CAPÍTULO LXII.

Continuación de la biblioteca de un ateniense. — Física, historia

natural, genios.

A mi vuelta de Persia, fui otra vez a casa de Euclides donde me faltaba

que recorrer una parte de su biblioteca, y le encontré con Metón y

Anaxarco. El primero era de Agrigento en Sicilia, y de la misma familia

que Empédocles, y el segundo de Abdera de Tracia y de la escuela de

Demócrito.

Euclides me enseñó algunos tratados sobre los animales, plantas y

fósiles, y me dijo: «No soy muy rico en este género, porque la afición

a la historia natural y a lo que propiamente se llama física no es

conocida entre nosotros sino de pocos años a esta parte. Aristóteles se

ha apoderado del depósito de los conocimientos de Egipto y de Oriente,

de todos los pueblos que llamamos bárbaros, aumentado por los filósofos

pitagóricos y por los nuestros. Aún lo aumentará él con sus trabajos

y, transmitiéndolo a la posteridad, elevará el monumento más soberbio

no a la vanidad de una escuela particular y sí a la gloria de todas

nuestras escuelas.

»Esto es la historia general y particular de la naturaleza.

Primeramente tomará las grandes masas; el origen o la duración del

mundo; las causas, los principios y la esencia de los seres; la

naturaleza y la acción recíproca de los elementos, la composición y

descomposición de los cuerpos; en todo esto entrará, examinando las

cuestiones sobre lo infinito, el movimiento, el vacío, el espacio y

el tiempo. Describirá en todo o en parte lo que sucede en los cielos,

en lo interior, en la superficie de nuestro globo. En los cielos,

los meteoros, las distancias y las revoluciones de los planetas, la

naturaleza de los astros y de las esferas a las cuales están fijos.

En el seno de la tierra, los fósiles, los minerales y las conmociones

violentas que trastornan el globo. Y sobre la superficie, los mares,

los ríos, las plantas y los animales.

»Como el hombre está sujeto a infinitas necesidades y obligaciones,

se le considerará bajo todos aspectos. La anatomía del cuerpo humano,

la naturaleza y las facultades del alma, los objetos y los órganos

de las sensaciones, las reglas propias para dirigir las más delicadas

operaciones del entendimiento y los movimientos más secretos del

corazón, las leyes, los gobiernos, las ciencias, las artes; sobre todos

estos objetos interesantes, el historiador juntará sus luces a los de

los siglos precedentes; y, conforme al método de muchos filósofos,

aplicando siempre la física a la moral, nos hará más ilustrados para

hacernos más felices.

»Tal es el plan de Aristóteles, según yo he podido comprender por sus

conversaciones y sus cartas».

«Pudiera yo atribuir a Demócrito», dijo Anaxarco, «el mismo proyecto

que decís de Aristóteles. Veo aquí las obras sin número que él ha

publicado sobre la naturaleza y las diferentes partes del universo,

sobre los animales y las plantas; sobre nuestra alma, nuestros

sentidos, deberes y virtudes; sobre la medicina, la anatomía, la

agricultura, la lógica, la geometría, la astronomía y la geografía; y

añado también sobre la música y la poesía. Y no hablo de ese estilo

encantador que difunde las gracias en las materias más abstractas.

La opinión pública le ha puesto en primer lugar entre los físicos

que han aplicado los efectos a las causas. Admírase en sus escritos

una multitud de ideas nuevas, a veces muy atrevidas y comúnmente muy

atinadas».

«Empédocles», dijo Metón a su vez, «ilustró a su patria con sus leyes

y a la filosofía con sus escritos: su poema sobre la naturaleza y

todas sus obras en verso abundan de bellezas que el mismo Homero no

hubiera desaprobado. Convengo, no obstante, en que sus metáforas, por

felices que sean, perjudican a la precisión de sus ideas y solo sirven

algunas veces para echar un velo brillante sobre las operaciones de

la naturaleza. En cuanto a los dogmas, sigue a Pitágoras no con la

deferencia ciega de un soldado, sino con la noble audacia de un jefe

de partido y la independencia de un hombre que hubiera preferido vivir

como simple particular en una ciudad libre que reinar sobre esclavos.

Aunque se haya ocupado principalmente en estudiar los fenómenos de

la naturaleza, no por esto deja de manifestar su opinión sobre las

primeras causas».

