Dionisio rey de Siracusa, en Corinto. — Hazañas de Timoleón.
De vuelta a Atenas, después de once años de ausencia, nos pareció,
digámoslo así, llegar a esta ciudad por primera vez. La muerte nos
había privado de muchos amigos y conocidos: faltaban familias enteras,
y otras se habían levantado en su lugar; así es que nos recibían como
extranjeros en las casas que antes visitábamos, de modo que por todas
partes veíamos la misma escena, pero distintos actores.
Durante algún tiempo nos importunaron con preguntas relativas al Egipto
y la Persia, y yo volví inmediatamente a mis antiguas investigaciones.
Un día que yo pasaba por la plaza pública, vi un gran número de
noveleros que iban y venían, y se agolpaban en tumulto sin saber cómo
explicar su sorpresa. «¿Qué ha sucedido?», pregunté acercándome.
«Dionisio está en Corinto», me respondieron. «¿Qué Dionisio?». «Aquel
rey de Siracusa tan poderoso y tan temido. Timoleón le ha arrojado
del trono, y le ha hecho poner en una galera que acaba de traerle a
Corinto. Ha llegado sin escolta, sin amigos y sin parientes; todo lo ha
perdido, excepto la memoria de lo que era».
Esta noticia me movió el deseo de ir a Corinto, acompañando a un
corintio llamado Euríalo con quien yo había tenido relaciones
amistosas, y él las había tenido en otro tiempo con Dionisio.
Al llegar a esta ciudad, encontramos a la puerta de una taberna un
hombre grueso, mal vestido, y a quien el tabernero, al parecer por
compasión, le daba las escurriduras de algunas botellas de vino.
Aguantaba y repulsaba riendo las groseras bufonadas de algunas mujeres
de mala vida, y sus chistes divertían al populacho que alrededor de él
se había juntado.
Nos apeamos del carruaje y seguimos a aquel hombre hasta un paraje
donde estaban ensayando unas mujeres que debían cantar en coro en la
fiesta próxima.
Él les hacia repasar su papel, dirigía su voz, y disputaba con ellas
sobre el modo de ejecutar ciertos pasajes. «¿Creeréis», me dijo
Euríalo, «que ese es el mismo rey de Siracusa? Él no me conoce, porque
ha perdido mucho la vista a causa del exceso del vino. En el día es
maestro de escuela en Corinto». Efectivamente le vimos más de una vez
en una encrucijada explicar a los niños los rudimentos de gramática.
El mismo motivo que a mí me había llevado a Corinto atraía allí
diariamente a muchos extranjeros. Algunos, al aspecto de aquel
desgraciado, manifestaban cierta compasión, pero los más se recreaban
al ver un espectáculo que las circunstancias hacían más interesante:
porque estando Filipo a punto de poner las cadenas a la Grecia,
saciaban en el rey de Siracusa el odio que les inspiraba el rey de
Macedonia. El ejemplo instructivo de un tirano sumido de repente
en la más profunda humillación fue en breve el único consuelo de
aquellos altivos republicanos. Algún tiempo después, los lacedemonios
respondieron a las amenazas de Filipo solo con estas palabras
enérgicas: _Dionisio en Corinto_.
Tuvimos con este varias conversaciones en las cuales confesaba
francamente sus faltas. Euríalo quiso saber cómo pensaba de los
homenajes que le hacían en Siracusa, a lo cual respondió: «Mantenía
muchos solistas y poetas en mi palacio, y aunque yo no los estimaba,
me daban cierta reputación. Mis cortesanos advirtieron que yo empezaba
a perder la vista, y todos ellos, digámoslo así, se volvieron ciegos,
no distinguían ya nada, y si se encontraban delante de mí, tropezaban
unos con otros, y en nuestras comidas tenía yo que dirigir sus manos
que parecía que andaban desatinando por encima de la mesa».
Dionisio teme que los corintios lleguen a temerle, y quiere salvarse de
su odio por su desprecio. Así es que se cubre de andrajos, pasa su vida
de taberna en taberna, en las calles, y con hombres de la plebe que han
llegado a ser los compañeros de sus placeres. Ya fuera por miseria o
por falta de espíritu, lo cierto es que se enroló en una compañía de
sacerdotes de Cibeles, con quienes recorría las ciudades y las calles,
llevando un tímpano en la mano, cantando y danzando alrededor de la
efigie de la diosa, y alargando la mano para recibir algunas limosnas.
