Continuación de la biblioteca de un ateniense. — Física, historia
natural, genios.
A mi vuelta de Persia, fui otra vez a casa de Euclides donde me faltaba
que recorrer una parte de su biblioteca, y le encontré con Metón y
Anaxarco. El primero era de Agrigento en Sicilia, y de la misma familia
que Empédocles, y el segundo de Abdera de Tracia y de la escuela de
Demócrito.
Euclides me enseñó algunos tratados sobre los animales, plantas y
fósiles, y me dijo: «No soy muy rico en este género, porque la afición
a la historia natural y a lo que propiamente se llama física no es
conocida entre nosotros sino de pocos años a esta parte. Aristóteles se
ha apoderado del depósito de los conocimientos de Egipto y de Oriente,
de todos los pueblos que llamamos bárbaros, aumentado por los filósofos
pitagóricos y por los nuestros. Aún lo aumentará él con sus trabajos
y, transmitiéndolo a la posteridad, elevará el monumento más soberbio
no a la vanidad de una escuela particular y sí a la gloria de todas
nuestras escuelas.
»Esto es la historia general y particular de la naturaleza.
Primeramente tomará las grandes masas; el origen o la duración del
mundo; las causas, los principios y la esencia de los seres; la
naturaleza y la acción recíproca de los elementos, la composición y
descomposición de los cuerpos; en todo esto entrará, examinando las
cuestiones sobre lo infinito, el movimiento, el vacío, el espacio y
el tiempo. Describirá en todo o en parte lo que sucede en los cielos,
en lo interior, en la superficie de nuestro globo. En los cielos,
los meteoros, las distancias y las revoluciones de los planetas, la
naturaleza de los astros y de las esferas a las cuales están fijos.
En el seno de la tierra, los fósiles, los minerales y las conmociones
violentas que trastornan el globo. Y sobre la superficie, los mares,
los ríos, las plantas y los animales.
»Como el hombre está sujeto a infinitas necesidades y obligaciones,
se le considerará bajo todos aspectos. La anatomía del cuerpo humano,
la naturaleza y las facultades del alma, los objetos y los órganos
de las sensaciones, las reglas propias para dirigir las más delicadas
operaciones del entendimiento y los movimientos más secretos del
corazón, las leyes, los gobiernos, las ciencias, las artes; sobre todos
estos objetos interesantes, el historiador juntará sus luces a los de
los siglos precedentes; y, conforme al método de muchos filósofos,
aplicando siempre la física a la moral, nos hará más ilustrados para
hacernos más felices.
»Tal es el plan de Aristóteles, según yo he podido comprender por sus
conversaciones y sus cartas».
«Pudiera yo atribuir a Demócrito», dijo Anaxarco, «el mismo proyecto
que decís de Aristóteles. Veo aquí las obras sin número que él ha
publicado sobre la naturaleza y las diferentes partes del universo,
sobre los animales y las plantas; sobre nuestra alma, nuestros
sentidos, deberes y virtudes; sobre la medicina, la anatomía, la
agricultura, la lógica, la geometría, la astronomía y la geografía; y
añado también sobre la música y la poesía. Y no hablo de ese estilo
encantador que difunde las gracias en las materias más abstractas.
La opinión pública le ha puesto en primer lugar entre los físicos
que han aplicado los efectos a las causas. Admírase en sus escritos
una multitud de ideas nuevas, a veces muy atrevidas y comúnmente muy
atinadas».
«Empédocles», dijo Metón a su vez, «ilustró a su patria con sus leyes
y a la filosofía con sus escritos: su poema sobre la naturaleza y
todas sus obras en verso abundan de bellezas que el mismo Homero no
hubiera desaprobado. Convengo, no obstante, en que sus metáforas, por
felices que sean, perjudican a la precisión de sus ideas y solo sirven
algunas veces para echar un velo brillante sobre las operaciones de
la naturaleza. En cuanto a los dogmas, sigue a Pitágoras no con la
deferencia ciega de un soldado, sino con la noble audacia de un jefe
de partido y la independencia de un hombre que hubiera preferido vivir
como simple particular en una ciudad libre que reinar sobre esclavos.
Aunque se haya ocupado principalmente en estudiar los fenómenos de
la naturaleza, no por esto deja de manifestar su opinión sobre las
primeras causas».