Luego que hablaron por turno Euclides, Anaxarco y Metón para explicar

los sistemas de Aristóteles, de Demócrito y de Empédocles sobre el

origen y los primeros principios de las cosas: «Convenid», me dijo

Anaxarco riéndose, «en que Demócrito tenía razón de decir que la

verdad está arrinconada en un pozo de inmensa profundidad». «Convenid

también», le respondí, «en que se quedaría atónita si viniese a la

tierra y principalmente a la Grecia». «En tal caso se volvería al

instante a su encierro», replicó Euclides, «pues nosotros la tendríamos

por el error».

Habiéndose despedido de Euclides Anaxarco y Metón, Euclides volvió

otra vez a hablar de Aristóteles, y quiso comunicarme las principales

observaciones con que este filósofo trata de enriquecer la _historia de

los animales_.

«Hay algunas de ellas», dijo, «que él me ha comunicado y que voy a

referir para instruiros del modo con que ahora se estudia la naturaleza.

»1.º Mirando o los animales con relación al clima, se ha notado que los

salvajes son más feroces en Asia, más fuertes en Europa, más variados

en sus formas en África; y que aquellos que viven en los montes son más

perversos que los que habitan en las llanuras.

»El clima influye poderosamente en las costumbres, y así es que el

exceso del frío y del calor los hace agrestes y crueles; los vientos,

las aguas, los alimentos bastan a veces para alterarlos. Las naciones

del mediodía son tímidas y cobardes; las del norte, valerosas y

confiadas; pero las primeras son más ilustradas, porque son quizás más

antiguas, acaso también porque son más afeminadas. En efecto, las almas

fuertes se ven rara vez movidas del inquieto deseo de instruirse.

»2.º Las aves son muy sensibles a los rigores de las estaciones, y así

es que al acercarse el invierno o el verano, unas bajan a las llanuras

o se retiran a los montes, y otras dejan su morada y van lejos a

respirar un aire más templado.

»No de otro modo el rey de Persia, para evitar el exceso de frío o de

calor, traslada sucesivamente su corte al norte y al mediodía de su

imperio.

»Los equinoccios son el tiempo a propósito para marchar y volver las

aves. Las más débiles van delante; casi todas viajan juntas como en

tribus; y tienen que hacer una larga travesía antes de llegar al

término de su viaje. Las grullas vienen de Escitia, y se van hacia las

lagunas que hay en los confines del Egipto y donde nace el Nilo.

»La misma causa que obliga a ciertas aves a expatriarse todos los años,

obra en el seno de las aguas. En Bizancio se ve en ciertas épocas

muchas especies de peces ya subir hacia el Ponto-Euxino, ya bajar

al mar Egeo, los cuales van en cuerpo de nación como las aves, y su

camino, así como nuestra vida, está indicado por las celadas que los

esperan a su tránsito.

»3.º Se han hecho investigaciones sobre la duración de la vida de los

animales, y se cree que en muchas especies las hembras viven más que

los machos; pero, sin detenernos en esta diferencia, podemos decir que

los perros llegan comúnmente hasta catorce o quince años, y algunas

veces hasta veinte; los bueyes con corta diferencia a la misma edad;

los caballos a dieciocho o veinte, algunas veces a treinta y aun a

cincuenta; los asnos a más de treinta; los camellos pasan de cincuenta,

y algunos llegan a cien; los elefantes según unos llegan a doscientos

años, y según otros a trescientos. Antiguamente se decía que el ciervo

vivía cuatro veces tanto como la corneja, y esta última nueve veces la

edad del hombre. Lo que en el día se sabe de cierto en cuanto al ciervo

es que el tiempo del preñado y la rapidez con que crece no permite

atribuirles tan larga vida.

»La naturaleza hace algunas veces excepciones a las leyes generales.

Los atenienses os citarán el ejemplo de un mulo que murió de edad de

ochenta años, al cual, cuando se construyó el templo de Atenea, se

le dio libertad porque era viejísimo, pero él continuó yendo delante

de los demás, animándolos con su ejemplo y procurando participar de

sus fatigas. Por un decreto del pueblo se prohibió a los mercaderes

espantarle cuando se acercase a los granos o frutos que estuviesen de

venta en el mercado.

