Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La historia.
Viéndome Euclides ir muy temprano al día siguiente: «Me sacáis de
un cuidado», me dijo, «pues temía que os hubieseis fastidiado de
lo larga que fue nuestra última conferencia. Hoy trataremos de los
historiadores, sin detenernos en opiniones ni preceptos.
»Muchos autores han escrito de historia, pero antes de Heródoto todos
se han limitado a trazar la de una ciudad o de una nación: todos han
ignorado el arte de unir a una misma cadena los acontecimientos que
interesan a los diversos pueblos de la tierra, y hacer un todo regular
de tantas partes desunidas. Heródoto tuvo el mérito de concebir aquella
grande idea y de ejecutarla. Abrió a los ojos de los griegos los anales
del universo conocido, y les ofreció bajo un mismo punto de vista, todo
lo que había pasado memorable en el transcurso de doscientos cuarenta
años. Entonces se vio por la primera vez un conjunto de pinturas que,
puestas unas al lado de otras, se hacían más y más espantosas; y las
naciones, siempre inquietas, siempre en movimiento aunque celosas de su
reposo, desunidas por el interés y reunidas por la guerra, suspirando
por la libertad y gimiendo por la tiranía; por todas partes triunfando
el crimen, la virtud perseguida, la tierra empapada de sangre y el
imperio de la destrucción establecido de un cabo al otro del mundo.
Pero la mano que pintaba estos cuadros supo de tal modo suavizar los
horrores con los encantos del colorido y las imágenes halagüeñas,
juntó tanta gracia, armonía y variedad a la belleza de su plan, y
excitó tan continuamente aquella dulce sensibilidad que se regocija del
bien y se aflige del mal, que su obra fue mirada como una de las más
preciosas producciones del espíritu humano. Heródoto ha hecho por la
historia general lo que hizo Homero por el poema épico; los que vengan
después que él podrán distinguirse por la belleza de las descripciones
y por una crítica más ilustrada, pero la dirección de la obra y el
encadenamiento de los hechos tratarán más bien de igualarle que
excederle.
»En cuanto a su vida bastará advertir que nació en la ciudad de
Halicarnaso en Caria, hacia el cuarto año de la olimpiada setenta y
tres (hacia el año 484 antes de J. C.); que viajó por muchos países
de aquellos cuya historia quería escribir; que su obra, leída en la
junta de los juegos olímpicos y en seguida en la de los atenienses, fue
aplaudida por todas partes; y que viéndose en la precisión de dejar su
patria, despedazada por las facciones, fue a acabar sus días en una
ciudad de la Magna Grecia.
»En el mismo siglo vivía Tucídides, que tenía trece años menos que
Heródoto y era de una de las principales familias de Atenas. Puesto
al frente de un cuerpo de tropas, contuvo por algún tiempo las de
Brásidas, general el más hábil de Lacedemonia, pero habiendo este
sorprendido la ciudad de Anfípolis, vengose Atenas en Tucídides de un
revés que él no pudo precaver.
»Durante su destierro, que duró veinte años, reunió materiales para
la historia de la guerra del Peloponeso, y no perdonó medio ni gasto
alguno para conocer las causas que la motivaron y los intereses
particulares que la hicieron duradera. Esta historia, que comprende
los veintiún años primeros de aquella fatal guerra, descubre su
extremado amor a la verdad y su carácter inclinado a la reflexión.
»Su obra no es como la de Heródoto, una especie de poema en que se ve
las tradiciones de los pueblos sobre su origen, el análisis de sus usos
y de sus costumbres, la descripción de los países que habitan, y los
sucesos maravillosos que despiertan casi siempre la imaginación, sino
más bien unos anales, o si se quiere, las memorias de un militar que,
siendo a un mismo tiempo hombre de estado y filósofo, ha mezclado en
sus relaciones y en sus arengas los principios de sabiduría que había
aprendido de Anaxágoras y las lecciones de elocuencia que le dio el
orador Antifonte. Sus relaciones son por lo regular profundas, siempre
justas, su estilo enérgico, conciso, y por lo mismo algunas veces
oscuro, ofendiendo al oído por intervalos; pero llama incesantemente
la atención, y se diría que su misma dureza constituye su majestad. Si
este autor estimable usa de expresiones anticuadas o palabras nuevas,
es a causa de que un ingenio tal como el suyo rara vez se acomoda a la
lengua que habla todo el mundo.