Luego que hablaron por turno Euclides, Anaxarco y Metón para explicar
los sistemas de Aristóteles, de Demócrito y de Empédocles sobre el
origen y los primeros principios de las cosas: «Convenid», me dijo
Anaxarco riéndose, «en que Demócrito tenía razón de decir que la
verdad está arrinconada en un pozo de inmensa profundidad». «Convenid
también», le respondí, «en que se quedaría atónita si viniese a la
tierra y principalmente a la Grecia». «En tal caso se volvería al
instante a su encierro», replicó Euclides, «pues nosotros la tendríamos
por el error».
Habiéndose despedido de Euclides Anaxarco y Metón, Euclides volvió
otra vez a hablar de Aristóteles, y quiso comunicarme las principales
observaciones con que este filósofo trata de enriquecer la _historia de
los animales_.
«Hay algunas de ellas», dijo, «que él me ha comunicado y que voy a
referir para instruiros del modo con que ahora se estudia la naturaleza.
»1.º Mirando o los animales con relación al clima, se ha notado que los
salvajes son más feroces en Asia, más fuertes en Europa, más variados
en sus formas en África; y que aquellos que viven en los montes son más
perversos que los que habitan en las llanuras.
»El clima influye poderosamente en las costumbres, y así es que el
exceso del frío y del calor los hace agrestes y crueles; los vientos,
las aguas, los alimentos bastan a veces para alterarlos. Las naciones
del mediodía son tímidas y cobardes; las del norte, valerosas y
confiadas; pero las primeras son más ilustradas, porque son quizás más
antiguas, acaso también porque son más afeminadas. En efecto, las almas
fuertes se ven rara vez movidas del inquieto deseo de instruirse.
»2.º Las aves son muy sensibles a los rigores de las estaciones, y así
es que al acercarse el invierno o el verano, unas bajan a las llanuras
o se retiran a los montes, y otras dejan su morada y van lejos a
respirar un aire más templado.
»No de otro modo el rey de Persia, para evitar el exceso de frío o de
calor, traslada sucesivamente su corte al norte y al mediodía de su
imperio.
»Los equinoccios son el tiempo a propósito para marchar y volver las
aves. Las más débiles van delante; casi todas viajan juntas como en
tribus; y tienen que hacer una larga travesía antes de llegar al
término de su viaje. Las grullas vienen de Escitia, y se van hacia las
lagunas que hay en los confines del Egipto y donde nace el Nilo.
»La misma causa que obliga a ciertas aves a expatriarse todos los años,
obra en el seno de las aguas. En Bizancio se ve en ciertas épocas
muchas especies de peces ya subir hacia el Ponto-Euxino, ya bajar
al mar Egeo, los cuales van en cuerpo de nación como las aves, y su
camino, así como nuestra vida, está indicado por las celadas que los
esperan a su tránsito.
»3.º Se han hecho investigaciones sobre la duración de la vida de los
animales, y se cree que en muchas especies las hembras viven más que
los machos; pero, sin detenernos en esta diferencia, podemos decir que
los perros llegan comúnmente hasta catorce o quince años, y algunas
veces hasta veinte; los bueyes con corta diferencia a la misma edad;
los caballos a dieciocho o veinte, algunas veces a treinta y aun a
cincuenta; los asnos a más de treinta; los camellos pasan de cincuenta,
y algunos llegan a cien; los elefantes según unos llegan a doscientos
años, y según otros a trescientos. Antiguamente se decía que el ciervo
vivía cuatro veces tanto como la corneja, y esta última nueve veces la
edad del hombre. Lo que en el día se sabe de cierto en cuanto al ciervo
es que el tiempo del preñado y la rapidez con que crece no permite
atribuirles tan larga vida.
»La naturaleza hace algunas veces excepciones a las leyes generales.
Los atenienses os citarán el ejemplo de un mulo que murió de edad de
ochenta años, al cual, cuando se construyó el templo de Atenea, se
le dio libertad porque era viejísimo, pero él continuó yendo delante
de los demás, animándolos con su ejemplo y procurando participar de
sus fatigas. Por un decreto del pueblo se prohibió a los mercaderes
espantarle cuando se acercase a los granos o frutos que estuviesen de
venta en el mercado.
