Sobre las diferentes especies de gobierno.
Es necesario distinguir dos clases de gobierno: unos en que se atiende
en todo a la utilidad pública, y otros en que no se cuenta con ella
para nada. En la primera clase pondremos la monarquía templada,
el gobierno aristocrático, y el republicano propiamente tal. La
segunda clase comprende la oligarquía y la democracia, que no son
más que corrupciones de las dos segundas formas de gobierno, porque
la aristocracia degenera en oligarquía cuando el poder supremo solo
reside ya en un corto número de personas únicamente distinguidas por
sus riquezas, y el gobierno republicano en democrático, cuando los más
pobres tienen demasiada influencia en las deliberaciones públicas. Es
oportuno observar que la más absoluta autoridad se hace legítima si los
súbditos consienten en establecerla o tolerarla.
En la historia de los pueblos descubrimos cinco especies de monarquías,
pero la moderada, que es aquella en que el soberano ejerce en sus
estados la misma autoridad que un padre de familia en su casa, es la
única de que yo voy a tratar.
El soberano goza de la autoridad suprema y vela sobre todas las partes
de la administración pública, así como sobre la tranquilidad del
estado. Tal es la idea que nos formamos de una verdadera monarquía.
Este gobierno, estando fundado únicamente en la confianza que inspira,
se destruye cuando el soberano, que no es más que el ejecutor de las
leyes, se hace odioso por su despotismo o despreciable por sus vicios.
Bajo un opresor, todas las fuerzas de la nación se vuelven contra
ella misma; el gobierno hace una guerra continua a sus súbditos, los
ataca en sus leyes, en sus bienes, en su honor, y no deja más que el
sentimiento profundo de su miseria.
Un rey se propone la gloria de su reino y el bienestar de su pueblo,
pero un tirano no tiene otra mira que la de recoger todas las riquezas
del estado y hacerlas servir a sus vergonzosos deleites, y como no
reina sino por el temor que inspira, su seguridad debe ser el único
objeto de su atención.
Una nación es infeliz cuando el príncipe, a ejemplo de los reyes de
Siracusa, no permite el progreso de los conocimientos humanos que
pueden ilustrar a los súbditos, cuando los rodea de espías que a
cada instante los tienen inquietos y amedrentados, cuando introduce
con arte y con maña la turbación y la cizaña entre las familias, la
discordia en las diferentes clases del estado, y la desconfianza entre
los más íntimos amigos, cuando el pueblo está agobiado con obras
públicas, abrumado con exorbitantes contribuciones, y se le conduce a
guerras suscitadas de intento, cuando el trono está cercado de viles
aduladores y de tiranuelos, a quienes no contienen ni la vergüenza ni
los remordimientos.
La libertad, dicen los fanáticos partidarios del poder popular, no
puede encontrarse sino en la democracia: ella es el principio de este
gobierno, da a cada ciudadano la voluntad de obedecer, el poder de
mandar, le hace dueño de sí mismo, igual a los demás y útil al estado
de que es parte.
Esta forma de gobierno está expuesta a más revoluciones que la
aristocracia. Es moderada en aquellos parajes donde por sabios
reglamentos la primera clase de ciudadanos no es víctima del rencor
y de la envidia de las últimas clases; en todos los parajes, en fin,
donde en medio de los movimientos más tumultuosos, las leyes tienen
fuerza para hablar y hacerse oír; pero es tiranía por todas partes,
donde los pobres influyen como sucede comúnmente en las deliberaciones
públicas.
Casi todos nuestros gobiernos, cualquiera que sea su forma, llevan en
sí mismos muchas semillas de destrucción. Como la mayor parte de las
repúblicas griegas están encerradas en el recinto de una ciudad o de
una comarca, una sucesión rápida de acontecimientos imprevistos puede
en un instante trastornar o destruir la constitución. Así es que hemos
visto abolida la democracia por la pérdida de una batalla en la ciudad
de Tebas; en la de Heraclea, de Cumas y de Mégara por la vuelta de los
principales ciudadanos que el pueblo había proscrito para enriquecer
el tesoro público con sus despojos. En Siracusa se ha visto mudar la
forma de gobierno por una intriga amorosa, en la ciudad de Eretria por
un insulto hecho a un particular, y en Epidauro por una multa impuesta
a otro. ¿Y cuántas sediciones se han visto que no tenían causas más
importantes, y comunicándose por grados han venido a parar en guerras
sangrientas?
Mientras que estas calamidades afligen a la mayor parte de la Grecia,
tres naciones, los cretenses, los lacedemonios y los cartaginenses,
gozan en paz, muchos siglos hace, de un gobierno que se diferencia de
todos los demás, aunque reúne las ventajas de ellos.
Los cretenses concibieron en tiempos remotos la idea de atemperar
el poder de los grandes con el del pueblo; los lacedemonios y los
cartaginenses, siguiendo sin duda su ejemplo, la de conciliar la
dignidad real con la aristocracia y la democracia.
Según lo que hemos dicho, es fácil descubrir cuál sea el objeto
que debe proponerse el magistrado en cada forma de gobierno. En la
monarquía, lo honesto es lo bueno, porque el príncipe debe desear la
gloria de su reino, y no adquirirla sino por medios honrosos. En la
tiranía, es la seguridad del tirano, porque únicamente se mantiene en
el trono por el terror que inspira. En la aristocracia, la virtud,
pues los jefes solo pueden distinguirse por el amor a la patria. En la
oligarquía, las riquezas, atendiendo a que únicamente se escoge entre
los ricos los administradores del estado. En la democracia, la libertad
de cada ciudadano; pero este principio degenera casi en todas partes en
licencia, y solo podría subsistir en el gobierno de que se da una idea
sucinta en la segunda parte que sigue.