Cuál sea la mejor constitución.
El mejor gobierno para un pueblo es aquel que más se acomoda a
su carácter, a su interés, al clima que habita y a infinitas
circunstancias particulares.
Estudiando el legislador los hombres sometidos a su mando, verá si han
recibido de la naturaleza o si pueden recibir de sus instituciones las
luces necesarias para conocer el mérito de la virtud, y bastante fuerza
y entusiasmo para preferirla a todo. Cuanto más grande es el objeto
que se propone, más debe reflexionar, instruirse y dudar. Si, por
ejemplo, el terreno que su colonia ha de ocupar es susceptible de mucho
cultivo, y hay obstáculos insuperables que no le permiten proponer otra
constitución, en tal caso, no debe titubear para establecer el gobierno
popular.
Un pueblo agricultor es el mejor de todos, pues no abandonará las
labores que exigen su presencia para ir a la plaza pública a disputar
honores que no codicia y entretenerse en disensiones que el ocio
fomenta. Los magistrados más respetados no se verán expuestos a los
caprichos de jornaleros, trabajadores y mercenarios, tan atrevidos como
insaciables.
Por otra parte, la oligarquía se establece naturalmente en los lugares
donde es necesario y posible tener una caballería numerosa; porque
constituyendo esta la fuerza principal del estado, es preciso que un
gran número de ciudadanos puedan mantener en ella un caballo y sufragar
el gasto que exige su profesión: entonces el partido de los ricos
domina al de los pobres.
El gobierno cuya idea os doy, continuó Aristóteles, propendería a la
democracia, pero tendría también oligarquía porque sería un gobierno
mixto, combinado de tal modo que se titubease para calificarle, y
sin embargo los partidarios de la democracia y de la oligarquía
encontrarían en él las ventajas de la constitución que prefieren sin
encontrar en ella los inconvenientes de la que reprueban.
Esta acertada combinación se conocería particularmente en la
distribución de los tres poderes que constituyen un estado republicano.
El primero, que es el legislativo, residirá en la asamblea general
de la nación; el segundo, que es el ejecutivo, pertenecerá a los
magistrados; y el tercero, que es el judicial, se confiará a los
tribunales de justicia.
No se crea que Aristóteles haya condenado la monarquía, presentando
como bueno un gobierno mixto de oligarquía y democracia; antes bien, la
ha elogiado y la mayor parte de los demás filósofos han reconocido la
excelencia de este gobierno, que unos han considerado con respecto a la
sociedad y otros con relación al sistema general de la naturaleza, de
modo que la monarquía es preferible a todo gobierno.
La mejor constitución, dicen los primeros, sería aquella en que
depositada la autoridad en manos de un solo hombre, la ejerciese con
arreglo a las leyes sabiamente establecidas; en que el soberano,
siendo superior a sus súbditos, tanto por sus luces y sus virtudes
como por su poder, se persuadiese de que él mismo es como la ley que
existe únicamente para la felicidad de los pueblos; en que el gobierno
inspirase el respeto y el temor dentro y fuera del estado, no solamente
por la uniformidad de principios, el secreto de las empresas y la
celeridad en la ejecución, sino también por la rectitud y la buena fe,
pues entonces se confiaría más en la palabra del príncipe que en los
juramentos de los demás hombres.
Los segundos dicen: todo nos conduce en la naturaleza a la unidad. El
universo está presidido por el ser supremo, las esferas celestes por
otros tantos genios, los reinos de la tierra deben serlo por otros
tantos soberanos, establecidos sobre el trono para conservar en sus
estados la armonía que reina en el universo. Mas, para corresponder
dignamente a tan alto destino, deben copiar en sí mismos las virtudes
de aquel Dios de que son las imágenes, y gobernar a sus súbditos con
la terneza de un padre, los cuidados vigilantes de un pastor y la
imparcial equidad de la ley.
Están más acordes en cuanto a la necesidad de establecer buenas leyes
sobre la obediencia, y en la mudanza que deben experimentar algunas
veces.
Como no es dado a un simple mortal el conservar el orden con solo su
voluntad pasajera, es preciso que haya leyes en una monarquía, porque
sin este freno llega a ser tiránica.
Pero ¿cuál es el fundamento sólido de la quietud y el reposo de los
pueblos? No lo son las leyes que arreglan su constitución o que
aumentan su poder, sino las constituciones que forman ciudadanos y dan
vigor a sus almas; tal es la decisión unánime de los legisladores, de
los filósofos, de todos los griegos y quizás de todas las naciones.
Las leyes, impotentes por sí mismas, adquieren su fuerza únicamente de
las costumbres, que son tan superiores a ellas, como lo es la virtud
a la probidad. Por las costumbres se prefiere lo honesto a lo que no
es más que justo, y lo justo a lo útil. Contienen al ciudadano con el
temor de la opinión, mientras que las leyes no le espantan sino por el
temor de las penas.
De aquí resulta para todo gobierno la indispensable necesidad de
atender a la educación de los niños, como un asunto el más esencial,
de criarlos en el espíritu y amor de las leyes, en la sencillez de los
tiempos antiguos, en una palabra en los principios que deben arreglar
para siempre sus virtudes, sus opiniones, sus sentimientos y sus
maneras. Todos los que han meditado sobre el arte de gobernar a los
hombres se han persuadido de que la suerte de los imperios depende
de la instrucción de la juventud. Según sus reflexiones se puede
establecer este principio luminoso: _Que la educación, las leyes y las
costumbres jamás deben estar en contradicción_.