»Jenofonte, a quien habéis conocido, continuó con acierto la historia
de Tucídides. A estos dos historiadores, lo mismo que a Heródoto, se
les tendrá en lo venidero por los principales de los nuestros, aunque
se diferencian en el estilo.
»Heródoto bosquejó la historia de los asirios y de los persas, pero
un autor que conocía mejor que él estas dos célebres naciones ha
descubierto y manifestado sus errores. Este es Ctesias de Cnido, que
ha vivido en nuestro tiempo. Fue médico en la corte de Artajerjes e
hizo una larga mansión en la corte de Susa. Nos ha comunicado lo que
ha encontrado en los archivos del imperio, lo que ha visto y cuanto le
habían transmitido testigos oculares. Entre otras muchas obras nos ha
dejado una historia de las Indias, en que trata de los animales y de
las producciones naturales de aquellos climas lejanos; pero como no
tuvo bastantes noticias exactas, se empieza ya a dudar de la verdad de
sus relaciones.
»Aquí tenéis las antigüedades de Sicilia, la vida de Dionisio el viejo
y el comienzo de la de su hijo, escrita por Filisto, que murió pocos
años después de haber visto desecha enteramente la armada que mandaba
en nombre del más joven de estos príncipes. Filisto tenía talentos
que de algún modo le han hecho comparable con Tucídides, pero no tenía
las virtudes de este historiador, antes bien se puede decir que era un
esclavo que escribió para adular a los tiranos.
»Con esto doy fin a esta corta enumeración. Acaso no hallaréis un
pueblo, una ciudad, un templo célebre que no tenga su historiador.
Muchos escritores se ocupan hoy día en este género, y entre otros os
citaré a Éforo y a Teopompo que ya se han distinguido».
Entraron estos últimos en aquel momento, y Euclides, que los esperaba,
me dijo aparte que nos leerían algunos fragmentos de las obras en que
entonces se ocupaban. Venían con ellos tres amigos, y Euclides había
convidado por su parte a algunos de los suyos.
«Me he propuesto», dijo Éforo, «escribir cuanto ha pasado entre
los griegos y los bárbaros desde la vuelta de los heráclidas hasta
nuestros días, en el transcurso de ochocientos cincuenta años; en esta
obra, dividida en treinta libros, precedido cada uno de un prólogo,
se hallará el origen de los diferentes pueblos, la fundación de
las ciudades principales, sus colonias, sus leyes y costumbres, la
naturaleza de sus climas y los grandes hombres que han producido».
Dijo por último que las naciones bárbaras eran más antiguas que las de
Grecia, y esta confesión me previno a favor suyo.
Este preámbulo fue seguido de la lectura de un fragmento sobre
Egipto, falto de exactitud. A pesar de estos defectos, su obra será
mirada siempre como un tesoro, tanto más precioso cuanto que cada
nación encontrará en ella, con separación y buen orden, todo lo que
pueda interesarla. El estilo es puro, elegante, florido, aunque
frecuentemente sujeto a ciertas armonías, y casi siempre falto de
elevación y energía.
Concluida esta lectura, todos volvieron la vista hacia Teopompo,
que empezó hablándonos de sí mismo con tanta vanidad que al punto
nos indispuso contra él; pero a propósito de su obra, que es una
continuación de Tucídides y la historia de la vida de Filipo de
Macedonia, se empeñó en un camino tan luminoso, desenvolvió tan grandes
conocimientos sobre los negocios de la Grecia y de otros pueblos,
tanta inteligencia en la distribución de los hechos, tanta sencillez,
claridad, nobleza y armonía en su estilo, que nos vimos obligados a
colmar de elogios a un hombre que merecía ser humillado.
No obstante, las fábulas y las relaciones increíbles entibiaron
nuestra admiración; y sus frecuentes digresiones, así como las
arengas que ponía en boca de los generales antes de la batalla, nos
impacientaban haciéndonos perder fácilmente el hilo de sus narraciones.