Antes de representar estas escenas humillantes, tuvo permiso para
ausentarse de Corinto y viajar por la Grecia. El rey de Macedonia le
recibió con distinción, y en su primera conversación le preguntó que
cómo había perdido aquel imperio que su padre conservó tanto tiempo.
«Porque yo heredé su potestad pero no su fortuna». Habiéndole hecho
igual pregunta un corintio, le había respondido: «Cuando mi padre
subió al trono, los siracusanos estaban cansados de democracia, y
cuando me han precisado a bajar de él, lo estaban de la tiranía». Un
día, estando sentado a la mesa del rey de Macedonia, hablaban de la
poesía de Dionisio el antiguo: «Pero ¿qué horas destinaba vuestro
padre», le preguntó Filipo, «para componer tan gran número de obras?».
«El que vos y yo pasamos en beber», respondió Dionisio.
Los vicios de este príncipe le precipitaron por dos veces en el
infortunio, y su destino le opuso cada vez uno de los hombres más
grandes que este siglo ha producido: primeramente Dion, y luego
Timoleón. Voy a contar lo que he sabido de este en los últimos años de
mi permanencia en Grecia.
Ya se ha visto, en el capítulo nueve de esta obra, que Timoleón se
ausentó de Corinto después de muerto su hermano. Había ya pasado cerca
de veinte años en este destierro voluntario cuando los siracusanos,
no pudiendo ya resistir a sus opresores, imploraron el socorro de los
corintios, de quienes son oriundos. Levantaron tropas estos últimos y
las enviaron a Sicilia bajo el mando de Timoleón. Este general con mil
doscientos hombres derrotó a cinco mil leontinos, y cincuenta días
después de su llegada a Sicilia Dionisio se rindió a discreción y le
entregó la ciudadela de Siracusa con los tesoros y las tropas que en
ella había recogido.
Timoleón, después de haber libertado la Sicilia de los opresores y
puesto en fuga a los cartaginenses con seis mil hombres solamente,
lejos de limitar su gloria a tan rápidos sucesos, hizo declarar por los
heraldos en los juegos solemnes de la Grecia que podían volver a su
patria y gozar de libertad todos los sicilianos a quienes la tiranía
les obligó o abandonarla.
Al grito lisonjero de libertad, que resonó también por toda la Italia,
volvieron a Siracusa sesenta mil hombres, unos para gozar del derecho
de ciudadano y otros para esparcirse por lo interior de la isla.
Timoleón revisó, con Céfalo y Dionisio, dos corintios que le
acompañaron, las leyes antiguas que Diocles había dado o los
siracusanos. Las relativas a los particulares fueron conservadas con
interpretaciones que aclaran su sentido verdadero; fueron reformadas
las pertenecientes a la constitución, y reprimida la licencia del
pueblo sin perjudicar a sus derechos; antes bien para asegurarle más
el goce de ellos, les invitó Timoleón a que destruyesen las ciudadelas
que servían de guarida a los opresores.
Después de haber hecho feliz a la Sicilia este grande hombre, se
redujo a la clase de simple particular. Los habitantes de Siracusa le
obligaron a que aceptase en su ciudad una casa distinguida, y en las
cercanías una quinta agradable donde pasase los días tranquilamente con
su mujer y sus hijos, a quienes mandó venir de Corinto.
Lejos de cifrarse en esto el reconocimiento de los siracusanos,
mirándole como su segundo fundador decretaron que el día de su
nacimiento sería celebrado como un día de fiesta, y pedirían un general
a Corinto siempre que tuviesen alguna guerra extranjera.
Al morir, solamente encontró alivio el dolor público en los honores que
hicieron a su memoria. Pusieron el cadáver en la pira, y entonces un
heraldo leyó en voz alta el siguiente decreto: «El pueblo de Siracusa,
reconocido a Timoleón por haber destruido a sus opresores, vencido a
los bárbaros, reedificado muchas ciudades principales y dado leyes a
los sicilianos, ha resuelto dedicar a sus funerales doscientas minas
(67.044 reales 16 maravedís), y honrar todos los años su memoria con
certámenes de música, carreras de caballos y juegos gimnásticos».