CAPÍTULO LXI.

Dionisio rey de Siracusa, en Corinto. — Hazañas de Timoleón.

De vuelta a Atenas, después de once años de ausencia, nos pareció,

digámoslo así, llegar a esta ciudad por primera vez. La muerte nos

había privado de muchos amigos y conocidos: faltaban familias enteras,

y otras se habían levantado en su lugar; así es que nos recibían como

extranjeros en las casas que antes visitábamos, de modo que por todas

partes veíamos la misma escena, pero distintos actores.

Durante algún tiempo nos importunaron con preguntas relativas al Egipto

y la Persia, y yo volví inmediatamente a mis antiguas investigaciones.

Un día que yo pasaba por la plaza pública, vi un gran número de

noveleros que iban y venían, y se agolpaban en tumulto sin saber cómo

explicar su sorpresa. «¿Qué ha sucedido?», pregunté acercándome.

«Dionisio está en Corinto», me respondieron. «¿Qué Dionisio?». «Aquel

rey de Siracusa tan poderoso y tan temido. Timoleón le ha arrojado

del trono, y le ha hecho poner en una galera que acaba de traerle a

Corinto. Ha llegado sin escolta, sin amigos y sin parientes; todo lo ha

perdido, excepto la memoria de lo que era».

Esta noticia me movió el deseo de ir a Corinto, acompañando a un

corintio llamado Euríalo con quien yo había tenido relaciones

amistosas, y él las había tenido en otro tiempo con Dionisio.

Al llegar a esta ciudad, encontramos a la puerta de una taberna un

hombre grueso, mal vestido, y a quien el tabernero, al parecer por

compasión, le daba las escurriduras de algunas botellas de vino.

Aguantaba y repulsaba riendo las groseras bufonadas de algunas mujeres

de mala vida, y sus chistes divertían al populacho que alrededor de él

se había juntado.

Nos apeamos del carruaje y seguimos a aquel hombre hasta un paraje

donde estaban ensayando unas mujeres que debían cantar en coro en la

fiesta próxima.

Él les hacia repasar su papel, dirigía su voz, y disputaba con ellas

sobre el modo de ejecutar ciertos pasajes. «¿Creeréis», me dijo

Euríalo, «que ese es el mismo rey de Siracusa? Él no me conoce, porque

ha perdido mucho la vista a causa del exceso del vino. En el día es

maestro de escuela en Corinto». Efectivamente le vimos más de una vez

en una encrucijada explicar a los niños los rudimentos de gramática.

El mismo motivo que a mí me había llevado a Corinto atraía allí

diariamente a muchos extranjeros. Algunos, al aspecto de aquel

desgraciado, manifestaban cierta compasión, pero los más se recreaban

al ver un espectáculo que las circunstancias hacían más interesante:

porque estando Filipo a punto de poner las cadenas a la Grecia,

saciaban en el rey de Siracusa el odio que les inspiraba el rey de

Macedonia. El ejemplo instructivo de un tirano sumido de repente

en la más profunda humillación fue en breve el único consuelo de

aquellos altivos republicanos. Algún tiempo después, los lacedemonios

respondieron a las amenazas de Filipo solo con estas palabras

enérgicas: _Dionisio en Corinto_.

Tuvimos con este varias conversaciones en las cuales confesaba

francamente sus faltas. Euríalo quiso saber cómo pensaba de los

homenajes que le hacían en Siracusa, a lo cual respondió: «Mantenía

muchos solistas y poetas en mi palacio, y aunque yo no los estimaba,

me daban cierta reputación. Mis cortesanos advirtieron que yo empezaba

a perder la vista, y todos ellos, digámoslo así, se volvieron ciegos,

no distinguían ya nada, y si se encontraban delante de mí, tropezaban

unos con otros, y en nuestras comidas tenía yo que dirigir sus manos

que parecía que andaban desatinando por encima de la mesa».

Dionisio teme que los corintios lleguen a temerle, y quiere salvarse de

su odio por su desprecio. Así es que se cubre de andrajos, pasa su vida

de taberna en taberna, en las calles, y con hombres de la plebe que han

llegado a ser los compañeros de sus placeres. Ya fuera por miseria o

por falta de espíritu, lo cierto es que se enroló en una compañía de

sacerdotes de Cibeles, con quienes recorría las ciudades y las calles,

llevando un tímpano en la mano, cantando y danzando alrededor de la

efigie de la diosa, y alargando la mano para recibir algunas limosnas.