»4.º Se ha observado que la naturaleza pasa de un género y de una

especie a otra por graduaciones imperceptibles, y que desde el hombre

hasta los seres más insensibles todas sus producciones parece que están

unidas con un enlace continuo.

»Tomemos los minerales que forman el primer anillo de la cadena, en

los cuales no veo más que una materia pasiva estéril, sin órgano, y

por consecuencia sin necesidades y sin funciones. Al punto me parece

distinguir en algunas plantas una especie de movimiento, sensaciones

oscuras, una chispa de vida, y en todas una reproducción constante

pero exenta de cuidados maternales que la favorezcan. Voy a las orillas

del mar, y casi dudo si las conchas que veo pertenecen al género de

los animales o al de los vegetales. Vuelvo atrás, y se multiplican a

mi vista las señales de vida al ver seres que se mueven, que respiran,

y que tienen apetitos y deberes. Si hay algunos de ellos que, como las

plantas de que acabo de hablar, fueron abandonados al acaso desde su

infancia, también hay otros cuya educación fue más o menos cuidada.

Estos viven en sociedad con el fruto de sus amores; aquellos se han

extrañado de su familia.

»Muchos ofrecen a mi vista el bosquejo de nuestras costumbres; entre

ellos encuentro caracteres dóciles como también indomables, al mismo

tiempo que veo rasgos de dulzura, de audacia, de barbarie, de temor,

de cobardía, y a veces hasta la imagen de la prudencia y de la razón.

Nosotros tenemos la inteligencia, la sabiduría y las artes, y ellos

tienen facultades que suplen a estas ventajas.

»Esta serie de analogías nos conduce en fin al extremo de la cadena,

donde está el hombre colocado. Entre las cualidades que le asignan

el lugar supremo, observo dos esenciales. La primera es aquella

inteligencia que durante su vida le eleva a la contemplación de

las cosas celestes, y la segunda es su acertada organización, y en

particular ese tacto, el primero, el más necesario y el más exquisito

de nuestros sentidos, la fuente de la industria y el instrumento más

apropiado para ayudar a las operaciones del entendimiento. “A la

mano”, decía el filósofo Anaxágoras, “debe el hombre una parte de su

superioridad”».

»¿Y por qué», dije yo, «ponéis al hombre en la extremidad de la cadena?

¿Acaso no será un vasto desierto el espacio inmenso que le separa de la

divinidad? Los egipcios, los magos de Caldea, los frigios, los tracios,

lo llenan de habitantes tan superiores a nosotros como nosotros lo

somos a los brutos».

«Solo hablaba yo», respondió Euclides, «de los seres visibles. Es de

presumir que haya una infinidad de otros seres superiores a nosotros,

los cuales no podemos ver. Desde el ser más tosco nos hemos remontado

por grados imperceptibles hasta nuestra especie, y para llegar desde

este término hasta la divinidad es menester sin duda pasar por diversos

órdenes de inteligencias, tanto más excelsas y más puras cuanto más se

acercan al trono del eterno.

»Esta opinión es tan antigua como general entre las naciones, de las

cuales la hemos adquirido. Nosotros poblamos la tierra y los cielos de

genios, a los cuales ha confiado el Ser supremo la administración del

universo, y los distribuimos por donde quiera que la naturaleza parece

animada, pero principalmente en aquellas regiones que se extienden

alrededor y encima de nosotros, desde la tierra hasta la esfera de la

luna. Ejerciendo allí su autoridad sin límites, dispensan la vida y la

muerte, los bienes y los males, la luz y las tinieblas.

»Cada pueblo, cada particular, encuentra en estos agentes un amigo

íntimo que le proteja, y un enemigo no menos ardiente en perseguirle.

Están revestidos de un cuerpo aéreo, y su esencia está entre la

naturaleza divina y la nuestra: son superiores a nosotros en

inteligencia; algunos están sujetos a nuestras pasiones, y la mayor

parte a mudanzas que les hacen pasar a una clase superior. Algunos

están sujetos a nuestras dolencias y penas, y así es que se ven cual

nosotros atormentados por las penas y destinados a la muerte. Según

Hesíodo, las ninfas viven millares de años, y según Píndaro, una

hamadríada muere con el árbol que la ha encerrado en su seno».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 42 / 84 题