, a quien habéis conocido, continuó con acierto la historia

de Tucídides. A estos dos historiadores, lo mismo que a Heródoto, se

les tendrá en lo venidero por los principales de los nuestros, aunque

se diferencian en el estilo.

»Heródoto bosquejó la historia de los asirios y de los persas, pero

un autor que conocía mejor que él estas dos célebres naciones ha

descubierto y manifestado sus errores. Este es Ctesias de Cnido, que

ha vivido en nuestro tiempo. Fue médico en la corte de Artajerjes e

hizo una larga mansión en la corte de Susa. Nos ha comunicado lo que

ha encontrado en los archivos del imperio, lo que ha visto y cuanto le

habían transmitido testigos oculares. Entre otras muchas obras nos ha

dejado una historia de las Indias, en que trata de los animales y de

las producciones naturales de aquellos climas lejanos; pero como no

tuvo bastantes noticias exactas, se empieza ya a dudar de la verdad de

sus relaciones.

»Aquí tenéis las antigüedades de Sicilia, la vida de Dionisio el viejo

y el comienzo de la de su hijo, escrita por Filisto, que murió pocos

años después de haber visto desecha enteramente la armada que mandaba

en nombre del más joven de estos príncipes. Filisto tenía talentos

que de algún modo le han hecho comparable con Tucídides, pero no tenía

las virtudes de este historiador, antes bien se puede decir que era un

esclavo que escribió para adular a los tiranos.

»Con esto doy fin a esta corta enumeración. Acaso no hallaréis un

pueblo, una ciudad, un templo célebre que no tenga su historiador.

Muchos escritores se ocupan hoy día en este género, y entre otros os

citaré a Éforo y a Teopompo que ya se han distinguido».

Entraron estos últimos en aquel momento, y Euclides, que los esperaba,

me dijo aparte que nos leerían algunos fragmentos de las obras en que

entonces se ocupaban. Venían con ellos tres amigos, y Euclides había

convidado por su parte a algunos de los suyos.

«Me he propuesto», dijo Éforo, «escribir cuanto ha pasado entre

los griegos y los bárbaros desde la vuelta de los heráclidas hasta

nuestros días, en el transcurso de ochocientos cincuenta años; en esta

obra, dividida en treinta libros, precedido cada uno de un prólogo,

se hallará el origen de los diferentes pueblos, la fundación de

las ciudades principales, sus colonias, sus leyes y costumbres, la

naturaleza de sus climas y los grandes hombres que han producido».

Dijo por último que las naciones bárbaras eran más antiguas que las de

Grecia, y esta confesión me previno a favor suyo.

Este preámbulo fue seguido de la lectura de un fragmento sobre

Egipto, falto de exactitud. A pesar de estos defectos, su obra será

mirada siempre como un tesoro, tanto más precioso cuanto que cada

nación encontrará en ella, con separación y buen orden, todo lo que

pueda interesarla. El estilo es puro, elegante, florido, aunque

frecuentemente sujeto a ciertas armonías, y casi siempre falto de

elevación y energía.

Concluida esta lectura, todos volvieron la vista hacia Teopompo,

que empezó hablándonos de sí mismo con tanta vanidad que al punto

nos indispuso contra él; pero a propósito de su obra, que es una

continuación de Tucídides y la historia de la vida de Filipo de

Macedonia, se empeñó en un camino tan luminoso, desenvolvió tan grandes

conocimientos sobre los negocios de la Grecia y de otros pueblos,

tanta inteligencia en la distribución de los hechos, tanta sencillez,

claridad, nobleza y armonía en su estilo, que nos vimos obligados a

colmar de elogios a un hombre que merecía ser humillado.

No obstante, las fábulas y las relaciones increíbles entibiaron

nuestra admiración; y sus frecuentes digresiones, así como las

arengas que ponía en boca de los generales antes de la batalla, nos

impacientaban haciéndonos perder fácilmente el hilo de sus narraciones.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 43 / 84 题