SEGUNDA PARTE.

Cuál sea la mejor constitución.

El mejor gobierno para un pueblo es aquel que más se acomoda a

su carácter, a su interés, al clima que habita y a infinitas

circunstancias particulares.

Estudiando el legislador los hombres sometidos a su mando, verá si han

recibido de la naturaleza o si pueden recibir de sus instituciones las

luces necesarias para conocer el mérito de la virtud, y bastante fuerza

y entusiasmo para preferirla a todo. Cuanto más grande es el objeto

que se propone, más debe reflexionar, instruirse y dudar. Si, por

ejemplo, el terreno que su colonia ha de ocupar es susceptible de mucho

cultivo, y hay obstáculos insuperables que no le permiten proponer otra

constitución, en tal caso, no debe titubear para establecer el gobierno

popular.

Un pueblo agricultor es el mejor de todos, pues no abandonará las

labores que exigen su presencia para ir a la plaza pública a disputar

honores que no codicia y entretenerse en disensiones que el ocio

fomenta. Los magistrados más respetados no se verán expuestos a los

caprichos de jornaleros, trabajadores y mercenarios, tan atrevidos como

insaciables.

Por otra parte, la oligarquía se establece naturalmente en los lugares

donde es necesario y posible tener una caballería numerosa; porque

constituyendo esta la fuerza principal del estado, es preciso que un

gran número de ciudadanos puedan mantener en ella un caballo y sufragar

el gasto que exige su profesión: entonces el partido de los ricos

domina al de los pobres.

El gobierno cuya idea os doy, continuó Aristóteles, propendería a la

democracia, pero tendría también oligarquía porque sería un gobierno

mixto, combinado de tal modo que se titubease para calificarle, y

sin embargo los partidarios de la democracia y de la oligarquía

encontrarían en él las ventajas de la constitución que prefieren sin

encontrar en ella los inconvenientes de la que reprueban.

Esta acertada combinación se conocería particularmente en la

distribución de los tres poderes que constituyen un estado republicano.

El primero, que es el legislativo, residirá en la asamblea general

de la nación; el segundo, que es el ejecutivo, pertenecerá a los

magistrados; y el tercero, que es el judicial, se confiará a los

tribunales de justicia.

No se crea que Aristóteles haya condenado la monarquía, presentando

como bueno un gobierno mixto de oligarquía y democracia; antes bien, la

ha elogiado y la mayor parte de los demás filósofos han reconocido la

excelencia de este gobierno, que unos han considerado con respecto a la

sociedad y otros con relación al sistema general de la naturaleza, de

modo que la monarquía es preferible a todo gobierno.

La mejor constitución, dicen los primeros, sería aquella en que

depositada la autoridad en manos de un solo hombre, la ejerciese con

arreglo a las leyes sabiamente establecidas; en que el soberano,

siendo superior a sus súbditos, tanto por sus luces y sus virtudes

como por su poder, se persuadiese de que él mismo es como la ley que

existe únicamente para la felicidad de los pueblos; en que el gobierno

inspirase el respeto y el temor dentro y fuera del estado, no solamente

por la uniformidad de principios, el secreto de las empresas y la

celeridad en la ejecución, sino también por la rectitud y la buena fe,

pues entonces se confiaría más en la palabra del príncipe que en los

juramentos de los demás hombres.

Los segundos dicen: todo nos conduce en la naturaleza a la unidad. El

universo está presidido por el ser supremo, las esferas celestes por

otros tantos genios, los reinos de la tierra deben serlo por otros

tantos soberanos, establecidos sobre el trono para conservar en sus

estados la armonía que reina en el universo. Mas, para corresponder

dignamente a tan alto destino, deben copiar en sí mismos las virtudes

de aquel Dios de que son las imágenes, y gobernar a sus súbditos con

la terneza de un padre, los cuidados vigilantes de un pastor y la

imparcial equidad de la ley.

Están más acordes en cuanto a la necesidad de establecer buenas leyes

sobre la obediencia, y en la mudanza que deben experimentar algunas

veces.

Como no es dado a un simple mortal el conservar el orden con solo su

voluntad pasajera, es preciso que haya leyes en una monarquía, porque

sin este freno llega a ser tiránica.

Pero ¿cuál es el fundamento sólido de la quietud y el reposo de los

pueblos? No lo son las leyes que arreglan su constitución o que

aumentan su poder, sino las constituciones que forman ciudadanos y dan

vigor a sus almas; tal es la decisión unánime de los legisladores, de

los filósofos, de todos los griegos y quizás de todas las naciones.

Las leyes, impotentes por sí mismas, adquieren su fuerza únicamente de

las costumbres, que son tan superiores a ellas, como lo es la virtud

a la probidad. Por las costumbres se prefiere lo honesto a lo que no

es más que justo, y lo justo a lo útil. Contienen al ciudadano con el

temor de la opinión, mientras que las leyes no le espantan sino por el

temor de las penas.

De aquí resulta para todo gobierno la indispensable necesidad de

atender a la educación de los niños, como un asunto el más esencial,

de criarlos en el espíritu y amor de las leyes, en la sencillez de los

tiempos antiguos, en una palabra en los principios que deben arreglar

para siempre sus virtudes, sus opiniones, sus sentimientos y sus

maneras. Todos los que han meditado sobre el arte de gobernar a los

hombres se han persuadido de que la suerte de los imperios depende

de la instrucción de la juventud. Según sus reflexiones se puede

establecer este principio luminoso: _Que la educación, las leyes y las

costumbres jamás deben estar en contradicción_.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 40 / 84 题