Antes de representar estas escenas humillantes, tuvo permiso para

ausentarse de Corinto y viajar por la Grecia. El rey de Macedonia le

recibió con distinción, y en su primera conversación le preguntó que

cómo había perdido aquel imperio que su padre conservó tanto tiempo.

«Porque yo heredé su potestad pero no su fortuna». Habiéndole hecho

igual pregunta un corintio, le había respondido: «Cuando mi padre

subió al trono, los siracusanos estaban cansados de democracia, y

cuando me han precisado a bajar de él, lo estaban de la tiranía». Un

día, estando sentado a la mesa del rey de Macedonia, hablaban de la

poesía de Dionisio el antiguo: «Pero ¿qué horas destinaba vuestro

padre», le preguntó Filipo, «para componer tan gran número de obras?».

«El que vos y yo pasamos en beber», respondió Dionisio.

Los vicios de este príncipe le precipitaron por dos veces en el

infortunio, y su destino le opuso cada vez uno de los hombres más

grandes que este siglo ha producido: primeramente Dion, y luego

Timoleón. Voy a contar lo que he sabido de este en los últimos años de

mi permanencia en Grecia.

Ya se ha visto, en el capítulo nueve de esta obra, que Timoleón se

ausentó de Corinto después de muerto su hermano. Había ya pasado cerca

de veinte años en este destierro voluntario cuando los siracusanos,

no pudiendo ya resistir a sus opresores, imploraron el socorro de los

corintios, de quienes son oriundos. Levantaron tropas estos últimos y

las enviaron a Sicilia bajo el mando de Timoleón. Este general con mil

doscientos hombres derrotó a cinco mil leontinos, y cincuenta días

después de su llegada a Sicilia Dionisio se rindió a discreción y le

entregó la ciudadela de Siracusa con los tesoros y las tropas que en

ella había recogido.

Timoleón, después de haber libertado la Sicilia de los opresores y

puesto en fuga a los cartaginenses con seis mil hombres solamente,

lejos de limitar su gloria a tan rápidos sucesos, hizo declarar por los

heraldos en los juegos solemnes de la Grecia que podían volver a su

patria y gozar de libertad todos los sicilianos a quienes la tiranía

les obligó o abandonarla.

Al grito lisonjero de libertad, que resonó también por toda la Italia,

volvieron a Siracusa sesenta mil hombres, unos para gozar del derecho

de ciudadano y otros para esparcirse por lo interior de la isla.

Timoleón revisó, con Céfalo y Dionisio, dos corintios que le

acompañaron, las leyes antiguas que Diocles había dado o los

siracusanos. Las relativas a los particulares fueron conservadas con

interpretaciones que aclaran su sentido verdadero; fueron reformadas

las pertenecientes a la constitución, y reprimida la licencia del

pueblo sin perjudicar a sus derechos; antes bien para asegurarle más

el goce de ellos, les invitó Timoleón a que destruyesen las ciudadelas

que servían de guarida a los opresores.

Después de haber hecho feliz a la Sicilia este grande hombre, se

redujo a la clase de simple particular. Los habitantes de Siracusa le

obligaron a que aceptase en su ciudad una casa distinguida, y en las

cercanías una quinta agradable donde pasase los días tranquilamente con

su mujer y sus hijos, a quienes mandó venir de Corinto.

Lejos de cifrarse en esto el reconocimiento de los siracusanos,

mirándole como su segundo fundador decretaron que el día de su

nacimiento sería celebrado como un día de fiesta, y pedirían un general

a Corinto siempre que tuviesen alguna guerra extranjera.

Al morir, solamente encontró alivio el dolor público en los honores que

hicieron a su memoria. Pusieron el cadáver en la pira, y entonces un

heraldo leyó en voz alta el siguiente decreto: «El pueblo de Siracusa,

reconocido a Timoleón por haber destruido a sus opresores, vencido a

los bárbaros, reedificado muchas ciudades principales y dado leyes a

los sicilianos, ha resuelto dedicar a sus funerales doscientas minas

(67.044 reales 16 maravedís), y honrar todos los años su memoria con

certámenes de música, carreras de caballos y juegos gimnásticos».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 41 / 84 题