»4.º Se ha observado que la naturaleza pasa de un género y de una
especie a otra por graduaciones imperceptibles, y que desde el hombre
hasta los seres más insensibles todas sus producciones parece que están
unidas con un enlace continuo.
»Tomemos los minerales que forman el primer anillo de la cadena, en
los cuales no veo más que una materia pasiva estéril, sin órgano, y
por consecuencia sin necesidades y sin funciones. Al punto me parece
distinguir en algunas plantas una especie de movimiento, sensaciones
oscuras, una chispa de vida, y en todas una reproducción constante
pero exenta de cuidados maternales que la favorezcan. Voy a las orillas
del mar, y casi dudo si las conchas que veo pertenecen al género de
los animales o al de los vegetales. Vuelvo atrás, y se multiplican a
mi vista las señales de vida al ver seres que se mueven, que respiran,
y que tienen apetitos y deberes. Si hay algunos de ellos que, como las
plantas de que acabo de hablar, fueron abandonados al acaso desde su
infancia, también hay otros cuya educación fue más o menos cuidada.
Estos viven en sociedad con el fruto de sus amores; aquellos se han
extrañado de su familia.
»Muchos ofrecen a mi vista el bosquejo de nuestras costumbres; entre
ellos encuentro caracteres dóciles como también indomables, al mismo
tiempo que veo rasgos de dulzura, de audacia, de barbarie, de temor,
de cobardía, y a veces hasta la imagen de la prudencia y de la razón.
Nosotros tenemos la inteligencia, la sabiduría y las artes, y ellos
tienen facultades que suplen a estas ventajas.
»Esta serie de analogías nos conduce en fin al extremo de la cadena,
donde está el hombre colocado. Entre las cualidades que le asignan
el lugar supremo, observo dos esenciales. La primera es aquella
inteligencia que durante su vida le eleva a la contemplación de
las cosas celestes, y la segunda es su acertada organización, y en
particular ese tacto, el primero, el más necesario y el más exquisito
de nuestros sentidos, la fuente de la industria y el instrumento más
apropiado para ayudar a las operaciones del entendimiento. “A la
mano”, decía el filósofo Anaxágoras, “debe el hombre una parte de su
superioridad”».
»¿Y por qué», dije yo, «ponéis al hombre en la extremidad de la cadena?
¿Acaso no será un vasto desierto el espacio inmenso que le separa de la
divinidad? Los egipcios, los magos de Caldea, los frigios, los tracios,
lo llenan de habitantes tan superiores a nosotros como nosotros lo
somos a los brutos».
«Solo hablaba yo», respondió Euclides, «de los seres visibles. Es de
presumir que haya una infinidad de otros seres superiores a nosotros,
los cuales no podemos ver. Desde el ser más tosco nos hemos remontado
por grados imperceptibles hasta nuestra especie, y para llegar desde
este término hasta la divinidad es menester sin duda pasar por diversos
órdenes de inteligencias, tanto más excelsas y más puras cuanto más se
acercan al trono del eterno.
»Esta opinión es tan antigua como general entre las naciones, de las
cuales la hemos adquirido. Nosotros poblamos la tierra y los cielos de
genios, a los cuales ha confiado el Ser supremo la administración del
universo, y los distribuimos por donde quiera que la naturaleza parece
animada, pero principalmente en aquellas regiones que se extienden
alrededor y encima de nosotros, desde la tierra hasta la esfera de la
luna. Ejerciendo allí su autoridad sin límites, dispensan la vida y la
muerte, los bienes y los males, la luz y las tinieblas.
»Cada pueblo, cada particular, encuentra en estos agentes un amigo
íntimo que le proteja, y un enemigo no menos ardiente en perseguirle.
Están revestidos de un cuerpo aéreo, y su esencia está entre la
naturaleza divina y la nuestra: son superiores a nosotros en
inteligencia; algunos están sujetos a nuestras pasiones, y la mayor
parte a mudanzas que les hacen pasar a una clase superior. Algunos
están sujetos a nuestras dolencias y penas, y así es que se ven cual
nosotros atormentados por las penas y destinados a la muerte. Según
Hesíodo, las ninfas viven millares de años, y según Píndaro, una
hamadríada muere con el árbol que la ha encerrado en su seno».